ABRACADABRA

por Carlos Crespo

Todos tenemos más o menos claro que son innumerables las manos por las que pasa una película durante su creación, desde que nace sobre el papel hasta que se estrena en salas y más allá. Durante este proceso intervendrá muchísima gente, serán abundantes y contradictorias las opiniones e infinitas las variables que escaparán al control del guionista una vez que su guion empiece -con suerte- a recorrer el mundo de las productoras.

Normalmente el guionista será dueño de su guion y de nada más. ¿No? Bueno, pues a veces ni eso. Y la culpa la tiene la magia. 

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El autor del texto original es Doug Richardson y lo podéis encontrar íntegro en inglés en este enlace: 

Abracadabra.

Ahí va la traducción: 

Yo estaba intentando que no me despidieran. Bueno, esto era obviamente antes de descubrir que tenía poderes mágicos. Porque de haberlo sabido, habría agitado una varita mágica o recitado algún encantamiento que hechizara al minion ese que sujetaba el hacha y que era el encargado de darme la mala noticia.

Pero, primero, ¿qué tal un poquito de contexto?

Yo ya había hecho el pitch de la peli, lo había reescrito hasta la extenuación, y mientras estaba de vacaciones en un resort con acceso limitado al teléfono, tanto el productor como el jefe de producción del estudio se tomaron la molestia de localizarme para decirme lo contentos que estaban con el último borrador. En apenas tiempo, ya se mencionaban nombres de estrellas del cine. Agentes y representantes hacían cola para sugerir a sus actores más solicitados.

La película que yo había concebido era un mano a mano. Un joven malote que es instruido para llevar una vida de delincuencia por un viejo y experto estafador. Cuando el productor y yo planeábamos nuestro reparto ideal, acabamos nombrando a Edward Norton, que era el actor del momento, y al aún muy rentable (al menos en aquella época) Al Pacino. Les enviamos el guion. Les hicieron ofertas. Pacino se apuntó el primero pidiendo once millones de dólares. Al parecer, Ed Norton estaba dispuesto a trabajar con el icono y se estaba preparando para unirse. ¿Qué podría salir mal?

Más o menos a la vez que nuestros protas estaban siendo confirmados, la directora ejecutiva del estudio entró a dar su opinión. Correcto. La directora ejecutiva. La mandamás de los mandamases. La comandante suprema del estudio de cine.

Importante consejo de seguridad: no importa cuánto le ENCANTE el guion al jefe de producción del estudio, recuerda siempre que él no tiene la última palabra. Ni siquiera la penúltima. 

La directora ejecutiva no estaba segura de que Al Pacino valiera el dinero que pedía. Tampoco estaba del todo convencida de Ed Norton como primera opción para dar vida al joven y habilidoso coprotagonista. Pero antes de hacer sus propias sugerencias para el reparto, muy sabiamente pensó que debía tomarse el fin de semana para leer el guion.

En efecto, damas y cabestreros. La mandamás todavía estaba por leerse el guion para el que sus súbditos ya andaban manejando números de ocho cifras. Pero no la culpéis. Cada pez gordo tiene su propio conjunto de habilidades y estilos a la hora de dar caza a ese pececillo que es la taquilla. El de esta mujer era dejar que sus minions crearan el suficiente hype alrededor de una posible peli para que luego ella se llevara el guion bien escoltado a casa, untarlo bien con los aceites de su propia perspectiva y así decidir cómo consumar el acto de la mejor manera posible.

En el caso de mi guion, su sentido común le decía que antes de hacer ofertas a estrellas del cine hacía falta incorporar a un director que le diera su toque personal al guion. Vale, me dije. Soy un profesional. Esto ya me ha pasado antes. Tráeme al directorcillo que yo me encargo de plegar sus ideas en lo que claramente seguirá siendo mi propio guiso.

Pero oh no. El director que ella tenía en mente -uno comercial bastante conocido que recientemente había hecho mucho ruido tras dirigir la exitosa secuela de una comedia de acción- únicamente consideraría aceptar el encargo si uno de tres jinetes de la palabra de primera categoría entraba en el proyecto para tomar las riendas del guion.

Las riendas de mi guion.

