SEIS AÑOS DE DELIRIO

22 julio, 2016

NOTA DE LOS EDITORES: Con motivo de la absolución de la Audiencia Provincial a la guionista Virginia Yagüe de la acusación de plagio interpuesta por Susana Pérez Alonso, ratificada el 18 de Julio, publicamos por su interés dos textos facilitados a este blog. Uno, del guionista y compañero de Virgina Nacho Faerna, y otro, de la propia Virginia, explicando la dura y profundamente injusta experiencia que ha vivido durante seis años.


POR VIRGINIA YAGÜE

Cuando terminó la emisión de La Señora en enero de 2010, serie que había creado para Diagonal TV, tuve noticia de la intención de Susana Pérez Alonso de denunciarme por plagio sobre una obra suya, una novela no publicada. Uno de los guionistas de la serie había hablado con ella ya que se había presentado en el final del rodaje, en Asturias, momento al que yo no pude asistir. El guionista me habló de una señora que le pedía explicaciones en un tono extraño y que en un momento de la conversación se descalzó y metió sus pies en una caja. “¿Tú la conoces de algo?”, me preguntó alucinado. No, no conocía a este personaje pero reconozco que me hizo gracia. Como también me hizo inicialmente gracia el despropósito de la acusación de plagio. ¿Plagio sobre algo inédito? “Qué personaje tan peculiar tiene que ser esa mujer”, pensó mi parte de guionista. Más allá de eso, mi parte lógica decidió no darle ninguna importancia. Me pareció uno de tantos gestos de esas personas que tratan de sacar rédito del éxito ajeno para conseguir un espacio público que su trayectoria profesional no les otorga. Pensé, en mi ingenuidad, que todo terminaría cuando esa persona consiguiera el propósito de publicar su novela, como así hizo, con una faja publicitaria donde ponía algo así como: “La novela vinculada al escándalo de la serie de tv.” Estaba muy equivocada.

Esa sensación de despreocupación fue desapareciendo cuando fui testigo de cómo prosperaba un caso sin base alguna. Me sorprendió ver cómo la fiscalía – fiscalía de Oviedo- admitía e impulsaba el caso. Poco a poco, paso a paso, los pasos de mi particular thriller se iban situado y el tiempo de desarrollo de esta historia iba a ser largo, mucho más extenso de lo que mi lógica quería aceptar. Los medios se hacían eco, se hablaba más de este insólito hecho que de la audiencia – muy buena, por cierto- que logró la serie en su día. Susana Pérez Alonso y sus amigas no tenían inconveniente en meterse en Bloguionistas en busca de su minuto de gloria.

Durante más de seis años de mi vida he sido testigo y parte afectada de una causa que avanzaba sin base ninguna, pero que pese a todo prosperaba. Durante tres años vi cómo los filtros que establece la justicia en sus tiempos de instrucción no resultaron eficaces. Se acuñó un expediente inmenso lleno de nada, la más pura nada. En esa historia no había nada sólido. Era paja, humo, vacío pero era voluminosa e imposible de digerir. Mejor que se lo trabajara otro colega. Mejor pasarle el asunto a otro juez se metiera a fondo con tan farragoso material. De esta manera el caso pasó al Juzgado de lo Penal. Al hacerlo el juez instructor y fiscalía dieron carta de naturaleza a un caso inexistente y, sobre todo, hicieron que todos y todas pagáramos con nuestros impuestos un sinsentido mientras la parte acusadora no tendría que asumir ni costas.

Podría haber sido un buen momento para plantearme el guion de una película pero reconozco que recibir la noticia de ir acusada a un juicio penal me hizo entrar en un periodo de profunda tristeza y rabia. Entré en esa zona oscura en la que intuía miradas desconfiadas alentadas en muchos casos por noticias cebadas por la parte demandante y acogidas por determinados medios de comunicación: si va a juicio es que algo habrá hecho, quién es esta guionista, cuando el río suena…

En paralelo libraba mi propia lucha interna. Me resistía a defenderme. No sabía por qué debía hacerlo cuando consideraba que no había ninguna base. Mi querido abogado, Javier Val, que es un hombre maravilloso y dotado de una paciencia infinita, me explicó que era lo que tocaba y trató de ocultarme, hasta el último momento, la pena que se me solicitaba: dos años de inhabilitación profesional y pena de cárcel. Antes de ir a declarar casi no dormí y tomé inhibidores de la ansiedad. Todo podía pasar. ¿Qué juez me tocaría? Había firmado otra serie titulada 14 de abril, La República. Soy feminista. Vicepresidenta de una entidad de gestión de derechos de propiedad intelectual. ¿Alguien da más? Tenía miedo. Esa noche no dejaba de pensar. Dos años de inhabilitación. Antecedentes. Dos hijas demasiado pequeñas. Un alquiler demasiado grande.

