ENTREVISTA A RAFAEL COBOS

29 diciembre, 2014

Por Alberto Pérez Castaños. 

Fotos de Héctor Beltrán.

El pasado 9 de diciembre, el guionista Rafael Cobos visitó la Sala Borau de la Cineteca del Matadero de Madrid para dar su conferencia “Cómo escribo mis películas”, perteneciente al ciclo de charlas de Los Martes de DAMA. El co autor guiones como ‘La isla mínima’ o ‘Grupo 7’ entre otros, habló de sus inicios profesionales y de su relación con Alberto Rodríguez, su principal colaborador a las teclas, así como del origen y proceso de trabajo de las películas –incluidas las no filmadas– que ha escrito con el director andaluz.

En la actualidad, Rafael acaba de terminar el guión de ‘Toro’, que dirigirá Kike Maíllo y que ha escrito junto a Fernando Navarro. Además, ya está inmerso en la escritura del próximo proyecto del tándem Rodríguez-Cobos: una película sobre Francisco Paesa.

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El guionista Rafael Cobos.

Quiero empezar dándote la enhorabuena por el éxito de ‘La isla mínima’, que ha superado el millón de espectadores y los seis millones de euros de taquilla. En la conferencia de los Martes de DAMA dijiste que el éxito de ‘Grupo 7’ te sorprendió, ¿te ha sorprendido éste también?

Uno siempre espera que lo que hace lo vean el máximo número de personas, así que, puestos a soñar, esperábamos que llegase este momento. Pero, por ejemplo, una vez que con ‘Grupo 7’ esperábamos llegar al millón de espectadores y no ocurrió. De hecho, nos quedamos bastante lejos, casi a la mitad. No las teníamos todas con nosotros para llegar a este punto. Así que el éxito de ‘La isla mínima’ no lo esperábamos, pero lo deseábamos.

En la conferencia contaste algunas cosas que, a mí personalmente, me sorprendieron. Una de ellas fue que Alberto y tú empezasteis a desarrollar el guión de ‘La isla mínima’, vuestra cuarta película, antes que ‘After’, vuestra segunda obra…

‘La isla mínima’ es el sitio con el que comenzamos y al que volvimos cuando nos quedamos sin nada que contar, o por lo menos cuando intentamos rescatar algo que nos preocupaba pero que no terminábamos de encontrar un telón de fondo o realidad que convirtiera una historia policiaca en algo interesante. Tuvo que pasar el tiempo, tuvo que pasar ‘Grupo 7’, ‘1982’ y ‘1977’, nuestros dos guiones no rodados, para que encontráramos casi de forma fortuita, casi mística, qué iba a haber detrás para que no fuese una historia más.

En concreto, comentaste que para ‘La isla mínima’ “reciclasteis” ciertos aspectos de ‘1977’, ¿cuáles en concreto? ¿Se podría llegar a rodar ‘1977’ pese a ‘La isla mínima?

Lo veo complicado, pero entre otras cosas porque ‘1977’ es una historia que transcurre durante unos acontecimientos reales que ocurrieron en la cárcel de La Modelo de Barcelona, que llevan diciendo que la van a desalojar desde hace 15 años. Por otro lado, montar un decorado basado en esa cárcel es imposible, es carísimo. Mucho tendrían que cambiar las cosas. Además, en esta historia, la cárcel es un personaje más, con la misma importancia de un protagónico pero siendo una cárcel de galerías de 50 metros de altura y 200 de longitud; un personaje fundamental que si no existe o no hay posibilidad de conseguirlo, no tiene sentido hacer la historia.

Respecto a lo de reciclar aspectos de esta historia para ‘La isla mínima’ debo decir que lo que hicimos fue usarlos pero muy entre comillas. Lo que hicimos fue retomar el trasunto político. ‘1977’, como el propio nombre indica, transcurre a partir de 1977, que fue la época de la Ley de Amnistía por la que muchos presos políticos que estaban en la cárcel según algunas leyes ya trasnochadas salieron a la calle mientras otros presos sociales se quedaban cumpliendo condena. Y es verdad que en ‘La isla mínima’ hablamos de la Transición porque transcurre en esos años, pero la relación entre ambas historias no va mucho más allá de la connotación temática.

¿Y la relación que contaste que hay entre ‘1982’, vuestro otro guión no rodado, y ‘Grupo 7’ es similar a ésa?

Sí. Nosotros solemos partir de una preocupación temática, es decir, que el tema de la película es el origen de todo y lo que va formando poco a poco la historia es la preocupación por lo que queremos hablar, y nos pasó lo mismo con ‘1977’ y ‘La isla mínima’ que con ‘1982’ y ‘Grupo 7’. En este sentido, el guión de ‘1982’ hablaba de la llegada del socialismo al poder, del “vamos a respirar todos las libertades” y estaba muy vinculado con determinadas formaciones policiales muy concretas que se empiezan a especializar en parcelas de la vida de aquella época. Esta película en su momento fue inviable por presupuesto, pero sirvió de pinza temática para hacer ‘Grupo 7’, con la que comparte trasunto temático y político.

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Rafael Cobos durante la conferencia de los Martes de DAMA.

Además de ser importantes para vuestro avance profesional, también dijiste que esos dos guiones no filmados eran tus favoritos…

Eso es postureo, siempre dices eso de algo que no se ha hecho. (El guionista Fernando Navarro, presente durante la entrevista, interviene para darle la razón a Rafael: “Eso es un clásico. Los guiones favoritos son los que nunca se han rodado”). Y también lo dices porque, por otra parte, nadie te puede decir lo contrario, que ese guión es una mierda.

Afirmaste haber aprendido a renunciar de los diálogos con el paso del tiempo, algo que se nota en ‘La isla mínima’. ¿Es algo que ha venido con tu maduración como guionista o va más relacionado con la historia que estás contando?

Los diálogos son un elemento al que recurres porque tiene una función dramática. Si no la tuviera, y esto es una opinión subjetiva, prefiero prescindir del ornamento. Es verdad que el diálogo se puede usar para muchas cosas que no sean dramáticas porque, al fin y al cabo, pueden dar color, matices, porque sirven para contextualizar… Pero en mi caso personal, que no creo que sea de maduración, con el tiempo he descubierto que me molesta, que si el diálogo no cumple con esa función dramática que te comentaba, no tiene sentido, y por eso hay una tendencia a hacerlo prescindible cuando no está al servicio de la historia. Como decías, va relacionado con la historia que estés contando, porque si estás hablando de dos chicos encerrados en un piso vas a necesitar fundamentalmente el diálogo para que exista la acción, pero si puedo evitarlo, lo voy a evitar.

Viendo ‘La isla mínima’ me resultaron muy atractivos esos planos cenitales que ponían cierre a una determinada serie de escenas. Me dio la sensación de que eran como telones que hacían que la película tuviese cierta estructura teatral, lo me pareció interesante teniendo en cuenta que tú vienes del teatro. ¿Trabajasteis esto desde el guión o es un detalle que viene de post-producción?

Es una decisión posterior, no está en el guión, pero sí está claro que es la conclusión dramática de un bloque. De hecho, están concebidos como tal. Fueron una decisión de Alberto con Álex Catalán, estos planos tienen la función de darle al espectador la posibilidad de recopilar o recapacitar. Sin embargo, sí tienen algo relacionado con el personaje de Javier Gutiérrez, su relación con los pájaros, que de alguna forma son el recuerdo de los muertos en el ejercicio de sus funciones. Los planos son como una mirada omnisciente de todos estos muertos que lo están esperando. Yo diría que tienen más que ver con esta licencia poética.

