“EL CHISTE PERFECTO ES POESÍA”

17 abril, 2019

Por Àlvar López y Carlos Muñoz Gadea. Fotografías de Tato Baeza.

Para Roger Drew, (Reino Unido, 1971) la buena comedia no tiene nada que envidiar al mejor de los dramas: no cree que dicho género sea superior ni en lo que se refiere a la construcción y profundidad de sus personajes, ni en la complejidad de sus tramas ni en la capacidad para establecer una critica sobre la realidad que nos rodea.

Aunque la comedia, eso sí, suele ser más divertida.

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Drew habla con conocimiento de causa. En sus más de 25 años de experiencia en la industria, ha escrito innumerables monólogos, sketches y capítulos de series de comedia y sátira política tan ilustres como The Thick of It o Veep, serie por la que incluso ganó un Emmy.

Gracias a EDAV, a la Fundación SGAE y a Lab de Series, el nuevo festival de series que acaba de celebrar su primera edición en Valencia, todo aquel que quiso pudo acercarse a una larga y completa Masterclass del guionista impartida de manera completamente gratuita. Todo un lujo.

Drew estructuró su charla en dos grandes bloques. El primero de ellos estuvo dedicado a reflexionar sobre el oficio del guionista. Para él, nuestro trabajo se sustenta en siete pilares. Pilares que, a su parecer, no siempre se enseñan en las escuelas. “Hay algo que solo se aprende trabajando”.

Según Drew, todo nace a partir de las ideas que tenemos. Ahora bien, ¿cómo saber si una idea es buena?

A su juicio, cualquier guionista con algo de callo puede tener dos ideas buenas por semana. Quizá, reflexiona, solo las que permanecen en nuestra cabeza más de 1 mes son aquellas a las que vale la pena dedicarle más tiempo.

Tras superar este filtro, su sugerencia es ir a Google para ver si alguien más está escribiendo sobre ello. A diferencia de lo que podemos pensar, Drew explicó que si no encontramos a nadie más interesado en esa idea, lo más probable es que no sea buena.

Si no hay al menos otros tres guionistas desarrollando la misma historia en Hollywood, probablemente es que estás escribiendo la historia equivocada“. La frase no es suya, se apresura a decir. No recuerda el autor, pero es lo de menos. La cita cumplió su función.

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Tras la idea, viene la historia. Para él, toda buena historia tiene en su ADN un giro irónico, una contradicción. El conflicto, apuntó, está precisamente en las buenas contradicciones.

Sobre las historias también destacó la importancia de compartirlas con cuanta más gente mejor, oponiéndose así a la idea del guionista que guarda con recelo sus ideas. “Las ideas no tienen copyright”, expresa, por lo que es muy interesante ver la reacción de la gente cuando escucha lo que tenemos que contarles.

Para acabar, destacó que, a su juicio, “la verdad psicológica del personaje siempre es más interesante que la verdad factual”. Es decir: como guionistas debemos conectar con las emociones por encima de respetar al 100% la historia en la que se inspira. “Si no eres fiel a los hechos, quizá puede molestarle a alguien que se viera envuelto en ellos, pero poco más”. Como ejemplo de ello, Drew expuso que incluso de una historia tan clara como el Titanic (básicamente, un barco que se hunde) pueden hacerse diferentes películas a nivel de trama, pero las emociones que resuenan de fondo son muy similares en todas ellas.

Localizada la emoción que queremos transmitir, viene, a su juicio, la parte más complicada: construir la trama. “Es como hacer un cubo de Rubbik montado en una montaña rusa”, ironiza al respecto. Drew resultó ser un gran defensor del modelo del Beat Sheet de Snyder. En su opinión, la “plantilla” que Snyder propuso en Save The Cat sigue muy vigente a día de hoy, y puede ayudarnos mucho para construir nuestras historias. Es más: para él, Hollywood entero está basado en las ideas de Snyder. “Todos lo odian, pero, a escondidas, todos lo usan”, a lo que añadió que “si quieres hacerte rico, el modelo de Snyder es un buen camino para lograrlo”.

Drew también lanzó una interesante reflexión sobre cómo gran parte de la teoría del guión puede aplicarse actualmente a las series. Para él, las series se basan cada vez menos en una trama episódica, lo que permite construir grandes y complejos arcos de transformación. Como ejemplo, citó la que, quizá, es la serie más seguida del momento: “Juego de Tronos no es más que una aplicación de Snyder a un modelo de una extensión masiva.”

Llegó el turno de hablar sobre los personajes. La base, la de siempre: debemos pensar qué quieren nuestros personajes, qué quieren realmente y, cómo no, qué les detiene para conseguirlo. Estas tres preguntas deben entrar en contradicción, con tal de conseguir personajes con conflictos ricos e interesantes.

Un ejemplo: Drew reflexionó sobre cómo Joey (Friends) es un personaje encantador, pero a su vez es estúpido y se comporta como un depredador sexual. Por ello, Drew cree que Joey es un gran ejemplo de contradicción interna que, además, consigue respetar cierta lógica y coherencia para que el personaje no se desmorone y entre en el terreno de lo poco creíble.

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Drew también destacó que, en su opinión, los personajes cómicos siempre son más divertidos de construir que los dramáticos, puesto que los primeros suelen tener más profundidad y riqueza. Como ejemplo, puso a dos personajes similares pero de perfil opuesto. Por un lado, habló del Capitán Alatriste (del que se declaró fan) y expuso cómo se trata de un héroe, siempre correcto, siempre en la búsqueda de un ideal. Y, quizá, por ello, un personaje aburrido, que apunta siempre en la misma dirección y objetivo. Por otro, citó a Flashman, la versión británica de un coronel de la etapa del imperialismo británico. Flashman, a diferencia de Alatriste, es un cobarde, un desleal. Una persona horrible, en definitiva. Ahí está la contradicción. Y la comedia.

En lo que sí que está de acuerdo es en que tanto los personajes cómicos como los dramáticos ayudan al guionista a reflexionar sobre el mundo en el que sucede su historia y las reglas por las que se rige, por lo que siempre es buena idea construir en base a nuestros personajes.

El tono también está estrechamente relacionado con las reglas del universo sobre el que escribimos. Como ejemplo, contó la divertida anécdota de un momento de su vida en la que estaba escribiendo para HBO a la vez que guionizaba un programa infantil. Su cabeza no fue capaz de recordar la importancia del cambio de registro entre ambos formatos, por lo que lo despidieron del programa infantil con un duro mensaje: “estás mentalmente enfermo”. Conclusión: nunca debemos perder de vista el tono de la historia que estamos escribiendo.

Antes de acabar este apartado, reflexionó sobre la herramienta que, a su juicio, es imprescindible conocer para manejar el tono y registro de la historia. “Si os tenéis que quedar con algo de la charla de hoy, que sea con esto”, sentenció.

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Dibujo realizado por Scott Kolbo.

La herramienta en cuestión es el Triángulo Realista, de Scott McCloud. Drew aplicó los principios del triángulo a la escritura del guión. La explicación fue compleja, pero, en un intento de sintetizar, podríamos decir que en la punta superior del triángulo se encuentra la Realidad Borrosa (The Picture Plane). En ficción, dicha realidad correspondería con la ruptura de la cuarta pared, elemento que, para Drew, “es mucho menos original de lo que muchos guionistas pueden pensar”. A la izquierda del triángulo se encuentra la Realidad. “Se trata de la realidad aburrida. No hay que contar las cosas tal y como son, puesto que ese no es el trabajo del guionista“.

Para acabar, a la derecha se encuentra la Realidad Simplificada (The Word “Face”). Este es el elemento que le interesa a Drew. El buen guionista, para él, es aquel que consigue transformar y simplificar la realidad a un código comprensivo, interesante y lógico en términos audiovisuales. Es ahí donde podemos comunicar y contar nuestra historia. Aunque, eso sí, lanzó un claro mensaje. “No debemos abusar de la comunicación, ni soltar discursos que sobreexpliquen nuestra historia. Como dijo Glodwyn: si quieres enviar un mensaje, utiliza Western Union”.

Acto seguido, Drew se lanzó a reflexionar sobre las escenas. “Su escritura siempre debería ser igual a la de un partido de tenis”, contó, en referencia a la importancia de que el espectador nunca sepa quién gana y quién pierde conforme avanza el guión. “Nunca debemos estar de acuerdo al 100% con un personaje”, expuso, mientras recordaba varias “reglas”. Empezar tarde. Acabar pronto. Dejar lo más interesante para el final de la escena.

