9 ENLACES PARA EL FIN DE SEMANA

30 enero, 2015

Por Alberto Pérez Castaños. 

1. Supongo que a estas alturas ya conocéis el colectivo 70 teclas. En este enlace de nuestro blog podéis descargar los guiones que han publicado hasta la fecha –a falta del de ‘La isla mínima’–, además de un buen puñado de trabajos de Berlanga, Azcona y Bardem y otros tantos escritos por Bloguionistas y colaboradores. 

2. Y en éste podéis leer una entrevista bastante interesante a Stephen King y su ordinaria vida como señor del terror. Tiene 67 años y, exacto, sigue escribiendo como una auténtica bestia.

3. La bloguionista Ángela Armero y Daniel Martín han escrito una novela sobre los orígenes de las galerías Velvet. La producción de Bambú está siendo un éxito, pero a la novela tampoco le va mal. Si te gusta la serie, estás tardando en comprarlo.

4. Tampoco les está yendo mal a los compañeros DAMA con sus conferencias de los martes. Lleno en las del mes de enero y todo parece indicar que repetirán éxito con las de febrero, porque mira qué cartelazo.

5. Uno de los guionistas que pasó por los Martes de DAMA fue Rafael Cobos, coautor de ‘La isla mínima’ junto a Alberto Rodríguez. Aquí puedes leer una entrevista al director sevillano, reciente ganador del premio Feroz.

6. David Seidler es el guionista ganador de un Oscar por ‘El discurso del rey’. También es un gran pescador. Y tiene un método de trabajo interesante. Lo sé porque lo dice en este vídeo:

7. Larry David no tiene un Oscar ni falta que hace. El creador junto a Jerry Seinfeld de la sitcom más exitosa de todos los tiempos debuta en Broadway como autor y actor. Aquí, un reportaje bastante completo sobre el asunto. Ojo, que también está bastante en inglés.

8. Filmarket Hub acaba de convocar la segunda edición de Pitchbox. Si no sabes lo que es pégale un vistazo, porque es muy probable que te interese.

9. Y, para terminar, le pegas otro vistazo a este ciclo organizado por la Fundación SGAE con las películas nominadas al Goya. Del 1 al 22 de febrero en la Sala Berlanga de Madrid por sólo 3 euros.

Buen fin de semana.


¿NOS PODEMOS CAGAR EN LO SAGRADO?

29 enero, 2015

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Por Juanjo Ramírez Mascaró.

Terminé mi post anterior diciendo que escribiría una continuación en breve. Odio ser tan predecible, pero aquí está la continuación.

Hablábamos sobre el poder de los símbolos, sobre su carácter sagrado y planteábamos una pregunta a raíz del funesto atentado de Charlie Hebdo y los consiguientes – y cansinos – debates acerca de si deben o no existir límites para la libertad de expresión.

Si aceptamos que los símbolos tienen ese poder casi mágico, que nos permiten conectar con otros mundos que están incluso por encima de lo humano… podríamos pensar que cometemos un pecado muy jodido cuando nos burlamos de esos símbolos con mayúsculas: ésos que sustentan las creencias y las religiones más arraigadas en nuestro planeta.

Nos referimos a símbolos que se consideran sagrados en sus respectivas culturas.

Pero, ¿realmente lo son?

Yo suelo hacer una distinción que, una vez más, es totalmente personal:

Por una parte está el arquetipo: Eterno, inmutable, probablemente existiendo en alguna dimensión inmaterial incluso antes que la propia Humanidad. Los arquetipos nos definen de una manera muy atávica, están en otra liga. Ni siquiera podemos comprenderlos y asimilarlos en su totalidad.

Por otra parte está el símbolo: Tal y como yo lo veo, el símbolo es un disfraz transitorio, una piel de serpiente con la que el arquetipo se disfraza para encajar y hacerse comprensible para las mentes concretas de un determinado período, una determinada geografía, un determinado contexto.

Del mismo modo en que un Dios puede encarnarse en un Cristo para mostrarse más accesible y más útil para ciertas mentes en ciertas circunstancias, creo que un arquetipo (eterno e inmutable) puede encarnarse en un símbolo transitorio para ser comprendido también por “ciertas mentes en ciertas circunstancias”.

Así pues: ¿Qué diferencia hay entre cagarse en un símbolo y cagarse en un arquetipo?

En mi opinión, el arquetipo está más allá de nosotros y no podríamos corromperlo aunque quisiéramos.

En cuanto al símbolo… creo que tenemos la capacidad e incluso EL DEBER de corromperlo.

Los tiempos cambian, el ser humano cambia, las civilizaciones cambian… Aunque el arquetipo siga vigente, creo que los símbolos pueden quedar obsoletos, e incluso se agradece que exista gente que se dedique a fiscalizarlos y ponerlos continuamente a prueba. Algo me dice que los símbolos (al igual que los políticos) no deben acomodarse en el trono durante demasiado tiempo; algo me dice que deben demostrar continuamente que están en condiciones de seguir reinando. Un símbolo, en mi opinión, debe ser como un león preparado para que cada día vengan otros leones a disputarle el liderazgo de la manada.

Me viene a la memoria un ensayo de Carl Gustav Jung en el que diseccionaba todos los símbolos del ritual de la misa cristiana y explicaba a qué arquetipo aludía cada fase del proceso, y de qué simbologías paganas provenía. Eso no desacredita los ritos cristianos. Todo lo contrario: Demuestra que brotan de un manantial muy poderoso, aunque al mismo tiempo sugiere que los símbolos de cualquier religión son un idioma más entre muchísimos otros. Lo sagrado no entiende de idiomas, ni de contratos de exclusividad.

