“A LA GENTE SIN SENTIDO DEL HUMOR HAY QUE RESPETARLA Y CUIDARLA, COMO A CUALQUIER OTRA PERSONA DISCAPACITADA”

1 agosto, 2018

Por Àlvar López y Carlos Muñoz Gadea. Fotografías de Miguel Bardem.

Juanjo Ramírez Mascaró (habitual del Blog) es un escritor de comedia de lo más polifacético. Cuando no está escribiendo para televisión (en programas como José Motaestá detrás de su cuenta de Twitter, desde donde explora los límites del humor con su peculiar estilo. Pero, por encima de todo, a Juanjo le gusta escribir novelas. Aprovechando que acaba de salir a la venta su último libro, El Hipopótamo Mecánico, hemos querido charlar con él sobre este proyecto, pero también sobre su opinión sobre la importancia de la comedia en nuestras vidas, la hibridación de géneros o la diferencia entre el humor negro y la ofensa.

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¿Cómo surgió la idea de El Hipopótamo Mecánico? 

Surgió por puro escapismo, hace ya unos cuantos años. Justo había terminado de escribir otra novela bastante más turbia que me obligó a escarbar en lo más truculento de mí mismo, estaba recogiendo mis añicos tras ver morir un proyecto cinematográfico que me había estado jodiendo la vida durante más de un año. Necesitaba, en definitiva, un ingrediente luminoso en mi vida. Llegó entonces el mes de noviembre y con él la iniciativa Nanowrimo, que retaba a sus participantes a escribir una novela entera en un mes. Podía permitírmelo. ¡Joder, lo necesitaba! Así que acepté el reto. Cada día me sentaba y escupía en el teclado sin pararme a pensar. Supongo que la única manera de acabar escribiendo una historia sobre un chaval al que sus padres no aceptan porque ha decidido encerrarse en un vehículo con forma de hipopótamo es ésa: No pararse a pensar.

Escribí la mitad de la novela en un par de semanas, en esa huida hacia delante, con ese ansia de luz, con el cerebro desbocado… y ahí interrumpí la escritura porque me surgieron otros trabajos que me obligaron a vivir en otras ciudades. Varios años después retomé el libro. Escribí la segunda mitad como un espejo de la primera, pero de manera más analítica, más serena, buscando el devenir lógico de los acontecimientos absurdos que había sembrado años atrás. Como es lógico, tuve que ajustar cosas de la primera mitad para que el resultado fuese más compacto.

Podríamos decir que la novela se instaura dentro del género de cuento, de fábula, pero el tono con el que está escrito se acerca mucho más a la novela adulta. ¿Cómo fue el proceso de creación de esta mezcla de géneros?

Mi prioridad era que la obra pudiera ser malinterpretada por un Hitler del siglo XXI que, tras su lectura, decidiese exterminarnos a todos, sin discriminación de raza, edad ni sexo.

Bueno, eso no es del todo cierto.

El malabarismo de tonos es una enfermedad que acaba padeciendo cualquier historia que escribo por iniciativa propia. Es algo que me fascina. Pasar del terror al humor o de la risa al llanto en cuestión de segundos, o pervertir elementos de cuento infantil combinándolos con ingredientes más retorcidos, más perversos. Cosa que, por otra parte, caracterizaba a todo buen cuento de hadas en otros tiempos, los buenos tiempos, antes de que la sociedad se convirtiese en plástico.

Si algo se puede extraer tras la lectura del libro es algo que cualquiera que siga un poco tu trayectoria tiene claro: tu fuente de recursos humorísticos es inagotable. ¿De dónde sacas la inspiración para crear situaciones cómicas que, además, sean originales?

No tengo ni puta idea, pero me halaga que se perciba así. Tengo la sensación de que cuando escribo algo en lo que no cabe el humor, me marchito. Contemplar el mundo sin ese filtro cómico me deprime bastante. En ocasiones he tenido que escribir historias que no admiten humor, y me cuesta horrores. Cada página tecleada me vampiriza, me chupa la energía.

Así pues, creo que no es una cuestión de metodología de trabajo o de buscar la “inspiración” en sitios concretos, sino de sintonizar la cabeza con una actitud vital que te haga percibir el mundo (exterior o interior) de una determinada manera.

Me estoy refiriendo al tipo ese de humor que le surge a uno de forma natural. Cuando tengo que escribir humor por encargo, adaptándome a los estilos o líneas editoriales de otros, sí tengo que recurrir a ciertas técnicas y recursos. En esos casos, aunque uno intenta que sobreviva cierto grado de autoría, es más una cuestión de oficio.

“Vive tu vida tal y como quieras vivirla, pero no te escondas. Vive.” Esta podría ser un poco la esencia de la novela, un tema muy actual a día de hoy. ¿Cómo te planteaste la escritura de la esencia? ¿Surgió desde el primer momento, o se fue construyendo? 

Como insinuaba un poco más arriba, esa esencia brotó directamente del inconsciente, de manera irreflexiva, imperativa. Más adelante llegó la hora de detectarla y pulirla. Siempre me gusta trabajar así. Creo que nuestro inconsciente maneja más variables que nuestra mente consciente y me gusta que esa vertiente “oscura” maneje el timón, que ese “otro yo” decida hacia qué arrecifes ponemos rumbo y solo en el último instante me ceda a mí los mandos para ver cómo demonios navego entre esas rocas sin estrellarme.

Respeto a quienes deciden de manera consciente “Voy a escribir una historia sobre tal tema”, pero no es mi manera de hacer las cosas a menos que me obliguen a ello. Me parece más terapéutico – y más interesante – que ese tema central surja del sótano.

¿Tienes algún referente a la hora de escribir? Por momentos, tu humor, plagado de metáforas y situaciones surrealistas, recuerda a los Monty Python… 

¿Monty Python? ¡Otro halago inmerecido, joder! Lo cierto es que hay dos referentes que, sin yo proponérmelo deliberadamente, afinaron mi brújula. Uno de ellos, por supuesto, es Roald Dahl, uno de los escritores que más venero. Lo descubrí tarde, pero me calaron muy hondo sobre todo sus libros infantiles como Las brujas, Matilda, Charlie y la fábrica de chocolate… Salvando mucho las distancias, creo que comparto con Dahl ese afán por combinar lo inocente y lo perverso, esa ambigüedad moral de quien aborrece adoctrinar, ese intento de vestir lo gamberro de etiqueta para colarlo en una fiesta de lujo y reventarla (otra cosa que puede deducirse leyendo la novela es que, a efectos políticos, me considero un anarquista frustrado).

El otro referente inevitable fue el William Goldman de La princesa prometida, que para mí es libro (y película) de cabecera. Uno de los lectores de El hipopótamo mecánico me dijo que “era como estar leyendo La princesa prometida reescrita por Roald Dahl”. Obviamente me emocionó esa crítica, y me hizo llegar a la conclusión de que se trataba de un piropo expresamente diseñado para hacerme sentir bien.

También tuve presente El Barón Rampante de Italo Calvino. Cuando llevaba media novela escrita, alguien leyó esos capítulos y me dijo que le recordaba a ese libro, así que lo visité antes de proseguir con la escritura.

¿Por qué hacerlo en libro y no en guión?

Porque, salvo en contadas excepciones, me gusta más escribir libros que escribir guiones. Empecé antes a escribir relatos que a escribir cortometrajes y escribí mis primeras novelas antes que mis primeros largos.

Por otro lado, aunque suene a Perogrullo, el libro es una obra completa, definitiva. Llegar a buen puerto como narrador depende únicamente de ti y de tu constancia. Escribir guiones es lidiar con esa frustración de estar elaborando una herramienta incompleta, los planos de un edificio que tal vez nunca se llegue a construir. Si escribes una novela lo más probable es que no logres publicarla, o que la publiques en editoriales pequeñas sin capacidad para promocionarla como a ti te gustaría, pero tienes el consuelo de que, quien quiera asomarse a tu obra FINAL, se va a encontrar cara a cara con tus intenciones.

¿Como creador, qué te aporta de diferente cada uno de estos formatos?

Escribir libros me permite jugar más con el lenguaje, que es una de mis magias favoritas. La usó incluso Dios para crear el mundo, según su biografía no oficial.

Me considero un músico frustrado. No tengo ni idea de música ni sé arrancarle melodías a ningún instrumento, así que me consuelo jugando con la musicalidad de las palabras, con los ritmos y el flow que persigo con la duración de las frases, con esa acupuntura que son los signos de puntuación. Me trae bastantes quebraderos de cabeza intentar combinar todo eso con un lenguaje claro, directo, preciso pero que al mismo tiempo no resulte insípido. Es desesperante. Es maravilloso.

Lo mejor que me aporta el formato guión es la oportunidad de trabajar en equipo. Le ayuda a uno a enriquecerse, a seguir aprendiendo de otras personas y, muy importante: A cultivar el desapego y domesticar el ego. Confieso que, salvo en contadas excepciones, me siento más cómodo entre guionistas que entre escritores de “literatura pura y dura”. Creo que el guionista (sobre todo el de televisión) está más acostumbrado a que le digan que sus ideas son basura, a tener que reescribir una y otra vez, a percibirse como una pieza que necesita encajar con otras piezas (compañeros guionistas, profesionales de otros departamentos, etc) para que el trabajo salga bien. Eso genera una solidaridad preciosa.

¿Notas diferencias a la hora de construir los perfiles de personajes de uno y otro formato?

