INSTRUCCIONES PARA MONTAR TU PROPIA GALA DE PREMIOS

21 febrero, 2019

Hartos de ninguneos, malos contratos y alfombras rojas vetadas, los guionistas españoles han decidido montar su propia gala de premios. Coincidiendo con su treinta aniversario, el sindicato ALMA entregará los ‘Premios ALMA’ el próximo 28 de marzo en el Palacio de la Prensa de Madrid. La gala se ha organizado siguiendo estás sencillas instrucciones:

1. Si eres el pringado de la clase, si no te invitan a ninguna fiesta, no te rindas: busca a otros de tu especie, monta tu propia fiesta, y no invites a nadie que no sea un pringado. Efectivamente, los premios del sindicato ALMA sólo tienen siete categorías, y son todas de guión.

2. Si en tu fiesta hay un concurso, asegúrate de que todo el mundo gana algo. El sindicato ALMA tiene poco más de 600 afiliados. Los nominados a sus premios suman 119. (¿Ciento diecinueve? CIENTO DIECINUEVE). Tiene sentido: si en clase nunca te eligen delegado, ni te incluyen en ningún equipo de deportes, júntate con los demás perdedores y votaos entre vosotros de forma que TODOS seáis delegados un rato.

3. No te preocupes por quién presente la gala. Siempre hay actores y actrices convencidos de que los guionistas tenemos poder de decisión. Y es que, por muy pringado que seas, siempre hay alguien más pringado que tú. En este caso, será el intérprete contratado para presentar la gala. La criaturita pensará que estar a bien con los guionistas le vacuna contra muertes inesperadas de su personaje en la serie. También creerá que esto puede darle algo de eco mediático. Lamentablemente, como será la única persona medianamente atractiva en la sala, nadie absolutamente retransmitirá el evento. Ni por Twitter.

4. No te preocupes por el local. No hay nada más fácil que encontrar un cine disponible en el centro de Madrid. Total, ganan menos dinero vendiendo entradas que alquilando las salas para eventos.

5. No te molestes en imponer un dress code. Vestir un traje es a un guionista lo que leer un guión es a un productor. Sencillamente, no son capaces. Considera un triunfo que no vengan todos los hombres con camisa de cuadros. Por otro lado, ningún showroom iba a prestar trajes para una gala de guionistas, así que si pides black tie verás a un montón de gente vestida como en la última boda a la que fueron.

6. Reza para que no gane Amar es para siempre y quieran subir sus 23 (¿Veintitrés? VEINTITRÉS) guionistas a dedicarle el premio a su madre.

Ah, y sobre todo:

7. Recuerda que tú no trabajas para la industria. Ni para los medios. Ni para cruzar alfombras rojas. Tú trabajas para tu público. Es bueno que una noche al año nos juntemos los que no lo petamos en Instagram, ni presentamos Goyas, ni tenemos chalets en Ibiza, a decir ésa serie estaba bien escrita, se merece un aplauso.

A continuación, la lista de nominados a los Premios ALMA del Sindicato de Guionistas 2019 (que, bromas aparte, no todos son de ALMA. Hay que ser de ALMA para votar, pero no para salir nominado):

Y si eres afiliado a ALMA, recuerda que ya está abierto el plazo para votar a los ganadores. Loguéate en la web del sindicato y vota antes del 6 de marzo.

Sergio Barrejón.


ÁLVARO TATO RESUCITA EL ARTE NUEVO DE HACER COMEDIAS EN ‘TODAS HIEREN Y UNA MATA’

9 febrero, 2019

En 1937, Miguel Hernández publicó ‘El labrador de más aire‘, una obra teatral en verso que seguía los preceptos del ‘Arte nuevo de hacer comedias‘, de Lope de Vega:

Acomode los versos con prudencia
a los sujetos de que va tratando:
las décimas son buenas para quejas;
el soneto está bien en los que aguardan;
las relaciones piden los romances,
aunque en otavas lucen por extremo;
son los tercetos para cosas graves,
y para las de amor, las redondillas…

Desde aquella obra insólita (cuyo autor jamás vio representada, pues no logró estrenarse hasta 1972) nadie en nuestro país había vuelto a firmar una comedia ‘de capa y espada’ en verso clásico. Ayer en el Teatro Fernán-Gómez de Madrid, Álvaro Tato (Madrid, 1978) repitió la proeza con su más reciente obra, ‘Todas hieren y una mata’.

