DE SUPERHÉROES Y OTRAS COSAS INVISIBLES

9 diciembre, 2015

vengadores

Por Juanjo Ramírez Mascaró.

Una persona muy cercana a mí lleva un tiempo asistiendo a terapia psicológica y el otro día me confesó que, tras haber visto últimamente un par de series sobre superhéroes, cree que esos capítulos le han ayudado más que todos estos años de terapia.

Con ello no intento desacreditar a los psicólogos. Todo lo contrario: A veces es reconfortante percibir cómo, en ciertos casos concretos, una historia de ficción puede resultar igual de útil que un psicólogo.

Supongo que a quienes nos dedicamos a escribir nos consuela escuchar esa clase de cosas porque nunca logramos erradicar del todo ese complejo, esa sensación de que lo que hacemos no sirve para nada.

¡Tío! ¡Los albañiles construyen edificios! ¡Los cirujanos salvan vidas! Y yo soy de los que piensan que un cirujano necesita llegar a su casa por la noche y ver una buena peli, leer un buen libro… para sentir que salvar vidas sigue mereciendo la pena. Pero pensarlo no es lo mismo que creerlo. Si hay que salvar a alguien en el naufragio, probablemente salvaría al albañil, no al cuentacuentos. Me resulta curioso que me haya venido precisamente este ejemplo a la cabeza, porque mientras tecleo me acuerdo de otra persona cercana que me habló sobre las pruebas de selección que hacían a los aspirantes en una conocida empresa. Se trataba de una de esas dinámicas de grupo en las que cada uno asumía un rol. Una era enfermero, otro arquitecto, otro… yo qué sé, cazador… y a uno le tocaba ser psicólogo. Les hacían imaginar que iban todos dentro de un globo aerostático, y el globo llevaba demasiado peso. Si querían llegar a tiempo hasta una isla desierta cercana en vez de naufragar en alta mar, debían echar a uno de ellos por la borda. Casi siempre echaban por la borda al psicólogo.

Supongo que es lógico: Pirámide de Maslow. Uno no piensa en las necesidades más “sutiles” hasta tener cubiertas las más básicas. Supongo también que vivimos en un mundo cada vez más mecánico, más industrializado… y en un mundo así se defenestra las que en otros tiempos se consideraban actividades sagradas, las que correspondían al hechicero de la tribu. Empiezas suprimiendo los rituales mágicos, luego devalúas el arte de contar leyendas, luego empiezas a recortar en investigación científica. Eliminas la noción de lo invisible, siglo tras siglo, hasta que sólo queden átomos sin que nadie sepa en qué consisten… y organismos pluricelulares que nadie sabe a dónde van, ni de dónde vienen.

La persona que me contó lo de la prueba del globo aerostático era guionista. Se llama Gonzalo Navas y le tocó interpretar al psicólogo. Pensó: “Estoy jodido. Me van a tirar por la borda.” Sus contrincantes lo tenían más fácil: A ellos les tocó hacer de arquitecto, enfermero, albañil… cosas así. Todas ellas profesiones muy, muy prácticas en una isla desierta, luchando por la supervivencia. El psicólogo tenía todas las de perder. Pero en este caso concreto el psicólogo era guionista, y el guionista era un poco psicólogo. Supo percibir las necesidades que tenía aquella gente, tanto las prácticas como las emocionales. Supo identificar los miedos. Supo detectar al componente menos carismático y proyectar sobre él todas las hostilidades y frustraciones del grupo. Finalmente le ocurrió como al prota de Gladiator en el circo romano: Contra todo pronóstico, logró que arrojaran a otro por la borda. Se salvó. Y el tipo que dirigía la dinámica de grupo le dijo: “En todos los meses que llevo haciendo esta dinámica, nunca se había salvado el psicólogo.”

Probablemente en todos esos meses nadie había interpretado al psicólogo recurriendo a la psicología.

¿A dónde quiero llegar con todo esto? A que el mundo no consiste únicamente en lo visible, en lo pragmático. Muchas de esas cosas que te explica la mecánica de Newton dependen no sólo de las leyes físicas, sino de los pensamientos y emociones que siembras en algunas mentes. Decía Victor Hugo que “no son las máquinas las que mueven el mundo, sino las ideas”. Eso acaso dejará de ser cierto cuando las máquinas también tengan ideas, pero mientras tanto hará falta un chisporroteo en un cerebro humano (o inhumano) que accione un dedo para pulsar un botón rojo.

