INSTRUCCIONES PARA MONTAR TU PROPIA GALA DE PREMIOS

21 febrero, 2019

Hartos de ninguneos, malos contratos y alfombras rojas vetadas, los guionistas españoles han decidido montar su propia gala de premios. Coincidiendo con su treinta aniversario, el sindicato ALMA entregará los ‘Premios ALMA’ el próximo 28 de marzo en el Palacio de la Prensa de Madrid. La gala se ha organizado siguiendo estás sencillas instrucciones:

1. Si eres el pringado de la clase, si no te invitan a ninguna fiesta, no te rindas: busca a otros de tu especie, monta tu propia fiesta, y no invites a nadie que no sea un pringado. Efectivamente, los premios del sindicato ALMA sólo tienen siete categorías, y son todas de guión.

2. Si en tu fiesta hay un concurso, asegúrate de que todo el mundo gana algo. El sindicato ALMA tiene poco más de 600 afiliados. Los nominados a sus premios suman 119. (¿Ciento diecinueve? CIENTO DIECINUEVE). Tiene sentido: si en clase nunca te eligen delegado, ni te incluyen en ningún equipo de deportes, júntate con los demás perdedores y votaos entre vosotros de forma que TODOS seáis delegados un rato.

3. No te preocupes por quién presente la gala. Siempre hay actores y actrices convencidos de que los guionistas tenemos poder de decisión. Y es que, por muy pringado que seas, siempre hay alguien más pringado que tú. En este caso, será el intérprete contratado para presentar la gala. La criaturita pensará que estar a bien con los guionistas le vacuna contra muertes inesperadas de su personaje en la serie. También creerá que esto puede darle algo de eco mediático. Lamentablemente, como será la única persona medianamente atractiva en la sala, nadie absolutamente retransmitirá el evento. Ni por Twitter.

4. No te preocupes por el local. No hay nada más fácil que encontrar un cine disponible en el centro de Madrid. Total, ganan menos dinero vendiendo entradas que alquilando las salas para eventos.

5. No te molestes en imponer un dress code. Vestir un traje es a un guionista lo que leer un guión es a un productor. Sencillamente, no son capaces. Considera un triunfo que no vengan todos los hombres con camisa de cuadros. Por otro lado, ningún showroom iba a prestar trajes para una gala de guionistas, así que si pides black tie verás a un montón de gente vestida como en la última boda a la que fueron.

6. Reza para que no gane Amar es para siempre y quieran subir sus 23 (¿Veintitrés? VEINTITRÉS) guionistas a dedicarle el premio a su madre.

Ah, y sobre todo:

7. Recuerda que tú no trabajas para la industria. Ni para los medios. Ni para cruzar alfombras rojas. Tú trabajas para tu público. Es bueno que una noche al año nos juntemos los que no lo petamos en Instagram, ni presentamos Goyas, ni tenemos chalets en Ibiza, a decir ésa serie estaba bien escrita, se merece un aplauso.

A continuación, la lista de nominados a los Premios ALMA del Sindicato de Guionistas 2019 (que, bromas aparte, no todos son de ALMA. Hay que ser de ALMA para votar, pero no para salir nominado):

Y si eres afiliado a ALMA, recuerda que ya está abierto el plazo para votar a los ganadores. Loguéate en la web del sindicato y vota antes del 6 de marzo.

Sergio Barrejón.


MOBY DICK: CAVESTANY DESEMBARCA EN EL TEATRO COMERCIAL

20 febrero, 2019

Por Pablo Bartolomé.

La obstinación es algo fascinante. Al menos, si la entendemos como herramienta narrativa para la construcción de personajes.

La obstinación nos permite escribir un personaje cuyo motor sea la autodestrucción y que esto sea verosímil. Es un recurso que nos permite definir personalidades complejas y con las que poder empatizar fácilmente.

Me atrevería a decir que el truco reside en que vivimos en un momento de clara tendencia a la devastación. La capacidad para inmolarnos está dentro de cada uno de nosotros como individuos y como sociedad -no hay más que ver las últimas encuestas electorales para comprobarlo-, la desolación es, o eso afirmo yo, el zeitgeist en el que estamos inmersos.