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Llegó el turno para hablar de los chistes. Su especialidad. “Llevo 25 años escribiendo chistes. De vez en cuando tengo suerte y escribo alguno bueno”.

Para él, el gran chiste es aquel que no cuenta con demasiados elementos, que no es demasiado complejo para evitar que sea claro y que no deja lugar a interpretaciones confusas. A su vez, contó que una buena forma de estructurarlos es pensar en 3 actos que siguen una norma básica: primero se utilizan dos ejemplos que marcan una pauta. El tercer elemento, contradice lo anterior.

De esa contradicción, justamente, nace el humor, lo que nos permite reflexionar que, para Drew, la contradicción es una de las bases del humor.

Drew lanzó una reflexión interesante sobre la construcción de los chistes, y expuso cómo Los Simpson estructuran sus chistes en una regla de cuatro. Dos ejemplos que marcan una pauta, un tercero que causa contradicción, y un cuarto que contradice a la contradicción.

Para acabar, Drew expuso que, para él, Seinfeld es una de las series que mejor ha sabido utilizar la teoría sobre la construcción de la buena comedia para avanzarse a las expectativas del espectador. “Siempre rompía los esquemas. Cuando pensabas que sabías por dónde iban, conseguían salir por otro lado. Sus chistes eran perfectos. Eran poesía”. Y de ahí, lanzó la bonita frase que quien aquí escribe ha decidido que era un buen titular. “El chiste perfecto es poesía”.

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No quiso dejar de hablar del oficio del guionista sin antes reflexionar sobre el punto que, para él, es el más importante: la reescritura. “Ningún primer borrador debería ser grabado jamás”. Irónicamente, expuso que una de sus escenas favoritas de The Thick Of It, y de las que más orgulloso está, se rodó precisamente en su primer borrador, lo que viene a recordarnos la importancia de reflexionar sobre que, al final, no hay regla que funcione siempre ni que podamos aplicar en todo momento.

Sobre la reescritura también aconsejó a los presentes la importancia de no tener compasión alguna con nuestro material. “La reescritura es el momento en el que matas a tus seres queridos”, aunque también aconsejó disfrutar del primer borrador. “Es un momento de tranquilidad que no va a repetirse”.

Con esto hacía referencia a la cantidad de opiniones que entran en juego a partir de que el guión empieza a pasar por los diferentes departamentos. “Las opiniones son como los ojetes, todo el mundo tiene una”, ironizaba, aunque también reconocía que hay que saber qué opiniones escuchar. “Hay mucho que aprender en las opiniones de los demás para saber cómo mejorar tu trabajo”. Eso sí, se declaró firme opositor de las notas contradictorias. Notas que, reconoció, le hicieron llorar cuando en una ocasión le tocó una dura reescritura en una sola noche con notas por parte del productor y del actor principal que eran completamente opuestas.

Drew quiso finalizar su Masterclass lanzando algunas reflexiones sobre el trabajo del guionista en el marco de la industria actual. Cómo no, tratándose de un guionista de comedia al que, literalmente, expuso que “nada le ofende”, utilizó toneladas y toneladas de ironía para hacer un análisis mordaz de la industria.

Es cierto que dejó claro que lo más seguro es que todos los trabajos funcionen igual, y que dentro de nuestra industria siempre hay excepciones, que por supuesto hay gente bellísima e inteligente, pero, tras las aclaraciones, expuso que, básicamente, lidiar con parte de la industria es lidiar con “idiotas, cobardes, irresponsables e inmaduros completamente incompetentes”. Cosa que puede ser complicada, sobre todo, como dijo, “si tú también eres un idiota”. Las risas fueron generalizadas.

Más allá del humor, Drew se puso serio y sí reflexionó sobre la importancia de la actitud de cada uno a la hora de afrontar los desafíos de la industria, y lo hizo con una interesante metáfora. “Ante el mal tiempo, el viento y la lluvia, puedes quedarte en tu casa pensando que eres una víctima más de la meteorología, o puedes ponerte un abrigo y salir a la calle.” Puede que Drew no dejara de ironizar sobre la industria, pero no cabe duda que al menos parte de su triunfo viene de haber sabido afrontar y superar las adversidades que, como en todo trabajo, siempre acaban surgiendo.

Por último, también reflexionó sobre que, a su juicio, es mejor escribir algo cool y que pueda recibir algún premio que no algo que sea muy taquillero pero que se considere de poca calidad. “Todo el mundo sabe que eso no es bueno. No sirve”. Ahí queda el debate.

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Que Drew es un hombre que se toma la vida con humor es algo que quedó más que patente a lo largo de las dos horas y media en las que estuvo hablando sobre la profesión del guionista. Que el humor es una herramienta que puede servir para quitarle hierro a lo que nos sucede, también.

En esta línea, a lo largo de la Masterclass Drew no tuvo problema en hablar con humor de las múltiples veces que ha sido despedido de varios de sus trabajos, ni tampoco de tomárselo, solamente, como lo que es: una parte más del trabajo del guionista.

Drew tampoco tuvo problema en sintetizar lo que ha aprendido tras tantos años de carrera. “El mejor guionista es aquel que consigue un equilibrio entre tener la confianza exacta en uno mismo y a su vez la sensibilidad necesaria para aceptar lo que digan los demás de él y de su trabajo. Demasiada confianza puede provocar un problema con el ego de cada uno. Demasiada sensibilidad, que no sobrevivas en la industria”.

Quizá, el punto medio entre confianza y sensibilidad nos lo puede dar, precisamente, el hecho de encajar lo que nos ocurre con algo de humor. Y, quizá también, es posible que todos podamos aprender algo sobre la filosofía con la que Drew afronta nuestro oficio desde hace ya 25 años.


“LA LOCA, LOCA HISTORIA DE BEN-HUR” ES LA LOCA, LOCA HISTORIA DE BEN-HUR

16 abril, 2019

por Sergio Granda

El título no engaña. Esto no es un épico drama de vocación cristiana con una grandilocuente trama de nudo en la garganta y puño entre los dientes. La loca, loca historia de Ben-Hur es, por increíble que suene, una alocada reinterpretación de, por asombroso que parezca, la historia clásica Ben-Hur. ¿Sorprendido? Sí, esto va de reír. ¿Lo consigue?

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Primero vamos a ponernos en situación. Hace 143 años, un exgeneral unionista, veterano de la Guerra de Secesión, coincidió en un tren rumbo a Indianápolis con el orador más popular de Estados Unidos. Según cuentan, el pasatiempo favorito de este último era pillar a católicos muy católicos con la guardia baja y desarmar su fe con una retórica aplastante. El primero, exmilitar reconvertido en abogado, añoraba sus antiguas aventuras bélicas, que tuvo que sustituir por la escritura de novelas cortas. Por su parte, el orador era algo así como un predicador del ateísmo, una rockstar blasfema gritando de pueblo en pueblo, de escenario en escenario, que el Antiguo Testamento es una patraña. Uno se llamaba Lewis Wallace y, hasta ese momento, lo de escribir le estaba saliendo regular. El otro era Robert Ingersoll, pero como “Bob” era algo soso todo el mundo le llamaba “El gran agnóstico”.

Del encuentro casual entre ambos nació la inspiración que Wallace necesitaba para escribir Ben-Hur, la historia de un príncipe judío hecho injustamente esclavo que regresa a Judea clamando venganza. “Suena épico, suena a éxito, suena a 15 millones de dólares”, debieron pensar en MGM. Y la jugada no les salió nada mal: 11 premios Oscar en 1959 así lo demuestran.

Por cierto, Wallace era este señor de aquí abajo y si alguien le hubiera dicho que 143 años después los Yllana iban a transformar su oda al cristianismo en una comedia gay friendly quizás hubiera olvidado, durante un par de segundos, su respeto a Dios. Y es que esta es la apuesta del montaje: Judah Ben-Hur no se mueve por venganza, ni para restituir su dignidad. Casi como un adolescente-Apatow lo hace por puro deseo sexual.

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Aunque para ser justos, hay que recordar que la relación homosexual entre Ben-Hur y Messala ya está insinuada en la adaptación de Wyler. Al menos, así lo confirmó el guionista no acreditado Gore Vidal. Y si, como dicen, la peli lo sugiere con miradas y frases de doble sentido, en el montaje de Yllana se evidencia, se subraya, se pone en negrita, en mayúsculas y se colorea con el paint . Ben-Hur tirándole fichas a Messala es el ADN de la obra. Es más, para los despistados, como el señor sentado detrás de mí (“¿por qué se soban tanto?”, exclamó), todo esto se verbaliza sin margen de error, momento “It’s rainning men” incluido.

