CRIMEN Y TELÓN: JUGANDO CON LA ESENCIA DEL TEATRO

11 agosto, 2019

La compañía Ron Lalá, responsable de éxitos como Cervantina, el último Tenorio en Alcalá de Henares o Todas hieren y una mata, que ya comentamos aquí, reestrenó el pasado 1 de agosto su aclamada comedia Crimen y telón en la Sala Roja de los Teatros del Canal de Madrid.

Sostenida por una trama distópica –en un futuro cercano en el que las artes han sido prohibidas, el detective Noir investiga el asesinato de una víctima muy particular: el teatro- Crimen y telón es una disparatada mezcla de géneros: policíaco, musical, farsa… Todo tiene cabida en un espectáculo que no da respiro al espectador, gracias a la vertiginosa dirección de Yayo Cáceres y a un elenco brillante.

Álvaro Tato mezcla en su texto una cantidad de giros metalingüísticos que harían estallar la cabeza del Unamuno de Niebla y del Pirandello de Seis personajes en busca de autor. Pero lo hace a un ritmo tan endiablado, salpicándolo tan descaradamente de referencias culturales y bromas coyunturales, y con tantos cambios de ritmo –de un largo monólogo en verso a una persecución con los actores portando linternas como única fuente de luz; luego cantan un corrido; después se encienden las luces de la sala y el elenco interpela al público- que el resultado es de una espectacularidad impresionante.

Una escena de “Crimen y Telón”. Foto: David Ruiz, http://www.masescena.es

Cuando un guión le da excesiva importancia al formato, suele ser en detrimento de la trama y de la profundidad de los personajes, que quedan reducidos a marionetas. Aquí, la apuesta por el metalenguaje es radical: en un momento de la obra, Noir descubre un ejemplar del texto de la obra Crimen y telón y entiende que él es su protagonista. Los actores hacen hablar al técnico de sonido, obligan a la regidora a salir a escena. Estos recursos resultan deliciosos para el público, pero llegan a ahogar la trama.

La investigación del detective Noir acaba por no ser más que una excusa para hacer un rosario de homenajes al teatro: en escena aparecen Edipo, Lady Macbeth, el espectro del asesinado Rey Hamlet… Cada escena, cada reflexión (no falta la disculpa hacia nuestras grandes heroínas –Laurencia, La dama duende- por el machismo secular del teatro nacional) se disfruta muchísimo, pero de trama sólo tienen la apariencia.

¿Es esto un error? No en el caso de Crimen y telón, que desde el primer momento está planteada como una gran broma, un juguete escénico destinado no a contar la peripecia de un héroe, sino simplemente a hacer reír. Y es que, como reflexiona el protagonista, el juego es la esencia del teatro.

Ahora bien, durante ese juego Álvaro Tato lanza dardos envenenados contra el poder, contra la censura, contra la dictadura de la corrección política, contra el abandono de las artes, contra el conformismo… Y es que Tato, gran conocedor de los clásicos, sabe que la comedia es un artilugio estupendo para camuflar mensajes incendiarios bajo la apariencia de inofensivas bromas.

Álvaro Tato. Foto: Álex Piña, http://www.elcorreo.com

Así, Tato salpica la función de unos pocos chistes ridículamente malos (¡Es una bombilla! ¡Al suelillo!) y de un par de comentarios satíricos que no pasarían el filtro de un tuitero de segunda para decirle al público que todo esto es una gran coña. Y cuando el espectador ha bajado la guardia, el autor empieza a lanzar andanadas críticas de mucha más profundidad, recordándonos por ejemplo el grave peligro de renunciar a las artes, y la perentoria necesidad de defender la educación.

Y consigue hacer llegar el mensaje hasta el punto de poner a media sala en pie ovacionando justamente al elenco… todavía con la sonrisa dibujada en el rostro. Porque, recordemos, el juego es la esencia del teatro. Y hoy en día, pocas compañías juegan con tanta soltura como los ronlaleros.

Sergio Barrejón.

Crimen y telón estará en la Sala Roja de los Teatros del Canal de Madrid hasta el próximo domingo 18 de agosto.


LA VOZ MÁS ASOMBROSA DEL MUNDO

9 agosto, 2019

por Ana Álvarez Prada.

El pasado miércoles 7 de agosto, en el Teatro Auditorio de San Lorenzo de El Escorial, tuvo lugar el estreno absoluto de Yo, Farinelli, el capón, un texto dramático de Manuel Gutiérrez Aragón basado en la novela homómina de Jesús Ruiz Mantilla.

Carlo Broschi, el castrado más famoso de su tiempo, se hizo llamar Farinelli en honor a los Farina, sus primeros protectores. Tras haber sufrido un accidente montando a caballo, fue convencido de someterse a la castración. “Con una sencilla operación, podrás seguir cantando como los ángeles toda tu vida”, le aseguraron en su niñez. Y Farinelli cantó hasta el último día de su existencia.

Canto y callo, repite insistentemente Farinelli en la voz de Miguel Rellán. Tenía la voz más asombrosa del mundo… pero no tuvo ni voz ni voto en el desarrollo de su carrera. Al contrario que la mayoría de los castrati, Carlo venía de buena familia. Entrar en el gremio de los castrados le supuso recibir una formación férrea y privilegiada en el campo de la música y de la cultura en general. El éxito de Farinelli fue fulgurante y su fama tal que recibía invitaciones de las más ricas cortes europeas, donde era agasajado con carísimos regalos, y aplaudido y deseado por una enorme masa de admiradores y admiradoras que veían en él al ídolo y también al engendro.

Nunca podremos saber cómo sonaba su voz. Se decía que cantaba con fluidez saltos de tres octavas y media, que podía aguantar una nota durante un minuto subiendo y bajando el volumen, que cantaba catorce compases sin respirar… Sabemos que era un prodigio inimitable porque se conservan las partituras que su hermano Ricardo compuso para él: arias complicadísimas que mostraban un virtuosismo que nadie jamás fue capaz de igualar.

Fue adorado por su voz y despreciado por su condición de castrado, fue tratado como un Dios y como un mono de feria. Tan leal a sus protectores que, a petición del rey español Felipe V, dejó los escenarios y cantó para él todas las noches, durante años, las mismas cinco arias, para aliviar los ataques de locura del monarca y mitigar la melancolía que le impedía gobernar.

