¿QUÉ HACE UN CUENTACUENTOS CUANDO SE LE ACABAN LAS HISTORIAS?

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Por Juanjo Ramírez Mascaró.

Este post estaba condenado a ser uno de los más irrelevantes, pero creo que se ha convertido en un post importante, al menos para mí.

Empezaré con algo que no viene al caso pero que sí que viene al caso: El mundo se volvió un lugar mucho más triste cuando murió Jim Henson.

Para que entendáis el porqué de este post debo mencionar un capítulo de aquella serie mítica de Henson: EL CUENTACUENTOS. Hubo un capítulo concreto que se me quedó grabado en la memoria, desde niño. Un capítulo en el que el Cuentacuentos tenía que contar a un rey un cuento diario para salvar su vida, al más puro estilo Sherezade, hasta cumplir con cierto número de relatos. Cuando llegó el día de contar el último relato… el cuentacuentos descubrió con horror que ya no se sabía más historias. ¡Sólo tenía que contar un cuento más para salvar su vida! ¡Sólo uno! Pero ya había contado todos los que se sabía. Recuerdo que en ese momento aparecía una especie de brujo que, en lugar de ayudar al cuentacuentos, le lanzaba un hechizo que le complicaba aún más las cosas, obligándole a vivir una aventura increíble. Al final del capítulo, el cuentacuentos descubría que ese brujo le había metido en problemas para ayudarle: Esa aventura que le habían forzado a vivir en primera persona era… la historia que necesitaba para satisfacer al rey… y para salvar su propia vida.

Pues bien, hasta ayer mismo ese cuentacuentos era yo, y este blog era el malvado rey.

No tenía ningún tema sobre el que escribir aquí. Miento: Tenía un montón de temas, pero todos me parecían ya trillados, cansinos, innecesarios. A veces uno siente que ya está todo dicho y que está dicho de todas las maneras en que podría decirse. A veces uno llega a la conclusión de que ya no hay nada nuevo que decir sobre nada, de que no merece la pena seguir insistiendo.

Entonces vino a mi cabeza – por enésima vez – ese capítulo del Cuentacuentos y decidí hacer lo mismo: Salir a la calle con la esperanza de vivir una aventura, de encontrar algún tesoro que compartir aquí.

Vagué por las calles con esa esperanza. Recorrí varios kilómetros de ciudad sin demasiado éxito. A veces parece que cuanto más buscas las cosas, más se esconden.

Tras varias horas de mendigar magia sin encontrarla, decidí visitar la ermita de San Antonio de la Florida para visitar la tumba de Goya.

Y…

… allí tampoco pasó nada especial. Bueno, sí sucedió algo: que me sentí gilipollas. Aunque eso tampoco es algo inaudito. Me ocurre a menudo.

Llegué entonces a la única conclusión lógica: Necesitaba una cerveza.

Me metí en un bar cercano. Aún no me había dado por vencido. Desde mi posición privilegiada en la barra escrutaba cada centímetro del local, en busca de esa historia, de ese tema, de ese punto de vista novedoso.

No tardé en advertir que un señor me miraba desde su sitio en la barra, tomándose un pacharán. Le eché cincuenta y pocos años, y era la clase de tío al que habría evitado en otras circunstancias. Tenía una mirada rara, una mirada loca, podríamos decir. Analizándolo a posteriori, diría que era la clase de mirada que intenta no sólo observar el mundo, sino bailar con él.

Tengo bastante experiencia en esquivar a ese tipo de gente. Basta con no hacer caso, evitar el contacto visual, responder con monosílabos si intentan conversar. En esta ocasión, sin embargo, le devolví la mirada, y él me habló, y yo le respondí con un par de frases de cortesía, y el tipo se vino hasta mi zona de la barra.

Esto nos sirve para recordar una verdad empírica: Algunas cosas sólo te pasan cuando tú quieres que algunas cosas te pasen.

