EL OFICIO DE GUIONISTA – ALICANTE 3 DE NOVIEMBRE

17 octubre, 2018

por Sergio Barrejón.

En el contrato de mi primera película como guionista había una cláusula que aplazaba el pago de la mitad de mi sueldo al inicio de rodaje. La película tardó cinco años en rodarse.

En las reuniones de trabajo de otra película, al director lo alojaban en un hotel de 4 estrellas. A mí, en un hostal de prostitutas.

Durante mi primer año como guionista de televisión me pasaba catorce horas diarias al ordenador. Me gasté la mitad del sueldo en fisioterapia, engordé nueve kilos y no podía dormir sin un Orfidal.

Mis relaciones con los productores también eran difíciles. Firmaba cualquier cosa que me pusieran delante, no sé si por miedo o timidez. No sabía negociar. O bien comulgaba con ruedas de molino o bien rechazaba trabajos de forma altanera y quijotesca.

Me alimentaba mal, dormía a deshoras, tenía la vitamina D por los suelos y mi capacidad de concentración era un desastre. Es un milagro que hoy siga siendo guionista. Me sorprende incluso el seguir vivo.

En algún momento empecé a darme cuenta de que el mito del guionista que trabaja en pijama y descansa cuando quiere estaba poco conectado con la realidad. Sabía que mi carácter tampoco me permitiría ser uno de esos escritores que se sientan a la mesa de nueve a cinco y no se levantan ni a mear. Pero alguna forma tenía que haber de conciliar un trabajo que me encantaba con un estilo de vida que no me convirtiese en un viejo de treinta años.

Empecé a investigar sobre hábitos de trabajo. A leer sobre la postura correcta al ordenador. Me informé sobre alimentación. Empecé a hacer ejercicio. Aprendí a negociar.

Hoy estoy más en forma que hace quince años, duermo sin pastillas, aún me queda bastante pelo, y mi volumen de producción es mucho mayor que cuando era joven. Y entonces no era padre de familia ni profesor de guión. Mi presión arterial es correcta y cuando viajo por trabajo me alojan en sitios sin prostitutas (al menos que yo sepa).

A mí me costó  años enderezar un mal arranque. A otra gente le cuesta la carrera. Para evitarle el mal trago a futuros guionistas, y aprovechando que algunas escuelas y universidades me llamaban para dar clases de guión, en 2011 monté una conferencia sobre este asunto. No se trata sólo de advertir de los riesgos laborales del guión. También de dar consejos de organización de tiempo. Trucos para vencer el bloqueo creativo (empezando por comprender qué es y qué lo motiva). Proponer técnicas de negociación. Incluso he diseñado un diagrama para decidir qué trabajos aceptar y cuáles no.

Intento dar esta charla un par de veces al año. La última vez fue en febrero, en Madrid. La próxima es el 3 de noviembre en Alicante. La organiza la asociación Mediterrània Audiovisual. Se titula El oficio de guionista y la inscripción está abierta hasta este domingo.


OPERACIÓN FRACASO

7 julio, 2015

por Sergio Barrejón.

El estado natural del guionista es el fracaso. Escribes un largo y no encuentra financiación. Escribes la biblia de una serie y la cadena no la compra. Escribes un tratamiento para presentar a subvención… y quitan la subvención.

El otro día, hablando con un compañero, me decía él: “seis de cada diez cosas que escribo no llegan a buen puerto“. Yo le contesté: “mamón, es que tú eres un guionista de éxito”.

No era cachondeo. Lo normal es que OCHO de cada diez cosas que escribas no lleguen a buen puerto. Y ojo: no estoy siendo derrotista. Ser derrotista sería afirmar que NADA de lo que escribas llegará a buen puerto. Yo sólo digo que la mayor parte de tu trabajo como guionista profesional te dejará una sensación de fracaso, en mayor o menor medida. Incluso cuando eres de los pocos que pueden vivir sólo del guión.

Se supone que yo también soy un guionista de éxito. Llevo once años ganándome la vida como guionista. He hecho mucha tele, algo de cine, un poco de teatro, un poquitito de radio y hasta he publicado una novela. Objetivamente, con las estadísticas en la mano, eso es tener éxito.

Ahora bien, ¿he triunfado? En absoluto. Las series que he hecho se consideran puro entretenimiento (algunas, de hecho, se consideran puro aburrimiento). Sólo he firmado una peli como guionista, y fue un fracaso de taquilla. La novela no llegó a vender cuatro mil copias. Del teatro y la radio ni hablemos.

Y aun así, muchos veinteañeros que intentan abrirse camino como guionistas me consideran un “consagrado”. Incluso me han llegado a decir que tengo “prestigio”.

Cuando me siento en mi escritorio por las mañanas, no veo el prestigio por ninguna parte. ¿Qué es lo que veo? Un montón de post-its que debo organizar para montar la escaleta de un largo. Y pienso en lo que dirá mi productor cuando la lea. Tendré que explicarle por qué la escena 14 no tiene gracia: porque las escaletas nunca tienen gracia. Será graciosa cuando la dialogue. Él insistirá en que la reescriba para aclarar dónde está la gracia. Y como no hay nada menos gracioso que un chiste explicado, la escena 14 acabará eliminada. Y eso sí que no tiene gracia. Sobre todo cuando te pasa en uno de cada tres guiones.