No le era permitido el amor carnal pero amó, amó la música y regaló su voz por amor. Ya anciano, en su retiro de Bolonia, Farinelli lleva una vida acomodada y se dedica a escribir sus memorias. Y es en ese punto donde arranca la acción de “Yo, Farinelli, el capón”.

El texto nos descubre al hombre que vivía tras el mito, tras el ídolo de masas que viajó por los caminos y mares de la Europa del siglo XVIII para entretener con sus acrobacias vocales a un público que le aclamaba como suyo. Sorprende particularmente encontrarse a un hombre humilde y agradecido por todo lo que la vida le ha deparado. Una forma de vivir el éxito muy distinta de la de otros virtuosos de fama mundial, como Liszt o Paganini, divos cuya actitud era más parecida a la de una rockstar. Farinelli no sólo trabajó duro para alcanzar la excelencia: su fama tuvo como precio su propia integridad física y su propia dignidad personal. Y aun así, era capaz de dar las gracias por lo que había logrado.

Ya en sus comienzos el gran maestro de voz Niccola Porpora le dejó bien claro: “Tienes la voz en depósito, los verdaderos dueños son los que la van a escuchar”. Una responsabilidad que cuidar cada vez que atravesaba los fríos Alpes en carro, cada vez que la angustia le impedía respirar y que la enfermedad le debilitaba.

El Farinelli de Jesús Ruiz Mantilla y Manuel Gutiérrez Aragón es generoso, simpático, leal, sensible, valiente y orgulloso. Es protagonista y espectador. Deleita y acepta. Canta y calla.

También es culto y astuto. Aquellos años cantando en la alcoba de un rey enloquecido, oliendo a orines e incienso, fueron tremendamente aburridos, pero su fidelidad le permitió llegar a ser un respetado consejero cultural, le dio la oportunidad de introducir la opera como género grande en España, y le valió la Cruz de Calatrava, además de la dirección de las actividades culturales del Palacio del Buen Retiro y del de Aranjuez.

Gutiérrez Aragón, quien también dirige el espectáculo, apuesta por utilizar a dos intérpretes distintos: por un lado, el gran actor Miguel Rellán como el Farinelli anciano (pero también el niño confundido y por momentos aterrado ante la castración). Por otro, el gran contratenor Carlos Mena como el Farinelli joven que triunfa en los escenarios. Miguel Rellán narra la vida de Farinelli mediante monólogos. Carlos Mena a través de las arias, acompañadas por el prestigioso conjunto Forma Antiqva. Todos y cada uno de ellos dan forma con su indiscutible talento a un espectáculo que es teatro y concierto a la vez.

El escenario aparece radicalmente dividido en dos espacios distintos: izquierda para los músicos y derecha para el actor. Pero las palabras y la música no viven aisladas, al contrario: se suceden con buen ritmo, se adornan, se tocan, se necesitan. Miguel Rellán respira las melodías que canta Carlos Mena, el Farinelli joven. Mena, a su vez, sin hablar, recibe las palabras del anciano, a veces como caricias y otras como puñaladas.

El excelente trabajo de estos dos grandes de la escena nos transporta a 1730, convirtiéndonos en el público que vitorea y aplaude entusiasmado las arias cantadas por gran Farinelli. La habilidad vocal de Carlos Mena, la maestría de los músicos de Forma Antiqva y el brillante repertorio elegido por el director musical, Aaron Zapico, ilustran de forma fascinante la época y contribuyen de forma impagable a explicar el personaje, su orgullo, su miedo, su entrega y su fatiga.

En el aria compuesta por su hermano Ricardo Broschi, Farinelli joven hace verdaderas piruetas con la voz y levanta ovaciones. Poco después, durante el aria de Hasse, “Pallido il Sole”, los dos Farinelli, Rellán y Mena, se tocan por primera vez, se miran al espejo, sienten lástima de sí mismos. Y escuchando la maravillosa y profunda “Cara Sposa” de Händel, lamentamos con ellos sus amores callados, prohibidos y nunca revelados.

Cantando y callando, Farinelli.

(Una nueva representación de Yo, Farinelli, el capón tendrá lugar hoy a las 20:30 en la Sala Argenta de Santander, en el marco del Festival Internacional de la capital cántabra. Futuras fechas en temporada regular están aún pendientes de confirmación).


CINCO DÍAS SIN REDES SOCIALES (II)

24 julio, 2019

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Por Juanjo Ramírez Mascaró.

Creo que NO es necesario haber leído la primera parte del post para entender ésta, pero si te apetece echarle un ojo, puedes hacerlo AQUÍ.

22 de julio de 2019.

¿Se habrá muerto algún famoso? Por Dios, que no sea Spielberg, que no sea Stallone, que no sea Eastwood. Tampoco es que me inquiete demasiado. Si falleciese uno de esos me enteraría. Los cadáveres de primera categoría aparecen en los telediarios. La gente que se muere sólo en redes sociales es gente que da la impresión de haber vivido sólo en redes sociales. Ahora mismo la puede estar palmando, por ejemplo, el cantante del Trololó, y yo no me enteraría hasta el miércoles.

Hoy se ha publicado la primera parte de esta crónica. ¿Cómo estará funcionando? Os juro que no tengo ni idea. Sobrellevo bastante bien la tentación de asomarme a las redes para comprobarlo. Dudo mucho que el post funcione a nivel “muerte de Spielberg”, pero igual hay suerte y alcanza el nivel “muerte de cantante de Trololó“.

Una ventaja de no estar en redes es que puedo escribir esta segunda parte sin que me condicionen los comentarios de los internautas sobre la anterior. Estoy a salvo de aduladores, de haters, de trolls, de lectores puntillosos diciendo: Me parece fatal que estés hablando de redes sociales y no hayas abordado la cuestión de bla, bla, bla.” “¿No te gusta el estilo de escritura de Tim Powers, payaso? ¿Pero has visto cómo escribes tú? Antes de criticar a Powers cómprate un diccionario y bla, bla, bla.

