IPHIGENIA EN VALLECAS, EL SACRIFICIO INESPERADO

por Carlos Crespo

“Toda nuestra patria tiene su mirada puesta en mí. Si muero, evitaré todas estas atrocidades y mi fama por haber liberado Grecia será dichosa. Padre, aquí me tienes. Por el bien de mi patria y por el bien de toda la tierra helena, me entrego de buen grado a quienes me conduzcan al altar para el sacrificio”.

En la mitología griega, Ifigenia es una de las hijas del rey Agamenón y Clitemnestra. La flota del monarca navega de camino a Troya para participar en la guerra, pero al llegar a Áulide el viento se detiene y los barcos quedan inmóviles, incapaces de seguir avanzando. Es la venganza de la diosa Artemisa por una afrenta pasada del rey, a quien exige el sacrificio de su hija Ifigenia a cambio de que los vientos le sean de nuevo favorables.

Eurípides cuenta este mito en “Ifigenia en Áulide”, una de las últimas tragedias que escribió antes de morir. En ese texto clásico se basa “Iphigenia in Splott”, de Gary Owen, Premio al Mejor Texto en el Festival de Edimburgo 2015. María Hervás no es solo la actriz protagonista de la versión española que el Teatro Pavón Kamikaze reestrenó el pasado 4 de julio, sino que además se ha encargado de traducir y adaptar la obra británica a la realidad y la idiosincrasia de nuestro país.

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La Iphigenia de 2019 es una chica muy joven que malvive en un barrio marginal de Madrid. Una zona sin recursos donde las consecuencias de los recortes traídos por las políticas austeras de los últimos años afectan de manera más grave al día a día de sus habitantes, donde se cierran y derriban polideportivos y bibliotecas públicas en favor de la construcción en esos mismos terrenos de nuevas viviendas que ninguna chavala o chaval del barrio podrán permitirse comprar jamás.

La función comienza con Iphigenia hablando cara a cara con el público asistente, nos dice que esa noche estamos todos allí para darle las gracias porque cada uno de nosotros está en deuda con ella. Más que hablarnos nos increpa. Y empieza un estallido de alaridos, paseos hiperactivos, insultos y palabrotas que nos llevan a querer observarla desde un sitio más apartado, a salvo de sus agresiones, nos gustaría poder abrir el plano y mirarla desde lejos. Iphigenia se nos presenta como un personaje movido por una rabia invisible que usa la fuerza y la intimidación para hacer lo que le da la gana y conseguir lo que quiere todo el tiempo. Y pobre de aquel a quien no le parezca bien y quiera llevarle la contraria, porque Ifi no respeta nada ni a nadie, ni siquiera a una madre con varios hijos cuando le afea la conducta.

Su vida transcurre sin rumbo entre alcohol, sexo, drogas y noches de discoteca; sin estudiar, sin trabajar, sin mayores sueños que evadirse de una realidad en blanco y negro y pasar como pueda los días de resaca en espera de un nuevo subidón. Ifi es agresiva, malhablada y provocadora; es una eterna buscadora de conflicto y por eso nadie se atreve a sostenerle la mirada, porque ella es capaz de pegarse con quien sea por lo que sea cuando sea y nadie quiere meterse en ese tipo de problemas. Y por eso quienes se cruzan en su camino la juzgan con inmediata superioridad moral en menos de un segundo: quinqui de mierda. 

Una noche, estando de fiesta con su novio, Iphigenia se fija en un chico que la mira desde el otro lado de la pista. La mira y no le quita ojo. Se atreve a no quitarle ojo. A no evitar su mirada. A no tenerle miedo. Y encima está buenísimo. Así que ella se acerca. Empieza así un encuentro que cambia su vida. Él se llama Fer y es un exmilitar que perdió la pierna estando de servicio. Pasan la noche juntos y tras ese encuentro Ifi se enamora de él como nunca antes se ha enamorado de otro hombre. Ella, que es fuerte y no necesita a nadie, conoce el amor verdadero por primera vez y su vida termina para que empiece una nueva en la que vivir solo para cuidar de Fer, para besarle las cicatrices y curarle las heridas. Él está roto por fuera y ella está rota por dentro, pero ya nunca volverá a sentirse sola, porque a partir de hoy ella sabe que él le dará a su alma el cariño y los cuidados que ella le dará a su cuerpo mutilado.