Por otra parte, la dramaturgia que firma Nancho Novo replantea por completo a sus personajes femeninos. O, mejor dicho, sus personajes femeninos replantean la obra. O, mejor dicho aun, las dos actrices (Elena Lombao y María Lanau) deconstruyen su propio cometido en la trama. Porque si en la peli de Heston, tanto Miriam, madre de Ben-Hur, como Tirzah, su hermana, aparecen como mero trámite narrativo, aquí las dos deciden salirse del personaje y sabotear la función. Su exigencia de interpretar más papeles resulta uno de los contrapuntos más oportunos y divertidos del texto. Además, esta “metarebelión” feminista termina siendo una reflexión sobre el papel de la mujer en la ficción (y en la Historia). También es cierto que esto apenas afecta al hilo argumental. La cosa se queda justo ahí, en un ejercicio reivindicativo que apenas se traduce en trama. ¿Es un problema? Ni idea. Lo más seguro es que el señor de detrás (en adelante, Emilio), siga pensando en lo de Ben-Hur y Messala, y ni se plantee estas cuestiones. El caso es que todos cogimos el mensaje. Y nos reímos mucho. No se puede pedir más.

En este sentido, todo funciona mejor cuanto más se entrega a la comedia, a la carcajada porque sí, a ese chiste de “los hispanos son muy hispanos y mucho hispanos”. Ya lo sé, no es la primera vez que vemos a cuatro tíos con gáleas en la cabeza y faldas romanas jugando al absurdo. Pero es precisamente cuando la obra mira de reojo a Pijus Magnificus o al tristemente extinto Frente Popular de Judea cuando consigue más identidad. Hasta aquí, pulgar hacia arriba.

Quizás los peros vienen cuando el subtexto se transforma en texto. La idea de reinterpretar un clásico del género histórico para desmitificar todo lo escrito en mármol me gusta. Pero en cierto punto, está quizá más explicado de lo necesario. Para mí, lo más disfrutable de algo que se titula La loca, loca historia de Ben-Hur es la guasa por encima de todo. Pero en ocasiones, el humor da un paso atrás para hacer visible y evidente el trasfondo del texto.

Por su parte, el montaje contiene varias soluciones visuales llenas de ingenio, que se complementan con lo que Yllana llama teatromascope. Esto es, para entendernos, una inmensa pantalla que recrea los escenarios icónicos de la peli. Y funciona. La experiencia es inmersiva por completo. Por esto, pero, sobre todo, por los actores. De hecho, la carrera de cuadrigas es la prueba irrefutable de que lo único que necesita el teatro para ser creíble es a cuatro actores dándolo todo, creyendo que realmente se están partiendo la cara en la arena del Coliseo. Se lo creen ellos, me lo creo yo, Emilio sigue pensando en lo de Ben-Hur y Messala. Todo bien.

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“La loca, loca historia de Ben-Hur” estará en el Teatro La latina de Madrid hasta el 26 de mayo. Pero si no puedes acercarte, recuerda que dentro de nada es Jueves Santo y con plena seguridad echarán la película en televisión en horario de sobremesa.

Y Emilio: si has caído aquí por azares de la vida o porque buscas respuestas sobre lo que viste entre Ben-Hur y Messala, tengo un mensaje para ti: sí, Emilio, SON GAYS.


SOBRE ON FILM MAKING, EL IMPRESCINDIBLE MANUAL DE GUIÓN

28 marzo, 2019

Por Àlvar López.

Hacía demasiado tiempo que tenía ganas de leer el brillante libro de Alexander Mackendrick, titulado On Film Making: Manual de escritura y realización cinematográfica. 

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Vaya por delante: recomendar este libro es como si en los años noventa escribes un artículo hablando sobre Los Beatles con el enfoque “hoy vamos a hablar sobre un grupito de Liverpool que parece que va a triunfar”. On Film Making es una referencia obligada en la biblioteca de cualquier guionista. No voy a descubrirle nada a nadie. Aún así, vale la pena dedicar unas líneas para hablar sobre esta joya.

La edición en castellano empieza con un breve prólogo firmado por Martin Scorsese y en el que ya se deja entrever la importancia del libro. Para el aclamado cineasta, cualquier Universidad en cualquier parte del mundo que enseñe Estudios Fílmicos debería vertebrar su programa a través y a partir del manual de Mackendrick.

Pensad bien, por un momento, en lo que eso implica: con estas palabras Scorsese es como un apóstol diciendo “a partir de ahora, todo creyente que se precie deberá basarse en estos principios”. Casi nada.

De la reflexión de Scorsese surge una pregunta. ¿Por qué este libro sigue destacando entre los miles de manuales similares que tenemos a día de hoy a nuestro alcance? Posiblemente, porque aunque el manual no llega a las 300 páginas, su lectura puede durar toda una vida. Cada página está repleta de consejos útiles. De ilustraciones y fotografías que ilustran las enseñanzas de Mackendrick. De reflexiones y recomendaciones que, más o menos, todos podemos intuir, pero es muy posible que no seamos capaces de explicar (ni a los demás, ni a nosotros mismos) de una manera tan clara, cercana y sencilla.

Como es imposible detenerme en todo lo que me gustaría destacar, voy a centrarme tan solo en algunas de las reflexiones que más me han llamado la atención. Pero insisto: quizá si ahora me resuenan más se debe tan solo a que me han ayudado a repensar sobre el material que estoy escribiendo. Seguro que si escribiera esto mismo en seis meses destacaría otros elementos. No lo dudéis: leed el libro. Y si ya lo habéis hecho, releedlo.

Mackendrick lo dice claramente: el cine no es literatura. Parece obvio, pero acostumbramos a que se nos olvide a menudo. Un guión debe transmitir a través de la gramática fílmica (acciones, imágenes), no de las palabras. En nuestras historias debemos mostrar mucho más y hablar mucho menos, tanto como debemos conseguir que la sutileza impere en nuestros diálogos: lo que no se dice suele ser más importante de lo que se dice.

Sin duda, las necesidades de nuestra historia nos impulsarán a ser expositivos en más de una ocasión. Si queremos que la historia avance, necesitaremos explicarnos. Ahora bien, hay muchas formas de construir la exposición. “Si el único propósito del diálogo es proporcionar información no a los personajes de la escena sino al público, resultará aburrido”, apunta Mackendrick.

Una de las mejores guionistas que conozco y con la que tengo la suerte de trabajar siempre tiene la amabilidad de recordármelo de manera similar: no caigamos en la obviedad. Nuestra tarea como guionistas es que el espectador no perciba el avance de la historia, entretenido como debería estar con los conflictos, giros y/o misterios que le hemos sembrado en la escena. Enseñar sin ser vistos. Ni más, ni menos.

No hay historia posible sin tensión dramática o conflicto. O, lo que es lo mismo, que mostremos no significa que escribamos de manera contemplativa. Necesitamos contar una historia donde tengamos un protagonista. Protagonista que solo existe en relación a su antagonista. Y aquí no hablamos de “buenos” o “malos”. Hablamos de deseos y objetivos que se oponen, de visiones antagónicas que se encuentran en un mismo punto y que deben superar obstáculos para poder culminarse con éxito.

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Por tanto, nuestros personajes (protagonistas y antagonistas) deberán resolver conflictos que nazcan de ellos, que provoquen tensiones cruzadas y donde dichos conflictos se cuenten de manera clara para el espectador.

Avanzándose a nuestras posibles preguntas, Mackendrick destaca que ser claros no implica que no podamos ser a la vez ambiguos. “La claridad es la comunicación de lo esencial y la exclusión de lo que no lo es”, lo que puede implicar que, en términos de suspense, nos interese ser ambiguos de manera clara para excluir interpretaciones no deseadas o alejadas de nuestras intenciones.

Del mismo modo, el director también se esfuerza en dejar claro que sutileza y sencillez son cosas muy diferentes. La escritura cinematográfica debería basarse en los pilares que permitan “contar la historia con la mayor ligereza posible con el mínimo esfuerzo”. Y, en ocasiones, hacerlo puede ser contrario a ser sutiles. Se trata de un delicado equilibrio. Nuestro trabajo es encontrarlo.

Mackendrick dedica varias páginas a hablar sobre la escaleta y sus posibles funciones en el proceso creativo. Tengo la sensación de que esta herramienta es una de las que más polémica puede suscitar entre los guionistas. Y tengo también la sensación que ni el mismo Mackendrick tiene claro cómo enfocar el acercamiento a la escaleta.