Ojalá esté recibiendo esa clase de comentarios. Serían síntoma de que el post se está moviendo de manera aceptable. Sin embargo, admito que escribo más relajado ahora que esa clase de gruñidos (tanto los positivos como los negativos) son ecos remotos e hipotéticos. De pronto casi entiendo por qué escritores como Lorenzo Silva o Javier Marías deciden vivir su vida al margen de Twitter. ¿Qué pasa, te estás comparando con Lorenzo Silva, gilipollas? Si quieres irte de Twitter, primero aprende a ser un escritor de verdad.” “¿Javier Marías? ¿En serio era necesario citar a ese pollavieja que va por ahí mendigando casito y bla, bla, bla?

No obstante, he de confesar algo: A la hora de escribir o “crear” en general, echo de menos ese ruido de las redes sociales. La tranquilidad que estoy disfrutando estos días no me hace avanzar más (ni mejor) en mis proyectos. Empiezo a sospechar que ese rumor de fondo de las redes es parte importante en mi proceso creativo. Stephen King, por ejemplo, arremete contra el mito del escritor autista que se aisla para hacer su trabajo. Él asegura que necesita el contacto con otros seres humanos para escribir sus libros. Su escritorio está colocado en un rincón de la sala de estar, y allí escribe mientras su mujer y sus hijos conversan, pululan, ven la tele.

Yo reconozco que no soy capaz de llevar hasta ese extremo el modus operandi de King. En ciertas fases del proceso agradezco un poco de intimidad. En otras fases, sin embargo, sí que busco el murmullo de otras personas. Por eso me gusta ir a bares a pensar o escribir de vez en cuando, y creo que también es ésa la razón de que me guste tener Facebook y Twitter a mano mientras trabajo. Es un sucedáneo convincente, un bar virtual enorme, al mismo tiempo bullicioso y mudo. Las redes me ayudan a “tomarle el pulso a la actualidad”, me sugieren nuevos temas o me cargan de indignación que, como decía el maestro Bradbury, es uno de los mejores combustibles con que incendiar el folio en blanco.

¿Se habrá muerto el enano que iba dentro del traje de Mi amigo Max? ¿Había algún enano dentro del traje de Mi amigo Max? Haber que dices tú de los enanos, subnormal. ¡Los enanos también son seres vivos!

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Ya es casi medio día. Eso quiere decir que llevo 72 horas sin redes sociales. Me marcho a tomar una cerveza y a leer a Tim Powers.

Algunas minutos y media birra más tarde:

Tim Powers se pone cada vez más interesante, pero puede esperar. Ahora quiero profundizar un poco más en ese debate que dejamos abierto hace varios párrafos. Redes sociales: ¿Obstáculo o herramienta para el escritor? La respuesta rápida es de Perogrullo. Depende de quién y cómo las utilice. Así pues, lo único que puedo hacer es intentar estudiar mi propio caso personal:

Sería un hipócrita si arremetiese contra las RRSS después de todo lo que me han dado. En los más de 10 años que llevo usándolas, no solo me han proporcionado buenos amigos, sino también oportunidades laborales. Creo que la mitad de los curros que he conseguido en los últimos años han sido gracias a mi actividad en redes sociales. Algunos salieron mejor que otros. Para alguien tan tímido e inseguro como yo,  ese escaparate virtual es un entorno magnífico en el que mostrar mi trabajo, darme a conocer (a una escala modesta, equivalente a 0,05 cantantes de Trololó) o recordar que sigo existiendo.

Soy consciente de que este experimento bloguionístico es posible porque he elegido unos días en los que puedo permitirme algo parecido a unas vacaciones. Si estuviese trabajando a pleno rendimiento, creo que no podría renunciar a las redes o, como mínimo, no podría alejarme de Twitter. En primer lugar, porque últimamente uso el propio Twitter como vehículo de expresión para hacer ficción. En segundo lugar, porque me suelen pagar por escribir comedia, y en muchas ocasiones esa comedia ha de ir muy pegada a la actualidad.

Cada vez que tengo que dar una clase sobre comedia, insisto a los alumnos sobre la importancia de:

a) Frecuentar las redes sociales.

b) Configurar dichas redes para tener en ellas a todo tipo de gente. Si te dedicas a escribir, no puedes permitirte esa burbuja de autoengaño en la que vive el 90% de los internautas. No vale eso de dejar de seguir o bloquear a alguien que no te cae bien, o que no piensa como tú. Te conviene tener en tu muro (o tu TL) a esa clase de gente porque tendrás que escribir sobre ella. Y diría que todo esto hay que multiplicarlo por diez si lo que escribes es comedia.

23 de julio de 2019.

Empecé con esto para ahorrarme spoilers de la nueva temporada de La casa de papel, y hasta el momento ha funcionado. Además de esquivarlos sobre instantes puntuales de la trama, estoy logrando algo aún más importante, e incluso más difícil: Enfrentarme a la serie como un espectador virgen. Ignoro qué estará opinando internet acerca de ella. No sé si se la considera a la altura de las temporadas anteriores, si las mejora, si flojea… No sé si, según la opinión general, hay que valorar especialmente la interpretación de algún actor concreto. Estoy libre de esa clase de hype que acaba condicionando nuestras impresiones, para bien o para mal.

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Con las redes sociales, las formas de destripar una historia han evolucionado más que el virus de la gripe. Tras sobrevivir a la última temporada de Juego de Tronos, se han detectado dos cepas mortíferas:

Los memes. Siempre hay más de un listillo (y más de cien) que piensa: “¡Qué chiste tan ingenioso se me acaba de ocurrir con esa imagen que destripa la muerte inesperada de este personaje tan importante! El 20% del público aún no habrá podido ver el capítulo, pero da igual. Mi ocurrencia es demasiado brillante.” Siempre habrá decenas de gilipollas que compartirán el meme de ese gilipollas número uno. Habla con un poco de propiedad, por favor. Un meme y un chiste no son necesariamente lo mismo. De hecho el concepto de meme, acuñado por Richard Dawkins hace referencia a bla, bla, bla…

Los trending topics. Cada vez es más común entrar en Twitter con la guardia baja y encontrarte el nombre de un personaje de tu serie favorita o alguna otra información peligrosa en la columna de los TT. #AryaStark. #BruceWillisFantasma. #LukeYoSoyTuPadre.