En cine y tele hay una tendencia lógica a definir los personajes antes de lanzarse a teclear, si bien considero recomendable dejar siempre cierto margen para que el personaje te sorprenda redefiniéndose conforme lo tecleas. En novela el proceso de escritura es más pausado. Se trata además de un formato que soporta mejor los desvíos, los paréntesis, los cambios de ritmo. Comparado con el espectador de cine (y ya no digamos el de televisión) el lector de novelas es una criatura muy paciente. Eso me permite ir descubriendo matices de los personajes conforme tecleo la historia. Incluso me permite definir sobre la marcha la propia estructura de la trama.

Se me ocurre un símil: El guionista es como un conductor de Fórmula 1. Conduce a tal velocidad que necesita saberse de memoria el circuito para poder recorrerlo sin salirse en cada curva. El novelista, en cambio, navega en un barco, bastante más despacio y surcando un mar abierto. Puede zarpar con un rumbo inicial en mente, pero tiene más margen de maniobra para alterarlo según cambie el clima o según la clase de islotes que divise en el horizonte.

No sé si lo que acabo de decir es una estupidez.

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Boceto realizado por Juanjo sobre su hipopótamo mecánico

Por lo que respecta a la estructura, el libro es bastante cinematográfico, con puntos de giro claros, finales de capítulo en alto… ¿crees que ambos géneros pueden nutrirse el uno del otro?

Decíamos en la pregunta anterior que el lector de novelas tiene una paciencia extraordinaria. Añado ahora que es una paciencia de la que prefiero no abusar en exceso. Quizá por haber centrado tanto mi vida profesional en el cine y sobre todo en la tele, trato al lector como si éste tuviera la capacidad de hacer zapping.

Me han comentado en más de una ocasión que ahora las editoriales buscan novelas escritas por guionistas precisamente por eso: Porque tienen como prioridad el enganchar, el no aburrir. Aunque yo también escriba con esa prioridad, confieso que me entristece que se empiece a proscribir ese otro tipo de literatura más pausada, con ritmos e intenciones de profundizar en asuntos que no siempre están al alcance del audiovisual. Una parte de mí aplaude que se hagan libros con estructuras cinematográficas. Otra parte de mí piensa que si todos los libros fuesen así nos habríamos perdido a gente como Gabriel García Márquez, José Saramago… ¡qué cojones! ¡Nos habríamos perdido incluso a Stephen King!

Aprovechando que hablamos contigo, y que eres un guionista que juega mucho con llevar el humor al extremo, ¿cuál es tu opinión sobre los límites del humor?

Creo que a la gente sin sentido del humor hay que respetarla y cuidarla, como a cualquier otra persona discapacitada. El hecho de que esos individuos carezcan de la perspectiva y la capacidad de abstracción necesarias para separar el grano de la paja no significa que sean inferiores, pero tienen un handicap que les impide adaptarse a ciertos contextos. Sentirnos obligados a hacer únicamente chistes que no ofendan a nadie es como poner rampas en el Everest para que puedan escalarlo los paralíticos. ¡Perdón! Personas de movilidad reducida. Quizá la solución esté en que no se nos permita leer o escuchar ningún chiste sin pasar previamente un test psicológico para saber si vamos a ser capaces de procesarlo. O yo qué sé. Creo que hablé del tema en este mismo blog, AQUÍ y AQUÍ. Y de forma más ponderada. Releo lo que acabo de escribir algunas líneas más arriba y pienso: “Menudo gilipollas”.

¿Alguna vez piensas en las posibles “críticas” que pueden caerte antes de lanzar un tweet?

Últimamente, cuando me entran dudas sobre si publicar o no un tweet, me hago la siguiente pregunta: ¿Me reprimo porque realmente empatizo con las personas que podrían ofenderse, o por miedo a posibles repercusiones? Si decido que mis dudas se deben al miedo, publico el tweet de forma temeraria. Si descubro que mis reparos son para no dañar a alguien, tiro el tweet a la basura. Porque aunque piense que es inevitable ofender a alguien con cualquier cosa que diga, no me gusta “ofender por ofender”. Para mí los ofendidos son daños colaterales en la batalla por la libertad de expresión. No quiero jugar con ellos al tiro al blanco. De hecho considero que lo más peliagudo en cualquier tweet o comentario (no solo de humor) no es tanto el tema a tratar, sino la intención que se percibe entre líneas.

¿Cuál es tu experiencia con tu historia de la bacteria en Twitter?

Fue un éxito moderado pero al mismo tiempo impactante, por inesperado. Improvisé la historia sobre la marcha en una tarde ociosa y aburrida, sin imaginar que la leería tanta gente. La última vez que miré las estadísticas tenía más de 1.600.000 visualizaciones. Suele ocurrir: Otras cosas más elaboradas, más originales, ambiciosas y con más rigor no terminan de cuajar, y sin embargo esa otra cosa que has parido con facilidad extrema y sin ninguna auto-exigencia trasciende y hace ruido. ¡Pero oye, yo encantadísimo!

Creo que en gran medida la repercusión del hilo de la bacteria se debió a que Manuel Bartual estimó oportuno compartirla y darle coba. Le estoy eternamente agradecido. Luego se hizo aún más viral (o bacteriano) gracias a la indignación de algunos sectores que me acusaron de engañar a la gente y fomentar la pseudociencia. Yo fui el primer sorprendido al respecto. En primer lugar porque cuando improvisé el hilo imaginé que lo leería la gente que me sigue, y poco más: Personas que ya saben de qué pie cojeo. Y en segundo lugar porque puse especial empeño en que la historia se pudiese desmontar con un par de búsquedas de Google, o incluso sin necesidad de ellas. Cada tweet es más delirante que el anterior. Hay un crescendo en el disparate que, al menos en mi cabeza, estaba ahí para que cada persona descubriese la farsa más tarde o más temprano. Aun así, me resultó llamativo la cantidad de lectores que lo compartieron con esa frase que hizo célebre el agente Mulder (“I want to believe”) u otros que comentaron cosas como: “Una pena ser licenciado en Biología y saber que es mentira desde el primer tweet”.

Por otra parte, me asusta un poco esta tendencia proteccionista que percibo últimamente. Tengo la sensación de que interesa más proteger al ignorante que ayudarle a despertar de su ignorancia.

Y poco más. Fue un éxito de dos o tres días que me ha ayudado a contactar con gente interesante con la que ojalá acabe construyendo cosas. Dos o tres días en los que pasé de unos discretos 2000 y pico followers a unos discretos 5000 y pico followers. Pero cuando la gente te sigue por algo tan accidental como esto hay algo de burbuja ahí. Desde entonces, cada vez que hago un chiste o formulo una opinión en Twitter voy perdiendo followers en una hemorragia lenta pero constante. Yo a eso de soltar chistes o verdades incómodas en Twitter lo llamo “exfoliarme”. Creo que ciertos seguidores son como una piel muerta que hay que sacudirse de encima. Yo no los necesito en mi vida y, evidentemente, ellos no me necesitan en la suya.

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Así empieza el hilo de Juanjo en Twitter. Si quieres leerlo entero, pulsa aquí.

¿Qué te aporta, como forma de expresión, el humor negro?

Empecé a escribir relatos macabros en séptimo de EGB. Durante una clase de educación física, una compañera cayó al suelo fulminada casi a mis pies. Se la llevaron al hospital y al día siguiente nos dijeron que había fallecido. Aquel fue el primer encontronazo directo con la muerte para mí y para algunos de mis amigos. Reaccionamos cultivando el humor negro en los relatos que nos pedía escribir la profesora de Lengua. La pobre amenazaba con castigarnos cada vez que le entregábamos uno. Para nosotros era una válvula de escape. La muerte nos había asustado y necesitábamos gritarle a la cara, fingir que no le teníamos miedo. Desde entonces suelo decir, repitiéndome hasta resultar irritante, que el humor negro es ese mecanismo de defensa que tenemos contra el sufrimiento, el dolor y, en última instancia, la mismísima muerte. Hacer chistes negros es ponerle a la dama de la guadaña una nariz de payaso, estamparle una tarta en la cara, convertir los dragones en lagartijas.

¿Y la comedia, por encima de otros géneros?

La comedia es una hija de puta, pero es NUESTRA hija de puta. Y los desheredados sus profetas.


EL TAO DE LA ESCRITURA

23 mayo, 2018

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Por Juanjo Ramírez Mascaró.

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Treinta radios se unen en una rueda.
Pero su utilización también depende del espacio vacío entre los radios.
Hacen los vasos de arcilla.
Pero su utilización depende del espacio vacío que hay en éstos.
Hacen paredes, puertas y ventanas en una casa.
Pero su utilización también depende del espacio vacío que hay en ésta.
Así es como se relaciona la utilidad de los objetos con el espacio vacío.

Eso que acabamos de leer pertenece a un texto de más de 2300 años de antigüedad. Se trata del capítulo 11 del Tao Te Ching cuyo autor, según la tradición, fue un chino llamado Lao Tse.

Cuando era más joven flirteé con diversa artes marciales y, aunque mi falta de disciplina me impidió llegar a altos grados o cinturones negros, esas cabronas marcaron mi vida en diversos aspectos. Por culpa – principalmente – del Aikido y el Tai Chi, el taoísmo acabó definiendo en gran medida mi forma de percibir el mundo y desenvolverme en él.

