ANÁLISIS DE PELÍCULAS: ESTIU, 1993

19 abril, 2018

Por Pablo Bartolomé.

El otro día hablaba con mi padre sobre su propincua jubilación. Aunque en su caso el trabajo nunca ha sido una cuestión vertebral, es fácil entender el vacío, casi existencial, que se le avecina.

Le propuse, para enfrentarse al tiempo, que escribiera y contara aquellas cosas que había vivido y que le gustaría que se recordasen, su respuesta fue tajante: “¿A quién le va a importar eso?”.

Es curioso cómo parece estar extendida la idea de que solo las grandes historias merecen ser contadas. Bueno, pues yo digo que no. Todo lo contrario. Creo que hasta la anécdota más íntima o personal, puede llegar a ser una narración atractiva o emocionante.

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Dándole vueltas a esa idea, pensando en ejemplos que haya podido ver o leer, llegué hasta “Estiu 1993“, una historia basada en una experiencia que según declaró la propia Carla Simón, guionista y directora de la película, sufrió en un periodo concreto de su vida.

Desde mi punto de vista, el trabajo de un narrador reside precisamente en saber convertir nuestras inquietudes o experiencias en historias interesantes para el resto. Por esto voy a intentar analizar el guión de Carla Simón y encontrar aquellos elementos que han conseguido hacer de una historia que a priori no tendría por qué ser atractiva para el gran público, una de las revelaciones de 2017.

En “Estiu 1993” se cuenta una pequeña historia de transformación a la que se enfrenta una niña, Frida (Laia Artigas), que con solo 6 años sufre la trágica muerte de sus padres. La pequeña se ve obligada a abandonar su casa, su barrio, sus amigos e irse a vivir con sus tíos, que pasarán a ser sus nuevos “padres”, Marga y Esteve (Bruna Cusí y David Verdaguer), a una casa de campo.

Frida, por tanto, debe hacer frente a una situación impropia para una niña de su edad: asumir no solo la muerte de sus padres, sino también la ausencia definitiva de su espacio íntimo y de confianza, algo que tendrá que construir de nuevo sin, apenas, herramientas emocionales para ello.

Lo primero a destacar del guión es que se podría decir que estamos ante lo que se conoce como una estructura Character-driven, es decir, la narración evoluciona y se organiza en función de un personaje, en este caso Frida, que nos guía basando su acción dramática en el desarrollo de sus relaciones personales y en su arco de transformación emocional. Es por lo tanto, el “causa-efecto” (mejor dicho para este caso, el aprendizaje por prueba y error) lo que hace avanzar la acción (o lo que hace que Frida vaya adquiriendo experiencia).

Sí que hay algunos plot points identificables que organizan la narración en cuatro grandes bloques -yo señalaría las dos apariciones de los abuelos y el incidente con Anna, su nueva hermana pequeña-, pero tengo la sensación de que son sucesos que en lugar de cambiar o modificar el entorno del personaje, alteran o mutan el interior del personaje.

Porque el universo de Frida cambia al principio de la historia y se mantiene estable a lo largo de todo el metraje y aunque los personajes que la rodean sufren y también evolucionan, es en la transformación de Frida en donde quiere poner el foco Carla Simón.

No se me entienda mal, esto no quiere decir que en la película no “pase nada”, al contrario, pese a lo que pueda parecer por su ritmo y caligrafía audiovisual, Carla Simón (tanto en dirección como en guión), ha creado una película tremendamente estimulante. Todo lo que aparece en pantalla tiene de una u otra manera repercusión en la vida o en el entorno de Frida, enfatizando así ese mecanismo de “causa-efecto” al que hacía referencia. Cada escena que vemos es un avance del aprendizaje (forzoso) que Frida está experimentando. Es decir, todo suma, porque tanto para nosotros (espectadores) como para Frida, lo que ocurre en la pantalla es un descubrimiento, un nuevo conocimiento, que ayuda (o no) en el nuevo camino que ella ha de recorrer.

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Quizá por eso, nuestra protagonista no tiene ningún tipo de objetivo consciente. Frida no lucha por conseguir nada, no pone nada en juego, al contrario. Casi hasta la mitad de la película, Frida es casi más objeto que sujeto. Se podría decir entonces que esa es la motivación inconsciente de Frida, la aceptación del duelo (ni siquiera la superación, recordemos que la película empieza con la muerte de los padres y acaba cuando Frida por fin consigue llorar), pero no un objetivo concreto.

Para enfatizar esta idea, Carla Simón utiliza una herramienta narrativa bastante identificable hasta más o menos la mitad de la película. A saber:

Hasta ese momento de la historia, prácticamente la totalidad de las escenas empiezan con la mirada de Frida o con el objeto de la mirada de Frida. Es decir, Frida nunca entra en escena, ni la escena la sorprende ni siquiera arrastra una acción que detone la escena. Frida acaba de llegar a un universo nuevo y entendemos por cómo se relaciona con este, que es un universo por descubrir. Carla Simón coloca la cámara a la altura de Frida y no salimos de su juego de miradas. Frida observa, interpreta, analiza y se relaciona con su alrededor desde lejos, desde un lugar casi descontextualizado, lo que provoca que, sobre todo en los primeros diez minutos de metraje, prácticamente la totalidad de los diálogos del resto de personajes sean en OFF -tantos los que se dirigen a ella como los que no-. Hasta que poco a poco, Frida va abandonando esa actitud de voyeur y empieza a interactuar con el entorno (como ejemplo, recordar que no es hasta el minuto 8 cuando Marga tiene un dialogo directo en plano con Frida).

Esto se mantiene hasta el incidente con Anna, porque lo que ocurre hace cambiar a Frida.

Está queriendo “librarse” de Anna, que la está pidiendo insistentemente jugar, la engaña haciéndola creer que van a jugar al escondite. Frida esconde a Anna y se “olvida” de ella. Al rato, vemos a Anna aparecer con un brazo escayolado.

Frida toma consciencia de lo ocurrido como consecuencia de su actitud egoísta y modifica su forma de relacionarse con su nueva familia. En las escenas siguientes, Frida regala unas flores a Magda y le hace un dibujo en la escayola a Anna. Frida se siente culpable por lo ocurrido con Anna y empieza a ser consciente de las posibles repercusiones que pueden tener sus acciones en su entorno, lo que podemos definir como un proceso de aprendizaje.

Vemos entonces, cómo esa manera de mirar y conocer su nuevo mundo evoluciona, ya no observa desde fuera sino que interactúa e intenta adaptarse a él.

Estas ideas aunque nacen en el guión terminan de construirse cuando Carla se pone en la dirección. Al leer el guión -que se puede leer aquí-, y aunque al estar en catalán puede que se me haya escapado alguna cosa, tengo la sensación de que en origen era una película más dialogada y explicativa. Es a la hora de ponerse a dirigir, cuando Carla Simón consigue sintetizar la esencia de la historia que quiere contar.

Uno de esos grandes hallazgos de “sintetización” es la traslación a imágenes de ese universo de crecimiento infantil sobre el que la película reflexiona. Esto lo hace sabiendo encontrar elementos que no solo nos retrotraen a cada uno a nuestra propia infancia sino que además actúan como balizas que nos van señalando el arco de transformación de Frida. Como casi no merece la pena analizar el resto de personajes -excepto a los abuelos, que lo haré más adelante- ya que en su mayoría son personajes en segundo plano y funcionales, me detendré en analizar esos elementos a los que hago referencia, que son: sus muñecas, los abuelos y los cordones de las zapatillas.

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La nueva situación a la que se enfrenta Frida le exige que dé un paso de aprendizaje emocional muy grande, a lo que, de manera inconsciente, ella se resiste. Frida no acepta a su nueva familia ni su nueva vida. No es un rechazo consciente, simplemente Frida quiere seguir en su casa de Barcelona con sus “antiguos” padres.

Como eso es imposible, ella se aferra a aquellos pequeños vínculos que la conectan con ese recuerdo, con su infancia más primaria, una infancia que además como podemos inferir en algunas escenas de la película, era una infancia donde ella era centro de cariño y caprichos.

