TIENES LA BRAGUETA ABIERTA

sabrina

Por Juanjo Ramírez Mascaró.

Hace tiempo, en la universidad, un profesor nos dio una clase con la bragueta abierta. Cuando la clase estaba a punto de terminar el profesor se dio cuenta de ello. Nos dijo:

– ¿Llevo todo este tiempo con la bragueta abierta y nadie me ha avisado? Sois unos hijos de puta.

En este mundo nuestro del guión (y del artisteo en general) somos muy de callarnos cuando alguien tiene la bragueta abierta. No lo hacemos por hijoputez. Más bien eludimos el tema porque nos da cierto apuro.

El mundo no está diseñado para gente sincera.

Si no te ha gustado el guión que ha escrito un conocido tuyo, si no te ha funcionado su peli, si te ha horrorizado su microteatro… lo más fácil es fingir que esa bragueta abierta no está ahí.

¿Tienes amigos sinceros capaces de decirte las cosas que no les gustan de tus guiones? Guárdalos como oro en paño. Sobre todo si te lo saben decir de manera constructiva.

En caso contrario, tampoco se hunde el mundo. ¡Que no cunda el pánico! Voy a dejarte aquí un tutorial para que sepas cuándo a alguien no le ha gustado tu mierda, aunque ese alguien no se atreva a decírtelo a la cara.

Ésta es la lista de síntomas que, al menos a mí, me sirven para diagnosticar los casos de “bragueta abierta”:

EL TWEET TIBIO.

Las redes sociales han cambiado muchísimo el paisaje de Braguetolandia. Con tanto Facebook y tanto Twitter ya no criticamos ciertas cosas de la misma forma. Nos pronunciamos sabiendo que nuestras palabras pueden llegar a oídos (o a ojos) del autor de esa peli o de ese libro.

La gente no se comporta igual contigo si sabe que la estás mirando.

La consecuencia más obvia de todo esto es el troll. Ese tipo que habla mal de tu trabajo porque lo que quiere (en el fondo) es provocar y hacerse notar.

Pero el troll no es la única criatura de este ecosistema ciber-social. También está esa gente que, aunque no comulgue con tu obra, se ve obligada a escribir algo positivo sobre ella para quedar bien. Algunos lo harán porque no quieren herir los sentimientos del autor, otros lo harán de forma más bien interesada. El subtexto de muchas alabanzas en las redes es: “Dame trabajo”.

De ese caldo de cultivo surge lo que he decidido bautizar como “el tweet tibio”. En realidad puede tratarse de un tweet, un estado de Facebook o incluso un artículo de periódico, blog, revista…

El tweet tibio se caracteriza por su falta de entusiasmo. Notas que las palabras pretenden alabar pero titubean. En esta clase de comentarios suelen abundar sustantivos como “propuesta”, “ejercicio” o “iniciativa” acompañados por adjetivos condescendientes como “interesante”, “sugerente”, “meritorio” o “disfrutable”.

Si dicen que tu obra es “Una propuesta interesante…” o bien una “Meritoria iniciativa de…” o incluso “Un sugerente ejercicio de estilo…” desengáñate: A esa persona tu historia no le ha hecho ni cosquillas.

TE DIGO CUÁNDO EMPIEZO PERO NO CUÁNDO ACABO.

Te habrá pasado decenas de veces. Alguien viene y te dice: “Oye, ya me he empezado tu guión. Lo llevo por la mitad. Cuando lo acabe te cuento.

Luego pasan los días, las semanas, los meses… y nunca más se supo. Esa persona no te vuelve a mencionar el maldito guión.

Esos casos se pueden explicar de tres maneras:

A) No se terminó de leer el guión. Lo dejó a medias.

B) Se terminó de leer el guión y le gustó tan poco que prefiere no abrir ese melón. No te menciona el tema para no tener que decirte lo que opina acerca de tu basura.

C) Se terminó el guión y ni le gustó ni le dejó de gustar. Se la sudó tantísimo que se olvidó incluso de comentarte sobre ello.

No sé cuál de las tres opciones me parece peor. Quizá la primera. Si paran de leer tu guión y no lo retoman… pues vaya mierda de guión. Un guión como Dios manda te tiene que agarrar por los cojones y no soltarte.

Si en lugar de lector eres lectora, cambia lo de “cojones” por “ovarios” (o por cualquier otra parte de tu anatomía de la que te apetezca que te agarren cuando te cuentan una historia)

AFERRARSE AL CLAVO ARDIENDO.

Otro gran clásico a la hora de eludir la cruda verdad consiste en aferrarse a una única cosa (una sola) que más o menos te haya hecho tilín en el guión o película. Cuando el autor te pregunte la opinión (o cuando te lo encuentres de bruces mientras intentabas huir por la puerta de atrás) lo que haces es recurrir a ese clavo ardiendo, cebarlo, regodarte en ello. “Lo mejor, la escena de la abuela. Qué interesante la escena de la abuela, qué ejercicio de estilo, qué propuesta.

Así que ya sabes: Si tu interlocutor insiste más de lo normal en un único detalle, es muy posible que el resto del guión le haya parecido bazofia.

ESCAPAR POR LA TANGENTE.

Una argucia muy recurrente es la de esquivar el debate sobre la calidad de la obra desviando la conversación hacia cuestiones tangenciales. Cuestiones que tienen que ver con la obra pero NO son la obra.

Esto resulta más sencillo cuando la peli o el corto están ya rodados. El guión puro y duro no te ofrece tantas excusas para salir por la tangente.