En la misma página, el profesor y director nos habla de que “si tal escritor prefiere tenerlo todo planeado por adelantado, es probable que cuando los personajes empiecen a cobrar vida en su imaginación se empeñen en tomar un rumbo imprevisto”. Acto seguido, expone que si improvisamos demasiado podemos acabar con guiones que “no tienen objetivo, carecen de drama y de estructura”.

El punto medio, quizá, es entender las necesidades de nuestra historia para saber qué herramientas pueden sernos útiles en cada momento. Mackendrick propone una posible solución. No escaletar la primera versión de la historia. La improvisación, la creatividad y la intuición tienen mucho que decir en esa primera fase. El análisis posterior, sin embargo, sí puede ser muy pertinente y eficaz para detectar cómo podemos afianzar la historia que ya hemos creado.

Me gustaría cerrar el tema con una frase del autor. “No hay contradicción entre planificación e inspiración. De hecho, podemos ir más allá y afirmar que de nada vale la una sin la otra”. Quizá deberíamos obsesionarnos un poco menos con las escaletas y entender que, pese a que su utilidad es evidente, podemos sacrificarla (siempre que nuestro productor, que al final es quien pone la pasta y quien quiere leer un documento intermedio, nos lo permita) durante gran parte del proceso creativo.

No lo hemos mencionado hasta ahora, pero, por si alguien no lo sabe: antes de convertirse en profesor, Mackendrick fue guionista y director de algunos largometrajes sublimes como son The Man in the White Suit (1951) y The Ladykillers (1955). A dicha trayectoria se le debe sumar su faceta de analista de proyectos en desarrollo durante casi diez años en un estudio británico. El callo que tenía para detectar lo que funciona y lo que no en una historia era considerable.

Por esto último es interesante prestarle atención cuando asegura que “cualquier guión que llegara a la fase de producción se había reescrito un mínimo de cinco veces y un máximo de siete”.

Podemos deducir dos cosas muy interesantes sobre esta reflexión. La primera es que, como todos sabemos, escribir es reescribir, una y otra vez, hasta que consigamos dar con la mejor forma de contar nuestra historia. Seis versiones en profundidad de un mismo guión (versiones reales, no de las que cambiamos un par de comas y dos frases de diálogo) equivale a una tonelada de trabajo.

La segunda es que debemos desarrollar cierto ojo crítico para intuir cuándo tenemos una historia con los suficientes elementos para convertirse en un largometraje… pero, sobre todo, cuándo no los tenemos. Por más que seamos unos expertos en detectar lo que no está funcionando en las historias de los demás, la mayoría de nosotros tendemos a enamorarnos de lo que escribimos, lo que nos impide llevar a cabo el análisis que nuestro material necesita.

¿Hay alguna forma de entrenar nuestra habilidad para detectar si nuestra historia está destinada al fracaso? Pues, seguramente, no. Pero sí podemos prestar atención a algunos elementos.

Por ejemplo, si nos lanzamos a escribir sin tener claro hacia dónde vamos, tenemos muchas posibilidades de equivocarnos. Es decir, si tenemos historia (o creemos que la tenemos) pero no tenemos clímax, no tenemos nada. “Solo podréis reconocer cuál es el principio adecuado para vuestra historia cuando hayáis topado con el final”, dice Mackendrick, para luego añadir que “la debilidad del tercer acto no es solo una debilidad de la última parte del libreto, sino del guión en su totalidad”.

Aunque a todos nos apetece lanzarnos a escribir la idea que nos quema por dentro, no está de más que reflexionemos por qué estamos escribiendo esta historia. Y, creo intuir, ese por qué está claramente conectado con el final, con nuestra conclusión. Al menos, en las historias clásicas que se estructuran a través de los tres actos. (Inciso: Marta Grau reflexiona en este artículo sobre los motivos por los que la estructura en tres actos continúa vigente después de tantos siglos).

Quizá otra de las habilidades interesantes para analizar nuestra historia sea la capacidad de dejar de lado nuestro ojo de guionista y poder convertirnos en actriz, actor, director o directora por un momento. La conexión entre estas tres ramas de la misma profesión es más que evidente. Como apunta Mackendrick, nunca podremos llegar a dominar una de las facetas sin conocer, al menos, los principios básicos por los que se rigen las otras dos.

Termino como empiezo, haciendo hincapié en todo lo que se ha quedado fuera de esta reseña y que valdría igualmente la pena destacar. Y, también, con dos reflexiones que me sirven de conclusión.

Tanto Scorsese como Mackendrick concuerdan en que la teoría es solo eso: teoría. De poco sirve sin la práctica. El oficio del guionista se aprende escribiendo. Por más que tengamos teoría en nuestra cabeza, tarde o temprano, la cagaremos. Una vez, y luego otra. Y luego otra. Pero de cada error podremos aprender algo. Por tanto, la teoría de este manual (y de cualquier otro) solo es útil desde el momento que la ponemos en práctica. Probablemente, muchos de los consejos nos servirán. Probablemente, muchos otros, no.

La última reflexión hace referencia a una sensación que parece transmitirse a lo largo de todo el libro. Mackendrick tiene dudas sobre sus propias enseñanzas. Podríamos decir que casi las comparte con nosotros con cierta timidez, disculpándose por intentar predicar sobre algo tan etéreo como eso que llamamos arte.

La subjetividad es una parte indivisible de nuestra profesión con la que debemos aprender a convivir. Lo que está “bien” o “mal” es fácilmente discutible, y muchas ocasiones confundimos conocimientos y técnicas con gusto personal.

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Chantaje en Broadway es uno de los films más conocidos de los dirigidos por Mackendrick. En el manual, el director lleva a cabo un análisis exhaustivo del guión y cuenta los desafíos a los que hicieron frente durante el proceso creativo y el posterior rodaje.

Y, aún así, el valor de lo que Mackendrick comparte con nosotros es impagable. Sin dejar de lado que hay muchas otras formas de abordar el proceso creativo, o que incluso habrá quien entienda algunas de las reflexiones que he decidido compartir de manera diferente a la que yo lo he hecho, de lo que no hay duda es de que, como dice Scorsese, este manual debería ser la base de cualquier programa de estudios fílmicos.

Para el que le sirvan los consejos, habrá encontrado un tesoro. Para el que no, habrá encontrado una teoría que desechar y sobre la que poder construir su propio sistema. ¿Acaso no es eso también un tesoro?


MOBY DICK: CAVESTANY DESEMBARCA EN EL TEATRO COMERCIAL

20 febrero, 2019

Por Pablo Bartolomé.

La obstinación es algo fascinante. Al menos, si la entendemos como herramienta narrativa para la construcción de personajes.

La obstinación nos permite escribir un personaje cuyo motor sea la autodestrucción y que esto sea verosímil. Es un recurso que nos permite definir personalidades complejas y con las que poder empatizar fácilmente.

Me atrevería a decir que el truco reside en que vivimos en un momento de clara tendencia a la devastación. La capacidad para inmolarnos está dentro de cada uno de nosotros como individuos y como sociedad -no hay más que ver las últimas encuestas electorales para comprobarlo-, la desolación es, o eso afirmo yo, el zeitgeist en el que estamos inmersos.

Es, quizá por esto, que Moby Dick, el texto de Herman Melville, se adapta tan bien a nuestros días. Y es normal. El texto, además de brillante, pasa por mostrarnos a uno de los personajes más deslumbrantes y abstrusos de la literatura, y lo es, entre otras cosas, porque es un personaje definido por una obsesión que lo acaba destruyendo. Estoy hablando, obviamente, del capitán Ahab.

Por lo tanto, que Pentacion espectáculos nos traiga hasta el Teatro La Latina una adaptación de la obra de Melville –en cartel hasta el 10 de marzo-, es cuanto menos interesante. Si encima, la adaptación corre a cargo de Juan Cavestany y el encargado de dirigirla es Andrés Lima es, además, estimulante.

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No es Moby Dick un texto fácil de adaptar. La obra de Melville, que a veces de expansiva parece inextricable, no es el reflejo de un universo que poder constreñir a las tablas de un teatro. Sin embargo, Cavestany lo hace. Y lo hace bien, muy bien. Apostando todo a una sola carta, el personaje de Ahab, el capitán del ballenero Pequod, obsesionado con dar caza a un ser fantástico (en todas sus acepciones), como lo es Moby Dick, el enorme cachalote blanco. Asumiendo, o entendiendo, que esa es la esencia de la novela.

