CARTA ABIERTA AL ESPECTADOR QUE ME DA DE COMER.

27 septiembre, 2017

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Por Juanjo Ramírez Mascaró.

Querido espectador de las cosas que escribo:

A veces me gustaría estar dentro de tu cabeza para saber cómo coño te tengo que tratar. La gente que me paga suele hablar de ti como si fueras una sola persona. Si es ése el caso, siento ser yo quien te lo diga, pero deberías ir al psiquiatra. Es posible que seas bipolar, o incluso esquizofrénico.

Me cuentan que te mueres de viejo y al mismo tiempo demandas contenidos frescos, que hueles a naftalina pero quieres “transmedia”, que te escandalizas con facilidad pero te mueres por ver “Juego de Tronos”.

Cada vez que me encargan una serie a tu medida empiezan usando palabras como “moderna” y “transgresora”. Tres semanas más tarde llegan a la conclusión de que lo que tú necesitas no es una orgía salvaje, sino celebrar un cumple infantil, o un guateque con canapés resecos y mediasnoches rancios. Resulta difícil saber cómo contentarte: A veces devoras esos aperitivos y en otras ocasiones nos dices que nos los metamos por el culo.

A veces mis compañeros y yo nos sorprendemos a nosotros mismos esperando el “cambio de hora”, deseando que llegue el mal tiempo para que se te quiten las ganas de ir a terrazas de verano y te encierres en casa a ver nuestra puta serie. Deseamos que nuestro mundo sea más triste, más oscuro… para que en vez de salir de juerga consumas nuestra mierda. Eso sí: No podemos mencionar las cosas que haces en esas juergas, porque te escandalizarían. Si me tratase un psicólogo me diría que tú y yo tenemos una relación tóxica (y, acto seguido, me preguntaría qué personaje escribo yo en la serie y me contaría un par de anécdotas que, según él, darían pa tres guiones)

De cuando en cuando decido que a lo mejor la información que recibo sobre ti no es fiable, que debería conocerte de primera mano. Así que te espío a través de la mirilla de las redes sociales y ¡joder! me caes muy mal. Cuando te leo en Facebook y en Twitter me reafirmo: Eres esquizofrénico, y estás muy enfadado. Me da miedo contarte cualquier cosa, porque sé que corro el riesgo de que me insultes e intentes adoctrinarme, o me acuses de estar adoctrinándote yo a ti. Te percibo acechando en las sombras, afilando el colmillo para GRITARME que debería pedir perdón al mundo por tener una visión sobre las cosas o, peor aún: Para distorsionar mi mensaje, para deformarlo hasta convertirlo en un monstruo deforme con el que defender, vehemencia mediante, tus propias ideas (aunque uses como coartada la descontextualización de las mías.)

Si crees que ésa es la más espeluznante de tus múltiples personalidades ¡oh, capullo esquizofrénico! es porque aún no te he hablado de esa otra faceta tuya, de esa pereza que me das cuando te vuelves a reír con ese chiste que ya era viejo cuando a mi abuela le bajó la regla; de esa vergüenza ajena al ver que compartes por enésima vez esa frase de Gandhi que en realidad no es de Gandhi; de esa tristeza al comprobar que te indignas con el titular de una noticia sin detenerte a leer la letra pequeña.

Eres el cuñado de todos los cuñados, aunque, según tus propias palabras, usar la palabra “cuñado” ya “huele a cerrado”. Esa clase de perlas son las que sueltas cuando das rienda suelta a tu personalidad más asquerosa y cansina: La del payaso elitista condescendiente que proclama que todo está “sobrevalorado” e intenta darme lecciones sobre qué debo votar en las próximas elecciones, sobre qué tengo que opinar para sacarme el carnet de feminista, sobre qué cadáveres del telediario me deben doler más y cuáles menos. Tarde o temprano harás para mí un tutorial sobre “cómo hay que ser Juanjo Ramírez”.

Un par de veces al mes bajo la guardia, dejo que la filantropía infecte mis neuronas y decido que, por mucho que lo parezcas, no puedes ser tan gilipollas como te retratan las redes sociales. Me escapo un par de horas de mi zona de confort y salgo a conocerte en persona; en los bares, en las salas de cine. Craso error. Invertir los diez euros que cuesta una entrada en escuchar tus conversaciones de móvil y el crepitar de los envases de plástico de las mierdas que comes no es el mejor camino para reconciliarme contigo. Se supone que me gano la vida queriéndote, mimándote, contándote cosas diseñadas para que seas feliz. Y sin embargo lo único que deseo es rociarte con gasolina y prenderte fuego. Ya lo conté por aquí, hace algún tiempo.

Entonces… ¿qué hacer? ¿De dónde sacar las fuerzas y el cariño para satisfacer a alguien como tú?

He decidido que cuando haga el amor contigo voy a pensar en otra persona para conservar la erección. Cerraré los ojos e invocaré la imagen de mi primer amor: Yo mismo.

Porque cuando empecé a dedicarme a esta mierda, ése era el afortunado al que intentaba contentar la mayor parte del tiempo. Imaginaba películas que me apetecía ver a mí, y que no existían. Escribía las historias que me moría por leer, y que nadie me contaba.

Tiene gracia: Huyendo de un imbécil como tú, me refugio en el único ser que conozco que es más imbécil que tú. Porque, como ya habrás deducido si has llegado hasta aquí, la estupidez no tiene secretos para mí.

Creo que he madurado bastante, pero hace cinco años también lo creía… y a pesar de ello, si recuerdo a mi yo de hace un lustro probablemente se me caiga la cara de vergüenza. A lo largo de mi corta existencia he sido mucha gente. He sido muchos de esos idiotas que conforman tu múltiple personalidad. He sido el cuñado simplón, he sido el snob elitista, he sido el infeliz cabreado con el mundo, el adicto a buscar tres pies al gato. Soy inocente de  algunos delitos: No he hablado con el móvil en el cine, ni he considerado que los seres humanos que ver el fútbol o el Gran Hermano sean inferiores al resto de soplapollas del planeta, ni he convencido a nadie para que sea vegano o para que se resigne a todo lo contrario. Pero habré cometido más delitos de los que he evitado, y supongo que son todos ellos necesarios para escribir historias con textura. Conozco más de mil maneras de ser imbécil, más de mil formas de encarnar todo lo que odio en ti.