Cuéntame cómo fue tu pasado teatral. ¿Tienes pensado retomarlo?

Yo empecé escribiendo teatro porque no podía escribir cine, lo veía como algo inalcanzable, muy lejano, y porque tenía una compañía de teatro y había que pagar derechos de autor cada vez que montábamos una obra. Y yo, que había querido ser poeta y que quería haber sido novelista, que había pasado por todos estos estadios de la literatura, desemboqué en el teatro. Fui casi por obligación y no me fue mal, la verdad. Empecé escribiendo textos para esta compañía que teníamos. Hice un montón, fue muy satisfactorio porque de repente me llegaban correos de compañías que querían representar los textos. Pero se acabó ahí, en dos o tres concursos a los que me presenté por el año 93-94 y que me dieron un dinero, luego llegué al audiovisual casi de forma inconsciente. Ahora, el teatro es algo a lo que vuelvo pero para meterlo en un cajón, porque me parece algo complicadísimo.

En vuestras películas la estética tiene mucha importancia, siendo ‘La isla mínima’ un ejemplo bastante claro. ¿Es algo que viene porque Alberto no se quita la “chaqueta” de director durante la escritura o lo trabajáis los dos desde el germen de la historia?

Las últimas reescrituras del texto siempre están muy vivas, muy condicionadas a una determinada localización, es algo lógico. Siempre hay un futurible imposible, algo que no sabes a dónde va si no controlas de memoria el espacio en el que está ocurriendo todo. Pero sí que creo que en nuestros guiones hay mucho contenido de lo que luego se hace cuando, como dices, más tarde Alberto se pone la chaqueta de director y trabaja con el director de fotografía para plasmar el resultado final. Los guionistas siempre tenemos que hacer defensa de nuestra implicación en el resultado final de la historia.

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Un instante de la entrevista con Bloguionistas.

Una de los puntos más interesantes de tu conferencia fue cuando contaste las referencias literarias de tus guiones. Hablaste de una influencia clara de ‘Peter Pan’ en ‘7 Vírgenes’ o del tono decadente de ‘Ampliación del campo de batalla’ de Houellebecq para ‘After’. ¿Cuándo entran en juego esas inspiraciones en el guión?

Hay influencia previa a la escritura, durante y después. Durante la escritura somos una especie de termomix, donde todo cabe y cualquier estímulo por mínimamente sugerente que sea va a terminar finalmente en el guión. Es algo que suele ocurrir cuando estás metido en la historia. Previo a la escritura del guión pasa lo mismo, estás como cociendo, es el momento en el que estás recibiendo y hay, probablemente, una última razón emocional que te está llevando a alimentarte de un material casi de forma inconsciente. Aunque tú no lo sabes, ahí hay algo que está trabajando y que luego estará relacionado con esas referencias en la fase de pico y pala, en la que entran de manera real cuando decides con qué quedarte; empiezas a darles un nombre, a hacer que esas referencias tengan sentido, que una te lleve a otra… Y que aquello que pareció siendo un estímulo místico e irracional se va traduciendo en material de trabajo.

¿Cuáles dirías que son tus referencias literarias principales?

Es difícil responder a eso. A mí hace mucho tiempo me sorprendió literariamente Roberto Bolaño, por el año 98, cuando ganó el Premio Rómulo Gallegos. Fue una influencia clara durante mucho tiempo, por dónde intuí que podía ir lo que estaba haciendo. Yo creo que es una influencia, por evidente que sea, que lo resume todo bastante bien. Últimamente me ha pasado algo parecido con un escritor norteamericano, James Salter. Te lo recomiendo. Me leí una novela suya llamada ‘Años luz’ que me llevó a leerme todo lo que tenía porque me pareció un escritor brillante.

La literatura ha sido clave en los guiones que has escrito con Alberto, pero también comentaste la importancia de la documentación en vuestras historias, que te ha llevado a leer sumarios extensísimos. ¿Es un proceso que disfrutáis o resulta farragoso?

El proceso de documentación más brutal que hemos vivido fue con ‘1977’, que nos comió por completo, fue exagerado. Pero sí que lo disfruto, me parece golosísimo, porque sacas petróleo, auténticas perlas. Es un proceso en el que vas viendo que la realidad es algo infinito. Hay una secuencia en ‘Grupo 7’ que protagoniza el personaje de Mario Casas en la que se pone a gritar en medio de un patio: “¡Somos el Grupo 7!”. Pues antes hay otra que se quitó del guión en la que sucede algo que está sacado de un caso real, en el que este personaje esposaba al malo al coche y empezaba a darle vueltas. Esto ocurrió en un barrio de Sevilla y lo leí en un sumario. Es brutal. Tú vas a ver esto al cine y dices: “te has pasado tres pueblos, tío”, pero es el ejemplo claro de cómo la realidad da cosas que son de género.

¿Va vuestro proceso de documentación paralelo a la escritura? ¿Alguna vez os habéis encontrado con que queríais llevar la historia por otro lado pero la documentación os lo impedía de alguna forma?

Claro, eso ocurre. El problema de empezar con la documentación a secas es que siempre tienes ese lastre, ese Pepito Grillo diciendo “cuidado, la realidad no es así”. Lo mejor de hacerlo paralelamente es que sabes encontrar el momento perfecto para mandar a la mierda la documentación, porque has sabido encontrar una solución, o por lo menos porque sabes cómo conseguir camuflarla con cuatro detallitos.

Dijiste que para vosotros lo más importante es saber de qué estáis hablando en vuestra historia, conocer el tema de la película. Que preferís tener eso claro a una estructura sólida, incluso que se puede llegar a perdonar no tener una estructura fuerte si el tema de ésta queda claro…

Alberto y yo trabajamos con el tema siempre. Y soy muy fatigas siempre con esto, en las clases que doy siempre incido en que el tema es algo tan genérico que te mata y que hay destilarlo hasta que tengas muy claro lo que vas a contar, es decir, sobre un tema en concreto, qué es lo que merece ser contado y bajo qué punto de vista se va a hacer. Nosotros consideramos que el tema es el origen, el germen de todo, el verdadero motor; tanto estructura como personajes vienen del tema.

Me gusta mucho esa confianza que tenéis en lo que estáis contando, hasta el punto de concluir aspectos de la historia de tal forma que algún espectador pueda llegar a pensar que falta información…

Eso lo discutimos mucho a veces. ¿Qué está bien y qué no está bien? ¿Por qué una historia tiene que estar mal si no hay un repaso final o porque no decimos abiertamente quién es el malo o no desvelamos el mecanismo? ¿Qué significa estar mal? ¿Por qué no puede poner el espectador esos elementos que dan la solución a la ecuación? Si esto es así significa que estamos destinados a generar productos en los que las costuras hacen que éste no exista. No quiero que esto se interprete como un “hagamos dramaturgias impresionistas” pero algo hay, sobre todo en este caso, que estamos hablando de drama.

Para terminar, ¿qué puedes contar sobre el nuevo proyecto que tienes con Alberto Rodríguez sobre Francisco Paesa?

Es una historia que lleva cuajándose ya un tiempo, en la que ya estábamos trabajando durante ‘La isla mínima’, por eso la tenemos bastante avanzada. No es exactamente un biopic, sino una historia basada en un reportaje de investigación que hizo Manuel Cerdán sobre Francisco Paesa.

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La sala Borau del Matadero se llenó para ver a Rafael Cobos.


¿A QUIÉN ADMIRAR? ¡LOS SUFRIDORES!

24 diciembre, 2014

rambo.

Por Juanjo Ramírez Mascaró.