Las cosas que no vemos y tocamos también existen, en tanto en cuanto sean capaces de cambiar el mundo. Los duendes, las hadas, las leyendas, los superhéroes. En la medida en que provoquen cambios en nuestro mundo… ¡joder! ¡existen!

¿Os habéis parado a pensar en cómo funciona el dinero, por ejemplo? En otros tiempos podías tocarlo, contarlo… Ahora sin embargo, con tanto billete barato representando materia que en realidad no existe en los bancos que lo emiten… con tantas acciones de bolsa representando unas cantidades fluctuantes, mucho más escurridizas que cualquier hada… ¿podemos afirmar que el dinero existe? Por supuesto que existe. Aunque ya no lo podamos ver ni tocar, existe. Porque desde su trono invisible e intangible es capaz de cambiar el mundo en que vivimos. Existe en un plano inmaterial desde el cuál influencia a mucha gente para hacer muchas cosas. Condiciona guerras, condiciona matrimonios.

No sé si conocéis a Slenderman. Se trata de una criatura muy siniestra que alguien inventó para hacerse viral en internet.

slenderman

Los autores materiales de la “broma” declararon hace tiempo que Slenderman era una invención, pero era demasiado tarde. A esas alturas el personaje había sembrado su semilla en muchas cabezas. Hubo gente que asesinó a gente siguiendo las reglas de su juego, porque suponía que eso es lo que Slenderman quería. De alguna manera Slenderman existía y cambiaba el mundo desde las mentes de otros seres, aunque no le pudieses ver, aunque no le pudieses tocar. De esa manera una creación de un narrador se convierte en algo tan real como el viento, como la fuerza de la gravedad. Algo tan bonito o tan peligroso como cualquier otra fuerza de la existencia, material o inmaterial, voluntaria o involuntaria.

No quiero acabar el post con un sabor de boca tan oscuro, así que vuelvo al tema de esa persona tan cercana que encontró esa ayuda inesperada en el tema de los superhéroes. Se trata de una persona que siempre fue reacia a ese tipo de historias, porque siempre tuvo que salir adelante tirando de sí misma, con sus propias fuerzas y sus propios recursos. Una persona que nunca tuvo nadie que viniese a rescatarla, a sacarle las castañas del fuego. Para ella, por tanto, ese tipo de fábulas eran una especie de consuelo engañabobos, un opio del pueblo. Ahora, sin embargo, tras darle la oportunidad a un par de esas historias, se ha dado cuenta de que no hablan necesariamente de alguien externo que irrumpa en tu vida como un séptimo de caballería, sino más bien de un referente de la clase de persona en la que tú te puedes convertir. El héroe surge de tu propio interior.

Creo que empezamos admirando a Spiderman por sus telarañas y su habilidad de trepar por las paredes, pero lo que realmente nos toca el alma es verle renunciando a la mujer que ama por hacer lo que supone correcto, o sus penurias para pagar el alquiler. Admiramos a Batman no sólo por todos los cacharros portentosos que se compra con sus millones de dólares, sino porque en vez de disfrutar de esa fortuna despreocupadamente pasa las noches en vela combatiendo el crimen en detrimento de su imagen pública. En todos esos casos está presente el mismo concepto que, con unas formas u otras, aparece en casi todas las religiones, cultos, leyendas… El concepto de sacrificio. A veces en forma de penitencia cristiana, a veces dejando que te arranquen el corazón en pirámides precolombinas, a veces renunciando a tu voz de sirena para poder visitar el mundo de los humanos. Y a menos que seamos psicópatas (como el propio Batman) estamos diseñados a empatizar con el talón de Aquiles incluso antes que con sus proezas.

Por eso psicólogos (una vez más psicólogos) de la talla de Jung o Joseph Campbell invirtieron gran parte de su vida en estudiar las historias de superhéroes de las culturas ancestrales, porque sabían que el superhéroe no es alguien que viene a salvarte desde fuera, sino algo que puede crecer en tu propio interior para salvarte a ti o incluso para poner su granito de arena en eso de salvar el mundo. Las historias de superhéroes suceden en ese prodigioso anfiteatro que es el interior de nuestro cráneo, como Slenderman, como los cuentos del hechicero de la tribu.

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