Recuerdo los dos días de declaración en el juzgado, mis nervios, los colegas que declararon a mi favor y que habían tenido que ver con la serie. También recuerdo las declaraciones de la parte que acusaba. El tono ofensivo del abogado, los gestos interminables de la abogada, hija de la acusadora, que tuvo que ser reprendida por la jueza. También recuerdo declaraciones esperpénticas e inconexas de los testigos de la acusación y a los peritos el segundo día, porque la agonía duró 48 horas. La perito de la acusación defendía la base de plagio en función de que ambas obras tenían como protagonista a una mujer adelantada a su época. En una comparativa directa apelaba a elementos de similitud como mirarse a un espejo, bajar una escalera o celebrar una fiesta de cumpleaños… Si no hubiera sido consciente de que me encontraba en el juzgado de lo penal, de la pena que se me estaba pidiendo y de la medicación para controlar mis nervios supongo que me hubiera echado a reír. Pero a esas alturas la cosa ya no tenía ninguna gracia y tenía miedo, colegas. Cagada y agotada, un binomio fatal.

Pasó un año más para que la jueza dictara sentencia absolutoria en primera instancia y ver cómo fiscalía se salía de la acusación y pasaba a ser parte de mi defensa cuando había sido iniciadora del proceso acusatorio. Pero la cosa no había acabado aquí. La sentencia era en primera instancia y la parte acusadora decidió apelar. Otro año más para que la Audiencia Provincial ratificara la sentencia absolutoria a mi favor, hace dos días, un 18 de julio (que manda narices).

Durante estos más de seis años he aguantado preguntas sobre este tema, en presentaciones públicas de cada nueva serie y de cada nuevo proyecto, en charlas y mesas redondas, en artículos y entrevistas. También durante todo este tiempo he tenido a mi lado a Diagonal TV, a Jaume Banacolocha y a Joan Bas, que fueron los que me encargaron la serie La Señora y que siempre, de principio a fin, han estado a mi lado y han garantizado no sólo mi defensa, contratando a Javier Val, si no que me han consolado y alentado en los momentos más complicados haciendo que para mí ya no sólo sean unos productores dignos de todo mi respeto y admiración profesional, si no directamente amigos de pleno derecho. De mi lado todos los testigos que declararon en el juicio, colegas, y amigos, David Martínez, director de ficción de TVE cuando hicimos La Señora, Rodolf Sirera, dramaturgo y un referente de muchos guionistas en este país, Miriam García Montero y José Carlos Ruiz, como representantes de los guionistas que pasaron por La Señora. El departamento jurídico de TVE y el perito José María Paz Gago. Y todos los colegas que tuvieron que aguantarme cuando no podía procesar tanto delirio y arrojaron luz y argumentos sobre esta locura: Pablo Tobías, Nacho Faerna, Alicia Luna, Sergio Barrejón, Carlos López, Ángela Armero, Carlos Molinero o Cristóbal Garrido por citar solo a unos cuantos de los muchos que han estado a mi lado en todo este tiempo. También la entidad DAMA y sus directores generales, con su Consejo al quite de todas las noticias. Las asociaciones ALMA y CIMA, siempre solidarias.

Más de seis años aguantando un delirio son muchos años. Pero a mí esta locura me pilló en un sólido momento profesional, con una trayectoria asentada y con compañeros de viaje incontestables. ¿Y si le pasa a alguien que no está en esa situación? ¿Y si una joven guionista coloca una serie que tiene éxito y de pronto salta una persona con contactos y dinero dispuesta a llevarla a juicio y sacar rédito del tema? ¿Aguantaría esos más de seis años? ¿Qué sería de ella? ¿Quién estaría de su parte? Mi conclusión a este largo periplo se resume en que un precedente como este es nefasto para el sector y nuestra profesión y la justicia debería garantizar la protección de autores y profesionales del audiovisual frente a arribistas sin conciencia y con posibles. Sé que esto esta lejos de nuestra mano, que lo aleatorio hace posible que cualquier demente pueda salta al estrado y arruinar la vida de un currante. Ya lo sé. Igual que sé la buena intención de los colegas al aconsejarme que me olvide, que deje atrás esta vivencia, que no dé espacio a un nombre que no lo merece y que deje al karma hacer su trabajo. Lo sé… pero yo soy de Hortaleza.

