DEL RUBIUS AL MINISTERIO DEL TIEMPO, PASANDO POR EL PORNO Y POR GRIFFITH

13 enero, 2016

rubius

Por Juanjo Ramírez Mascaró.

Este post va a ir saltando de un tema a otro. Va a ser una locura. Como si lo dictara el personaje de Brad Pitt en 12 Monos.

Porque quiero reflexionar sobre las nuevas formas de narrar, y últimamente narrar = internet. Hipervínculos. Multipantalla. Multiventana. Gif. Meme. Cocaína digital.

Youtubers.

Si usas internet más de una hora al día ya sabrás lo que son los youtubers: Esas personas que apenas se mencionan en la tele porque se supone que no son conocidos, a pesar de que algunos de ellos, con un solo vídeo grabado en la intimidad del dormitorio, webcam mediante, consiguen más audiencia que algunas series de primetime.

Hay algo muy magnético en el fenómeno youtuber.

A mí, por ejemplo, me encantan los youtubers de misterio. No me peguéis.

¿Y el Rubius?

¿Habéis visto algún vídeo del Rubius?

Si ya estás más cerca de los cuarenta que de los treinta, como es mi caso, ver algo del Rubius es como si un camión te atropellase mientras intentas cruzar un paso de peatones. Entender, lo entiendes… pero te sientes como un polizón en una fiesta a la que no has sido invitado. Referentes extraños, guiños muy cerrados, estridencias.

Supongo que lo lógico es sentir rabia. ¡La cantidad de directores, actores y guionistas que llevan años formándose y currándoselo pa que venga de repente un niñato a alcanzar el éxito diciendo cuatro chorradas!

Pero quizá la clave para NO alcanzar el éxito consista en menospreciar a esos “niñatos”. Quizá esas “chorradas” nos parecen chorradas simplemente porque desconocemos sus códigos, o porque aunque los aprendamos, no somos capaces de asimilarlos.

No obstante, creo que al detractor encarnizado lo que más le jode de un youtuber de éxito no es el contenido del discurso, sino la aparente “facilidad”.

Cuando trabajas en guión estás acostumbrado a sudar tinta china delante del teclado, a escribir una versión tras otra para pulir la estructura, para limar el estilo de los diálogos… Luego llega un tío, se planta delante de una webcam, improvisa y cosecha aplausos, “likes”… mientras a ti, tras meses de curro, te humilla el directivo de una tele diciendo que no eres rentable, que no vales para nada…

Entonces te da por pensar que como tú has sufrido más, te mereces más el éxito que el niñato ése del youtube. Y no es verdad.

La meritocracia no consiste sólo en trabajo y sacrificio. También consiste en ser la polla, y en tener capacidad de adaptación al medio. Lo dijo un tal Darwin.

No creo que nos ayude demasiado haber crecido en una sociedad en la que se nos educa para pensar que el mérito consiste en sufrir y que el éxito no se compra con ilusión, sino con penitencia.

¿Por qué apasiona tanto el fenómeno youtuber? ¿A qué se debe su éxito entre las nuevas generaciones?

Se me ocurre que todo va por ciclos. Bueno, no se me ocurre a mí… se le ocurre a todo el mundo. Cuando algo llega a su punto máximo de saturación, huye hacia lo contrario (excepto, quizás, los últimos años de Telecinco)

Un pensamiento que me asaltó la primera vez que vi El Nacimiento de una Nación de Griffith: Me conmovió una escena en la que un cineasta solitario, armado únicamente con una cámara de manivela sobre un trípode, rodaba una guerra civil entera, con sus tropas, con sus balazos y explosiones. Ejércitos y vehículos a su alrededor. Me dio por pensar que el cine en sus inicios era eso: Un individuo con un artilugio muy pequeño retratando algo muy grande. Luego fue derivando hacia todo lo contrario: Si querías rodar a un tío meando en un cuarto de baño, el rodaje consistía en un actor en un retrete y a su alrededor focos, grúas, difusores, ejércitos de técnicos… eléctricos, operadores, iluminadores, scripts, auxiliares de todo…

¿Hemos pasado del individuo filmando un ejército a un ejército filmando a individuos?

¿Nos estamos empezando a saturar con eso?

Últimamente tengo la impresión de que lo excesivamente elaborado empieza a generar suspicacias.

Vivimos en la época en que una verdura ecológica que cultiva un campesino sin supervisiones sanitarias nos inspira más confianza que la verdura auspiciada por un proceso industrial.

Vivimos en la época en que se concede más credibilidad a un rumor de internet que a la información institucional de un telediario.

Vivimos en una época en que demandamos más autenticidad y menos engranajes. O mejor dicho: Más apariencia de autenticidad.

Se habla poco de ello, pero YouTube es casi el exponente de un nuevo paradigma.

¡Youtube nos hará libres!