Supongo que la cosa se complica cuando ciertos símbolos se manchan de connotaciones político-económicas. Cuando el dinero y el poder entran en juego, la manipulación no tarda en llegar. Quizá somos más susceptibles con algunos símbolos porque nos han condicionado como a perros de Paulov para que los respetemos de manera incondicional. Premio – castigo. Estímulo – respuesta.

Personalmente creo que tan válida es la virgen (a nivel simbólico) como la venus de Willendorf, tan válido Alá como la rueda del karma, tan válido el Cristo que resucita como el Fénix que resurge de sus propias cenizas o el Super Mario que continuamente muere para volver a jugar su fase una y mil veces.

También creo que quienes nos dedicamos a contar historias tenemos, en cierto modo, la responsabilidad de mantener a los símbolos entrenaos, en forma: contribuir a que no se estanquen, a que se renueven en lugar de pudrirse.

¿Nos legitima eso para cagarnos en Dios, mearnos en la virgen, escupir sobre Alá?

Allá cada cuál.

Personalmente opino que una cosa es no respetar un símbolo y otra muy distinta no respetar a las personas que creen en dicho símbolo.

Como ya dije en este otro post, es casi imposible hacer humor sin molestar.

Actualmente trabajo en un programa que pretende hacer reír sin ofender a nadie. Es bonito comprobar que puede hacerse, y es un reto bastante estimulante. Aun así, creo que no todo el humor debe ser así. Es más: Os aseguro por experiencia propia que el hecho de no querer ofender no es garantía de que no vayas a ofender.

A pesar de ello, no simpatizo con esa gente que se dedica a “ofender por ofender“; no simpatizo con aquéllos que se regodean haciendo daño a otras personas con sus palabras, con sus chistes.

Yo tengo la tendencia – incluso la necesidad – de ser iconoclasta, bruto… Tengo, por llamarlo de algún modo, la necesidad de provocar.

Sin embargo pienso que existe – no me preguntéis por qué – una sutil diferencia entre “ofender” y “provocar”.

“Provocar” es una palabra que puede tener connotaciones positivas. Una palabra relacionada con “inducir a un cambio”, con ayudar a producir un vómito necesario. La provocación, aunque molesta, puede albergar una intención constructiva, incluso filantrópica.

Cuando ofendo a alguien con mis palabras no me siento bien al respecto. Eso no significa que me reprima. Me callo pocas cosas cuando escribo. Pero si a alguien le sienta mal algo de lo que digo procuro disculparme y hacerle entender que no tenía intención de molestarle. He de decir que en algunas ocasiones es esa otra persona la que no atiende razones y está más dispuesta a ofenderme a mí que a escuchar mis explicaciones. En esos casos, creo que lo suyo es seguir recurriendo al sentido del humor. Para que una persona atienda a razones, primero debe querer atender a razones, y muchas veces disfrazamos de actitud racional nuestra necesidad de escupir serpientes por la boca. Nos vanagloriamos de ser seres civilizados, pero seguimos teniendo mucho de animales pre-racionales. Nuestra civilización es un castillo de naipes cimentado en ese “horror” del que hablaba Joseph Conrad en El Corazón de las Tinieblas.

Somos criaturas contradictorias, complicadas. Por eso en lo que a relaciones humanas se refiere creo más en el mundo de las intenciones que en el frío mundo de las causas y efectos.

Yo me solivianto cuando alguien insulta a Steven Spielberg del mismo modo en que algunos se soliviantan cuando alguien se burla de Cristo o de Mahoma, pero sé que, en la mayoría de los casos, la intención no es dañina. “Perdónalos, Spielberg, porque no saben lo que dicen.

Y con respecto al poder de los símbolos, ¿qué los hace poderosos? Quizá las miserias y las grandezas humanas, quizá el hecho de que exista gente capaz de morir y matar por dichos símbolos, quizá una cuerda floja aterradora con un extremo atado en ese “horror” de Joseph Conrad que nos convierte en animales y con el otro extremo anudado en las aspas de los molinos de Cervantes, que giran y luchan – desesperada, infatigablemente – por convertirnos en humanos.


ENTREVISTA A ALVARO FERNÁNDEZ ARMERO, DIRECTOR DE “LAS OVEJAS NO PIERDEN EL TREN”

28 enero, 2015

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Por Ángela Armero 

En 1992, cuando yo solo era una niña muy aficionada al cine, mi primo Álvaro Fernández Armero me invitó al estreno de su cortometraje “El columpio”, que fue el primero al que asisití y me pareció algo fascinante; la oscuridad, los aplausos, los actores, la expectación. Por ese corto ganó un Goya y fue el comienzo de una carrera muy fructífera en cine y televisión. En aquel momento, Álvaro ya era un precocísimo director y guionista. En 1993, con solo 23 años, estrenaría una de sus películas más celebradas, “Todo es Mentira”, una mirada analítica y muy divertida a las relaciones de pareja en la España de los 90, que se convirtió en una obra de culto del llamado nuevo cine español. A esa película le siguieron muchas, y yo siempre me he sentido muy orgullosa de ser su prima, de visitar sus rodajes y de contagiarme de sus sonoras carcajadas, y más adelante de trabajar juntos. Y me van a perdonar este orgullo familiar, pero me pareció absurdo plantear esta entrevista ocultándolo.