Cuando empiezas en esto del “mundillo del espectáculo” sueñas con alcanzar la cima: ser el nuevo Spielberg, el nuevo Burton, el nuevo Tarantino. También sueñas con codearte con tus actores más admirados, tus directores más venerados… o con ser entrevistado en tus programas favoritos.

Me viene un recuerdo a la cabeza mientras escribo esto: Cuando éramos adolescentes, Alby Ojeda y yo fantaseábamos con que algún día nos entrevistarían en “Lo + Plus”, cuando dirigiésemos nuestra primera peli. Años después tuve la oportunidad de asistir a lo “Lo + Plus” como público… y descubrí que todo era una pantomima. Necesité muchos más años para llegar a la conclusión de que la pantomima no afectaba únicamente a nuestro programa televisivo preferido:

El mundo entero era una pantomima.

Sé que este blog lo lee gente que quiere dedicarse a esto y aún no tiene experiencia… y sé que también lo lee gente que tiene “el culo pelao”.

Los que tienen “el culo pelao” se aburrirán leyendo esto o, en el mejor de los casos, suspirarán al sentirse identificados. Los que quieren dedicarse a esta mierda, en cambio, entenderán lo que voy a escribir en un sentido meramente intelectual, pero no lo asimilarán del todo hasta que la vida les bautice con tres o cuatro hostias. Espero que esas hostias lleguen en los momentos oportunos y de la manera más “cariñosa” posible.

Aprovecho que hablamos sobre encajar hostias para citar un diálogo de Rambo: Acorralado 2ª parte. Tengo la teoría de que probablemente este diálogo motivó el título de la saga Expendables. En la peli, John Rambo habla con su compañera vietnamina y ésta le pregunta por qué le han elegido a él para la misión. La respuesta de Rambo es la siguiente:

– Porque soy prescindible.

Ella, que no domina bien el inglés, le pregunta qué significa “prescindible”. Rambo vuelve a contestar:

– Es como si alguien te invita a una fiesta, tú no apareces y a nadie le importa.

La gente de la que me gustaría hablar en este post no es la gente que todo el mundo quiere ver en la fiesta. No son los reyes del escenario. Pero es gente sin cuya discreta participación… la fiesta no tendría sentido.

No es raro descubrir con el tiempo que las celebridades que admiramos… aquéllas en las que nos gustaría convertirnos… es gente que en muchos casos no merece la pena.

Evidentemente, hay excepciones, pero es frecuente que la gente “célebre” que uno se cruza en su camino esté fabricada con el mismo material de cartón piedra que los decorados de vuestras series favoritas. O con materiales muchísimo más chungos, más complejos, más oscuros…

Según mi – corta pero intensa – experiencia el 20% de las celebridades son gente admirable y el 80% restante son gente perturbada o, en algunas ocasiones, incluso deleznable. Bueno, aceptamos barco: A lo mejor un 10% de ellos son al mismo tiempo perturbados y admirables. Puede que incluso necesitemos que lo sean. El mundo es mejor con ellos dentro, pero te aseguro que tú no necesitas conocerles.

Compartiré un secreto a voces, y es posible que muchos de vosotros estéis de acuerdo conmigo: Cuanto más tiempo pasamos currando en eso que llamamos “el mundillo” más gente anónima admirable vamos incorporando a nuestra vida.

He puesto en negrita lo de “gente anónima admirable” porque quiero hacer muchísimo hincapié en ello.

Gente anónima admirable.

Porque es así.

Porque la gente más admirable, según mi experiencia, suele ser también la más anónima.

Si yo hubiese hecho una lista de “persona admirables” cuando estudiaba Comunicación Audiovisual en la universidad, todos los nombres que leeríais en ella podrían encontrarse en cualquier enciclopedia de cine.

Si hiciese hoy día una lista de la gente que más admiro en el audiovisual, la mitad de esos nombres no los conocería nadie fuera del gremio. Son gente más discreta, son auténticos currantes, son gente que… conforme los conoces… descubres que han jugado un papel importante en muchos hitos de tu vida, aunque tú no lo supieras.

De pronto el destino te lleva a currar con actores cuya cara te suena muchísimo, pero cuyo nombre no te suena de nada. Luego descubres que llevas toda tu puta vida viéndoles actuar aunque nadie les señalase con una luz de neón.

De pronto el destino te hace coincidir con directores y guionistas cuyos nombres no figuraban en tu “star system” personal… y entonces descubres que has disfrutado y aplaudido creaciones suyas sin siquiera saber que eran obras suyas.

Como en El Señor de los Anillos: cuando Boromir, en su lecho de muerte, reconoce a Aragorn como rey… no por su fama o su linaje… sino porque ha luchado codo con codo junto a él… dignamente… y le ha visto salir triunfante ante las tentaciones más jodidas.

¡Gente que se bate el cobre día a día, cojones! ¡Asalto tras asalto!

Gente que no sale en primer plano.

Gente que no recibe la luz de los focos.

Gente sin la cuál todo este mundillo no seguiría moviéndose.

¡¡Los sufridores!!

Cuanto más me adentro en esto del audiovisual, más sufridores admirables conozco. Algunos de ellos incluso escriben en este blog.

Y eso no es lo más bonito del tema: que cuanto más curro en esto del audiovisual… menos ganas tengo de ser el nuevo Spielberg, el nuevo Burton, el nuevo Tarantino…

Cuanto más curro en esto, más ganas tengo de ser otro sufridor. Que esa gente anónima, admirable que conozco me mire y me considere digno de este oficio tan precioso. Un John Rambo del audiovisual, alguien que hace en todo momento lo que cree que tiene que hacer… sin estridencias, sin bajarse los pantalones… aunque a veces le entren ganas de escupirle a la cara a quienes marcan la pauta.

Y otras veces…

… otras veces…

… pienso que el mundo sería un lugar mejor si los “sufridores” tomásemos el mando y pusiésemos punto y final a tanta inutilidad. ¿Por qué cojones no lo hacemos? ¿Son ellos los inútiles, o los inútiles somos nosotros?

Eso…

… joder…

… eso daría para otro post.


MIL ENTRADAS Y OCHO ENLACES PARA EL FIN DE SEMANA

19 diciembre, 2014

Por Alberto Pérez Castaños y Sergio Barrejón

Cuatro años después de arrancar este blog, llegamos hoy a las mil entradas publicadas. Y lo hacemos así, sin alharacas ni fuegos artificiales. Después de todo, somos guionistas. Sabemos mantener el tipo. Ya estemos escribiendo una persecución, un duelo a espada, un diálogo metafórico un polvo memorable, lo hacemos siempre en la misma postura, apretando teclas en silencio, y en soledad.

Bueno, lo de la soledad hay que matizarlo, porque los bloguionistas nos sentimos muy bien acompañados (y enormemente agradecidos) por los tres millones y medio de visitas y los veinte mil y pico comentarios que ha recibido el blog.

No caeremos en la vulgaridad de glosar nuestros logros. Abrimos este blog para dar voz a los guionistas en castellano, y en ese camino sólo hemos dado los primeros pasos. Aún estamos en el primer acto. Con vuestra ayuda y vuestra compañía, tal vez contribuyamos a dar algunos giros a la situación del guionista. Mientras tanto, seguimos a lo nuestro: apretar teclas. Vamos con ocho enlaces para el fin de semana:

1. “Una de las grandes cosas de escribir tu primer guión es que realmente has terminado un guión. Es una especie de hito sólo haberlo hecho, incluso si es una mierda”. Palabras de Andy Kaufman. Y otras muchas, en inglés, en este enlace.