No voy a deciros el nombre de ese señor ni a qué se dedicaba, porque no es relevante… y porque estoy escribiendo esto sin pedirle permiso (ni siquiera tengo manera de volver a contactar con él) aunque, en cierto modo, y de manera tácita, fue él quien me dio permiso para escribir este post, sin que yo se lo pidiera.

Me explico:

En un momento dado, el desconocido me preguntó qué hacía solo en un bar. Yo podría haberle hecho a él la misma pregunta. Normalmente no me gusta hablarle de mi vida a un desconocido, pero a ese tipo le conté la verdad. Si había salido a que me sucediesen cosas, no valían las medias tintas: Tenía que echar toda la carne en el asador. Le conté que escribía en un blog, le conté que se me habían agotado los temas sobre los que escribir, le conté que ya estaba todo contado, de todas las maneras posibles y… sí… también le conté que había salido a la calle en busca de “algo distinto que contar”, y que todo ello me había llevado hasta ese bar.

El tipo me miró con un chisporroteo en los ojos y me dijo:

– Pues si te cuento lo que me ha pasado a mí, te daría para escribir lo menos diez guiones.

Quienes nos dedicamos a escribir hemos oído eso mil veces, y siempre sonreímos de forma condescendiente, porque a estas alturas ya sabemos que sí, que todo el mundo tiene una historia que contar… pero también sabemos que normalmente esas historias no sirven para ser contadas. Suele tratarse de historias que sólo son relevantes para quienes las viven. Son plantas que se mueren si las cambias de maceta.

La siguiente frase de aquel hombre me hizo pensar que, en efecto, estaba hablando con un loco:

– Tiene gracia que esto pase justo en semana santa, porque he muerto y he resucitado, igual que Jesucristo.

Yo contesté con otra sonrisa condescendiente y con una necesidad urgente de escapar de aquel bar, de aquel perturbado mental. Entonces vino la tercera frase, y la tercera frase lo explicaba todo:

– Vengo de la clínica, de recoger los resultados de unos análisis.

Tampoco os voy a revelar de qué enfermedad se trataba, porque hay connotaciones embarazosas. Basta con que sepáis que a ese hombre, semanas atrás, le diagnosticaron algo muy serio.

Bueno, si hablamos con propiedad, no le diagnosticaron ese algo, sino una gran probabilidad de que se tratase de eso. Según los médicos había un 70% de posibilidades muerte y un 30% de supervivencia. Y aquel tipo se aferro al 70% más oscuro. Durante varias semanas, en su cabeza, estuvo más muerto que vivo. Aquel día le habían confirmado que no tenía nada, que seguiría viviendo. Y me dijo que se sentía rarísimo.

Voy a intentar reproducir aquí lo que él me contó, vertiendo la esencia de sus palabras con la mayor fidelidad posible, quizá con alguna que otra licencia estilística:

– Te crees que tienes asumido eso de que te puedes morir en cualquier momento hasta que llega alguien y te dice que vas a morirte. Yo siempre había pensado que si alguien sabe que ya no le queda más vida se arrepiente de las cosas que no ha hecho: “No he estado en el Caribe”. “No le dije a tal persona lo que sentía”. “No me he comido nunca una langosta y me voy a marchar como un gilipollas, sin saber a qué sabe la langosta”. Y claro que piensas en esas cosas, pero a mí lo que más me costó fue asumir que ya no podría seguir haciendo esas cosas que hago todo el tiempo y que me dan la vida. Como tomarme un pacharán de estos de cuando en cuando, o pasar una tarde con mi amigos teniendo las mismas conversaciones de siempre, como la de si Fernando Alonso es malo o es gafe. Siempre discutimos sobre eso sin llegar a ninguna conclusión, y ya sabemos lo que va a opinar cada uno de nosotros, pero nos indignamos o nos reímos siempre como si fuera la primera vez. Mira, hoy mientras esperaba los resultados en la clínica me puse a hojear una revista que había en la salita de espera y vi una foto de una chica guapísima. Se me hizo un nudo en el estómago porque estaba convencido de que ya nunca podría besar a una mujer, chupar unas tetas y… ya sabes… todo eso. De pronto me sentí capaz de conquistar a cualquier tía, incluso a la modelo de la foto de la revista, porque sabía que ya estaba muerto y me sentía invencible. No me pesaba la vergüenza, ni lo que pensaran los demás, ni ninguna de esas chorradas. Que yo me he comido muchas tetas y muchos coños en mi vida, pero me di cuenta de que no me canso de eso, que siempre es nuevo aunque siempre sea igual. Como este pacharán que me estoy bebiendo ahora. Este pacharán no me lo quita ni Dios. Y la cosa ésa que tienes que escribir es lo mismo que este pacharán y que las mujeres. Tú escribe sobre lo que te dé la gana, qué más dará si ya se ha dicho o si es repetido. Si al final queremos disfrutar de las mismas cosas todo el tiempo. La vida se pasa demasiado rápido para cansarnos de nada. Y por eso mismo te digo que si no te apetece escribir el artículo ése, lo mandas a la mierda. Te inventas cualquier excusa y te pones a hacer algo que de verdad te apetezca.