Bien, como decía, uno de esos vínculos a los que Frida se aferra son sus muñecas. Las besa, mima y “protege” de su hermana Anna. En las anteriores escenas, hemos visto la casa de Frida totalmente destartalada, desecha. En poco menos de unos días su mundo se ha convertido en objetos dentro de cajas y su espacio de intimidad ha desaparecido. Después vemos cómo es introducida “a la fuerza” en una nueva “burbuja” que le es ajena. Así que lo primero que hace Frida, una vez instalada en su nuevo hogar, es desplegar sus muñecas para intentar instaurar allí dentro un resquicio de su antiguo hogar. Por eso, de una manera un tanto “desagradable”, alerta a Anna de que ella no puede tocar sus muñecas. Eso no son muñecas, son el último vínculo que tiene con su antigua vida.

Carla Simón cosifica la sensación de pérdida y de desarraigo que en ese momento tiene Frida en tan solo una escena y con unos pocos objetos.

Hay que señalar que en el guión que yo he leído este “mecanismo” era un poco más evidente. Las muñecas jugaban un papel mayor en la historia, ocupando alguna escena más, que, desde mi punto de vista, han sido correctamente eliminadas.

Así ocurre con sus abuelos, quizá sean estos los personajes con mayor interés dramático por lo que representan en el arco de transformación de Frida. Estos son lo único que no ha cambiado de su alrededor, además de representar ese espacio de mimo y de capricho que en ese momento Frida cree necesitar.

Los abuelos interactúan dos veces con Frida cuando ésta ya se ha instalado en su nueva casa y en ambos momentos se muestran como un elemento que frena la adaptación de Frida a su nueva realidad. Se puede decir entonces que los abuelos son los que, siempre de manera inconsciente, se oponen a ese (falso) objetivo de Frida. Es decir ejercen la función de antagonistas para su nieta.

El trabajo por parte de Marga intentando que Frida se acople a la familia y abandone su actitud de párvula (no de niña, ojo) ante lo que ocurre, es tirado por tierra cada vez que los abuelos aparecen, ya que premian esa actitud caprichosa de la niña.

Esto entronca con la siguiente “herramienta” a la que hacía referencia. Cuando los abuelos aparecen por primera vez en la casa de Marga y Esteve, vemos que su abuelo está atando los cordones de la zapatilla de Frida ante la queja de Marga, que insta a la niña a hacerlo sola. Entendemos por la actitud de Frida, que sí sabe atarse los cordones pero que no quiere.

Atarse los cordones es una parte más del proceso de aprendizaje de un niño. De manera simbólica, Carla se recrea con este detalle porque muestra claramente el rechazo de la niña a ese aprendizaje, es decir, a crecer. Porque crecer implica asumir aquello que nos hace sufrir.

Más adelante, los abuelos vuelven a aparecer en la casa. En esta nueva aparición, Frida ya ha empezado a “sufrir” cambios en su actitud, pero aún así no acaba de sentirse dentro de su nuevo núcleo familiar. Entonces, en esta segunda aparición, Carla Simón usa a los personajes de los abuelos como catalizadores definitivos para el proceso que está viviendo Frida. Cuando los abuelos se van, Frida intenta por todos los medios irse con ellos: Frida llora, patalea… hace todo lo que una niña puede hacer para conseguir lo que quiere conseguir, aunque vemos que sin éxito.

No es casual que este sea el momento de la película en el que Frida se comporte de manera más infantil. Es decir, el personaje se está oponiendo ahora de manera voluntaria a la consecución de su objetivo, curiosamente cuando más cerca está de él (esto podría funcionar perfectamente como un 2º punto de giro).

Aunque más adelante veremos que es una oposición estéril, porque esa escena de berrinche de Frida es un instrumento para que entendamos la situación crítica que está viviendo Frida y por la que se ve obligada a dar un paso definitivo.

Frida se siente acorralada, ya no sabe qué más hacer para librarse de esa situación que la exige madurar, dar un paso. Así que lo da, pero erróneo.

Al caer la noche, Frida decide fugarse a su casa de Barcelona, ya que se ha enterado de que sigue vacía.

Frida empieza a actuar como si hubiera tomado una decisión reflexionada, adulta (en realidad, adolescente); está muy convencida de que lo que va hacer es lo que “debe” hacer y para que así lo entendamos, Carla Simón usa esos elementos que ya ha usado para hablarnos del momento emocional de Frida, pero esta vez desde otro lugar. Ahora vemos cómo Frida sí sabe atarse ella sola sus zapatillas y vemos cómo regala una de sus muñecas a su hermana Anna, rompiendo el protocolo que ella misma había establecido para mantener el vinculo con su antiguo hogar, incorrupto.

Ahora Frida es capaz de enfrentarse a sus miedos y por eso, un par de escenas después, Frida se atreve por fin a preguntar sobre la muerte de su madre. Por fin empieza a aceptar lo ocurrido.

Por último y antes de terminar, me gustaría hacer referencia al tono y a la atmósfera de la película, dos elementos que aunque normalmente se dejan fuera en este tipo de análisis, creo que merecen ser señalados por su peculiaridad y porque, desde mi opinión, están pensados desde el guión.

Creo que el guión está construido sobre un drama pero con un lenguaje que se aleja de él. Es más, creo que hay varias escenas que juegan en el terreno del suspense o del thriller y que nos permite a los espectadores anticiparnos a posibles giros o a elementos dramáticos que, por cierto, al final nunca llegan. Es muy interesante porque esta confección le da al guión una atmósfera de tensión que aporta mucho a la historia. No podemos olvidar que el tema de la muerte sobre vuela constantemente el imaginario de la niña y por tanto de la película.

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Quizá esto pueda ser consecuencia de que “Estiu 1993” fue desarrollada en uno de los Laboratorios de guión de SGAE, bajo la supervisión de Alberto Rodríguez, quien no solo entiende bien los procesos de transformación -como demostró en sus películas “7 vírgenes” o “After”-, sino que maneja el thriller de manera ejemplar y no solo como mero artificio.

“Estiu 1993” se nos presenta como una película íntima, personal, que se centra en un hecho concreto que sufrió la propia guionista y directora en su infancia, pero como he intentado analizar y explicar, creo que la película es mucho más grande de lo que quiere parecer. Porque, como le decía a mi padre, cualquier historia merece ser contada y somos nosotros quienes tendremos que saber cómo trasladar que aquello que nos afectó pueda afectar a los demás.

* Pablo Bartolomé Jiménez es guionista de ‘Fugitiva’, que se emite esta noche a las 22:40 en TVE.


JESÚS MESAS SILVA: “LO IMPORTANTE DE CUALQUIER FICCIÓN ES QUE TRANSMITA EMOCIÓN”

4 abril, 2018

Por Àlvar López, Carlos Muñoz y Nico Romero. Fotografías de Héctor Beltrán.

A sus 34 años, Jesús Mesas es coordinador de Estoy Vivo, serie de Tve que ha encontrado su particular estilo en la mezcla de géneros tan variados como lo son la ciencia ficción, el drama, la comedia, el romance y lo sobrenatural. Tras conseguir una media de más de 2.200.000 espectadores en la primera temporada y saber que la ficción tendrá continuidad, hemos querido charlar con Jesús para analizar con él las claves que se esconden tras los guiones de Estoy Vivo.

[NOTA: Al tratarse de una entrevista en la que se analiza la construcción de los guiones de la serie, los spoilers son abundantes. Avisados estáis.]

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¿Cómo surge la idea de Estoy Vivo y cómo empezáis a darle forma a esa idea primigenia hasta transformarla en 13 episodios?

La idea parte de Daniel Écija, quien se presentó en Tve con un formato cercano al policíaco. En Tve le pidieron que le diera una vuelta, un giro a la historia, a pesar de que el formato les había gustado. Tras esto, Écija se pasó tres días sin dormir, durante los que no dejó de pensar en El Cielo Puede Esperar, la película de Warren Beatty. A partir de ahí surgió el concepto: un policía que muere persiguiendo a un asesino en serie vuelve a la vida reencarnado en el cuerpo de otro.

¿A priori no era una historia sobrenatural?

No. De hecho ese fue el punto en el que yo entré. Dani estaba vendiendo la serie a Tve, y se puso en contacto conmigo a través de Veronik, con quien había coincidido en Águila Roja.