Para saber más:

“Preplagio: la señora”, por Nacho Faerna. 

 


PREPLAGIO: LA SEÑORA

22 julio, 2016

NOTA DE LOS EDITORES: Con motivo de la absolución de la Audiencia Provincial a la guionista Virginia Yagüe de la acusación de plagio interpuesta por Susana Pérez Alonso, ratificada el 18 de Julio, publicamos por su interés dos textos facilitados a este blog. Uno, del guionista y compañero de Virgina Nacho Faerna, y otro, de la propia Virginia, explicando la dura y profundamente injusta experiencia que ha vivido durante seis años. 


POR NACHO FAERNA

En Minority Report, la película de Spielberg basada en un relato de Philip K. Dick, existe una unidad policial denominada PreCrimen que se ocupa de evitar delitos que aún no se han cometido. Unos mutantes llamados “precog” reciben telepáticamente unas visiones que permiten predecir los crímenes antes de que se produzcan, cuando sólo existen en el pensamiento de los que van a perpetrarlos. Pues bien, tengo una amiga, guionista como yo, que al parecer es capaz de plagiar obras que aún no se han escrito. Eso al menos debían de pensar los que permitieron que su caso llegara a los tribunales. Afortunadamente, hay jueces que devuelven la cordura a situaciones que sólo encontrarían acomodo en una historia de ciencia ficción o en la obra de Kafka.

Todos los entrecomillados que aparezcan a partir de este momento son citas literales de la sentencia absolutoria que el Juzgado de lo Penal nº 25 de Madrid dictó el 27 de enero de 2015 a propósito de la denuncia por plagio interpuesta contra Virginia Yagüe, creadora de la serie de televisión La Señora. Esa sentencia fue recurrida por la denunciante y acaba de ser ratificada, sin que ya quepa recurso ordinario alguno, por la Sección nº 23 de la Audiencia Provincial de Madrid. La instrucción del caso se ha prolongado, por tanto, durante seis largos años en distintas instancias. La acusación particular solicitaba para Virginia “1 año de prisión y multa de 12 meses a razón de una cuota diaria de 30 euros, inhabilitación especial para el ejercicio de su profesión de guionista por un período de dos años y que indemnizara a (la denunciante) por los daños morales con la cantidad que se determine en ejecución de sentencia conforme al artículo 140 de la Ley de Propiedad Intelectual”. Se le imputaba a Virginia, por tanto, un delito con pena de cárcel. Poca broma, como vemos.

No voy a detenerme en lo que ha supuesto para Virginia, personal, familiar y profesionalmente, esta larga travesía judicial. Sólo pretendo exponer a quien esté interesado, y no tenga tiempo de leerse las casi cincuenta páginas de ambas sentencias absolutorias, los detalles de este caso. Será entonces el lector quien determine si exagero cuando me atrevo a calificarlo de kafkiano.

Lo primero que voy a hacer es ordenar cronológicamente los hechos que fueron objeto de la acusación para establecer si la obra de la denunciante era anterior o posterior al supuesto plagio. Normalmente, en una acusación de plagio se intenta demostrar que una obra es una copia parcial o total de otra que todo el mundo asume como preexistente. En nuestro caso es preciso determinar qué fue primero, si el huevo o la gallina, porque la novela hipotéticamente plagiada, Melania Jacoby, no se publicó hasta dos meses después de que terminara la emisión de las tres temporadas de La Señora.

Ésta es la historia:

1997

La denunciante “publica un cuento en el diario La Nueva España titulado El jardín del amor de Melania Jacoby, en el que se limita a describir jardines y plantas”. Les recuerdo que los entrecomillados son citas literales de la sentencia. Yo he tenido oportunidad de leer el cuento y he de reconocer que la sinopsis que propone la jueza es absolutamente certera. Es un texto muy breve en el que no se menciona en ninguna parte Asturias, ni una época en concreto, ni minas de carbón (algunos de los elementos que sirven para argumentar el supuesto plagio).

Verano de 2003

Se graba un vídeo promocional de Nunca miras mis manos, una novela de la denunciante, precuela de la que será presuntamente objeto del plagio (que en aquel momento aún no estaba escrita). En este vídeo aparecen imágenes de los acantilados de Llanes.

Finales de 2005

La productora Diagonal TV encarga a Virginia Yagüe la creación de una serie para televisión “cuya protagonista fuera una mujer, fuerte e independiente” y que se desarrollara en la década de los 20 del siglo pasado. Virginia presenta dos ideas distintas y la productora elige una cuya trama se desarrolla en Castilla.