Este viernes 30 de Enero estrena “Las ovejas no pierden el tren”, y yo he aprovechado para sentarme un rato a hablar con él.

Alvaro, háblanos de tu nueva película. ¿Por qué se llama así?

La película habla sobre las expectativas que uno tiene en la vida; sobre las cosas que se supone que tienes que hacer, el lugar común de los trenes que pasan, “debes hacer tal o cual cosa porque si no esa oportunidad jamás se va a repetir”, que es una exigencia generada por la sociedad ultracompetitiva que tenemos. Esta película toca ese tema de manera tangencial, está de alguna forma en todos los personajes, y su espíritu tiene que ver con eso. Uno de los personajes le quiere dar la vuelta a la ecuación, a ese tópico: “¿Qué pasa? Dejo pasar los trenes que me salen de las narices, ya pasarán otros, y si no, me da igual”. ¿Quién coge los trenes? Las ovejas, la gente que no se sale de lo establecido, la gente que se limita a hacer lo que se espera de ellos. La película pretende darle un poco de optimismo a la gente que está agobiada pensando que las oportunidades se le escapan, porque no se puede vivir así. Hay múltiples exigencias en todos los terrenos, desde lo biológico -tener hijos- hasta lo laboral, pasando por lo sentimental… En definitiva, es una comedia sobre las expectativas vitales y sobre cómo lidiar con ellas.

¿Se podría considerar que es heredera temáticamente de “Todo es mentira”, solo que desde la generación que tiene ahora 40 años?

Sí. Siguiente pregunta. (Risas) La razón por la que escribí “Todo es mentira” es idéntica a la razón por la que escribí esta película, pero 20 años después. “Todo es mentira” la escribí cuando me di cuenta de que todo mi entorno, todos mis amigos, con veintipocos años, comenzábamos a tener nuestras parejas, a separarnos, vivíamos una revuelta sentimental enorme. Me hizo gracia esa coincidencia y escribí una comedia sobre jóvenes nihilistas y sus catastróficas relaciones de pareja, porque era lo que yo vivía.

Y lo que yo vivo ahora, (bueno, hace dos años, cuando escribí el guión) también era común a todo mi entorno: había una obsesión con una palabra nueva que estaba en la calle, la palabra “reinvención”. Es una palabra asociada a la angustia generalizada del no saber qué va a ser de uno, el no saber dónde va a trabajar, qué va a pasar con mi futuro… Ese caldo de cultivo me llegó a mi también y me vi agobiadísimo. Me puse a escribir como manera de liberar esa angustia. Y por eso me salió el asunto de las expectativas. Al escribir, me pregunté ¿Por qué me siento tan angustiado? Y me di cuenta de que el mapa con el que había trazado mi vida ya no era válido, de que no podía conseguir los objetivos que me había marcado. Fue como si me dijera, “Yo quería hacer tal cosa en la vida, pero ya no puedo, porque las condiciones económicas para ello han desaparecido”. Mi camino ya no está. “¿Y ahora qué hago?” Al principio me dije, “Hay que luchar por ese camino”. Pero luego pensé, “Estamos en medio de una tempestad, ¿qué vas a hacer, sacar un remo como un pringado? (Risas). “Pues déjate llevar, que igual la ola esa te lleva a un sitio en el que no habías pensado, y que puede ser bueno”. Le di la vuelta a ese planteamiento. En vez de pensar que todo lo que viene va a ser oscuro, quise pensar que quizá eso me llevaría a un camino nuevo.

Además, ¿cómo sabemos que lo que nosotros hemos escogido para nuestras vidas es el mejor camino? La sorpresa que tiene la vida es mucho más fuerte que cualquier predicción que podamos hacer sobre el futuro. Y me puse a escribir, y la lección que se aplica en este caso o la moraleja me ha funcionado, porque en lugar de forzarme a hacer algo para ganar dinero, me puse a escribir una historia que me parecía muy difícil que se rodase, y sin embargo, se ha hecho. Me ha dado de comer, va a llegar a los cines y su creación y proceso ha sido tan imprevisto como lo que yo quería contar.

¿Como han cambiado las relaciones o la sociedad desde entonces? ¿Puede ser una actualización de aquello?

Las personas somos iguales, pero la manera de relacionarse es muy distinta. Lo de las redes sociales ha sido un tsunami bestial. Ahora hay una capacidad de atención limitadísima. Ahora casi no se conversa. A mi me da pereza llamar, en cambio envías un mensaje de texto. Crees que has hablado con alguien, pero no lo has hecho. La manera de relacionarse es muy diferente, estamos todos aislados, hay menos lugares de reunión. Me da la sensación de que antes por ejemplo, se estrenaba una película e íbamos todos, era un gran evento. Ahora ya no lo percibo así.

¿Qué es lo que más te preocupa de la sociedad en la que vivimos?

La fragmentación de la atención que te comentaba. La gente no aguanta ni dos horas sin sacar el móvil. Hay un estrés social instalado que me da angustia. Y aún así, yo estoy todo el rato pendiente del móvil. El personaje de Candela Peña encarna ese cuelgue con las redes sociales. Ya todo se hace por mail, y si no estás pendiente, no te enteras de nada. Antiguamente eso equivalía a un montón de conversaciones en las que la gente quería saber que estabas de acuerdo, que conocías esa información y sin embargo ya no lo hacen así. “Te mandé un mail”, es como un notario. Se dan por hecho demasiadas cosas. En los rodajes, en las pausas, de 30 personas, las que no están haciendo nada, 25 están con el móvil.