Es, quizá por esto, que Moby Dick, el texto de Herman Melville, se adapta tan bien a nuestros días. Y es normal. El texto, además de brillante, pasa por mostrarnos a uno de los personajes más deslumbrantes y abstrusos de la literatura, y lo es, entre otras cosas, porque es un personaje definido por una obsesión que lo acaba destruyendo. Estoy hablando, obviamente, del capitán Ahab.

Por lo tanto, que Pentacion espectáculos nos traiga hasta el Teatro La Latina una adaptación de la obra de Melville –en cartel hasta el 10 de marzo-, es cuanto menos interesante. Si encima, la adaptación corre a cargo de Juan Cavestany y el encargado de dirigirla es Andrés Lima es, además, estimulante.

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No es Moby Dick un texto fácil de adaptar. La obra de Melville, que a veces de expansiva parece inextricable, no es el reflejo de un universo que poder constreñir a las tablas de un teatro. Sin embargo, Cavestany lo hace. Y lo hace bien, muy bien. Apostando todo a una sola carta, el personaje de Ahab, el capitán del ballenero Pequod, obsesionado con dar caza a un ser fantástico (en todas sus acepciones), como lo es Moby Dick, el enorme cachalote blanco. Asumiendo, o entendiendo, que esa es la esencia de la novela.

Como muestra, el libreto no empieza con el ya eximio “Llamadme Ismael (Call me Ishmael)”, sino que aparecemos directamente en la cubierta del Pequod, con un Ahab en el centro y como centro (interpretado por Josep María Pou), que ya está inmerso en la locura. Arrancamos sin aviso, sin prevención, directamente en un In medias res emocional, que nos transporta paso a paso, indolentes y sin remedio, a un abismo oscuro -y húmedo- como es la caza de la ballena blanca.

El texto son 90 minutos, una hora y media sobre el escenario en la que Ahab lo es todo. Aunque Josep María Pou no está solo: la narración se reparte entre dos actores más (Jacob Torres y Óscar Kapoya), que dan vida a los distintos tripulantes del ballenero.

Es esta una propuesta oscura y compleja, que no se muestra amable con el espectador, sino más bien retorcida y amarga, ya que Cavestany traslada a monólogos las sesudas reflexiones que se encuentran en la obra original.

No sobra ni falta nada ni nadie para sentir que estamos en medio de la batalla que tiene Ahab contra todo y contra todos. Andrés Lima consigue reproducir la proa de un barco con no muchos elementos escénicos y una apuesta dinámica (y, por tramos, brillante), que nos permite visualizar todos los ingredientes narrativos que plantea la adaptación de Cavestany, desde una simple tormenta hasta la complejidad de la pesca de los cetáceos.

Es esto, desde mi punto de vista, lo mejor de la obra: la capacidad de Lima para trasladar al universo teatral los componentes más simbólicos que encierra la locura del personaje de Ahab. Y el director lo consigue con una simpleza admirable, algo habitual en él.

Me gustaría resaltar dos de esos artefactos narrativos, como ejemplo de la enorme capacidad de la que hablo.

El primero es la (casi) constante presencia de un enorme ojo en el escenario. Un ojo que observa, que vigila. Un ojo que bien podría ser el ojo de Moby Dick. O lo contrario, la mirada fija de Ahab en su objetivo. Un ojo como ejemplo de obstinación. Un ojo como resumen psicológico de todo un texto.

El segundo es el gran momento de toda la representación. La aparición de la ballena, del Leviatán, y el consecuente desenlace trágico del personaje.

No me gustaría revelar mucho, por aquello de no robarle al espectador la experiencia que tuve yo al verlo, pero solo diré que Andrés Lima sabe perfectamente traducir de manera visual el descenso final de Ahab hacia los infiernos.

Y es entonces, sin Ahab, sin barco, sin Moby Dick, es decir, sin nada, cuando se enuncia en escena el antes mencionado “Llamadme Ismael”, segundos antes del “negro” que acaba con la función. Como si de una declaración de intenciones se tratase. Subrayando la tesis: Ahab es la obra, Ahab es el alegato. Un hombre dibujado por su dolor, por su destrucción, de la que es consciente y a la que voluntariamente se somete, puesto que es ahí donde reside el propio sentido de su ser. Sin ballena no hay Ahab.

