CUANDO EL LOMO ENCONTRÓ AL BACON

Por Sergio Granda. 

Sergio Granda es guionista. Estudió Comunicación Audiovisual y completó su formación con el Máster de Guión de la Universidad Pontificia de Salamanca. Como cortometrajista ha estado nominado en festivales como el de Sitges, Gijón o el Notodofilmfest. Además, escribe teatro y cuenta con varias obras estrenadas en Madrid, Bilbao o Segovia. También ha trabajado en la escritura y realización de vídeos corporativos y publicidad. 

B. Braddock 2

Una de las películas con las que mejor conecto es El graduado. Y no es que yo haya tenido un tórrido romance con una atractiva mujer de mediana edad. Ni mucho menos. Es porque define a la perfección ese abismo que se abre entre el mundo lectivo y el laboral, entre la sobreprotección que da la seguridad y el fuego real.

En mi caso, ese abismo ha sido (y está siendo) muy distinto al de Benjamin Braddock, pero al igual que él, me dio vértigo plantearme mi futuro más inmediato y creía que dedicarme a otra cosa que no fuera escribir sería perder el tiempo. Sin embargo, ahora tengo la certeza de haber sacado partido como guionista de los lugares más insospechados. Es una paradoja que me sucede desde que llegué a Madrid, en junio de 2013, tras haber cursado el Máster de Guión de Salamanca, con el único objetivo de ganarme la vida escribiendo.

El peor empleado del mes.

Fue llegar y besar el santo. Era un privilegiado. El trabajo duro había dado sus frutos: por fin, era personal de equipo en un restaurante McDonalds. Y no sé por qué pero los meses que estuve poniendo hamburguesas buscaba cualquier excusa para pensar en mis proyectos: un cliente insatisfecho era un corto para el notodo, un pepinillo mal colocado sobre la carne era un microteatro y una bronca injusta era una idea de largometraje de ciencia-ficción. Como un mecanismo de defensa que me obligaba a no olvidar que, en verdad, yo no quería estar ahí. El proceso era muy sencillo: mientras trabajaba se me ocurrían ideas para unas cuantas obras maestras. Llegaba a casa. Las escribía en el portátil. Me daba cuenta de que, en realidad, eran una puta mierda. Y las borraba.

Pues así todos los días.

Sin embargo, no fue todo a la papelera. En noviembre, poco después de finalizar ese trabajo, Vicent Bendicho, Héctor Beltrán y servidor conseguimos que nos seleccionaran un microteatro en la sesión golfa. Era una comedia negra titulada Pastel de carne, a partir de una idea de Vicent, y resulta sorprendente ver reflejado en el guión la vida de cada uno por aquel entonces. Por la parte que me toca, mi experiencia poniendo BigMacs estaba más que clara. Es curioso porque no había rastro de referencias cinéfilas o seriéfilas. Nada de True detective o Breaking bad. Sólo el tipo de trabajo que hace el común de los mortales, que tienen el privilegio de trabajar. Sin duda, era la primera señal de que aquel empleo no sólo había pagado mi alquiler.

La segunda señal tuvo su origen en un penoso eslogan: “Cuando el lomo encontró al bacon”. Sé que es lamentable. Sé que es bochornosa. Ridícula. Pero gracias a esta frase me contrataron. Éramos doce personas y cada una debía inventar una consigna para el bocadillo bretón, caracterizado por su contundente mezcla entre lomo y panceta. Los mejores serían los elegidos para trabajar en un prestigioso restaurante Pans and Company, durante la campaña de navidad. Por si alguien se ha despistado, repito: “Cuando el lomo encontró al bacon”. Os podéis imaginar el nivel. Lo jodido no fue mezclar el lomo con el bacon, sino mezclar el bocadillo bretón con una comedia romántica de los ochenta. Pero, sea como fuera, ahí estuve un mes y medio poniendo bretones, griegos, napolis, mitiks y esos asquerosos palitos de mozzarella. Y yo seguía escribiendo. En casa, en el metro y en el descanso para la comida, grababa notas de voz en el móvil con ideas para guiones y cuando las escuchaba antes de dormir las borraba sin contemplaciones, avergonzado, evitando dejar rastro alguno. Y, al igual que sucedió cuando hacía hamburguesas, aquello estaba cargado de todo lo que vivía día a día. Desde la atropellada forma de hablar de mis jefes hasta las más insignificantes traiciones entre compañeros.