Como muestra, el libreto no empieza con el ya eximio “Llamadme Ismael (Call me Ishmael)”, sino que aparecemos directamente en la cubierta del Pequod, con un Ahab en el centro y como centro (interpretado por Josep María Pou), que ya está inmerso en la locura. Arrancamos sin aviso, sin prevención, directamente en un In medias res emocional, que nos transporta paso a paso, indolentes y sin remedio, a un abismo oscuro -y húmedo- como es la caza de la ballena blanca.

El texto son 90 minutos, una hora y media sobre el escenario en la que Ahab lo es todo. Aunque Josep María Pou no está solo: la narración se reparte entre dos actores más (Jacob Torres y Óscar Kapoya), que dan vida a los distintos tripulantes del ballenero.

Es esta una propuesta oscura y compleja, que no se muestra amable con el espectador, sino más bien retorcida y amarga, ya que Cavestany traslada a monólogos las sesudas reflexiones que se encuentran en la obra original.

No sobra ni falta nada ni nadie para sentir que estamos en medio de la batalla que tiene Ahab contra todo y contra todos. Andrés Lima consigue reproducir la proa de un barco con no muchos elementos escénicos y una apuesta dinámica (y, por tramos, brillante), que nos permite visualizar todos los ingredientes narrativos que plantea la adaptación de Cavestany, desde una simple tormenta hasta la complejidad de la pesca de los cetáceos.

Es esto, desde mi punto de vista, lo mejor de la obra: la capacidad de Lima para trasladar al universo teatral los componentes más simbólicos que encierra la locura del personaje de Ahab. Y el director lo consigue con una simpleza admirable, algo habitual en él.

Me gustaría resaltar dos de esos artefactos narrativos, como ejemplo de la enorme capacidad de la que hablo.

El primero es la (casi) constante presencia de un enorme ojo en el escenario. Un ojo que observa, que vigila. Un ojo que bien podría ser el ojo de Moby Dick. O lo contrario, la mirada fija de Ahab en su objetivo. Un ojo como ejemplo de obstinación. Un ojo como resumen psicológico de todo un texto.

El segundo es el gran momento de toda la representación. La aparición de la ballena, del Leviatán, y el consecuente desenlace trágico del personaje.

No me gustaría revelar mucho, por aquello de no robarle al espectador la experiencia que tuve yo al verlo, pero solo diré que Andrés Lima sabe perfectamente traducir de manera visual el descenso final de Ahab hacia los infiernos.

Y es entonces, sin Ahab, sin barco, sin Moby Dick, es decir, sin nada, cuando se enuncia en escena el antes mencionado “Llamadme Ismael”, segundos antes del “negro” que acaba con la función. Como si de una declaración de intenciones se tratase. Subrayando la tesis: Ahab es la obra, Ahab es el alegato. Un hombre dibujado por su dolor, por su destrucción, de la que es consciente y a la que voluntariamente se somete, puesto que es ahí donde reside el propio sentido de su ser. Sin ballena no hay Ahab.

Decía Melville, en la voz de Ismael, que “El mar es un espejo en el que los hombres se encuentran a sí mismos”, en el arranque de la novela. Yo añadiría -mira, mamá, corrigiendo a Melville- que no es el mar, sino el abismo, y que es la decisión de hundirnos en él o no, lo que marca quiénes somos.

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LO QUE APRENDÍ VIENDO HAPPY VALLEY

24 octubre, 2018

Por Gabi Ochoa.

Tal vez el policial que más me haya atrapado en los últimos años sea esta historia en apariencia sencilla de una agente de policía en el barrio de Happy Valley. No solo porque respira veracidad, o porque tiene un humor negro finísimo, sino porque su estructura, pese a no seguir los cánones mckeenianos, es un mecanismo de relojería inglesa, del que deberíamos aprender más a menudo.

Por eso tras acabar las dos temporadas de la serie, he resuelto escribir algunas reflexiones que he ido anotando a medida que avanzaba la historia.

De lo primero que me llamó la atención es como Happy valley no se centra en una trama que hay que seguir, sino que cuenta desde los personajes. Esto, que a priori puede parecer peligroso, hace que sea el gran acierto de la serie. Definir los personajes con sus excentricidades, inseguridades o vacilaciones (tal vez el personaje de Clare Cartwright, hermana de la protagonista, sea el mejor acierto en este sentido) hace que les tengas cierta cercanía. Puede pasar con Clare o puede pasar con alguno más secundario. Dedica mínimo una secuencia de presentación a cada uno, hace que entiendas a ese personaje en el primer diálogo.

Pero no se centra en los personajes, porque sí, Happy valley cuenta una historia, solo una. Esto también es importante en el universo multitrama que showrunners como Lindelof nos han vendido. Esta es la historia de Catherine siguiendo al que jodió la vida de su hija, Tommy Lee Royce. En un libro sobre dramaturgia y dirección que recomiendo mucho “Notas de dirección” de Frank Hauser y Russell Reich, los autores hacen hincapié en que todas las escenas son escenas de persecución. No “persecución” en el sentido literal de la palabra, pero sí de “alguien quiere algo de alguien”. Esto hace que la acción se mueva por motivaciones orgánicas, claras y lógicas. Piensa eso cada vez que escribas.

Otra de las notas que me apunté fue la importancia de crear afluentes, no ríos paralelos. Aunque infiere mucho en la nota anterior, hay un matiz. Es importante la historia de Catherine y Tommy, pero puede haber otras que se vayan desarrollando. Ahora, es un afluente, no es principal, está subordinada a la principal. Cuando explico dramaturgia a mis alumnos/as siempre hago hincapié de esto en las obras de Shakespeare. Si lees “El rey Lear”, la historia de Gloucester es afluente a la de Lear, y además, la complementa. Es el ejemplo ideal para entenderlo. La historia de Clare, su hermana, y su relación con el ex, o la historia de John Wadsworth, el agente de policía que tiene un affaire en la segunda temporada, son afluentes que luego llegan al río central. El final de la segunda temporada nos lo hace ver con absoluta claridad.

Esto me lleva a otra nota que apunté al final de la primera temporada. Cuando leí “Imágenes narradas” de Coral Cruz se me quedaron algunos conceptos muy marcados que intento trabajar a fuego en mis guiones. Uno de ellos es la unión de los principios y finales. El final tiene que estar en el principio, una semilla, algo que reverbere. El arranque de la serie, cuando Catherine tiene que ir con un extintor a negociar con un yonqui para que no se prenda fuego es TODA la serie: ella es una apaga fuegos, pero además, lo será más aún cuando se ponga en peligro a su familia de igual manera, tiene que saber negociar (lo hace en toda la serie con todo el mundo, incluida su familia) y lo irracional está presente en prenderse fuego, en dejar de existir. Es magistral como está contado. Las dos escenas son para analizarlas en cualquier clase de guión.

Siempre que me meto en un proceso de escritura hay una parte que disfruto mucho que es la investigación, saber de ese mundo, conocerlo y analizarlo desde todos los puntos de vista. Pues en Happy valley se nota que la serie está empapada de ello. Sally Wainwright ha investigado a fondo. Cuando en el capítulo 4 de la segunda temporada nos recuerdan que en los ochenta a ellas, mujeres policías en un entorno masculino, les regalaban un bolso, se nota la veracidad de haber investigado sobre ello. No es una conversación casual, nos hace sociología de los personajes, de quiénes son. No se retuerce en sus traumas, solo muestra una parte de lo que han sido paseando su mirada por el pasado. Es excepcional como apunte, y como reflexión de su presente.

Por último, ahora que parece que las ficciones se han dado cuenta que no solo deben aparecer un tipo estandarizado de personajes, la serie utiliza la diversidad sin imposición, solo porque quiere mostrar una realidad: la sociedad es diversa. Es algo que Happy valley logra de una manera pasmosa, sin necesidad de señalar esa diversidad, simplemente mostrándola. Fíjate en cómo es el cuerpo de policía donde patrulla ella. No hace falta marcar la procedencia de cada uno, solo reconocer una diversidad. Esta nota es importantísima de cara a las futuras series que nazcan en España: tenemos un déficit brutal en la diversidad, cada vez menos en lo sexual, pero sí en lo religioso y racial. Recomiendo algunas de las reflexiones que hace Miriam Hatibi en “Mírame a los ojos” sobre el cine y las series españolas.

En fin, espero haber despertado vuestra atención sobre el policial más interesante de los últimos años. Si eres como yo que estás esperando la tercera temporada, seguiremos con curiosidad las andanzas de Catherine y Tommy Lee Royce.

