El VALOR DEL AUTOR

Por Lea Vélez. 

Esto me ha pasado de verdad hace dos días. Imagino que le está pasando a otros compañeros guionistas, músicos o realizadores. Os pido que denunciéis los hechos a vuestra asociación profesional o sindicato y también a vuestra sociedad de gestión. La carta que reproduzco es real. Se la escribí yo al jefe de producción con el que había llegado a un acuerdo por la venta de una idea original para TV. He quitado los nombres de los implicados. Quién quiera saber de qué productora se trata, puede enviarme un mensaje a través de las redes y le contestaré por privado.

Querido productor,

Sintiéndolo mucho, no acepto la oferta que me hiciste de compra de derechos del proyecto de TV que os presenté el otro día. Es decir, que retiro mi idea de vuestra productora. No es una cuestión de renegociar condiciones. Es una cuestión de puntos de vista. Vosotros pensáis que las series las vende una productora y yo pienso que las series las vende una buena historia. Como me pides explicaciones y me dices que no entiendes bien qué me ha pasado y quieres reunirte y yo no tengo la menor intención de dejarme convencer, te lo explico por carta.

Mi idea me parece demasiado buena para nacer muerta. Tras la reunión que tuvimos –en la que he de decir que fuiste extremadamente educado, ningún reproche en ese sentido, de verdad– he dormido mal, he comido mal y por más que piense que hay una crisis, que igual las cosas están difíciles, no quiero vender en las condiciones que me ofreces, que son las de ignorar qué es o para qué sirve un autor.

El futuro del proyecto murió en la primera reunión de producción. No fue una muerte fulminante. Todo empezó cuando me dijiste que si la cadena pedía un tratamiento, yo debía desarrollarlo con otro guionista.

—Ya pero, la idea es mía… ¿No debería decidir yo si lo escribo con otra persona?

—No. Aquí todo se escribe entre dos personas.

—¿Y en quién habéis pensado?

—Eso ya se verá. A uno que escojamos.

—¿Y no puedo… escogerlo yo?

—No, porque nosotros llevamos la producción ejecutiva. Así que ese otro guionista es cosa nuestra exclusivamente.

Me quise levantar, ¿por qué no me levanté? Pensaba en la primera página de mi proyecto, que era una declaración de intenciones sobre la autoría del guionista, muy en plan Jerry Maguire… La primera página del proyecto es el alma de la serie que queríais comprar y que supuestamente os había encantado… y tú me decías esto de un guionista traído por el artículo 33 y yo no daba crédito. Hubo bastante forcejeo por mi parte: que si al menos me consultaríais, que si yo es que hay gente con la que no trabajo bien, que si tal… pero nada cuajó y tragué con esto del guionista “a ciegas” muy poco satisfecha. Entonces llegó la segunda cosa tremenda, que ni mucho menos es la más grave. No, no es la más grave, porque la tercera cosa es fenomenal. En este segundo punto me explicaste que si se decide escribir un guión piloto y la cadena no paga el desarrollo (cosa más que habitual), yo lo escribiría como debe escribirse un guión piloto: con su técnica, su escaleta, aplicando en él mis veinte años de experiencia, mi habilidad para el enganche, la más extraordinaria imaginación posible, las horas de sueño y reescrituras, sus diálogos brillantes, su alma, su total profesionalidad, su entusiasmo, las horas de reuniones y sugerencias y cambios, las idas y venidas, la creatividad, la ilusión. A cambio de todo esto, vosotros ponéis el 25 por ciento de su valor. Yo entrego 100 por 100 de trabajo ilusionante, vendedor de una serie a una cadena, piloto milagroso que dará empleo a un equipo de cien personas y con el que harás el negocio para el que existe tu productora… por el 25% de su precio. El resto, (cifra nada generosa) me será entregado al inicio de la producción, que en el mejor de los casos, si sucede el milagro de la ilusión, de aunar virtudes, de juntar emociones de ejecutivos y productores, de alcanzar la sublime inspiración en la desesperación económica o emocional… no será hasta dentro de… en fin. Vale, no empleaste tantas palabras, pero quería dejar clara la desproporción. Te dije que esto no me parecía nada bien y reclamé el pago total. Si yo te escribo un guión, tú me das lo que vale. Me dices que no. Que no se puede. Que lo tome como una inversión. Yo te digo que inversión sería si la productora fuese una cooperativa y yo socia de la cooperativa. No es el caso. Te digo que el que no está invirtiendo en la serie eres tú. Tu no inviertes, yo te lo escribo y encima tengo que poner de mi bolsillo tres cuartos del valor… tu insistes en esto de la “inversión” y yo te digo sin perder la amabilidad (y quien me conozca puede dar fe de la proeza) que tú estás cobrando un sueldo hoy, ahora y que renuncies tú a tú sueldo hasta que empiece la producción. Te lo digo sonriendo y tú también sonríes, jaja, y me dices que no es lo mismo. No, claro. No es lo mismo. Tú importas y yo no. Tú eres jefe y yo, una indigente de la escritura. No sé si la cadena alimenticia acepta que tú tengas todo el derecho a cobrar por tu trabajo, con tu sueldo, tu seguridad social y tu lo que sea mientras yo realizo mi trabajo por el 25% de mi sueldo cuando además, de este trabajo mío depende en un 100% que se venda o no se venda la serie. Sí señor. De eso depende. De un buen guión. Si la cadena alimenticia acepta esta indignidad, mi dignidad: no. Pero no me levanto. ¿Qué demonios sigo haciendo aquí? ¿Qué me está pasando? Al fin te digo:

