“PÓNGAME UNA DE TRAUMAS, POR FAVOR”

29 marzo, 2016

Por David Muñoz

Voy a intentar explicar de forma un poco más clara algo que ya he intentado contar por aquí otras veces de manera creo que más enrevesada.

Y para hacerlo, voy a usar como ejemplo una película muy reciente: “Calle Cloverfield 10”.

Eso sí, voy a intentar no espoilearla, y sobre todo, NO VOY A REVELAR DETALLES DEL FINAL. Pero, como aunque lo haga de la forma más abstracta posible, va a ser inevitable que cuente un par de cosas sobre el recorrido emocional que lleva a cabo la protagonista, si tenéis miedo de que os fastidie la película, dejad de leer ahora mismo (o mejor, leedme cuando la hayáis visto).

La protagonista, Michelle (Mary Elizabeth Winstead), es una chica que tras tener un accidente de coche despierta en un bunker, donde su dueño, Howard (un tremendo John Goodman) le cuenta que no va a poder salir de ahí porque el mundo exterior ha sido destruido mientras ella estaba inconsciente. Ha llegado el apocalipsis, y aunque Howard no tiene claras sus causas, sabe que el aire es irrespirable y que si abandonan el bunker, morirán.  La duda es si Howard está diciendo la verdad o es un loco que miente para retener a Michelle.

Como podéis imaginaros, la mayor parte del metraje de “Calle Cloverfield 10” está dedicado a mostrar como Michelle intenta descubrir la verdad y/o escapar.

La protagonista tiene un objetivo muy poderoso que es más que suficiente  para mantener la historia en marcha. Cuando hay una persona en peligro en una película, necesitamos muy poco para sentirnos identificados con ella. Queremos que sobreviva porque somos ella y también queremos vivir. Pero… no sé si serían los guionistas o los productores, la cuestión es que a alguien eso no les pareció suficiente, así que Michelle tiene un trauma (o conflicto interno). Es una cobarde. Y no le gusta. Se siente culpable por ello. Quiere cambiarlo pero no sabe cómo.

Y al final de la película, cuando tiene la posibilidad de elegir entre luchar o escapar, Michelle elige luchar. La peripecia la ha cambiado, la ha “curado”.

¿Pero en qué ha consistido esa peripecia transformadora? Pues básicamente en que Michelle ha estado varias veces a punto de morir luchando por su vida.

Dado que Hollywood no parece creer en el estrés postraumático y que suele subscribir aquello de “lo que no te mata te hace más fuerte”, Michelle llega al clímax de la película en versión mejorada.

Pero no es esto de lo que quiero hablar hoy. Eso sí, ya os digo que a mí todo esto me parece demencial. Una mentira bienintencionada. Como ya me lo pareció en “Super 8” y “Gravity”. Aunque también es cierto que de vez en cuando es una mentira que te puede apetecer creer. Y allá cada uno con su forma de ver la vida*.

Cloverfield

Estas fueron las escenas de la película que más disfruté.

El problema, ateniéndonos únicamente a cuestiones relativas a la construcción del guión, es que por un lado la película necesita hacernos creer que Michelle es muy cobarde para que experimente ese cambio final, pero por otro, dado que ante todo es un thriller de acción, necesita que pelee desde el primer momento. Solo hay un problema: lo que caracteriza a un cobarde es que NO pelea.

¿Y qué hace un guionista desesperado cuando necesita que su personaje parezca que es de una manera distinta a cómo está demostrando que es? Pues hacerlos verbalizar. Contar en vez de mostrar.

Así que… Michelle cuenta una historia de su pasado. Sí, una de esas que empieza con “Cuando yo era pequeña me pasó una cosa que…” y acaba con “y por eso soy cobarde”. Una historia que, como aquel memorable momento casi al final de “Gremlins” en el que la coprotagonista explicaba lo de su padre atrapado en la chimenea vestido de Santa Claus, no viene nada, pero nada a cuento. Lo raro es que en ese momento su interlocutor no le pregunte: “Y… ¿se puede saber por qué me cuentas ahora esto? ¡Que estábamos hablando de otras cosas!”.

También es cierto que al principio de la película hemos visto a Michelle escapar de su novio, pero vaya, que dado que nunca llegamos a saber por qué lo hizo, es imposible valorar si era o no la decisión correcta (aunque podría argumentarse que la película sostiene que cuando tu novio te llama diciendo que regreses porque todavía podéis arreglar las cosas lo adecuado es volver corriendo, y que si no lo haces es porque eres una cobarde).

De modo que Michelle dice que es cobarde pero se comporta como una valiente (bastante mañosa además, es una John McClane). No sentimos que el miedo la paralice en ningún momento.

¿Y normalmente cómo sabemos el adjetivo que mejor le encaja a un personaje en el cine? Pues por lo que hace, no por lo que dice. Las palabras sabemos que suelen mentir, los hechos no (o mucho menos).

