EL ESCRITOR CONTRA LOS AGUJEROS NEGROS.

17 febrero, 2016

mork

Por Juanjo Ramírez Mascaró.

Hace poco me planteé sacar adelante un corto para el Notodo. Le pasé el guión a mis amigos cercanos. Casi todas las críticas fueron positivas, algunas incluso entusiastas. También alguna crítica tibia, pero sensata. Finalmente, uno de mis amigos dijo:

“Juanjo, no lo hagas. Tienes más que perder que que ganar.”

A continuación añadió que si yo quería seguir adelante con el tema, él me ayudaría en lo que hiciese falta, pero que no lo veía claro.

Decidí no rodar.

“Juanjo, no lo hagas.”

Ese único comentario bastó para desinflarme.

Casi todas las críticas y actitudes que me llegaron fueron alentadoras, menos ésa. Sin embargo ese único “no lo hagas” tuvo más poder sobre mí que los “vamos a hacerlo” que me regalaron otros. Una sola persona tuvo más poder que el resto del grupo. Evidentemente, cuando eso ocurre el problema no está en esa otra persona.

El problema está en mí.

Llevo desde entonces analizándome, intentando determinar por qué, de un tiempo a esta parte, me apetece tan poco luchar por las cosas que hago. Por qué tiro la toalla ante el primer escollo.

De momento he descubierto tres agujeros negros en mi interior.

AGUJERO NEGRO NÚMERO 1:

Cuando en otros tiempos decidí hipotecar años, sudor y lágrimas para sacar adelante un proyecto personal, todo aquello me acabó llevando a territorios desagradables. Personas que no me gustaron, formas de hacer las cosas con las que no comulgaba, aros por los que no quise pasar. Me niego a considerarlo mala suerte. Eso que llamamos “suerte” es, en mi opinión, el resultado indirecto de ciertas decisiones que tomamos.

Por otra parte, lo cierto es que no me ha ido tan mal.

Cualquier persona medianamente racional le quitaría importancia a este agujero negro en concreto. ¡Es agua pasada! ¡Hay que seguir adelante! ¡Hay que mirar hacia el futuro!

Pero yo no soy racional. Yo puedo contarme mil milongas a mí mismo, pero una parte de mí sigue traumatizada. A lo largo de los años me he ido encontrando con personas maravillosas en todos los departamentos y escalafones de este oficio, pero el perro apaleado desconfía cuando alguien alarga la mano para acariciarle el lomo. Sigo con miedo a doblar ciertas esquinas y encontrarme de nuevo en Desembarco del Rey, rodeado de Lannister.

AGUJERO NEGRO NÚMERO 2:

Cuanta más cultura literaria y audiovisual adquiero, cuanto mejor conozco los resortes que hacen funcionar las historias… más me invade la sensación de que ya está todo contado, de que cada vez es más difícil “inventar la pólvora”.

Sé que eso no es del todo cierto. Ahí tenemos a Van Gogh, que pintaba bodegones como los de los demás pintores, pero le salían como a nadie, porque los hacía con sus propias tripas.

Quizá sea preferible no desmarcarse tanto. Van Gogh no conoció el éxito en vida. De pronto me viene a la cabeza este mini-relato de ciencia ficción que escribí sobre el tema.

Por otro lado, creo que nunca llegaré a entender del todo los resortes que mueven las historias, quizá porque algunos de esos resortes no están en nosotros los narradores, ni en nuestros métodos sino en la percepción del público. Y el público, en tanto que humano, siempre muta y siempre es un misterio.

Tampoco me considero una persona especialmente culta y, si bien voy remediando mis lagunas poco a poco, no me doy demasiada prisa: Las personas más cultas que conozco se paralizan el triple que yo cuando tienen ideas, porque todo lo que se les ocurre les recuerda a algo que ya existe.

A veces me pregunto si no será preferible adentrarse en la jungla sin pararse a comprobar si ya se te ha adelantado otro descubriendo El Dorado. Pensemos de nuevo en el bodegón de Van Gogh: Si has dejado que la vida te joda y te acaricie lo suficiente para convertirte en alguien distinto, abordarás las mismas ideas que otros de manera distinta. Hay muchas puertas por las que entrar en El Dorado. Y además está la cuestión del monomito y toda esa mierda.

AGUJERO NEGRO NÚMERO 3:

Otro daño colateral que traen consigo la experiencia y el aprendizaje: Cuantos más pasos doy dentro del mundo del audiovisual, más capacidad tengo para vislumbrar los posibles obstáculos que me voy a encontrar en el camino.