2. Javier Pineda no escribe guiones, pero es el único español que trabaja, desde hace 15 años, en la serie que todos habríamos querido escribir: ‘Los Simpson’. Lo hace como dibujante y lo cuenta aquí.

3. Otro año más vuelven los Premios Feroz, los galardones que la prensa especializada otorga al cine español. Aquí están las películas nominadas del 2014. Lidera la lista ‘La isla mínima’ con un total de 10.

4. Todavía no ha analizado el guión de ninguna nominada a los Feroz, pero seguro que no tarda en hacerlo. Éste es el blog del ex alumno del Máster de Guión de Salamanca Arnau Margenet, donde, como dice en su encabezado, desmenuza historias. Y con buen criterio. Como curiosidad, Arnau fue Antifirma Invitada de Bloguionistas hace casi dos años.

5. “La tecnología es fabulosa como herramienta pero odiosa en su tiranía, un poco de resistencia siempre viene bien. El cine donde mejor se mira es en la sala cálida como una vagina de paredes rojas y pasamanería dorada, un espacio psíquico ajeno al dominio del sol”. La analogía es grande, pero el artículo de Rubén Lardín en el que viene incluida lo es más.

6. En este enlace no salen vaginas, pero sí los mejores guiones no producidos del año. Exacto: la Black List 2014.

7. Y en éste puedes descargarte los guiones editados por 70 teclas, ver las últimas noticias del colectivo o incluso inscribirte para ser un tecla más.

8. Ésta es el último post de enlaces que publicamos en 2014. Y en lugar de conmemorarlo con un discurso del Rey, vamos a hacerlo con uno de Lana Wachowski. Es absolutamente mítico, ¡y con subtítulos en castellano!

Buen fin de semana y feliz Navidad a todos.


UN GUIÓN PARA EL PÚBLICO

18 diciembre, 2014

Por Alejandro Pérez.

¿Conoces el humor involuntario de Jiménez Losantos? Ya sabes, cuando retuerce un argumento hasta el imposible con tal de que quede a su favor, o cuando ignora hechos abrumadores y se centra en minucias a las que les da una importancia enorme. O cuando adereza todo lo que dice con un patriotismo sesgado que convierte a todos sus detractores en ETA. No es el único en España que hace eso (las portadas de La Razón), ni en el mundo (Fox News, Rush Limbaugh). De hecho, se mueve dentro de un patrón bastante concreto y predecible.

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The Colbert Report es una parodia de todo eso. Media hora diaria de un humorista metido en ese personaje. Lo más parecido que ha habido en España es Wyoming cuando iniciaba el viejo Caiga Quien Caiga haciendo de magnate facha.

Stephen Colbert ha presentado The Colbert Report durante 9 años, y lo termina hoy, jueves, porque la CBS le ha fichado para sustituir a David Letterman, que se jubila en 2015.

Stephen Colbert, David Letterman

He sido público de televisión cuatro veces: El Caiga Quien Caiga de Wyoming, el último Un, Dos, Tres, el intento de Saturday Night Live que se hizo en España y The Colbert Report.

¿Qué hacía yo viendo a Colbert en vivo? Corría el otoño de 2007 y unos amigos fuimos de vacaciones a Estados Unidos. Tras una semana apretados en un coche, al llegar a Nueva York lo primero que hicimos fue separarnos, cada uno a ver las cosas que le interesaran sólo a él. Así que me fui de público al programa, a ver qué pasaba, con toda la ilusión del mundo.

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Si quieres ser público de la tele americana, la cosa funciona así: puedes llamar a un teléfono para pedir plaza en alguna fecha concreta. Si no llamas, no está todo perdido, todavía puedes acercarte al estudio a hacer cola. Si no se llena el cupo de reservas, dejan pasar a los de la cola en orden. En otras palabras, no tiene sentido ir a hacer cola cuando va una superestrella porque será imposible entrar. Tuve la suerte de que justo ese día iba alguien con pocos fans (un escritor de LIBROS).

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En este programa tenían reserva unas 65 personas, así que las entradas de la cola empezaron a contar a partir de la 66.

Es gratis. Es divertido. Es corto. Si no fuera todo eso, no tendrían público voluntario. Y lo necesitan. Si el público consiste en fans que disfrutan de lo que le dan, la risa funciona mejor.

Tuve que hacer aproximadamente una hora y media de cola. Llegué de los primeros. Fue fácil entablar conversación con los demás, todos éramos fans. Y casi todos éramos turistas, aunque yo era el único extranjero. El programa se grababa normalmente a las 18:30, ese día fue algo más tarde. Escuché dos razones en la cola: una, el Daily Show (programa hermano que se emite media hora antes) tenía que grabar algo más de lo normal, y como comparte algunos miembros del equipo técnico, no podían llegar a tiempo. Y la otra, que mientras nosotros esperábamos, Colbert estaba dentro haciendo el ensayo general y los guionistas tenían que cambiar alguna cosa, o tal vez había llegado una noticia de última hora.

Entramos en grupos de 20 a una sala por un detector de metales. En cuanto cruzaron los últimos, un coordinador se subió de un salto a una mesa, para sorpresa de todos, a darnos las primeras instrucciones: que si apagar los móviles y las cámaras, que si os dirán filas a medida que entréis, que ya veréis qué bien os lo pasáis, etc.

Lo más interesante es que recurrió al humor, como si fuera un discurso preparadísimo, destinado no sólo a dejar las cosas muy claras, también a crear una impresión. Y encima, el agente de seguridad que controlaba el detector metió un chiste al final del speech del coordinador. Todos eran muy amables.

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Antes de apagar la cámara tuve tiempo de sacar una foto al contrato que aceptabas en el momento de cruzar la puerta del escenario. No firmamos ninguna cesión de imagen.

Una vez dentro, el coordinador se fue a por el siguiente grupo mientras otro par de encargados nos fueron repartiendo por filas. Por supuesto, el decorado es mucho más pequeño de lo que parece por la tele; todos los que saben un mínimo de fotografía lo entienden. Al entrar estaban ya dentro esos 65 que habían reservado. No les habíamos visto entrar, tampoco a Colbert o a prácticamente nadie del equipo que no gestionara la cola. Sonaba de fondo una música bastante cañera. Estaba claro que querían tenernos muy despiertos.

Y entonces salió el telonero/animador que en inglés llaman “warm up comedian”, o cómico encargado de calentar motores. Micro en mano, nos contó con mucho humor la historia del programa y fue improvisando chistes sobre el aspecto de los miembros del público. Muy ágil y con bastantes tacos. Estuvo unos 15 minutos con nosotros, desde que el escenario estaba a medias hasta que terminó de llenarse. Y presentó a varios empleados del programa. Un cámara gordo de 60 años le hizo una réplica que levantó las carcajadas de todo el público. La tenía preparadísima. Entre su animación, nos metió ese punto competitivo tan americano: “El público del miércoles pasado fue horrible, a ver si vosotros lo superáis”. También nos dijo que en breve iba a entrar Stephen Colbert, pero no para grabar:

“Colbert va a salir a saludaros antes del programa. Recordad que necesita vuestro cariño. El público es la gasolina de un cómico y ahora tiene que activar sus neuronas. Id pensado preguntas para él. Preguntas de todo tipo, personales, de actualidad, sobre vosotros o sobre él, dudas existenciales, lo que queráis.”

Y apareció Colbert, fuera de personaje. Nunca le había visto fuera de personaje, salvo en brevísimas apariciones en otros programas. Aplausos. “¡Guardadlos para la grabación!”

COMEDY CENTRAL

Colbert haciendo el programa con el set de aquella época. ¡Los leds del suelo son pegatinas bien iluminadas!