Creo que esta fragmentación de la atención, llegada al extremo, puede llegar a anularnos, cerebralmente. Por ejemplo, esta entrevista, ¿crees que la leerá alguien? Ni siquiera se ven los trailers, porque duran dos minutos. Se ponen en circulación píldoras de 8 segundos, porque se cree que se asimilan más fácilmente. Es una epidemia, que va a más. Lo veo muy inquietante. Intento leer todo aquello que me requiera un esfuerzo, porque quiero seguir entrenando mi cabeza. Porque todo es tan breve, tan conciso, tan superficial… ahora mismo hay como una loa a la mediocridad, a la banalización. No se premia lo profundo, ni lo elaborado… solo lo que da un resultado económico o lo que se hace popular.

Por suerte, ahora hay una corriente de nuevos pensadores que reflejan estas inquietudes. Ahora mismo estoy leyendo “La edad de la nada” de Peter Watson, que habla de este asunto; dice que lo que hace enfermar a la sociedad es que solo se rige por el deseo. En una línea parecida están las reflexiones del escritor coreano Byung Chul Han, que dice que la sociedad ahora mismo vive atenazada por la sensación de que estamos encerrados en un juego de la silla. Si pierdes comba, te quedas sin silla. Eso genera estrés en la gente, solo vives para ocupar tu silla, y eso hace que la gente viva a la defensiva y atemorizada. La nueva guerra no es entre potencias, sino del hombre contra sí mismo. Lo vírico ya no es tanto el ébola, sino el estrés del cuerpo humano, que hace que nos ataquemos a nosotros mismos.

Curiosamente he encontrado estos libros después de escribir la película y son ideas a las que les he estado dando vueltas estos últimos tiempos. Pero la noción de que hay pocas sillas es aterradora. Antes tenías la sensación de que la vida era más flexible, de que había huecos, la idea de que podías moverte, opción para inventarte cosas, había menos gente para cualquier posición. Ahora está todo muy apretado. Pero persiste la intuición de que si rompes la baraja descubres que sí hay otras partidas, otras opciones…

¿Crees que estos cambios han podido afectar también a la duración de las relaciones?

No, lo que es cierto es que la convivencia comenzaba antes. Ahora la gente vive con sus padres o compartiendo piso hasta edades más avanzadas y eso repercute en la vida en pareja. Se tarda más tiempo. Yo con 23 años ya vivía con mi pareja, sin ser millonario. Y con poco, vivías. Ahora una pareja de 23 años que convive o son futbolistas o actores de éxito. Ha cambiado mucho. Y lo de los hijos, en aquella época de “Todo es mentira” había una negación a tener hijos, porque éramos los hijos del baby boom, los que tenemos ahora de 38 a 50. Quizá como respuesta a eso, de los niños ni se hablaba. La mía es la generación que empezó a no tener hijos pronto. Creo que eso va a empezar a cambiar ahora.

¿Cómo ha sido la escritura del guión? ¿No se te hace muy complicado escribir solo? 

Tras algunos meses de estar pensando en el tema, empecé escribiendo a modo de vomitona ideas que tenía en la cabeza un guión, de 50 páginas. Pero con la idea de hacer una peli con una cámara de vídeo, no una peli convencional. Se lo mandé a mi productor. Y de repente él me dijo, “vamos a hacer esta”. Terminé el guión con una duración normal, y en aquel punto ya tenía buena pinta, buena aceptación, aunque luego tuve que hacer muchas más versiones. En cuanto al asunto de escribir solo… Al principio me sentía más protegido escribiendo con otra persona, pero cuando me puse a escribir solo, descubrí que hubiera querido escribir con alguien para no tomar ciertas decisiones sobre lo que quería contar, para no enfrentarme a esa responsabilidad… y que la necesidad de escribir con alguien era un freno para escribir la película, no todas las películas, pero sí esta en concreto. Sabía que tenía que sentarme conmigo mismo a escribirlo, aunque me encanta escribir con otros también.

Has escrito con varios guionistas.  ¿Cómo es la experiencia de escribir a cuatro manos?

No tengo un sistema. He escrito con muchos guionistas, contigo, con Roberto Santiago, con Juan Cavestany, con Luis Marías… con cada uno se crea una dinámica diferente. Hay algunos que son más de hablar y debatir, otros que prefieren irse a casa a escribir enseguida. Yo tiendo más a irme por las ramas y a perder el tiempo porque no soy guionista y me divierte divagar. No tengo el callo de la disciplina, para mí cada vez que empiezo es un mundo. Nunca pienso que pueda escribir otro guión, ¿cómo se hace esto? ¿Qué pongo? (Risas) No tengo esa madera.

Como director, ¿cuál es la parte del trabajo con la que más disfrutas?

Con el montaje. En el rodaje es apasionante, pero también pero lo pasas muy mal. En la preparación, tienes la sensación de que no va a salir nunca, de que el proceso se eterniza. Para mi lo peor es el guión. Sin embargo, en el montaje estás calentito, después de haber estado como un perro por las playas o por las montañas; en el montaje lo ves de repente todo construido y es muy satisfactorio.

¿Cómo ves el cine actualmente? ¿Es muy difícil levantar una película?