Redondillas, sonetos, silvas y demás métricas clásicas fluyen con inusitada soltura en un texto que, a lo largo de 2.500 versos, despliega hábilmente todos los recursos escénicos y narrativos del teatro del Siglo de Oro. Por momentos es paródico, y no faltan algunos guiños autoconscientes al espectador. Pero a pesar de su subtítulo (‘Miradas al Siglo de Oro’) ‘Todas hieren y una mata’ no es un oportunista artefacto didáctico. Álvaro Tato ha firmado una comedia auténtica, que entretiene, emociona y arranca carcajadas al respetable. El actor Carlos Lorenzo comparaba la sensación que le produjo la lectura del texto a la que sintió al ver ‘La princesa prometida‘, también una comedia que enmarcaba dentro de un contexto moderno una folletín clásico de aventuras y espadachines.

Convencido de que ‘la semilla de los grandes temas de nuestra generación ya estaba sembrada en el teatro del Siglo de Oro’ el autor madrileño ha colocado en el centro de su comedia ‘a la dama que Lope o Calderón no pudieron crear por las limitaciones de la época‘. Una dama lectora, dueña de una prohibida biblioteca secreta, cuya máxima aspiración en la vida es leer, instruirse, aprender. Una dama a quien las protestas de amor de sus dos pretendientes -el ingenuo galán don Daniel y el viejo y amanerado Corregidor- le traen sin cuidado, pues tiene más altas cosas en que ocupar su mente.

Este triángulo amoroso es el detonante de la trama. Don Daniel y su descarado sirviente Pico deben huir a toda prisa de las iras del Corregidor, quien los ha sorprendido cortejando a su prometida, la dama Aurora. Don Daniel y Pico, en su huida, topan con una Bruja, quien decide ayudarlos proporcionándoles unas arenas mágicas que les permitirán viajar en el tiempo. Así es como galán y criado acaban aterrizando, desconcertados, en el siglo XXI. Se encuentran allí con Alba, una profesora de Literatura que estaba precisamente impartiendo una clase sobre el teatro del Siglo de Oro. Al trabar conversación con don Daniel y Pico, la propia Alba se sorprende a sí misma hablando de pronto en verso. Intrigada por las cuitas de estos dos insólitos personajes, la profesora decide ayudarlos, y les allana el camino para que ambos puedan encontrar de nuevo a la dama Aurora en un antiguo corral de comedias, donde el desarrollo de la propia representación le dará a Daniel la oportunidad de declarar su amor a la joven. Pero en el corral de comedias, inevitablemente, se halla también el Corregidor…

Teatro dentro del teatro, desafíos y duelos, disfraces, equívocos, criados que descuidan su labor de intermediarios para seguir sus propios bajos instintos… Todas las escenas clásicas de las comedias de capa y espada encuentran su lugar de forma orgánica en la trama de ‘Todas hieren y una mata’. Como destaca la veterana intérprete Sol López, una de las más aplaudidas en la noche del estreno: “Hoy en día el lenguaje se ha ido empobreciendo, por eso es necesario hacer un teatro así, donde hay sonoridad, ritmo, música e imágenes, pero todo contenido en la palabra”.

El verso suena claro y totalmente natural en boca de un elenco inspiradísimo, que bajo la hábil dirección de Yayo Cáceres logra llenar de imágenes un escenario completamente desnudo. Un poyete central, doce candilejas rodeándolo en círculo y un telón de mano manejado por los propios actores componen toda la escenografía, y no se echa en falta más. El colorido y la sonoridad del verso, y la maestría con que Cáceres monta cada escena manipulan la imaginación del espectador para levantar bosques mágicos, jardines umbríos, corrales de comedias y lo que haga falta. El también muy aplaudido Diego Morales, que interpreta al criado Pico, subraya el reto de trabajar de esta manera: “Yo he hecho mucho teatro clásico, pero con escenografías fastuosas. Está muy bien esta apuesta de fiarlo todo a la didascalia”. Álvaro Tato tampoco escatima elogios para el director: “Yayo es un Quijote del teatro. Un idealista lúcido que proviene del teatro pobre y nos ha descubierto a toda una generación esta forma de hacer teatro”. El director enmarcó su apuesta en la importancia de “volver a la esencia del teatro, que a veces se pierde con tanto artificio de paneles que suben y bajan, proyecciones, etc. Cosas que yo mismo he hecho”.