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Bocadillo Bretón. Benjamin Braddock elaboró alguno en el Pans and Company.

Recursos humanos.

Durante los dos meses siguientes me gradué con honores en una materia que poco tiene que ver con escaletas y puntos de giro: entrevistas de trabajo. Y cuando digo entrevistas de trabajo me refiero a todas las posibles variantes de este concepto: dinámicas de grupo, entrevistas por parejas, individuales, habilidades comunicativas, autoventa y demás estrategias para ver qué ser humano es el más capacitado a la hora de vender seguros, enciclopedias “a puerta fría”, o atender llamadas detrás de un mostrador. Evidentemente, también mandaba mi currículum a productoras, agencias de comunicación, de publicidad, distribuidoras, revistas de cine… Y lo hacía con cartas de presentación a las que dedicaba el suficiente tiempo como para que fueran mínimamente originales. Pero nada. Nada de nada. De hecho, empecé a experimentar algo que no me había sucedido nunca. La nuca se me atenazaba, la mandíbula se ponía en tensión y las cervicales se contraían. Era la extraña y entonces desconocida sensación de no saber cómo pagar el alquiler. Así que, si no salía trabajo habría que inventarlo.

Vivíamos Vicente, Héctor y yo en un bajo en Tetuán y, junto a Alberto P. Castaños, teníamos que sacar proyectos, disparando en muchas direcciones. Escribimos microteatros, nos presentamos a concursos de guión, de realización de vídeos (incluso ganamos alguno), hicimos spots para Internet, vídeos promocionales, participamos en concursos de relatos, trabajamos en tratamientos, nos presentamos a DAMA Ayuda, fracasamos en DAMA Ayuda, fuimos a charlas de guión, hicimos el ridículo en varias ocasiones, tuvimos algún pitch, engañamos a Daniel Castro para un piloto de webserie… Y, por supuesto, escribimos mierda. Mucha mierda. Muchísima. Yo he escrito mierdas que vosotros no creeríais. Y por el camino, nos encontramos de todo. Gente que puso algún palo en nuestras ruedas pero otra mucha que nos prestó su ayuda y nos hizo la vida más sencilla, como Carlos G. Miranda, Sergio Barrejón o Bárbara Alpuente, entre otros.

Lo hicimos (y lo hacemos) porque nos encanta pero también por supervivencia y porque las entrevistas no daban resultados positivos.

¿Adivináis de qué trató mi siguiente microteatro? Efectivamente: de una entrevista laboral. Junto a David Sañudo, escribí y dirigí una pieza que programaron en Microteatro por Dinero, en Madrid, y en Pabellón 6, en Bilbao. Y uno de los personajes no lo tuvimos que inventar porque me lo encontré en una dinámica de grupo. Era un tipo real y yo había compartido media hora con él, lo suficiente como para imaginarme el resto. Sólo hubo que plagiar de la realidad.

Conversaciones con el despertador.

En aquellos días, solía hablar con el despertador. Cada mañana, mientras el ruidoso aparato gritaba las siete de la mañana, me sentaba en la cama y, completamente  despeinado, le argumentaba a aquel par de agujas por qué no quería vestirme e ir al trabajo. Sin embargo, Philips no daba el brazo a torcer y con un pitido insoportablemente constante me apremiaba para hacerme cargo de mis obligaciones. Y todo porque en marzo de 2014, uno de esos cientos de currículum vertidos a la mar, hizo efecto. Me contrataron en una oficina, para un trabajo de oficina, con horario de oficina y con un sueldo de mierda. Todo un lujo. Incluso adelgacé. Diez kilos en tres meses.