Paradójicamente, encuentro que a más democratización de las tecnologías (autopromoción, cámaras asequibles, recursos alternativos y autopromoción en redes), más complejo destacar. Hace algunos años, no más de diez, había una industria del cine y un mercado del cine muy claros. Claro que había uno que tenía un superpuesto y tú tenías tu puesto. No tenías las mismas oportunidades, pero tenías otras, podías llamar la atención sobre tu trabajo. Ahora, sin embargo, o estás en el puesto grande o no hay más puestos. Esta película intenta encontrar un lugar, porque ahora para que la gente sepa que existes hace falta meter una ingente cantidad de pasta, antes no era tanta. Al final el público solo se entera de las pelis que tienen presupuestos de promoción millonarios (no de rodaje; de promoción). Las otras lo tienen mucho más difícil para acceder a los espectadores. En 2014 se ha logrado la mejor cuota del cine español en años, sí, pero con tres películas. Creo que sería bueno intentar consolidar una industria de clases medias. Es mejor que 30 películas hagan 3 millones, que que tres películas hagan 30 millones. Existe muchísima competencia: simultáneamente, hay miles de conciertos, obras de teatro, películas… la oferta es incalculable. Es muy difícil que te conozcan hoy en día.

Muchos directores de cine os acercáis ahora o lleváis años trabajando en series de televisión. ¿Qué te aporta?

Entre la última peli y esta he rodado unos treinta episodios de series o tv movies, y con esas obras he aprendido muchísimo. Me gusta la tele, su ritmo, la inmediatez. Por ejemplo, te llaman para una serie y sabes que ruedas en tres semanas… Es exasperante lo que se tarda en levantar y rodar una película.

¿Qué puedes contar de Algo que celebrar?

Me gusta porque cada capítulo es un poco como una película. Es como un cruce entre cine y televisión, lo siento así. Parece rodar una película, porque siempre estás por ahí, en exteriores, no hay plató, la historia empieza y acaba, es como una película que en vez de rodar en seis semanas ruedas en 9 días. En ese formato puedes aportar más que una serie más formateada, mas pautada.

¿Qué le dirías a la gente que quiere dedicarse a esto?

¿La gente se quiere dedicar a esto? (Risas) Si uno tiene una pasión no puede dejar de intentarlo. Las circunstancias pueden cambiar si la gente está decidida a que cambien; sin embargo, si los que quieren dedicarse a esto tira la toalla antes de empezar, entonces es seguro que no conseguirán nada. Creo que es bueno tenerlo claro e ir a por todas. Yo por ejemplo nunca pensé en otra opción. Si lo hubiera hecho, jamás me hubiera arriesgado tanto por hacer lo que quería.



NOS HAN HECHO UN COBRA KAI

27 enero, 2015

por Josep Gatell.

Imaginad que en vuestra clase hay un alumno que todas las mañanas os roba el bocadillo. No podéis hacer nada porque su padre financia al colegio, así que el chaval está protegido. Uno ingresa un pastón, otros miran a otro lado, y el matón se lleva unos cuantos bocatas. El sistema funciona. Y aquí tenéis dos opciones: cambiar ese sistema o cambiar de colegio.

A los guionistas nos gusta la opción uno. Es la épica, la justa, la que queremos para nuestro protagonista. Porque un Karate Kid en el que Danielsan tiene que hacer las maletas y cambiar de ciudad para que no le partan la cara todas las mañanas sería una mierda. No queremos que el mundo sea así. Y no lo queremos porque en general a las personas (guionistas o no) también nos gusta la opción uno. Es la épica, la justa, la que queremos para nosotros mismos. Si en un país hay un sistema corrupto lo suyo es acabar con él, no tener que huir. Bien, pues justo eso ocurrió ayer en la Asamblea Extraordinaria de la SGAE… pero al contrario. Se votó a favor del alumno que nos roba el bocata. De que Johnny Lawrence y sus colegas del Cobra Kai nos curtan el lomo todas las noches de 2 a 8 de la mañana. Echad un vistazo a las franjas horarias y al sistema de reparto que actualmente sigue la SGAE:

Reparto SGAE franjas

 

Los contenidos que se emiten por TV de 2 a 8 de la mañana se llevan ahora mismo el 59% de lo que recauda la SGAE. No generan ni el 0’6% de audiencia. No superan ni el 1% en ingresos por publicidad. Pero se llevan el 59% del pastel. Loco, ¿no? Atentos:

Un autor (guionista, director o músico) cuyo trabajo se emita en televisión de 18:30 a 00:30 cobrará menos de la SGAE que otro que lo haga a las 04:00 de la madrugada. Aunque los primeros generen el 59% de la audiencia frente al 0’55% de los segundos. Aunque los primeros generen unos ingresos por publicidad del 23% (ingresos con los que se financia la SGAE, por cierto) frente al 1% de los segundos. Nos han hecho un Cobra Kai.

¿Por qué? Porque cuando se vota en la SGAE no rige la norma de “un socio un voto” sino la de “un euro un voto”. Un socio que recibe mucho dinero posee más votos que otro que genera menos. ¿Y qué socios reciben más dinero? Volved a la tabla: los que emiten de 2 a 8 de la mañana. Bastan unos pocos para inclinar la balanza a su favor. ¿Quiere decir que está todo perdido? NO. Teníamos dos opciones:

Cambiar de país. Afortunadamente, la SGAE no es la única entidad de gestión que tenemos los guionistas. Existe DAMA, por ejemplo, con un sistema de reparto distinto y donde no se aplica la locura de que una canción emitida a las 4:40 se pague mejor que la de una serie de prime time.

Cambiar de sistema. Plantar cara al Cobra Kai. La votación de ayer en la Asamblea se GANÓ. Ganó la apuesta por cambiar las franjas y repartir el dinero de forma justa y sensata. Así lo votamos guionistas, directores y músicos y, de nuevo, ganamos. Pero no fue suficiente. Había que ganar por dos tercios de diferencia y nos quedamos a las puertas. Perdimos por poco pero quedó claro que existe una amplia voluntad de mejorar y cambiar las cosas.

