TRABAJAR “A RIESGO”

23 julio, 2014

Por Carlos García Miranda.

 

Los guionistas somos personas que vivimos en casas con luz, agua y otras facturas que pagamos mensualmente. Llenamos la nevera comprando en el supermercado y nos vestimos con ropa que cuesta dinero. Estas cosas, que son bastante lógicas, a algunas productoras les cuesta creérselas… No es la norma general, todo sea dicho, pero hay algunas que se piensan que los guionistas nos alimentamos del aire. Me refiero a esas que están encantadas de trabajar contigo si tú ya tienes un proyecto, o te curras uno según sus directrices para que ellos lo muevan; si sale, entra alguna cadena o consiguen las subvenciones, te pagan, y si no, adiós muy buenas. Suelen decir que eso es trabajar “a riesgo”. Dejémonos de eufemismos, que eso es trabajar gratis. Si el proyecto ya lo tenías y lo quieren mover, deberían pagarte por una opción de venta. Si es algo nuevo, escrito según las directrices de la productora, es un encargo, y eso también se tiene que pagar. Yo esto ahora lo tengo clarísimo, pero hace un tiempo, no tanto…

La primera vez que tropecé con esa piedra llevaba poco más de un año trabajando como guionista en El internado. No tenía mucha experiencia, pero sí muchas ganas de escribir y de hacer cosas. Por eso me tiré un montón de fines de semana escribiendo una película, un proyecto personal que nadie me encargó. Total, que cuando tuve una versión bastante consistente de guion, empecé a moverla. Busqué direcciones de productoras afines y les envié la película junto con mi currículum. Como era un guion de terror, se lo mandé a una que acababa de pegar un petardazo con una película de género. Bueno, pues al día siguiente, recibí una respuesta de la productora. Y no era una automática de esas tipo “Hemos recibido tu guion y ya lo valoraremos cuando tengamos tiempo, aunque igual no lo tenemos”. ¡Me había escrito la mismísima dueña de la productora diciéndome que estaba muy interesada en reunirse conmigo! Yo, guionista casi novato, flipé. Se lo conté a mis padres, a mi novia de aquel entonces, a mis amigos, y todos fliparon. Y es que la cosa era flipante.

Unos días de nervios después, en los que me aprendí hasta las comas de mi guion, me planché una camisa y me presenté en la reunión con la productora. Ella, muy maja, me invitó a un café mientras hablábamos de mi (escaso) currículum. Pero parecía que le daba igual, lo que le importaba era mi entusiasmo y mis ganas de hacer cosas. Me pidió que le contara mi película, que yo me había llevado el guion a la reunión encuadernado y todo. Pensaba que ya se la habría leído (por eso me había escrito, ¿no?), pero parecía que no, así que le conté la historia. Me escuchó el rollo afirmando de vez en cuando y abriendo los ojos mucho con cada giro. Cuando acabé, me dijo que estaba fenomenal, que le interesaba mucho y que seguiríamos hablando de la peli, pero que además quería que hiciéramos juntos otra cosa… Por aquel entonces, la moda de las series de televisión estaba empezando, y esa productora, que por el momento sólo había hecho pelis, estaba pensando en subirse al carro. Me contó que acababan de crear un departamento de desarrollo y buscaban series que vender a las cadenas. El caso es que, por mi currículum, le había parecido que yo igual tenía algo que ofrecer. Supongo que por mi currículum también le había parecido que lo ofrecería gratis… Y no se equivocaba. ¡A mí me parecía que me acababa de tocar la lotería! No sólo me iban a producir mi peli, ¡también me iban a hacer una serie! La productora, con la que ya hablaba como si fuéramos grandes amigos que íbamos a cambiar juntos el audiovisual español, me contó el tipo de producto que estaba buscando. Quedamos en que le pasaría algo en cuanto lo tuviera, y salí de allí dando las gracias muchas veces. Tras la reunión, hice las típicas llamadas de un momento como ese, a mis padres y a mi novia, contándoles que lo había petado. Ellos me preguntaron por lo típico: ¿cuánto te van a pagar? Lo típico por lo que yo no había preguntado… No porque no se me hubiera pasado por la cabeza, que era inocente, pero no tanto; no dije nada porque igual quedaba un poco descortés sacarlo así en la primera reunión. Les dije a mis padres y a mi novia que lo importante era que esa productora confiaba en mí para todos sus futuros proyectos, y eso no se pagaba con dinero. Así que decidí guardarme ese pequeño detalle para la siguiente reunión, cuando ya le hubiera demostrado que tenía justo la serie que necesitaban.