Largos aplausos para el elenco, con varias docenas de espectadores puestos incluso en pie para aplaudir la comedia. Cabe destacar también la comodidad y amplitud de la sala Guirau del Fernán-Gómez, probablemente uno de los mejores teatros de Madrid. Es muy de agradecer que tan lujoso espacio se ponga al servicio de una producción original independiente, firmada por un joven autor y con intención claramente cómica.

Álvaro Tato.

Se da la feliz coincidencia de que, cincuenta metros más allá, la Biblioteca Nacional muestra al público originales autógrafos de Lope de Vega y maquetas de corrales de comedias, entre otras curiosidades, en la interesantísma exposición gratuita ‘Lope de Vega y el Siglo de Oro‘. Un complemento perfecto para la imprescindible comedia de Álvaro Tato.

Sergio Barrejón.


LA CULPA: BERNABÉ RICO ADAPTA A MAMET

4 febrero, 2019

The Penitent‘ es una de las últimas obras del dramaturgo ganador del Pulitzer (y guionista nominado al Oscar) David Mamet. Titulada ‘La culpa’ en la adaptación de Bernabé Rico y dirigida por Juan Carlos Rubio, se presentó en el teatro Bellas Artes de Madrid el pasado 8 de enero, tras haber tenido su estreno absoluto el 28 de noviembre de 2018 en el Palacio Valdés de Avilés.

Una obra de noventa minutos, con sólo cuatro personajes, en la que Mamet trata algunos de los temas habituales en el último tramo de la obra: la religiosidad, la hipocresía que esconde la solemnidad, la miseria moral que se disfraza de férreos principios morales.

La trama cuenta el dilema de Charles, psiquiatra acusado de negligencia después de que uno de sus pacientes haya cometido un asesinato. Tras negarse a declarar para la defensa del criminal, éste acusa públicamente a Charles de ser un homófobo: no quiere hablar en favor de un gay.

El psiquiatra argumenta que es el juramento hipocrático lo que le impide declarar, pues para hacerlo tendría que revelar el contenido de sus sesiones con uno de sus pacientes. Su moral profesional y su orgullo personal le impiden doblegarse ante lo que él piensa que es una campaña de difamación. En sus propias palabras: ‘La prensa necesita historias con una víctima y un monstruo. Ayer el monstruo era mi paciente, pero eso ya no es noticia. Ahora él es la víctima y yo el monstruo’.

Desoyendo los consejos de su abogado y las súplicas de su esposa, que le insisten en que declare para la defensa, el psiquiatra se cierra en banda, sufriendo por ello un descrédito que no sólo hace mella en su vida profesional, sino que también destroza los nervios de Kath, su esposa. Kath llega a intentar suicidarse, hecho que más tarde descubriremos que tiene más motivos que los relacionados con el proceso legal.

Pero no hagamos spoilers.

Como es habitual en Mamet, La culpa despliega un diálogo ágil, cortante, musical. Es interesante leer The Penitent en su versión original, por la peculiar forma en que Mamet desafía las normas de puntuación buscando el matiz preciso, consiguiendo ser muy certero en el énfasis de cada frase.

Salvando las distancias lógicas en una traducción, la adaptación de Bernabé Rico consigue mantener gran parte de ese brío. La dirección de Juan Carlos Rubio también contribuye a que la obra sea rápida, directa. Destaca entre las interpretaciones la de Miguel Hermoso. Cómodo en su papel de abogado de Charles, Hermoso capta y hace suyas cada inflexión de diálogo, cada sarcasmo, cada puya. Completan el elenco Pepón Nieto en el papel protagonista, Ana Fernández y una breve pero determinante intervención de Magüi Mira.

Lo que me impidió disfrutar de la obra fue el diseño de la trama. Mamet pone en escena las partes menos dramáticas de la historia y elude escenas que podrían haber sido un filón. El combustible dramático de esta historia parece ser el dilema entre respetar los propios principios a costa de destruir a mi esposa, o salvar mi familia y mi prestigio a costa de hipotecar mis principios. Sin embargo, Charles no vive un verdadero dilema. Nunca duda. El protagonista arranca la obra con la decisión ya tomada, y en ella se planta obstinadamente durante los 90 minutos que dura la representación. Mamet articula la trama como un acoso y derribo a su empeño, descubriéndonos que tras él late una sucia mentira. Es más una obra de tesis que de trama.