Decía Melville, en la voz de Ismael, que “El mar es un espejo en el que los hombres se encuentran a sí mismos”, en el arranque de la novela. Yo añadiría -mira, mamá, corrigiendo a Melville- que no es el mar, sino el abismo, y que es la decisión de hundirnos en él o no, lo que marca quiénes somos.

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CATÁSTROFE, UNA OBRA LÍQUIDA

12 febrero, 2019

‘Catástrofe’ es la nueva propuesta del dramaturgo Antonio Rojano, que vuelve a la cartelera madrileña tras el gran éxito en el Teatro Español de su anterior trabajo, ‘Furiosa Escandinavia’. Este nuevo texto se estrenó el pasado 7 de febrero en la Sala Cuarta Pared.

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La obra, de 105 minutos, nace de un proceso de investigación y creación colectiva de la mano de la compañía La Caja Flotante. Los cuatro actores Ion, Irene, Jota y Mikele, el director Íñigo Rodríguez-Claro y Antonio Rojano, el autor, trabajaron durante semanas en torno al concepto de “catástrofe” y rigiéndose por un formato que ellos mismos denominaron “estructuras abismadas”: ficciones que se desbordan en otras ficciones que a su vez se desbordan en otras nuevas y que se van desarrollando en espacios distintos, en distintos tiempos, con otros personajes…

Durante ese proceso de creación, autor y director lanzaban distintas propuestas a los actores y a partir de improvisaciones, el dramaturgo iba creando el texto, redirigiendo la acción, reorganizando el relato. Un texto, por tanto, que no nace en la habitual soledad de la mesa de trabajo del escritor.

La función comienza con la proyección de un vídeo en el que los cuatro actores conversan relajadamente sobre distintos temas sentados en unas butacas que al mismo tiempo ya vemos colocadas, vacías sobre el escenario. Desde el momento en que el elenco entra en escena al terminar esta proyección, empiezan a desdibujarse las líneas que separan a cada uno de ellos de los múltiples personajes que interpretan y la sensación de no saber en qué momentos hablan unos u otros ni qué partes de la historia son ciertas y cuáles no ya no abandona al espectador hasta el final.

Se hacen también borrosos el tiempo y el espacio gracias a los “conductos de la ficción” y el resultado es una pieza que mezcla esa ficción con lo onírico, la realidad y la autoficción para hablar del pasado, de lo que pudo ser y no fue, de nuestros arrepentimientos, nuestras torpezas, los sueños no cumplidos, el amor, la memoria, la valentía -o la ausencia de- y las catástrofes de todo tipo: naturales, artificiales y personales.

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Es esta una función líquida que cambia de forma y de género a cada momento; atrapa al espectador para hacerle reír unas veces, agobiarle otras y emocionarle momentos después. El uso de la técnica es inteligente, limpio y sencillo; el director emplea infinidad de recursos visuales para poner en pie un texto brillante y hace un acertadísimo uso de cada uno de ellos, especialmente de las proyecciones de vídeo -tanto grabado como en directo-, las maquetas en miniatura y, en mi opinión, las torres de galletas -y sus migas-escombro- creando imágenes que el espectador se lleva consigo al abandonar la sala.

Los actores, con los que se empatiza desde el minuto cero, son ellos mismos y al mismo tiempo son los “ellos mismos que nunca fueron y ya no serán”, los que quisieron ser y no pudieron, los que decidieron no ser… y están fabulosos los cuatro. Ya sea haciendo de sí mismos o como personajes secundarios en las (no) ficciones de sus compañeros, su trabajo vocal, corporal y emocional es realmente destacable y es un placer dejar que te agarren de la mano y te lleven de viaje con ellos.

Se me hace muy difícil destacar una trama o una historia lineal en esta función inteligentemente desordenada y caótica y además creo que es mejor que cada uno la descubra por sí mismo. Esta propuesta merece ser disfrutada sin saber mucho acerca de ella de antemano y dejarse llevar por su dinamismo, su potencia narrativa y su mensaje.