Por eso confío en que, intentando escribir cosas que me gusten a mí, de vez en cuando acertaré y crearé engendros que te gusten a ti. Con un poco de suerte incluso acabarás rumiando mi mierda y convirtiéndola en un meme que atribuirás por error a Paulo Coelho.

Por eso pienso sudar sobre el teclado, pienso llenar los cartuchos de la impresora con mi sangre, pienso poner “alma, corazón y vida” cada vez que intente reconquistarme a mí mismo.

Por eso y por mucho más, cada vez que me pidas otra consumición pienso mearme en tu vaso, hijo de puta.


TWITTER ANTÉS Y DESPUÉS DE MANUEL BARTUAL

21 septiembre, 2017

Por Àlvar López y Carlos Muñoz Gadea

Hace poco más de dos semanas, Manuel Bartual revolucionó el campo de la ficción cuando decidió narrar un thriller en Twitter. Poco después, su historia llegaba a ser Trending Topic mundial durante dos noches seguidas, lo que provocó que pasara de tener 16.000 seguidores a más de 367.000 y que dejará una incógnita abierta: ¿puede ser Twitter un canal al que acudir en busca de ficción? Desde entonces, Bartual ha estado sumido en una vorágine de entrevistas y de proyectos que eran impensables para él hasta hace bien poco. Ahora, pasado el primer boom mediático, hemos querido analizar con él las consecuencias que puede tener Todo está bien (nombre del thriller) tanto en su trayectoria futura como en la forma de narrar historias y de estructurar una industria que, cada vez más, tiene el punto de vista puesto en lo que ocurre en Internet.

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Fotografía de Cynthia Estébanez

Antes que nada, felicitarte por el éxito que has conseguido con la historia. Es un buen ejemplo de que las cosas hace tiempo que han cambiado. Las televisiones ya no son las únicas que dictan qué se ve y qué no, y mucho menos son el único lugar donde la gente acude en busca de historias ¿no crees?

Gracias. Y sí, estoy de acuerdo. Aunque precisamente es de este escenario del que se ha beneficiado la historia que he contado a través de Twitter: ahora que todos nos hemos acostumbrado a consumir cualquier ficción a nuestro ritmo, cuando nos apetece, sin que nadie nos imponga un ritmo ni un horario concreto, enfrentarse a una ficción que no controlas creo que ha sido uno de los mayores puntos de enganche.

¿En qué momento decides que para esta historia el mejor formato es Twitter?

No fue algo demasiado meditado, pero realmente era la opción más sensata. Aparte de que es la red social donde más cómodo me siento y la que mejor manejo y entiendo, contar una historia a modo de hilo de Twitter era lo idóneo para un relato que se iba a prolongar durante una semana, ya que permitía que cualquiera pudiera ponerse al día fácilmente independientemente del momento en el que se enganchase a la historia. También contaba con una buena base de seguidores, algo más de 16.000 cuando comencé a publicarla. Aunque no hubiera llegado a las cifras que acabé alcanzando, ya me parecía una audiencia más que suficiente.

Imaginamos que, de haberla escrito en formato audiovisual, habrías apostado por otras herramientas. Ahora que ha pasado el primer revuelo, ¿cuáles crees que son las mayores diferencias que has encontrado a la hora de escribir entre un guión, digamos, convencional, y un guión para Twitter?

La principal diferencia y seguramente la más importante es que el público está recibiendo la historia mientras la vas construyendo. Al menos si haces como en mi caso, donde cada nuevo tweet lo escribía prácticamente tal y como los iba publicando.

¿Y cuál ha sido tu experiencia al respecto? ¿Has variado mucho conforme la historia ha ido creciendo y ha recibido más opiniones? ¿Crees que es más importante mantenerse fiel a tu historia o ser flexible y reaccionar a las demandas del público?

Puedes ir a la tuya y no escuchar la conversación que tu historia genere, pero lo verdaderamente interesante aquí es prestar atención a lo que te comentan los lectores y valorar si merece la pena o no incorporar algunas de sus sugerencias al relato. Jugar con ellos. Mientras no te desvíes de lo que estás contando, creo que sirve para que tanto la historia como la experiencia se enriquezcan. También es un fabuloso campo de pruebas en directo. En mi historia, teniendo en cuenta que necesitaba que transmitiera cierta verosimilitud, no tenía nada claro cuánto humor me podía permitir. Así que hice una prueba, y cuando vi que el público reaccionaba bien, me quedó claro que tenía vía libre para utilizar humor en momentos puntuales de la historia. No llegar a convertirlo en una comedia, pero sí utilizarlo como un recurso más. Al final fue uno de los grandes aciertos, porque todos esos guiños humorísticos se convirtieron en parte de la identidad del relato y ayudaron a que la gente conectase con lo que estaba contando. Sólo hay que fijarse en el número de comentarios, likes, memes y retweets que generaron los chistes que fui diseminando a lo largo de la historia.

¿Y cómo fue el proceso de construcción? ¿Escaletaste? ¿Esbozaste un perfil psicológico, aunque fuera mínimo, de los personajes?

Sí, cuando escribí el primer tweet ya tenía todo escaletado, no me habría tirado a esta piscina sin saber cómo acababa la historia y los hitos por los que debía pasar. Pero no esbocé ningún perfil psicológico ni nada parecido, más que nada porque el protagonista era yo y la única voz que iba a imponerse durante todo el relato era la mía. Los primeros tweets están escritos tal y como yo mismo podría haber contado en Twitter cualquier otra cosa real que me hubiera pasado en vacaciones, pero a medida que fue avanzando la trama, y en parte gracias a todo el humor que fui incorporando, ese Manuel se fue convirtiendo en una versión diferente a la del Manuel real, por decirlo de algún modo. Un Manuel un poco más valiente e insensato, porque yo habría tardado mucho menos en huir de ese hotel, y mucho más preocupado por su alimentación de lo que yo podría estarlo nunca si pensase que mi vida está en peligro. Ya sabéis: ¡el bollo!

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Cada nuevo tweet de Bartual se saldaba con miles de retweets, “Me gusta” y seguidores nuevos.