Me quedó la sensación de que la obra habría ganado mucho si hubiera estado protagonizada no por el psiquiatra, sino por Kath. La persona cuyo mundo se desmorona por el quijotismo de su marido. La persona que intenta sostener todas las piezas de un mecanismo que se cae en pedazos. Pero Mamet se empeña en poner el foco en un personaje cuyo único objetivo tiene forma negativa. Charles no emprende acción ninguna. Y su resistencia numantina a hacer público el contenido de sus sesiones hace quizá previsible el final de la obra, que inevitablemente pasa por una revelación de ese contenido. Pero esa revelación no cobra forma de anagnórisis. No hay catarsis. Al contrario, Mamet comete lo que para mí es uno de los pecados capitales: el deus ex machina. La revelación llega en el último instante y suena a ‘sacada de la manga’. No está sembrada. Es una pieza que no pertenecía al puzzle. Mamet suele decir que la conclusión de una obra o un guión debe ser a la vez sorprendente e inevitable. El final de La culpa es ninguna de las dos cosas.

La obra me dejó, sin embargo, reflexiones interesantes. Me recordó que, tras los golpes de pecho y el rasgado de vestiduras, muy frecuentemente se esconde un vulgar embuste. Que es estupendo tener una ética y unos principios, pero que ni una ni otros valen nada si no estamos dispuesto a reconocer nuestros errores y afrontar sus consecuencias. Y que cuando uno tiene una imagen pública, debe ser muy cuidadoso en la forma en que enarbola sus principios, porque si los usa como escudo para tapar sus miserias, al final no sólo acabará pagando por lo que ha hecho (tarde o temprano todos lo hacemos), sino que por el camino puede haber contribuido a propagar aún más el cinismo imperante en la sociedad.

En conjunto, la función convence por su tema actual y universal, por la refrescante agilidad del diálogo de Mamet y por un trabajo interpretativo solvente en general, y excelente en el caso particular de Miguel Hermoso.

La culpa estará en cartel en el Teatro Bellas Artes de Madrid hasta el próximo 24 de marzo.

Sergio Barrejón.


PASCAL RAMBERT VUELVE AL PAVÓN KAMIKAZE CON ‘HERMANAS’

14 enero, 2019

¿Qué es el lenguaje? ¿Un puente que nos conecta, o una frontera que nos separa?

Ése es el dilema que parece alentar la nueva obra de Pascal Rambert, titulada HERMANAS, y estrenada la semana pasada en el Pavón Kamikaze de Madrid.

La frase ‘como se suele decir’, que apostilla varias veces el diálogo de los dos únicos personajes de la obra; las alusiones a la necesidad de ampliar el lenguaje para ampliar los conocimientos: las sentencias como ‘si destruyo tu lenguaje, destruyo tu mundo’ nos sugieren que las hermanas del título son en realidad una metáfora de la naturaleza dual de la sociedad occidental, partida en dos mitades enfrentadas, condenadas a convivir pero incapaces de entenderse… porque hablan lenguas distintas.

Bárbara, trabajadora social, voluntaria que ayuda a refugiados y víctimas de la guerra. Irene, periodista mediática que escribe sobre asuntos banales. Ambas acaban de perder a su madre. Irene se presenta en el trabajo de Bárbara poco antes de que ésta pronuncie una conferencia sobre alguna emergencia social, para reprocharle que no la haya avisado de la inminente muerte de su madre tras una larga enfermedad.

El enfrentamiento es torrente verbal velocísimo, incontenible, que desarma al espectador con su intensidad… pero que no lleva a las hermanas a ningún entendimiento. Un millón de palabras no valen nada cuando no hay un lenguaje compartido. Al igual que ocurre en las redes sociales, el debate no sirve a las hermanas para llegar a una mejor comprensión del punto de vista de su interlocutora, sino para agudizar el conflicto y agrandar la separación.

© Manuel Naranjo

Tanto la Teoría de la Relatividad como la mecánica cuántica son consideradas correctas. El problema es que son contradictorias. Algo parecido ocurre con los puntos de vista de Bárbara e Irene. La primera tiene una conciencia global. Ha visto y comprendido los problemas de los refugiados, y es capaz de exponerlos con una claridad arrebatadora, dolorosa e innegable. “¡Despertad, moved el culo!”, grita con rabia en el momento álgido de la obra, tras una brutal diatriba en la que Bárbara Lennie, quizá la mejor actriz de su generación, dejó sin aliento al público que llenaba la sala.