Cuatro días de abstinencia. ¿Me apetece regresar a las redes sociales? Mentiría si dijese lo contrario, pero sigo sin echarlas demasiado de menos. Está siendo un descanso agradable. Cuando uno está inmerso en las redes suceden demasiadas cosas, y demasiado rápido. Creo que cuando regrese a Twitter-Facebook echaré de menos esta calma… durante los dos primeros minutos.

Ahora dejaré esto programado para mañana miércoles 24 y pediré a Sergio Barrejón que lo revise. Dentro de unas horas cogeré un avión de regreso a Madrid. Si todo va bien, dentro de otras 24 horas regresaré a las redes sociales. A lo mejor utilizo los comentarios de esta entrada para relatar ese último día de desconexión, así como mis impresiones tras retomar el contacto con “la civilización”.



CINCO DÍAS SIN REDES SOCIALES (I)

22 julio, 2019
por Juanjo Ramírez Mascaró.
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20 de julio de 2019.

Ayer se estrenó la nueva temporada de La casa de papel. No podré empezarla hasta la noche del martes que viene, porque quiero verla con mi novia y ahora mismo nos separan más de mil kilómetros (estoy en Fuerteventura).
Doy por hecho que una serie como ésa, tan proclive a las sorpresas y giros de trama, sembrará las redes de spoilers. Por eso ayer mismo decidí desconectarme de las redes sociales durante estos días de retiro junto al mar.
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Poco después, pensé que ésta sería una buena oportunidad para analizar cómo afecta esa decisión a mi vida a corto plazo, y al desempeño de mi profesión de guionista/escritor/narrador/InútilParaCualquierOtraCosa.
Me está resultando muy fácil evitar la tentación de entrar en las RRSS porque, de momento, tras 24 horas de abstinencia, la tentación es casi nula. Existe sin embargo otra fuerza más difícil de contrarrestar:
La inercia.
Para combatirla he borrado de mi smartphone las aplicaciones de Facebook y Twitter. Ahora el menú principal de la pantalla parece una boca desdentada de mendigo.
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Si la inercia me lleva a pulsar esos iconos ahora inexistentes, tengo precisamente esa sensación: la de una lengua que se sorprende al hallar un hueco donde antaño había un diente.
Con ello tomo conciencia de hasta qué punto mi actividad en internet se reduce, en la mayoría de los casos, a un partido de ping-pong que guía mi atención de Twitter a Facebook, de Facebook a Twitter, de Twitter a Facebook… Prisionero en un bucle del que sólo salgo de forma esporádica para leer una noticia que alguien ha enlazado en Facebook o algún artículo recomendado en Twitter.
Facebook, Twitter. Facebook. Twitter. Con cadencia de péndulo, sumiéndome en un trance hipnótico, idiotizándome.
Supongo que cuando terminen de licuar mi mente con esta técnica de MK-ULTRA acabaré compartiendo sonrisitas en Instagram (no he borrado la app de Instagram en el móvil porque apenas lo uso. Mi dedo nunca se dirige ahí por inercia).
¿Nos hemos convertido en ejemplos vivientes de la gran paradoja de internet? El ciberespacio es un territorio enorme, inabarcable. A través de él se nos permite acceder a más información y experiencias de las que podríamos digerir a lo largo de mil vidas, y a pesar de ello configuramos nuestro día a día dentro de esa jaula diminuta.
Me vienen a la memoria las palabras de una profesora que tuve, corresponsal de guerra. Nos contaba que cuando los periodistas llegan a ciertos países conflictivos, las autoridades del lugar los pasean únicamente por los tres o cuatro sitios que les interesan para cimentar su versión de los hechos. Si el periodista quiere conocer el país real, con toda su riqueza, sus matices, sus complejidades… tiene que jugársela escapando de esos carceleros disfrazados de anfitriones.
Puede que en el inmenso país que es internet, las redes sociales sean esa cárcel de oro, esa ruta prediseñada para que no escapemos del redil.
Ahora que me he impuesto esta abstinencia, ahora que he desterrado esos dos iconitos azules de las inmediaciones de mi dedo, se abre ante mí todo ese campo abierto: La red de redes en todo su esplendor. ¡INTERNET, ALLÁ VOY!

21 de julio de 2019.

