EL EJE DE LAS MADRES TRABAJADORAS

Mothers_and_children_II

por Ángela Armero

El pasado 1 de Mayo se celebró el día de la madre y el del trabajo, y por tanto, el de las madres trabajadoras.

Mi madre es pintora. Cuando yo era pequeña, la veía contemplar sus cuadros absorta o estampar sus grabados en el taller que teníamos en casa y me sentía muy especial. Por supuesto, también hacía todo lo demás (recogerme a la salida de la escuela, darme de comer, explicarme cómo es el mundo), pero eso no me llamaba tanto la atención. Al mismo tiempo, las madres a las que mis compañeros de colegio llamaban “amas de casa” o designaban con un arcaico “sus labores” me inspiraban un frío desdén. Tardé bastantes años en darme cuenta de que ser madre es un trabajo, y de que, por tanto, toda madre es trabajadora, tenga o no una carrera profesional.

La gran falacia de la integración de la mujer a la vida laboral es que, por mucho que gocemos de una supuesta igualdad para trabajar, seguimos asumiendo prácticamente la misma responsabilidad en la crianza de los niños, a la que ahora hay que sumarle nuevas obligaciones y nuevos listones de exigencia. La conciliación es un reto familiar, pero sobre todo colectivo, de empresas y de leyes, y en este país necesitamos un marco que lo facilite de verdad.

Yo no entiendo mi vida sin escribir. Pero al mismo tiempo opino que es muy respetable que una mujer decida aparcar su profesión para cuidar de sus hijos una temporada, o por el tiempo que le parezca. Por supuesto, en medio hay caminos menos claros. Las mujeres que no pueden tener hijos porque su salario no se lo permite. Las madres que no pueden trabajar porque no les compensa económicamente el precio de una guardería o de una persona que les cuide, o porque no encuentran un empleo. Y un montón de situaciones más que dificultan la convivencia entre la crianza de los hijos y el trabajo.

Cuando una mujer trabaja y tiene un hijo pequeño es probable que entre en esta dinámica perversa: si está con su hijo, le asalta la cantidad de trabajo pendiente. Si está en el trabajo, piensa que debería estar con su criatura; una especie de gato de Schrödinger de la (in) tranquilidad emocional. Con frecuencia, la culpa la persigue. Y lo malo es que este esquema se reproduce, de forma similar, de varias maneras.

Si la mujer es Susana Díaz o Soraya Saenz de Santamaría y, dada su trascendencia profesional, busca reincorporarse con rapidez, será criticada por abandonar a su criatura enseguida, se dirá que no tiene escrúpulos, que la ambición es lo único que la mueve y que lo está haciendo mal. Nadie se preguntará qué estará haciendo el padre, como si la incorporación al trabajo de los cónyuges no fuera un asunto del ámbito familiar, sino cuestión exclusiva de la madre.

Si la mujer decide volcarse un tiempo en criar a sus niños o si decide apostar por esa faceta indefinidamente, tendrá que asumir otro tipo de críticas, quizá más veladas. Será tachada de poco ambiciosa, de poco moderna, se le dirá que desaprovecha su potencial, al tiempo que su falta de ingresos mermará su autoestima y el discurso de la supermujer imperante, que debe hacerlo todo y todo bien, hará el resto. Así pues, también habrá quien le diga o quien le haga sentir que lo está haciendo mal.

Por supuesto, hay pequeñas réplicas de este eje del mal en el día a día de las madres. Si le ha puesto al nene un pijama de algodón en primavera, la abuela del niño le dirá que está muy abrigado, y su suegro que cogerá frío. Da igual. En cualquier decisión de la madre, es muy fácil que haya alguien a su alrededor para opinar y decirle lo que tiene que hacer. Tanto si es seguir trabajando, parar de trabajar, abrigarle mucho, abrigarle poco, dar el pecho, dar fórmula, hacer que duerma en la cuna, permitir que duerma en la cama, y así hasta el infinito.

Así es la vida de las madres. Dividen su tiempo entre cuidar a sus hijos o hijas, otro tanto a dar explicaciones (¿para cuándo el segundo? ¿cómo te organizas? ¿para cuándo el tercero?) y también a trabajar (¿Seguro que quieres trabajar en oficina? ¿No te parece que sales demasiado tarde?). A la propia culpabilidad se suma la presión externa que parece replicar el mismo mensaje: hagas lo que hagas, habrá quien diga que está mal.

Yo no se qué está bien y qué está mal. Sé algo de mi trabajo y poco de la maternidad. Pero sí tengo muy claro que nadie (ni hombres ni mujeres) debería decirle a las mujeres qué deben hacer, ni cuáles deben ser sus prioridades. Que cada madre tome libremente sus decisiones, que cada familia decida cómo administrar sus recursos (sean tiempo o dinero) sin necesidad de que las mujeres tengamos que dar las gracias por trabajar siendo madres ni que tengamos que pedir disculpas por no hacerlo si nos volcamos con los niños; y por supuesto que se nos deje tranquilas si no queremos tener descendencia.

Vivamos y dejemos vivir. Que bastante difícil es organizar nuestras propias vidas para andar fiscalizando las de los demás. Como dice este interesantísimo artículo de Milagros Pérez Oliva, “Siempre hay un dedo acusador sobre las mujeres.” Ese dedo debería apuntar a la realidad que se alza entre nuestra necesidad de trabajar y nuestra obligación de cuidar a nuestros hijos de la mejor manera posible.

5 respuestas a EL EJE DE LAS MADRES TRABAJADORAS

  1. Afortunadamente, está en nuestras manos (la manos de las madres) la educación que damos a nuestros hijos y a nuestras hijas, y no perpetuar este eje del mal emocional que sufrimos. Si la mano que mece la cuna es la mano que domina el mundo, algo debería ir cambiando. Quizá ahora que ellos también mecen la cuna (algunos muy bien, todo hay que decirlo), podamos ir saliendo del pozo.

    • Todo empieza por la enseñanza. Mis niños (niño y niña) tienen claro que ninguno está por encima del otro, que ninguno tiene privilegios.
      Lo flipo con historias de familias en las que el único hijo varón se tiraba en el sofá junto a su padre mientras su madre y sus hermanas hacían la comida, preparaban la mesa y limpiaban la casa.

  2. crul dice:

    >> hagas lo que hagas, habrá quien diga que está mal
    A mí esto me lo enseñó la historia de “El burro, el padre y el hijo”.

    Estando muy de acuerdo con la mayor, a la lucha feminista todavía le quedan batallas, no veo que ese enfoque (hagas lo que hagas…) se aplique especialmente al feminismo. Ocurre en todos los aspectos de la vida, no solo a las mujeres.

    Saludos.

  3. Amén a todo lo que has dicho, Ángela.
    Tener niños, trabajar, sufrir presiones, creer que nos equivocamos… el día a día de una madre. La sociedad siempre está ahí, al acecho, y la inseguridad hace el resto.
    Hay que tener niños si uno quiere y hay que criarlos como uno estime más conveniente, y hay que vivir de la manera que más fácilmente nos conduzca a la felicidad (con sacrificios, con trabajos fuera o dentro de casa, con guarderías o cuidadoras, como sea).

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