Sabemos que la pregunta es complicada, ¿pero crees que podemos asistir a la proliferación de historias en esta red social?

Twitter se ha utilizado para contar ficción desde sus orígenes, aunque de forma minoritaria. De un tiempo a estar parte sí que veo cierta proliferación. En todo caso, es difícil aventurar nada. Imagino que si otras historias acaban obteniendo repercusión, como ha pasado con la mía, habrá cada vez más gente que se anime a plantearse las redes sociales como otro medio más a través del que contar historias. A mí, como lector, me encantaría.

¿Crees que puede existir un canal de ficción dentro de Twitter, o es una herramienta demasiado informativa?

Una de las cosas que mejor hace Twitter es prestar atención al uso que le damos a su red social, e incorporar novedades en función de estos usos. Ahora nos parece que los retweets siempre estuvieron ahí, pero esto es algo que nos inventamos nosotros. Si la ficción acaba teniendo un peso importante en Twitter, no me sorprendería que llegasen a incorporar algo como un canal de ficción.

Y si fuera así, ¿crees que hay algún género que se adapte mejor a Twitter por sus características?

Creo que Twitter, como canal para desarrollar ficciones, admite muchos géneros y enfoques diferentes. Lo mío ha sido un thriller de ciencia ficción con toques de humor, pero me imagino perfectamente cómo se podría abordar un drama político a través de Twitter. Me parece un momento muy propicio para desarrollar algo así. O una comedia protagonizada por millennials. O un relato histórico trasladado a nuestra época, y adaptado a los tiempos y usos de Twitter o cualquier otra red social. Las posibilidades son infinitas.

En tu caso, ¿por qué te decantas por el thriller?

Me gusta el género. Me gustan sus reglas, y me siento cómodo construyendo sobre los esquemas propios del thriller. Es un género que admite prácticamente todo lo que le eches, y que da buenos resultados cuando conociendo sus reglas y esquemas decides romperlos. O por lo menos replantearlos, contarlos de manera diferente a la habitual.

Imagínate que fueras profesor de guión especializado en historias para Twitter (quizá no es tan descabellado pensar que puede llegar a existir algo similar). ¿Qué consejos básicos le darías a alguien que se encontrara en el proceso de escritura para poder construir un relato interesante?

Que escriba algo plenamente adaptado al medio que esté utilizando para contar su historia. Que trate de entender ese medio y valore bien de qué herramientas dispone, para sacarles el mayor partido posible. En realidad es un consejo que vale también para cuando te planteas narrar en cualquier otro medio. Ahora que prácticamente todas las historias están contadas, una buena forma de enganchar y sorprender al público es la forma en la que decidimos transmitirlas.

Lo que tu historia puede demostrar es que también se ha acabado eso de hacer una prueba de guión para entrar a trabajar en una productora. A parte de tu caso, recientemente tenemos a Diana Rojo, que entró a El Ministerio del Tiempo gracias (o al menos en gran parte) a la visibilidad mediática que adquirió uno de sus vídeos en Youtube. ¿Cuáles son, a tu juicio, las plataformas actuales que dan más libertad o permiten demostrar mejor la originalidad de un escritor?

Evidentemente Internet, en su totalidad. Cualquier red social, o un blog, o un canal de YouTube. Lo que sea que se ajuste a la historia que quieras contar. Nadie va a marcarte lo que puedes hacer o no, ni el enfoque que quieras darle a tu relato. Internet es el mejor escaparate para demostrar qué sabes hacer, y aunque haya mucho ruido y resulte difícil destacar, si lo que ofreces termina gustando puede llegar a muchísima gente. En Internet estamos todos.

Sin duda, tanto el vídeo de Diana como el tuyo pueden ser referentes actuales para un guionista a la hora de pensar y reflexionar sobre la creación de nuevas historias. A tu juicio, ¿cuáles son los referentes que un guionista debe manejar en la actualidad?

Yo procuro fijarme en lo que me rodea y no cerrarme a nada. Pero tampoco trato de imponerme nada, sino que me dejo influir por todo aquello que me gusta. Tras concluir la historia que conté en Twitter me di cuenta de un par de referentes no especialmente evidentes pero que, por decirlo de algún modo, me pusieron en el estado mental adecuado para construir y desarrollar mi historia. Por un lado Firewatch, un videojuego al que jugué hace unos meses, en el que te metes en la piel de un guarda forestal inmerso en una historia de misterio. Algo de su ambientación y de su ritmo estaban presentes en mi cabeza mientras construía el relato de mis vacaciones. Y por otro lado Hello from the Magic Tavern, un podcast de ficción que descubrí a finales del año pasado y que he disfrutado enormemente. No me canso de recomendarlo. De éste creo que me ha influido la manera en la que sus creadores abordan un formato como el podcast y su buen humor. Otra más: poco antes de irme de vacaciones volví a ver Creep, la película de Patrick Brice, escuchando el audiocomentario del propio Brice y de Mark Duplass. Acabo de recordarlo ahora. Duplass comentaba que la idea original de la película fue escribirla, dirigirla y protagonizarla él solo, pero lo acabó descartando porque vio que iba a resultar complicado sacar adelante una película con estos condicionantes. No pensé en ello de forma consciente cuando me planteé escribir y publicar en Twitter una historia protagonizada por mí en la que mi némesis iba a ser yo mismo, pero no descarto que ese comentario de Duplass activase algo en mi cabeza.

Vamos con otra pregunta complicada. Al ser la primera vez que se crea una historia así, no hay referentes en los que basarse, y quizá es sencillo reflexionarlo ahora, pero nos gustaría saber tu opinión sobre hasta qué punto crees que, como ocurre cuando se va al cine y el espectador sabe que está delante de una ficción, en Twitter debería ocurrir algo similar pese a que pueda perderse ese primer punto de misterio. A la vista esta que hay casos más que de sobra como el tuyo, desde la famosa Guerra de los Mundos de Welles, pasando por el de Joaquin Phoenix con su falso documental, hasta el falso documental de Évole, así que no queremos decantarnos (ni mucho menos opinar) ni hacia un lado ni hacia otro, sino, más bien, saber tu opinión sobre este tipo de productos y cómo y dónde limitar lo que “vale” o no como herramienta de atracción.

