UNA HISTORIA CON MORALEJA

18 noviembre, 2014

Por David Muñoz

Hoy voy a contaros una historia muy triste.

Por desgracia, es una historia real. Y lo peor es que son muchos los guionistas que han protagonizado una historia parecida.

Dado que se trata de una historia que aún no ha llegado a su fin y lo último que quiero es complicarles la vida más todavía a sus protagonistas, en vez de usar sus nombres verdaderos voy a llamarles “DIRECTOR” y “GUIONISTA”*.

Un día, “DIRECTOR” lee una noticia en el periódico que llama su atención y decide que puede ser un buen punto de partida para escribir el argumento de su próxima película.

“DIRECTOR”, que además de dirigir, produce, se pone en contacto con “GUIONISTA”, un guionista con el que ya ha colaborado en otros proyectos, y le propone escribir el guión. La productora de “DIRECTOR” es muy pequeña y ahora no puede pagar a “GUIONISTA”, pero como “DIRECTOR” se compromete a hacer un contrato que le garantice cobrar cuando la película se financie, “GUIONISTA” acepta el encargo y empiezan a trabajar.

“DIRECTOR” opina y sugiere, pero no escribe. “GUIONISTA” es quien escribe.

Muy pronto, tienen un tratamiento y “GUIONISTA” decide registrarlo. Pero, aunque “DIRECTOR” no ha escrito ni una sola palabra, “GUIONISTA” lo registra a nombre de los dos. “Al fin y al cabo”, piensa, “aunque “DIRECTOR” no haya escrito nada, sí que nos hemos reunido para discutir la historia, y en el tratamiento hay alguna idea suya”.  Y sí, “DIRECTOR” piensa firmar también el guión.

Al cabo de unos meses, “GUIONISTA” ya tiene una primera versión del guión.

Pero el contrato sigue sin llegar.

Y “GUIONISTA” está trabajando mucho. Como suele pasar cada vez que se parte de historias reales, cuesta mucho convertirlas en un guión. Paradójicamente, es muy difícil hacer que la realidad resulte verosímil.

“GUIONISTA” pregunta por su contrato y “DIRECTOR” promete tenerlo pronto.  Además, dice que cuando haya dinero, solo lo cobrará “GUIONISTA”. Dado que él no escribe, considera que es lo más justo. Y lo es.

“DIRECTOR” y “GUIONISTA” continúan trabajando en el guión y, cuando tienen ya tres versiones, “GUIONISTA” se planta. No piensa seguir escribiendo. Sigue sin tener contrato, y además, ha ocurrido una cosa que le ha molestado mucho: el proyecto ha recibido una ayuda al desarrollo, pongamos que diez mil euros, y el director solo va a pagarle 2000. El resto piensa embolsárselos él (o más bien, su productora).

Ante la negativa de “GUIONISTA” a seguir escribiendo, “DIRECTOR” se pone muy nervioso. Le convendría tener la versión definitiva del guión cuanto antes. Pero claro, “DIRECTOR” no escribe. Necesita a “GUIONISTA”. U a otro guionista.

Solo que como los dos son dueños del proyecto al 50%, ninguno puede hacer nada con el guión sin el consentimiento del otro.

Por no tener un contrato, tanto “DIRECTOR” como “GUIONISTA” están en una posición muy complicada.

Además, los dos están muy afectados por lo que ha pasado. Cuando empezaron a trabajar en este guión, eran amigos. Ahora, no se hablan salvo para discutir y hacerse reproches.

La única solución sería que “DIRECTOR” redactara por fin el contrato que lleva prometiendo tanto tiempo, y que a “GUIONISTA” le gustaran las condiciones y lo firmara. Cosa que en este momento no parece muy probable. A “GUIONISTA” ya no le parece bien que “DIRECTOR” firme también el guión, por ejemplo. Y eso es algo a lo que “DIRECTOR” no parece dispuesto a renunciar. Porque según él, aunque no ha escrito más que el 5% del guión (“GUIONISTA” sostiene que incluso menos), al haber participado en el proceso de desarrollo se merece un crédito (y el cobro de los derechos de autor, en caso de que la película se haga y se estrene).

Así las cosas, lo más probable es que el proyecto esté muerto.

Y es una pena, porque podría haber sido una buena película.

Pero eso es lo que ocurre cuando se trabaja sin normas claras que regulen cómo deben hacerse las cosas.

Porque todo esto, si estuviéramos en Estados Unidos, con sus poderosos sindicatos de guionistas, no habría ocurrido.