 


GUÍA PRÁCTICA PARA EL CONECTA FICTION

6 julio, 2018

Por Natxo López, Gabi Ochoa y Héctor Beltrán

Otro año más se celebró en Santiago de Compostela el CONECTA FICTION 2, un evento internacional organizado para fomentar la coproducción y el networking entre productoras, televisiones y plataformas. Todo el mercado gira en torno a las series y desde la organización se seleccionan proyectos en fase de desarrollo en categorías como Pitch Copro, Pitch Digiseries, Pitch Laboratorio de SGAE y Pitch Clips organizado por ALMA y FAGA. Exacto, hay mucho pitch y por lo tanto, mucho guionista con su proyecto debajo del brazo. Este post, articulado en unos cuantos consejos basados en nuestra experiencia, cuenta cómo acudir a uno de los mercados más importantes de ficción de España para impulsar tus proyectos y que se acaben produciendo.

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Entrada al edificio Gaiás donde la organización acredita a los asistentes.

Antes de viajar a Santiago de Compostela, el festival te proporciona una clave para poder acceder a la intranet. En esa intranet dispones de tu perfil que debes rellenar y si quieres, hacer una breve presentación de tu proyecto y qué estás buscando, si coproducción, productora, una plataforma, televisión, etc. Una vez lo tengas hecho hay que hacer las maletas, y no nos referimos a la ropa que te vas a llevar, sino a los materiales que darás a los productores.

1.- LLEVA TARJETAS: Aunque parezcan algo del pasado, en los mercados todo el mundo sigue llevando tarjetas personales o de empresa. Lo habitual es intercambiarlas al comienzo de una reunión, y suponen una herramienta muy útil para hacer seguimiento de la gente a la que has conocido, y para que ellos también puedan localizarte rápidamente. ¿Nuestro consejo? Que sean sencillas pero no demasiado baratas, lo importante es que muestren con claridad tu nombre, tu labor profesional y tus datos de contacto.

2.- LLEVA TU PROYECTO IMPRESO: Sí, es un gasto de dinero, pero a la hora de contar tu historia resultará mucho más fácil si tienes un dossier en el que se transmita el estilo y las intenciones visuales de tu proyecto. (Será especialmente útil si tienes reuniones en otro idioma). Y si ya quieres ser muy “pro”, intenta llevar varios dossiers impresos para entregárselos a aquellos interlocutores que te interesen más. Será una manera de que te recuerden y que puedan luego echar un vistazo más en profundidad. Eso sí, no entregues biblias de 200 páginas; deben ser documentos de venta ligeritos para no cargar a la gente, y para dejar con ganas de más. También puedes añadir algún detalle útil o “regalo” que concuerde con el proyecto para impactar al productor o ejecutivo de cadena.

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Fotografía de los dosieres y bayetas de micro fibra del proyecto de serie de Gabi Ochoa y Héctor Beltrán Sin Huellas.

3.- TEN MATERIAL PREPARADO: Tras las reuniones in situ, si un productor, una cadena o una plataforma tiene interés en tu historia, te solicitará más material. Además de enviar el dossier de venta en formato digital, lo ideal es tener ya preparado un piloto o una Biblia más extensa que poder enviar con cierta rapidez (en las semanas posteriores), en lugar de ponerse a escribir en ese momento para enviarlo meses después. También es muy conveniente, dentro de lo posible, tener todo el material traducido al inglés.

4.- PRACTICA TU INGLÉS: Muchas de las personas con las que vas a tener la oportunidad de tener una reunión se comunican en inglés. Para bien o para mal, es el idioma universal en los mercados, sobre todo en un mercado de coproducciones como éste. Si tienes un pitch, intenta preparártelo en inglés. No pasa nada si tu acento es horrible o si no sabes expresarte con fluidez, quítate esa vergüenza idiomática tan española; basta con que lleves más o menos aprendida tu historia, y seas capaz de establecer un mínimo diálogo con tu interlocutor, especialmente explicarle qué es lo que buscas. Por supuesto, también habrá mucho hispanohablante y gente que hable otros idiomas.

Una vez has hecho esto empieza lo bueno. Es hora de meterse de lleno en la web del CONECTA FICTION y pedir cita a quien te interese.

5.- HAZ MATCH: Desde tu perfil accedes a una página en la que puedes ver los productores, las plataformas o las televisiones que van a estar. Y lo más importante, qué están buscando. Esta herramienta es muy útil, ya que te permite tener una visión general de todas las posibilidades que te ofrece el CONECTA. Es como un Tinder del audiovisual pero en este caso no hace falta que quedes en un bar cutre-molón de Malasaña. En principio, cada reunión dura quince minutos pero si necesitas más solo tienes que marcar las casillas siguientes. En realidad, esos quince minutos son suficientes para presentarte, preguntar qué tal va la jornada y exponer un breve pitch que deje espacio a preguntas. Si la cosa va mal es posible que te sobren minutos pero si va bien, seguramente te comerás tiempo de la siguiente cita. No pasa nada, así es el juego, como en las citas exprés. Si hay un flechazo siempre puedes quedar después o aprovechar la hora de la comida para seguir “ligando” con tu proyecto.

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Captura de la agenda de Héctor Beltrán en el Conecta Fiction 2.

6.- NO SEAS UN PICAFLOR: Está claro que hay muchos productores, muchas cadenas nacionales, europeas y latinoamericanas. A esto súmale HBO, Netflix, Amazon y Movistar. Vale, es el paraíso del guionista con un proyecto pero contente, no vayas a lo loco, no por hacer muchas reuniones van a tener más éxito. En realidad solo necesitas seducir una vez. Ten en cuenta que tu proyecto en el que has trabajado tanto tiempo o que aprecias muchísimo tiene un valor. Si lo vas paseando por ahí y se lo presentas a todo el mundo lo estarás devaluando. No será la primera vez ni la última que un proyecto se ha quemado porque diferentes productoras o televisiones se han enterado de que ya se las ofrecieron a los demás. Y nadie quiere algo que ha rechazado la competencia. Piensa que es un mercado, no un mercadillo. Eso sí, también ha pasado que alguna televisión no ha sabido ver el potencial de un proyecto y la competencia lo ha comprado. Al fin y al cabo, nadie sabe nada. Así que a priori, hazte una lista de las productoras que mejor se adecuan a tu serie y ve a por ellas. Y si no te aceptan las reuniones, no pasa nada, una vez empieza el CONECTA siempre puedes seguir solicitando. En definitiva, es mejor ser un francotirador que un picaflor.

7.- SE RESERVAN MESAS: El total de acreditados este año ha sido de 531 y se han contabilizado 2.400 reuniones. Imagina el riego de gente y el ruido que supone todo este ajetreo. La Caja de Ficción es el espacio designado para las reuniones pero a veces hay un poco de caos. Si quieres charlar tranquilamente, mostrar tu teaser en la tableta o simplemente estar lejos de los ojos curiosos del pasillo central, la organización ofrece mesas para este propósito. Incluso los proyectos de serie escogidos por los comités disponen de mesas privadas para las reuniones.

8.- NO TODO EL MONTE ES NETFLIX: Tenemos tanta obsesión con las plataformas (o televisiones) que se nos olvida que necesitamos un compañero/a de viaje, un productor/a, alguien que ame la idea como tú y sepa venderla y contabilizar cuánto cuesta cada capítulo, planificar su venta, etc. Son incluso más provechosas las reuniones con productoras, e incluso con directores/as que con una cadena. Sí, ellas así te conocen y conocen tu proyecto, pero lo siguiente que querrán saber es quien produce esa maravillosa idea, porque no vas a hipotecar la casa de tus padres, ¿verdad?

9.- VIGILA EL MERCADO: Además de las reuniones, el CONECTA FICTION ofrece una serie de paneles, charlas y presentaciones muy interesantes sobre la industria. ¿Qué se está haciendo en ese momento? ¿Qué proyectos hay en desarrollo? ¿Cómo se produce en otros países? Todas esas preguntas obtienen respuesta en estos eventos y no tanto en las charlas one to one en las que intentas vender tu propuesta. Así que ten un ojo en el mercado acudiendo a estos casos de estudio. Igualmente, también es importante ver los pitch de los demás guionistas, es interesante ver cómo pitchean profesionales consagrados y guionistas más noveles. Siempre se aprende algo. En pocas palabras, es recomendable tener un ojo en tu proyecto y otro en la industria. Tampoco será la primera vez ni la última que un guionista está tan feliz desarrollando algo increíble en casa y un día abre Formula TV o Twitter y lee una noticia sobre el inicio de rodaje de “tu” idea. A veces, en este oficio es importante ser el primero.