En ese momento estaba en paro, había acabado hacía poco Águila Roja, y recibí una llamada. “¿Jesús Mesas? Te paso con Daniel Écija”. Hostia, para mí fue una sorpresa. Me cuadré para coger la llamada (ríe), pero luego Dani es un tío muy enrollado.

Ese mismo día tuve una entrevista/conversación con él, donde me contó la idea. Instantáneamente me flipó, me pareció una locura muy buena. Dani me habló de referentes como Stranger Things, de la que le gustaba la forma en la que se mezcla lo sobrenatural con lo familiar. Dani se había propuesto dar un golpe encima de la mesa, quería hacer algo arriesgado y diferente a lo que había hecho hasta el momento. Podemos decir… podemos decir que me excitó la idea desde el primer minuto, por lo que me sumé encantado al equipo.

¿Cómo fue el proceso de desarrollo de los personajes?

El personaje de Márquez, el policía, ya estaba desarrollado, pero a través de conversaciones, y conversaciones, y conversaciones, empezamos a ampliar el mapa de personajes. En un primer momento, por ejemplo, el personaje del Enlace era secundario, solo era una persona que recibe a Manuel Márquez y luego desaparece, pero nos dimos cuenta de que era un personaje que tenía una perspectiva cómica y a la vez dramática de pez fuera del agua que no queríamos perder.

Después se nos ocurrió que no solo iba a estar en la Tierra, sino que también iba a vivir con él… y de la excitación pasamos a empalmarnos bastante (ríe). De golpe, nos plantamos con un reencarnado que vive con un marciano y a su vez ambos tienen que perseguir a un asesino en serie.

A pesar de la evolución de los personajes, ¿teníais claro un núcleo de la historia que no queríais perder?

Teníamos muy claro que la primera temporada debía contar la historia de una pérdida, uno de los temas recurrentes de Dani. Por eso, esta es una de sus series más personales.

Una vez empezamos a desarrollar la parte más familiar, empezamos a pensar cómo sería esta familia. Nos gustaba la idea de esa elipsis de cinco años para ver cómo cambiaban los personajes y sus vidas en esos cinco años.

Lo que sí que puedo deciros es que no fue un proceso en el que nos sentáramos directamente a hablar sobre cómo eran los personajes, la historia y los capítulos. Fue durante el escaletado, de hecho, cuando empezamos a conocer a los personajes que teníamos.

¿Entonces, teníais mapa de tramas?

El mapa de tramas está ahí, es un documento que existe, pero tenemos claro que no queremos ceñirnos a él. Nos gusta tener clara una línea de meta, saber hacia dónde queremos ir, pero queremos ser como el espectador a la hora de escribir, que sea un proceso orgánico, vivo.

Por tanto, ¿el resultado final se parece a lo que teníais en el mapa de tramas?

Se parece bastante. Lo que sí que teníamos claro desde el segundo capítulo era el final de la trama sobrenatural. El Carnicero venía del futuro para matar a la hija de Vargas, rollo Terminator. Pero no teníamos ni idea de cómo llegaríamos hasta ahí. La improvisación suena mal, pero nosotros siempre quisimos que la serie fuera un proceso vivo.

En tu opinión, ¿qué elementos del guión crees que han permitido que Estoy Vivo haya tenido éxito hasta el punto de poder hacer segunda temporada?

¿Qué cuál es el secreto del guión? Pues no tengo ni puta idea (ríe). Cuando empezamos a hacer la serie pensábamos que teníamos las mismas posibilidades de conseguir un éxito como de meternos una hostia de la que no nos iba a levantar nadie. Pero bueno, sí que teníamos claro que debíamos arriesgarnos, que no podíamos quedarnos a medias.

Por intentar contestar a la pregunta, creo que el éxito reside precisamente en el riesgo que tomamos al mezclar como lo hemos hecho. Hay un libro de Juan Sanguino, Generación Titanic, que habla de Ghost, y la define como un thriller/comedia/sobrenatural/drama donde todo funciona. En Estoy Vivo lo que estábamos intentando hacer era una serie con alma de blockbuster que fuera entretenida y para todos los públicos. La mezcla de géneros era tan jodida que precisamente el hecho de que todo encaje ha permitido que la serie tenga éxito.

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¿Qué tramas destacarías como las más importantes?

Por un lado, tenemos la trama de ciencia ficción. Por otro, la trama policial, pero a su vez tenemos la trama familiar, y todas están relacionadas. Todo, absolutamente todo, está imbricado, lo que es un lío para producción pero le da mucha vida a los capítulos de la serie.

Volviendo al éxito de la serie, parte de ese mérito lo tienen, sin duda, los personajes. Si en una serie la gente no se engancha a los personajes, si considera que el grupo de personajes no le interesa, no vuelve. Nosotros lo que intentamos a la hora de escribir Estoy Vivo fue acercarnos a los personajes con cariño, con ternura, y que eso lo sintiera el espectador cuando se sentara frente a la tele. Creo que eso, unido a cierto tratamiento luminoso de las tramas, ha permitido su éxito.

¿A qué te refieres con tratamiento luminoso?

Cuando estábamos empezando a crear Estoy Vivo, en España se estaban desarrollando una serie de thrillers muy oscuros. Nosotros queríamos alejarnos de esa oscuridad. Aunque tengas una trama que sea jodida, dramática, como el Alzheimer, nosotros teníamos el reto de buscar el lado luminoso, esperanzador y sorprendente, intentando darle un tono visual y optimista sin perder el realismo que no se hubiera dado antes.

Una trama puede aparecer en Los Serrano, Los Soprano o Breaking Bad, lo distintivo es el tratamiento. Nosotros teníamos muy clara esta diferencia, y nos queríamos quedar con la luminosidad. Para ello contamos con la comedia.

Es una serie que tiene mucha comedia, lo que te permite que cierto público que no se acercaría nunca a la ciencia ficción y a lo sobrenatural entre y nos acepte. Mi madre no vería la historia de un asesino que viene del futuro e intenta matar a una niña que se defiende con una especie de bola. Pero, sin embargo, si lo cuentas con sentido del humor, con ADN mediterráneo, el espectador acaba entrando.

Ah, mirad, otra clave del guión que creo que explica el éxito: los referentes populares. De hecho, creo que sé el momento en el que encontramos la serie:

Capítulo cuatro. Tenemos al policía reencarnado y al marciano que van hablando sobre un asesino muerto en el capítulo anterior, el carnicero, y de repente, el enlace se detiene y dice: “la zarzamora. Yo conocí a Lola Flores, a la faraona”. A partir de ahí nos empezaron a surgir tramas donde mezclábamos ciencia ficción con referentes como Lola Flores, Tino Casal, Papuchi (el perro de la casa)…

¿Y qué función narrativa cumplen estos referentes?

Son herramientas de identificación sin implicación en la trama en la mayoría de las ocasiones. Lo que creo que permite esto es bajar a pie de calle las tramas de ciencia ficción. Podríamos decir que es una manera de acercar un género ajeno gracias al elemento cultural, popular, de barrio. Ahí tenemos el ejemplo de Verónica, que hace lo mismo al traer una historia de posesiones a Vallecas.

Por tanto, se trataba de mezclar Azcona con el género fantástico, siguiendo un poco el camino que inició y que han seguido películas como Rec o El Día de la Bestia. Siempre buscamos guiños para conectar la trama sobrenatural con la realidad.

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¿Y este tipo de referentes no pueden hacer que la serie sea ajena a un público internacional?

Los Simpson están llenos de referentes, de gags que te acercan a la realidad estadounidense, pero que no te sacan de la trama. Evidentemente, si los entiendes tu experiencia será más completa, pero no es imprescindible para que entiendas el capítulo. Es un pasaporte para la comedia, para bajarlo a tierra.

¿Qué importancia, y por tanto, qué tiempo, le dedicáis a la construcción del mapa de tramas?