Llegados a este punto, ¿qué hay que hacer? Lo que cada uno quiera. En mi caso, yo apostaré una última vez por cambiar las cosas en la SGAE. Porque creo que es bueno que exista más de una entidad de gestión pero sólo si ambas funcionan correctamente y de forma segura. Ahí es cuando se puede elegir y cambiar con libertad y ahí es cuando se puede hacer frente común para luchar por los derechos de autor. Si un país funciona bien pero el de al lado está corrupto, de poco sirve emigrar porque el problema seguirá estando ahí.

O no, cuidado. Quizás no hay solución y nos toque cruzar sí o sí la frontera, pero por si acaso dentro de un mes habrá nuevas elecciones en la SGAE. Si nos ponemos las pilas y elegimos a una junta directiva que apueste por cambiar este asunto, quizá consigamos ese final épico que sin duda alguna nos merecemos. El de unas franjas sensatas que reflejen la importancia del trabajo de guionistas, directores y músicos como se merece. El de la patada de la grulla.


‘LA ISLA MÍNIMA’ Y ‘MAGICAL GIRL’: LO MÁS FEROZ DEL AÑO

27 enero, 2015

Por Alberto Pérez Castaños. 

Fotos de Héctor Beltrán. 

Tan sólo dos ediciones le han hecho falta a los Premios Feroz para ganarse el respeto de todos. La gala del pasado domingo, escrita por Eva Merseguer y Tomás Fuentes, dirigida por la propia Eva y presentada por la actriz Bárbara Santa-Cruz, fue divertida, entretenida y, lo que más se agradece a este tipo de actos: rápida. El mismo Raúl Arévalo lo dijo antes de abandonar el escenario junto a todo el equipo de ‘La isla mínima’ tras recibir el Feroz a la Mejor película dramática: “Gracias por una gala tan divertida y maravillosa”. Los periodistas cinematográficos, responsables de organizar y entregar los premios, tendrán un buen sabor de boca, sin dudas.

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La directora y co-guionista de la gala Eva Merseguer.

El año pasado los Feroz se caracterizaron por dar la campanada, por nominar y galardonar lo que nadie esperaba. La humilde ‘Stockholm’ se llevó el premio al Mejor drama; ‘Tres bodas de más’, Mejor comedia por encima de la favorita ‘Vivir es fácil con los ojos cerrados’; Antonio de la Torre, Mejor actor en lugar de Javier Cámara, que luego se llevó el Goya… Así que, este año se esperaba alguna sorpresa… Y así fue. Aunque las sorpresas empezaron ya con las nominaciones. Para empezar, la segunda película más taquillera del año pasado, ‘El niño’, se quedaba fuera de las principales nominaciones –algo que en los Goya no ha ocurrido: 16 en total– para dar paso a películas con menos repercusión como ‘10.000 Km’, ‘Hermosa Juventud’ o ‘Loreak’. Ya sólo por eso se podía llegar a pensar que no había favoritos: ¿premiarían los periodistas el cine low cost como en la anterior edición? ¿Seguirían la estela del Festival de San Sebastián y su amor a ‘Magical Girl’ o se decantarían por las marismas de ‘La isla mínima’? ¿Qué pasaría en la categoría a Mejor comedia?

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Aitor Arregi, José Mari Goenaga y Jon Garaño, guionistas de Loreak.

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El equipo de ‘10.000 Km’ al completo en la alfombra roja.

De todas estas posibles sorpresas, quizás la más llamativa fue ‘Carmina y Amén’ como vencedora del Premio Feroz a la Mejor comedia por encima de ‘Ocho apellidos vascos’, a priori la favorita por aquello de ser la película más taquillera de la historia de nuestro cine. La película de Paco León obtuvo buenas críticas, se llevó el premio al Mejor guión en el Festival de Málaga y recaudó una taquilla bastante aceptable, pero la apisonadora vasca escrita por Borja Cobeaga y Diego San José aplastó a todas sus competidoras en el género, al menos a nivel popular, y Carmina Barrios y su familia terminaron pasando más o menos desapercibidas.

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Paco León con su Feroz por ‘Carmina y Amén’.

Pero hay que recordar que estos premios los da la prensa especializada, a la que nunca le convenció ‘Ocho apellidos vascos’ y enseguida le colgaron el dichoso cartel de “es mala pero te ríes”, mientras que la mayoría ensalzó el salto de calidad de Paco León como narrador cómico desde su debut. Teniendo en cuenta que tampoco se llevó ninguno de los premios a la interpretación a los que optaba, podríamos decir que ‘Ocho apellidos vascos’ fue la gran perdedora de la noche, pero calificar de “perdedor” semejante fenómeno sería una idiotez como la copa de un pino, y por ahí hay 57 millones de euros para demostrarlo.

Más que sorpresa, lo de Carlos Vermut fue una confirmación. ‘Magical Girl’ ya pegó el pelotazo en el Festival de San Sebastián llevándose los premios a Mejor película y director, y desde entonces la bola de nieve no ha dejado de crecer. Los críticos la pusieron por las nubes. Almodóvar, también. Luego llegaron las nominaciones a los Goya: un total de siete. Ese atrevimiento de los Feroz a la hora de premiar del que hablábamos al principio llevaba a pensar que algo gordo se llevaría el madrileño y, finalmente, fueron un total de cuatro premios: Mejor actriz para Bárbara Lennie, Mejor actor de reparto para José Sacristán y Mejor cartel y guión para Carlos Vermut.