–Tú… no has leído mi proyecto, ¿verdad? Este proyecto empezaba con una declaración de intenciones que habla de lo que es la autoría, la ilusión, el alma de un guión… No puedes haberlo leído porque si lo hubieras leído no me dirías todo esto. Si lo hubieras leído, entenderías que me estás insultando.

Ahí te quedas cortado, pero poco:

–Bueno… no… No lo he leído. Pero es que esto que tú has presentado no es el proyecto, es una cosa que tú hiciste para… un novela…

¿Estamos perdidos en la traducción? Yo en mi mundo de setecientas horas de televisión, sabiendo quien soy. Tú en el tuyo, aplicándome la fórmula negociadora que empleas maravillosamente con los agentes de los actores a los que pretendes contratar por el menor dinero posible. Sorprendido, me indicas que ya he tenido la suerte, ¡la lotería!, de que una productora se interese por mi idea para “hacer” un proyecto y ¡Es la productora la que arriesga!

Aquí todo está claro, pero yo no me levanto. ¿Por qué digo que sí a todo? ¿Qué demonios me pasa? ¿Por qué no me levanto?

Me pasa que estoy en inferioridad de condiciones, que no tengo poder ninguno, que mis contenidos no se están considerando como la pieza esencial del proyecto. Me pasa que si me levanto, me cierro para siempre la puerta de esta productora y de cualquier otra en la que vuelva a encontrarme contigo. Me pasa que me vienen frases de amigos guionistas a la mente. Frases que son reproches milenarios del tipo: “Lea, eres demasiado digna, a veces hay que tragar”. Me pasa que por motivos que no vienen al caso explicar pero que tienen que ver con la creatividad, llevo a mis hijos a un colegio que me cuesta un fortunón al trimestre, me pasa que soy mujer y eso a veces pesa, me pasa que a veces me dicen que soy dura, me pasa que creo en la libertad como una aspiración inalienable del individuo y también que todos me dicen que esto es una utopía, me pasa que no quiero ser esa loca diferente, la rara que no sabe pasar por los aros en llamas. También me pasa que igual es cierto lo que dice una amiga mía: que todos debemos hacer cosas que no nos gusta hacer y que debo pagar las facturas. Me pasa que todo el mundo acepta condiciones humillantes en un momento determinado, que yo no necesito humillarme y aún así… no sé qué coño me pasa que yo sé ya que este proyecto no se hace, que ha nacido muerto, que puedo permitirme tener dignidad y aún así… Yo no me levanto.

Pero, sigamos. El punto tres merece la espera. Tú no has leído el proyecto, esto ha quedado bien claro. ¿Qué sentido tiene lo que estamos hablando? ¿En base a qué estamos negociando? En vano quiero mantener una brizna de algo. En vano trato de conseguir el 35% del guión en lugar del 25%. Tu respuesta es no. En vano trato de que me paguéis menos dinero por el guión piloto y más porcentaje de partida, por pura dignidad, por puro principio. Pero no. Todo es inamovible. Lo tomas o lo dejas. Y yo… lo tomo. Lo tomo deseando salir de allí… Pero aunque me has matado tres veces o cuatro, no hemos acabado. Llega la guinda del pastel. El punto número tres. Me informas de que hay un tema más del que tenemos que hablar. Os gusta dejarlo todo atado para que luego no haya malentendidos… Me dices:

–Ahora está el tema de los derechos de autor.