Al principio de la temporada es cuando le dedicamos tiempo al mapa de tramas. Igual estamos hablando un mes, más o menos. Hablamos sobre las tramas, hablamos mucho sobre la temporada, y aprovechamos este periodo de reflexión para hablar de nosotros mismos, de nuestras mierdas, de experiencias personales…

La serie habla mucho de eso, de conflictos personales, de problemas que le pueden pasar a cualquiera. Al final, cada capítulo queremos verlo como una terapia, como un consultorio donde los personajes chocan entre sí, pero al final se acaban perdonando por lo que les une. Entonces, para darle un sustrato a todas esas tramas la vida personal de cada uno de nosotros es importante. Por eso, hablamos mucho durante ese periodo de cuál es el tema de la temporada, cómo lo tratamos, qué experiencias vitales hemos tenido que puedan ayudar a aportarle tridimensionalidad a la serie…

Muy mal deberíamos hacerlo para que esta temporada no sea igual o mejor que la primera. A parte del aprendizaje que llevamos, creo que el equipo está más engrasado y que los temas que vamos a tratar son más profundos. Si en la primera temporada teníamos la pérdida, en esta segunda vamos a explorar el perdón, que será el tema al que sabemos nos vamos a dirigir.

Para mí, esta forma de trabajar es vital, puesto que soy un poco disperso, y tener esa guía siempre me ayuda a anclarme y a saber hacia dónde hay que ir. Y, cuando me olvido, están mis compañeros para recordarlo.

¿Y a los capítulos, cuánto tiempo le dedicáis?

Ha sido un proceso que hemos ido organizando con el paso del tiempo. El año pasado, al ser una serie nueva, fue más desorganizado. Quien diga que la primera temporada de una serie es el cielo… está mintiendo. Es una guerra, porque estás enfrentándote a territorio desconocido. No sabes cómo hablan los personajes, cómo respiran, qué tramas lo van a petar… realmente empiezas de cero. Te hinchas a hacer versiones hasta que encuentras el tono. Del capítulo cinco, por ejemplo, llegamos a hacer veinte versiones. Fue bastante locurón.

Sin embargo, en la segunda temporada ya conoces mejor la serie y cuál es la mejor forma de trabajar, la más eficaz. Por eso, nos pasamos mucho tiempo en la escaleta. Hablamos de unas dos, tres semanas por escaleta, donde escribimos dos versiones. Primero hacemos una nosotros, luego se la pasamos a Dani, llegamos a acuerdos con él y de ahí creamos algo conjunto.

¿En esta temporada sigue Dani?

Sí, claro. Aunque tiene otros proyectos, esta es su serie. Creo que además se lo pasa bien con nosotros. Mira… antes de que llegarais, estábamos viendo el tráiler de un videojuego (ríe), pero porque había algo que creíamos que era interesante para la serie.

Retomando la pregunta de la escaleta, creemos que es la base de Estoy Vivo, por lo que le dedicamos mucho tiempo a desarrollarla. Es en este proceso donde vemos qué queremos contar y cómo mezclamos las tramas y los géneros. No tenemos una fórmula matemática, es algo intuitivo.

No obstante, este año sí que hemos sistematizado un poco más los capítulos. Tenemos una trama familiar clara, una romántica, y buscamos con ellas momentos que sean bombazos y hostias emocionales al espectador. A todo esto se le suma la trama de género, la policíaca-sobrenatural, que nos da bastante vehículo para la comedia.

¿Qué tratáis en la escaleta?

Lo más importante para nosotros son los personajes. ¿Qué sienten? ¿Qué reacciones sorprendentes pueden tener pero que a su vez sean lógicas? Creo que es un trabajo muy largo, pero también terapéutico, y nos lleva también a momentos muy divertidos en los que nos salen tramas con las que nos descojonamos. Y claro… luego viene Dani, y flipa. “¿Cómo que salen unos kinkis fantasmas?” (ríe). Imagínanos intentando convencer a Dani. “Que sí Dani, que es una trama de unos kinkis de los ochenta. Piratas del Caribe en Vallecas, ¡mola!”

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Si volvemos a la forma en la que os dividís el trabajo, ¿cuánto tiempo dedicáis a los diálogos?

Te pongo el ejemplo del último capítulo que hemos hecho. El lunes de la semana pasada acabamos la escaleta. Hoy es martes, y hemos hecho dos versiones. Unos siete días, por tanto.

¿Ya lo habéis acabado, entonces?

Bueno… sí, ahora falta que se lo lea Dani, pero no sé, yo lo veo guay.

¿Y es la duración normal?

No, depende del capítulo. Los guionistas hacen una versión, y yo la reviso antes de enviársela a Dani.

¿De cuántas personas es el equipo?

Tengo un equipo de tres guionistas que trabajan juntos (Guille, Adri y Andrés), ellos hacen una primera versión del diálogo, y yo me encargo de darle unidad, hago mi propia versión… Y esa versión la volvemos a corregir todos juntos, los cuatro, leyendo el guion en una pantalla, hasta conseguir un capítulo en el que todos creamos y podamos defender en una reunión. Entonces se lo enviamos a Dani. Es un proceso en el que gastamos mogollón de tiempo reuniéndonos entre nosotros, pero se consigue que todos sean partícipes del capítulo.

Mira, para ser honestos, el año pasado fue la primera vez que era coordinador, y creo que uno de mis fallos fue echarme demasiado trabajo a las espaldas, lo que hacía que algunos compañeros se sintieran fuera del proceso. En esta temporada no quería hacer eso, porque me sentía mal personalmente y creo que no tenía una buena dinámica. Sin embargo, este año creo que la dinámica ha cambiado. Además, he de reconocer que tengo un equipo brillante, que saben mucho más que yo de series, de guiones, tienen más experiencia. Solo tengo que escucharles.

Volvamos a los diálogos.

Una vez que le has cogido el tono, tienes referentes populares y sabes cómo hablan los personajes, dialogar no cuesta mucho. Sin embargo, en este último capítulo del que os hablaba, a pesar de tener una escaleta cerrada, cuando hicimos la primera versión del diálogo nos dimos cuenta de que había una escena donde había mucha tensión, y a la hora de dialogarla esa escena debía tener mucha más importancia. De hecho, era el clímax del capítulo, y al descubrirlo, hemos tenido que cambiarlo todo en dos días. Pero teniendo claro lo que quieres hacer y adónde quieres llegar… Además, tenemos la suerte de contar con Dani, un tío muy rápido y ágil leyendo guiones, enseguida tiene mil propuestas.

Al ser una historia sobrenatural, suponemos que tendréis que limitaros mucho en lo económico. La imaginación es mucho más amplia que la producción. ¿Qué limitaciones a nivel de guión os impone la producción?

En Estoy Vivo hemos sabido aprovechar de puta madre los recursos económicos, pero aún así hay cosas que no puedes hacer. Por ejemplo, en el último capítulo de la primera temporada, el final iba a ser en el parque de atracciones de Madrid. A dos días de rodarlo, nos dijeron que no podía ser, y que íbamos a rodar en una plaza de toros. Visualmente, una plaza de toros y un parque de atracciones no es lo mismo, salta a la vista, pero creo que supimos amoldarnos y lo aprovechamos a nuestro favor. Eso es importante, aprovechar las carencias económicas a tu favor.

La ciencia ficción, de normal, te pide un dinero que no tienes, y las cosas puede que no queden tan bien en pantalla como tú imaginabas en tu cabeza. Siendo los efectos especiales de la serie cojonudos, que lo son, a veces tienes que contenerte a ti mismo escribiendo. Por eso en esta segunda temporada, vamos a ir menos a la ciencia ficción para apoyarnos en géneros más clásicos, románticos. Góticos, si queréis. Personalmente le tengo mucha confianza a esta segunda temporada, vamos a ir con referentes tan reconocibles como Shyamalan o Stephen King.

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Para acabar… ¿por qué crees que Dani confió en ti desde el principio, tan a ciegas?

Dani ha apostado por mí fuerte, me ha defendido a muerte en muchas ocasiones. Si me preguntas, creo que lo que ve en mí es, primero, capacidad de trabajo. Me deslomo cuando hace falta, soy un luchador nato, un corredor de maratón. Si se tiene que sacar un capítulo a las 8 de la mañana y son las 9 de la noche, se saca. Después, creo que en mí ha visto un perfil muy distinto al suyo en muchos aspectos, y, aún así, creo que los dos entendemos la ficción del mismo modo. Para nosotros, lo más importante de cualquier ficción es que transmita emoción. El objetivo es que la gente se vaya contenta a dormir. Entendemos la ficción como algo luminoso.