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Antonio Rojano, autor de Catástrofe

El resultado final es una pieza con un gran empaque en la que reman en una misma dirección actores, director y autor, al igual que el resto del equipo técnico y artístico. Se aprecia que el proceso de creación fue un trabajo colectivo porque cada elemento tiene su razón de ser y está en perfecta armonía con el resto. Como dice su director, “Catástrofe es la intersección de los mundos imaginarios de cuatro cerebros desorbitados, ordenados y contados por otros dos cerebros desorbitados”.

Es innegable que sobre el escenario esos cuatros cerebros desorbitados de los actores se lo pasan fenomenal. Y en el patio de butacas, nosotros también.

‘Catástrofe’ estará en la Sala Cuarta Pared de jueves a sábado hasta el próximo 23 de febrero.

Carlos Crespo


ÁLVARO TATO RESUCITA EL ARTE NUEVO DE HACER COMEDIAS EN ‘TODAS HIEREN Y UNA MATA’

9 febrero, 2019

En 1937, Miguel Hernández publicó ‘El labrador de más aire‘, una obra teatral en verso que seguía los preceptos del ‘Arte nuevo de hacer comedias‘, de Lope de Vega:

Acomode los versos con prudencia
a los sujetos de que va tratando:
las décimas son buenas para quejas;
el soneto está bien en los que aguardan;
las relaciones piden los romances,
aunque en otavas lucen por extremo;
son los tercetos para cosas graves,
y para las de amor, las redondillas…

Desde aquella obra insólita (cuyo autor jamás vio representada, pues no logró estrenarse hasta 1972) nadie en nuestro país había vuelto a firmar una comedia ‘de capa y espada’ en verso clásico. Ayer en el Teatro Fernán-Gómez de Madrid, Álvaro Tato (Madrid, 1978) repitió la proeza con su más reciente obra, ‘Todas hieren y una mata’.

Redondillas, sonetos, silvas y demás métricas clásicas fluyen con inusitada soltura en un texto que, a lo largo de 2.500 versos, despliega hábilmente todos los recursos escénicos y narrativos del teatro del Siglo de Oro. Por momentos es paródico, y no faltan algunos guiños autoconscientes al espectador. Pero a pesar de su subtítulo (‘Miradas al Siglo de Oro’) ‘Todas hieren y una mata’ no es un oportunista artefacto didáctico. Álvaro Tato ha firmado una comedia auténtica, que entretiene, emociona y arranca carcajadas al respetable. El actor Carlos Lorenzo comparaba la sensación que le produjo la lectura del texto a la que sintió al ver ‘La princesa prometida‘, también una comedia que enmarcaba dentro de un contexto moderno una folletín clásico de aventuras y espadachines.

Convencido de que ‘la semilla de los grandes temas de nuestra generación ya estaba sembrada en el teatro del Siglo de Oro’ el autor madrileño ha colocado en el centro de su comedia ‘a la dama que Lope o Calderón no pudieron crear por las limitaciones de la época‘. Una dama lectora, dueña de una prohibida biblioteca secreta, cuya máxima aspiración en la vida es leer, instruirse, aprender. Una dama a quien las protestas de amor de sus dos pretendientes -el ingenuo galán don Daniel y el viejo y amanerado Corregidor- le traen sin cuidado, pues tiene más altas cosas en que ocupar su mente.

Este triángulo amoroso es el detonante de la trama. Don Daniel y su descarado sirviente Pico deben huir a toda prisa de las iras del Corregidor, quien los ha sorprendido cortejando a su prometida, la dama Aurora. Don Daniel y Pico, en su huida, topan con una Bruja, quien decide ayudarlos proporcionándoles unas arenas mágicas que les permitirán viajar en el tiempo. Así es como galán y criado acaban aterrizando, desconcertados, en el siglo XXI. Se encuentran allí con Alba, una profesora de Literatura que estaba precisamente impartiendo una clase sobre el teatro del Siglo de Oro. Al trabar conversación con don Daniel y Pico, la propia Alba se sorprende a sí misma hablando de pronto en verso. Intrigada por las cuitas de estos dos insólitos personajes, la profesora decide ayudarlos, y les allana el camino para que ambos puedan encontrar de nuevo a la dama Aurora en un antiguo corral de comedias, donde el desarrollo de la propia representación le dará a Daniel la oportunidad de declarar su amor a la joven. Pero en el corral de comedias, inevitablemente, se halla también el Corregidor…

