OLA KE ASE, ANONIMATO O KE ASE

Por Juanjo Ramírez Mascaró.

Hace un par de años, cuando se puso de moda aquello del “Ola ke ase“, publiqué en redes sociales esta chorrada:

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aseolake

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Me desentendí del tema y tiempo después vi cómo una amiga lo compartía en Facebook. Estaba colgado en una página llamada “Follar en tiempos revueltos“. Obviamente, no mencionaban mi autoría pero la página en cuestión, que se dedica a difundir lo que encuentra en los vertederos de internet, resultó ser mejor escaparate que el mío, y la chorrada tuvo cierto eco. No demasiado. Esta semana me lo volví a encontrar en otro resquicio de la red y, según el contador había sido compartido mil y pico veces. Un “éxito de juguete”, sí, pero me hizo pensar en muchas otras cosas que han llegado a mi muro de Facebook o a mi TL de Twitter, cosas que me han arrancado una sonrisa o incluso una carcajada, cosas que me han hecho reflexionar durante días, cosas que yo mismo he compartido y retuiteado como una enfermedad venérea… sin saber – ni preguntarme – quiénes serían sus autores.

No tengo ni idea de si eso me parece bien o mal. De hecho, ni siquiera es algo que haya surgido con el advenimiento de las redes sociales, aunque las redes sociales puedan potenciarlo.

El señor Anónimo lleva firmando cosas desde el principio de los tiempos, y no tenemos que remontarnos a los cuentos de hadas o al Lazarillo de Tormes:

Esos chistes que contamos para amenizar las sobremesas tuvieron que ocurrírsele a alguien en algún lugar. Sin embargo, cuando los contamos no pensamos en quiénes habrán sido sus autores. Asumimos que nos pertenecen a todos, les colgamos etiquetas ambiguas: “tradición”, “sabiduría popular”, “joder ése es viejísimo”.

Y a mí me surge la siguiente pregunta: ¿Por qué los autores de esos chistes no reivindican su criatura?

Se me ocurren varias posibles respuestas:

A lo mejor el proceso de creación de un chiste es tan gradual que acaba siendo una especie de “juego del teléfono averiado” en el que uno crea una versión, otro la mejora, otro la malinterpreta, otro la adapta… de tal modo que cuando llega a oídos del autor original, éste apenas reconoce su propia criatura.

O a lo mejor cada vez que triunfa un chiste hay un borracho en la barra de un bar asegurando que él fue el inventor de dicho chiste… y nadie le cree. Del mismo modo en que no creen a ese otro  borracho que, en la misma barra de bar, afirma que Elvis está vivo y él lo vio antes de ayer.

O puede que existan creadores con vocación de anonimato, conscientes de que ciertos contenidos se perpetuarán de manera más eficaz si no aparecen asociados a un autor concreto, si todos los percibimos como algo DE TODOS porque vienen disfrazados como algo de nadie.

Estas reflexiones son incómodas porque nos invitan a pensar en algo aún más punzante que los recurrentes “límites del humor“. Me refiero a LOS LÍMITES DE LA AUTORÍA.

Es un tema del que no nos gusta hablar a los “autores”. Los que nos dedicamos a escribir, por ejemplo, vivimos en una cuerda floja cuyos dos extremos son, por un lado: “es injusto que un músico componga una sola pieza musical para una serie y cobre derechos por ella cada vez que se emita un capítulo” y por otro: “es ridículo que el director de fotografía quiera cobrar derechos. Él no es tan autor como nosotros”.

¡No me malinterpretéis (aunque sé que lo haréis)! Me parece importante que cobremos derechos cada vez que alguien se lucre con nuestras ideas, pero… ¿quién puede acotar dónde empieza y dónde termina una idea?

En estos casos siempre me viene a la cabeza la película Pesadilla antes de Navidad. La gran mayoría de los cinéfilos piensa que es una película de Tim Burton. Incluso yo, cuando bajo la guardia, pienso en ella como una peli de Tim Burton.

Pero no.

O no del todo.