El “DIRECTOR” productor se habría visto obligado a redactar un contrato y el “DIRECTOR” director jamás firmaría como coguionista habiendo escrito solo una escena del guión. No habría que estar explicando que, por ejemplo, aunque el director dice también cómo va a ser la fotografía o el vestuario de su película, no firma ni una cosa ni la otra. Se entiende que es parte de su trabajo. Igual que trabajar en el desarrollo del guión que va a rodar.

Lo único positivo de esta historia es que “GUIONISTA” ha aprendido unas cuantas cosas:

-Que no va a volver a trabajar gratis salvo en proyectos personales sobre los que tenga el control o donde no haya nunca la posibilidad de que alguien gane dinero .

-Que no va a volver a trabajar sin contrato.

-Que no va a olvidar que cuando estás trabajando tú amigo deja de serlo y pasa a convertirse en “el director” o “el productor”, y siempre antepondrá sus intereses o los de su empresa o sus jefes a los tuyos (lo que no quiere decir que no puedas ser amigo de un productor o de un director, pero cuando estás trabajando, la “amistad” no debe ser nunca una razón para tragar con según qué cosas, sobre todo porque el chantaje emocional suele funcionar solo en una dirección).

Lo peor es que puede que “GUIONISTA” nunca vaya a aplicar estas lecciones. Cuando hablé con él hace unos días, “GUIONISTA” me dijo que daba gracias a Dios por seguir teniendo otro trabajo y que la experiencia con “DIRECTOR” le había desilusionado de tal manera que estaba planteándose dejar de intentar ganarse la vida como guionista. Total, ¿para qué? ¿Para trabajar durante meses sin ver un duro y acabar amargado? Él no se metió a guionista para eso.

Yo intenté animarle, contándole que también había productores y directores honestos que valoran a los guionistas, pero no sé si me creyó.

Como he dicho al principio, ésta es una historia que por desgracia todos hemos coprotagonizado alguna vez. Continuamente se trabaja gratis o se firman contratos cuyas condiciones son inaceptables. Pero que aún así, se aceptan. Y no solo lo hacen quienes empiezan.

No hace mucho, me ofrecieron escribir dos guiones de largometraje adaptando material ajeno. Las dos veces dije que no. Los productores querían que escribiera un largo de presupuesto medio/alto por menos de lo que se cobra escribiendo un guión de un capítulo de una serie de televisión* *. Pero los dos proyectos se rodaron y se estrenaron. Es obvio que hubo guionistas que no tuvieron tantos reparos como yo en firmar esos contratos. Y no les juzgo (o intento no hacerlo). Cada uno tiene sus razones, sus circunstancias, y, si estás muy desesperado, no hay condiciones que no parezcan buenas. Pero al aceptar, dichos guionistas le transmitieron un mensaje muy claro a los productores: “aunque lo que ofrezcas sea de vergüenza, siempre habrá alguien que dirá que sí”.

Lo malo es que todos podemos llegar a esta tan desesperados como para contestar “sí” cuando deberíamos haber dicho “no”.

Por eso es tan importante que la respuesta no dependa de los individuos, sino que haya unas normas cuyo respeto sea obligado. Que sencillamente, no se pueda decir que “sí” a ciertas cosas porque no te las van a ofrecer gracias a que un sindicato fuerte ha establecido las reglas del juego por ti.

Pese a ello, muchos guionistas siguen sin afiliarse a ALMA. En algunos casos son los mismos que darían un brazo por tener a su disposición una WGA.

Y no, ALMA no es la WGA. Pero puede llegar a serlo. Y para eso tenemos que estar todos.

Mientras tanto, la historia de “DIRECTOR” e “GUIONISTA” seguirá sin ser una excepción sino la norma.

*No todo lo que cuento ha ocurrido exactamente así. Pero lo importante es todo cierto. De nuevo, se trata de proteger a los implicados y no de echar más leña al fuego.

**Otra razón para aceptar ofertas vergonzantes es el miedo a quedarte fuera del mercado, ya sea porque de no hacerlo pueda pasar mucho tiempo entre un crédito u otro y que la gente se olvide de que existes, o porque se vaya diciendo de ti que eres “difícil” por pedir un contrato decente. Y no creáis que no se me pasaron esas dos cosas por la cabeza, pero, aún así, no pude decir que sí. Tampoco voy a negar que estar ganándome la vida con otras cosas me ayudó a decidirme. No soy un héroe, y si no hubiera tenido otra altenativa para pagar el alquiler, vete a saber cuál habría sido mi respuesta.


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