¿Qué más veo? La escaleta de esta semana de “Amar es para siempre”, que debo dialogar para el viernes. Aunque fuera la mejor escaleta de la historia, y yo le escribiese los mejores diálogos posibles, es una telenovela: ninguno de mis colegas querrá verla. Ni mis amigos de infancia, ni mis hijas, ni mis ídolos estarán jamás interesados en ella.

También anda por ahí el borrador de un contrato: un productor pretende que le ceda los derechos de un guión mío para presentar al ICAA… a cambio de nada. A lo largo de esta mañana, tengo que encontrar una manera educada de explicarle a este señor que prefiero comer tierra antes que regalarle mi trabajo para que lo use de carnada en la pesca de subvenciones.

Esto es el día a día de un guionista “de éxito”. Y esto es lo que nadie explica a los estudiantes de guión. La mayor parte de cursos y talleres consisten en llenar la cabeza de los estudiantes con cosas como arcos de personaje, puntos de giro al final del segundo acto y mierdas por el estilo. Convierten a veinteañeros llenos de ideas en aburridos teóricos del guión, analistas de un formato literario que el 99% de la población mundial jamás ha leído ni leerá.

Y luego les ponen como ejemplo a Amenábar, a Bayona, a Xavier Dolan. Que estadísticamente son anomalías, accidentes de la naturaleza. Orientar tus esfuerzos a tener una carrera como la suya es equivalente a construirte un barco para moverte por el Sahara. Quién sabe, podría haber un diluvio, pero a priori pinta a que te vas a mover más bien poco.

En las escuelas de guión te cuentan las fórmulas para triunfar. Nadie te explica cómo sobrevivir a una rutina diaria de pequeños fracasos. Nadie te cuenta que, incluso teniendo trabajo y un buen sueldo, tendrás que enfrentarte a la inseguridad constante, a insultos velados (y algunos descarados) y a episodios frecuentes de vergüenza ajena que te harán plantearte casi cada día si no sería mejor dejarlo todo y montar un chiringuito en Caños de Meca.

Nadie te explica que tendrás que refugiarte tras un muro de honestidad, de sinceridad y de autoconfianza mezclada a partes iguales con autocrítica. Un muro que, como en el cuento de los tres cerditos, tendrás que construirte tú. Sin ayuda. Robando tiempo al tiempo de jugar. Para cuando venga el lobo. Que vendrá. Casi siempre viene. Aunque en clase no te lo hayan dicho.

En uno de los posts más leídos de los últimos meses del blog, David Muñoz explicó una de las consecuencias más habituales de esta falta de recursos con que los guionistas nos echamos a la carretera: la bajona. Y las crisis de ansiedad. Y no hablemos de los trastornos alimentarios, las adicciones o las lesiones crónicas de espalda.

Nadie explica al alumno nada sobre de los riesgos laborales de la profesión que ha elegido. Y los pocos que hablan de estas cosas lo hacen desde el derrotismo. Está-todo-fatal. No-hay-futuro. Ahora-con-la-crisis…

Por eso, hace un par de años decidí montar una clase monográfica sobre el oficio de guionista, una especie de “manual de supervivencia para guionistas”. Y, tras ver la cantidad de gente que ha confesado haber sufrido bajonas como David, este año quiero repetirla.

Estarás pensando: “¿He leído todo esto para que ahora me vendan una clase?”. La respuesta es no. No estoy vendiendo nada. Sí estoy ofreciendo una clase, pero no la vendo. Porque no la cobro. El precio de la clase es cero euros. Gratis. Por la patilla.

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Y sobre el contenido: nada de teoría, nada de ejemplos de clásicos, nada de trucos de guión. En esta charla hablaremos de contratos, hablaremos del bloqueo creativo, de hábitos de trabajo y de cómo negociar con un productor. Aprenderemos a aceptar nuestra ración garantizada de fracaso. A entender por qué nos sentimos inseguros y qué hacer para que esa sensación no nos paralice ni nos deprima. A decidir cuándo y por qué aceptar (o rechazar) una oferta de trabajo. A recibir guantazos hasta caer de culo. Y a levantarnos para seguir recibiéndolos.

Contaré lo que, hasta donde yo sé, nadie más cuenta. Lo que yo habría querido que me contasen cuando empezaba.

La charla, organizada por Mediterrània Audiovisual y la Universidad de Alicante, durará unas 3 horas y tendrá lugar la semana que viene en Alicante, en la sede de la UA (calle San Fernando 40) el jueves 16 de julio. Si quieres venir, tendrás que madrugar: empezamos a las 9:00 de la mañana. No te quejes: recuerda que es GRATIS, no se puede tener todo.

Si estás pensando en apuntarte, no te lo pienses dos veces porque el plazo de inscripción acaba este lunes, 14 de julio.

FORMULARIO DE INSCRIPCIÓN CLASE “EL OFICIO DE GUIONISTA”.

Más información en la web de la Universidad de Alicante.

Si tenéis cualquier duda, los comentarios están abiertos. Nos vemos en Alicante.


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