No hemos venido aquí a hablar de filosofía oriental, sino de escritura. Lo que ocurre es que a estas alturas no hay un solo precepto taoísta que no haya acabado condicionando la forma en que me suelo enfrentar a la escritura.

Si hoy elijo centrarme en el mensaje de este capítulo 11 con el que inicio el artículo es porque llevo unas semanas escribiendo novela, y ese tipo de escritura le invita a uno a reflexionar sobre asuntos a los que, desgraciadamente, prestamos menos atención cuando lo que escribimos es un guión.

Me refiero a reflexiones sobre la naturaleza de las palabras, su función, su utilidad.

Aunque no comparto la opinión de quienes piensan que la redacción de un guión audiovisual merece menos mimo por ser un documento intermediario y no un resultado final, reconozco que, a la hora de la verdad, yo también caigo en la trampa y vigilo más mi lenguaje cuando escribo relato y novela.

Existe otro factor que me induce a ello. Si en un guión no explicas bien cómo es una localización o un personaje, habrá otros equipos creativos cuya función es preguntarte acerca de ello o, en su defecto, tomar sus propias decisiones al respecto. En un libro, en cambio, el lector sólo cuenta con tus palabras y con su propia imaginación. Eso me lleva a comparar las palabras que uso con la arcilla de esas vasijas del Tao Te Ching. Me imagino construyendo cántaros vacíos a base de palabras, y ese vacío es el espacio útil donde el lector puede verter su imaginación.

Huyo como la peste de ese horror vacui que detecto en tantísimas novelas cuando intentan describir el físico y la forma de vestir de cada personaje con una minuciosidad enfermiza, definir cada ladrillo da cada casa que interviene en la historia. He dejado de leer obras de autores como Balzac por culpa de esa clase de excesos.

Como aspirante a escritor taoísta que soy, me pone palote la esencia bruta, cuando se la desnuda de lo superfluo, o al menos cuando lo superfluo se limita a cumplir con su rol de sugerente lencería.

El significado de la escritura – o de cualquier otro arte – no se completa en el folio, ni en el lienzo, ni en la pantalla. Se completa en la cabeza de cada receptor. Si no os lo creéis, leed los comentarios de internet sobre cualquier serie o película. Descubriréis la enorme cantidad de matices, significados e incluso lecturas políticas que añade por su cuenta cada espectador al interpretar el mensaje de los autores.

No sólo es complicadísimo diseñar un mensaje que no se preste a distintas interpretaciones, sino que además es contraproducente. Escribir de ese modo es, en mi opinión, apostar por lo estéril. Fabricar jarrones sin vientre.

Según otra célebre enseñanza del taoísmo, toda creación (y por lo tanto, toda vida) se basa en la interacción de dos fuerzas complementarias. Me refiero a la dialéctica yin–yang y todo eso. Siguiendo esa línea de pensamiento me atrevería a decir que no hay equilibrio sano si nuestra obra penetra en la imaginación del público sin permitir que la imaginación del público, a su vez, penetre en nuestra obra.

Por eso cada vez me gusta más concebir el arte de escribir como un arte de siluetear.

Por eso cada vez me obsesiona más (aunque no sé yo si la obsesión es un concepto muy taoísta) encontrar ese equilibrio entre qué decir, qué callar, qué sugerir, esa piedra filosofal que tantos quebraderos de cabeza nos depara a los narradores cuando intentamos hacer las cosas medianamente bien. Saber pintar un cielo en el que figuren únicamente las estrellas necesarias para guiar bien a los barcos, permitiendo que cada marinero pueda ver en ellas las constelaciones que necesita ver.

Este arte de la silueta, esta alfarería del cántaro vacío no sólo es aplicable a subtextos, significados profundos, cuestiones de trama… También creo que deberíamos tener todo ello muy presente cuando escribimos las personajes y localizaciones en nuestros guiones audiovisuales. Nuestro texto será más fértil si en él pueden penetrar las semillas procedentes de un director, un dire de foto, uno de arte. Etcétera.

No sé si se me da muy bien predicar con el ejemplo, porque en este post hay más cosas supérflueas de las que podrían considerarse lencería, así que dejaré que sea de nuevo el Tao Te Ching quien se despida por mí:

El espacio sobre la tierra está vacío y libre,
así como el espacio dentro de un fuelle o una flauta.
Y cuanto más espacio existe para una actividad,
más eficiente esta actividad puede ser.

Mother fuckers!!

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EL APLAUSO INMEDIATO.

24 abril, 2018
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Por Juanjo Ramírez Mascaró.
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De entre todos los cataclismos que traen consigo las redes sociales, hay uno que me sobrecoge de manera especial. Me refiero a esa dinámica casi pauloviana que genera:

Truco y premio.

Estímulo y respuesta.

Las nuevas tecnologías permiten una inmediatez asombrosa, mágica, puede que satánica.

Cuando se habla de los peligros que trae internet para el escritor, aparecen como temas recurrentes la procrastinación y el despilfarro de tiempo. Poca atención se le presta a este otro escollo que, a mi juicio, afecta no tanto a nuestras metodologías como a la propia raíz de nuestra vocación.

Tuiteaba el otro día el guionista Jaime Vaca una frase de Umberto Eco:

Hay una sola cosa que uno escribe para uno mismo, y es la lista de la compra. Sirve para recordarte que debes comprar, y cuando lo has comprado puedes destruirla porque no le sirve a nadie más. Todo lo demás que escribes lo escribes para decirle algo a alguien.

En un mundo tan lleno de gurús repitiendo hasta el hastío que tenemos que escribir “para nosotros mismos”, a veces olvidamos que esa escritura rara vez tiene sentido si su fin último no es compartir lo escrito.

El problema llega cuando las redes te ofrecen un sucedáneo bastante aceptable de ese juego, de esa santísima trinidad de todo artista: expresar – compartir – recibir feedback.

¿Algún tema que te indigna especialmente? El siglo XXI ya es mayor de edad. Nada te impide plasmar esa indignación en un micropoema de Twitter, o incluso un hilo. Teclea sobre la marcha, pulsa un botón y comparte tu sentimiento con los miles de seguidores que habitan tu burbuja. Si tienes suerte, algunos de esos followers compartirán tus palabras – o tus imágenes – con otras decenas, cientos, miles o millones de personas. No puedo evitar acordarme de aquel capítulo de Los Simpson en el que Homer intentaba comprar una pistola. El vendedor le informaba de que para ello necesitaba obtener un permiso de armas, que tardaría unos días en conseguir.

¡Pero yo estoy furioso ahora! – respondía Simpson padre.

Este nivel de inmediatez que nos permiten las tecnologías actuales amenaza la supervivencia del proceso reflexivo, elaborado e incluso – en ciertos sentidos – ambicioso.

En 1951, cuando los escritores no tenían ordenadores, Ray Bradbury salió a dar un paseo y unos policías lo pararon para interrogarle. Les parecía extraño que una persona saliese sola a caminar, sin dirigirse a ningún sitio concreto. La indignación de Bradbury fue tal que acribilló su máquina de escribir hasta obtener, borrador tras borrador, un relato titulado El Peatón, ambientado en un futuro en el que la gente tenía prohibido caminar a solas por las calles. Mientras lo escribía le sucedió algo curioso: Se dio cuenta de que esa historia podía ser parte de un universo más grande: Un universo al que, borrador tras borrador, fue dando forma hasta obtener una novela corta titulada Fahrenheit 451, hoy día considerada una de sus más grandes creaciones, y parte integrante de la trilogía de obras distópicas por antonomasia, junto al mundo feliz de Huxley y el 1984 de Orwell.

Los Ray Bradburys de nuestro siglo probablemente cedan a la tentación de acallar a sus musas con pienso barato. Me los imagino escribiendo:

Hoy dos #policías me han parado por la calle simplemente porque iba #paseando. Abro HILO:

Nunca había sido tan perversa la facilidad con la que podemos compartir a un número satisfactorio de espectadores nuestro sentido del humor, nuestro ingenio, nuestra manera de percibir e interpretar el mundo.

No penséis que hablo de esto con la superioridad moral de quien se cree inmune a ello. El número de guiones y novelas que acometo por voluntad propia desde que existen las redes sociales se ha reducido de manera drástica. Examinándome con toda la honestidad de la que soy capaz, llego a la conclusión de que, posiblemente, estoy saciando en cómodas dosis de 140-280 caracteres ese hambre de compartir que antaño me motivaba a llenar de letras criaturas de más de cien páginas.

Hace tiempo un buen amigo trabajaba en un guión. Cuando le pregunté si me podía adelantar algo sobre lo que se traía entre manos, me respondió que prefería no desvelarme nada aún. Según decía, había descubierto que cuando contaba a otra persona eso que tenía dentro de la cabeza, ya había satisfecho gran parte de esa “necesidad de contarlo” y, con ello, gran parte de la motivación y energía que necesitaba para materializarlo. Aquel día me di cuenta de que a mí me sucede algo parecido. Por eso muchos de los detalles de mis proyectos de “escritura personal a largo plazo” no los comparto ni con mi pareja.

Ocurre, sin embargo, que soy una criatura impaciente. Si bien los dioses me han bendecido con esa paciencia que te permite aguantar las gilipolleces de un cretino sin estamparle una silla en la cabeza, me han escatimado esa otra clase de paciencia: La de poder esperar el devenir de los acontecimientos con los brazos cruzados. Odio las esperas. Me gustan los resultados rápidos. Así pues, no podría existir mejor cárcel para mi cerebro que esta prisión ciberespacial que han ido construyendo gracias a nuestra complicidad. Las cárceles más efectivas son aquéllas que se disfrazan de paraíso, y no existe para mí mejor valhalla que esta dinámica de comunicación tan postmoderna: Sientes algo, se te ocurre algo, vomitas algo, difundes algo sin conservantes, sin intermediarios, le llega a alguien, alguien te dice algo. Y corroboras – muy en minúsculas – que no estás solo. Eso te vale para ir tirando.