Sin embargo, esa conciencia para lo global contrasta con su incapacidad de comunicar a su hermana algo tan sencillo como ‘mamá está muy mal, se va a morir, ven’. Irene, que vive de ironizar y airear trivialidades, que jamás ha publicado una palabra sobre la labor social de su hermana, que se mofa de la superioridad moral que late tras su activismo, es sin embargo quien más tiempo estuvo al lado de su madre enferma, soportando incluso que ésta la confundiese con Bárbara, claramente la hija preferida.

Rambert parece decirnos que mirar demasiado a lo alto nos hace olvidarnos de quien tenemos al lado. Y al revés, que para centrarnos totalmente en lo cercano necesitamos negar lo global. Y ninguno de los dos puntos de vista es correcto ni incorrecto, porque ninguno es completo. Y el lenguaje necesario para expresar un punto de vista, es incompatible con el otro.

La obra pone en escena de forma muy hábil ese muro invisible, distribuyendo el diálogo en largas y violentas diatribas, contrapunteadas con momentos de diálogos más breves, pero que siempre acaban en interrupciones e incluso en agresiones físicas. El único momento de cercanía llega, paradójicamente, cuando ambas callan y comparten unos auriculares para escuchar la misma canción. Sólo la música funciona como un lenguaje común y da una breve tregua en la interminable batalla dialéctica.

© Manuel Naranjo

Una brillante forma de expresar que estamos condenados a no entendernos si no hacemos el esfuerzo de aprender el lenguaje del otro, si no cedemos terreno para encontrar un lenguaje común.

La obra arrancó algo lastrada por una discutible decisión de dirección: retirar los paneles laterales de la caja escénica, aunque contribuye a la estética desnuda de la obra -mínima escenografía, hiriente luz blanca sin sombras ni matices- provoca que las voces de las actrices pierdan proyección, y dificulta la entrada del espectador en la historia en los primeros minutos.

Además, Hermanas carece de una trama como tal, y eso personalmente me impidió disfrutarla plenamente. No hay un clímax, no hay una conclusión. Uno sabe que la obra ha terminado porque la luz permanece apagada hasta que empiezan los aplausos.

Aplausos que fueron largos e intensos y acabaron en ovación de pie. Merecida, sobre todo por la gran interpretación de Bárbara Lennie e Irene Escolar. Un trabajo de memorización titánico. Un trabajo de dicción y proyección de voz atlético. Y momentos de pura emoción verdaderamente impagables.

Apenas dos pequeñas sombras en un trabajo por lo demás brillante, que deja al espectador tocado, que invita a la reflexión y que pone de manifiesto una vez más el enorme talento de sus dos actrices protagonistas.

Sergio Barrejón.


POR SU CONTENIDO BLASFEMO Y SUS OFENSAS A LA CORONA, ESTA OBRA HA SIDO CONDENADA A LA HOGUERA.

31 diciembre, 2018

La frase que da título a este post es el arranque de la novela gráfica Los enciclopedistas. Quema de libros, reyes burlados, fanatismo religioso, crímenes sangrientos… Los ingredientes de la última obra del guionista bilbaíno José A. Pérez (@mimesacojea), producen una apetecible mezcla de vigencia histórica y clasicismo temático.

Curtido ya en televisión, radio y novela (y con una serie en desarrollo para una gran productora), José A. Pérez incursiona en el cómic muy bien acompañado por el dibujante Alex Orbe, y bajo el prestigioso sello de Astiberri.

Bajo el disfraz de un thriller histórico (¡Un asesino en serie está matando a los enciclopedistas de París!), el autor de programas como Orbita Laika o Escépticos y podcasts como Guerra 3 y El gran apagón establece un incontestable paralelismo entre nuestro tiempo y la época pre revolucionaria francesa. La quema de libros nos hace recordar el secuestro de Fariña o El Jueves. La persecución de los enciclopedistas no es tan distinta del acoso judicial a cómicos y titiriteros. Todas estas acciones persiguen el mismo objetivo: acallar las voces críticas.

En la obra de José A. Pérez, y Los enciclopedistas no es una excepción, parece subyacer siempre una intención didáctica (que no doctrinaria). Cada uno de sus trabajos como guionista es la expresión de una inquietud política y social. Pero esa inquietud se expresa sin traicionar el compromiso con el entretenimiento, eje central del contrato que establece un guionista con su público. Los enciclopedistas puede disfrutarse como una reflexión sobre el siniestro parecido entre nuestra censura actual y la que sufrieron los Ilustrados, pero también como una mera thriller criminal en el turbulento París del XVIII. Podría objetarse a este respecto que alguno de los giros de la trama resultan quizá demasiado convenientes para el guionista, pero ello sólo será problema para adictos enfermizos al género (como quien esto escribe).