Salto como un resorte. ¡De ese tema yo no hablo en el despacho de un jefe de producción! Pero insistes en que te escuche. El forcejeo verbal dura diez minutos. Yo que no y tú que sí. Tú me das argumentos de por qué sí y yo te doy todos los argumentos morales y legales y semánticos de por qué no pienso hablar del asunto. Al fin, me fuerzas la mano, como con todo lo demás (¿por qué no me levanto y me largo?) y me cuentas que el productor ejecutivo (principal socio de la productora, el jefe supremo, el que está encantado con mi idea y que sí se la ha leído y que a ti te paga el sueldo y que me pagará el mío –de tenerlo, algún día, no se sabe cuando-) trabaja mucho en las series que hacéis y opina mucho y “mete la cuchara” y eso merece un porcentaje de derechos de autor porque lo convierte en autor. Yo digo que no. Que el productor no es un autor. Que no es un problema semántico. Que su trabajo es opinar y por eso tiene un sueldo espléndido y todo el poder de decisión sobre la serie. Que los derechos de autor se inventaron precisamente para compensar esta espantosa precariedad laboral que tenemos los autores y que hace que a veces los productores nos obliguen a trabajar por el 25% de nuestro sueldo. Digo: no. Trataste de calmarme, tuviste que llamar refuerzos. Entró en el despacho otro empleado de la productora. Este hombre me explica que sabe mucho de derechos porque su padre ha producido 150 películas y ha escrito otros tantos guiones (o algo así) y que por tanto él (el hijo, no el padre) es todo un experto. Este muchacho quiere convencerme de que los ángeles tienen sexo masculino, me explica con ahínco y total convencimiento, que el productor es un autor porque opina mucho y me dirá cosas del tipo: “que esos dos personajes no se casen” o tal y cual. Sois dos contra una… y yo no me levanto. Yo aún no me levanto y voy y entro en el debate, como idiota, cuando lo que tenía que haber hecho es levantarme. ¿Por qué no me levanto? ¡¿Por qué coño no me levanto?! Al menos, no trago, no soy tonta del todo, e insisto en que opinar de todo no convierte al productor ejecutivo en autor. Que me dé a mí su sueldo de productor ejecutivo y los beneficios que saque la productora con la serie y se ponga ante la página en blanco y se quede con mis derechos de autor. Tampoco sé por qué no me levanto cuando me decís esta joya de frase: “si el productor por opinar no debe llevarse derechos, ¿por qué entonces se lleva derechos de autor un coordinador de guión?” Madre mía… y me vienen a la cabeza las jornadas de 16 horas, los viernes llegando a casa a las cuatro de la mañana, la escritura de 7000 palabras diarias y no me levanto. Yo-no-me-levanto. El hijo del padre productor-guionista-director (también es director) explica vehementemente que no es justo que los músicos se lleven el 25% por ciento de derechos por cada capítulo de una serie cuando solo hacen la música una vez y se pone la misma música en cada capítulo. Yo le digo que sí, será injusto, pero es lo que hay. Me dice que no tiene porqué ser así, que no está escrito en ninguna parte. Que entre todos podremos hacer un reparto más “justo” con la ayuda del productor. A dos manos, el experto por parte de padre y tú, me aclaráis e ilustráis con esquemas en un papel, que los músicos (qué cara tienen, ¿eh?) no se merecen este porcentaje y ya hay productoras o cadenas que les obligan a cederles parte de sus derechos de autor a la firma del contrato. Esas productoras les dan, digamos, un 5% por ciento (¡Les dan!) y la tal productora o la tal cadena registra el resto de los derechos como propios. Así que como ves, nosotros somos legales, me dices, porque nuestro productor solo se llevará un pequeño porcentaje de todos los autores, un porcentaje que “ya veremos cuál es” y que saldrá de un reparto verdaderamente equitativo y que además no incluirá robos de derechos de autor por parte de esta productora como hacen otras productoras. ¡Y yo no me levanto!

Pero sí que levanto la voz. Me pedís que me tranquilice, que igual no lo estoy entendiendo, que este porcentaje que se llevaría el productor por opinar de todo muchísimo no saldría solo de mi parte de idea original sino del montante total de todos los autores, incluido el del músico (este músico que tiene tanto morro). Me decís que el porcentaje sería mucho más beneficioso para todos los autores (excepto para el músico, claro). Y entonces sucede algo terrible: me calmo.

Habéis tocado el resorte de mi avaricia y estoy a punto de entrar en vuestra corrupción. No me levanto y se me cae la cara de vergüenza de no haberlo hecho. No hay guionista de serie diaria que no piense que el porcentaje dedicado a los derechos del músico no sea exagerado, teniendo en cuenta que yo tengo que escribir cinco guiones por semana y el músico solo una música (esto luego no es tan así)… Así que sí. Ví los beneficios de la jugada: si el productor ejecutivo hace de árbitro con el reparto, le quitaremos al músico esta parte que no se merece. Esto es terrible.