La primera pregunta que le hicieron fue “soy mujer, latina, inmigrante. ¿Qué puedo hacer para salir adelante en Nueva York?” Él la bajó del público y se sacó una foto con ella (es una combinación de dos viejos gags que tiene, la foto y el empujón que da a los que visitan el programa). No dijo una sola palabra, pero todo el público lo entendió y la complicidad quedó patente desde ese momento. La segunda pregunta fue sobre alguna diferencia entre su personaje y él, qué opinaba sobre algún tema concreto. Su respuesta fue un juego de palabras que valdría para evadir casi todas las preguntas del mundo (algo tipo “acaso sé que opino que creo que desprecio la idea de rechazar que todo no sea así, sino todo lo contrario”).

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Colbert se hizo con ella una foto de este palo, como parte de un running gag.

Y así continuó su calentamiento, paralelo al nuestro. Hubo un pequeño debate sobre temas actuales, sobre su carrera… Jon Stewart, el presentador del Daily Show, suele empezar su programa con improvisaciones como “Bienvenidos al Daily Show y, por cierto, si algún día necesitáis un dentista en Kansas…” y el público rompe en carcajadas, mientras que el televidente no tiene ni idea de lo que está oyendo. Por supuesto, es un guiño a los que están allí para alcanzar la cima de la complicidad. Un miembro del público le ha debido de contar minutos antes que es de Kansas y dentista, o que le duele una muela por culpa de un dentista con acento marcado… Stewart lo hace casi todos los días. Colbert lo hace muy poco, a no ser que tenga un gran chiste en la cabeza. Tengo la sensación de que es porque a Colbert le cuesta mucho menos ganarse a la gente, por su personalidad arrolladora.

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Colbert con Jon Stewart, de The Daily Show, repitiendo el gag de antes.

Los presentadores, en ese momento, tienen un subidón de adrenalina gigantesco, demasiado para seguir un guión. Un amigo que fue a ver a Jay Leno me asegura que ésos son los únicos momentos en los que le vio genuinamente feliz, hablando con su público con una libertad, mucho mayor que cuando se enciende la luz roja. De hecho, uno de los temas recurrentes de Colbert, poco antes de ir yo, fue que se había roto una muñeca y creó una parodia de ONG sobre la conciencia de tener una muñeca izquierda al final del brazo. A lo largo de los meses también una parodia del proceso de adicción a los calmantes y la posterior desintoxicación. La muñeca se rompió de verdad, y precisamente haciendo piruetas para el público antes de una grabación, y nos aseguró que no notó dolor en todo el programa.

Antes de empezar a grabar, el animador nos avisó de que podíamos reírnos tanto como necesitáramos, pero que no aplaudiéramos si no nos lo pedían, porque eso alargaba el programa y frenaba el ritmo. Y que tampoco intentásemos meter un grito fuerte al final de un aplauso para luego contar en casa que era el nuestro.

Curiosamente tengo un recuerdo vívido de todo el previo al programa, hace ya siete años, pero no recuerdo prácticamente nada de la emisión per se: sé cuál fue porque coincidió con la celebración del descubrimiento de América y acabó sacando a la venta su libro a medianoche. En los cortes de publicidad nos metían más música cañera, esta vez más alta, mientras a Colbert se le acercaban maquilladoras y guionistas para hablar. En el último corte nos avisaron de que tenían una sorpresa para nosotros debajo de los asientos. Eran bolsas de confeti y gorros para celebrar la salida del libro. Las cámaras nos sacaron celebrándolo al final del programa.

Por si alguien quiere verlo, está entero en esta playlist: http://thecolbertreport.cc.com/videos/zjbyqa/intro—10-8-07

Lo normal en este tipo de emisiones es que al acabar el presentador se despida y suene una música más lenta. Aquí no ocurrió, al acabar sonó algo igual de cañero. En lugar de despedirse nos pidió un último favor: al día siguiente iba a entrevistarse ¡a sí mismo! y tenía que grabar unos recursos para luego montar los efectos especiales. Se fue corriendo a cambiarse de corbata y volvió. Se sentó a un lado de la mesa de entrevistas y grabó varias reacciones. Luego, esta vez sí, nos dio las gracias efusivamente, se apagaron las luces principales y sonó “This Is The End”, mientras nos fuimos, todos con una sonrisa imborrable. La autoentrevista está aquí: http://thecolbertreport.cc.com/videos/x1wzb3/the-stephen-colbert-interview

Colbert, fuera de personaje, es todo amor. Optimista, consciente de su suerte. Disfruta haciendo felices a los demás y creo que es genuinamente feliz, al contrario que probablemente Leno y otros tantos cómicos famosos víctimas de la depresión. Su personaje, sin embargo, es puro ego, adalid de la desinformación. Cuando presenta al invitado, el que se lleva los aplausos es él. Alguien del público le preguntó cuánto le costaba entrar en el personaje, y él contestó algo que ha repetido en varias entrevistas: “Estoy metido en el personaje siempre que los guionistas me preparen un montón de cosas ingeniosas que decir”.

Me fascina la preparación metódica del público para grabar un programa. Todo parecía programado excepto las improvisaciones del humorista y las respuestas de Colbert. Pero incluso éstas, forman parte de unos recursos pulidos con el tiempo. Bastantes respuestas de Colbert me suenan a que las había usado muchas veces antes. Haciendo un programa cuatro días a la semana, la verdad, no me extraña.

Y es inevitable preguntar… ¿aguantan la comparación los programas españoles?

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El Caiga Quien Caiga fue muy divertido. Nos llevó un profesor de la facultad. No hubo warm up comedian pero el programa tenía banda, con el Reverendo al frente. Cuando la música lo petaba salieron los tres presentadores, Juanjo de la Iglesia, Javier Martín y Wyoming, aclamados como estrellas. Wyoming nos ganó con su ingenio natural y sus hits encadenados en inglés “all right, let’s go, come on, sit down”. En aquella época Wyoming podría haber presentado un programa entero sin guión. Probablemente ahora también, porque en sus conciertos en vivo y las entrevistas que le hacen sigue siendo un hacha, más que en El intermedio.

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El Un, Dos, Tres fue moderadamente divertido. Había muchas azafatas (de las que no aparecían en cámara) y guías que nos fueron llevando, pero el calentamiento del público dependió exclusivamente de Luis Larrodera. Fue brillante, sin duda lo mejor de esta etapa, y las cámaras no captaron sus mejores ocurrencias. Hablaba con el público con la misma comodidad que Colbert. Y además tenía un sidekick brillante, Javier García Sáenz. El programa iba sobre Frankenstein y él se disfrazó de Marty Feldman como Igor, y mantenía el personaje hasta en las pausas. Si sólo hubiera dependido de ellos, la experiencia del público habría sido perfecta, porque con la luz roja era imprescindible que el público tuviera confianza. Pero por otro lado Chicho seguía probando locuras. En medio del programa tiró un montón de pescados al público. SÍ. PECES MUERTOS MALOLIENTES. Yo tuve la suerte de ir enchufado por un contacto del programa y nos avisaron de dónde convenía ponerse para que no te pringaran con la sorpresa que tenían preparada, porque en todos los programas se montaba alguna. Después de la escena del pescado, la grabación se paró para limpiar, la gente salió del set un poquito traumatizada y se sentaron a esperar. Pero mi contacto me subió por unas escaleras y me presentó a Chicho, que estaba en el control de realización. El resto del público se llevó un shock, pero yo me llevé ese recuerdo imborrable y otro más: pasamos por el restaurante de TVE y estaban todos los humoristas disfrazados tomándose un café. La escena era equivalente a esta clásica foto de Disneylandia, pero con el Linterna, Antonio Ozores y toda esa tropa.