Teatro dentro del teatro, desafíos y duelos, disfraces, equívocos, criados que descuidan su labor de intermediarios para seguir sus propios bajos instintos… Todas las escenas clásicas de las comedias de capa y espada encuentran su lugar de forma orgánica en la trama de ‘Todas hieren y una mata’. Como destaca la veterana intérprete Sol López, una de las más aplaudidas en la noche del estreno: “Hoy en día el lenguaje se ha ido empobreciendo, por eso es necesario hacer un teatro así, donde hay sonoridad, ritmo, música e imágenes, pero todo contenido en la palabra”.

El verso suena claro y totalmente natural en boca de un elenco inspiradísimo, que bajo la hábil dirección de Yayo Cáceres logra llenar de imágenes un escenario completamente desnudo. Un poyete central, doce candilejas rodeándolo en círculo y un telón de mano manejado por los propios actores componen toda la escenografía, y no se echa en falta más. El colorido y la sonoridad del verso, y la maestría con que Cáceres monta cada escena manipulan la imaginación del espectador para levantar bosques mágicos, jardines umbríos, corrales de comedias y lo que haga falta. El también muy aplaudido Diego Morales, que interpreta al criado Pico, subraya el reto de trabajar de esta manera: “Yo he hecho mucho teatro clásico, pero con escenografías fastuosas. Está muy bien esta apuesta de fiarlo todo a la didascalia”. Álvaro Tato tampoco escatima elogios para el director: “Yayo es un Quijote del teatro. Un idealista lúcido que proviene del teatro pobre y nos ha descubierto a toda una generación esta forma de hacer teatro”. El director enmarcó su apuesta en la importancia de “volver a la esencia del teatro, que a veces se pierde con tanto artificio de paneles que suben y bajan, proyecciones, etc. Cosas que yo mismo he hecho”.

Largos aplausos para el elenco, con varias docenas de espectadores puestos incluso en pie para aplaudir la comedia. Cabe destacar también la comodidad y amplitud de la sala Guirau del Fernán-Gómez, probablemente uno de los mejores teatros de Madrid. Es muy de agradecer que tan lujoso espacio se ponga al servicio de una producción original independiente, firmada por un joven autor y con intención claramente cómica.

Álvaro Tato.

Se da la feliz coincidencia de que, cincuenta metros más allá, la Biblioteca Nacional muestra al público originales autógrafos de Lope de Vega y maquetas de corrales de comedias, entre otras curiosidades, en la interesantísma exposición gratuita ‘Lope de Vega y el Siglo de Oro‘. Un complemento perfecto para la imprescindible comedia de Álvaro Tato.

Sergio Barrejón.


LA CULPA: BERNABÉ RICO ADAPTA A MAMET

4 febrero, 2019

The Penitent‘ es una de las últimas obras del dramaturgo ganador del Pulitzer (y guionista nominado al Oscar) David Mamet. Titulada ‘La culpa’ en la adaptación de Bernabé Rico y dirigida por Juan Carlos Rubio, se presentó en el teatro Bellas Artes de Madrid el pasado 8 de enero, tras haber tenido su estreno absoluto el 28 de noviembre de 2018 en el Palacio Valdés de Avilés.

Una obra de noventa minutos, con sólo cuatro personajes, en la que Mamet trata algunos de los temas habituales en el último tramo de la obra: la religiosidad, la hipocresía que esconde la solemnidad, la miseria moral que se disfraza de férreos principios morales.

La trama cuenta el dilema de Charles, psiquiatra acusado de negligencia después de que uno de sus pacientes haya cometido un asesinato. Tras negarse a declarar para la defensa del criminal, éste acusa públicamente a Charles de ser un homófobo: no quiere hablar en favor de un gay.

El psiquiatra argumenta que es el juramento hipocrático lo que le impide declarar, pues para hacerlo tendría que revelar el contenido de sus sesiones con uno de sus pacientes. Su moral profesional y su orgullo personal le impiden doblegarse ante lo que él piensa que es una campaña de difamación. En sus propias palabras: ‘La prensa necesita historias con una víctima y un monstruo. Ayer el monstruo era mi paciente, pero eso ya no es noticia. Ahora él es la víctima y yo el monstruo’.