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Carlos Vermut posa con su premio al Mejor guión por ‘Magical Girl’.

El Feroz por su guión hizo creer por momentos que la rendición de los periodistas por ‘Magical Girl’ iba a ser total, pero los galardones a Mejor director para Alberto Rodríguez y Mejor película dramática para ‘La isla mínima’ confirmaron un justo reparto de premios entre dos historias diferentes pero igual alucinantes. Ahora bien, ¿se atreverán los académicos a repetir premios con ese criterio? Últimamente el Goya al Mejor guión va emparejado al de Mejor película y Mejor director. La última vez que esto no ocurrió así fue en 2007: ‘La soledad’ ganó Mejor película y Jaime Rosales, Mejor director, pero Sergio G. Sánchez se llevó el Goya al Mejor guión por ‘El Orfanato’.

Premiado o no, el guión que han escrito Rafael Cobos y Alberto Rodríguez para ‘La isla mínima’ es una verdadera joya. De hecho, la semana pasada se presentó su edición a cargo de 70 Teclas en la Librería Ocho y Medio de Madrid, donde ya se puede adquirir. Si eres guionista ya deberías tener tu ejemplar. Es una lectura obligatoria.

Además, Cobos y Rodríguez fueron los protagonistas junto al resto de nominados a Mejor guión de un divertido sketch en el que, tras leer una críticas anónimas, tenían que acertar a qué película pertenecían. Una idea que demuestra que esta gala está dispuesta a hacer cosas diferentes, a alejarse del tono didáctico y grandilocuente de los Goya y que no está ceñida al tradicionalismo ni las exigencias de una cadena.

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El equipo de ‘La isla mínima’ momentos antes de la gala.

En resumen, se podría decir que, mientras el año pasado los premios fueron más repartidos y sorprendieron en las dos principales categorías, este año no han sido tan “feroces” y la fiera se ha amansado un poco; que ‘La isla mínima’ y ‘Magical Girl’ son las dos películas españolas del año en la cosecha de premios; que académicos y periodistas piensan que ‘Ocho apellidos vascos’ ya se ha llevado suficientes alegrías y que, definitivamente, los Premios Feroz han llegado para quedarse.


Y EN EL PRINCIPIO FUE LA NEUROSIS; Y DE ELLA SALIÓ UN GUIONISTA

26 enero, 2015

por Laura Sarmiento

Rumiación y empatía excesiva: neuras que nos ayudan en nuestro trabajo (y algo menos en nuestra vida diaria).

¿Dale una vuelta, o arriba con el trastorno obsesivo compulsivo?

Escribes una secuencia. La lees y cambias tres líneas. La vuelves a leer y añades una acción. Una nueva relectura; dos cambios más. ¿Y si le echas un último vistazo?…

En Psicología las rumiaciones son un mal a erradicar. Se asocian, con sentido, al pensamiento obsesivo y a la ansiedad. Rumiar es darle demasiadas vueltas a algo, es analizar obsesivamente cada matiz de una situación o de un hecho para intentar comprenderlo y dominarlo, es buscar veinte soluciones distintas sin que ninguna nos termine de convencer, para acabar en una dolorosa parálisis.

Sí: rumiar es escribir. No podemos quedarnos con la primera opción a la hora de abordar una secuencia, ni dejar de releerla hasta encontrar la palabra o la acción justas que servirán para transmitir la intención de ese momento de la trama, o el carácter de ese personaje. El proceso es infinito porque nunca elegimos la opción perfecta; no existe. Lo único que pone fin al baile es una cierta satisfacción o la bendita fecha de entrega.

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Intentemos al menos no tener moquetas obsesionantes en casa.

Pero, ¿tenemos los guionistas esa tendencia al sobreanálisis limitada a nuestro trabajo? Quizás somos rumiadores que han encontrado en esto de escribir una profesión con la que sacar partido a su disfunción. Decía la escritora Flannery O’Connor que “hay un cierto grado de estupidez sin el cual el escritor no puede funcionar, y es la capacidad de tener que observar detenidamente, de no captar la realidad de un plumazo”. Para la psicóloga norteamericana Elaine Aron, esa necesidad de estudiarlo todo al detalle no viene de una torpeza al percibirla, sino precisamente de una capacidad para captarla demasiado. Según ella, existe un tipo de persona (que ella denomina highly sensitive person) que percibe más al detalle los estímulos, y es por eso que dedica más tiempo al análisis que aquellos que los captan más superficialmente. Quien percibe más tiene más que procesar, y como consecuencia de esa sobrecarga de información, analiza más y repara especialmente en los matices. Cuando Aron enumera las profesiones que se corresponden con este tipo humano, la de escritor es la primera; era de esperar.

Si esa forma de procesar la realidad y de verse obligado a sobreanalizar es constitutiva en nosotros, me da que no se acaba al final de la jornada. Aplicado al trabajo sobre un guión, rumiar es útil y tiene un fin concreto al que servir. Como tendencia de pensamiento más general puede llegar a ser paralizante, deprimente y poco práctica. Quiero creer que dedicarle ocho, nueve o diez horas al día a la escritura, con su exigencia de rumiación, libera esa tendencia nuestra en lugar de alimentarla. Quizás por eso la mayoría de los guionistas que conozco son personas razonablemente felices: porque exorcizan su tendencia obsesiva mediante su trabajo. ¿Qué sería de nosotros si no tuviésemos todo este potencial para el sobreanálisis aplicado a un fin concreto? La López-Ibor abriría nueva ala.

