LECCIONES QUE APRENDIMOS DE CHICHO ÍBAÑEZ SERRADOR

No le gustaba que le llamasen maestro. Es más: detestaba la palabra. Y, sin embargo, Chicho Ibáñez Serrador nos dejó muchísimas lecciones, también a los guionistas, sobre lo que se debe hacer en cine y televisión. Por supuesto, en el terreno de la ficción, donde nos enseñó la importancia del subtexto y de lo implícito a la hora de mantener la tensión dramática, sobre todo en unos momentos en los que la censura imponía unas estrictas normas sobre lo que se podía decir y lo que no. Que impulsó un cambio en la narrativa audiovisual de la televisión de los 60 con sus Historias para no dormir es un hecho. Como lo es que, con tan solo dos películas en su filmografía, ayudó a crear toda una escuela del terror y lo fantástico, como así reconocieron muchos de los grandes directores del género con ocasión de la entrega del Goya de Honor 2019.

Pero en este artículo me quiero centrar en las lecciones que nos deja a los guionistas de programas de entretenimiento. Porque, sin duda, en este terreno tenemos mucho que aprender del concurso de los concursos: el mítico Un, dos, tres… responda otra vez.

La primera de las lecciones es que las mismas técnicas que se aplican a un relato de ficción también pueden servir para mejorar un programa de entretenimiento. A pesar de que la estructura y la mecánica del concurso eran siempre las mismas, cada entrega del Un, dos, tres… era distinta. El tema propuesto cada semana (“el antiguo Egipto”, “el circo”, “la edad media”…) servía como excusa para contar una historia.

En realidad, cada programa era como una gran aventura en la que los concursantes eran los protagonistas. A esos protagonistas, como en una película, les pasaban cosas: contestaban mejor o peor en la tanda de preguntas, se resbalaban, se manchaban o hacían el ridículo en la eliminatoria, eran “engañados” durante la subasta por el presentador-trilero que les hacía perder relagos fabulosos… Y todo eso nos hacía empatizar con ellos: nos alegrábamos si conseguían el coche o nos entristecíamos si se acababan llevando la calabaza. Por supuesto, la estructura dramática in crescendo no carecía de su clímax, lleno de suspense, cuando tocaba desvelar el premio que se escondía en el último sobre elegido. Y hasta su anticlímax, con saltos y gritos de alegría si se llevaban un apartamento en Torrevieja o su expresión, entre triste y sorprendida, si lo que ganaban era, por ejemplo, un par de tumbas en un cementerio municipal (como sucedió).

La sorpresa era otro de los ingredientes que no faltaban en el programa. Apenas había acabado un número musical ya estaba bajando un cómico por la escalera para interpretar su sketch o se desarrollaba una batalla de espadas en la grada, en una sucesión que no permitía al espectador perder la atención. Porque eso es, en definitiva, lo que busca todo programa de entretenimiento (¿qué es un programa de éxito como El hormiguero sino una “subasta” del Un, dos, tres… con otros ingredientes?).

Cada programa era una sorpresa continua para el espectador, pero no para el equipo, que disponía de un ferreo guión de 60 o 70 páginas donde todo estaba previsto, escrito y ensayado al milímetro excepto, lógicamente, las elecciones de los concursantes. Porque si algo nos enseñó Chicho a los guionistas de entretenimiento es que un buen trabajo de guión es fundamental en la televisión. Ya sea en un programa tan complejo como el Un, dos, tres…, en uno más modesto como Waku-waku o en un pretendido talent show como El Semáforo, en el que la aparición de cada concursante daba pie a un diálogo entre los presentadores, cada uno con su rol muy bien definido, que generaban unas complejas tramas entre personajes dignas de una sitcom. Al final, de lo que se trata es de mantener la atención del espectador contándole una historia. Y a eso es a lo que nos dedicamos.

Chicho era, sobre todo, un contador de historias. Uno de sus pasatiempos favoritos, tras una cena o compartiendo un café, era pedirte que eligieras un objeto cualquiera de los que veías alrededor. Sobre ese objeto, en apariencia inocuo, era capaz de improvisar una historia, a veces cómica, a veces escalofriante, pero siempre manteniendo una estructura y una coherencia en el relato que mantenía atrapados a sus interlocutores. Y ese talento narrativo era el que ponía en cada programa, en cada número musical, en cada sketch. Siempre desde el máximo respeto a nuestro oficio, el de guionista. Y siempre con el orgullo de saber que nuestro trabajo, entretener, tambien es importante.

Son solo algunas de las lecciones que aprendí trabajando con él. Otras muchas se quedan en los trucos particulares del oficio. Al fin y al cabo, siempre podremos decir aquello de… “hasta aquí puedo leer”.

Carlos Muriana es miembro de la junta directiva del sindicato ALMA. Ha sido guionista de “Un, dos, tres…” y del “Imprescindibles” dedicado a Chicho Ibáñez Serrador.

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