Por otro lado, creo que también ha visto en mí cierto reflejo de las ganas y la pasión que él tenía de joven. Conectamos desde el principio. A Dani le debo muchísimo, igual que le debo mucho a Pilar Nadal, que me dio la oportunidad en Águila Roja. Nunca hay que olvidarse de las personas que han confiado en ti, que hay gente que parece que en cuanto tocan puesto y billete se creen los putos amos y se olvidan de dónde han venido.

Y para acabar, creo que todos somos amigos en el equipo. Trabajar en una serie no es un cuento de hadas, hay mucha bronca, mucha gresca, mucha intensidad. Nosotros lo solucionamos como en el fútbol: se queda en el campo. Pero bueno, gracias a esa intensidad, así sale la serie, que parece una canción de Camela por lo intensa que es (ríe). Solo puedo decir eso, que estoy muy contento. Trabajar en esta serie ha sido un regalo.


GALA DE LOS GOYA – CUATRO LECCIONES DE GUIÓN

14 febrero, 2018

por Sergio Barrejón.

Esto no es una crítica a los chanantes. Ni una sátira sobre el discurso de Coixet. Ni una pataleta contra el palmarés. Sólo es un pequeño análisis de guión de la gala de los Goya.

La gala de los Goya es el Omaha beach del guión de programas. Parapetados tras sus cuentas de twitter y sus columnas en diarios digitales, miles de opinadores esperan cada año la gala con las armas cargadas de sarcasmo y superioridad. Sólo por ser capaces de lanzarse a tomar la playa sabiendo que lo más probable es que mueran acribillados, los guionistas de la gala se merecen un aplauso.

En años anteriores, también desde Bloguionistas hemos disparado contra ellos con cartuchos envenenados de mala leche. Por mi parte, se acabó. En primer lugar, porque no estoy seguro de que yo pudiera escribir un guión decente para los Goya. En segundo lugar, porque si hay algo que sobra en internet son opiniones. Pero sobre todo, porque los guionistas de la gala son compañeros. Y preferiría verlos salir de esa playa ilesos y victoriosos.

Estas son las cuatro lecciones de guión que he aprendido viendo los últimos Goya, y revisitando algunas de las anteriores en rtve.es:

1. La originalidad puede ser una trampa

Como cualquier gala de entrega de premios, el 90% del contenido de los Goya es inamovible y presenta una estructura rígida: ahora entregamos un premio, ahora entregamos otro premio, etc. Sólo hay dos aspectos dramáticos en esa estructura:

• Que los premios más importantes se dejan para el final.
• Que no se sabe cuál de los nominados ganará ni qué dirá cuando recoja el premio.

¿Tene sentido luchar contra eso? ¿Debe el presentador contrapuntear esa estructura con un show paralelo? Yo creo que no. Creo que el gran error de algunas galas ha sido dejar que se conviertan en el show del presentador.

En mi opinión, el formato de presentación no debe ser innovador ni chocante, ni estar particularmente elaborado desde el punto de vista escénico. En el mejor de los casos, eso contribuiría a robar protagonismo a los premios. En el peor de los casos, la presentación se convertiría en un show independiente de los premios, y se estaría obligando al espectador a presenciar dos espectáculos en uno. Cuando eso ocurre, la experiencia resulta larga y agotadora.

Mi presentación ideal sería la que sirve como lubricante para disfrazar esa estructura rígida e invariable de la gala. Porque el entregar y agradecer premios, por previsible y antidramático que pueda resultar, es la esencia de la gala. Uno puede hacer una lectura sarcástica de los discursos de los premiados, pero ¿acaso no es eso lo que ha venido a ver el espectador? Cinco nominados, un solo ganador. Y ése, obligado a subir a la palestra a mostrar su reacción. ¿Será humilde, será soberbio? ¿Mantendrá la compostura o lo embargará la emoción? El ritual de someter a los candidatos a la victoria o la derrota ante las cámaras, y el ritual de exponer al elegido al escrutinio público es el verdadero sentido de la ceremonia. Como miembros no destacados de una sociedad, queremos ver cómo se comportan los elegidos en el momento de recibir los honores.

Dice David Mamet en Una profesión de putas:

En la ceremonia de los Oscar, nosotros, el pueblo, obligamos a quienes hemos permitido acceder a una clase privilegiada a que se alcen individualmente para escuchar el veredicto y por una noche los despojamos de sus privilegios […] Y vemos que, en último término, sólo son unos simples mortales que deben soportar sus pérdidas con estoicismo y demostrar donaire en la victoria, lo mismo que nosotros. Obligamos a los Grandes -como obligaron a César- a solicitar la corona […] Nos unimos como comunidad en la más satisfactoria y unificadora de las actividades sociales, el chismorreo, cuyo propósito consiste en definir las normas sociales.

En un buen guión, todos los elementos están al servicio de la historia. En mi guión ideal de una gala de los Goya, todos los elementos del show estarían al servicio del momento en que el ganador acepta su premio.

La clave sería entonces asegurarse de que la presentación sea muy ágil, que tenga mucho ritmo, que no dé tiempo a que el espectador piense vale, muy gracioso, pero ¿ahora qué premio viene?

2. La ironía sólo funciona cuando es coyuntural

Siempre es divertido que el prólogo del presentador lance pullas a los protagonistas de esta edición. Pero si se ríe de la profesión en general, o de la gala como concepto, o de los oropeles que la envuelven, entra en terreno resbaladizo. Hay que medir muy bien, para no convertir la ironía en un insulto a tu público.

Si el show empieza con una alfombra roja, si a los invitados se les pide black tie, si los premios se presentan con sonoras fanfarrias, si acuden autoridades y se dan discursos… Hay que asumir que cierta solemnidad y cierto glamour son inherentes al formato. Arremeter contra eso es comportarse como un cínico.

Es cierto que en nuestra idiosincrasia nacional está muy arraigada la tradición de desmitificar y de bajar los humos a quien se da importancia. Está bien visto ejercer una brutal autocrítica como forma de demostrar (falsa) modestia. Todo eso puede estar bien. Pero en su justa medida. Una cosa es aprovechar la tensión propia del formato (los nominados están nerviosos porque desean ganar y temen perder) para ironizar, hacer humor y transformar esa tensión en carcajadas. Muy distinto es insistir una y otra vez en la chabacanería como rasgo de estilo. El efecto sería parecido al del cuñao que, invitado a un restaurante de alta cocina, suelta aquello de “donde estén dos huevos fritos con chorizo que se quiten los inventos”.

3. Se llama SUBtexto por algo

Antes decíamos que, independientemente de que cada presentador pueda tener su estilo propio, la gala no debe convertirse en el show de Fulanito. Del mismo modo, si un año en concreto se quiere que la presentación tenga un leit motiv, creo que es mejor introducirlo muy sutilmente. Porque recordemos: la esencia de la gala es la entrega de premios, no el tema elegido ese año por los guionistas o los productores de la gala.

Aplicado a la gala de este año: si se quiere hacer una gala feminista, creo que se podría haber buscado una manera más sutil de integrar elementos feministas en el contexto de la gala. Más presencia femenina, más chistes que pongan en evidencia aspectos machistas de la industria, etc. En un buen guión, la acción hace avanzar la trama, y el mensaje o el tema se comunica mediante el subtexto. Verbalizar el subtexto resta finura a la obra.

Y aunque los discursos de los ganadores no estén bajo el control de los guionistas, la experiencia nos dice que, en el calor del momento, siempre tienden a repetir alguna consigna relacionada con el tema de ese año. Efecto contagio, supongo. Si además el guión del presentador insiste en el mismo discurso, el resultado puede parecer repetitivo.

Por otro lado, lucir una etiqueta que diga “feminista” no convierte a nadie en feminista. Afirmar que ésta es la gala de las mujeres tal vez no sea el mejor modo de comunicar un mensaje feminista. “Deja que el público sume dos más dos y te querrán para siempre”, decía Billy Wilder.