Creo que si me hubiese dedicado a la pintura habría sido pintor impresionista, y no porque no aprecie Las Meninas o El Jardín de las Delicias, sino porque me faltan el talento y la constancia necesarios para demorarme tanto tiempo en una misma cosa.

Cuando escribo largometrajes o novelas aguanto las exigencias de esos procesos tan prolongados en el tiempo porque mi necesidad de concretar lo que tengo en la cabeza – o en las entrañas – es superior a mi pereza, a mi aversión a estancarme. Ocurre sin embargo que, una vez alumbrada la obra, no tengo el mismo nivel de motivación para completar la parte más tediosa del itinerario: Mover el material, escribir a las editoriales, reunirme con productoras, hacer el pitch, rellenar decenas de formularios para presentar la obra a no sé qué subvención, o a no sé qué concurso.

Incluso cuando uno tiene la suerte de encandilar a un editor o a un productor, los engranajes siguen girando con lentitud desesperante. El vía crucis que atraviesan la mayoría de los proyectos creativos en este país antes de ver la luz es desgarrador. Cada vez que veo empezar una película española con esa retahíla interminable de logotipos de productoras, instituciones, fondos de ayuda, etc. me entran ganas de abrazar al productor y ofrecerle todo mi consuelo.

Pueden pasar meses o incluso años desde que terminaste de escribir esa historia que querías compartir con el mundo, hasta que el mundo, finalmente, puede acceder a ella. Para entonces es muy posible que haya caducado el mensaje que querías transmitir, o el sentimiento que te impulsaba a transmitirlo. O puede que hayas caducado tú.

Las veces que me ha tocado “defender” una creación mía que llega al público por los “cauces tradicionales”, ha transcurrido tanto tiempo entre mi escritura y esa presentación en sociedad que la persona que soy cuando me toca venderlo ya no es la persona que se sentó a teclearlo.

Por eso, de un tiempo a esta parte, los puntos G de mis musas son estos:

twittear
facebook publicar
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Varias veces al día me pregunto si no estaré “tirando a la basura” ciertas ocurrencias por el simple hecho de convertirlas en material de redes sociales en vez de amasar con ellas una bola de estiércol que poder colocar en algún sitio más vistoso. ¡Si incluso invertir media mañana en preparar este post que no leeréis hasta la semana que viene me parece exasperante! Tengo un diablillo en mi hombro izquierdo susurrando todo el tiempo que me deje de blogs y lo recicle en un hilo de Twitter.

Me pregunto también cuánta gente con más talento que yo estará dejando de cocinar a fuego lento recetas memorables; cuánta gente seducida por la velocidad de este microondas gigante en el que vivimos, y para el que vivimos.

No obstante, cuando me da por buscar respuestas a esas preguntas no me nace ponerme especialmente conservador. Creo firmemente que el ser humano, como animal que es, tiene no sólo la capacidad de mutar, sino la obligación de hacerlo. Esos procesos de evolución son tan lentos que corremos el riesgo de frustrarnos al no asumir (ni descubrir) que estamos pasando nuestra vida entera en el interior de una crisálida. De hecho, es probable que TODA la historia de la vida en el planeta Tierra no sea otra cosa que el lentísimo avance de una crisálida continua, ininterrumpida, interminable.

De un modo u otro, el sentido y el propósito de cualquier proceso evolutivo se suele apreciar mejor con la perspectiva que otorga la distancia. Me imagino a un montón de simios hace millones de años, riéndose del primero de ellos que nació con pulgar oponible: ridiculizándolo, estigmatizándolo. Las cualidades que nos abren las puertas del futuro no siempre son bien vistas desde las ventanas del pasado.

Ahora hago un salto de unos cuantos milenios y me imagino al primer ser humano que escribió una novela. Me imagino a su entorno circundante instándole a que no perdiera el tiempo con esa tontería. Que lo invirtiese en una epopeya en verso o en un auto sacramental. Bien sabemos que hasta tiempos muy recientes la novela se consideraba un arte menor, y leerla una pérdida de tiempo o, como mucho, un guilty pleasure. El discurso que predominaba alrededor de ese género literario – o el que predominó siglos más tarde alrededor del cine, durante sus albores – es similar al de quienes hoy día tildan de mamarrachos a gamers, a youtubers o a personas que “pierden el tiempo” en las redes en vez de hacer algo productivo (como una novela, o una película).

Si McLuhan siguiese con vida, probablemente anunciaría que en poco más de 600 años, con algunos hitos intermedios, hemos pasado de la Galaxia de Gutenberg a la Galaxia de Zuckerberg. Aunque aún no lo queramos asumir, aunque seamos un poco como el Bruce Willis de El Sexto Sentido, los viejos códigos tendrán que hacerse a un lado y dejar paso a otras formas de expresión, a otras maneras de comunicar. Cuando uno entra en un bar, los parroquianos “de toda la vida” suelen estar apilados en una esquinita de la barra.

No es la primera vez que hablo aquí sobre la convivencia de los dos grupos de homínidos que mejor conocemos: Los cromañones (que en gran parte somos nosotros mismos) y los neanderthales. Hoy día empezamos a sospechar que maravillas como las de Altamira, cuya autoría adjudicábamos a los cromañones, probablemente fueron obra de neanderthales. Sin embargo, a pesar de su sentido de la belleza, a pesar de la riqueza de su mundo espiritual, los hombres de Neanderthal se extinguieron dejándole el testigo, puede que a regañadientes, a los de Cromañón. Puede que el homo sapiens actual ganase esa batalla simplemente por el hecho de reproducirse más rápido y adaptarse mejor a los cambios de su entorno, que es justo lo que hacen quienes se zambullen en las redes sociales de este presente nuestro, que acaso será la prehistoria de otros mundos.

Comentan que cuando Pablo Picasso vio por primera vez las pinturas de Altamira, murmuro que a partir de ahí, todo había sido decadencia.

Pero esa decadencia, a la larga, nos trajo a Ray Bradbury.

Ahora, en un alarde de incoherencia, me marcho a seguir trabajando en mi próxima novela.

SON MALOS TIEMPOS PARA SER AUTÉNTICO.

16 abril, 2018
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Por Juanjo Ramírez Mascaró.

¿Son malos tiempos para la libertad de expresión?

Supongo que sí.

En los últimos años hemos soportado, atados – o cruzados – de pies y manos cómo la gente iba a la cárcel por contar chistes. Hemos consentido difamaciones de unos a otros y de otros a unos, hemos visto carreras políticas y reputaciones sociales truncadas por falacias que finalmente, cuando el foco mediático ya no estaba tan centrado en ellas, desembocaron en absoluciones, refutaciones o disculpas a las que pocos concedieron voz.

Esta clase de fascimos amparados en la chapuza (y chapuzas amparadas en el fascismo) hacen que los internautas se indignen on line con lágrimas de cocodrilo y se lamenten increpando al sistema (ergo a sí mismos) y haciéndolo responsable de una AUTOCENSURA que les impide escribir sobre cualquier cosa “en las redes”.

De repente aparece una horda de individuos que acusa a nuestro establishment social de obligarnos a vivir en una “dictadura” que nos impide expresarnos y realizarnos como quisiéramos, porque el linchamiento al que nos veríamos sometidos en redes sociales a causa de ello, nos haría trizas.

Les entiendo, pero…

… tengo la sensación de que el 80% de la gente que se queja de esa “autocensura” impuesta por la tiranía de las redes sociales” es gente que jamás se ha obsesionado con una idea en su puta vida. Gente que nunca ha apostado por transmitir un mensaje que considere realmente importante: uno por el que estuviese dispuesto a pagar con su integridad, con la cárcel o con cualquier cosa más jodida que perder cien putos likes.

 ¿Qué nos han hecho, joder? ¿Qué nos han hecho?

Tengo la sensación de que empieza a estar en peligro de extinción esa clase de artista realmente comprometido, que lo es casi en contra de su propia voluntad o incluso a pesar de ella; de que el nuevo rinoceronte blanco a extinguir es ese “dejarse cosquillear por la musa“, esa locura febril, esa inquietud que antaño llevaba a algunos, de repente, a poner sus entrañas sobre el tablero,  SÍ o SÍ,  pasara lo que pasara. Esa maldición de comulgar con toda esa dinamita interior tan potente que casi preferirías morir o perder tu libertad antes que dejar de compartirla con el mundo.

Hace tiempo le leí a Javier Krahe una declaración que más o menos venía a decir (con palabras mejores que las mías) que “no es cuestión de no querer venderse, sino de no saber hacerlo.”