Creo que la línea de lo que “vale” y lo que no la marca que aquello que estés contando no perjudique a nadie. Me refiero a un perjuicio real, no a que alguien pueda pensar que aquello que estás contando es cierto y luego descubra que no es así. Cuando esto sucede, lo peor que puede pasarle a esa persona es que se dé cuenta de que quizá no deba creerse toda la información que le llega, o por lo menos sin cuestionarla o comprobar las fuentes. Te anima a desarrollar un pensamiento más crítico.

¿Tienes planeado recoger todos tus tweets y publicarlos a modo de libro?

No, no tendría sentido. No funcionaría igual. Esta historia ha de leerse en Internet, y a ser posible a tiempo real, según se fue construyendo. He podido comprobar que quien la he leído a posteriori también la ha acabado disfrutando, pero el efecto no sería el mismo si se trasladase a un libro.

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¿Hasta qué punto cambia tu agenda a medio plazo por lo que respecta a próximos proyectos el bombazo de tu historia?

Ha cambiado por completo. Me ha abierto puertas a las que hace apenas unas semanas ni se me hubiera ocurrido llamar. Ha sido algo completamente inesperado y es lo mejor que me podía pasar, que ahora tenga a gente dispuesta a ayudarme a que mis próximos proyectos vayan a contar con un apoyo y una difusión mayor, con mayores y mejores presupuestos. Y no dejo de pensar que lo más maravilloso de todo esto es que sea gracias a algo tan sencillo como lo que motivó que me pusiera a escribir estando de vacaciones: por el placer de pasármelo bien contando una historia.


CARLOS LÓPEZ, COORDINADOR “TIEMPOS DE GUERRA”: “LA GUERRA DE ÁFRICA ES NUESTRO VIETNAM”

19 septiembre, 2017

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Texto: Nico Romero

Fotos: Héctor Beltrán

El auto-expatriado Barrejón ya me lo advirtió. “Carlos es uno de los guionistas más agradables y educados con los que me he cruzado”. Y tenía razón. Inteligente, de conversación fluida e interesante, guionista de éxito y docente reconocido. Remata su tiempo y su compromiso con la profesión a través de la asociación “70 teclas”, que todos los años publica los guiones más interesantes que se han escrito en la temporada. Mañana estrena “Tiempos de Guerra” en Antena 3, uno de los éxitos garantizados del 2017.

SOBRE “TIEMPOS DE GUERRA”

El concepto de la serie es un gran acierto porque, aunque tiene escenas bélicas, en realidad la mayor parte del metraje transcurre en el decorado del hospital.

Claro. En ninguna serie en las que había trabajado hasta ahora, el decorado ha servido al guion de manera tan natural como en ésta. No nos ha sobrado ni una esquina. Además es que es precioso y funcional a tope.

Al ver el capítulo en Vitoria, un compañero me dijo que “Tiempos de Guerra” corría el riesgo de convertirse en un melodrama romántico como “Velvet” pero creo que, en lo profesional, esta serie tiene más peso que unas galerías de moda. Doy por hecho que la tuya también tendrá mucho de melodrama romántico pero explotais también el drama médico y el bélico…

Hay pretensión de contar algo con base histórica, cosa que no existía en “Velvet”. Y salimos del hospital para enseñar un campamento, una posición, una trinchera… Un segundo pilar de la historia es el drama médico. Bueno, histórico-médico, porque es un hospital de sangre y, por ejemplo, la asepsia estaba muy en sus comienzos. Ponerse mascarilla no era habitual. Hay manuales que indican que los días que se vaya a operar en el quirófano, conviene regar el suelo para que esté limpio. Para que te hagas una idea de cuál era el momento médico. Los hospitales de Melilla sufrieron una avalancha de heridos, con traumatismos de todas clases, y tuvieron que sortear alguna amenaza de epidemia. Mucho de esto se refleja en la serie, y los actores han tenido un pequeño “training” para ver cómo se hacía el trabajo de enfermería en aquella época.

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¿Y la tercera pata?

El tercer pilar de la historia es el melodrama romántico, por supuesto. Quizás de las tres patas, la que más puede sea la del melodrama.

Lógico en una televisión generalista.

Además, es uno de los sellos de la productora. Y sí, por supuesto, es una serie para una cadena generalista. Hay quien en estas cosas siempre dice: “os habéis ido a lo fácil, al éxito seguro”. Nadie sabe cuál es la fórmula del éxito. Y hacer una serie que guste a cuatro millones de personas no me parece precisamente fácil.

Intentando además diferenciarte de todos los que llevan años intentando gustar a los cuatro millones.

Y además haciéndolo mejor de como lo hicimos el año pasado. Yo creo sinceramente que “Tiempos de guerra” intenta ser mejor que las series que hemos hecho en temporadas anteriores. Y es algo que extiendo a todas las series españolas: se está avanzando a pasos de gigante.

¿En qué momento del proceso entras tú?

Ramón y Gema me llaman cuando tienen el concepto y una pequeña biblia, por los que estaba interesada la cadena. Yo empiezo a trabajar en el piloto con ellos, que aún no estaba escrito. Creo recordar que a mediados de agosto de 2016 me dicen “queremos que escribas el piloto y coordines esta serie” y la primera versión del piloto es como del once de septiembre. Teniendo en cuenta que entre una fecha y otra me había vuelto loco documentándome.

¿Pero teníais escaleta?

Teníamos el concepto: el viaje de las Damas Enfermeras para abrir un hospital en plena guerra. No obstante, la primera versión aceptable no llegó hasta finales de octubre, creo, muy parecida a la que se grabó en abril. Enseguida se vio que tenía buena pinta, lo que ayudó a que la cadena se lanzara. Entonces me puse a trabajar en el mapa de tramas. A lo largo de la temporada he trabajado en tres diferentes porque haces uno y cuando de repente vas a mirarlo está muerto o desfasado. Te lo has comido, o has tirado por otro lado.

¿Lo haces con el equipo?

Lo proponía yo, de acuerdo con Gema R. Neira y Ramón Campos, y lo desarrollábamos con el equipo de guionistas.

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¿Contáis con documentalista?

