UN FLOR QUE BROTA

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Por Juanjo Ramírez Mascaró.

Hace unos días, en una presentación de la novela que he publicado con Maese Gato, alguien me preguntó si el hecho de ser guionista condicionaba de algún modo mi manera de escribir novela.

A grandes rasgos respondí que:

– Creo que eso me condiciona menos que a otros compañeros guionistas porque empecé antes a escribir novelas que a escribir guiones.

– A pesar de lo anterior, por supuesto que me influye. No sólo porque uno tienda a escribir escenas más visuales y a describirlas de manera más visual, sino también (y sobre todo) porque uno intenta contar las cosas de manera más ágil, sin irse demasiado por las ramas, sin abusar de la paciencia del lector.

Y es que la paciencia del lector de libros, comparada con la del espectador audiovisual, es infinita.

Hay razones para ello. El lector de libros suele ser dueño del tiempo. No se lo impone la obra. Los hay que leen más rápido, los hay que leen más lento, algunos se zampan medio libro del tirón, otros deciden cerrarlo cada diez o veinte páginas para paladear lo leído, o regresar al curro, o ir a bañar al niño. Leer un libro es como hacer un largo viaje en el que cada uno decide en qué bares de carretera le apetece parar a descansar.

El espectador audiovisual, en cambio, está sometido a un ritmo impuesto, a un tiempo inflexible. Lo exponemos a una peli que siempre durará las dos horas que dura, sí o sí. Le escribimos un capítulo que siempre durará lo que decida la cadena: 20… 40… 70 minutos.

Si consumes el resultado en vídeo o en el ordenador podrás pararlo y retomarlo más tarde, como si fuera un libro. Pero hoy por hoy no es ésa la intención con la que se ha creado la obra audiovisual de turno.

Todos hemos escuchado alguna vez: “Ese libro me enganchó tantísimo que me lo leí del tirón.” Es normal que eso se cuente como una rareza, porque todos asumimos que no es lo habitual. En cambio si alguien te dice: “Esa película es tan buena que me la vi del tirón en vez de tardar una semana“, a lo mejor le miras raro.

Por eso algunas novelas se pueden permitir el lujo de tardar cien páginas en arrancar… y sin embargo en una peli el público querrá desertar si no ha pasado nada relevante en el minuto veintipico.

Por eso cuando lees El Señor de los Anillos disfrutas desayunando en casa de Tom Bombadil… pero al mismo tiempo aplaudes la decisión de eliminarlo en la adaptación cinematográfica.

Según los adalides de las últimas tendencias, escribir novelas cuando estás acostumbrado a “no aburrir a un espectador” trae como resultado la creación de historias trepidantes para el lector. Se ve que las estructuras que resultan ágiles en la pantalla, en el papel resultan supersónicas. Hay algo en eso que me seduce, y es así como me gusta trabajar cuando escribo literatura.

Pero…

… al mismo tiempo me entristece que eso se esté convirtiendo en la tendencia dominante. No sé… No puedo evitar pensar que la literatura pura y dura era uno de los últimos bastiones, uno de los poquísimos formatos de ficción en los que uno podía profundizar, levantar el pie del acelerador, detenerse a “oler un flor que brota“, como diría Bela Lugosi en Ed Wood.

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– ¿Por qué tanta prisa, Eddie? ¿Qué tal si me detengo a oler… un flor que brota?

A riesgo de resultar machista heteropatriarcal o todo lo contrario, diría que los escritores de antaño eran “mujeres difíciles” y los de ahora somos putas baratas dispuestos a seducir desesperadamente.

El optimista conservador recalcitrante que hay en mí confía en que no desaparezcan los libros en los que “oler un flor” pero a veces, cuando irrumpimos los guionistas a agilizar las novelas y hacerlas más “efectivas” temo algo parecido a lo que ocurre cuando introduces una especie nueva en un ecosistema que no estaba preparado para ella. Yo me he criado en Fuerteventura. Hace años, los legionarios trajeron a la isla unas ardillas autóctonas del Sáhara. Esas ardillas se escaparon, procrearon y arrasaron con gran parte de la biodiversidad de la isla.

La literatura es un ecosistema en el que siempre entrarán ardillas saharianas. Es ley de vida. Quiero pensar que, cada vez que ello ocurre, el arte evoluciona.

Pero evolucionar no es necesariamente mejorar: es adaptarse.

Y RESULTA QUE también entran ardillas (o ladillas) en el audiovisual.

Esa ¿enfermedad? ¿bendición? de lo trepidante crea una espiral vertiginosa en cine, en tele… y en medios que empiezan a dejar obsoletos a la tele y al cine.

Cuando yo era pequeño se decía que los lenguajes de la publicidad y el videoclip estaban asesinando al cine. Hoy algunos de los que rodaban de ese modo (Alan Parker, los hermanos Scott…) son casi cine clásico.

Los que se llevaban las manos a la cabeza con la influencia del videoclip, ¿qué pensarían si entrasen en mi muro de Facebook o en mi TL de Twitter? ¿Qué dirían sobre el fenómeno de los Vines que duran 6 segundos? ¿Qué pensarían sobre las series de Instagram, que con 15 segundos de duración permiten delicias como ésta?

Y si eso de los vídeos de entre 6 y 15 segundos nos parece demasiado fugaz, ahí no está el límite. Ya sabéis cuál es la nueva moda: Ahora mi Facebook y mi Twitter están llenos de GIFS ANIMADOS.

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Productos de consumo rápido, pero no necesariamente obras superficiales. Hay GIFS y Vines sobre los que se podría escribir una tesis doctoral.

Bienvenidos al parnaso de las obras en bucle.

Como esbozaba más arriba, estamos evolucionando hacia algo y la evolución no implica necesariamente ni mejorar ni empeorar. “Mejor” y “peor” son, en mi opinión, conceptos meramente humanos. La adaptación a un medio no entiende de apegos ni rabietas. Es posible que, como especie, estemos perdiendo capacidad de concentración para ganar en capacidad multitarea. Probablemente nuestros nietos no estarán preparados para profundizar en el meollo de una sola cosa, pero serán capaces de experimentar cinco o seis cosas a la vez, o casi.

Quizá somos el incómodo eslabón perdido, la estación de paso en el camino hacia una nueva especie, el homo sapiens multimedia, o el homo sapiens internetensis, o algo así.

Hace pocos años yo solía intercambiar mails muy extensos con distintas personas. Mails kilométricos llenos de reflexiones, anécdotas… Luego me fui acostumbrando poco a poco a las redes sociales, fui compartiendo esa misma información pero deconstruida en cien estados de Facebook y dirigida no a una única persona, sino a cientos o incluso más de mil. Menos intimidad, más difusión.

De hecho, hace siglos que no escribo en blogs, más allá de estos posts de Bloguionistas. ¿Para qué actualizar blogs, si casi todo lo que tengo que decir últimamente cabe en un párrafo de Facebook o en los 140 caracteres de un tweet? ¿Ha cambiado mi manera de pensar y de expresarme? ¿Es eso bueno, es malo, desolador, esperanzador? ¿A quién le importa?

De momento aquí estoy, posteando en un blog, hablando a unas pocas “raras avis” a través de un altavoz prehistórico.

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Una respuesta a UN FLOR QUE BROTA

  1. BRESSEND dice:

    Un 10 de post, del que se pueden sacar muchas más cosas de lo que parece a simple vista.

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