Me pasé un tiempo pensando hasta sacar una idea, unos personajes y sus tramas.  Lo junté todo en un documento de venta, de unas diez páginas, y se lo envié a mi amiga la productora. Acerté, le gustó mucho la idea y me citó para otra reunión, esta vez no con ella, sino con los del departamento de desarrollo. Resultaron ser majísimos, también me trataban como si fuéramos amigos de toda la vida. Me contaron que iban a presentar mi serie a una cadena gorda, junto con otros proyectos que tenían. Por lo visto, la productora colaboraba con una escuela de guion y se había quedado con los proyectos de serie de los alumnos que más les habían gustado (no conocí a ninguno, pero me dio la sensación de que a esos estudiantes les pagaron lo mismo que a mí). Pensé que, si iban a presentar una serie mía, igual debía estar yo en la reunión, pero no me atreví a decirlo. Total, si era casi un chaval, qué pintaba yo en algo tan importante… Tampoco me salió preguntarles por lo del dinero; por la conversación que habíamos tenido se entendía que no tenían ni un duro, y no lo tendrían hasta que la serie estuviera colocada. Y por supuesto no se me ocurrió decirles que me dieran un contrato por la cesión de la serie, aunque fuera sin pasta. Allí éramos todos muy amigos y yo les estaba dejando un proyecto para que me lo pusieran en marcha, en plan favor de amigos. Sacar todas esas cosas en ese momento habría sido hacerles un feo muy tocho… Por lo que sí les pregunté fue por lo de mi película, en qué fase se encontraba. Resultó que los del departamento de desarrollo no tenían muy claro de lo que les hablaba, primera noticia de lo de mi peli (y no era una productora tan grande como para que los de un departamento no supieran en lo que andaban los de otro). Me dijeron que ya me contaría la productora jefa, que seguro que iba para delante, y yo volví a salir de allí dando muchas veces las gracias.

Como pillaba el verano por medio y la reunión con la cadena no iba a hacerse hasta septiembre, quedamos en hablar después. Pero pasó el calor, se acabó septiembre, llegó octubre, y a mí no me llamaba nadie. Al final les llamé yo, preguntándoles si se habían reunido con la cadena ya. Me respondieron contándome que sí, que se reunieron, y que mi serie llamó la atención, pero como sólo tenían un documento de venta, pues que no les habían dado luz verde (eufemismo de dinero) para el desarrollo. Me dijeron que igual con una biblia, un mapa de tramas y un capítulo piloto, los de la cadena se animaban más. Yo volví a hacer las típicas llamadas a mis padres y mi novia del momento, y me dijeron lo típico: que si no me pagaban, no se me ocurriera meterme en ese currazo. Así que ya me lancé y les pregunté a los de desarrollo de la productora si tenían pensado pagarme por hacer todas esas cosas. La respuesta fue: “bueno, sería un trabajo a riesgo”. Yo pensé que igual entonces me hacían productor ejecutivo, que su trabajo va de eso, de invertir en cosas que dan rentabilidad después. Pero me dijeron que no, que ya era el creador y coordinaría los guiones, y que eso ya es mucho para un guionista. Total, que otra llamada a mis padres y a mi novia del momento después (sí, soy algo indeciso) les dije a los de la productora que no lo hacía. Me quedé sin serie y, de rebote, me quedé sin película. A los meses, escribí a la mandamás preguntándole por mi guion y ni me contestó. Supongo que en realidad nunca quiso hacer esa peli, que sólo fue un anzuelo en el que yo piqué pero bien… Desde que recibí el primer mail, me comporté como un auténtico pardillo. O igual lo era, no estoy seguro… Lo que sí sé es que con el tiempo he dejado de serlo (bueno, más o menos, que tengo historias de estas para contaros durante todo el verano, y de la última no hace tanto tiempo). A día de hoy,  no volvería a picar; no volvería a regalar una serie a una productora, ni a comportarme como si fueran amigos que me están haciendo un favor. Los años de experiencia han hecho que se me pase el llamado “síndrome del impostor”, ese que te hace pensar que no mereces recompensas por tu trabajo porque en el fondo te crees que las cosas te salen de chiripa, que eres un fraude y que al final te desenmascararán. Bueno, ahora que lo pienso esto se me ha pasado más o menos…

Igual os estáis preguntando por qué cuento esto ahora, si pasó hace mil años. Pues es que resulta que hace unos días conocí a unos guionistas que están intentando meter la cabeza en esto de la series. No tienen mucho currículum, pero sí muchas ganas de trabajar e ilusión por hacer cosas. El caso es que me contaron que tenían un proyecto de serie muy molona que estaban moviendo. La idea era suya, aunque se la habían pasado a una productora que les había pedido unos cambios para presentarla en una cadena. También les habían dicho que con lo que tenían igual no les daban luz verde, que mejor si incluían una biblia, un mapa de tramas y un capítulo piloto dialogado. Los guionistas no se habían atrevido a preguntarles por el dinero, se entendía que era un trabajo “a riesgo”. Además, ellos no tenían mucha experiencia y les habían tratado tan bien, casi como si fueran amigos… Me dieron el nombre de la productora, una potente en cine con ganas de subirse al carro de la televisión.

Sí, era la misma productora.

Por lo visto, aún no han conseguido colocar nada en tele, y espero que no lo consigan hasta que sean sus productores los que trabajen a riesgo. Y lo escribo esta vez sin comillas, porque ser productor va de arriesgarse. Ser guionista, como ser actor, maquillador o técnico de sonido, no.  


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