José A. Pérez presentó la obra el pasado 3-diciembre en la librería La buena vida de Madrid, y se refirió sin complejos a este doble nivel de lectura: “La agitación cultural de la época pre revolucionaria me permitía hacer una traslación de lo que está pasando ahora: la persecución de la razón. El thriller… es un pretexto puro y duro.”

Sobre la intensa documentación que requirió Los enciclopedistas, José A. Pérez detalló algunas curiosidades, como por ejemplo su certeza de que, además de Diderot, D’Alembert, Hume y otros muchos nombres célebres, la Enciclopedia tuvo “cientos de otros autores borrados de la edición”, entre los cuales se contaban muchas mujeres. “Sólo han quedado referenciadas unas pocas mujeres en la Enciclopedia, pero eso no se lo cree nadie. Está claro que fueron muchas más, el problema es que no queda constancia de ello”.

Ante la imposibilidad de dar voz a esas autoras silenciadas, José A. Pérez introdujo el personaje de Marie, “el único personaje completamente de ficción de toda la historia”, una dibujante de clase humilde que colabora dejando constancia gráfica de los diversos oficios de París, y que asiste a las sesiones de los enciclopedistas, retratando a los diversos autores, lo que por cierto influirá decisivamente en la trama. “Sin Marie, esto no sería más que un tebeo de señoros con peluca diciendo cosas en sitios y matándose entre ellos.”

También detalló algunas licencias, como mostrar el encarcelamiento de Diderot (que ocurrió realmente y se llevó a cabo en el mismo lugar que presenta la novela), pero  “deformado para favorecer la narrativa”, en el sentido de que no se respeta la fecha real ni el motivo exacto del encarcelamiento.

Del mismo modo, se permitieron presentar las catacumbas de París con el aspecto que tienen en la actualidad, y que es algo posterior a la fecha en la que se desarrolla la acción. Guionista y dibujante consideraron que el atractivo visual de todas aquellas calaveras alineadas justificaba el anacronismo.

Durante la presentación en Madrid, José A. Pérez explicó también parte del proceso de colaboración entre guionista y dibujante:

JOSE A. PEREZ.- Yo era un poco abusón. Iba viñeta a viñeta, describiendo exactamente qué se veía en cada una… y luego Alex hacía lo que le daba la gana.

ALEX ORBE.- Obviamente. (Risas) No, en realidad soy bastante respetuoso. Si lo que ha escrito el guionista funciona, ¿para qué cambiar nada? Ahora, si yo veo que puedo aportar algo, pues se lo propongo.

JOSE A. PEREZ.- Exacto. Me manda la página ya totalmente terminada y me pregunta ¿qué te parece? (Risas) Yo tampoco hago exactamente lo que hace Alan Moore, en plan “la viñeta tiene que tener una composición triangular”, etc. Pero sí que hago una sinopsis de cada página, y digo “siete viñetas”, y luego hago una descripción histórica de lo que pasa en cada viñeta. A veces, esa descripción puede llegar a medio folio, que es una locura y a lo mejor otro dibujante me lo habría tirado a la cara. Por ejemplo, recuerdo una viñeta que tenía una descripción infinita, que era la viñeta en la que aparece por primera vez la imprenta, y era porque todos los elementos que aparecen en esa viñeta van a jugar un papel más tarde en la historia.

Siempre fiel a esa intención didáctica mencionada anteriormente, José A. Pérez aprovechó la presentación de Los enciclopedistas para introducir algunas anécdotas sobre la monumental obra de Diderot y D’Alembert. Entre ellas, que L’Encyclopédie original está digitalizada entera, y es de libre acceso en Internet; que una de las grandes revoluciones que supuso la Enciclopedia fue la instauración del orden alfabético (“aparecía antes un alfarero que Dios o el Rey”); o el atrevimiento que tuvieron los autores al referenciar, en el artículo sobre Dios, otras entradas como “ateísmo” o “superstición”.

Asimismo, se refirió varias veces a la obra del historiador alemán Philipp Blom, estudioso de la época, mencionando concretamente sus obras Encyclopédie, El triunfo de la razón en tiempos irracionales y Gente peligrosa. El radicalismo olvidado de la Ilustración europea como fuentes de inspiración y documentación.

En resumen, Los enciclopedistas es una novela gráfica de calidad, de narrativa ágil, amena de leer (y releer) y cuidadosamente documentada.

Sergio Barrejón.