10.- DISFRUTA DEL VIAJE: Como diría Pablo Motos “hoy ha venido al CONECTA a divertirse…” Sí, no todo va a ser tensión, nervios y pitch a cascoporro. Relájate, no estés tenso y concentrado todo el rato, a veces, entre las reuniones hay huecos para tomar algo y ver el ambiente, de hecho este año había un escape room de El Recluso, una serie de Telemundo Studios Internacional. No obstante, no bajes la guardia, en esos momentos de distensión pueden surgir pitchs de barra, conversaciones inesperadas que se trasforman en reuniones o contactos con los que no contabas. Aunque si te pasas las horas de relax de las comidas y descansos como un ave rapaz esperando a su presa dejarás de conocer a otros guionistas o productores en un ambiente informal y acabarás siendo el pesado del canapé de salmón.

11.- DEPRESIÓN POST-CONECTA. Después del chute del Conecta vuelves con las pilas cargadas, con muchas tarjetas, reuniones futuras e ideas. También sabiendo que buscan algunas productoras y/o cadenas. A partir de ahora planifica: una vez lanzado el anzuelo, tira de él para saber a quién realmente le interesa y además, qué proyectos podrías desarrollar para el futuro. Planifícate y ponte deadlines. Gabi Ochoa habló de eso aquí en estos 3 posts sobre cómo planificarte, desarrollar y vender. Esto no se ha acabado.

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En el edificio Gaiás es donde se hacen las reuniones para pitchear. (Foto: Xosema)

Y bueno, parece una perogrullada, pero esta siempre es de las mejores: lleva agua. Si hace calor, o aunque no lo haga, vas a ser un profesional del lenguaje, como diría Mamet. Vas a hablar constantemente del proyecto. No llegues al hotel con dolor de cabeza porque no te hidrataste bien. Sí, suena a tontuna, pero no sería la primera vez que pasa, el clásico mareo de guionista. Ánimo con vuestros proyectos y el año que viene puede ser el tuyo el que se venda en Conecta Fiction. Recuerda el refrán que inicia Glengarry Glen Ross: “Siempre cerrando ventas”.


* Recordad que hoy se estrena en 51 salas de toda España JEFE, película escrita por el Bloguionista Natxo López y dirigida por el también Bloguionista Sergio Barrejón.


ANÁLISIS DE PELÍCULAS: VERANO 1993

19 abril, 2018

Por Pablo Bartolomé.

El otro día hablaba con mi padre sobre su propincua jubilación. Aunque en su caso el trabajo nunca ha sido una cuestión vertebral, es fácil entender el vacío, casi existencial, que se le avecina.

Le propuse, para enfrentarse al tiempo, que escribiera y contara aquellas cosas que había vivido y que le gustaría que se recordasen, su respuesta fue tajante: “¿A quién le va a importar eso?”.

Es curioso cómo parece estar extendida la idea de que solo las grandes historias merecen ser contadas. Bueno, pues yo digo que no. Todo lo contrario. Creo que hasta la anécdota más íntima o personal, puede llegar a ser una narración atractiva o emocionante.

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Dándole vueltas a esa idea, pensando en ejemplos que haya podido ver o leer, llegué hasta “Estiu 1993“, una historia basada en una experiencia que según declaró la propia Carla Simón, guionista y directora de la película, sufrió en un periodo concreto de su vida.

Desde mi punto de vista, el trabajo de un narrador reside precisamente en saber convertir nuestras inquietudes o experiencias en historias interesantes para el resto. Por esto voy a intentar analizar el guión de Carla Simón y encontrar aquellos elementos que han conseguido hacer de una historia que a priori no tendría por qué ser atractiva para el gran público, una de las revelaciones de 2017.

En “Estiu 1993” se cuenta una pequeña historia de transformación a la que se enfrenta una niña, Frida (Laia Artigas), que con solo 6 años sufre la trágica muerte de sus padres. La pequeña se ve obligada a abandonar su casa, su barrio, sus amigos e irse a vivir con sus tíos, que pasarán a ser sus nuevos “padres”, Marga y Esteve (Bruna Cusí y David Verdaguer), a una casa de campo.

Frida, por tanto, debe hacer frente a una situación impropia para una niña de su edad: asumir no solo la muerte de sus padres, sino también la ausencia definitiva de su espacio íntimo y de confianza, algo que tendrá que construir de nuevo sin, apenas, herramientas emocionales para ello.

Lo primero a destacar del guión es que se podría decir que estamos ante lo que se conoce como una estructura Character-driven, es decir, la narración evoluciona y se organiza en función de un personaje, en este caso Frida, que nos guía basando su acción dramática en el desarrollo de sus relaciones personales y en su arco de transformación emocional. Es por lo tanto, el “causa-efecto” (mejor dicho para este caso, el aprendizaje por prueba y error) lo que hace avanzar la acción (o lo que hace que Frida vaya adquiriendo experiencia).

Sí que hay algunos plot points identificables que organizan la narración en cuatro grandes bloques -yo señalaría las dos apariciones de los abuelos y el incidente con Anna, su nueva hermana pequeña-, pero tengo la sensación de que son sucesos que en lugar de cambiar o modificar el entorno del personaje, alteran o mutan el interior del personaje.

Porque el universo de Frida cambia al principio de la historia y se mantiene estable a lo largo de todo el metraje y aunque los personajes que la rodean sufren y también evolucionan, es en la transformación de Frida en donde quiere poner el foco Carla Simón.

No se me entienda mal, esto no quiere decir que en la película no “pase nada”, al contrario, pese a lo que pueda parecer por su ritmo y caligrafía audiovisual, Carla Simón (tanto en dirección como en guión), ha creado una película tremendamente estimulante. Todo lo que aparece en pantalla tiene de una u otra manera repercusión en la vida o en el entorno de Frida, enfatizando así ese mecanismo de “causa-efecto” al que hacía referencia. Cada escena que vemos es un avance del aprendizaje (forzoso) que Frida está experimentando. Es decir, todo suma, porque tanto para nosotros (espectadores) como para Frida, lo que ocurre en la pantalla es un descubrimiento, un nuevo conocimiento, que ayuda (o no) en el nuevo camino que ella ha de recorrer.

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Quizá por eso, nuestra protagonista no tiene ningún tipo de objetivo consciente. Frida no lucha por conseguir nada, no pone nada en juego, al contrario. Casi hasta la mitad de la película, Frida es casi más objeto que sujeto. Se podría decir entonces que esa es la motivación inconsciente de Frida, la aceptación del duelo (ni siquiera la superación, recordemos que la película empieza con la muerte de los padres y acaba cuando Frida por fin consigue llorar), pero no un objetivo concreto.

Para enfatizar esta idea, Carla Simón utiliza una herramienta narrativa bastante identificable hasta más o menos la mitad de la película. A saber:

Hasta ese momento de la historia, prácticamente la totalidad de las escenas empiezan con la mirada de Frida o con el objeto de la mirada de Frida. Es decir, Frida nunca entra en escena, ni la escena la sorprende ni siquiera arrastra una acción que detone la escena. Frida acaba de llegar a un universo nuevo y entendemos por cómo se relaciona con este, que es un universo por descubrir. Carla Simón coloca la cámara a la altura de Frida y no salimos de su juego de miradas. Frida observa, interpreta, analiza y se relaciona con su alrededor desde lejos, desde un lugar casi descontextualizado, lo que provoca que, sobre todo en los primeros diez minutos de metraje, prácticamente la totalidad de los diálogos del resto de personajes sean en OFF -tantos los que se dirigen a ella como los que no-. Hasta que poco a poco, Frida va abandonando esa actitud de voyeur y empieza a interactuar con el entorno (como ejemplo, recordar que no es hasta el minuto 8 cuando Marga tiene un dialogo directo en plano con Frida).

Esto se mantiene hasta el incidente con Anna, porque lo que ocurre hace cambiar a Frida.

Está queriendo “librarse” de Anna, que la está pidiendo insistentemente jugar, la engaña haciéndola creer que van a jugar al escondite. Frida esconde a Anna y se “olvida” de ella. Al rato, vemos a Anna aparecer con un brazo escayolado.