 

Llorar contigo será mi salvación (no me queda otra).

Igual que el exceso de análisis es un don para nuestra tarea pero un riesgo para nuestra salud mental general, ocurre lo mismo con poseer empatía en grandes dosis. Por un lado, es imposible escribir (bien) sin estar bien cargado de ella. Para escribir a otros (que la mayoría de las veces poco tienen que ver con nosotros, distantes en el tiempo, en la edad, en el sexo y en las creencias) hemos de poseerlos de algún modo, como quien toma un cuerpo ajeno por un momento, y sentir sin haberlo experimentado el dolor de una pérdida que no es nuestra, la ambición por una meta que a nosotros nos es indiferente, o el amor por otro personaje al que nunca amaríamos.

Pero, ¿hay personas con más capacidad que otras para sentir esa empatía que necesitamos como escritores? Para Aron la persona que es más sensible a los estímulos también posee una especial capacidad de activación de las neuronas espejo. Estas neuronas, que todos poseemos, se encargan de hacernos no ya entender, sino sentir, como un reflejo, lo que experimentan otros seres humanos, tanto si los observamos como si nos limitamos a pensar en ellos y en su trance. Es un milagro neurológico que repliquemos las sensaciones que está teniendo quien es objeto de nuestro interés. No es que las entendamos: las vivimos.

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Zelig, un as de la empatía

Por lo tanto, las neuronas espejo nos ayudan a trascender nuestra individualidad; y cuanto más capaces sean de activarse, más probable es que podamos escribir sobre otros individuos. Al reproducir dentro de nosotros con intensidad lo que un personaje está viviendo, podemos dar cuenta de ello con más exactitud y sentimiento.

Pero esa habilidad para acompasar más que otros nuestra emoción a la ajena, y que tan útil es para escribir, tiene lugar en las alegrías y en las penas, y una consecuencia negativa inevitable: el sufrir en demasía por los demás. Aunque jamás renunciaríamos a ese dolor con tal de no perder lo que llamamos humanidad –ni, con ella, nuestra capacidad para expresarla con palabras-, eso no quita que, objetivamente, a mayor empatía, mayor vulnerabilidad.

Como en todo, no hay ningún rasgo que junto a un beneficio no traiga una contrapartida. No se puede ser más sensible a la realidad, a la belleza y al detalle sin serlo también al daño, igual que no se puede saber Inglés para leer a Shakespeare sin que conlleve también entender las letras de Bieber. Sea cual sea el origen de esas habilidades sin las cuales no podríamos escribir (bien), si celebramos y explotamos sus beneficios los contras se harán más llevaderos. Si la biología o la adicción a los libros nos han hecho sensibles y analíticos, qué demonios, paguemos el peaje de nuestra vulnerabilidad y de nuestra ligera neurosis, y celebremos todo lo que ambas nos regalan como creadores.


LIBROS IMPRESCINDIBLES, #CONVENIOGUION Y OTROS ENLACES PARA EL FIN DE SEMANA

23 enero, 2015

Por Alberto Pérez Castaños. 

1. Mira por el cajón del escritorio, seguro que tienes algún guión de cortometraje que no pudiste llegar a producir o que no llegaste a presentar a ningún concurso pero que te encanta cómo quedó. Ahora mira este enlace. Venga, date prisa que sólo tienes hasta el domingo.

2. Y, cuando termines de enviar tu guión, puedes repasar esta lista de libros imprescindibles para Werner Herzog y Darren Aronofsky, a ver si te queda alguno por leer.

3. Luego, puedes empezar a escribir tu nuevo largometraje utilizando estas estructuras NO dramáticas. Verás qué risa cuando se lo enseñes a un productor.

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4. ‘Juguetes rotos’, ‘Stico’, ‘Reina Zanahoria’… Son títulos que a lo mejor no te suenan ni de lejos pero, tranquilo, es normal, porque son algunas de las 12 películas de culto españolas qué quizás no conozcas según Javi Camino.

5. Otra película española de culto, en mi opinión, es ‘Pagafantas’, de Borja Cobeaga. Gorka Otxoa encarna al perfecto perdedor en el que todos nos vimos bochornosamente reflejados en algún momento. Pero el pagafantismo no es exclusivamente masculino. Aquí no se libra nadie, si no, mira estas cinco ilustres pagafantas femeninas.

6. “El conocimiento es crecimiento, pero actuar sobre el conocimiento es cambio. No necesitas ambos en tus personajes principales, pero necesitas al menos uno”.  En este enlace –en inglés, me temo– se habla sobre la diferencia entre el crecimiento y el cambio de un personaje porque, exacto, son cosas diferentes.

7. ‘La abducción de Luis Guzmán’, el debut teatral del guionista Pablo Remón, regresa al Teatro Lara. Estará del 6 de febrero al 1 de marzo. Aquí podéis leer la entrevista en la que hablamos sobre ella.

8. Además, Pablo es uno de los nominados este año al Goya gracias a su corto ‘Todo un futuro juntos’. En este enlace podéis ver tanto el suyo como el trabajo de los otros nominados de la categoría.

9. Para terminar, la lectura de fin de semana absolutamente obligatoria para todos los guionistas: la serie de tweets que publicó @almaguionistas sobre el #convenioguion firmado a finales del año pasado. Aquí está el acta de dicho convenio con las cifras mínimas pactadas.

Buen fin de semana.


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