La peli está dirigida por Henry Selick (y quizá por eso está mejor realizada que el 90% de las pelis de Tim Burton) y el guión es de Caroline Thompson (que ya colaboró anteriormente con Burton en el guión de Eduardo Manostijeras).

Así pues, Tim Burton no sale acreditado ni como director ni como guionista, aunque el título oficial de la peli sea: TIM BURTON’S The Nightmare Before Christmas.

Evidentemente, eligieron ese título porque sabían que el nombre de Burton solía ser garantía de taquillazo, pero eso no implica necesariamente que sea un título del todo injusto: El proyecto era iniciativa de Burton. Aunque no escribiera él el guión, el argumento era suyo, los diseños de los personajes principales eran suyos, el propio Burton se encerró con Danny Elfman para definir las canciones de las peli…

En otras palabras: Me atrevería a afirmar que todo aquello que ha hecho que esa peli trascienda y se convierta en obra de culto se lo debemos a Tim Burton. Sin haber escrito ni dirigido la obra, Tim Burton es casi más autor que el director y la guionista. Por otra parte, me parecería atroz que ese director y esa guionista no recibieran su remuneración y su reconocimiento como autores.

Si, no contentos con esto, nos metemos en la ciénaga de lo mucho que se parece la historia de Pesadilla antes de Navidad a la del Grinch de Dr Seuss (influencia reconocida sin tapujos por el propio Burton) podría explotarnos la cabeza.

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Los tabiques que delimitan la autoría son siempre muy endebles, porque según me contó mi amigo Perogrullo, nada nace de la nada.

En la chorrada gráfica del “ASE OLA KE” que encabeza este post yo me serví de un fotograma de “una peli de George Lucas” (dirigida por Irvin Kershner, coescrita con Leigh Brackett y Lawrence Kasdan) y una expresión – ola ke ase – que de repente todos empezamos a usar aunque – y aquí viene lo más maravilloso del asunto – nadie sabía de dónde procedía ni quién la había creado.

Me parece lógico que establezcamos unos límites “oficiales” o “legales” encaminados a decidir quién va a cobrar los derechos de autor y pienso – o quiero pensar – que en la mayoría de los casos esos límites obran a favor de la causa más justa.

Pero ojalá la realidad fuese tan sencilla como los esquemas que hacemos para manipularla o comprenderla. U ojalá no.

Todos sabemos que una cosa es el dinero que te reporta una creación y otra muy distinta es el reconocimiento que te reporta como autor. Si se nos apareciese un demonio y nos diese a elegir entre hacernos ricos con nuestro trabajo permaneciendo en el anonimato… o ser reconocidos por él aunque no ganemos ni un duro… ¿verdad que la respuesta sería distinta dependiendo de la obra en cuestión? Cuando algo lo sentimos muy nuestro, no suele estar a la venta.

No nos engañemos: rara vez estaremos moralmente legitimados para reclamar esa “autoría total”, independientemente de lo que diga la ley. A veces lo más ficticio de una obra de ficción son sus títulos de crédito. Todos conocemos casos de directores o productores que se empeñan en firmar como coguionistas habiendo aportado sólo un par de diálogos y alguna que otra idea suelta con la que joder la trama. Del mismo modo, hay directores que aportan MUCHÍSIMO al proceso de guión pero tienen la elegancia de no firmar como guionistas, incluso mereciéndolo.  Algunos de los diálogos más aplaudidos de un largometraje que dirigí fueron improvisaciones de los actores. Algunos de los conceptos más aplaudidos de ese mismo largo partieron de sugerencias de amigos.

Dicen las malas lenguas que un pescador canario le contó a Hemingway la historia de El Viejo y el Mar. Si eso es cierto, Hemingway no sería el único autor de esa historia, aunque probablemente nadie habría sido capaz de contarla como él.

Actualmente hay cuentas de Twitter parásitas que se dedican a copiar y difundir los tweets de otra gente haciéndolos pasar por suyos. Me parece miserable, pero en cierto modo también me parece incluso lógico.

Una parte de mí considera correcto que se defienda nuestra identidad como autorcillos. Otra parte de mí asume que somos células de algún bicho más grande.

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