ESCRIBIENDO TEATRO

24 mayo, 2013

por Ángela Armero

Como la primera obra de teatro que he escrito está a punto de estrenarse, quería escribir algo sobre mi experiencia. Pero he pensado que el post sería mucho más interesante si conseguía que opinaran dos amigas a quienes admiro mucho: Verónica Fernández y Bárbara Alpuente.

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VERÓNICA FERNÁNDEZ

Hoy mismo he visto el cartel que el Centro Dramático Nacional ha hecho para promocionar mi obra “Serena Apocalipsis”, que se estrenará en junio en el Teatro Valle Inclán de Madrid.  Mi nombre estaba debajo del título en letras grandes. Ni qué decir tiene que mi vanidad se estaba regocijando ante tal visión. He sentido que el destino me premiaba después de haber sufrido un bochorno considerable hace unos meses en los créditos de una película en la que participé. Pero hay más. Os puedo decir que no escribo teatro para que mi nombre sea el primero, el más grande y el más vistoso del cartel. Escribo teatro porque es el lugar donde empecé y el lugar al que siempre quiero volver. Me pasa lo mismo con mi pueblo. Vinuesa me encanta, nací allí, me pasé todos los veranos de mi infancia y de mi adolescencia y disfruto cada vez que me escapo a pasar unos días lejos del mundanal ruido. Pero no viviría allí. Como no podría ser solo dramaturga. Los sinuosos caminos del cine y de la televisión me llenan, me vuelven loca a ratos y otros ratos me crean una presión con la que he conseguido convivir bastante bien. Así que escribir teatro, como Vinuesa, se convierte en un acto de placer difícil de explicar, pero limitado en mi vida profesional. En los dos sitios me permito pensar lo que me da la gana, me permito reflexionar, me permito crear mundos que sólo necesitan de la palabra para levantarse.

Lo efímero del hecho teatral me fascina. Que cada día la función sea distinta aunque tenga el mismo texto, que una obra se pueda representar en varios idiomas, en diferentes lugares, en grupos de teatro aficionado, en residencias de ancianos o en teatros nacionales… me produce un vértigo delicioso. Escribes una obra y nunca muere, alguien la rescatará en fotocopias de alguna estantería y la representará cuando todos hayamos muerto.  ¿Os imagináis que de cada guión de cine se pudieran hacer ene películas con diferentes actores, en diferentes lenguas a lo largo del tiempo? Las películas tienen la magia de lo inmutable. Podemos ver “Casablanca” hoy con una copia remasterizada casi mejor que cuando se estrenó en los cines. El guión sigue ahí, impertérrito.

 Las obras dramáticas tienen otra responsabilidad con respecto al tiempo, tienen que ser susceptibles de poder ser representadas siempre que alguien lo pretenda. No quiero decir que al escribir una obra de teatro esté pensando en la campesina polaca que la representará en su parroquia en la navidad del 2020, no me entendáis mal. Lo que quiero decir es que el teatro excede la contemporaneidad. Fijaos cómo se sigue representando Lope, Calderón, Valle y tantos otros, por no hablar de Sófocles, Eurípides, Esquilo o el propio Shakespeare.

Y hay otra cosa que no es un tema baladí. Escribo un proyecto de televisión y si una televisión no lo quiere, muere en el escritorio de mi portátil o en el mejor de los casos en el escritorio del portátil de un productor que me pagó el desarrollo. Escribo una película y si no convenzo a un director y a una productora para encontrar financiación,  me muero yo también de pena en el escritorio de mi portátil con los fósiles de todos los proyectos que no han salido y que no saldrán nunca. Escribo una obra de teatro y puedo montarla, mejor o peor, con más o menos dinero, en una sala alternativa, en un teatro potente o en el garaje de mi abuela, con un director prestigioso o con aquel chico de la facultad que lideraba muy bien nuestro grupo de teatro. Y con cuatro telas negras y dos actores tengo el gustazo de ver mi obra representada.

El Negociador poster

BÁRBARA ALPUENTE

Estuve un año hasta que conseguí escribir una pieza de Microteatro (paradójicamente)  Desarrollar una idea en quince minutos tiene su complicación, y más si intentas, como en este caso, que no se quede en un mero sketch sin fondo ninguno (a mí a pretensiones no me gana nadie) Una vez conseguido, o eso creo, saqué dos conclusiones interesantes:

La primera, escribir teatro no es escribir televisión. Esto, que parece una obviedad, lo fui descubriendo a medida que asistía a los ensayos. Algunos chistes que funcionaban casi de forma automática en pantalla, fallaban en la representación. Y otros, que incluyó el director Natxo López y que, probablemente, en televisión no se habrían apreciado, funcionaban como un tiro en directo.