Enero de 2006

La denunciante “presenta solicitud de inscripción ante el Registro Territorial de la Propiedad Intelectual de Asturias para la obra Melania Jacoby”. Solamente consta en la solicitud que se trata de una precuela de Nunca miras mis manos y se adjunta un fragmento en el “que no se aprecian similitudes con escenas de La Señora”.

Abril de 2006

La productora presenta a Telecinco una biblia detallada de la serie con descripción de tramas y personajes. La acción se ha trasladado, por decisión de Virginia, a Cantabria, alrededor de unos astilleros.

2007

Desestimado por Telecinco, el proyecto de la serie pasa a Televisión Española. Es entonces cuando la cadena propone que la acción de La Señora se desarrolle en Asturias y, por motivos de producción, los astilleros pasan a convertirse en unas minas. Ninguna de estas dos decisiones, por tanto, se toman por iniciativa de Virginia.

Del 6 de marzo al 29 de mayo de 2008

Se emiten los 13 episodios de la primera temporada de La Señora.

Junio de 2008

La denunciante entrega a la editorial Ediciones B un manuscrito titulado Melania Jacoby, que no se llega a publicar.

Del 1 de junio al 9 de noviembre de 2009

Se emite la segunda temporada de La Señora.

Del 16 de noviembre de 2009 al 18 de enero de 2010

Se emite la tercera y última temporada de La Señora.

22 de febrero de 2010

Se presenta la denuncia de plagio ante la Fiscalía.

Abril de 2010

Melania Jacoby se publica en la Editorial Funambulista. Según recoge la sentencia “ni siquiera hay prueba de que el contenido de la obra entregada en Junio de 2008 (a Ediciones B) se corresponda en su integridad con la publicada en 2010”.

De la cronología anterior se deduce que la única posibilidad de plagio exigiría que Virginia Yagüe hubiera tenido conocimiento de una obra que, cuando ella escribió La Señora, estaba inédita y no vería la luz pública hasta cinco años más tarde, dos meses después de la emisión del último de los 39 episodios con que cuenta la serie. ¿Qué dice sobre esto la sentencia? Pues que “las acusaciones (…) en ningún momento acreditan cómo pudo producirse este hecho, ni siquiera de modo indiciario (…) Tampoco se ha probado, e igualmente ni siquiera se ha argumentado al respecto, cómo pudo acceder la acusada, o a través de quién, a textos de la denunciante”. 

La jueza da por probado que “desde el año 2003, (la denunciante) tenía la idea de crear la novela, estando igualmente acreditado que la protagonista era una mujer cuyo nombre daba título al libro. Sin embargo, desde la citada fecha (2003) hasta la publicación en el año 2010, poco más se conoce objetivamente del contenido del libro”. La acusación alega que lo publicado en 2010 fue escrito entre los años 2005 y 2006, y presenta como prueba el testimonio de la hermana de la denunciante y el de tres amigos; todos aseguran haber tenido acceso a fragmentos de la novela en esas fechas. De uno de estos testigos dice la juez que “llega a una conclusión que no es capaz de razonar, que la novela y la serie tenían coincidencias pero no puede recordar ninguna pese a manifestar que corrigió borradores del libro, añadiendo además que ni siquiera vio la serie de televisión, sino solo cosas sueltas”. De la declaración de otro de los testigos dice que “solamente pone de manifiesto generalidades y ambigüedades en cuanto a las coincidencias entre la serie y el libro”. Otra más, asistenta de la denunciante, declara “que no recuerda de qué va la novela, de una señora con mucho dinero que no va a misa y que es la heredera de sus padres”. De todos estos testimonios, la jueza dice que “son irrelevantes a la hora de demostrar, no ya algún indicio de plagio, sino que conocieran el contenido de la novela, pues algunos ni siquiera la han leído completa, o de la serie de televisión, que tampoco han visto en su integridad”.

La acusación también presenta como prueba dos pregones que la denunciante dio en las localidades de Mieres y en Oles, de los cuales sólo “es destacable a efectos de esta resolución la mención a que Asturias está presente en sus novelas”.

Por último, “la otra vía utilizada por la acusación para demostrar que la novela estaba escrita, al menos en parte, antes de la emisión de la serie son escritos privados (…) remitidos por ordenador por (la denunciante) a diferentes personas”. La sentencia dice que podría “tratarse de simples documentos elaborados dado que no se ha ratificado ninguno relevante, no han sido llamados a juicio los interlocutores que ratificaran que se remitieron y recibieron los mails y (…) que el contenido que figura en autos se corresponde con el de los correos”. Y añade: “resulta sorprendente que se fueran encontrando archivos en un ordenador durante tres años, cinco años después de que se emitiera la serie y entre cinco y seis años después de que supuestamente fueran escritos (…) Se trata de meros escritos de parte, que no han sido corroborados en juicio pero tampoco durante una instrucción que ha durado casi cinco años, que no se han adjuntado conjuntamente, sin garantías legales para ser valorados como prueba”.