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No era la primera vez que me pasaba esto. Sabía bien cómo funcionaba el juego. En este negocio importan las estrellas. No solo los actores estrella. También los directores estrella y los productores estrella y los escritores estrella. En todo momento, hay siempre una lista de unos diez de estos jinetes de la palabra que, bajo demanda y a cambio de una astronómica tarifa semanal (una tarifa suficiente como para comprarse una casita pequeña en San Fernando Valley), se ofrecerán a pulir guiones en desarrollo y dejarlos listos para una casi segura producción. Y no, no es porque estos escritores sean tan mucho mejores escritores que un guionista profesional cualquiera. O mejores que yo, ya que estamos. Es meramente porque ellos son los últimos escritores en haber amasado el más reciente bombazo en taquilla de algún estudio. Y en el idioma de los estudios, nada tiene tanto éxito como el éxito.

Como ya he dicho, esto me había pasado antes. Había escrito borradores que le habían dado luz verde a películas para luego verme descartado en favor de alguien con un sabor de pintalabios más apetitoso. Así que hice lo que cualquier escritor que se precie habría hecho. Llamé a mi abogado. No porque pensara que tenía opción alguna a ganar nada por la vía legal. Había firmado el contrato. Había cobrado los cheques. A cambio de pasta y de la oportunidad de que se hiciera mi película, había cedido todo el poder al gran y poderoso Jabba El Estudio de Cine.

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No. Llamé a mi abogado porque es un tío directo y convincente que conocía a todos los jugadores importantes por sus nombres de pila. No perdía nada pidiéndole que levantara el teléfono y le recomendara encarecidamente a la directora ejecutiva que se sentara conmigo y me permitiera defender mi caso para ser yo quien manejara el guion durante la fase en la que intervendría el director. Al fin y al cabo, ¿no había sido yo quien había conseguido llevarlo donde estaba -a puntito de darle luz verde en una estación de pesaje de entusiasmo casi desenfrenado? Un borrador, eso era todo lo que le quería pedir a la directora. Necesitaba desesperadamente la oportunidad de hacer una petición tan simple y racional.

“¿Y por qué iba ella a hacer eso?” dijo The Werth, mi abogado y consejero, no haciendo la pregunta en realidad sino sugiriendo una perspectiva diferente.

“Te acabo de explicar el porqué,” dije yo. “¿Hay algún fallo en mi exposición?”

“No,” dijo él. “Tiene todo el sentido. Y en un mundo más perfecto, tendrías tu oportunidad”.

“¿Entonces no vas ni a intentarlo?” pregunté.

“Déjame que te explique una cosa,” dijo Werth. “Los ejecutivos de los estudios. La mayoría de los productores. No tienen ni la más remota idea de lo que haces”.

“¿Cómo?”

“A ver. Saben que escribes. ¿Pero cómo haces que un guion sea bueno o malo o como sea? De eso no tienen ni pajolera idea”.

“Sigo sin pillarte”.

“Creen que saben lo que haces. Lo que hacen otros escritores. Todos vosotros. Y creen que es magia”.

“Ya. ¿Y?”

“Pues que si creen en la magia -y te aseguro que es el caso- creen también que algunos escritores son más mágicos que otros”.

“Y por tanto…” empecé, casi entendiendo ya lo que me quería decir su cerebro sobrehumano.

“Y por tanto, ¿por qué no iban a elegir a un escritor que creen que es más mágico que el escritor original?”

Me cabreé. Y al mismo tiempo, vi la luz. Era tan ridícula y enfermizamente sencillo -y al tiempo totalmente comprensible. En mi fuero interno sabía que esa era la verdad. La lógica de Werth me acababa de explicar un montón de cosas en términos extraordinariamente simples.

“No saben nada de lo que es bueno y lo que es malo”, rematé.

“No, señor,” admitió.

“Solo de lo que ya haya tenido éxito”.

“Así es”.

“Pues me alegro de haber tenido esta conversación”.

“Y yo de haber ayudado”.

Ahí lo tenéis. Así fue cómo me enteré de que soy, efectivamente, mágico. Por supuesto, más allá de hacer lo que hago -lo que he hecho siempre- no podría decir que haya cambiado nada en mi vida quitando mi comprensión de quienes adoran el altar de la taquilla de la semana pasada.

Vale, puede que no os guste mucho la magia. Pero sé que creéis en la suerte. O ya que estamos en Lucky Dey en 99 PERCENT KILL. Poneos el cinturón porque os prometo que él no os va a decepcionar.

 

 

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