El teatro tiene un lenguaje propio que no se aprende en una primera experiencia. A mí, claramente, me falta hábito para manejarlo con soltura.

La segunda, cada representación es única. El público forma parte de la obra y de su implicación depende el “éxito” o el “fracaso” de tu trabajo. Los actores (Cecilia Solaguren, Carlos Santos y Ricardo Reguera) recibían directamente las reacciones de los asistentes y, aunque la mayoría de las veces la comedia consiguió las carcajadas perseguidas, otras se presentaban allí unos cuantos sin ninguna intención de reírse (los muy cabrones), convirtiendo la función en una situación bastante tensa. Tensa para mí, claro, los actores llevaban con bastante más ligereza este supuesto fracaso.

Microteatro ha sido la experiencia profesional más satisfactoria que he tenido en años: La relación con actores y director, a la que no suelo tener acceso en televisión, la emoción de asistir como testigo directo a lo que provoca un guión tuyo en otras personas y, sobre todo, sin que esto tenga nada que ver con el oficio de guionista, comprobar la cantidad de gente que habéis hecho el esfuerzo de venir a vernos.

Gracias a todos.

Esto no tiene pinta de quedarse aquí.

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ÁNGELA ARMERO

Casi todo en esta vida se hace por amor o por dinero.
“Lola, una comedia solidaria” es algo que escribí por lo primero. Mi amiga Alba Alonso, una estupenda actriz con la que ya he trabajado, me hizo una sugerencia. “¿Qué te parecería escribir una obra para mi madre (Pilar Bayona, también actriz) y para mí?” Durante algunos meses la idea estuvo rebotando en mi cabeza, como una bola de pinball, hasta que me di cuenta de que era una estupenda idea. Rara vez se tiene la ocasión de tener a una madre y una hija en el mismo escenario, y trabajar con personas queridas e importantes para ti hace que lo que escribas surja de un lugar imprescindible cuando no hay dinero de por medio: la confianza.
Es la primera vez que escribo teatro pero me ha gustado mucho la experiencia. Como no tenía ni idea de cómo abordar el asunto, me senté y lo hice, que es la mejor forma de perderle el miedo y poner el motor en marcha, siempre hay tiempo para reescribir, pensar, cambiar… Aún sin saber nada confieso que las limitaciones (pocos personajes, pocos decorados, pocos elementos, más cautela con el tiempo que en los guiones de cine o televisión…) espolearon bastante mi creatividad. Después de una primera versión, como creo que es muy razonable hacer, lo pasé a dos lectores  de confianza y gracias a sus consejos acabé llegando a una versión definitiva, que por supuesto ha tenido retoques en los ensayos de la obra. Pero desde luego la libertad a la hora de escribir ha sido algo que me ha hecho sentir muy bien, especialmente si se compara con la cantidad de vueltas que dan los guiones de cine o de televisión, vueltas por varias personas, vueltas por dilatados espacios de tiempo (meses, años), tantas vueltas que a veces parecemos alquimistas o perfumistas en vez de narradores.

Lo que se le puede pedir a los proyectos personales es que te diviertan, y en ese sentido, Lola me funcionó desde el minuto uno.

Rápidamente se incorporó el director, Nacho Marraco, responsable de la obra “Eleuterio, historia de un hombre libre”, que casualmente había visto meses atrás y me encantó. Por si fuera poco, otra incorporación al reparto terminó de convertir la obra en una rareza escénica: Alberto Alonso, el padre de Alba, se convierte en el tercer protagonista (aunque no interpreta a su padre, sino a un amigo de su madre en la ficción.) Y después aparecieron personas maravillosas, como Yolanda Eyama, Beatriz Pérez Rioja, Daniel Dicenta o Lola Herrera, que va a vestir a Pilar Bayona con la ropa de su tienda. Y, para terminar de redondear la atmósfera familiar, mi madre, la artista Rosa Biadiu, diseñó el cartel.

Pero lo que más me ha gustado de todo esto ha sido ver los ensayos. Es el instante decisivo, el momento maravilloso, el primer premio, quizá el más íntimo y asombroso: ver cómo tus personajes cobran vida. Para mi no hay una sensación igual.

Creo que el teatro ofrece esa oportunidad a los guionistas. No hace falta esperar para rodar, no hace falta pulirse los ahorros o pedir pasta a los amigos, convencer a las mesas de ejecutivos, alquilar un montón de trastos, llevar un camión enorme ni contratar figurantes vestidos de romanos. Busca un grupo de gente con la que te guste estar, preferiblemente que sean profesionales, y hazlo como siempre se ha hecho. Ya verás qué bien. Por supuesto, no es algo que sea razonable hacer por dinero.