O no…

No nos engañemos: YouTube es el sistema. Lo manejan los mismos tipos que manipulan los telediarios y las verduras transgénicas. Aunque, de un modo u otro, YouTube es también el nuevo “sueño americano”, la oportunidad para que cualquiera salga al circo de los gladiadores a intentar probar su valía.

¿Que si tienes contactos y padrinos te es más fácil triunfar incluso en YouTube? Seguro que sí. Pero hasta que me demuestren lo contrario, lo contrario también ocurre: YouTube permite triunfar a quienes tienen más energías que padrinos.

Yo creo que a una buena parte del nuevo público eso se la pone dura: La sensación de cercanía, de inmediatez, de verdura no procesada. Hay algo mágico e imprevisible en el hecho de saber que la persona que te cuenta la historia no tiene apenas filtros, que habla directamente de su ordenador al tuyo, sin contratos, sin decisiones tomadas en despachos. Esa sensación de que casi, casi podría ocurrir cualquier cosa.

Un amigo (cuyo nombre no mencionaré, pero es guionista) me contaba hace tiempo que a veces prefiere ver a una modelo que se desnuda en la webcam antes que una escena porno muy elaborada. La actriz porno te va a dar más, y mucho más currao, más profesional… Pero con la chica de la webcam hay más ilusión de cercanía, es todo más impredecible. Supongo que debe ser excitante masturbarse sabiendo que en cualquier momento puede entrar un loco a acuchillar a la modelo que te la está poniendo dura.

L@s fans del Rubius probablemente no llegarán a conocerle jamás, pero el canal que utiliza, la aparente ausencia de industria… hacen que tengan la sensación de que un colega les está contando su vida. De repente el monitor es casi una ventana que comunica sus aposentos con el dormitorio de su ídolo.

Quizá se trate de eso: Cuando percibes industria por todas partes, empiezas a rendir culto a lo espontáneo.

Y esto me invita a hablar de de algo muy distinto al fenómeno youtuber, pero con muchos lugares comunes: El Ministerio del Tiempo, serie cuyo trailer de segunda temporada nos ha puesto los dientes largos de una manera casi sádica. Mucho se ha hablado del “fenómeno fan” que ha generado la serie, algo casi inédito en España.

El Ministerio del Tiempo, en general, es lo contrario al fenómeno youtuber: Tramas elaboradas, personajes que llevan mucho trabajo a sus espaldas, infraestructura más o menos potente, profesionales curtidos encargándose de que todo funcione… En otras palabras: Lo que caracteriza a cualquier otra serie patria.

Pero, en mi opinión, hay algo adicional en el Ministerio que explica ese “fenómeno fan”. No me refiero únicamente a su premisa “friki” de nicho sino también, y sobre todo, a esa sensación que tiene el fan de que…

…  al otro lado hay alguien que le escucha y le responde.

Eso es algo que te permite internet, pero que casi nadie aprovecha. Yo creo que en unos tiempos tan cínicos y escépticos como los nuestros el público agradece esa sensación de que hay alguien al otro lado de la línea agradeciendo el cariño y usándolo para fermentar más cariño.

Nunca lo sabremos, pero yo creo que si el Ministerio del Tiempo es quizá la única serie española que ha generado oleadas de memes en internet, si han logrado más caricaturas de sus personajes que Manuela Carmena, si hay gente que ha especulado sobre cómo sería el mapa del ministerio del mismo modo en que especulaban qué partes de Darth Vader eran biológicas o mecánicas… todo eso se ha logrado estando ahí, aprovechando las nuevas tecnologías para acercarse al público obviando lo institucional.
Y me parece muy bonito que al mismo tiempo haya unos cuantos Rubius reinventando discursos para las nuevas generaciones… y Ministerios fidelizando a televidentes de distintas edades y por distintos cauces.

Al igual que sucedió con mi post anterior, éste lo he escrito tomando un par de cañas en un par de bares. Es un ejercicio interesante, porque mientras tecleas te bañas en un mar de costumbrismo y algún ángel de la guarda dispone los naipes para que coincidas con las personas adecuadas. Hoy también ha tocado parroquiano ruidoso: Hablaba por teléfono con un actor bastante famoso que lleva una buena temporada sin currar en algo relevante. El parroquiano intentaba liar al actor de turno para presentar una gala que olía a decadencia. Hablaban sobre circuitos rancios, endogámicos, muy del siglo XX, ajenos a internet, ajenos a YouTube…

Uno acaba llegando a la conclusión de que en última instancia la piedra filosofal no se encuentra en la edad del público, ni en los ritmos de narrar, ni en los interfases tecnológicos. La clave está en amar a tu público, en que tu público se sienta escuchado y, en la medida de lo posible, amar al público, escucharlo… Y creo que nunca ha sido tan fácil escuchar a tu público, ya trabajes en un canal de televisión o en el dormitorio de casa de tus padres.


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