No. Hemos contado con un asesor, pero entró más tarde. Yo es que soy un poco enfermo de la documentación y cuando he trabajado con algún documentalista suelo correr más que él. Yo soy licenciado en Periodismo y quizá por eso tengo esas ansias de investigar y muy a menudo descubro lo que quiero contar cuando me estoy documentando. Nunca dejo una secuencia con diálogos técnicos en blanco para que la rellene el asesor. Siempre lo intento yo. Para esta serie me he leído libros de enfermería, de Historia, militares, diarios de la época, tesis doctorales… Todo lo que he podido porque es apasionante. Pero la serie es de ficción. No estamos contando la Historia de España ni lo que pasó en Annual. Aunque en las anécdotas, en las pequeñas cosas, en algunos diálogos, hay muchas referencias que son reales.

¿Quién y cómo seleccionais a los guionistas?

Los elegí mano a mano con la productora. Con Nacho Pérez de la Paz y Estíbaliz Burgaleta no había trabajado, pero eran bazas seguras. Con Daniel Martín Serrano trabajé en “El Príncipe” y en “Hospital Central”. Y con Miguel Ángel Fernández he trabajado en muchas ocasiones (“Hay alguien ahí”, “Angel o Demonio”, “11-M”) y es de absoluta confianza en el trabajo, aparte de un placer.

¿Tienes responsabilidad más allá del departamento de guion?

No.

¿Y posibilidad de modificar guiones a partir del visionado de premasters?

No. Empezamos con muy poquito colchón. Teníamos aprobados solamente dos capítulos cuando empezamos a grabar.

Pues tampoco sois un equipo amplio.

No, no. No hemos parado de trabajar, y apenas hemos tenido tiempo de ver alguna secuencia suelta. A día de hoy he visto menos que tú incluso, porque del capítulo uno yo he visto una versión sin efectos.

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A mi el capítulo uno me gustó mucho. Es lo único de Vitoria que me atrevo a asegurar que será un éxito de audiencia.

Eso dice todo el mundo ¿Y “La catedral del mar”, no?

También me gustó muchísimo pero no es para todos los públicos. A mi chica la va a echar, por ejemplo.

Hay una cosa de “Tiempos de Guerra” que a mí me gusta mucho y que viene desde guion: hasta casi el minuto 50, el capítulo va disparado.

Sí. Y cuando lo ves tienes la sensación de que está ocurriendo lo que tiene que ocurrir.

En un piloto no es fácil, pero creo que sí, que los personajes se van presentando a medida que avanza la acción, y da sensación de que no se detiene.

En la crítica que escribí cuento que me faltó ver a las enfermeras un poco más superadas cuando se enfrentan a sus primeros pacientes.

Probablemente. Yo espero que funcione porque en la Historia reciente de España tenemos un pozo de ficción maravilloso. Hubo un tiempo en el que cada guionista con el que hablaba tenía un proyecto en la guerra de África. Yo también tenía una historia ambientada ahí, un proyecto sobre el expediente Picasso… así que cuando me llamaron me sumé encantado. Ha sido una guerra muy importante en nuestra Historia y me temo que el público ni siquiera la conoce. Fue fagocitada por la Guerra Civil y muchos espectadores las confundirán. Estoy seguro. Yo siempre digo que la guerra de África es nuestro Vietnam, que no lo hemos superado. Que a poco que escarbes hay un hilo directo entre la guerra de África, la dictadura de Primo de Rivera, la República, la Guerra Civil, el Franquismo y nuestros días. Fíjate que ha pasado un siglo pero se ve tan claro que es increíble que no se hagan más historias sobre esto. Además, las derrotas son mucho más dramáticas que las victorias, obviamente, y más si se trata de una de proporciones dantescas como ésta. Me gustaría que a partir de “Tiempos de guerra” se abriera la veta porque se ha hecho poquísima ficción sobre esto.

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SOBRE CARLOS

Oye, y el tema de “La niña de tus ojos” y “La reina de España” ¿Cómo va?

Pues en mitad del proceso, el calendario judicial es muy lento. Es probable que no haya un resultado hasta dentro de un año o dos, lo cual es muy fatigoso. Pero ahí seguimos, claro.

Tú tienes una larga carrera profesional pero permíteme que salte directamente al primero de tus éxitos recientes. “El príncipe” para Plano a plano. ¿Cómo entraste en ese proyecto?

“El Principe” tuvo una vida muy larga y tortuosa antes de su emisión. Fue un empeño de César Benítez y Aitor Gabilondo que fue rechazado por todas las cadenas, incluido Telecinco. Yo entré cuando faltaban dos meses para la grabación, aunque finalmente fueron nueve. Creo recordar que el piloto iba por la versión 18 y llegó hasta la 27.  Me llamó Aitor Gabilondo, con el que había trabajado en su época de Zeta Audiovisual, cuando yo formé parte del equipo de guion de “El síndrome de Ulises”. Yo acababa de escribir “11-M”, con lo que de yihadismo iba bien servido. Por eso en “El Príncipe” me tocó ser un poquito el experto yihadista, aunque en ello andábamos todos, convencidos de que nos tenían pinchados los teléfonos.

¿Y cómo fue tu desembarco en “Bambú”?

“El Principe” fueron tres años de trabajo y al acabar me llamaron para hacer “La embajada”. Había un piloto escrito y querían que lo reescribiera, que coordinara la serie y que fuera también productor ejecutivo.

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“La embajada” es una de mis series de Bambú favoritas y, sin embargo, ha pasado un poco desapercibida ¿Por qué? ¿Qué hicisteis mal?

Bueno. La sensación de éxito o fracaso es siempre relativa. El estreno fue visto por más de cuatro millones de espectadores y, aunque tuvo una caída imparable desde el capítulo uno hasta el once, en este último tuvimos dos millones. Quizá fue un problema de expectativas porque se infló un poquito el globo. Se decía entonces que en España hacía falta una serie política y en esta serie, aunque hablábamos de política, el tema principal era la corrupción. Se esperaba que fuera el “House of Cards” a la española y no era eso. En ese sentido sí que para algunos pudo ser una decepción.

“La embajada”, “El Príncipe”, el 11-M. Tengo la sensación de que te gusta la política

Será porque vengo del periodismo. Es muy habitual para mí sacar historias de los periódicos.

¿Y cuáles crees que son los límites a la hora de hablar de política en ficción?