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“Iphigenia en Vallecas” es un monólogo, sí, pero está salpicado de pequeños diálogos entre ella y los distintos personajes, todos interpretados por María Hervás. Y aquí llegamos al punto fuerte de la función: la actriz. Para dar vida a las personas del mundo de la protagonista -Enrique, su yaya, Silvina, Fer, Carlos- María elige inteligentemente dos o tres rasgos certeros que describen cada personaje de un golpe de vista o sonido, de una pincelada exacta: un gesto, una forma de caminar, un acento, un tic, una muletilla… la actriz usa el imaginario común sabiamente para ubicarnos con rapidez frente al tipo de personaje que tenemos delante. Y lo hace tan bien, que en mi recuerdo tengo la sensación de haber visto varias escenas de dos personajes: Ifi discutiendo con su yaya que tanto protesta por esto y lo otro; Ifi por la calle con su noviete Enrique, un cachitas de gimnasio no demasiado espabilado dueño de un perro patada; Ifi de risas en casa con su amiga Silvina; Ifi cuando se reúne con Carlos… pero sobre todo, recuerdo a Ifi en la discoteca, atravesando despacio la pista de baile, abriéndose paso entre la gente bajo los focos de colores y la música para acudir al encuentro de Fer, que la espera sin moverse al otro lado, viéndola acercarse sin apartar la mirada. Con la misma destreza con que un buen narrador de novela nos describe personajes, María nos presenta a los secundarios de esta historia para que podamos verlos en nuestra mente y completar el relato. 

Poco a poco, a medida que vamos conociendo detalles de su mundo, nos damos cuenta de que a lo mejor su actitud es solo un escudo y que bajo múltiples capas de palabrotas, gestos amenazantes y un constante aluvión de gritos, se esconde una chica que lo que quiere, simplemente, es no sentirse sola. Ella misma dice que “somos criaturas frágiles, es tan fácil herirnos…”.  Y voluntariamente nos vamos aproximando a ella hasta acabar la función con la sensación de estar viendo un primer plano.

María Hervás deja al público clavado a la butaca con una construcción de personaje soberbia. Tomando como base la imagen típica de una choni de barrio, una nini de libro, una protagonista de cualquier episodio de Hermano Mayor, María crea un ser humano frágil y lleno de ternura que se ilusiona, que alimenta su esperanza y que se rompe muy a su pesar cuando menos se lo espera. El espectador empieza la función juzgando al personaje y encontrando casi imposible la empatía con ella por su actitud ante los demás, pero poco a poco se va acercando a ella y la va entendiendo, descubriendo su enorme humanidad, hallando elementos comunes con ella, sufriendo juntos la injusticia de su situación y llorando con ella su mala suerte. María encuentra el equilibrio perfecto entre las dos Iphigenias -la que ataca y la que sufre, la egoísta y la que se sacrifica desinteresadamente en favor de los demás- y demuestra una vez más un talento extraordinario que ya ha dejado más que claro en otras funciones como “Confesiones a Alá” o “Jauría”.  

La actriz maneja de manera extraordinaria los matices de su voz, trabaja el cuerpo y el movimiento con un control absoluto del descontrol, el exceso de energía y la represión de los impulsos; emociona con cada gesto y cada mirada con una habilidad que está solo en poder de unas pocas profesionales de la interpretación.

Aquí utiliza en ocasiones un recurso que en mi opinión le va fenomenal al texto, y es que a veces parece hablar con la grandilocuencia pausada de los actores de las tragedias griegas, tiene uno la sensación de estar ante el mensajero de estos textos clásicos, ese que suele ser el portador de noticias terribles que traen grandes desgracias. Aquí mezclado con la forma de hablar de Ifi, el efecto que se produce recuerda en algo a los colaboradores de un programa de telebasura a punto de lanzar una exclusiva increíble… justo antes de cortar a publicidad.

Es cierto que la función termina con un subrayado algo excesivo del mensaje y el final es algo precipitado, de forma que el sacrificio de esta Iphigenia de hoy en día aparece como de repente y puede quedar poco explicado o que resulte complicado entender los motivos de la protagonista para aceptar el reto que tiene ante ella, pero… ¿por qué no? ¿No sería maravilloso que en una sociedad individualista y clasista como la nuestra en la que nos han hecho creer que casi todos somos clase media sin serlo, en la que gran parte de la clase trabajadora se avergüenza de sí misma y es retratada por el neoliberalismo como una panda de vagos que aspira a vivir de las ayudas gubernamentales, en la que se han perdido el valor y la importancia de la lucha obrera que quien nos salvara a todos fuera una nini malhablada con la integridad, el valor, la bondad y la generosidad suficientes como para renunciar a su bienestar personal en favor del bien común?

Iphigenia en Vallecas es muchas cosas, pero sobre todo, es un llamamiento a la solidaridad, a la lucha y a la acción. Porque vivimos en un mundo en el que los poderes establecidos siguen oprimiendo -cada vez más- a la mayor parte de la población para favorecer solamente a unos pocos sin que opongamos la menor resistencia. Porque estamos dormidos. Porque estamos ahogados hasta decir basta. Y a lo mejor ha llegado el momento de decir justo eso.

Basta.

“Iphigenia en Vallecas”, dirigida por Antonio C. Guijosa, podrá verse en el Teatro Pavón Kamikaze hasta el próximo 26 de julio. 

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