Terrible. Los derechos autor han sido un anillo de Gollum de saldo. Me consuela pensar que hasta Frodo dudó y flaqueó por un instante. Porque fue la avaricia de un instante. La puerta a un lugar asqueroso por un instante. Estaba tan humillada por haber aceptado todas las condiciones anteriores que casi caigo en vuestro juego. Hice algo de lo que me arrepiento: sabiendo con el instinto que con todos estos puntos de partida morales la serie ya estaba muerta antes de haber nacido, te di la razón en todo. Me dije: les haré el proyecto y adiós. Eso pensé. Al llegar a casa, claro, entendí que tenía que haberme levantado y cambié de opinión. Quizá, si te lees la primera página del proyecto que os entregué, igual te queda todo más claro:

“Mi nombre es Lea Vélez y soy guionista de TV y novelista. Aunque llevo muchas series de TV a mis espaldas, esta es la primera vez que escribo un proyecto en primera persona. Después de casi veinte años alternando la escritura para televisión con la novela, me ha apetecido hablar por mí misma y tratar de insuflar a este proyecto, si no cara y ojos, al menos un interés personal del creador por su obra de ficción. Algunos a esto le llamarán “darle alma”. Espero conseguirlo.

A veces me engaño y pienso que para tener éxito solo hay que tener ilusión. A veces claro, comprendo que la ilusión no es bastante, pero aun así yo la busco y me muevo por ella de una forma activa. Todos deberíamos hacerlo. Para mí, la ilusión es generar una buena historia desde el humor, el gusto propio, el alma, la garra, la personalidad del autor, la técnica (por descontado), los años de experiencia, la máxima calidad. Generar una buena historia, digo, que enganche al equipo primero, empezando por la productora, después a la cadena, llegando al director y los actores hasta alcanzar a la gente que es quien “vota” con el mando a distancia. Si eso se consigue, quizá además haya… suerte. El éxito, esa suertaza, ese milagro que empieza no sabemos cómo y que no es otra cosa que una comunión entre lo que sabemos hacer, lo que tenemos que hacer y lo que nos divierte.”

Yo no sé cómo empieza la libertad, pero tengo muy claro, que no empieza así. Yo no sé cómo empieza el éxito pero tengo muy claro que no empieza así. Adiós. Siento haber perdido el tiempo. Al menos a ti te pagan un sueldo por perderlo. A mí, no.

Un saludo,

Lea Vélez

11 respuestas a El VALOR DEL AUTOR

  1. Bravo, Lea: la dignidad no se vende.
    Comparto con gusto tu carta pues yo mismo estoy sufriendo un acoso similar por parte de una productora.

  2. Lea,
    me temo que es un poco larga para que el productor se la lea entera. Si al menos la hubieras llenado de insultos, seguro que llegaba hasta al final.
    Pero has estado demasiado correcta. Y has argumentado bien. Ese no ha pasado del párrafo dos.
    La próxima vez te levantas y le insultas. Y si puedes le tiras un vaso de agua también.
    Piensa en lo que hubiera ganado tu post.

  3. Cierto, también me pareció larga, aunque muy bien escrita, por otra parte, es alucinante que los guionistas pasemos exactamente por las mismas experiencias vivamos en el país que vivamos, soy de Lima, Perú, y lo que cuentas en tu carta, es exactamente lo mismo que nos pasa a nosotros. Exactamente lo mismo.

  4. Y también la he compartido con mucho gusto. Eres una guionista y persona digna! Un abrazo fraternal.

  5. Plas! Plas! Plas! Ojalá tuviera un 10% de la valentía y la dignidad que demuestras en tu carta. Y estoy con Carlos. Dudo mucho que el productor se la haya leído igual que no se leyó tu introducción.

  6. Sí, a veces dan ganas de arrasar con las fichas del tablero… Sin embargo, sacrificar un peón puede acercarte a la victoria. No es tu caso, veo. Demasiados sacrificios para poder tener alguna oportunidad. El problema es que este tipo de partidas entre jugadores de poderío descompensado son demasiado comunes. Hablas de dos jugadores (con sus respectivos consultores) contra uno; de un encuentro fuera de casa y con desventaja de salida. Creo que la solución no está en la dignidad del jugador (que veo manifiesta) sino el la reivindicación colectiva de una dignidad también colectiva. ¿Me permites una pregunta?: ¿en algún momento te sentiste respaldada por algo o alguien, o pensaste en la posibilidad de que otro jugador entrara al despacho para compensar la desigualdad de fuerzas?. Creo que hay camino por recorrer. Aunque los guionistas se precien de disfrutar de teclado, mesa, lámpara e imaginación, hay que tener claro que esto no va a dar el grado de reconocimiento que se merecen. Y los músicos, productores o guionistas de ciertos países lo saben muy bien.