4. Hay que tener en cuenta las limitaciones de Producción.

Viendo algunos de los sketches de ésta y de otras galas, sospecho que los medios de producción de los Goya no son particularmente holgados. Como además la gala sólo se hace una vez al año, entiendo que los productores tampoco tienen una certeza absoluta de hasta dónde pueden llegar con el presupuesto. Si entre producción y guión no se llega a acuerdos razonables, los sketches y los números que salen a escena corren el riesgo de quedarse en un quiero y no puedo.

En general, si el show no va sobrado de presupuesto, o si no hay tiempo de ensayar como Dios manda, quizá sea poco aconsejable pasarse de ambicioso con los sketches y los números musicales. Mucha gente ha criticado el rap de Resines, pero bien mirado, quizá el problema de fondo era meramente presupuestario. ¿Hubo dinero para ensayar aquel número el tiempo necesario?

He leído y escuchado muchas veces que en los Goya no debería haber números musicales. Es cierto que ha habido unos cuantos fallidos. Pero no creo que haya que verlo de una forma taxativa. Este año, para mi gusto, el mejor momento de la gala fue el medley que hizo Marlango de las canciones nominadas, en versión piano y voz. No hay nada malo en ser modesto si se lleva con dignidad. La cuestión no es números musicales sí o no. La cuestión es: ¿Entran en presupuesto? Al fin y al cabo, esto no es Broadway, es una vía de servicio de la A-2.

Dicho lo cual, creo que el nivel de la gala sube año tras año. Hay excepciones, sí. Fallos de realización que ponen los pelos de punta. Sketches que tal. Actuaciones que cual. Manel Fuentes. Pero incluso las que menos audiencia tienen, siguen siendo lo más visto del prime time año tras año.

Y bueno, si alguien tiene interés en comparar, siempre puede verse la primera gala de los Goya. Yo lo he hecho. He visto cosas que vosotros no creeríais. Dos minutos largos del Rey Juan Carlos saludando académicos, con un ayuda de cámara chivándole sus nombres uno a uno. El logo de la Academia, animado por un Commodore 64, con la música de Regreso al futuro. Los clips de las películas nominadas proyectados todos seguidos al principio de la gala. Todas las categorías, una detrás de otra. Dieciocho minutos de clips sin interrupción, con una música de fondo inenarrable.

No me lo estoy inventando. Ojalá. Queda mucho por mejorar, sí. Pero es mucho más lo que ya se ha mejorado.


ANÁLISIS DE PELÍCULAS: HANDIA

8 febrero, 2018

Por Àlvar López

Hace dos años, el estreno de Loreak dejó claro que sus autores tenían una visión muy clara y particular del tipo de historias que querían contar, y de la manera en que lo querían hacer. Su nueva película, Handia, ganadora de diez premios Goya, entre ellos Mejor Guión Original, no hace sino corroborarlo. Tras entrevistar a sus cuatro guionistas, publicamos ahora un análisis del guion.

[ATENCIÓN SPOILERS]

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Sobre el tema y la trama  

Lo primero interesante a destacar es la gran conexión entre el tema y la trama del film. Handia nos cuenta una historia donde la vida y la leyenda del gigante de Altzo se funden en un único relato. Su trama, por tanto, girará en torno al auge y posterior caída de la fama de Joaquín, el gigante, quien, junto a su hermano Martín, recorrió gran parte de Europa durante el siglo XIX cosechando una gran fortuna.

Pero el viaje de ambos hermanos no será solo físico. Los dos, Martín y Joaquín, son las dos caras de una misma moneda. Martín quiere abrirse a la modernidad, a la vida de la ciudad, y disfrutar de los avances de su época. Eso sí, será incapaz de conseguir el dinero suficiente para hacerlo por su cuenta. Mientras, Joaquín representará la inmovilidad de la vida en el campo, la tranquilidad y las ganas de que nada cambie. No obstante, y aunque no necesite nada más que su montaña para ser feliz, Joaquín se convertirá en una máquina de hacer dinero desde el mismo momento en el que empieza a crecer y a crecer: la gente llegaba a pagar un buen pellizco por verlo. Justo en esta relación es donde encontramos el tema de la película.

Martín, que no crece físicamente (de hecho, es más bien bajito) tiene un ansia insaciable de crecer espiritual y económicamente. Mientras, Joaquín no deja de crecer físicamente cuando lo único que quiere es que todo se detenga en la tranquilidad de su caserío. Así, entre los dos se empieza a desarrollar una relación que en momentos está más cerca de la necesidad y la envidia mutua que de la fraternidad. Pero, como comenta Aitor en la entrevista, “nadie crece eternamente”. Todo evoluciona. Todo muere. La relación entre ellos, también.

La mejor manera de analizar esta evolución es detenerse ahora en la estructura narrativa de la película. Cada avance en la trama supone también un avance en la relación entre ambos hermanos.

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Sobre la estructura: situación inicial.

Handia empieza con una sobreimpresión: se nos avisa de que la película transcurre entre los siglos XVIII y XIX y está impregnada de las tensiones que se vivían entre el antiguo y el nuevo régimen. Desde el primer momento, por tanto, podemos situar a cada uno de los dos hermanos en un bando diferente. Acto seguido, una voice over de Martín nos da una segunda pista: aunque el mundo parezca inalterable, siempre cambia, siempre evoluciona. De nuevo, Martín constata que el rótulo inicial esconde el eje central de la película: la tensión entre lo nuevo y lo viejo. Su voice over sigue diciendo que él y su hermano se enfrentaron al mundo de forma diferente. El prólogo acaba con Martín delante de la tumba de su hermano. Al abrirla, un enigma. Los huesos de su hermano no están en ella.

A partir de este momento la película se construye de manera capitular, lo que incrementa la sensación de que asistimos al visionado de un cuento, que se inicia con el “érase una vez dos hermanos” y finaliza como empieza, con el misterio de dónde habrán ido a parar los huesos de Joaquín. En este caso, la estructura capitular y la sensación de leyenda que transmite beneficia al conjunto de la historia, puesto que al entrar en ese universo nosotros, como espectadores, podemos dar por válida la historia del gigante y sus hazañas y disfrutarla a la vez que nos centramos en la evolución de la relación entre ambos hermanos.

El “cuento” tiene su detonante en la partida de Martín a la guerra. Los carlistas obligan al padre de ambos hijos a decidir qué hijo quiere que vaya a combatir por ellos, por la causa. Sin dudar, elige a Martín para que vaya. Al cambio, a la modernidad. Durante la guerra Martín perderá la movilidad en un brazo, por lo que al terminar ésta intenta subsistir como puede durante tres años, pero siempre sin volver al caserío. El rencor que guarda hacia su padre, unido al intento de evolucionar y de dejar atrás el poblado, le llevan a buscarse la vida como puede. No obstante, Martín no encuentra la forma de salir adelante. Al final no le quedará más remedio que volver al caserío. Su sorpresa es mayúscula cuando ve que su hermano no ha dejado de crecer hasta alcanzar un tamaño colosal. Por si fuera poco, tras la guerra el caserío está en un serio declive: no hay forma de pagar lo que deben. Así, el primer punto de giro nace como una necesidad, una solución para mantener el caserío: si no quieren perderlo, deberán abrirse a la modernidad, introducirse en el mundo del espectáculo y exhibir a Joaquín.

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Sobre la estructura: la tensión entre hermanos.

A partir de este instante, la tensión entre la seguridad de lo conocido que ama Joaquín y el afán de modernización de Martín no dejará de crecer. Cuanto más dinero consiguen, más quiere volver Joaquín a su hogar, y más ilustrado se hará Joaquín, el cual empezará a imitar a la clase burguesa del momento. Los escollos, eso sí, cada vez se harán más grandes, y alcanzan su cénit delante de la Reina. La monarca le pide a Joaquín que se desnude para ella. Martín tiene la oportunidad de poner un límite en la exhibición de Joaquín, de defender a su hermano. Sin embargo, no lo hace.

Por tanto, tenemos una primera parte de la película en la que nos es difícil empatizar con Martín, nuestro protagonista, por la forma en la que trata a su hermano y por su egoísta afán económico… una estrategia del guión para presentarnos a un personaje al que poco a poco se le irá dando la vuelta.