Intentaré desarrollar algunos ejemplos:

Pongamos que has rodado un bodrio tipo El Renacido en la Pedriza de Madrid. Pues te acercas al director, le das unas palmaditas en el hombro y le dices: “Vaya frío que tuvisteis que pasar en la Pedriza, ¿eh, macho?

Si haces una peli con cacahuetes en lugar de actores, lo mejor para que te salgan por la tangente es: “Menuda panzada de comer cacahuetes os habréis pegao. Seguro que cuando terminasteis os comisteis a la mitad del reparto.

Muchas veces, el recurso de salirse por la tangente es algo que hacen las madres y los cuñaos con toda su buena intención, porque no conocen los entresijos del audiovisual, pero tú puedes aprender de los cuñaos y usar sus mismas técnicas precisamente para esquivar ese entresijo, ese meollo del asunto.

Funciona muy bien lo de refugiarse en el infalible: “Qué mérito tenéis. Tanta gente trabajando en una misma cosa. Qué mérito. Cuando lo ves en la tele parece fácil, pero no.

Una manera de hacer funcionar este método incluso comentando un guión no rodado: Desvíate hacia el tema del que trata el guión y huye de sus páginas hacia el mundo real. Si has escrito un largo sobre el bullying y no te ha salido bien, notarás que la otra persona habla más del tema del bullying que del guión en sí mismo. “Es que lo del bullying es muy fuerte. Ya era hora de que alguien tratara este tema. A la hija de un amigo mío le hacen bullying en el colegio y bla, bla, bla.

Éstas son las principales tácticas que me vienen a la cabeza, y para no hacer esto más largo de la cuenta me dejo algunas otras sin desarrollar, como la de: “Se nota que tu guión funcionaba, pero te lo han destrozao“, que es el equivalente a cuando le decimos a un actor o actriz: “La obra es un desastre. Lo único bueno de la obra eres tú.”

Y aquí me despido, no sin antes invitaros a que añadáis en los comentarios otras maneras de rehuir a la bragueta abierta. También podéis aprovechar para decirme que este post es un interesante ejercicio estilístico, o una propuesta sugerente.

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11 Responses to TIENES LA BRAGUETA ABIERTA

  1. lluismanuelg dice:

    Me siento identificado con él centrarlo todo en una escena, omitiendo el resto de la obra

  2. José Manuel Herraiz dice:

    ¡Gran entrada! Divertida de puro cierta.

  3. Yo he recibido alguna colleja malintencionada y me he la he tenido que comer con alioli. El otro gran problema es que muchos no estan dispuestos a, ya no digo aceptar, sino a escuchar una crítica por muy constructiva que sea. Yo reconozco haberme ido por las ramas más de una vez, incluso recuerdo haberme escabullido al final de una obra a la que me invitó el director, para evitar que me preguntase ¿Qué tal? También debemos trabajar el saber encajar las críticas porque ahí, la mayoría suspendemos.

    • Yo creo que a encajar las críticas se aprende con el tiempo, a base de ir cometiendo errores. Nunca dejan de escocer del todo, pero uno va anestesiándose poco a poco y, sobre todo, asumiendo su parte de responsabilidad.

  4. Fer dice:

    Un post muy entretenido; Juanjo… Por cierto, qué tiempos aquellos, los de Sabrina… ;-)

    Fer

  5. […] leer y tengamos la certeza de que van a ser sinceros. En las opiniones habrá que aprender a leer entre líneas… A poder ser, que estén en la franja de público al que nos dirigimos. Si tienen […]

  6. vitibel dice:

    Ahora entiendo algunos comentarios… Se me escaparon al recibirlos porque yo soy de las que le dice a la gente que tiene la bragueta abierta o restos de chocolate en la boca.

  7. ¡Oye! Pues no se me ha hecho larga la entrada, Juanjo. Se me ha pasado volando, la verdad.

  8. Pues yo con “Gritos en el pasillo” disfruté como un cochino.
    Yo deje de opinar con los trabajos de los demás cuando me di cuenta que la mayoría sólo quiere oir lo que te ha gustado tu trabajo.
    Ahora cuando opinan sobre mi trabajo, intento valorarlo en su justa medida

  9. Felipe dice:

    No sé por qué este post me ha recordado una anécdota de mis años de universitario: en mitad de una clase particularmente espesa, se fue la luz y nos quedamos a oscuras, pero el profesor, entregado a su magisterio, no dejó en ningún momento de recitar una lección que, imagino, se sabía al dedillo. Él siguió largando su rollo, en el mismo tono de voz mórfico, durante más de quince minutos aunque era evidente que sus pobres alumnos, sumidos en las más negras tinieblas (nox atra cava circunvolat umbra y todo eso), no podían tomar notas de su discurso, como no fuese en braille. Este encomiable ejemplo de celo profesional incluso citó a un par de autores de referencia, con apellidos temibles (de esos con diéresis y muchas consonantes), y le oímos levantarse y escribirlos en la pizarra.

    Juro por Dios que era surrealista, como si aquel hombre, que por lo demás siempre me cayó simpático, hubiese entrado en un bucle del que no podía salir. Cuando finalmente regresó la electricidad, teníamos todos una cara de pasmo que espantaba y un “gap” considerable en nuestros apuntes.

    Pero al menos salimos de dudas acerca de cómo se deletreaban los nombres de aquellas misteriosas autoridades extranjeras.

    Aquel día me quedé con la sensación de que al profesor Fulano (preservemos su anonimato), simplemente, le sudaba la reverendísima polla que estuviésemos allí.

    Los que teníamos la bragueta abierta éramos nosotros.

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