Apenas he pisado internet. Reconforta saber que todo ese océano de conocimiento está ahí, a un solo golpe de click, pero aún no he sentido la necesidad de zambullirme en él. Quizá se deba a que tengo al otro lado de la ventana un precioso entorno marítimo que no invita al escapismo virtual.
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Nota mental: Algún día tendré que hacer este experimento en la ciudad.
Tras 48 horas sin redes sociales, creo que mi día a día no ha cambiado de manera significativa. Confieso que me embarqué en este experimento esperando ofrecer un post más interesante, con resultados espectaculares. Va a ser que no. De momento todo apunta al anticlímax. Mi vida dirigida por los hermanos Coen.
Durante estos dos días:
– He dedicado cierto tiempo a pensar en algunos proyectos de guión que tengo entre manos, pero no les estoy dedicando más horas de las que suelo invertir en ellos cuando estoy “enganchado a las redes”.
– He hecho la clase de cosas con las que uno se nutre de material de escritura; ésas que una gente menos pragmática llamaría “vivir”: Ver películas (también las veo en “circunstancias normales”), ver a familiares y amigos (con la misma asiduidad y calidad de interacción que cuando “estoy en redes”).
– He dormido mucho (pero creo que esto se debe a una deuda de sueño atrasado que por fin estoy pudiendo saldar).
Llega entonces la pregunta inquietante: Si apartarme de las redes sociales apenas ha alterado mi rutina, ¿de dónde sacaba las horas que dedicaba a ellas? ¿Son “horas fantasma” que computan en otra dimensión? ¿Acaso no invierto en esas redes tanto tiempo como creía? ¿Acaso simultaneo mi actividad en redes con “todo lo demás”, paseándome por ellas con un trozo de cerebro que me sobra, modo zombi ON? ¿O acaso es en las redes donde estoy “despierto” mientras soy zombi en todo lo demás?
Admito que estoy leyendo más que de costumbre, pero tampoco mucho más. Lo que sí me parece significativo es el tipo de libro al que dedico mi tiempo: Las puertas de Anubis, de Tim Powers.
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Es la tercera vez que intento leer esta novela. En las dos anteriores no había logrado pasar de la página 9, por falta de paciencia. No me gusta cómo está redactada. Descripciones que se prolongan más de lo soportable, sobredosis de adjetivos, verborrea innecesaria. En definitiva, el tipo de taras que padecemos quienes (somos legión) nos dedicamos a la escritura porque venerábamos a los maestros del siglo XIX.
(Por alguna razón, me cuesta más perdonar esos deslices en la literatura de ficción. Llevo meses leyendo textos áridos de gente como Jung o Fulcanelli en vagones de metro, sin torcer el gesto, pero cuando se trata de historias ficticias, soy cada vez más nazi. Creo que esto daría para un post entero.)
Desde que vivo al margen de las redes sociales llevo leídas unas 300 páginas de Las puertas de Anubis. Si siguiese jugando al pin-pong de Facebook/Twitter, probablemente habría leído el mismo número de páginas, pero no se las habría concedido a ese libro. La redacción de la novela de Powers (o su traducción) me sigue pareciendo un poco torpe, pero estoy encontrando en ella momentos de suma brillantez.
¿Le habría dado esta tercera oportunidad en otras circunstancias? Puede que no.
En un mundo que danza al ritmo de la fibra óptica y los 280 caracteres por segundo, no se puede exigir al lector/espectador que sea paciente. Queremos discursos sencillos y directos: Puñetazos. Cualquier adorno, cualquier recreación superflua, nos estafa igual que el taxi que da un rodeo innecesario para llegar a su destino. La nueva divisa del taxímetro es nuestro puto tiempo y el zapping en la pantalla táctil es más cruel, más implacable que el del mando a distancia.
(En un mundo que funciona a tantos gigas por hora, en un mundo con tal sobredosis de información… sobraría incluso este párrafo entre paréntesis que estáis leyendo ahora, y puede que en el párrafo anterior tendría que haberme decidido entre el adjetivo “cruel” o el adjetivo “implacable”, en vez de utilizar ambos. En este nuevo mundo hay que despojarse de cualquier gramo de grasa innecesaria, como la víctima de la avaricia en la peli de Se7en. En este nuevo mundo hay que tirar las sobras por la borda del globo aerostático para no acabar naufragando en alta mar. En este nuevo mundo incluso habrá lectores que no estén familiarizados con el concepto de evacuar peso en la cesta un globo aerostático como paradigma de dilema de supervivencia. En este nuevo mundo, a lo mejor resulta que este post está quedando demasiado largo y lo suyo va a ser publicarlo por entregas)
Así que:
CONTINUARÁ…
 
P.S. Mañana lunes 22 de julio se publicará este primer episodio de mi experimento. Por primera vez desde que lo inicié, habrá algo nuevo de mi cosecha y me interesará saber qué tal os funciona. Será la primera vez, durante estos días, que tenga que lidiar con la tentación, además de con la inercia.
 
(Si dejáis algo en los comentarios, no lo leeré hasta dentro de varios días, por si los usáis para spoilearme La Casa de Papel).



CAMPANELLA DIRIGE A CLARA LAGO EN ‘EL CUENTO DE LAS COMADREJAS’

12 julio, 2019

Por Paula Sánchez Álvarez.

El pasado 4 de julio, la cola en la sede de la Academia de Cine en Madrid llegaba hasta la esquina de la calle, y eso tenía un motivo muy concreto: Juan José Campanella iba a presentar allí su última película junto a Clara Lago. El ganador de un premio Óscar estrenaba El cuento de las comadrejas una película que es muchas cosas, pero, sobre todo, es un homenaje al cine.

El cuento de las comadrejas (tráiler aquí) es la historia de cuatro antiguos miembros de la industria del cine que comparten piso: un director (Oscar Martínez), un guionista (Marcos Mundstock) y un matrimonio de actores (Graciela Borges y Luis Brandoni). La vida de estos se trastoca con la aparición de dos jóvenes (Clara Lago y Nicolás Francella) que, con el pretexto de usar el teléfono, acaban embaucando a la actriz, Mara, para que les venda la casa en la que viven. Con esto empieza una especie de batalla entre los jóvenes, arrogantes y manipuladores, contra los cineastas experimentados por llevarse a Mara a su terreno.

 

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Cartel promocional de la película.

Esta película es un remake de Los muchachos de antes no usaban arsénico una película argentina de 1976 de José A. Martínez Suárez. Campanella dijo que tenía este remake en la cabeza desde los años noventa, pero que ha ido evolucionando hasta convertirse en lo que es El cuento de las comadrejas. Para el director, un remake no debe copiar a la película original, sino buscar otro sabor, aunque se parta de la misma idea. Textualmente dijo “tocar la novena sinfonía pero por una banda de jazz”. Las diferencias entre su película y la original se resumen en cuatro:

-Los protagonistas no son todos relacionados con el mundo del cine. En la original tan solo se conserva la profesión de los actores, los otros dos son un médico y un administrador.

-El tono: en la original todo es humor negro. Los diálogos son la base de todo, algo impostados pero brillantes. Aquí Campanella baila entre el humor y la ternura con sus personajes.

-La inclusión del personaje de Francisco Gourmand (Nicolás Francella), diseñado para despertar los celos en la pareja de Mara Ordaz y Pedro de Córdoba.

-La historia de amor entre los actores, que moviliza las acciones del final y les otorga más peso.

El toque personal del director está precisamente en este último punto, en la historia de amor. Para Campanella, las historias de amor de muchos años son su obsesión. Al igual que en El secreto de su ojos u otras de sus películas, asistimos a un amor evolucionado, que ha cambiado con los años pero que no ha perdido intensidad. Este sello de identidad contrasta con el cliché de las comedias románticas, donde todo suele transcurrir en los primeros meses de relación, antes de que al amor le de tiempo a cambiar.