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Y por último… el Saturday Night Live español. Fue… terrible. Es de suponer que precisamente un programa importado fielmente de Estados Unidos estaría a la altura de un programa americano, ¿verdad? Pues no.   Independientemente de que quizá debería haberse llamado “Jueves Tarde en Diferido”, falló en guión y dirección del público. Se grababa en una sala de los Kinépolis, el público estaba muy alejado del espectáculo. Alejadísimo. Era imposible ver nada. Era imposible llenar la sala. Quedaba mal. Y eso me sirvió para darme cuenta de que un plató pequeño no sólo es práctico en términos económicos, también en términos artísticos. Es mucho más fácil reirte de un chiste si te lo cuentan a 10 metros que a 100. Si algo tienen en común los anteriores mencionados es que al público se le mete caña hasta ponerle el corazón a 120 latidos por minuto.

Aquí pillaron a un warm up comedian que consiguió hacer todo lo contrario:

“Para ser público del Saturday Night Live hay que estar preparado, así que vamos a hacer una RELAJACIÓN. CERRAD LOS OJOS. RESPIRAD DESPACIO. Inspirad… espirad…”

Eso sentaba la base para soltar luego un chiste o dos. Para cuando llegaron, el público ya estaba muerto. Edu Soto salió de la nada y empezó a subir a zancadas y pegar gritos para reanimarnos. Se dejó la piel, porque además tenía que compensar el desastre previo, pero sirvió de poco. Los problemas de este programa fueron muchos, y el del público en sala tal vez fue sólo un indicio de lo que pasaba todavía más al fondo.

La dinámica del público de la tele es muy compleja, más de lo que parece a simple vista. Por un lado funciona como avatar del telespectador para dirigir al humorista. Pero también existe una manipulación en sentido inverso y su risa afecta al telespectador… y por eso existen las risas enlatadas. Del mismo modo, creo que el sonido que oímos del público es un indicio cómo funciona el programa en general. Los chanantes tuvieron muchos problemas al principio de Museo Coconut porque la risa sonaba a enlatada, pero era de un público en directo. Algo parecido ocurrió con los Monty Python. Decían que los espectadores del primer programa se parecían mucho a los de esa vieja imagen de archivo que usaban constantemente:

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Un montón de señoras mayores que no se enteraban de lo que estaba pasando.

La dinámica se pule con el tiempo y los inicios son siempre difíciles. Ellos lo consiguieron bastante rapido. Colbert tenía la ventaja de ser un spinoff. CQC tardó meses en encontrar su tono (hasta que le pusieron las gafas al Rey). Un, Dos, Tres y Saturday Night Live fueron cancelados de manera fulminante. Creo que el programa de Chicho tenía varios problemas conceptuales irresolubles, pero el SNL me parece que sí podría haber tenido una oportunidad. Su principal problema no fue no encontrar a su público, sino encontrar su voz. O no… ¿Hasta qué punto son lo mismo? No es casualidad que la estrella se abalanzase sobre el público nada más aparecer, fue cuando más cerca estuvo de nosotros. Pero la grandilocuencia de la emisión (claramente una idea de producción, no de guión o dirección) hacía imposible la cercanía durante la emisión. Y tal vez, sólo tal vez, si hubieran pensado en cómo manejarlo, para que éste manejara a los humoristas, habrían ganado tiempo.


FIRMA INVITADA: QUE SE VEA ¿A TODA COSTA?

17 diciembre, 2014

Por Polo Menárguez.

ColumpiosBaja

Hace un par de años coescribí y dirigí Dos amigos, mi primera película. Decir esto hoy en día es muy diferente a haberlo dicho hace veinte años. Cuando la gente me pregunta: ¿has hecho una película? Siempre respondo lo mismo, “sí, pero es una película lowcost, no te creas, la hice con menos de mil euros, es muy pequeñita”. Siempre me ha dado vergüenza decir que he hecho una película y jamás me he presentado a mí mismo como director de cine. Los que sabemos lo que cuesta levantar una producción “de verdad” andamos por ahí acongojados con nuestra peliculita lowcost, no sabemos muy bien si presumir de ella o esconderla, no sabemos si queremos que la vea todo el mundo o que no la vea nadie.

Gracias a la colaboración de los miembros del equipo y a la coproducción con todas las empresas que hicieron la posproducción, hacer Dos amigos no costó prácticamente nada. A cambio todo el mundo usó la peli como un campo de experimentación y nunca sentí que nos faltaran medios porque para hacer lo que queríamos hacer, la verdad es que no hacían falta. Sin embargo, a pesar de las escasas pretensiones, y a pesar de ser lo que es, tampoco puedo negarlo, con un metraje de noventa y siete minutos que cuenta una historia de ficción, no es otra cosa que una película. Cuando la rodamos, en nuestra cabeza era algo más parecido a un experimento, una experiencia, un “lo que sea”, todo menos una película. La hicimos entre seis personas, contando a los actores, y como siempre he mirado con desdén a aquellos que se lanzan a rodar a toda costa sin tener en cuenta lo que cuesta hacer una película “de verdad”, propuse que nos tatuáramos en el cerebro un lema mientras rodábamos: “Esto no es una película”. Con esta filosofía rodé Dos amigos. No sé si me explico. Todavía hoy hay personas que me preguntan por qué no hemos luchado por estrenarla en cines o presentarla en los Goya. Mi respuesta es muy clara: “no es nuestra liga, no entra dentro de nuestra ambición”. Lo que sí tenemos claro es que hemos hecho algo especial que defendemos a muerte y de lo que nos sentimos orgullosos. La película gusta, emociona y hace reír a todo tipo de público. Y la opinión es casi unánime, hay una verdad en los actores que hay en pocas obras, y con eso nos damos más que satisfechos.

Después de pasar con cierto éxito por algunos festivales en Sevilla, Toulouse, el de la PNR en Madrid, o Pantalla Cero en Alcine, donde la acogida del agradecido público de cine lowcost siempre fue muy buena, decidimos que nuestro recorrido por salas había sido más que satisfactorio y ya era de hora de terminar su distribución con el estreno de la cinta en Filmin. Todo parecía muy lógico y apropiado. Poco público para una película que no desea otra cosa más que llegar a las personas que desean ver este tipo de obras. Y de repente empiezan a llamarme colegas y conocidos. Desde su estreno en Filmin, Dos amigos tardó cuatro días en aparecer en todas las plataformas de descarga y visionado streaming ilegal. Rastreamos en Google y no nos los podíamos creer. Vimos cosas como foros que anunciaban el Blue-ray rip de la peli, cuando nunca editamos la peli en Blue-ray, o carátulas falsas de falsos Dvd que evidentemente tampoco editamos. En definitiva, lo que le pasa a todo el mundo, pero lo que nunca imaginamos que nos ocurriría a nosotros. Mis amigos me escribían mensajes como “ya tienes algo en común con Michael Bay” o “lo importante es que se vea”, y desde luego parecía que se estaba viendo. Dos amigos aparecía en las listas de estreno de páginas de contenido pirateado junto a grandes producciones americanas o exitosas comedias españolas. La película estaba llegando en masa a un público que no era su público, desde luego, pero estaba llegando.

A día de hoy no sé si es bueno o malo, lo único que puedo asegurar es que no es algo que he deseado ni he trabajado yo. No ha sido una decisión mía. Ha sido una decisión de alguien que no ha dudado en distribuir la película a su antojo, sin contar con el criterio de sus responsables.