    En 2007-2008 12.000 guionistas paran la producción de Hollywood durante 100 días (y aquí no hablamos ni de derechas ni de izquierdas).

  7. Excelente Lea. Aplaudo tu valentía. La dignidad no se vende, no tiene precio. Abrazos desde Perú

  8. ana martinez álvarez dice:

    Lo que cuentas pasa mucho, y también pasa que les llevas un proyecto y “no les gusta”, pero a los seis meses empiezan a rodar un proyecto muy parecido al tuyo. O lo han desmenuzado para tomar datos y crear uno nuevo.
    De esto no se salva ni le televisión pública.
    En USA, EN CANADÁ, EN REINO UNIDO, tienen su GUILD de escritores, una asociación profesional potente que engloba a la mayoría de los guionistas y que tiene sus reglas y regula los contratos. A veces tienen que ponerse en huelga, pero se pone la mayoria, y entre ellos, los mejores.
    Eso si, incluso en Canada hemos conocido productoras que de antemano se quieren quedar con los derechos de autor y merchandising, aparte de pagar unos sueldos irrisorios.
    Gracias por la carta y por lo que en ella hay de tu fuerza y tu valor. Me gustaría saber quien es ese productor. Me imagino muchos nombres, por desgracia.
    Palante, Lea.

  9. LOS BARTON FINK QUE EN MUNDO SOMOS.

    Hola, Lea, siento lo que te ha pasado, y me alegro al mismo tiempo de ese trance tuyo por tu entereza y resolución final llena de dignidad ejemplo para la clase creadora.
    Te cuento mi caso:
    Como autor, me han escatimado derechos, pero no un productor, sino una persona encargada de la dirección teatral cuya jugada te resumo con síntesis: Cuando estuvo todo listo para el estreno, me exigió un 1% pues había hecho muy buen trabajo con mi texto dramático. El argumento más “convincente”, el argumento de facto, y que gravitaba sobre las cabeza de todos los actantes del aquel proyecto, es que se podía ir todo al garete, pues ya estaba el montaje a pocos días del estreno, y por eso no esgrimí ni un argumento lógico contra ese menoscabo del 1% de mi exiguo 10%: el auténtico argumento que hubiera podido/debido esgrimir yo como autor bien lo sabía esa persona con la batuta de la dirección, pues su trabajo consiste por definición precisamente en poner en escena un texto de literatura dramática con las adaptaciones precisas para esta praxis… Y además de este mordisco avaro con claro abuso de su posición de poder y las circunstancias calculadas, esta persona se colocó la corona de interviniente en la creación del texto, como si yo hubiese escrito, no un texto dramático, sino una novela u otro género que precisara de una dramaturgia o una re-creación.
    Pero , ahora que lo pienso, también me han escatimado injustamente dinero los miembros ( cooperativistas) de una compañía teatral de teatro independiente, representados por su director artístico, invocando éste que yo, autor , debía cobrar como autor igual que lo que cobraban ellos “como compañeros”, cuando escribían o adaptaban obras, argumento absurdo pues yo no era su compañero cooperativista, yo era un agente externo, un autor neto, un autor “stricto sensu”, un autor-autor, no un autor-actor, no un autor-accionista…
    Pero, ahora que hago memoria, todavía me ha pasado algo peor, y esto me pasa con mucha frecuencia: que me han puesto en escena compañías de teatro amateur fuera de España sin pagarme el precio simbólico que está tasado por la sociedad de gestión que me representa (SGAE), y de esto me enterado de casualidad y muy a posteriori… Esta práctica es muy común: con cambiar sólo el título prácticamente son impunes a la labor de vigilancia de los inspectores de las sociedades gestoras de derechos.
    A este paso, el público o la crítica podría exigirnos un descuento en la entrada o una parte de nuestros ingresos, con el argumento de que con su “feedback” también contribuyen a que los autores perfeccionamos las obras. Pero.. .¡no les demos los dramaturgos o guionistas ideas a estos rateros, ni siquiera estar ideas absurdas, porque ellos viven de lo absurdo y de la sinrazón, y podrían llevar estas ideas a la práctica!

    Roberto Lumbreras. Autor teatral.

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