Yo soy pesimista. Los españoles nos reímos de cualquier cosa menos de nosotros mismos. Parece que estamos abiertos a todo, que nos gusta la risa, pero no es verdad. Lo aprendí en “Los guiñoles”. Tenemos la piel muy fina. Enseguida pensamos que se están metiendo con nosotros y hacemos bandos. Nos reímos del contrario, pero ojo con reírte de mí. Y esto tan mezquino hace que sea imposible ser un poco “destroyer” y meter caña. Nos obligamos a ser equidistantes o justos con todo el mundo.

Pero no es lo mismo equidistante que justo. De hecho a veces es incompatible.

Claro. Equidistante tiene que ser el BOE. Si la ficción tiene que ser equidistante apaga y vámonos. Si la ficción no hiere un poquito, si no pega un grito… entonces, ¿para qué? A lo mejor es cuestión de tiempo, de ir avanzando poco a poco. Hace años era imposible hacer chistes con un vasco y un andaluz y ahora está de moda. Antes todo tenía que ocurrir en Madrid o en el planeta “ficción” y ahora no.

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“El príncipe” fue novedosa en ese sentido. Transcurría en Ceuta. Te decía que, a mí, como guionista y estudiante de Políticas me encantaría ver un “Borgen” a la española pero creo que ni el público ni las cadenas están por la labor.

Ha habido intentos. Recuerdo una tv movie que se llamaba “El tránsfuga”. Y ha aparecido en los medios el anuncio de alguna serie política. Lo que está claro es que material hay para aburrir. Después del 15-M y de todos los procesos por corrupción que ha habido, cada vez sabemos más de política, lo que hace que podamos interesarnos por tramas como las de, por ejemplo, “Borgen”. Hay quien dice que son las cadenas las que no se atreven, que censuran. Más que eso, yo creo que, sencillamente, las cadenas son empresas comerciales y temen perder espectadores.

¿Por comprometerse políticamente o porque no interesa el tema?

Por las dos. Incluso aunque crean que hay público, durante mucho tiempo seguirán diciendo: “Mejor no cites a este político”, o “invéntate un partido, no pongas uno real”… porque tienen miedo de segmentar, de expulsar de la audiencia a los partidarios de ese hombre o esas siglas. A lo mejor primero hay que entrar por el humor y luego ponerse serios. O, como me enseñó un maestro, contar al protagonista a través de los ojos de otro, como se hace, por ejemplo, en “El Gran Gatsby”. Quizá la forma de hacer una serie política sea contarlo desde la perspectiva de un periodista o un policía que está investigando… Me da la sensación de que lo hemos intentado de frente y nos hemos estampado.

“Las chicas del cable”, “Velvet”, “Tiempos de guerra” son melodramas protagonizados por mujeres trabajadoras. Parece que es el camino del éxito para Bambú, así como hace años la dramedia costumbrista lo fue para Globomedia ¿Qué otros caminos hay para alcanzar el éxito?

Si yo lo supiera…

Bueno… el del “Príncipe” por ejemplo es distinto.

Nadie sabía que aquello iba a ser un éxito, porque nunca lo sabe nadie. “Las chicas del cable”, la primera serie española de Netflix, ha sido un éxito… ¿tú crees que estaban seguros de que iba a serlo?

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Bueno pues ¿qué camino te gustaría recorrer a ti?

Tengo docenas de historias en el cajón. Pero tengo un problema desde el principio y es que yo, como Olivares, vengo de Usera, de una familia que no tenía ni para pagarme los estudios. Entonces yo entré en esta profesión y tuve la necesidad y la suerte de ganarme la vida con esto. Ese era mi sueño, vivir de lo que escribía, y lo tengo cumplido desde hace veinticinco años. Y siempre he necesitado mi trabajo para vivir, así que no he podido pararme durante un año para intentar escribir la película de mi vida. No sé si lo habría conseguido, porque nunca me he lanzado. Lo que siempre he hecho ha sido meterme en cosas que suponen un reto para mí, que no sabía hacer, que me quedaban grandes. Hubo una época en que todo el mundo te preguntaba: “¿Y tú, cuando diriges?” Hoy día ya no pasa. A mí me jodía porque la pregunta daba por hecho que lo de escribir era transitorio, algo menor. Yo he encontrado muchísimo placer en escribir y siempre me he dejado llevar por proyectos que suponían un reto. Y aunque el proyecto no tuviera ni pies ni cabeza, yo siempre he intentado hacerlo lo mejor posible, entre otras cosas porque no sé cómo se hace mal. He contado muchas veces la anécdota: hace años un productor me dijo: “¿Tienes algún guion por ahí? Es que me van a dar una subvención seguro.” Y yo le dije: “Lo siento,  pero en este momento no tengo ninguno terminado.” Y me dice: “Dentro de quince días acaba el plazo. Hazte uno, Aunque sea malo”. Y yo le dije: “Es que tardo lo mismo”.  Yo no sé escribir guiones malos… los he escrito horrorosos, pero cuando los estaba escribiendo estaba convencido de que eran buenos. Necesito esa pasión para sentarme al teclado.

¿Y ahora en qué andas?

Ahora mismo todavía estoy a vueltas con el capítulo 13 de “Tiempos de Guerra”. Así que cuando empecéis a ver la serie, nosotros la estaremos terminando.

 


DE PROFESIÓN: CÍNICOS.

6 septiembre, 2017

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Por Juanjo Ramírez Mascaró.

Hace algún tiempo se estrenó una serie en la que había participado como guionista. Fue un desastre, pero creo que eso no sorprendió a ninguno de los que habíamos escrito en ella. Apenas me afectó que la serie no funcionase, pero sí me afectó comprobar lo poco que eso me afectaba.

Me dio cierta pena (e incluso cierto miedo) ese grado de desapego, esa facilidad para asumir que nuestro trabajo desemboque en el contenedor de la basura, como si eso fuese algo lógico, natural, aceptado de antemano como parte indisociable del proceso. Pienso en el Juanjo de hace veintipico años y en su recién descubierta vocación de escritor. ¿Qué opinaría aquel chaval de esta resignación cansada que me aqueja, de esta epidemia de conformismo, de este abaratamiento de las aspiraciones? Si aquel adolescente ingenuo supiese dónde desemboca el camino que inició con sus primeros cortometrajes, ¿se le quitarían las ganas de recorrer dicho camino, o acaso lo galoparía a toda prisa para agarrarme del cuello y des-anestesiarme con un par de hostias bien dadas?