De Martín empezamos a ver cosas en las que no nos habíamos fijado. Sigue guardándole rencor a su padre, pero le encantaría recibir una muestra suya de cariño. Quiere empezar una nueva vida en Estados Unidos, pero es fácil entender que ese sueño nunca se va a cumplir. Además, hay algo que es indudable: Martín quiere a su hermano. En ningún momento se aprovecha de él, o no al menos de manera consciente.

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Sobre la estructura: el cambio.

El momento que ilustra la nueva relación entre ambos se produce en su viaje a Inglaterra. Momento que, tanto por metraje como por estructura, se instaura dentro del midpoint.

En Inglaterra, además de conocer a otros gigantes que existían en Europa (entre los que destaca una giganta que se fija en Joaquín y con la que más adelante tendrá su única experiencia sexual) Martín y Joaquín se dan la mano por primera vez, gesto que encierra todo el cariño que ambos se tienen. Esa unión refleja también la unión entre dos mundos, dos fuerzas, que, por más que sean opuestas, se atraen entre ellas.

Tras el midpoint, la segunda parte de la película se centra en la relación cada vez más estrecha e íntima de ambos hermanos. Conforme más tiempo pasan juntos, más se vuelven a complementar como lo hacían antes del detonante, de la Guerra. Pero, de nuevo, el guión vuelve a recordarnos cuál es la idea nuclear de la película: nada puede crecer eternamente.

Sobre la estructura: el declive

Martín, precavido, siempre enviaba su parte del dinero al caserío, pero Joaquín, en un acto de rebelión y desoyendo el consejo de su hermano, lo llevaba siempre consigo, oculto. En uno de sus trayectos, un grupo de asaltantes les roban hasta el último centavo que Joaquín había ganado durante los últimos años. Este segundo giro llega justo cuando la relación entre ambos hermanos ha madurado hasta hacerse más fuerte que nunca, lo que provoca que Martín use sus propios ahorros para seguir pagando el caserío y evitar que su padre y hermano lo pierdan.

Con este hecho asistimos a un giro de personaje que se ha ido cociendo a fuego lento a lo largo de todo el guión. Martín, el hermano que quería romper con todo, acaba usando la fortuna que tenía ahorrada para ir a Estados Unidos para salvar lo que más odiaba en esta vida: el caserío. La vida rural.

A la falta de liquidez se le suma la llegada de los tiempos modernos. La gente se cansa rápido de lo que no es tendencia. A Joaquín, al gigante, ya lo conoce todo el mundo. Ya no es una novedad, por lo que su empresa solo puede acabar como lo hace: en la quiebra.

A la ruina económica le seguirá la muerte de Joaquín debida al gigantismo, y así volvemos al inicio, a un Martín que se queda en el caserío, a cuidar de su padre. Padre que, por cierto, no recuerda haber decidido nunca haber enviado a Martín a la guerra.

La desaparición de los huesos de Joaquín al fin de la película ayuda a reforzar la sensación de que el guión está construido como si se tratara de un cuento. Sin huesos, sin nadie que se acuerde de Joaquín, los límites de la realidad se desdibujan. La leyenda y el mito cobran fuerza en la historia del gigante de Altzo.

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Sobre el cuándo y el dónde de la historia.

La elección de las coordenadas espacio-temporales de la historia son todo un acierto de guión. Los protagonistas vienen de una Guipúzcoa rural que luchaba por mantenerse frente a la modernidad, por un lado, y a la centralidad de Madrid por otro. No es casualidad que los madrileños se crean superiores a Martín y a Joaquín por el mero hecho de hablar español y no vasco. Además, el hecho de que la historia ocurra en el siglo XIX, en pleno Romanticismo, permite explorar en profundidad ciertas dudas existenciales que, si bien siguen presentes en la actualidad, alcanzaron su momento más elevado en aquella época.

El inicio de la industrialización, de la sociedad capitalista y del mundo del espectáculo (Martín) entraban en conflicto directo con el culto a la religión y a los antiguos estamentos (Joaquín), lo que obliga a ambos personajes a plantearse su lugar en el mundo. ¿Quiénes son?¿Quiénes quieren llegar a ser?

Sobre el tono, los diálogos y las subtramas.

Igualmente interesante es destacar la lentitud que respira el guión, la cual contribuye a que los arcos de transformación de los dos hermanos sean creíbles y coherentes con todo lo que viven. Hay muchas escenas de transición, de conocimiento de los personajes, más que de información o de avance de trama, algo muy necesario para contar este tipo de historias.

Por otro lado, los diálogos, escuetos en su mayoría, también contribuyen a reflejar la lucha de fuerzas que viven ambos hermanos. Mientras que Joaquín es más bien callado y no cuenta ni con un gran vocabulario (de hecho, ni siquiera sabe español) ni con grandes herramientas comunicativas, Martín, pese a sus limitaciones, tiene mucha más labia, más capacidad para vender y para adaptarse a los nuevos tiempos.

Para acabar, la cantidad de subtramas que rodean al conflicto principal dotan al guión de vida, de realidad. El mundo no se reduce a un único conflicto. En Handia asistimos a subtramas como la reflexión sobre la fama, el papel de la religión en el seno familiar, el amor, la cultura y su influencia en la sociedad, el nacionalismo y sus bases… En definitiva, las subtramas no hacen sino subrayar lo mismo que la trama principal: todo cambia, y lo único que podemos hacer como seres humanos es aceptarlo e intentar no sucumbir en el intento.


¿POR QUÉ DEBES CUIDAR DE TUS ESCENAS SI QUIERES UN BUEN GUIÓN?

23 noviembre, 2017

Por Àlvar López y Carlos Muñoz Gadea

“No es nuestra intención dar a luz un texto más que repita, redunde, sintetice, o simplemente recicle, lo que ya otros muchos volúmenes especializados en la escritura de guiones para el cine se han encargado de hacer previamente.”

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Con estas palabras empieza “Escenas de Cine: Guión y Análisis”, libro coral firmado por hasta diez profesionales del guión. Y, tras su lectura, podemos afirmar que han conseguido su objetivo. Lejos de repetir lo que hemos leído tantas veces, estamos ante un manual que consigue explorar un terreno que, si bien podemos saber que existe, no estaba hasta ahora recogido de una manera tan clara.

En esta edición, que corre a cargo de Arkadin, los editores y coordinadores del Máster de Guión de la UPSA Miguel Ángel Huerta y Pedro Sangro se han propuesto crear un manual dirigido tanto a los estudiantes de guión como a los profesionales del mismo, combinando un tono didáctico con diversas enseñanzas prácticas que le serán útiles a cualquiera que quiera dedicarse (o que ya se dedique) a esta disciplina. Los que firmamos este artículo iniciamos nuestra andadura en el mundo del guión en dicho Máster, por lo que a título personal nos es un placer poder reseñar este libro y poder así agradecer en cierta manera todo lo que aprendimos y nos llevamos de sus aulas.

Hay varios factores que pueden hacer de este manual una opción muy interesante para dedicarle unas horas a su lectura.

En primer lugar, el objeto de análisis está alejado de lo que solemos encontrar en otros manuales, quizá más centrados en analizar el guión y todo lo que le rodea en su conjunto. “Escenas de Cine” centra su estudio en el estudio pormenorizado de la escena y todo lo que le rodea para poder así construir unidades dramáticas más complejas e interesantes.

Partiendo de la base de entender la escena como una unidad cinematográfica de espacio y tiempo, el estudio de dicho elemento en este manual permitirá a su lector ampliar las miras de su proceso creativo, reflexionando sobre la escena no solo como la unidad narrativa más pequeña, sino también como la unida poética y dramática más potente que podemos escribir. Por tanto, podríamos decir que una de las máximas pretensiones de este libro es defender a ultranza la necesidad de cuidar la escena por encima de los macroelementos de estudio del guión.

Esto es algo que también defienden los hermanos Remón (y de lo que nos han hablado mucho en las diversas entrevistas que hemos podido realizar con ellos, que las tenéis aquí, aquí y aquí). Para que el guión en su conjunto pueda tener un sentido coherente y armónico, es necesario detenerse antes en todas y cada una de las escenas para reflexionar, más allá del papel que juegan en el conjunto y la forma en la que se superponen una a la otra, sobre cómo se utilizan los elementos que entran en juego escena por escena.