Cada vez conozco a más autores que emprenden proyectos “triunfales”. Te explican el concepto de lo que se traen entre manos, te hacen el pitch… y tú concluyes que “es un win”, que han encontrado un “caballo ganador” y es lógico que tanto ellos como las puertas que se les abren apuesten por algo así. “¡Esto lo va a petar!” Han descubiero un filón, han esbozado un plan de mercado, de venta, de ataque tan hábil que no hay nada que reprochar en su estrategia. No voy a restar un ápice de mérito a quienes descubren esos “filones” y comercian con ellos. Son los Pizarros, los Hernán Corteses del presente. Se labran un trono de oro invirtiendo sudor y piel en ello. Pero, ¿y la sangre? Hablo de personas con actitudes y aptitudes dignas de elogio. Ojalá algún día pudiera yo imitarles. Su labor es igual de necesaria (o más) que la de cualquier vehemente con ínfulas de genio.
Pero…
… dales 100 tweets en su contra, endíñales un par de acusaciones de incorrección política… y a algunos de ellos los verás de pronto varados en las cunetas del qué dirán.
Yo echo de menos a los otros: A los que no tienen miedo de callar lo que piensan, a pesar de esta censura “de juguete” que tan infamemente medra; a los que vomitan lo que a veces no hay más remedio que expulsar, llueva lo que llueva, nieve lo que nieve y truene lo que truene.

No sé vosotros, pero al menos en mi caso, las obras con las que más satisfecho me siento salieron a la luz A PESAR DE LO QUE PUDIERAN PENSAR LOS DEMÁS.

Cada vez que alguien me pregunta cuál es el primer paso para tener éxito en la escritura, le digo que el ritual más importante consiste en asegurarte de que estás dispuesto a publicar algo que escandalizaría A TU PROPIA FAMILIA: Coge lo más abyecto e incómodo que hayas escrito y dáselo a leer a tu madre, a tu padre, a tus tíos, a tus primos, a tus sobrinos. (O en otras palabras: Agrégales a Facebook) Informa a tu subconsciente de que ya estás preparado para que cualquier persona acceda a lo más hondo de tus negruras. Haz partícipe a tu círculo más próximo de que no temes que nadie acceda a ese rincón sagrado que no es sano ni negociable silenciar.

El mundo sería menos interesante si – por poner el primer ejemplo que me viene a la cabeza – Sánchez Dragó midiese sus palabras por temor a lo que pudiésemos opinar de él.

Yo, por mi parte, me planteo continuamente a cuántos artistas u opinadores estaré considerando unos payasos simplemente porque no soy capaz de percibir la autenticidad que destilan. Ahí es donde entra en juego esa otra cara de la moneda: La tan cacareada – e indispensable – libertad de expresión, la defensa encarnizada del derecho de cualquier payaso a decir lo que le venga en gana y a permitir que otros le aplaudan, le desprecien y le malinterpreten.

Echo de menos esa poesía suicida, ese temperamento kamikaze, ese cruzarme con gente que, en lugar de decirme “hemos dado con un concepto ganador que nos va abrir todas las puertas”, me diga: “Llevo dos semanas desvelado con una idea que es imposible, que nadie aceptaría ni finaciaría a día de hoy… pero es que si no la materializo, si no me la saco de la cabeza, me va a devorar por dentro y voy a pasarme otras dos semanas sin poder dormir.” Echo de menos ese sonido de tambores persistentes, esas obsesiones que bombean en los cráneos con más fuerza que cualquier somnífero. Echo de menos personas que no podrán descansar hasta lograr plasmar algo que, según la lógica del tiempo en el que viven, es poco menos que inceptable e imposible.

Probablemente podréis citarme ahora mismo decenas de ejemplos contemporáneos de ese tipo de gente: más de los que pueda yo contar con los dedos de las manos, y probablemente tengáis razón. Pero me seguirán pareciendo pocos.

 

 


MIS MAESTROS.

25 octubre, 2017
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Juanjo Ramírez Mascaró.

Llevo mucho tiempo postponiendo este post. Quizá porque temo que me quede excesivamente ñoño.

Se nos llena la boca con eso de que la educación es importantísima, pero homenajeamos a nuestros maestros bastante menos de lo que los recordamos.

Mi intención aquí es enumerar a algunos de los profesores que más me han enseñado e influido a lo largo de estos 38 años de existencia.

Intentaré centrarme en los profes que han orientado mi vida hacia guión/narración, pero como es complicado narrar sin vivir, incluiré también a algunos que, sin impartir materias relacionadas con este blog, me han marcado la vida de una manera u otra.

Éstos son los culpables de que ahora mismo esté escribiendo estas palabras:

Don Jesús: No quiero difundir sus apellidos porque no voy a dejarle en buen lugar. Fue uno de mis profesores del colegio. Explicaba las asignaturas con mucha habilidad, me apasionaban sus clases… pero aunque yo no lo supiese de niño, era un residuo tardío de lo más chungo del franquismo. Pegaba coscorrones a los alumnos “que se portaban mal” sujetando su llavero entre nudillo y nudillo para hacer más daño, y nos usaba como cobayas en un experimento atroz: Ponía todos los pupitres del aula separados y los numeraba del primero al último. El presunto mejor estudiante se sentaba en el pupitre número 1, y el presunto peor estudiante se sentaba en el último. El resto de mesas constituían una escala de gradación que te puntuaba entre esos dos extremos. Cada día entrabas al aula con la tensión de que podías subir o bajar de puesto. Si no tenías hechos los deberes y el del pupitre de atrás sí los tenía, Don Jesús clamaba al más puro estilo de Joaquín Prats en El Precio Justo: ¡¡PONTE DELANTEEEE!! Entonces el del pupitre más aventajado recogía humillado todas sus pertenencias y retrocedía un puesto, mientras el de atrás hacía lo contrario con una sonrisa de orgullo y avaricia. Si Don Jesús formulaba una pregunta sobre el tema que se estuviese impartiendo esa semana y no sabías responderla, se la preguntaba al alumno de atrás. Si ése tampoco conocía la respuesta, se la preguntaba al de dos pupitres más atrás… y así hasta que alguien contestase adecuadamente. Cuando eso sucedía, volvía a resonar el ¡¡PONTE DELANTEEEE!!. Si tenías suerte, podías adelantar cinco o seis puestos con una sola respuesta, igual que en los concursos de la tele. Creo que el pobre hombre lo hacía para incentivarnos y convertir la enseñanza en un juego. Lo que conseguía, sin embargo, era sumirnos en un clima de estrés, de alumnos asestándose puñaladas traperas los unos a los otros. En el fondo nos estaba preparando para la puta vida el muy cabrón, pero yo a un educador no le pido que me prepare para sobrevivir en un mundo de mierda, sino para convertirme en alguien capaz de mejorarlo. En aquel particular “juego de la oca” de don Jesús los pupitres que constituían la última fila del aula recibían el nombre de “la fila de los apestados“. Yo, por facilidades innatas que me han resultado bastante inútiles en la vida real, solía estar siempre en la primera fila (y casi siempre entre los tres primeros pupitres). En el curso siguiente empecé a cansarme de ese juego… empecé a dejar de hacer los deberes… y tuve una vida bastante cómoda sentándome en la segunda fila. Me enorgullece el hecho de que uno de mis mejores amigos (y el más antiguo que conservo) estaba siempre en “la fila de los apestados“.

Don Cecilio:  Tranquilos. Lo de llamarles a todos con “don” no va a ser la norma, pero cuando vas al cole en los años 80, los profesores se llaman “don Algo”. He de reconocer que don Cecilio empezó siendo una pesadilla. Carácter áspero, aires de macho alfa autoritario, designado para impartir una asignatura que considerábamos INÚTIL: Era nuestro profesor de PRETECNOLOGÍA. Yo en ese entonces tenía clarísimo que me iba a dedicar a las ciencias puras y no entendía por qué se suponía que tenía que aprender a usar una pistola de silicona, clavar clavos, construir un molino de juguete, un circuito de bombillas que se encienden o un puente fabricado con papeles enrollados (ODIÉ ESE PUTO PUENTE) Años más tarte, cuando Alby Ojeda y yo decidimos hacer un largometraje de marionetas que nos obligó a desempeñar un sinfín de trabajos manuales para elaborar atrezzos y escenarios, nos acordamos MUCHO de ese profe. Pensábamos: “Ojalá nos encontrásemos de nuevo con Don Cecilio para poder decirle lo mucho que nos ha ayudado toda aquella mierda que nos enseñaba y que siempre creímos que nos iba a resultar inútil.” Lo gracioso del tema es que cierto día, mientras confeccionábamos decorados para la peli en un Centro Artístico en el que nos prestaban una sala para ello, verbalizamos ese “Ojalá” en voz alta… y ese mismo día ¡os lo juro! al salir de allí, nos encontramos a Don Cecilio en la puerta: Había venido con un grupo de alumnos para enseñarles una exposición… y no tuvimos cojones de decirle NADA.

Imelda: Era mi profesora de inglés del instituto. Cuando impartía su asignatura, ni ella ni yo imaginábamos que sus clases iban a condicionar mi futuro, pero hizo algo que lo cambió todo: Nos pidió que el trabajo de fin de curso no se entregase en papel, sino en vídeo: Un vídeo de los alumnos hablando en inglés. Por culpa de ello, Alby (one more time), otros dos compañeros y yo decidimos hacer una parodia de Expediente X en la que dimos el todo por el todo. Cuando tienes 16 años, dar “el todo por el todo” significa que remueves cielo y tierra para conseguir una gabardina para el prota y una pistola de juguete que parezca real a cincuenta metros de distancia. Significa que crees estar inventando el lenguaje cinematográfico porque decides rodar una autopsia desde el punto de vista del cadáver. TOTAL, QUE… Hicimos esa especie de “proto-corto”, nos sentimos demasiado orgullosos de nosotros mismos y, nada más terminar el rodaje, nos fuimos a ver “12 Monos” de Terry Gilliam, que acababa de estrenarse en nuestra isla. Saber lo que nos había costado a nosotros conseguir una simple gabardina hizo que entrásemos en shock al comprobar que en cada plano de la peli de Gilliam había una jirafa suelta, o un túnel de plástico, o un Bruce Willis… También nos trastocó darnos cuenta de que en la peli de Terry los personajes tenían problemas de verdad: Lloraban, reían… (a veces las dos cosas a la vez)… y te los creías. Imelda no era consciente de que nos había empujado hacia la humillación. “Somos unos mierdas. Tenemos que aprender a hacer esto mejor.”