ARTHUR MILLER: PONER PRECIO A LOS RECUERDOS

31 octubre, 2018

por Sergio Barrejón.

El teatro Pavón Kamikaze (Madrid) tiene en cartel una de las grandes obras de uno de los grandes dramaturgos norteamericanos. Dirigida por Silvia Munt y protagonizada por Tristán Ulloa, Gonzalo de Castro, Eduardo Blanco y Elisabet Gelabert, EL PRECIO, de Arthur Miller estará en el Pavón hasta el próximo 6 de enero.

En El Precio, un Miller ya en la madurez (post caza de brujas, post Marilyn) abunda sobre los temas que le obsesionan: la alargada sombra de la figura paterna y el aplastante peso de las circunstancias económicas sobre la dignidad del ciudadano norteamericano.

La acción se desarrolla en tiempo real en el desván de una casa brownstone de Manhattan pendiente de demolición. Antes de que la casa sea derribada, dos hermanos deben fijar un precio para la venta de los viejos muebles familiares y acordar un reparto del dinero obtenido.

Pero ese precio resulta ser para uno de los hermanos más metafórico que real. Se trata de Victor, el hermano que renunció a su carrera para quedarse a vivir con (y cuidar de) su padre, un antiguo hombre de negocios arruinado tras la crisis del 29. Aunque Victor realmente necesita el dinero, prefiere aprovechar la oportunidad para echar otro tipo de cuentas: las que tiene pendientes con Walter, el hermano que triunfó profesionalmente quizá a costa de que Victor se quedase en casa cuidando del padre.

Como tercera pata del taburete está Gregory Salomon, el tasador que debe negociar con ellos el precio de la venta y para quien todas estas disputas sólo son ruido. El ruido de una vieja construcción que se viene abajo. Gregory es el pescador de ese río revuelto de emociones, tan importantes para los que las viven, tan nimias para quien las contempla desde fuera, a la espera de revolver en los escombros a ver qué puede sacar de provecho.

Como tantas veces ocurre en Miller, el personaje femenino, Esther, es meramente un satélite de su esposo Victor. Apenas aporta nada a la obra más que una “pared” para que Victor pueda tener diálogos brillantes. Un machismo muy de la época, por otro lado.

El montaje que en su día hizo Terry Kinney en Broadway, con Mark Ruffalo, Tony Shalhoub, Danny DeVito y Jessica Hecht debió de ser memorable, y sin duda fue su éxito lo que motivó que el revival de esta obra de 1968 aterrizase poco después en España. Pero su directora Silvia Munt afirma no haber visto la obra nunca en escena, y asegura que “se enamoró del texto” leyéndolo. A mí me ha pasado lo contrario: aunque soy muy fan de Miller y he leído muchas de sus obras, esta no la conocía.

Antes de estrenar en Madrid, Silvia Munt ya había montado El Precio en Barcelona y en catalán con gran éxito de crítica y público. La traducción al castellano suena convincente y el montaje tiene un ritmo muy ágil, alejado de la solemnidad con que algunos directores tratan a veces a clásicos como Miller. Contribuye a no dar respiro el excelente trabajo de todo el elenco, en el que destacan la interpretación enérgica de Gonzalo de Castro, soberbio en el papel de Walter, y la enternecedora composición del anciano Solomon por el siempre brillante Eduardo Blanco, quien no hace esfuerzos por disfrazar su acento argentino, lo cual es de agradecer.

Es plausible también la decisión de Munt de no actualizar la obra, que transcurre en 1968. En declaraciones a EFE, Silvia Munt afirmaba que en un principio pensó “vamos a actualizarlo, porque estamos en una crisis y podríamos adaptarlo a lo que ocurre hoy día”. Sin embargo finalmente decidió confiar en la inteligencia del público para comprender la vigencia de la obra y los posibles paralelismos de la época original con el momento actual. Un acierto.

Silvia Munt consigue así una carambola a tres bandas: reeditar un éxito de Broadway, montar a uno de los grandes clásicos modernos con una obra cargada de significación social y alcance poético, y a la vez ofrecer al gran público un montaje perfectamente comercial.

