DÍAS DE VINO Y ROSAS: ADICTOS A LA CELEBRACIÓN

«No duran mucho los días de vino y rosas, como desde un vago sueño el camino surge un instante, luego se pierde en el interior del sueño.»

En este verso de 1896, escrito por el poeta británico Ernest Dowson, el guionista J.P Miller encontró la base sobre la que construir la espiral autodestructiva de una pareja de alcohólicos que juntos, y por separado, luchan por recuperar el control de sus vidas. Una historia de pareja pero de soledad, de amor, desamor, y sueños rotos.

Días de vino y Rosas fue concebida originalmente como capítulo de la serie de antología norteamericana Playhouse 90. El estreno de este episodio en particular resonó con tal fuerza en la sociedad estadounidense de los 50 (además de obtener una gran crítica) que, poco después, Miller adaptó su propio texto a la versión cinematográfica. Casi medio siglo después, esta transmutación de la premisa original, recaló, paradójicamente, en el lugar donde por su naturaleza parece tener más sentido: el teatro. En 2006, el irlandés Owen MCafferty firmó una dramaturgia basada en el material preexistente, que sirve como base de la adaptación española, a cargo de David Serrano.

En este caso, la obra se presenta como una sucesión de cuadros que conforman una radiografía de la versión cinematográfica. Su pareja protagonista se exhibe en crudo, se lleva a la esencia para dejar que todo el espacio lo ocupe el intenso recorrido emocional de la relación que tienen, por un lado, entre ellos, y, por otro, con la bebida. Si ya suele hablarse de trío para referirse a la versión de Blake Edwars, en este caso más. Aquí la historia se destila para reducirla a sus tres personajes protagonistas: Luis, Sandra y el alcohol.

Ellos son los homólogos de Joe y Kirsten. Luis y Sandra se conocen en la sala de espera de un aeropuerto. Los dos cambian Madrid por Nueva York, aunque cada uno por motivos distintos: Luis es un ambicioso relaciones públicas volcado por completo en el mundo del baloncesto. Sandra solo quiere dejar atrás una vida que no cuenta y empezar de cero para ser feliz. Su encuentro marcado por el miedo al cambio y las expectativas de un futuro mejor, se digiere mejor con un trago a la petaca y “brindemos por no tener que beber solos nunca más” se convierte en el origen de un amor que solo funciona botella de por medio. Como en la original, Sandra se tendrá que adaptarse a los tragos de Luis, temerosa de vivir a velocidades distintas. Así, juntos comienzan un viaje de aislamiento en el que cada uno, a su manera, irá entrando o saliendo de la pesadilla, a la vez que deja de lado precisamente todos esos sueños por los que llegó a Nueva York. Es la celebración de todo lo que han conseguido lo que arruina todo lo que han conseguido.

Tanto Sandra como Luis representan formas opuestas de soledad. Caminos distintos que desembocan en un mismo destino. Si bien la primera ha reducido su mundo, primero, a su marido, y, más tarde, al alcohol, Luis lo hace continuamente rodeado de personas, muchos desconocidos a los que ni recordará en unas horas, caras sonrientes que simulan en él una engañosa sensación de compañía. Él mismo llega a reconocer que la bebida solo crea lazos en la superficie, y eso es precisamente lo que le pasa con sus amigos, con sus compañeros de trabajo y con su pareja.

Es la paradoja de la relación. Sin bebida no son pareja, pero cuando beben el alcohol les requiere por individual tanto y con tanta urgencia que su amor desaparece, o pasa a un segundo plano, hasta embrutecerles y convertirles en enemigos. En la ebriedad se quieren pero en la resaca se odian. Y ahí Luis ya no es Luis y Sandra tampoco. Es la violencia del momento en el que él la inmoviliza contra el suelo. La escupe y la grita, la agrede, convencido de que esconde una botella en alguna parte de la casa.

Cabe preguntarse por qué la historia de Miller sigue teniendo cabida aquí y ahora, y no parece difícil encontrar la respuesta en una sociedad que en algún momento tendrá que replantearse su relación con las adicciones. Una sociedad que parece mirar de reojo al que no bebe alcohol en un bar y en la que resulta prácticamente imposible separar el ocio de la bebida. En esta línea, la dramaturgia propone un diálogo con el espectador, a veces casi explícito, que nace de dos personajes que se desnudan por completo para preguntarnos por qué necesitamos amortiguar nuestra cotidianidad con anestésicos. Y esto no es una lección de nada. El acierto está en contarlo siempre desde lo profundo de los personajes, nunca desde el juicio directo del autor. La luz que echa esta adaptación sobre la historia íntima de Luis y Sandra proyecta una sombra tras ellos que apela a la raíz de nuestra cultura.  

Por otra parte, la propuesta escenográfica se presenta austera pero coherente a la idea de dejarlo todo en el hueso. Un escenario prácticamente vacío, salvo por casi lo único que mantiene unido a los personajes: el mueble-bar, tras el que imaginamos hay todo un arsenal de botellas. Una apuesta total a la implicación de sus dos protagonistas. Marcial Álvarez y Cristina Charro dan complejidad a unos personajes que manifiestan estados emocionales muy distintos en cada cuadro, y se entregan con el exceso que la dramaturgia reclama.

Días de vino y rosas, dirigida por José Luis Sáiz, supone un viaje por la psicología de las adicciones en un mundo plagado de ellas. La obra estará en los Teatros Luchana, los sábados, hasta el 28 de marzo.

Sergio Granda

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