Aurelio del Portillo: Ahora entramos en la Universidad. Por eso los profesores empiezan a tener apellidos. En el instituto nadie te decía los apellidos de tus profes. Aurelio fue un punto de inflexión para mí, y me atrevería a decir que lo fue también para varias promociones de la universidad en la que me dieron ese título que ni he enmarcado, ni me han pedido nunca. Aurelio, además de enseñarnos los rudimentos de lo que significaba contar historias con imágenes (tipos de plano, importancia del ritmo, valor del silencio) regalaba perlas de ésas que se te incrustan en lo más hondo y que te siguen influenciando décadas después (ya van dos décadas). Creo que la frase de Aurelio que más me ha marcado podría resumirse así: “Muchos os dirán que es difícil dedicarse a esto porque para ello hay que tener enchufe. No es verdad. La mayoría de la gente que no llega, es porque se rinde antes de tiempo. El cine es más duro y más sufrido de lo que parece desde fuera.” También se me grabó a fuego algo que dijo en nuestro primer año de carrera. De nuevo intento reproducirlo con mis propias palabras: “Te pueden contar mil veces por qué es incorrecto un salto de eje, pero hasta que no lo cometas tú mismo, no entenderás de verdad por qué resulta tan horrible.” Eso se puede aplicar a casi cualquier cosa que intenten enseñarte. Por último, una sentencia de segundo año de carrera que me impactó muchísimo, sobre la importancia de ser honestos con nosotros mismos. La vida es caprichosa, y la sociedad lo es aún más. Siempre habrá quienes nos lapiden injustamente y quienes nos ensalcen, y muchas veces ambos bandos con la misma falta de criterio. Recuerdo una charla de Aurelio sobre el tema. Nos puso un corto que él consideraba nefasto pero que había sido un éxito. Tras el visionado nos dijo algo similar a esto: “Si hacéis algo como lo que acabáis de ver, y os llueven premios, y os lo aplauden en un auditorio de 300 personas, y preferís creeros ese falso éxito… allá vosotros. Pero a lo mejor os estáis defraudando y estafando a vosotros mismos.” Me gustaría poder ver ahora de nuevo aquel corto para juzgarlo con mis criterios actuales. Mis gustos no siempre coinciden con los de Aurelio. Recuerdo que él amaba cosas que a mí me aburrían y que yo adoraba cosas que él repudiaba. Pero eso confiere aún más fuerza a ese argumento suyo: Sé honesto contigo mismo. No pienses en lo que premien o castiguen los demás. ¿Tú crees haber hecho un buen trabajo o uno malo?

Pablo López Raso: Era nuestro profesor de Fotografía en la universidad, pero las clases suyas que más me influyeron tuvieron que ver con otra asignatura muy relacionada de manera indirecta con su profesión de fotógrafo y que (gracias a Dios) le dejaban impartir: Historia del Arte. Yo hice un bachillerato de ciencias puras y eso, al menos en mi época, implicaba que nadie te enseñaba nada sobre Historia del Arte en el instituto. Llegué a la facultad con nociones muy raquíticas (y muy autodidactas) sobre esos temas. Las clases de Pablo sobre Géricault, Delacroix, Cézanne, Monet, Van Gogh… eran ORO para mí. Creo que me entendía muy bien con Pablo. Cierto día me dijo que, debido a mi forma de ser, había tres ciudades de Europa que debía visitar: Venecia, Praga y París. A día de hoy, la única que conozco de las tres es Venecia.

Nereida López Vidales: Vasca de pura cepa, con carácter y corazón a juego con su gentilicio. Llegó al aula el primer día de clase y nos pidió algo que nadie nos había solicitado hasta entonces: Escribir una redacción sobre por qué estábamos en esa carrera y qué esperábamos de ella. En ese entonces estudiábamos el tercer curso. Cuando te metes en una carrera de cinco años, el tercero es el más desolador: Un ecuador al que llegas demasiado cansado por las millas navegadas y muy abrumado por las millas que aún te quedan por navegar. Ya empiezas a tener amigos que, con tu misma edad, están teniendo sus primeros trabajos y sus primeras vidas. Por si fuera poco, los dos primeros años de mi carrera (Comunicación Audiovisual) eran casi calcados a los de Periodismo. PERO NOSOTROS ODIÁBAMOS QUE NOS COMPARASEN CON ELLOS. Había cierta rivalidad entre periodistas y comunicadores. Ellos, de forma despectiva, nos llamaban “pegaplanos”. Nosotros les bautizábamos “plumillas”. Cuando Nereida nos hizo escribir aquella redacción, yo me desgañité explicando por qué yo estaba allí para convertirme en lo más lejano posible a un “plumilla” y por qué despreciaba el periodismo y todo lo que representaba. A la salida de aquella clase, Nereida había leído mi redacción. Se me acercó y me dijo con su marcado acento vasco: “Chiquitxu, tú dirás lo que quieras, pero tú no escribes como un comunicador. Escribes como un periodista.” Ella no sabía que me estaba descolocando las entrañas, pero aquello – de alguna manera – me hizo replantearme mi centro de gravedad. A partir de ese día empecé a despreciar a los periodistas un poquito menos y luché en vano por conocerme a mí mismo un poquito más.

Javier Tresguerres: Profesor de realización. Cuarto de carrera. Si otros profes (algunos de ellos citados más arriba) nos enseñaron cómo se movían las fichas de ajedrez sobre el tablero, Tresguerres nos enseñó la belleza de jugar como Kasparov (y a asumir que probablemente jamás llegaríamos a ser el puto Kasparov) A esas alturas todos nos habíamos hartado de hacer travelings, contrapicados, panorámicas… pero creo que nadie nos había animado a apreciar los matices que convierten esos recursos en auténtica elegancia. Si escribes para el audiovisual te conviene saber qué emociones, que ritmos o qué ambientes genera cada decisión del equipo de realización o montaje. Casi nunca podrás controlar esa clase de cosas a menos que decidas revolcarte en el fango. De un modo u otro, considero a Tresguerres uno de mis profesores imprescindibles. Sus clases debían parecer demasiado densas a la mayoría. Cada vez asistían menos alumnos y en las primeras filas sólo estábamos los yonkis de estas cosas que, si habéis aguantado hasta aquí, a lo mejor a vosotros también os interesan.

Jorge Grau: Imagino que algunos le conoceréis. Es un director de culto, una figura emblemática del cine español. Y un profesor maravilloso. Entre otras cosas, porque sus clases eran impredecibles. Nunca tenías la impresión de estar asistiendo a una asignatura. Se suponía que Grau nos enseñaba sobre guión, pero en realidad nos estaba enseñando sobre nada y sobre todo en general. Lo mismo te hablaba sobre lo importante que era que el robot del Metrópolis de Lang se levantara de forma antinatural que te insistía en que, cuando Aristóteles escribía que todo lo que saliese en una trama debía tener alguna utilidad… a lo mejor podía estar refiriéndose también a ese plano general sin personajes que no aportaba información pertinente para la trama pero que sí aportaba… “cierto aroma“. Nos regaló en otra de sus clases una sentencia que se me quedó tatuada en la memoria: “Cualquiera puede escribir una buena primera película, porque todos tenemos una historia que contar. Pero muy pocos pueden escribir una buena segunda película, porque para la segunda, también hace falta oficio.” Parafraseo sus palabras de memoria, aun a sabiendas de que no lo podré contar mejor que él.

Juana Macías: A muchos os sonará porque ha estado nominada a varios goyas (e incluso creo que ha ganado algunos de ellos) Yo la recuerdo como una profesora magnífica. Nos enseñó a analizar mil y una secuencias de cine exprimiéndoles todo el significado, pero me quedo, sobre todo, con algo que nos dijo en una de sus ponencias: “Imagínate que cada minuto de lo que grabas con tu cámara te costase 30 euros. ¿Grabarías algo que no tuviese importancia?” Una vez más lo he redactado con mis propias palabras, e intentando hacer una traslación de las pesetas de entonces a los euros de ahora, pero hay una gran verdad en ello: EN CINE, EL TIEMPO ES DINERO. Antes lo era aún más, porque el negativo era carísimo, y revelarlo y positivarlo también. Ahora es todo mucho más “democrático”, pero el tiempo sigue siendo pasta. Los minutos de metraje se traducen en más días de alquiler, en más días de sueldos, en más catering… Por eso en la narrativa audivisual, si se hace con dos dedos de frente, rara vez se toma una decisión que no signifique algo poderoso para la historia.