Después de una semana fuera volví a mi trabajo en la tele y algunos compañeros ya habían visto nuestra película en Internet. “¿Has hecho una película? ¿Por qué no nos lo has contado?” Y yo vuelta otra vez al mismo discurso tímido: “Pero es que es una película muy pequeña…” etc… Lo que estaba claro era una cosa. Lamentablemente nadie está pendiente de los estrenos de Filmin, pero como suban tu peli a Cuévana llegas a todos los públicos. De pronto, Dos amigos existía para mucha gente a la que nunca me hubiera acercado a decir “he hecho una película”.

Y entonces recibo un mensaje de un buen amigo que me dice: “no sé si mandarte esto o no”.

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Lo de estar en el Top Manta al principio me hizo mucha gracia. Luego le pregunté a mi amigo si era un montaje. Cuando me confirmó que era verdad me tuve que sentar a pensar. ¿Cómo podía ser posible? Reenvié la foto a muchos contactos. A todos les parecía sensacional. Recibí mensajes como “Enhorabuena”, “ya eres alguien”, etc… Y en el fondo, sinceramente, no sabía ni sé si era algo bueno o algo malo, pero desde luego, volviendo a lo de antes, lo que a uno le molesta como creador es que nadie le haya preguntado si quiere que su película se exhiba junto a Guardianes de la galaxia. Precisamente esa lucha y esa resistencia por no exhibir la película a toda costa, se estaba yendo al garete. No tengo ningún problema en que Dos amigos se vea, está hecha para eso, pero dada la naturaleza de la película me gustaría elegir o poder controlar los canales donde se ve y en nuestro caso creo que el editor del Top Manta se ha equivocado de principio a fin. Está vendiendo Dos amigos, una película con un presupuesto total de menos de cuatro mil euros, al mismo precio que Guardianes de la galaxia, ¡y sin ninguna etiqueta que las distinga! Por no hablar del drama de la inmigración ilegal, las mafias, y que alguien se lucre con un producto con el que encima nunca he ganado dinero, sino todo lo contrario…

Toda esta experiencia, junto con los comentarios de amigos y compañeros, que en general lo ven como algo favorable, me lanza a las siguientes conclusiones.

  • Las plataformas piratas tienen mucho más eco y repercusión que las plataformas de pago, incluso en personas que consumen cine habitualmente.
  • Casi nadie ve la piratería como algo malo. Un conocido me vio en un concierto y se acercó a decirme que se había descargado mi película y le había gustado mucho, sin ningún pudor. Hay gente que piensa que Dos amigos está en el Top Manta porque alguien la ha seleccionado por su calidad. Ojalá fuera así, pero me cuesta creerlo…
  • El canal de distribución pirata es imparable y es mucho más “viral” que cualquier otro canal. Si estás en uno, estás en todos y acabas en el Top Manta.
  • El contenido de las películas en las plataformas pirata es indiferente para las mafias que las mueven. Probablemente para ellos sea más importante el envoltorio que el contenido.
  • La clasificación de las películas, la manera de exponerlas y su presentación al público es lamentable en las plataformas piratas. La mayoría de las veces supone un engaño para el público.
  • Hasta ahora no he hablado de consecuencias económicas porque nosotros jamás aspiramos a rentabilizar la película, pero hay un dato demostrable. Antes de que fuéramos pirateados teníamos una media de cincuenta visionados diarios en Filmin y nuestra película estaba entre las más vistas. Al día siguiente de estar en los canales pirata, los visionados bajaron drásticamente. Dos días después desaparecimos y desde entonces casi no ha habido nuevos visionados. Puede ser una casualidad o no.

Semanas después de haber vivido esta experiencia, sigo dándole vueltas a la siguiente reflexión. Lo mejor que le puede pasar a tu película lowcost, esa que difícilmente conseguirás rentabilizar, es que se vea, sin duda. Las hacemos para eso, como experiencia y para ganar visibilidad. Que se vea, sí, pero ¿a toda costa?


LA PIEZA QUE FALTA

15 diciembre, 2014

por Carlos López

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¿Qué quiere ver el espectador? A menudo me hago esta pregunta, cuando invento una historia, al trabajar en la escaleta, al plantearme un giro y cuando piso un charco en mitad de la escritura de una secuencia: qué se supone que tiene que pasar después, qué cree el espectador que va a pasar, qué echaría de menos y qué da por supuesto. Cómo voy a jugar yo con esa expectativa. Esto es realmente lo único que importa, estimular su interés, que él también se haga una pregunta al final de cada secuencia: y ahora, ¿qué va a pasar? Algo que no sea improbable pero tampoco previsible. Lo que espera pero no como lo está esperando. Dicho así parece fácil, ¿verdad? Habéis caído en la cuenta, seguro, de que se llama espectador porque está esperando.

Error: tú le das el siguiente paso de tu historia y no es lo que él esperaba. Decepción.

Error: le das justo lo que estaba esperando y aún es peor. Cero sorpresa. Muy correcto todo, sí, pero lo estaba viendo venir.

Es como si vas a comprar un puzzle y te lo venden hecho, todas las piezas encajan, mire usted, ¿ve qué listo soy?, no tiene ni que molestarse, admíreme y disfrute.

Algunos guionistas creen que los guiones deben ser así: puzzles terminados.

Y se vuelven locos para que todo encaje, incluso en aquellas historias en las que eso es imposible, incluso en aquellas (casi todas) en las que si todo encaja se pierde la gracia. Sé que más de uno afilará el cuchillo por lo que voy a decir, pero creo que al espectador hay que mostrarle las piezas, montar sólo algunas e invitarle a que vaya probando las demás. Y aquí viene lo bueno: no dárselas todas. Que falten piezas, que falte una por lo menos, que se vuelva loco buscándola. Incluso que salga del cine o apague la tele y siga dándole vueltas, buscando debajo del sofá, entre sus ropas, ¿dónde está esa pieza que falta, cómo es, por qué no aparece?

Que discuta con sus amigos a la puerta del cine, que defienda su interpretación del conjunto, cómo sería si todo encajase, cómo cree él que debería encajar. Sólo falta una pieza, no digo que el guion no sea coherente ni esté bien armado. Pero por favor, no se lo demos hecho.

Ojo, no digo que haya que irritar al espectador, nada más lejos, no busquéis en mí a Von Trier porque no lo vais a encontrar. Pero por favor, que tengan algo en lo que pensar, un poso, un misterio, un roce, algo que haga daño, moleste, percuta o invite a meditar. La prueba del algodón: que las películas perduren en nuestra cabeza más de veinticuatro horas después de haberlas visto.

Cuando doy clase me suelo encontrar con tratamientos o guiones en los que el aprendiz de guionista ha volcado todo su esfuerzo en conseguir que su historia funcione, que parezca viva, que sea verosímil y que no chirríe en cada vuelta. Y emplea toda su munición en mostrarme la típica oficina, un jefe que sea creíble, una relación entre amigos que parezca normal, una madre como todas las madres, un novio que habla como suelen hablan los novios. Y con mucho esfuerzo puede que consigan lo que buscan: que el guion acabe siendo eso, típico, creíble, normal, verosímil, como todos. Todo tan correcto que uno se pregunta por qué pagaría una entrada de cine (más el taxi, el canguro o la cena) para ver algo taaaan normal.

Contamos historias excepcionales, personajes fuera de lo común, momentos inolvidables, peripecias increíbles. Lo nuestro tiene más de circo que de reportaje, y conviene no olvidarlo: todo será mucho más vivo si no acaba de cuadrar, si alberga un punto de locura, un enigma, una sombra, una contradicción. Porque exactamente así es la vida y cada uno de nosotros. El hiperrealismo, al menos en cine y televisión, es un cuadro lleno de borrones.