Por consiguiente, en cuanto a que la denunciante hubiera escrito la novela en 2005/2006, la jueza sostiene que “no existe la menor prueba objetiva de esta afirmación, pero no es que no se haya probado en el juicio oral, es que no ha existido nunca en la causa”.

La sentencia no deja lugar a dudas: “las pruebas solamente demuestran que (la denunciante) tenía la intención de escribir el libro Melania Jacoby desde el año 2003 al menos, pero no se ha probado que esa idea (…) tuviera similitudes o coincidencias esenciales con la serie La Señora, ni siquiera con escenas o personajes parecidos, salvo que estaba protagonizada por una mujer (fuerte y adelantada a su tiempo)”.

Como el personaje de Melania Jacoby ya aparecía en la precuela, Nunca miras mis manos, publicada en 2003, la sentencia aclara que en esa novela previa, “salvo la mención a que se trata de una mujer, casada, que tuvo hijos (una hija en el caso de Victoria, la protagonista de la serie) y que tenía minas, en nada se parece ni coincide ni recuerda a la serie de televisión”.

¿En base a qué se hizo entonces una acusación de plagio, y, más aún, cómo es posible que prosperara y tras cinco años de instrucción se llevara a juicio? No pudo ser a partir de las conclusiones de un peritaje de la acusación que señala coincidencias que “son meramente circunstanciales, carecen de trascendencia e incluso suponen una banalidad en una acusación penal de plagio, tales como la utilización de barcos por algunos personajes en una zona costera, el sentimiento de dolor de los familiares ante una muerte, hablar de un perfume, bajar unas escaleras, la existencia de criados y preceptores en casa de la burguesía de principios del siglo XX, etc”. Vuelvo a repetir, los entrecomillados son extractos literales de la sentencia. Ese mismo perito considera también una coincidencia sospechosa de plagio que “la protagonista se mire al espejo en un ejercicio de introspección”.

La mayor parte de estas coincidencias se detectan además en la primera temporada de la serie, que como ya hemos apuntado se terminó de emitir en mayo de 2008. Si hiciéramos caso a las alegaciones de la acusación (que la sentencia considera infundadas) y la denunciante ya hubiera escrito para entonces la novela que no vio la luz hasta dos años después, ¿por qué tardó dos años en presentar la denuncia? A la jueza también le parece raro: “(La denunciante), pese a la ambigüedad de sus manifestaciones al respecto, tuvo conocimiento de la serie desde los primeros capítulos (…) Resultaría extraño de explicar cómo viendo la serie en el momento en que estaba siendo emitida por televisión y pese a manifestar que ya tenía prácticamente concluido su libro Melania Jacoby, no interpusiera denuncia ante la Fiscalía (…) hasta el 22 de febrero de 2010, un mes después de la conclusión de la emisión de la tercera temporada de La Señora y poco más de un mes antes de que se publicara su libro”.

Si Virginia no hubiera vivido durante estos seis años bajo sospecha, viendo incrédula cómo el caso prosperaba en los tribunales y hallaba eco en los medios de comunicación –muchos de los cuales sólo recabaron la versión de la denunciante–, todo esto sería para tomárselo a broma. Pero estaban en juego su prestigio, una inhabilitación para desempeñar durante dos años el trabajo que da de comer a sus hijas y la amenaza de una pena de cárcel.

Que alguien haya podido pensar que situar una historia en Asturias, en una época histórica determinada, que la aparición de unas minas y de los acantilados de Llanes (“por otra parte escenario natural comúnmente conocido por su belleza, ya que no nos encontramos ante un paraje recóndito”), y el protagonismo de una mujer fuerte adelantada a su tiempo constituyen elementos suficientes para sustentar una denuncia de plagio nos deja a todos los autores en un estado de indefensión absoluto. Los fiscales no van a dar abasto si empiezan a hacer caso a todos aquellos que aseguren que lo que hemos escrito ya se les había ocurrido a ellos antes. Entonces el futuro sí que va a parecer un relato de Philip K. Dick o de Franz Kafka.

Para saber más:

“Seis años de delirio”, por Virginia Yagüe. 

 

 

 

 


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