Carlos López: Cuando uno sale del circuito estudiantil empieza a darse cuenta de que en realidad todas las personas que se cruza en su camino son maestros potenciales. Tus jefes, tus compañeros de trabajo, tus cómplices, la cajera del supermercado… Con la actitud adecuada, cualquier ente con el que interacciones podrá enseñarte algo. Al margen de esa concepción en la que todos podemos ser alumnos/maestros de todos, creo que Carlos es la última persona con la que tuve una dinámica de maestro-discípulo (me tutorizó hace algunos años en DAMA AYUDA), y lo maravilloso del asunto es que te guía casi sin parecer que lo hace, sin imponerte nada. Decía un proverbio taoísta: “El buen maestro no enseña: Actúa. Y el alumno, si es bueno, aprende.” Carlos enseña actuando, siendo él. A pesar de la gran cantidad de buenas ideas que te sugiere para mejorar tu historia, lo que más acaba enriqueciéndote es eso: Que siempre es él, y ser él es ser sabio sin esforzarse, y sin creérselo.

Yeyo González Ladrón de Guevara: Ya lo he contado otras veces en otros sitios. Yeyo era mi profesor de radio en primero de carrera. Le recuerdo dos consejos de valor incalculable. Uno de ellos: Cuando hables en radio, créate un oyente imaginario. Alguien que te guste, alguien a quien quieras. Hablarás con más sentimiento si piensas en esa persona, en lugar de pensar “en toda la audiencia en general”. A día de hoy, cuando escribo, intento imagnarme a mi lector ideal concreto. El segundo consejo: “Esta carrera se aprueba con la gorra. No perdáis el tiempo estudiándoos todo. Descubrid qué es lo que de verdad os gusta, y centraros en eso a muerte. Practicad eso como si quisiéseis ser los mejores en ello.” Yo en ese entonces empezaba a darme cuenta de que lo que realmente me gustaba era escribir. Yeyo nos pedía escribir relatos para dramatizaciones radiofónicas. Cuando le presenté el primero de ellos (lo recuerdo como un engendro “Allan Poe wanna be” que daba vergüenza ajena) él no se creía que lo hubiese escrito yo. Me costó entender que esa suspicacia era un halago. Consideraba el material demasiado bueno (no lo era) para un alumno de primero de carrera. El caso es que me animó a seguir apostando fuerte por la escritura. Y me ocurrió con él como con Don Cecilio (véase el principio de este post). Cierto día, cuando trabajaba en Vaya Semanita, me acordé de cómo me había ayudado este hombre, y deseé tener la oportunidad de poder decírselo en persona. Y os juro que al día siguiente… cuando salía de currar en ETB… me encontré a Yeyo en la puerta. ¡El Universo me había escuchado! Y yo… no tuve cojones para acercarme e interrumpir la conversación que estaba teniendo con otra persona. No tuve cojones de decirle todo lo que os estoy diciendo ahora. Lo que sí hice ese mismo día (como escritor cobarde que soy) fue contar todo esto que os acabo de confesar en este post (que, lógicamente, también mencionaba a – ver más arriba – don Cecilio). Sucedió que años más tarde Yeyo leyó el post de marras y se puso en contacto conmigo, agradeciéndome las palabras… y sucedió que (otro puñado de años más tarde) Yeyo me escribió para invitarme a comer. Nos tomamos una fabada riquísima y hablamos de todo un poco. Quedamos en repetir el encuentro más temprano que tarde… pero pasaron un par de meses y una enfermedad terrible se llevó a Yeyo a la tumba. Me quedé jodidísimo y me sentí muy imbécil.

Cecilia Mascaró: No puedo hablar de maestros y pasar por alto que mi madre es profesora de Física y Química. Y no una profesora cualquiera. Muchos individuos me paran por la calle para decirme cómo las enseñanzas de mi madre les han cambiado la vida. Yo tenía la suerte de disponer de ella en casa como profesora particular de lujo, y eso no sólo me servía para sacar mejores notas en el instituto. También me ayudaba a entender ciertas cosas que a priori nadie consideraría indispensables para dedicarse al guión, pero que pueden marcar la diferencia porque definen tu manera de interpretar el mundo: Reflexiones sobre cuál es la naturaleza de la Realidad, sobre cómo funciona el pensamiento científico, sobre qué cosas podemos afirmar que conocemos y cuáles nos fascina reconocer que aún ignoramos. Lecciones sobre cómo la Ciencia no puede aspirar a alcanzar la Verdad, pero puede ir fabricando modelos que nos ayuden a explicar y aprovechar ciertos aspectos de la misma (lo cuál, en cierto modo, se parece mucho a organizar el caos para contar historias).

 

P.S 1: Probablemente se me hayan quedado muchos en el tintero, y os animo a que habléis de los vuestros en los comentarios.

P.S 2: La imagen de La Lengua de las Mariposas que encabeza el texto me recuerda que leí el relato en el que se basa gracias a otra gran profesora: Mercedes de Miguel.


CARTA ABIERTA AL ESPECTADOR QUE ME DA DE COMER.

27 septiembre, 2017

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Por Juanjo Ramírez Mascaró.

Querido espectador de las cosas que escribo:

A veces me gustaría estar dentro de tu cabeza para saber cómo coño te tengo que tratar. La gente que me paga suele hablar de ti como si fueras una sola persona. Si es ése el caso, siento ser yo quien te lo diga, pero deberías ir al psiquiatra. Es posible que seas bipolar, o incluso esquizofrénico.

Me cuentan que te mueres de viejo y al mismo tiempo demandas contenidos frescos, que hueles a naftalina pero quieres “transmedia”, que te escandalizas con facilidad pero te mueres por ver “Juego de Tronos”.

Cada vez que me encargan una serie a tu medida empiezan usando palabras como “moderna” y “transgresora”. Tres semanas más tarde llegan a la conclusión de que lo que tú necesitas no es una orgía salvaje, sino celebrar un cumple infantil, o un guateque con canapés resecos y mediasnoches rancios. Resulta difícil saber cómo contentarte: A veces devoras esos aperitivos y en otras ocasiones nos dices que nos los metamos por el culo.

A veces mis compañeros y yo nos sorprendemos a nosotros mismos esperando el “cambio de hora”, deseando que llegue el mal tiempo para que se te quiten las ganas de ir a terrazas de verano y te encierres en casa a ver nuestra puta serie. Deseamos que nuestro mundo sea más triste, más oscuro… para que en vez de salir de juerga consumas nuestra mierda. Eso sí: No podemos mencionar las cosas que haces en esas juergas, porque te escandalizarían. Si me tratase un psicólogo me diría que tú y yo tenemos una relación tóxica (y, acto seguido, me preguntaría qué personaje escribo yo en la serie y me contaría un par de anécdotas que, según él, darían pa tres guiones)

De cuando en cuando decido que a lo mejor la información que recibo sobre ti no es fiable, que debería conocerte de primera mano. Así que te espío a través de la mirilla de las redes sociales y ¡joder! me caes muy mal. Cuando te leo en Facebook y en Twitter me reafirmo: Eres esquizofrénico, y estás muy enfadado. Me da miedo contarte cualquier cosa, porque sé que corro el riesgo de que me insultes e intentes adoctrinarme, o me acuses de estar adoctrinándote yo a ti. Te percibo acechando en las sombras, afilando el colmillo para GRITARME que debería pedir perdón al mundo por tener una visión sobre las cosas o, peor aún: Para distorsionar mi mensaje, para deformarlo hasta convertirlo en un monstruo deforme con el que defender, vehemencia mediante, tus propias ideas (aunque uses como coartada la descontextualización de las mías.)

Si crees que ésa es la más espeluznante de tus múltiples personalidades ¡oh, capullo esquizofrénico! es porque aún no te he hablado de esa otra faceta tuya, de esa pereza que me das cuando te vuelves a reír con ese chiste que ya era viejo cuando a mi abuela le bajó la regla; de esa vergüenza ajena al ver que compartes por enésima vez esa frase de Gandhi que en realidad no es de Gandhi; de esa tristeza al comprobar que te indignas con el titular de una noticia sin detenerte a leer la letra pequeña.

Eres el cuñado de todos los cuñados, aunque, según tus propias palabras, usar la palabra “cuñado” ya “huele a cerrado”. Esa clase de perlas son las que sueltas cuando das rienda suelta a tu personalidad más asquerosa y cansina: La del payaso elitista condescendiente que proclama que todo está “sobrevalorado” e intenta darme lecciones sobre qué debo votar en las próximas elecciones, sobre qué tengo que opinar para sacarme el carnet de feminista, sobre qué cadáveres del telediario me deben doler más y cuáles menos. Tarde o temprano harás para mí un tutorial sobre “cómo hay que ser Juanjo Ramírez”.

Un par de veces al mes bajo la guardia, dejo que la filantropía infecte mis neuronas y decido que, por mucho que lo parezcas, no puedes ser tan gilipollas como te retratan las redes sociales. Me escapo un par de horas de mi zona de confort y salgo a conocerte en persona; en los bares, en las salas de cine. Craso error. Invertir los diez euros que cuesta una entrada en escuchar tus conversaciones de móvil y el crepitar de los envases de plástico de las mierdas que comes no es el mejor camino para reconciliarme contigo. Se supone que me gano la vida queriéndote, mimándote, contándote cosas diseñadas para que seas feliz. Y sin embargo lo único que deseo es rociarte con gasolina y prenderte fuego. Ya lo conté por aquí, hace algún tiempo.

Entonces… ¿qué hacer? ¿De dónde sacar las fuerzas y el cariño para satisfacer a alguien como tú?

He decidido que cuando haga el amor contigo voy a pensar en otra persona para conservar la erección. Cerraré los ojos e invocaré la imagen de mi primer amor: Yo mismo.