Desoyendo los consejos de su abogado y las súplicas de su esposa, que le insisten en que declare para la defensa, el psiquiatra se cierra en banda, sufriendo por ello un descrédito que no sólo hace mella en su vida profesional, sino que también destroza los nervios de Kath, su esposa. Kath llega a intentar suicidarse, hecho que más tarde descubriremos que tiene más motivos que los relacionados con el proceso legal.

Pero no hagamos spoilers.

Como es habitual en Mamet, La culpa despliega un diálogo ágil, cortante, musical. Es interesante leer The Penitent en su versión original, por la peculiar forma en que Mamet desafía las normas de puntuación buscando el matiz preciso, consiguiendo ser muy certero en el énfasis de cada frase.

Salvando las distancias lógicas en una traducción, la adaptación de Bernabé Rico consigue mantener gran parte de ese brío. La dirección de Juan Carlos Rubio también contribuye a que la obra sea rápida, directa. Destaca entre las interpretaciones la de Miguel Hermoso. Cómodo en su papel de abogado de Charles, Hermoso capta y hace suyas cada inflexión de diálogo, cada sarcasmo, cada puya. Completan el elenco Pepón Nieto en el papel protagonista, Ana Fernández y una breve pero determinante intervención de Magüi Mira.

Lo que me impidió disfrutar de la obra fue el diseño de la trama. Mamet pone en escena las partes menos dramáticas de la historia y elude escenas que podrían haber sido un filón. El combustible dramático de esta historia parece ser el dilema entre respetar los propios principios a costa de destruir a mi esposa, o salvar mi familia y mi prestigio a costa de hipotecar mis principios. Sin embargo, Charles no vive un verdadero dilema. Nunca duda. El protagonista arranca la obra con la decisión ya tomada, y en ella se planta obstinadamente durante los 90 minutos que dura la representación. Mamet articula la trama como un acoso y derribo a su empeño, descubriéndonos que tras él late una sucia mentira. Es más una obra de tesis que de trama.

Me quedó la sensación de que la obra habría ganado mucho si hubiera estado protagonizada no por el psiquiatra, sino por Kath. La persona cuyo mundo se desmorona por el quijotismo de su marido. La persona que intenta sostener todas las piezas de un mecanismo que se cae en pedazos. Pero Mamet se empeña en poner el foco en un personaje cuyo único objetivo tiene forma negativa. Charles no emprende acción ninguna. Y su resistencia numantina a hacer público el contenido de sus sesiones hace quizá previsible el final de la obra, que inevitablemente pasa por una revelación de ese contenido. Pero esa revelación no cobra forma de anagnórisis. No hay catarsis. Al contrario, Mamet comete lo que para mí es uno de los pecados capitales: el deus ex machina. La revelación llega en el último instante y suena a ‘sacada de la manga’. No está sembrada. Es una pieza que no pertenecía al puzzle. Mamet suele decir que la conclusión de una obra o un guión debe ser a la vez sorprendente e inevitable. El final de La culpa es ninguna de las dos cosas.

La obra me dejó, sin embargo, reflexiones interesantes. Me recordó que, tras los golpes de pecho y el rasgado de vestiduras, muy frecuentemente se esconde un vulgar embuste. Que es estupendo tener una ética y unos principios, pero que ni una ni otros valen nada si no estamos dispuesto a reconocer nuestros errores y afrontar sus consecuencias. Y que cuando uno tiene una imagen pública, debe ser muy cuidadoso en la forma en que enarbola sus principios, porque si los usa como escudo para tapar sus miserias, al final no sólo acabará pagando por lo que ha hecho (tarde o temprano todos lo hacemos), sino que por el camino puede haber contribuido a propagar aún más el cinismo imperante en la sociedad.

En conjunto, la función convence por su tema actual y universal, por la refrescante agilidad del diálogo de Mamet y por un trabajo interpretativo solvente en general, y excelente en el caso particular de Miguel Hermoso.

La culpa estará en cartel en el Teatro Bellas Artes de Madrid hasta el próximo 24 de marzo.

Sergio Barrejón.


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