Serena Apocalipsis” se estrenará el 12 de junio en el Teatro Valle Inclán (Centro Dramático Nacional), en Madrid.

“El Negociador” se representó en Microteatro (Madrid) del 3 de abril al 20 de abril y en la antigua cárcel de Segovia los días 3 y 4 de mayo, dentro de una selección de las seis mejores obras de Microteatro del año.

“Lola, una comedia solidaria”, se representará los sábados de junio en Garaje Lumière (Madrid). Las entradas en Atrápalo, aquí.


RAYUELA, UN POST SENTIMENTAL

14 diciembre, 2011

por Verónica Fernández.

Empiezo mi colaboración con bloguionistas desde Buenos Aires, robando a Cortázar el título de su novela. Ayer paseaba por la avenida Santa Fe, ensimismada, intentando buscar una metáfora para escribir este post. Y fue fácil encontrarla. No hay librería que se precie que no tenga a Borges y a Cortázar expuestos en sus escaparates. La imagen de una rayuela en una portada se me quedó prendida en algún lugar de mi cerebro todo el día. ¿No es más cierto que llevo muchos años saltando de casilla en casilla intentando alcanzar el Cielo? ¿No paso de un proyecto a otro de una manera más o menos hábil soñando con abandonar el Purgatorio? Eso es la rayuela, un juego en el que uno mismo es la ficha. Se empieza en el Purgatorio y se debe llegar al Cielo después de pasar los nueve puntos del camino. No se puede dejar la piedra encima de una frontera entre dos números porque eres castigado a empezar de nuevo. Y es que yo, que soy una sentimental, quería escribir mi primera entrada, no desde la guionista profesional que puede aportar con su experiencia algún truco, crítica o glosa sobre nuestro oficio, sino desde las emociones que me provoca dedicarme a escribir. Y de ahí que la rayuela me pareció una manera muy gráfica y muy contundente de explicar muchas cosas.

1.- Sobre la ilusión.

Recuerdo que cuando yo apenas llevaba un año y media en esta profesión, me invitaron a una mesa de debate en una universidad. No importa con quién, ni dónde. Un pope de la televisión, productor ejecutivo y creativo (decía él), nos deleitó con un powerpoint en el que hablaba de lo que se necesitaba para hacer una serie de éxito. Yo había coordinado por entonces A las once en casa y era más petulante que ahora, más ingenua y probablemente más imprudente. Me había subido al carro de la televisión de una manera muy fácil y placentera. Mi serie iba bien y estaba poco abierta a recibir lecciones de nadie. En aquella presentación aquel sujeto habí apuesto varias pantallas en las que se podía leer algo así como: “PARA ESCRIBIR UNA SERIE SOBRE TODO SE NECESITA: ILUSIÓN, ILUSIÓN, ILUSIÓN…”. Como dirían acá en la Argentina: “me cagué de risa”.

Esperé mi turno y con una seriedad apabullante le dije a este buen señor que lo que se necesitaba para empezar a escribir un buen proyecto de televisión eran: buenos contratos, tiempo y un jefe que te dejara trabajar en libertad. El auditorio me aplaudió en pleno. El hombre en cuestión montó en cólera, quiso contestarme desde la justificación y a la hora de la comida me ofreció trabajo en su productora, trabajo que por supuesto yo rechacé. Sigo pensando que para escribir cualquier cosa las mejores condiciones son las que se me antojaban entonces. Eso está fuera de toda duda. Sin embargo, con los años, le he ido dando importancia a aquella palabra que entonces me pareció el colmo de la demagogia: ILUSIÓN. Y es que he visto guionistas terriblemente decepcionados con su trabajo, con sus jefes, con las cadenas, con los productores y distribuidoras de sus películas. En algún momento yo también lo he estado. Y esa falta de ilusión sobre lo que uno tiene entre manos acaba mermando nuestras capacidades.

No sé cómo se preserva uno de no caer en el hartazgo. De verdad que no lo sé. Hay que tener ganas y ánimo para saber que llegar al Cielo va a requerir de mucha fuerza, de muchos saltos, de mucho ir y volver, de tirar la piedra y que se quede encima de la raya, de tener que volver a empezar. Nuestra carrera en el mejor de los casos es una carrera de fondo. Es muy complicado escribir sin un átomo de ilusión. Así que desde aquí, pido perdón a aquel hombre, que aunque de manera torpe, quiso transmitir en aquella mesa de debate que la ilusión era un ingrediente importante en el proceso creativo: es la nafta, para que el auto no pare.