Esta era mi rutina: me levantaba a las 7:00  para poder estar a las 09:30 en el trabajo (tardaba 45 minutos en llegar en metro). Me pasaba unas nueve o diez horas allí. Sobre las once de la noche me volvía a casa (otros 45 minutos en metro). Llegaba, saludaba y me iba a dormir. Hasta que sonaba Philips, de nuevo a las 07:00. Y así otro día. Y otro. Y otro. Como un eterno y kafkiano día de la marmota. Pasaba casi más tiempo en el metro que en mi propia casa y si alguien hubiera echado un vistazo a mi DNI, habría comprobado que en domicilio constaba: Línea 1 Valdecarros-Pinar de Chamartín. Pero estaba agradecido. Porque tenía trabajo y el alquiler ya no era un problema. La nuca se destensó, las cervicales se relajaron y la mandíbula volvió a su posición original.

Justo en ese tiempo, escribí un corto de ciencia-ficción que, si todo va bien, rodará David Sañudo este mes. ¿Adivináis de qué va?

Exacto.

Microfusión.

Yo soy muy de poleo menta, de toda la vida. Pablo Bartolomé (guionista también) es más de café con leche. Largo de café, por cierto. Y cada jueves por la mañana nos juntamos en alguna cafetería para decirnos lo mal que está todo. Pero por algún motivo que no hemos descifrado, acabamos sacando alguna historia para escribir. Y siempre surgen de nuestro alrededor. La conversación de la mesa de al lado, una discusión entre camareros o, simplemente, un cambio mal dado.

En los últimos meses, Pablo y yo hemos escrito un par de obras seleccionadas dentro del programa Microfusión, organizado por ALMA. Las piezas se titularon Antojitos y La cuarta juventud y ambas nacen de conversaciones que escuchamos entre infusiones y cafés. Una embarazada devorando muffins y la confesión de un padre a su hija respecto a su gusto secreto por OBK fueron sendos puntos de partida.

Esto sucedió en el desempleo más absoluto.

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Antojitos, la típica comedia de embarazadas y viajes en el tiempo.

Epílogo.

A estas alturas os habréis imaginado que este post está dirigido a los que acaban su formación universitaria (o de cualquier tipo) y, como a Benjamín Braddock, les cuesta asomarse al precipicio.

Pues bien, os he contado mi más que prescindible desembarco en Madrid, porque hace poco un amigo me dijo que no aguantaba más. Si en 2015 no encontraba trabajo como guionista tiraba la toalla y se volvía a su ciudad natal para trabajar en la frutería de sus padres. En aquel momento no se me ocurrió, pero creo que trabajar en la frutería de tus padres no es tirar la toalla. Ni trabajar en una hamburguesería. Ni sirviendo bocatas o poniendo copas. Ni en una oficina de administrativo. Todo lo contrario. Tirar la toalla sería dejar de escribir cuando llegas a casa, después de diez horas de trabajo. Lo otro podemos llamarlo proceso de documentación. Porque si todo eso sirve de algo, seguro que es para escribir mejor.

4 respuestas a CUANDO EL LOMO ENCONTRÓ AL BACON

  1. Cambio hamburguesas por sushi y podría haber sido una entrada mía, seguramente no tan bien escrita.

    Enhorabuena por no tirar la toalla. Cuando se hace, cuesta volver a cogerla del suelo.

  2. ¡Qué grande es este tío!

  3. Grande Sergio. Yo estuve currando un año en un supermercado, y fue un año bastante productivo en lo que a resultados creativos se refiere. Ese epílogo deberíamos llevarlo tatuado en el brazo: ninguna experiencia es en vano cuando de ella bebemos para escribir cualquier cosa.

    Hace un par de años dejaron que me expresara en este mismo blog sobre este mismo tema. Entonces empleé un tono abiertamente plañidero y autocompasivo, nada sano (así lo veía y me sentía), pero que sirvió para generar interesantes reacciones en los lectores del blog, comentarios que me hicieron reflexionar sobre todo esto de escribir y quererse ganar la vida con ello. De todas las réplica recuerdo especialmente una intervención, y más concretamente una frase (la que cerraba el comentario). Era de Panov y decía algo así como ‘la vida no es sólo una cosa, son muchas cosas’. Tu reflexión es eso. Una lectura de la vida suficientemente desapegada de las emociones como para ver más allá del teclado, pero sin renunciar (¿es eso posible si realmente te gusta esto?) al impulso de inventar y contar.

    Un saludo crack!

  4. Aquí alguien al borde del precipicio que parece el terminar la carrera. Gracias, de verdad, por este post! (me dicen mis cervicales que gracias también de su parte)

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