Si pienso en mover un guión, no me viene a la cabeza la idea del guión rodándose como a mí me gustaría, ni lo mucho que me motiva la historia. Me viene a la cabeza la peregrinación por productoras, los silencios, el eco en la bandeja de entrada vacía del mail, las pegas que van a ponerle a la historia porque no está enfocada hacia un público objetivo que bla, bla, bla, bla, bla… Me vienen a la cabeza las reuniones con directores o productores mareando la perdiz y pidiéndome cambios en el guión. Me imagino estando de acuerdo con algunos de esos cambios y muy en desacuerdo con otros. Y, sobre todo, recuerdo que en la mayoría de los casos, tras todo ese mareo, el proyecto no se hará. Porque la tendencia natural de un proyecto audiovisual es abortar.

Si pienso en rodar algo por mi cuenta, me vienen a la cabeza las complicaciones, los quebraderos de cabeza para encajar la disponibilidad de la gente en el plan de rodaje, el gasto que implica pagar a toda esa gente o, como mínimo, darle de comer durante el rodaje. Me vienen a la cabeza el desglose de producción, los plomos que saltan porque no están preparados para la potencia de los focos, los vecinos que se quejan por el ruido…

Las pocas veces que emprendo un proyecto voy con más miedos que ilusiones. Soy la teniente Ripley en el Aliens de Cameron, obligada a regresar a la madriguera donde aguarda su peor pesadilla. Odio rodar.

También odio mover las cosas que escribo. Soy el peor del mundo vendiéndome a mí mismo y soy el peor del mundo negociando.

A veces me gustaría “desaprender” a trabajar para volver a aprender a enamorarme. “Quiero volver a ser aquel payaso con alas en los pies”, que decía Sabina en aquella canción.

En estos casos siempre me resuena por dentro ese diálogo de Conspiración de Richard Donner. Un cliente se sube al taxi de Mel Gibson y:

– El amor es una mierda – dice el cliente.

– El amor le da alas. Le hace volar. Yo ni lo llamo “amor”. Lo llamo “Jerónimo”.

– ¿Jerónimo?

– Sí, Jerónimo. Cuando uno se enamora, es capaz de saltar desde lo alto del Empire State sin preocuparse y gritar “Jerónimo” hasta llegar al suelo. Maravilloso.

– Sí, pero después, ¿morir? ¿Quedar aplastado ahí?

– Ya le estoy diciendo que el amor le da alas.

Ya cité ese diálogo hace tiempo, hablando sobre temas similares en este otro post.

¡Maldita sea! Acabo de releer aquel otro post y creo que en él ya expliqué la mitad de lo que estoy contando aquí bastante mejor y de manera más clara. Supongo que el anterior lo escribí borracho.

agujerosnegros

 

Éstos han sido mis tres agujeros negros.

Éstas son las tres aspiradoras que intentan succionarme hacia su negrura.

Ésa es la Nada de La Historia Interminable arrastrándose hacia mí mientras el lobo Mork me atrapa la pierna entre sus mandíbulas para impedir que avance.

Es peligroso dejarse invadir por esa actitud. Recuerdo aquella frase, quizá demasiado “paulocoelhiana”:

Cuando no luchas por tus propios sueños, acabas siendo usado para cumplir los sueños de otro.

¡Al carajo!

No hay que tenerle miedo a los agujeros negros. Ciertas hipótesis científicas sugieren que estos agujeros podrían ser portales hacia otros mundos, o hacia otros tiempos. Por si fuera poco, esta semana se ha anunciado que, gracias a la colisión de dos agujeros de ésos, hemos conseguido la primera detección directa de ondas gravitacionales. Eso, hablando mal y pronto, es un hallazgo que promete llevarnos muy, muy lejos.

La escritura es terapéutica: Empecé este post bastante bajo de ánimos y lo termino con renovadas fuerzas. No sé cuánto me durarán, pero de momento me marcho a enfrentarme a mis tres agujeros negros, e incluso a hacerlos chocar entre sí, a ver a dónde me llevan.

Si estáis en una situación similar a la mía, os invito a que hagáis lo que yo me dispongo a hacer a continuación:

Voy a programar este post para el miércoles y voy a salir a dar un largo paseo. Durante el paseo quitaré el polvo a algunas de mis viejas ideas pendientes de desarrollo. Buscaré la que más me motive en las circunstancias actuales, me pondré a masticarla… buscándole el sabor en lugar de los tropezones…

… y me pondré a escribirla.

O si no, como mínimo, dejaré que me pasen cosas. Y aprovecharé para sacar a pasear al perro. ¡Vámonos Mork! ¡Vamos al parque a jugar!

.

 


A %d blogueros les gusta esto: