INSTRUCCIONES PARA CAMINAR SOBRE EL ALAMBRE: LA GENERACIÓN PRECARIA

En las últimas semanas he podido disfrutar de varias obras escritas por millennials. La ansiedad, el estrés y la incertidumbre laboral son temas recurrentes en la mayoría de ellas. Tanto si consideramos que la creación artística es un espejo de lo que ocurre en la sociedad como si pensamos que es al revés, hay una cosa que está clara: la generación millennial está cansada. Muy cansada.

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Instrucciones para caminar sobre el alambre comienza con la desaparición de Alba. Es el detonante de la obra y la razón de que los personajes, todos relacionados con la protagonista en mayor o menor medida, recuerden los momentos vividos con ella en busca de una pista o de una explicación acerca de lo ocurrido. Todos estos flashbacks están conectados a través de un curioso recurso: las instrucciones para caminar sobre el alambre a las que hace alusión el título. Pero… ¿qué es exactamente ese alambre? ¿Es una elección personal o sólo una consecuencia? ¿Se puede elegir caminar sobre él?

Los autores de esta función no ocultan lo evidente: que la trama de la desaparición es sólo una excusa para hablar de un tema. El de la precariedad laboral. El de una época caracterizada por la falta de oportunidades. El de pertenecer la generación más preparada de la historia y a la vez la más medicada. Posiblemente, la primera que vive peor que sus padres, aunque tampoco es que esos padres vivan especialmente bien.

Comprometidos con esa idea, los dramaturgos Quique Bazo, Yeray Bazo, Juanma Romero y Javier G. Yagüe (éste último, también director de la obra) se pasaron un año recopilando documentación para dar forma al texto final. Su intención es que sea la segunda parte de la ‘Trilogía Negra’ que iniciaron con Nada que perder, también dirigida por Yagüe y que abarcaba el tema de la crisis económica desde una perspectiva más política.

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Un total de cuarenta y cinco instrucciones son el hilo conductor de quince escenas sin orden cronológico. Es tarea del espectador dar sentido a este puzzle, que compone un retrato nítido no sólo del personaje principal, sino del de una población que parece haberse acostumbrado a vivir para trabajar.

Aunque la resolución final de la obra puede resultar algo exagerada, sobre todo teniendo en cuenta el realismo que transmite el resto de la función, no resta verosimilitud a un conjunto que se sostiene estupendamente gracias al trabajo de los cinco actores y a un texto que, según avanza, se vuelve cada vez más incómodo e inquietante. Si había creativos entre el público, seguro que en más de una ocasión se revolvieron en sus asientos.

Especialmente acertada es la metáfora de la bicicleta, esa que Alba necesita para ir de un lado a otro en busca de trabajo, la que su jefe utiliza para motivar a unos trabajadores que pasan más horas en la agencia de publicidad que en su casa, y la misma que su padre empleaba durante su infancia para enseñarle, a grito pelado, que rendirse es de cobardes. Lo único que tienes que hacer para llegar a la meta es seguir pedaleando. Y si no lo consigues, será que no te has esforzado lo suficiente.

También es de agradecer que hayan utilizado recursos diferentes a los habituales para representar a la perfección el estrés y la ansiedad. Por ejemplo, comparar la diarrea crónica de un chico ingresado en la planta psiquiátrica del hospital con las constantes visitas al baño que la propia Alba sufre cuando el trabajo la sobrepasa.

¿Puede llamarse “cuerdo” el que acepta vivir de ese modo? ¿Es la enfermedad, física y mental, la única salida que le queda a la clase obrera? Para más inri, el hermano mayor de Alba —un chico con talento suficiente como para aprenderse un diccionario de sinónimos— tiene que subsistir limpiando váteres. Otra situación de mierda.

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Para finalizar, una anécdota curiosa. Poco después de abandonar la sala, mi mejor amiga y yo nos topamos en la calle con una escena que bien podría haber sido parte de la obra que acabábamos de ver:

PLAZA DE LAVAPIÉS. EXT. NOCHE

Pitidos de coches. Un taxista se baja de su vehículo para insultar a un conductor de Uber, que no le deja pasar. Justo detrás de ellos, un repartidor de Glovo observa la escena con aire aburrido desde su bicicleta, esperando para continuar su trayecto una vez dejen de discutir y obstaculizar el paso.

Mi amiga y yo nos miramos con un amago de sonrisa irónica, porque las dos estamos pensamos lo mismo: ellos también están caminando sobre el alambre. Probablemente, a nuestra manera, todos lo hagamos. Y aunque no nos vendría mal un manual de instrucciones, lo que en realidad desearíamos es que el maldito alambre desapareciera de una vez por todas.

Por Beatriz Arias.

“Instrucciones para caminar sobre el alambre” se representa en la Sala Cuarta Pared de jueves a sábado a las 21h. Tiene fechas confirmadas hasta el 28 de marzo, aunque dados los buenos resultados en taquilla, probablemente prorroguen.

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