Eso es lo que me encuentro en más de la mitad de las series y programas de España: Guionistas anestesiados. Tecleamos y escaletamos casi por inercia, inmersos en una rutina mental de funcionario, navegando en un barco que no nos gusta hacia un destino en el que no confiamos, y es ése el caldo de cultivo ideal para una de las plagas más peligrosas del mundo del guión, y de la vida en general:

El cinismo.

Hace tiempo me atreví a definirlo de la siguiente manera:

El cinismo es el arte de arroparte con la toalla en el suelo, una vez que has decidido tirarla.

Así es al menos como yo lo percibo, desde mi posición de cínico ocasional: La actitud de aquél que ya ha dado la batalla por perdida, y en el caso de los guionistas creo que hay también un componente de “huída hacia delante”. Nos creemos mejores y más listos que la gente que nos contrata, más talentosos que los gerifaltes que nos imponen limitaciones. Demasiado buenos para desperdiciar nuestro potencial participando en el engendro mediocre que nos da de comer. Quizá por ello nos obsesionamos con demostrar a nuestros compañeros (y a nosotros mismos) que somos más brillantes de lo que nos permiten ser en el curro, y como alguien nos ha hecho creer que ser cínico es sinónimo de ser inteligente, damos rienda suelta a toda esa mezquindad proyectándola sobre el chivo expiatorio que tenemos más a mano: La propia serie (o programa) donde trabajamos.

Creo que en muchas producciones televisivas de este país, los chascarrillos de sus guionistas poniéndolas a parir son más ingeniosos y elaborados que los contenidos de esos guiones por los que les pagan. Hay más chispa en los grupos de whatsapp paralelos y en los descansos del brainstorming que en el producto final. En ese intento de demostrar que somos mejores que nuestro trabajo mercenario, hacemos bullying a nuestras propias series. Esos críticos televisivos que las despedazan el día del estreno rara vez serán tan crueles como lo fueron sus propios creadores durante la gestación. A veces nos toca trabajar en proyectos en los que NADIE confía. Uno tiene la desoladora impresión de que todos, desde el jefazo que les dio luz verde en la cadena de televisión hasta el guionista más raso, pasando por productores, directores, coordinadores… TODOS miran al proyecto de marras como miraría un abogado a un cliente sin salvación posible. Desarrollamos esos engendros dando por hecho que, como mucho, podemos evitarles la cadena perpetua bajándonos los pantalones para llegar a un trato. “Tenemos que ceder, señor Capítulo Piloto V8. Con suerte dentro de veinte años podrás salir de la cárcel por buena conducta, antes de que te pongan mirando pa la señora de Cuenca.”

Lo más triste del asunto es lo rápido que nos acostumbramos a esa mierda. Ya ni siquiera nos parece chocante que nuestro día a día consista en criar un hijo al que no amamos y en insultarle para sentirnos mejor.

No seré yo quien niegue que esa desidia, en muchas ocasiones, está justificada. Todos estamos hartos de ver equipos de guionistas muy punteros pariendo subproductos muy por debajo de sus posibilidades, y las razones por las que esos “dream teams” están condenados a firmar cosas indignas darían para otro post. Sin embargo, creo que ni siempre sucede así, ni conviene enarbolar como estandarte ese cinismo derrotista antes mencionado.

Soy de los que opinan que el cerebro, ese ordenador portátil que tenemos entre los hombros, funciona de un modo u otro según los parámetros con que lo programemos. Si introducimos en él ciertos axiomas, ciertas limitaciones, es posible que estemos capando nuestro potencial involuntariamente.

Estoy convencido de que en algunos de nuestros curros mercenarios somos incapaces de tener ideas brillantes simplemente porque nos hemos convencido a nosotros mismos de que no estamos en un sitio adecuado para ser brillantes. De pronto nuestras musas son como esas tortugas que no pueden crecer más porque están encerradas en un terrario demasiado pequeño. Ese terrario, al menos en gran parte, está en nuestra cabeza. Es un asunto de percepción mental.

¿No tenéis la impresión de que algunos actores, algunos músicos, algunos técnicos, al margen de su indiscutible valía, sólo alcanzan su máximo esplendor cuando trabajan con ciertos directores? Tengo la teoría de que los buenos directores consiguen crear un clima determinado, una burbuja dentro de la cuál a todo el mundo le nace dar lo mejor de sí mismo, o lo más auténtico, casi sin proponérselo. Quizá sea eso lo que define, por encima de muchas otras cosas, a un gran cabeza de equipo. Fabricar en las mentes de sus subordinados el terrario más amplio posible.

Esos guionistas subordinados, como contrapartida, están casi en la obligación de hacer crecer sus ambiciones como si quisiesen romper las paredes del terrario. Nuestra misión es galopar, la de nuestros jefes es tirarnos de las riendas.

Es probable que, a pesar de tus esfuerzos, la serie o programa en cuestión siga siendo una mierda, por factores ajenos a ti. Así que no des el do de pecho sólo por el bien del proyecto, hazlo también por ti mismo. Un guionista que trabaja bien en una mala serie tiene más probabilidades de que alguien se acuerde de él en el futuro para ofrecerle un puesto en una serie mejor. Un guionista que no se conforma con la comodidad de lo mediocre acabará no sólo creyéndose bueno, sino incluso siéndolo.

A veces funcionamos a medio gas en el teclado o en la sala de brain por ese miedo inconsciente a malgastar nuestras mejores ideas en historias que ni son nuestras ni nos representan. Según mi experiencia, ese temor es injustificado. Creo que el grifo de las buenas ideas es inagotable, siempre y cuando lo tengamos bien engrasado, del mismo modo en que una teta no deja de dar leche mientras continúes ordeñándola. Por ello defiendo la idea de ordeñar con voracidad a nuestras musas incluso en los trabajos más indignos. Mantener el músculo entrenado. En contra de lo que solemos creer, esta actitud no hará que lleguemos secos a otros curros más “dignos”, o a nuestros propios proyectos. Llegaremos más entrenados, con más munición, con más puntería. Lo único que necesitaremos para no caparnos es seguir reprogramando continuamente esos parámetros que formatean nuestro cerebro.