Lo que más quería destacar del film es lo metalingüístico que es. El personaje del guionista constantemente nos habla al espectador, con expresiones como “esta visita está durando casi un acto entero” en el momento de la película en el que está a punto de llegar el primer punto de giro. En otro momento proclama “aún hay tiempo para un actito más” cuando todo parece perdido al finalizar el segundo acto, frase que interrumpe un fundido a negro que vuelve a la luz. Incluso hay un momento hilarante al inicio de la película cuando el director está alabando que gracias a Dios su vida no es como la de las películas, porque si no, en ese momento de tranquilidad y felicidad aparecería el enemigo. Es entonces cuando el coche de los jóvenes despiadados aparca de fondo en la finca, de fondo sobre el primer plano del director. El detonante es imposible que estuviera más subrayado.

Este metalenguaje además de añadir humor a la comedia de Campanella, también transmite mucho cariño. Cariño hacia su obra, y hacia el propio cine, donde él ha desempeñado tanto roles de guionista como de director. En El cuento de las comadrejas juega con los estándares del cine clásico, como la mujer femme fatale, que en esta película es Bárbara Otamendi, el personaje de Clara Lago, inteligente a la par que seductora y malvada. El personaje de Mara también es un clásico personaje de diva, pero con una vuelta de tuerca, porque la diva sirve de eje para los otros tres personajes del mundo del cine. Mara y los chicos tienen un código propio de relación, en la parece que se odian pero en el fondo se quieren y se necesitan.

La película rezuma nostalgia en todos los aspectos, desde las tipografías elegidas, los arquetipos de personaje, los colores, la propia dirección de arte en la ambientación de la casa,… Campanella dijo textualmente que con este film él “quería hacer una película como las de antes”, y lo cierto es que lo consigue.

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Los ponentes, durante la charla en la Academia de Cine de Madrid.

En la charla posterior a la proyección, Clara Lago, además de recibir muchos halagos por su interpretación (con un impecable acento argentino), tuvo tiempo para la denuncia. A raíz de hablar del personaje de Mara, Clara comentó que existe un vacío en la vida de las actrices cuando llegan a ciertas edades. Habló de lo difícil que es encontrar personajes femeninos de 45 años, y que ella tiene amigas que están pasando por problemas por eso mismo. Denunciaba que hay un hueco sin personajes de esas esas edades, que tan solo hay papeles de jóvenes o directamente “para hacer de la abuela”.

El cuento de las comadrejas también quiere hacer un poco de justicia histórica porque la película original apenas tuvo recepción ya que se estrenó en el mismo año en el que estalló la dictadura argentina, durante unas semanas en las que el gobierno aconsejaba a la gente que no saliese de sus casas. Campanella ha borrado la maldición de Los muchachos de antes no usaban arsénico y la ha transformado en algo propio, divertido y con mucho amor al cine.

 


IPHIGENIA EN VALLECAS, EL SACRIFICIO INESPERADO

10 julio, 2019

por Carlos Crespo

“Toda nuestra patria tiene su mirada puesta en mí. Si muero, evitaré todas estas atrocidades y mi fama por haber liberado Grecia será dichosa. Padre, aquí me tienes. Por el bien de mi patria y por el bien de toda la tierra helena, me entrego de buen grado a quienes me conduzcan al altar para el sacrificio”.

En la mitología griega, Ifigenia es una de las hijas del rey Agamenón y Clitemnestra. La flota del monarca navega de camino a Troya para participar en la guerra, pero al llegar a Áulide el viento se detiene y los barcos quedan inmóviles, incapaces de seguir avanzando. Es la venganza de la diosa Artemisa por una afrenta pasada del rey, a quien exige el sacrificio de su hija Ifigenia a cambio de que los vientos le sean de nuevo favorables.

Eurípides cuenta este mito en “Ifigenia en Áulide”, una de las últimas tragedias que escribió antes de morir. En ese texto clásico se basa “Iphigenia in Splott”, de Gary Owen, Premio al Mejor Texto en el Festival de Edimburgo 2015. María Hervás no es solo la actriz protagonista de la versión española que el Teatro Pavón Kamikaze reestrenó el pasado 4 de julio, sino que además se ha encargado de traducir y adaptar la obra británica a la realidad y la idiosincrasia de nuestro país.

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La Iphigenia de 2019 es una chica muy joven que malvive en un barrio marginal de Madrid. Una zona sin recursos donde las consecuencias de los recortes traídos por las políticas austeras de los últimos años afectan de manera más grave al día a día de sus habitantes, donde se cierran y derriban polideportivos y bibliotecas públicas en favor de la construcción en esos mismos terrenos de nuevas viviendas que ninguna chavala o chaval del barrio podrán permitirse comprar jamás.

La función comienza con Iphigenia hablando cara a cara con el público asistente, nos dice que esa noche estamos todos allí para darle las gracias porque cada uno de nosotros está en deuda con ella. Más que hablarnos nos increpa. Y empieza un estallido de alaridos, paseos hiperactivos, insultos y palabrotas que nos llevan a querer observarla desde un sitio más apartado, a salvo de sus agresiones, nos gustaría poder abrir el plano y mirarla desde lejos. Iphigenia se nos presenta como un personaje movido por una rabia invisible que usa la fuerza y la intimidación para hacer lo que le da la gana y conseguir lo que quiere todo el tiempo. Y pobre de aquel a quien no le parezca bien y quiera llevarle la contraria, porque Ifi no respeta nada ni a nadie, ni siquiera a una madre con varios hijos cuando le afea la conducta.

Su vida transcurre sin rumbo entre alcohol, sexo, drogas y noches de discoteca; sin estudiar, sin trabajar, sin mayores sueños que evadirse de una realidad en blanco y negro y pasar como pueda los días de resaca en espera de un nuevo subidón. Ifi es agresiva, malhablada y provocadora; es una eterna buscadora de conflicto y por eso nadie se atreve a sostenerle la mirada, porque ella es capaz de pegarse con quien sea por lo que sea cuando sea y nadie quiere meterse en ese tipo de problemas. Y por eso quienes se cruzan en su camino la juzgan con inmediata superioridad moral en menos de un segundo: quinqui de mierda. 