Este montaje madrileño es una excusa perfecta para recordar otras de las grandes obras de Arthur Miller. Además del crepuscular guión de la película Misfits (Vidas rebeldes), Miller es autor de algunas de las obras fundamentales del teatro norteamericano del siglo XX, muchas de ellas adaptadas (con mayor o menor fortuna) a la televisión y el cine. Mis favoritas:

La muerte de un viajante

Todos eran mis hijos

Las brujas de Salem

Panorama desde el puente

Incidente en Vichy

En todas ellas apreciamos la que quizá es la característica que convierte a Miller en un genio: la capacidad para reflexionar ‘en directo’ sobre la época en la que está viviendo, componiendo dramas que perduran en el tiempo sin perder vigencia a lo largo de las décadas. Quizá el gran secreto para lograr esa lucidez histórica cuando aún se carece de la perspectiva del tiempo es una enorme empatía hacia sus personajes (al menos los masculinos), la capacidad de meterse en sus zapatos y sentir lo que están sufriendo en cada momento.

Donde más evidente se hace esa genialidad es en el caso de Las brujas de Salem. En plena caza de brujas de McCarthy, y en mitad de un agrio enfrentamiento personal con su gran amigo Elia Kazan por sus posturas ante el Comité de Actividades Antiamericanas, Arthur Miller escribe un drama histórico sobre una caza de brujas real ocurrida siglos atrás en su país, cuya trama reproduce paso por paso la histeria anticomunista que se está viviendo en ese momento en Estados Unidos.

Hablando de carambolas a tres bandas, Las brujas de Salem logra la carambola definitiva: no sólo es una tragedia sobrecogedora por derecho propio, sino que además presenta una escalofriante crónica de unos hechos históricos muy relevantes, y encima funciona de manera brillante como lectura metafórica del momento político en que fue escrita. Una obra fundamental de un autor fundamental.


EL OFICIO DE GUIONISTA – ALICANTE 3 DE NOVIEMBRE

17 octubre, 2018

por Sergio Barrejón.

En el contrato de mi primera película como guionista había una cláusula que aplazaba el pago de la mitad de mi sueldo al inicio de rodaje. La película tardó cinco años en rodarse.

En las reuniones de trabajo de otra película, al director lo alojaban en un hotel de 4 estrellas. A mí, en un hostal de prostitutas.

Durante mi primer año como guionista de televisión me pasaba catorce horas diarias al ordenador. Me gasté la mitad del sueldo en fisioterapia, engordé nueve kilos y no podía dormir sin un Orfidal.

Mis relaciones con los productores también eran difíciles. Firmaba cualquier cosa que me pusieran delante, no sé si por miedo o timidez. No sabía negociar. O bien comulgaba con ruedas de molino o bien rechazaba trabajos de forma altanera y quijotesca.

Me alimentaba mal, dormía a deshoras, tenía la vitamina D por los suelos y mi capacidad de concentración era un desastre. Es un milagro que hoy siga siendo guionista. Me sorprende incluso el seguir vivo.

En algún momento empecé a darme cuenta de que el mito del guionista que trabaja en pijama y descansa cuando quiere estaba poco conectado con la realidad. Sabía que mi carácter tampoco me permitiría ser uno de esos escritores que se sientan a la mesa de nueve a cinco y no se levantan ni a mear. Pero alguna forma tenía que haber de conciliar un trabajo que me encantaba con un estilo de vida que no me convirtiese en un viejo de treinta años.

Empecé a investigar sobre hábitos de trabajo. A leer sobre la postura correcta al ordenador. Me informé sobre alimentación. Empecé a hacer ejercicio. Aprendí a negociar.

Hoy estoy más en forma que hace quince años, duermo sin pastillas, aún me queda bastante pelo, y mi volumen de producción es mucho mayor que cuando era joven. Y entonces no era padre de familia ni profesor de guión. Mi presión arterial es correcta y cuando viajo por trabajo me alojan en sitios sin prostitutas (al menos que yo sepa).

A mí me costó  años enderezar un mal arranque. A otra gente le cuesta la carrera. Para evitarle el mal trago a futuros guionistas, y aprovechando que algunas escuelas y universidades me llamaban para dar clases de guión, en 2011 monté una conferencia sobre este asunto. No se trata sólo de advertir de los riesgos laborales del guión. También de dar consejos de organización de tiempo. Trucos para vencer el bloqueo creativo (empezando por comprender qué es y qué lo motiva). Proponer técnicas de negociación. Incluso he diseñado un diagrama para decidir qué trabajos aceptar y cuáles no.

Intento dar esta charla un par de veces al año. La última vez fue en febrero, en Madrid. La próxima es el 3 de noviembre en Alicante. La organiza la asociación Mediterrània Audiovisual. Se titula El oficio de guionista y la inscripción está abierta hasta este domingo.


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