Yo me recuerdo a mí mismo todo esto que os acabo de contar precisamente para eso: Para intentar formatearme el coco. No es fácil.


PÁJAROS EN LA CABEZA

4 septiembre, 2017

Por Jesús Cañadas 

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Formar parte del equipo de guionistas de Vis a Vis ha sido una de las experiencias profesionales más relevantes de mi vida. Uso aquí la palabra relevante por dos motivos:

El primer motivo está claro: en Vis a Vis conocí a guionistas como la copa de un pino. Gente con la que conecté a nivel creativo, personal y profesional. Aprendí muchísimo de ellos, trabajé bajo presión y con holgura, y entre todos creamos un producto del que sentirnos orgullosos.

El segundo motivo tiene que ver con los pájaros que tengo en la cabeza.

Una de las primeras cosas que aprendes como novelista es que eres a la vez el origen y el eslabón más débil de la cadena. Editores, maquetadores, ilustradores, libreros, distribuidores… la mayoría (no todos) los profesionales del género son eso, profesionales. Viven o malviven de su trabajo. Llegan, a veces con muchas dificultades, a fin de mes.

El autor, no.

El autor, no, y las pretensiones de hacerlo, de profesionalizarte, están casi mal vistas. Quienes escribimos libros cobramos poco. Punto. Es una realidad aceptada. Salvo excepciones, el salario mínimo interprofesional nos queda tan lejos que es casi una broma. El adelanto que recibes por un libro al que has dedicado entre uno y dos años puede, en el mejor de los casos, cubrirte seis meses. Eso si tienes suerte. Si no la tienes, no llega al sueldo de un mes.

“Los escritores nunca han vivido de su trabajo”, me decía una amiga hace poco. “Siempre han compaginado la escritura con otra actividad. Esos pájaros te los ha metido en la cabeza el cine; las pelis de Woody Allen, de los Cohen, de Polanski”.

Yo, como soy muy cabezón, siempre he pensado que esos mismos pájaros se debieron de meter en la cabeza de la primera mujer que quiso votar o abrirse una cuenta bancaria sin permiso de su marido, del primer obrero que pensó en una jornada de ocho horas, de la primera mujer negra que no quiso sentarse en la parte trasera del autobús. En hacer algo que nunca se había hecho antes, pero que tenía todo el sentido del mundo.

Quizá sea por ser hijo de currante. Quizá sea porque mi padre se pasó toda su vida montando andamios en los astilleros de Cádiz, quince horas al día, y a final de mes le pagaban cada puta hora que echaba. Quizá sea porque me han criado pensando que, si quieres que te traten como un profesional, tienes que comportarte como uno.

Pájaros en la cabeza.

Por eso cualquier cosa que aliente esos pájaros se percibe como una victoria, como un paso que te acerca más a esa profesionalización que todo el mundo ve imposible. Por ejemplo, que una productora te escriba después de haberse leído uno de tus libros para proponerte que colabores con el equipo de guionistas de una serie de televisión.

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Portada de la novela de Jesús Cañadas

Y por eso estás dispuesto a aceptar el salario que te ofrezcan. Aunque esté por debajo de un convenio del que ni siquiera has oído hablar. Porque, ¿qué convenio tienen los novelistas? El que tengo aquí colgado. Ja. Risas enlatadas. Aplausos.

Ese es el segundo motivo por el que escribir para Vis a Vis ha sido de las experiencias profesionales más relevantes de mi vida: porque he podido experimentar el alivio de tener un sindicato que defienda tus intereses. Me refiero al sindicato ALMA.

Meses después de haber terminado la serie, ALMA se puso en contacto conmigo para notificarme que había estado cobrando por debajo de lo que estipulaba el convenio. ALMA se encargó de sacudirme por los hombros y no sólo no espantar esos pájaros en la cabeza, sino meter más. “Te deben dinero”, me dijeron a las claras. “Si quieres ser un profesional, compórtate como uno. Reclama lo que es tuyo”.

Pero lo más importante es que me dijeron: “No estás solo. Vamos a reclamar contigo”.

En un país como España, con su abanico de leyes maquilladas para parecer que apoyan al profesional autónomo aunque en realidad hagan todo lo contrario, tener a una entidad que te respalde por la vía legal suena casi a ciencia ficción. Casi como sonó en su día que una mujer negra se sentase en la parte de delante en el autobús. Casi como sonó en su día que una pareja homosexual contrajese matrimonio o adoptase. Casi como sonó en su día que un obrero tuviese vacaciones, seguro, jornada laboral de ocho horas.

Tomás Rosón, el abogado de ALMA, se encargó en todo momento de explicarme cada punto del proceso de reclamación. Rosón respondió a mis dudas, me tranquilizó cuando me asaltaba la inseguridad que todo autor lleva implantada de fábrica, consultó opciones conmigo y llevó toda la negociación con la empresa que me debía dinero. Rosón, en nombre de ALMA, consiguió que me indemnizaran, sin llegar a juicio, evitando tensiones innecesarias e implicar a terceros. Casi como si fuera lo normal. Casi como si se tratase del caso de un trabajador. Un profesional que, con ayuda de su sindicato, cobró lo que estaba estipulado, sin dramas ni aspavientos, sin levantarse de la silla, sin complicarle la vida a nadie. Simplemente yendo de la mano de la entidad que lo defiende cuando estas cosas pasan. ALMA, el sindicato que se parte la cara para que cada vez pasen menos.

No os puedo describir la sensación de tener a alguien que vele por tus intereses, que reclame cuando se ven amenazados, que proteste contigo para que te oigan y prosiga todos los pasos legales posibles hasta que cobres por tu trabajo. No os puedo recomendar lo suficiente que, si os veis en la misma situación, contactéis con ALMA, que habléis con Rosón, que no os calléis. Que os comportéis como los profesionales que sois.

Lo que sí os puedo decir es que trabajar en Vis a Vis ha sido de las experiencias profesionales más relevantes de mi vida.

Me ha metido muchos más pájaros en la cabeza de los que ya tenía.


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