Frida toma consciencia de lo ocurrido como consecuencia de su actitud egoísta y modifica su forma de relacionarse con su nueva familia. En las escenas siguientes, Frida regala unas flores a Magda y le hace un dibujo en la escayola a Anna. Frida se siente culpable por lo ocurrido con Anna y empieza a ser consciente de las posibles repercusiones que pueden tener sus acciones en su entorno, lo que podemos definir como un proceso de aprendizaje.

Vemos entonces, cómo esa manera de mirar y conocer su nuevo mundo evoluciona, ya no observa desde fuera sino que interactúa e intenta adaptarse a él.

Estas ideas aunque nacen en el guión terminan de construirse cuando Carla se pone en la dirección. Al leer el guión -que se puede leer aquí-, y aunque al estar en catalán puede que se me haya escapado alguna cosa, tengo la sensación de que en origen era una película más dialogada y explicativa. Es a la hora de ponerse a dirigir, cuando Carla Simón consigue sintetizar la esencia de la historia que quiere contar.

Uno de esos grandes hallazgos de “sintetización” es la traslación a imágenes de ese universo de crecimiento infantil sobre el que la película reflexiona. Esto lo hace sabiendo encontrar elementos que no solo nos retrotraen a cada uno a nuestra propia infancia sino que además actúan como balizas que nos van señalando el arco de transformación de Frida. Como casi no merece la pena analizar el resto de personajes -excepto a los abuelos, que lo haré más adelante- ya que en su mayoría son personajes en segundo plano y funcionales, me detendré en analizar esos elementos a los que hago referencia, que son: sus muñecas, los abuelos y los cordones de las zapatillas.

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La nueva situación a la que se enfrenta Frida le exige que dé un paso de aprendizaje emocional muy grande, a lo que, de manera inconsciente, ella se resiste. Frida no acepta a su nueva familia ni su nueva vida. No es un rechazo consciente, simplemente Frida quiere seguir en su casa de Barcelona con sus “antiguos” padres.

Como eso es imposible, ella se aferra a aquellos pequeños vínculos que la conectan con ese recuerdo, con su infancia más primaria, una infancia que además como podemos inferir en algunas escenas de la película, era una infancia donde ella era centro de cariño y caprichos.

Bien, como decía, uno de esos vínculos a los que Frida se aferra son sus muñecas. Las besa, mima y “protege” de su hermana Anna. En las anteriores escenas, hemos visto la casa de Frida totalmente destartalada, desecha. En poco menos de unos días su mundo se ha convertido en objetos dentro de cajas y su espacio de intimidad ha desaparecido. Después vemos cómo es introducida “a la fuerza” en una nueva “burbuja” que le es ajena. Así que lo primero que hace Frida, una vez instalada en su nuevo hogar, es desplegar sus muñecas para intentar instaurar allí dentro un resquicio de su antiguo hogar. Por eso, de una manera un tanto “desagradable”, alerta a Anna de que ella no puede tocar sus muñecas. Eso no son muñecas, son el último vínculo que tiene con su antigua vida.

Carla Simón cosifica la sensación de pérdida y de desarraigo que en ese momento tiene Frida en tan solo una escena y con unos pocos objetos.

Hay que señalar que en el guión que yo he leído este “mecanismo” era un poco más evidente. Las muñecas jugaban un papel mayor en la historia, ocupando alguna escena más, que, desde mi punto de vista, han sido correctamente eliminadas.

Así ocurre con sus abuelos, quizá sean estos los personajes con mayor interés dramático por lo que representan en el arco de transformación de Frida. Estos son lo único que no ha cambiado de su alrededor, además de representar ese espacio de mimo y de capricho que en ese momento Frida cree necesitar.

Los abuelos interactúan dos veces con Frida cuando ésta ya se ha instalado en su nueva casa y en ambos momentos se muestran como un elemento que frena la adaptación de Frida a su nueva realidad. Se puede decir entonces que los abuelos son los que, siempre de manera inconsciente, se oponen a ese (falso) objetivo de Frida. Es decir ejercen la función de antagonistas para su nieta.

El trabajo por parte de Marga intentando que Frida se acople a la familia y abandone su actitud de párvula (no de niña, ojo) ante lo que ocurre, es tirado por tierra cada vez que los abuelos aparecen, ya que premian esa actitud caprichosa de la niña.

Esto entronca con la siguiente “herramienta” a la que hacía referencia. Cuando los abuelos aparecen por primera vez en la casa de Marga y Esteve, vemos que su abuelo está atando los cordones de la zapatilla de Frida ante la queja de Marga, que insta a la niña a hacerlo sola. Entendemos por la actitud de Frida, que sí sabe atarse los cordones pero que no quiere.

Atarse los cordones es una parte más del proceso de aprendizaje de un niño. De manera simbólica, Carla se recrea con este detalle porque muestra claramente el rechazo de la niña a ese aprendizaje, es decir, a crecer. Porque crecer implica asumir aquello que nos hace sufrir.

Más adelante, los abuelos vuelven a aparecer en la casa. En esta nueva aparición, Frida ya ha empezado a “sufrir” cambios en su actitud, pero aún así no acaba de sentirse dentro de su nuevo núcleo familiar. Entonces, en esta segunda aparición, Carla Simón usa a los personajes de los abuelos como catalizadores definitivos para el proceso que está viviendo Frida. Cuando los abuelos se van, Frida intenta por todos los medios irse con ellos: Frida llora, patalea… hace todo lo que una niña puede hacer para conseguir lo que quiere conseguir, aunque vemos que sin éxito.

No es casual que este sea el momento de la película en el que Frida se comporte de manera más infantil. Es decir, el personaje se está oponiendo ahora de manera voluntaria a la consecución de su objetivo, curiosamente cuando más cerca está de él (esto podría funcionar perfectamente como un 2º punto de giro).

Aunque más adelante veremos que es una oposición estéril, porque esa escena de berrinche de Frida es un instrumento para que entendamos la situación crítica que está viviendo Frida y por la que se ve obligada a dar un paso definitivo.

Frida se siente acorralada, ya no sabe qué más hacer para librarse de esa situación que la exige madurar, dar un paso. Así que lo da, pero erróneo.

Al caer la noche, Frida decide fugarse a su casa de Barcelona, ya que se ha enterado de que sigue vacía.

Frida empieza a actuar como si hubiera tomado una decisión reflexionada, adulta (en realidad, adolescente); está muy convencida de que lo que va hacer es lo que “debe” hacer y para que así lo entendamos, Carla Simón usa esos elementos que ya ha usado para hablarnos del momento emocional de Frida, pero esta vez desde otro lugar. Ahora vemos cómo Frida sí sabe atarse ella sola sus zapatillas y vemos cómo regala una de sus muñecas a su hermana Anna, rompiendo el protocolo que ella misma había establecido para mantener el vinculo con su antiguo hogar, incorrupto.

Ahora Frida es capaz de enfrentarse a sus miedos y por eso, un par de escenas después, Frida se atreve por fin a preguntar sobre la muerte de su madre. Por fin empieza a aceptar lo ocurrido.

Por último y antes de terminar, me gustaría hacer referencia al tono y a la atmósfera de la película, dos elementos que aunque normalmente se dejan fuera en este tipo de análisis, creo que merecen ser señalados por su peculiaridad y porque, desde mi opinión, están pensados desde el guión.

Creo que el guión está construido sobre un drama pero con un lenguaje que se aleja de él. Es más, creo que hay varias escenas que juegan en el terreno del suspense o del thriller y que nos permite a los espectadores anticiparnos a posibles giros o a elementos dramáticos que, por cierto, al final nunca llegan. Es muy interesante porque esta confección le da al guión una atmósfera de tensión que aporta mucho a la historia. No podemos olvidar que el tema de la muerte sobre vuela constantemente el imaginario de la niña y por tanto de la película.

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Quizá esto pueda ser consecuencia de que “Estiu 1993” fue desarrollada en uno de los Laboratorios de guión de SGAE, bajo la supervisión de Alberto Rodríguez, quien no solo entiende bien los procesos de transformación -como demostró en sus películas “7 vírgenes” o “After”-, sino que maneja el thriller de manera ejemplar y no solo como mero artificio.

“Estiu 1993” se nos presenta como una película íntima, personal, que se centra en un hecho concreto que sufrió la propia guionista y directora en su infancia, pero como he intentado analizar y explicar, creo que la película es mucho más grande de lo que quiere parecer. Porque, como le decía a mi padre, cualquier historia merece ser contada y somos nosotros quienes tendremos que saber cómo trasladar que aquello que nos afectó pueda afectar a los demás.

* Pablo Bartolomé Jiménez es guionista de ‘Fugitiva’, que se emite esta noche a las 22:40 en TVE.


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