De ahí que se produzca una… como llamarlo… cierta disonancia que afecta a la percepción de la película por parte del espectador. Se nos está mostrando una cosa y queriendo hacer creer otra. Y esas “disonancias” se interponen en la suspensión de la incredulidad, que al fin y al cabo es lo que buscamos al escribir. Se trata de hacer creer al espectador en la verdad del relato. Y todo lo que chirría, todo lo que no acaba de encajar, te saca de la historia.

Lo más interesante es que en este caso creo que los chirridos los produce la idea – producto de leer mal los manuales o de leer los manuales equivocados-, de que todos los personajes deban tener un conflicto interno cuya resolución permita tener un arco de transformación (o sea: el personaje es de una manera al principio, y de otra al final).

Alguien debió pensar que a Michelle no le valía con sobrevivir, sino que tenía que CAMBIAR.

Así que nada, se le da un trauma, y la historia lo resuelve, por mucho que cueste tragárselo.

Pero, por poner un ejemplo que seguro que a casi todos os suena, ¿le hacía falta algún trauma a Ripley en “Alien”? Y, de tenerlo… ¿habría sido creíble que lo hubiera superado después de ver como un monstruo ha asesinado a todos sus compañeros?

¿A que no?

Y, cambiando de género, el personaje de Ben Stiller en la comedia “Los padres de ella”… ¿no es cierto que sigue siendo el mismo al final?

Ella solo quería sobrevivir, él, conseguir la aprobación del padre de su novia. Y lo logran. Con eso ya es suficiente.

Pues tampoco le hacía falta nada más a Michelle.

Michelle podía haber sido simplemente como es. Lista, resolutiva, VALIENTE. Y habríamos estado con ella. No le hacían falta pegotes emocionales.

Y de querer contar ese cambio bien, de quererla cobarde al principio y luego hacerla valiente, habría que haber mostrado a Michelle asustada, darle tiempo a cambiar, y renunciar a tener unos primeros minutos 20 llenos de acción (o haberle cedido la iniciativa a otro personaje).

Otra película de gente encerrada. En este caso, estructurada de una manera muy inusual que a deja fuera a algunos espectadores. Yo creo que es parte de su interés. Pero sería tema para otra entrada.

“La habitación”. Otra película de gente encerrada. En este caso, estructurada de una manera muy inusual que deja fuera a algunos espectadores, aunque yo creo que es parte de su interés. Pero eso sería tema para otra entrada.

Ahora caigo en que eso es algo que se hace muy bien en “La habitación”, una estupenda película también reciente con la que “Calle…” tienen algunas similitudes. Solo que en “La Habitación” sus protagonistas tienen un recorrido emocional que puedes compartir y sientes como cierto. Por eso, mientras que en “La habitación” en la escena de la fuga a mí casi me da un infarto, en el momento análogo de “Calle Cloverfield 10” la contradictoria Michelle ya me daba un poco igual. Las disonancias habían roto mi conexión con ella. Lo único que me despertaba aún un poco de interés era pensar en que pronto se iba a revelar lo que había ocurrido realmente en el mundo fuera del búnker.

Construir personajes interesantes sin conflictos forzados que la historia no puede resolver de forma creíble no es algo que debamos hacer para cumplimentar no sé qué requisitos de un manual de guión, sino porque puede suponer la diferencia entre tener al espectador pegado a su asiento, totalmente volcado en la película, o tenerle pensando en sus cosas.  Puede suponer la diferencia entre “Calle Cloverfield 10” y “La habitación”**.

Justo había terminado la primera versión de este texto cuando un amigo guionista me contó que en las primeras reuniones que ha tenido sobre el proyecto de largo que está moviendo, todos los productores que ha visto le han repetido que su personaje necesita “cambiar”, y que le vendría muy bien tener un defecto de personalidad al que sobreponerse. O sea, que debería tener un arco de transformación modo “trauma a superar”.

Pero no, de verdad. Ni todos los personajes ni todas las historias necesitan las mismas cosas. Los recursos que pueden servir para mejorar un guión pueden arruinar otro. Aplicar “recetas” genéricas, como en “Calle Cloverfield 10”, soluciona problemas imaginarios que solo están en la cabeza de quienes piden los cambios y genera problemas reales a los que el guión casi nunca puede sobreponerse.

*Como los padres que creen que dejando llorar a sus bebés en vez de cogerlos en brazos les van a hacer más fuertes e independientes, cuando la psicología moderna tiende a afirmar justo lo contrario. El bebé que llora sin que nadie le atienda vive en el miedo y la inseguridad.

**Y no, no creo que por ser de género “Calle…” tenga que ser tratada como un hermano inevitablemente tonto de “La habitación”. Lo tenía todo para ser una gran película. Y de hecho, a ratos lo es, sobre todo gracias a los actores.

 


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