Y volviendo al principio, el espectador paga por ver al héroe hacer lo que él nunca haría, con un sentido de la fábula que nos obliga a que los cobardes enfrenten sus miedos, los malvados sean conscientes del daño, los egoístas acaben regalando y hasta a los imberbes les crezca pelo. Nos pagan para que pongamos a los personajes a caminar por el alambre. No para que veamos cómo apagan el despertador, se levantan y untan la tostada.

Eso no es vida. Ni cine. Ni nada.

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Tengo mucho peligro, lo sé. Me crié en el cine setentero, que incluso en su vertiente más comercial incluía películas que aún no entiendo. La conversación o Los tres días del Cóndor (y fijaos de lo que hablo: Coppola, Robert Redford, no hablo de cine japonés ni de Casavettes) son películas incompletas, deliberadamente oscuras, que confían en que el espectador va a dejar a un lado las palomitas para devanarse los sesos: que en eso consiste para muchos el entretenimiento. Educado en esos géneros inclasificables, en historias que me parecían emocionantes también porque eran enigmáticas, siempre pensé que las propuestas de manual serían una fiebre pasajera, literatura de autoayuda, una gripe, la espinilla adolescente por la que todo aspirante a guionista debe pasar. Pero no, resulta que no, que cada día son más los que me defienden a capa y espada los postulados rígidos e incólumes del santoral guionístico, que no permiten una estructura que no haya pasado antes por la thermomix del manual.

A esos siempre les respondo a la gallega: puede que sí, puede que no.

También recurro a una metáfora: no reniego de la utilidad del manual, pero conviene no aferrarse tanto a ellos porque es tan estúpido como comprarse un montón de mapas y aprendérselos de memoria… No te van a servir de mucho porque tú tienes que inventarte un país imaginario, que nadie conoce, ni siquiera tú mismo, que no tiene mapa ni lo tendrá hasta que no termines el guion. Tú eres el cartógrafo. Sólo hace falta que te convenzas de ello.

QUE ME DEVUELVAN EL DINERO

También hay espectadores que enseguida se escandalizan porque hay algo que no han entendido, porque los datos no cuadran, porque algo, dicen, no tiene sentido. Y protestan airados a la salida del cine, a punto están de pedir el libro de reclamaciones al grito de: “¡Qué escándalo, el final entra en anticlímax, que me devuelvan el dinero!”. La culpa es nuestra por acostumbrarles a mecanismos reglados, a historias simples con finales tontos, que es, admitámoslo, lo que más abunda en la cartelera de ahora y de siempre.

Esos espectadores airados, que salen de ver La isla mínima, contrariados porque no está claro el final. Y los ves cómo prosiguen la discusión calle abajo, bajo la marquesina del autobús o en la mesa del bar. Tienen (tenemos) un punto ridículo, exigiendo un final satisfactorio como si exigiéramos nuestros derechos o la aplicación de la Convención de Ginebra: “Pero, ¿qué se han creído? Para esa birria de pay off me habría quedado en casa?”

Recuerdo hace años a los espectadores que salían irritadísimos de la proyección de Lost in translation, (ATENCIÓN: SPOILER) ¡porque no se oye la última frase que le dice! Ponían verde a Sofia Coppola porque les había hurtado ese sonido, porque Bill Murray veía a Scarlett Johannson, corría a abrazarla, le decía algo como despedida…¡y había que imaginárselo!

Se puede (y se debe) criticar a Sofía Coppola por muchas otras cosas, pero por esta… no lo creo. Dejar esa última frase en silencio es una provocación, desde luego, pero lo que provoca es nuestra imaginación y nos hace partícipes de la escena. Cualquier frase, la que fuese, en ese momento, convierte la escena en algo pueril, mundano, pequeño, particular y que sólo pertenece a esos dos personajes. Dejarla en blanco es una invitación a que la rellenemos con nuestras propias palabras.

Bueno, pues no. Hubo protestas y hasta competiciones absurdas, hasta vídeos en youtube en los que alguien con mucho tiempo libre se había preocupado de leer los labios a cámara lenta para descubrirnos a los mortales lo que en realidad se decían los personajes. Aquí está: (Y DE NUEVO, SPOILER)

Lo bueno del caso es que había otros fans indignados y también con la misma idea, así que puedes encontrar varios vídeos que demuestran incontestablemente cuáles son las palabras exactas que se dicen, por ejemplo este vídeo y este también.

Era mucho más fácil consultar el guion, que está aquí. Esas frases estaban escritas, quizá se rodaron o se rodaron otras, puede que se tratase de diferentes diálogos en cada toma… que al final fueron silenciados en el montaje final. Quizá la directora y guionista fue consciente en la sala de montaje de que aquel final era la última pieza del puzzle y que si la colocaba, el puzzle se completaba y, como suele pasar cuando se completa el puzzle, pierde el encanto, dejamos de interesarnos por él y sólo nos queda desparramarlo de un manotazo.

No. Yo no quiero saber lo que dicen. La historia entre ellos dos es mucho más grande si no sé qué se dicen, porque puedo inventar el futuro que les espera.

No tenemos que saberlo todo. Yo no quiero ir a que me lo cuenten todo. Yo quiero que me lo cuenten todo en el manual de instrucciones, en un prospecto, en una factura. Una buena historia siempre es una historia incompleta, que me necesita, que me invita a entrar en ella.

La despedida final de Lost in translation es una escena preciosa, a mí me lo parece. Y hacemos películas enteras, temporadas enteras, para conseguir solamente una o dos secuencias emocionantes. Y eso con suerte. Con eso basta.

Lo demás es ruido.


TAQUILLAS HISTÓRICAS, GUIONES BERLANGUIANOS Y OTROS ENLACES PARA EL FIN DE SEMANA

12 diciembre, 2014

Por Alberto Pérez Castaños.

1. Que el 2014 iba a ser bueno para el cine español estaba claro desde el momento en el que ‘Ocho apellidos vascos’ detonó las taquillas. Pero ahora que se acerca el fin de año se están empezando a publicar análisis y conclusiones sobre el asunto. ¿Ha sido el mejor año de la historia? ¿Un buen año “relativo”? Sacad vuestras propias conclusiones.

2. No es necesario que seas un fan de Jackie Chan para que este vídeo te resulte, al menos, entretenido. O a lo mejor estás pensando en escribir una película de artes marciales y Bloguionistas te acaba de hacer un favor. Se trata de un análisis de la combinación entre acción y comedia en las películas del actor chino:

3. O también cabe la posibilidad de que lo que quieras sea publicar un libro. Entonces, estos consejos del bloguionista Carlos G. Miranda te van a venir bastante bien. Carlos es el autor de ‘Enlazados’ y su segunda novela con la editorial Planeta, que está a punto de ponerse a la venta, ya ha sido vendida fuera de España.

4. Además de los libros de Carlos no está de más leer algunos guiones. Ahora puedes ver online una recopilación maravillosa de los guiones de Luis G. Berlanga, algunos con notas manuscritas, correcciones y demás detalles golosos para todo guionista.

5. Steven Knight es el guionista de películas como ‘Locke’, ‘Promesas del Este’ o ‘Negocios ocultos’, por la que le nominaron al Oscar. En esta conferencia de media hora habla del oficio y analiza las que considera que son las tres áreas más artesanales de sus guiones: la estructura, el diálogo y los protagonistas.

Buen fin de semana.


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