Una noche, estando de fiesta con su novio, Iphigenia se fija en un chico que la mira desde el otro lado de la pista. La mira y no le quita ojo. Se atreve a no quitarle ojo. A no evitar su mirada. A no tenerle miedo. Y encima está buenísimo. Así que ella se acerca. Empieza así un encuentro que cambia su vida. Él se llama Fer y es un exmilitar que perdió la pierna estando de servicio. Pasan la noche juntos y tras ese encuentro Ifi se enamora de él como nunca antes se ha enamorado de otro hombre. Ella, que es fuerte y no necesita a nadie, conoce el amor verdadero por primera vez y su vida termina para que empiece una nueva en la que vivir solo para cuidar de Fer, para besarle las cicatrices y curarle las heridas. Él está roto por fuera y ella está rota por dentro, pero ya nunca volverá a sentirse sola, porque a partir de hoy ella sabe que él le dará a su alma el cariño y los cuidados que ella le dará a su cuerpo mutilado.

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“Iphigenia en Vallecas” es un monólogo, sí, pero está salpicado de pequeños diálogos entre ella y los distintos personajes, todos interpretados por María Hervás. Y aquí llegamos al punto fuerte de la función: la actriz. Para dar vida a las personas del mundo de la protagonista -Enrique, su yaya, Silvina, Fer, Carlos- María elige inteligentemente dos o tres rasgos certeros que describen cada personaje de un golpe de vista o sonido, de una pincelada exacta: un gesto, una forma de caminar, un acento, un tic, una muletilla… la actriz usa el imaginario común sabiamente para ubicarnos con rapidez frente al tipo de personaje que tenemos delante. Y lo hace tan bien, que en mi recuerdo tengo la sensación de haber visto varias escenas de dos personajes: Ifi discutiendo con su yaya que tanto protesta por esto y lo otro; Ifi por la calle con su noviete Enrique, un cachitas de gimnasio no demasiado espabilado dueño de un perro patada; Ifi de risas en casa con su amiga Silvina; Ifi cuando se reúne con Carlos… pero sobre todo, recuerdo a Ifi en la discoteca, atravesando despacio la pista de baile, abriéndose paso entre la gente bajo los focos de colores y la música para acudir al encuentro de Fer, que la espera sin moverse al otro lado, viéndola acercarse sin apartar la mirada. Con la misma destreza con que un buen narrador de novela nos describe personajes, María nos presenta a los secundarios de esta historia para que podamos verlos en nuestra mente y completar el relato. 

Poco a poco, a medida que vamos conociendo detalles de su mundo, nos damos cuenta de que a lo mejor su actitud es solo un escudo y que bajo múltiples capas de palabrotas, gestos amenazantes y un constante aluvión de gritos, se esconde una chica que lo que quiere, simplemente, es no sentirse sola. Ella misma dice que “somos criaturas frágiles, es tan fácil herirnos…”.  Y voluntariamente nos vamos aproximando a ella hasta acabar la función con la sensación de estar viendo un primer plano.

María Hervás deja al público clavado a la butaca con una construcción de personaje soberbia. Tomando como base la imagen típica de una choni de barrio, una nini de libro, una protagonista de cualquier episodio de Hermano Mayor, María crea un ser humano frágil y lleno de ternura que se ilusiona, que alimenta su esperanza y que se rompe muy a su pesar cuando menos se lo espera. El espectador empieza la función juzgando al personaje y encontrando casi imposible la empatía con ella por su actitud ante los demás, pero poco a poco se va acercando a ella y la va entendiendo, descubriendo su enorme humanidad, hallando elementos comunes con ella, sufriendo juntos la injusticia de su situación y llorando con ella su mala suerte. María encuentra el equilibrio perfecto entre las dos Iphigenias -la que ataca y la que sufre, la egoísta y la que se sacrifica desinteresadamente en favor de los demás- y demuestra una vez más un talento extraordinario que ya ha dejado más que claro en otras funciones como “Confesiones a Alá” o “Jauría”.  

La actriz maneja de manera extraordinaria los matices de su voz, trabaja el cuerpo y el movimiento con un control absoluto del descontrol, el exceso de energía y la represión de los impulsos; emociona con cada gesto y cada mirada con una habilidad que está solo en poder de unas pocas profesionales de la interpretación.

Aquí utiliza en ocasiones un recurso que en mi opinión le va fenomenal al texto, y es que a veces parece hablar con la grandilocuencia pausada de los actores de las tragedias griegas, tiene uno la sensación de estar ante el mensajero de estos textos clásicos, ese que suele ser el portador de noticias terribles que traen grandes desgracias. Aquí mezclado con la forma de hablar de Ifi, el efecto que se produce recuerda en algo a los colaboradores de un programa de telebasura a punto de lanzar una exclusiva increíble… justo antes de cortar a publicidad.

Es cierto que la función termina con un subrayado algo excesivo del mensaje y el final es algo precipitado, de forma que el sacrificio de esta Iphigenia de hoy en día aparece como de repente y puede quedar poco explicado o que resulte complicado entender los motivos de la protagonista para aceptar el reto que tiene ante ella, pero… ¿por qué no? ¿No sería maravilloso que en una sociedad individualista y clasista como la nuestra en la que nos han hecho creer que casi todos somos clase media sin serlo, en la que gran parte de la clase trabajadora se avergüenza de sí misma y es retratada por el neoliberalismo como una panda de vagos que aspira a vivir de las ayudas gubernamentales, en la que se han perdido el valor y la importancia de la lucha obrera que quien nos salvara a todos fuera una nini malhablada con la integridad, el valor, la bondad y la generosidad suficientes como para renunciar a su bienestar personal en favor del bien común?

Iphigenia en Vallecas es muchas cosas, pero sobre todo, es un llamamiento a la solidaridad, a la lucha y a la acción. Porque vivimos en un mundo en el que los poderes establecidos siguen oprimiendo -cada vez más- a la mayor parte de la población para favorecer solamente a unos pocos sin que opongamos la menor resistencia. Porque estamos dormidos. Porque estamos ahogados hasta decir basta. Y a lo mejor ha llegado el momento de decir justo eso.

Basta.

“Iphigenia en Vallecas”, dirigida por Antonio C. Guijosa, podrá verse en el Teatro Pavón Kamikaze hasta el próximo 26 de julio. 


ESAS COSAS QUE SE DICEN Y SON TAN EXTRAÑAS: SEPARADOS EN UNA HABITACIÓN.