Yo escuché todo eso y pensé que sí que me apetecía escribir este post. Ahora sí.

El camarero del bar estuvo escuchándonos todo el tiempo. Al final nos invitó a otra ronda y él también se sirvió un pacharán, para bebérselo con nosotros.

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Epílogo:

Que me lo he inventao. Que no pasó de verdad. Bueno, un poco sí, pero no del todo. Ese señor nunca existió. Sus pensamientos están vagamente inspirados en los que me asaltaron a mí hace tiempo, cuando me tuve que quitar una muela y me obligaron a firmar un papel en el que aceptaba que si me moría la culpa no era del dentista. Durante varios días me obsesioné con la idea de que no iba a salir vivo de aquello. Pero claro… reflexionar sobre la muerte porque te van a sacar una muela es muy patético. Y, por otra parte, puede que no nos importe leer las mismas cosas repetidas… una y otra vez… siempre y cuando esas cosas le sucedan a alguien.

8 Responses to ¿QUÉ HACE UN CUENTACUENTOS CUANDO SE LE ACABAN LAS HISTORIAS?

  1. “Algunas cosas sólo te pasan cuando tú quieres que algunas cosas te pasen”.
    Siempre me ha fascinado cómo nos gustan las cosas repetidas, manidas, que ya nos sabemos… como ese niño que te pide cada noche que le cuentes el mismo cuento de siempre.
    Me ha molado muchísimo esta entrada, y recordar El Cuentacuentos no tiene precio, mi capítulo preferido (o el que más me obsesionó) fue el de “Hans, mi pequeño erizo”, no sé si lo recordarás… Joder,y cómo me apetece de repente un pacharán.

  2. Esto ya nos lo has hecho dos veces y yo siempre pico y termino riéndome. Supongo que es buena señal… me ha encantao, y me ha dado ganas de escribir cualquier cosa, qué verdad eso de que siempre hay cosas nuevas en lo de siempre.

  3. Pues me lo he comido con patatas aunque por momentos dudaba de si sería una licencia creativa o un hecho real. Me daba igual.

    Y me ha gustado el símil de las historias ajenas con plantas que mueren al cambiar de maceta. Es la forma más elegante y respetuosa de representar eso que tanto sucede cuando otro se entera de que escribes o diriges historias.

  4. Gracias Javi. Por cierto, tú que haces cortos: El otro día me pasó una cosa cuando iba a comprar el pan que ahí tienes un corto cojonudo. Yo le di el dinero al dependiente y el tío me dio mal las vueltas. Bueno, contado así no es lo mismo. Tenías que haberlo visto!

  5. Me ha recordado a otro post publicado aquí (no sé si fue tuyo) que narraba una situación supuestamente real, vivida en un aeropuerto. Me ha gustado mucho. Milhojas de reflexión, delicadamente envuelto. Otra prueba de que las verdades entran mejor con un buen lubricante narrativo. Enhorabuena!

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