Porque cuando empecé a dedicarme a esta mierda, ése era el afortunado al que intentaba contentar la mayor parte del tiempo. Imaginaba películas que me apetecía ver a mí, y que no existían. Escribía las historias que me moría por leer, y que nadie me contaba.

Tiene gracia: Huyendo de un imbécil como tú, me refugio en el único ser que conozco que es más imbécil que tú. Porque, como ya habrás deducido si has llegado hasta aquí, la estupidez no tiene secretos para mí.

Creo que he madurado bastante, pero hace cinco años también lo creía… y a pesar de ello, si recuerdo a mi yo de hace un lustro probablemente se me caiga la cara de vergüenza. A lo largo de mi corta existencia he sido mucha gente. He sido muchos de esos idiotas que conforman tu múltiple personalidad. He sido el cuñado simplón, he sido el snob elitista, he sido el infeliz cabreado con el mundo, el adicto a buscar tres pies al gato. Soy inocente de  algunos delitos: No he hablado con el móvil en el cine, ni he considerado que los seres humanos que ver el fútbol o el Gran Hermano sean inferiores al resto de soplapollas del planeta, ni he convencido a nadie para que sea vegano o para que se resigne a todo lo contrario. Pero habré cometido más delitos de los que he evitado, y supongo que son todos ellos necesarios para escribir historias con textura. Conozco más de mil maneras de ser imbécil, más de mil formas de encarnar todo lo que odio en ti.

Por eso confío en que, intentando escribir cosas que me gusten a mí, de vez en cuando acertaré y crearé engendros que te gusten a ti. Con un poco de suerte incluso acabarás rumiando mi mierda y convirtiéndola en un meme que atribuirás por error a Paulo Coelho.

Por eso pienso sudar sobre el teclado, pienso llenar los cartuchos de la impresora con mi sangre, pienso poner “alma, corazón y vida” cada vez que intente reconquistarme a mí mismo.

Por eso y por mucho más, cada vez que me pidas otra consumición pienso mearme en tu vaso, hijo de puta.


DE PROFESIÓN: CÍNICOS.

6 septiembre, 2017

murray

Por Juanjo Ramírez Mascaró.

Hace algún tiempo se estrenó una serie en la que había participado como guionista. Fue un desastre, pero creo que eso no sorprendió a ninguno de los que habíamos escrito en ella. Apenas me afectó que la serie no funcionase, pero sí me afectó comprobar lo poco que eso me afectaba.

Me dio cierta pena (e incluso cierto miedo) ese grado de desapego, esa facilidad para asumir que nuestro trabajo desemboque en el contenedor de la basura, como si eso fuese algo lógico, natural, aceptado de antemano como parte indisociable del proceso. Pienso en el Juanjo de hace veintipico años y en su recién descubierta vocación de escritor. ¿Qué opinaría aquel chaval de esta resignación cansada que me aqueja, de esta epidemia de conformismo, de este abaratamiento de las aspiraciones? Si aquel adolescente ingenuo supiese dónde desemboca el camino que inició con sus primeros cortometrajes, ¿se le quitarían las ganas de recorrer dicho camino, o acaso lo galoparía a toda prisa para agarrarme del cuello y des-anestesiarme con un par de hostias bien dadas?

Eso es lo que me encuentro en más de la mitad de las series y programas de España: Guionistas anestesiados. Tecleamos y escaletamos casi por inercia, inmersos en una rutina mental de funcionario, navegando en un barco que no nos gusta hacia un destino en el que no confiamos, y es ése el caldo de cultivo ideal para una de las plagas más peligrosas del mundo del guión, y de la vida en general:

El cinismo.

Hace tiempo me atreví a definirlo de la siguiente manera:

El cinismo es el arte de arroparte con la toalla en el suelo, una vez que has decidido tirarla.

Así es al menos como yo lo percibo, desde mi posición de cínico ocasional: La actitud de aquél que ya ha dado la batalla por perdida, y en el caso de los guionistas creo que hay también un componente de “huída hacia delante”. Nos creemos mejores y más listos que la gente que nos contrata, más talentosos que los gerifaltes que nos imponen limitaciones. Demasiado buenos para desperdiciar nuestro potencial participando en el engendro mediocre que nos da de comer. Quizá por ello nos obsesionamos con demostrar a nuestros compañeros (y a nosotros mismos) que somos más brillantes de lo que nos permiten ser en el curro, y como alguien nos ha hecho creer que ser cínico es sinónimo de ser inteligente, damos rienda suelta a toda esa mezquindad proyectándola sobre el chivo expiatorio que tenemos más a mano: La propia serie (o programa) donde trabajamos.

Creo que en muchas producciones televisivas de este país, los chascarrillos de sus guionistas poniéndolas a parir son más ingeniosos y elaborados que los contenidos de esos guiones por los que les pagan. Hay más chispa en los grupos de whatsapp paralelos y en los descansos del brainstorming que en el producto final. En ese intento de demostrar que somos mejores que nuestro trabajo mercenario, hacemos bullying a nuestras propias series. Esos críticos televisivos que las despedazan el día del estreno rara vez serán tan crueles como lo fueron sus propios creadores durante la gestación. A veces nos toca trabajar en proyectos en los que NADIE confía. Uno tiene la desoladora impresión de que todos, desde el jefazo que les dio luz verde en la cadena de televisión hasta el guionista más raso, pasando por productores, directores, coordinadores… TODOS miran al proyecto de marras como miraría un abogado a un cliente sin salvación posible. Desarrollamos esos engendros dando por hecho que, como mucho, podemos evitarles la cadena perpetua bajándonos los pantalones para llegar a un trato. “Tenemos que ceder, señor Capítulo Piloto V8. Con suerte dentro de veinte años podrás salir de la cárcel por buena conducta, antes de que te pongan mirando pa la señora de Cuenca.”

Lo más triste del asunto es lo rápido que nos acostumbramos a esa mierda. Ya ni siquiera nos parece chocante que nuestro día a día consista en criar un hijo al que no amamos y en insultarle para sentirnos mejor.

No seré yo quien niegue que esa desidia, en muchas ocasiones, está justificada. Todos estamos hartos de ver equipos de guionistas muy punteros pariendo subproductos muy por debajo de sus posibilidades, y las razones por las que esos “dream teams” están condenados a firmar cosas indignas darían para otro post. Sin embargo, creo que ni siempre sucede así, ni conviene enarbolar como estandarte ese cinismo derrotista antes mencionado.

Soy de los que opinan que el cerebro, ese ordenador portátil que tenemos entre los hombros, funciona de un modo u otro según los parámetros con que lo programemos. Si introducimos en él ciertos axiomas, ciertas limitaciones, es posible que estemos capando nuestro potencial involuntariamente.

Estoy convencido de que en algunos de nuestros curros mercenarios somos incapaces de tener ideas brillantes simplemente porque nos hemos convencido a nosotros mismos de que no estamos en un sitio adecuado para ser brillantes. De pronto nuestras musas son como esas tortugas que no pueden crecer más porque están encerradas en un terrario demasiado pequeño. Ese terrario, al menos en gran parte, está en nuestra cabeza. Es un asunto de percepción mental.

¿No tenéis la impresión de que algunos actores, algunos músicos, algunos técnicos, al margen de su indiscutible valía, sólo alcanzan su máximo esplendor cuando trabajan con ciertos directores? Tengo la teoría de que los buenos directores consiguen crear un clima determinado, una burbuja dentro de la cuál a todo el mundo le nace dar lo mejor de sí mismo, o lo más auténtico, casi sin proponérselo. Quizá sea eso lo que define, por encima de muchas otras cosas, a un gran cabeza de equipo. Fabricar en las mentes de sus subordinados el terrario más amplio posible.

Esos guionistas subordinados, como contrapartida, están casi en la obligación de hacer crecer sus ambiciones como si quisiesen romper las paredes del terrario. Nuestra misión es galopar, la de nuestros jefes es tirarnos de las riendas.

Es probable que, a pesar de tus esfuerzos, la serie o programa en cuestión siga siendo una mierda, por factores ajenos a ti. Así que no des el do de pecho sólo por el bien del proyecto, hazlo también por ti mismo. Un guionista que trabaja bien en una mala serie tiene más probabilidades de que alguien se acuerde de él en el futuro para ofrecerle un puesto en una serie mejor. Un guionista que no se conforma con la comodidad de lo mediocre acabará no sólo creyéndose bueno, sino incluso siéndolo.

A veces funcionamos a medio gas en el teclado o en la sala de brain por ese miedo inconsciente a malgastar nuestras mejores ideas en historias que ni son nuestras ni nos representan. Según mi experiencia, ese temor es injustificado. Creo que el grifo de las buenas ideas es inagotable, siempre y cuando lo tengamos bien engrasado, del mismo modo en que una teta no deja de dar leche mientras continúes ordeñándola. Por ello defiendo la idea de ordeñar con voracidad a nuestras musas incluso en los trabajos más indignos. Mantener el músculo entrenado. En contra de lo que solemos creer, esta actitud no hará que lleguemos secos a otros curros más “dignos”, o a nuestros propios proyectos. Llegaremos más entrenados, con más munición, con más puntería. Lo único que necesitaremos para no caparnos es seguir reprogramando continuamente esos parámetros que formatean nuestro cerebro.

Yo me recuerdo a mí mismo todo esto que os acabo de contar precisamente para eso: Para intentar formatearme el coco. No es fácil.


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