9 julio, 2019

Texto de Sergi Jiménez. Fotografías de Francisco Castro Pizzo.

Una amiga te confiesa que te ama. Que escribe poemas sobre ti. Cada día. Y acaba de ganar un concurso de cartas de amor con una de las que te ha escrito. Te propone compartir el premio: unos días en un hotel junto a un glaciar. Con esta premisa arranca la obra argentina Esas cosas que se dicen y son tan extrañas. Dirigida y escrita por Macarena Trigo e interpretada por Jimena López y Fernando del Gener, se representó en Madrid los días 17 y 20 de junio en el teatro Nueve Norte. Una habitación de hotel, él, ella y un amor no correspondido son la gasolina que motorizan la función durante 55 minutos.

La pareja de amigos comparte una habitación de hotel, lugar en el que vivimos toda la historia. Uno de los principales elementos es la comunicación entre dos personajes, cuyos nombres desconocemos. Contrario a lo que las comedias románticas nos tienen acostumbrados, ella es sincera con él desde el inicio. Los sentimientos y pensamientos de ambos no tienen filtros. Ella le lee los poemas que le dedica. Él confiesa sentirse incómodo por verse idealizado, aunque divertido por la situación. Las cartas de ambos jugadores están sobre la mesa. La excesiva sinceridad lleva a reproches. Chocan las expectativas de ambos: él quiere que ella deje de idealizarlo y ella quiere ser correspondida. Es una relación afectiva que podría ir a más, si no fuera por la negativa de él.

La cama de matrimonio acerca físicamente a los personajes.

Bajo esta aparente honestidad de ambos, hay algo oculto que contamina su conversación. ¿Realmente él no siente algo más por ella? Es en lo sutil donde descubrimos la verdad. Los dos están tumbados en la cama mientras ella le lee los poemas. Él hace un tímido ademán de cogerle la mano. ¿No lo hace por qué tiene dudas o por qué teme las consecuencias? Los gestos pequeños se magnifican en las cuatro paredes de la habitación. Aunque estén separados por apenas un metro, la distancia se siente como un abismo.

Ella nos explica que hay algo raro en su relación. Puede llamarle para situaciones en las que sus amigos la dejarían de lado, una mudanza. Sin embargo, jamás ha estado interesado en tomar un mate y charlar. Él marca distancias, temiendo lo que pudiera pasar. Nos preguntamos junto a ella ¿para qué va a un viaje en pareja si no tiene intenciones románticas? Él nos explica sus sentimientos en monólogos, pero nos da la sensación de que se calla algo.

Una paradoja en la que la comunicación es casi total, pero es ese casi el que nos molesta. La propia puesta en escena lo refuerza. Al inicio tanto él como ella quedan solos en el escenario y tienen un monólogo con el público. Pero según avanza la obra, los monólogos interiores ocurren mientras el otro personaje está en escena, completamente ajeno. Personajes como icebergs, donde lo más importante, lo que duele, suele estar oculto.

El vestuario es muy importante. De las barreras que suponen los abrigos en el glaciar, a la mera ropa interior antes de irse a dormir.

El único momento que los personajes salen de la habitación de hotel es en la visita al glaciar. Él nos informa en su monólogo que le da pereza. No quiere ir a una atracción turística de la que todo el mundo dice que es impresionante. Algo que solo puede ser experimentado y no explicado. Comentarios que recibe de manera cínica. Pero cuando él contempla el glaciar, reconoce sentir una punzada. Aunque se lo hubieran descrito y tuviera ideas preconcebidas, es una visión desbordante. Imponente e innegable. Dialogan sobre glaciares cuando claramente hablan de amor. Por mucho que creas saber de él, lo has de vivir (y sufrir) para comprenderlo. Él se da cuenta de que ella mira el glaciar con otros ojos. Ambos están teniendo experiencias completamente distintas. Donde él ve tranquilidad y calma, ella siente pasión desbordante.

Ella escribe y él hace música con su guitarra. Música que él toca para inspirar a ella. Alternan diálogos con música y poesía, creando un ambiente bucólico en la habitación. Ambos cantan, pero siempre solos. Llama la atención que el único número musical de ella vaya dirigido al público. O eso creemos. En una noche de borrachera, ella mantiene lo que parece otro monólogo interior hasta que entra él y le pregunta con quién habla. “Con nadie” responde ella. Él constantemente hace referencia a la verborrea de ella, incapaz de dejar de hablar de él incluso cuando nadie la escucha.

Ella le explica lo que significa escribir. Revivir momentos de una manera diferente, eliminando lo que no le gusta. Retorciendo la realidad para que conteste a una serie de deseos. Hacer un momento más triste o más pasional. Él le apunta que como ejercicio de ficción es válido. Pero no es sano que escriba así sobre alguien real. Le idealiza de manera desmedida, como un ídolo de barro sobre un pedestal. Tarde o temprano el ídolo caerá y se hará añicos. A ella no parecen afectarle sus palabras. Entonces entendemos la tragedia, ella prefiere amar con dolor a pasar página.

El enamoramiento de la protagonista se siente, en palabras de él, como amor solitario. Ese en el que solo buscas a alguien que te acompañe y corresponda con cariño. Sea quien sea. Hay un amante y un amado. Defiende que preferimos amar, a ser amados. La pasión es algo visceral imposible de razonar. Contrario a otras obras sobre amores imposibles, esta historia es algo que podría suceder a cualquiera. Macarena Trigo lo subraya al no decirnos el nombre de los personajes. Son dos personas concretas pero no únicas. Ella nos confiesa que en la vida, uno a veces se siente protagonista y otras un mero extra. La premisa no es extraordinaria, es un drama que puede vivir quien no sea correspondido.

La obra nos deja con más preguntas que respuestas. Deseamos (como ella) que llegue un clímax, pero se nos niega. La única satisfacción que obtenemos es verles cantar al unísono. Se entienden y se complementan a la perfección. Son dos líneas paralelas que van en la misma dirección pero jamás se encontrarán. La obra acaba con la complicidad de ambos después de terminar una canción. Sin beso. Sin cierre. Un final que parece inconcluso. Como el amor que no acaba. Solo se desvanece poco a poco. Como un glaciar deshaciéndose hasta desaparecer.



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