2.- Sobre la realidad.

Siguiendo con esta tontería de la rayuela, pensaba en qué significa la casilla de salida, el Purgatorio, en nuestro oficio. Se me antojan miles de respuestas. El término hace referencia a un estado transitorio de purificación y expiación del alma pecadora. No pueden acceder a este limbo los que hayan cometido pecados mortales. Esta última información me deja mucho más tranquila. Si los guionistas somos pecadores, lo somos de pecados de poca monta. Venial me ha parecido en este sentido una palabra liberadora. Se nos puede acusar de muchas cosas seguramente y todos estamos cansados de oír cuando un proyecto va mal quienes son los culpables. Si escribimos mal, parece que la cosa va mal. Y si escribimos bien, la cosa también puede ir mal. O sea que ante el fracaso de un producto, tenemos muchas papeletas para sentir sobre nuestros hombros todo el peso de la derrota.

Cuando la acusación es injusta, cuando se le corta la cabeza a todo un equipo de guión por falta de share, cuando un director no ha entendido ni una línea, cuando han destrozado los pocos chistes que había actores de tercera, cuando el producto se ha programado por el enemigo… nos sentimos totalmente legitimados a decir que no nos entienden, que nos maltratan y que nos eligen como chivo expiatorio de los pecados de otros. Y sí, muchas, muchas veces sucede esto. Hay que armarse de valor y de paciencia para saltar de casillero con ilusión después de que te hayan acusado de no saber jugar, de no saber escribir.

Para mí, el Purgatorio, es el lugar donde me torturo para ser mejor. Cuando sé que sí tengo culpa, que fui perezosa, que recurrí a chistes viejos, que desempolvé esa trama que siempre quise colar, cuando no hay ningún enemigo fuera que me quiera cortar la cabeza sino gente que no sabe leer guiones y da por buenas cosas, que yo sé que están mal, cuando cambio el tamaño de la letra para ampliar el número de páginas,  me siento una impostora. Pienso que ésta vez sí me van a pillar, que ya zafé muchas veces y que en el fondo no tengo tanto talento como me creo. Que tire la primera piedra quien no se haya sentido así alguna vez.

3.- Sobre el miedo.

Hay veces que el miedo nos paraliza. Algunos tienen verdadero terror a la pantalla en blanco, otros a ser juzgados y cada vez que mandan una versión entran en un estado de agonía permanente, otros nos sentimos como decía antes impostores… hay un miedo más profundo que estos, que toca la médula de nuestra identidad como escritores. Nuestra escritura no acaba en ella misma, nuestra escritura sirve para otra cosa, se transforma en una obra que excede a nuestro control. Tenemos pánico a que en el tránsito se pierda lo mejor, si es que alguna vez tuvo algo bueno. Tenemos pánico a que en el tránsito se convierta en algo peor, si es que no era buena.

No conozco a ningún guionista que quiera hacer las cosas mal, si nos salen mal, es a nuestro pesar. Ese grado de exigencia permanente produce pánico. A veces no queremos saltar de casilla. Se acaba un proyecto que hemos controlado y empieza uno nuevo. Normalmente somos pájaros de muchos nidos y nos gusta volar, pero también nos gustaría meter la cabeza debajo del ala y protegernos cuando el proyecto ha tenido más de placentero que de otra cosa. He coordinado varias series y siempre me atenaza el mismo sentimiento contradictorio cuando acaban. Por una parte me siento liberada e ilusionada con las cosas que llegarán después y por otro lado me da pena que acaben las historias que ya controlo, en las que me siento cómoda, en las que el riesgo ya no es tan grande.

Mi vuelo de regreso a Madrid sale en unos horas. He hablado del Purgatorio en nuestra profesión pero poco del Cielo. ¿Cuál es nuestro Cielo? ¿Adónde queremos llegar saltando y saltando de casillero en casillero? El Cielo es ese lugar donde escribimos con un buen contrato, con personas que nos hacen mejores desde la exigencia creativa, con ilusión, en proyectos en los que nos dejamos algo más que el oficio, quizás un poco de alma,  con chistes nuevos, sin recurrir al polvoriento cajón de las tramas… El Cielo lo he tocado estos días en Buenos Aires. Cruzo los dedos para que nadie me borre esta rayuela del piso.

Verónica Fernández ha sido guionista de series de éxito como A las once en casa, El comisario, Raquel busca su sitio, Cuéntame, Hospital Central y otras. Ganó un Premio Goya por el guión del largometraje El Bola, coescrito con el director Achero Mañas.


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