Por qué nos decantamos por un espacio dramático y no por otro, cómo podemos mejorar nuestra escena buscando el broche de oro final que la haga más redonda, cómo determinar si nos conviene un monólogo o una acción visual para nuestro clímax… estas son solo algunas de las preguntas a las que probablemente el lector pueda dar respuesta tras la lectura del libro.

En segundo lugar, su estructura, que como decíamos está elaborada de una manera muy coral, enriquece la diversidad de opiniones y puntos de vista. En total, el lector puede encontrar en las páginas de este libro diez capítulos que se encargan de profundizar en aspectos diferentes de la construcción de la escena. Esta división permite que la lectura del manual sea muy práctica y sencilla, puesto que el que así lo necesite puede recurrir a la lectura exacta de lo que le haga falta para el desarrollo de su escena.

Como valor añadido, cabe destacar que el equilibrio entre los que firman dichos capítulos (todos ellos profesionales de renombre cuya trayectoria personal así lo corrobora) se ha encontrado mediante la búsqueda de la aportación desde diversas ramas. Así, los primeros capítulos están firmados por los docentes de Guión Antonio Sánchez-Escalonilla, Pedro Sangro, Miguel Ángel Huerta, Juan Medina, por el escritor Xavier Pérez (La Semilla Inmortal) y el historiador y crítico de cine José Luis Sánchez Noriega, mientras que los restantes vienen de la mano de los guionistas Carlos Molinero, Verónica Fernández, David Muñoz y la analista de guión Ana Sanz-Magallón, autora del también conocido Cuéntalo Bien.

Que no se engañe el que lea estas palabras: tanto los capítulos firmados por académicos como los firmados por guionistas buscan un acercamiento práctico que pueda aplicarse de manera inmediata tras la lectura. Así, no estamos ante un manual que simplemente reflexione sobre algunas herramientas o estrategias teóricas, sino que también encontramos cómo pueden aplicarse en la práctica dichas herramientas a través de un surtido número de ejemplos de escenas de películas de éxito y de las experiencias personales de los guionistas invitados a escribir en el manual.

Baste un rápido vistazo al contenido de los capítulos para darse cuenta de ello. El libro se inicia con “Escenas con espacio ambiguo: la localización como recurso de tensión dramática”, donde Sánchez-Escalonilla reflexiona sobre la importancia de la dimensión espacial y el lugar donde decidimos que ocurran nuestras escenas. ¿Por qué ese y no otro? ¿Qué nos aporta para nuestra historia? Pedro Sangro continúa con El Toque Lubitsch: cómo mejorar una escena, en el que analiza, a través de ejemplos reales del director, la importancia de jugar con las expectativas del espectador para que su participación en la escena sea activa. En El Suspense en las escenas de anagnórisis Xavier Pérez demuestra cómo el buen uso de ambos elementos (suspense y anagnórisis) en una escena puede permitir al guionista captar toda la atención del espectador.

Como no podían faltar ejemplos extraídos de nuestro cine, Miguel Ángel Huerta analiza en Ataúdes, umbrales y un señor llamado José Luis Rodríguez el guión y la puesta en escena de El Verdugo para reflexionar sobre los elementos que hacen que las escenas de dicho film sean tan redondas desde su inicio hasta su fin. El también profesor del Máster de la UPSA Juan Medina demuestra en Escenas resolutivas del policíaco: el clímax en un monólogo la potencia de cerrar las películas de este género con una escena que combine un final interesante a nivel dramático construido con uno de los monólogos aclaratorios que tanto usaba Agatha Christie. El cuentista Auggie Wren exhala humo y fábulas en ‘Smoke’ es el título del capítulo de Sánchez Noriega, en el cual nos habla de lo que comúnmente conocemos como escenas espejo (esas que tienen el suficiente poder como para que el espectador las recuerde años después de ver el film) y el lugar estratégico dentro del guión donde colocarlas para que puedan tener el mayor impacto posible.

El guionista Carlos Molinero es el encargado de abrir el bloque de los profesionales con “El viento en su pelo”: el guionista épico contra el guionista dramático, donde habla de la importancia de construir escenas que, sin tener una tensión dramática con un objetivo claro, permiten sin embargo establecer una conexión emocional entre el espectador y sus personajes. Le sigue Verónica Fernández, con “La del coche” y otras secuencias ineludibles en la vida de un guionista, donde, a través de su experiencia, da útiles consejos para enfrentarse a escenas dramáticas que suelen dar problemas, como son la muerte de un protagonista o la ruptura de una relación.

Acostumbrada como está a leer cientos de guiones, la analista de guión Sanz-Magallón nos habla en La escena es para el que se la lee sobre la importancia de escribir un guión que seduzca desde su primera lectura a la vez que brinda al lector varios consejos útiles para poder conseguirlo. El libro concluye con David Muñoz y su capítulo Trucos de Magia, a través del cual el guionista recalca la importancia de que el espectador se enganche a la película en los primeros minutos de su metraje y lo ilustra con ejemplos extraídos de films que han conseguido esto con éxito.

En definitiva, Escenas de Cine: Guión y Análisis es un completo manual en español donde el lector puede encontrar un buen compendio de ejemplos prácticos que de seguro le podrán solventar más de un quebradero de cabeza cuando deba enfrentarse a la construcción de una escena.


DESTRIPANDO “EL SÉPTIMO SELLO”. ESTRUCTURA Y SIMBOLISMO.

21 junio, 2017

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Por Juanjo Ramírez Mascaró.

No es tarea fácil encontrar algo nuevo que contar sobre una peli que ya ha ocasionado riadas de tinta. Cualquier cosa que yo pueda aportar oscilará entre lo pretencioso y lo manido.

A pesar de ello intentaré poner un par de puntos sobre un par íes, porque he leído mucho sobre el simbolismo de esta obra de Bergman, pero muy poco sobre la arquitectura narrativa en la que dicho simbolismo descansa.

Empezaré respondiendo a la cuestión más obvia: ¿Por qué elegir El Séptimo Sello en vez de El Primer Sello? Bueno, todos estamos de acuerdo en que la primera entrega es imprescindible por ser fundacional, pero esta séptima parte devuelve a la saga un brillo y una frescura que ya casi nadie esperaba.

No seré yo quien discuta que Lorenzo Lamas fue en su día la mejor opción para interpretar al Caballero crepuscular, pero (si se me permite la iconoclastia) la séptima peli está mucho mejor construída.

Empecemos por el primer acto:

Jamás un detonante llegó tan pronto. A los TRES minutos de reloj ya está arrancada la trama. Ése es el tiempo que necesitan para mostrar cómo la Muerte desata la plaga mortal y, cuando aún estamos en el minuto 2 y pico, la desdentada parca declara que sólo levantará su castigo si la dejan jugar al ajedrez contra el Caballero.

Nótese ese reclamo casi existencial: El protagonista que, hastiado tras mil y una correrías existenciales, tras mil y un engaños ilusorios, reniega del tablero de juego y sus leyes (encorsetadas, arbitrarias) que, sin embargo, no tiene otro remedio que acatar.

Hablamos pues de un héroe (o antihéroe) que tiende a la pasividad aunque se vuelva activo por imperativos externos.

El Caballero que, por miedo o por desidia, había dado las espaldas a la vida, es seducido por la Muerte en un tango perverso que, fiel a una dialéctica de Eros y Thanatos, intenta engendrar hambre de vida donde hay bulimia de destrucción y derrotismo.

Hago un inciso para recalcar que fue muy controvertida en esta peli la decisión del blanco y negro.

Algunos la explican recurriendo a razones estrictamente comerciales: Un blanco con un colega negro otorga un plus de corrección política que apacigua a los mass media. Además, como ya sabemos, toda buena buddie movie que se precie gana puntos cuando el prota blanco tiene un Sancho Panza negro como compinche.

Que el precedente que sentó Arma Letal, ningún hombre se atreva a desasentarlo.

Pero volvamos al primer acto: En él ubica el maestro narrador lo que, según Blake Snyder y su Salva al Gato debería ocurrir en el segundo acto: Risas y juegos. El Caballero y la Muerte se baten en una apasionante partida de ajedrez: En un bando, la Muerte omnipotente que dictamina las reglas a su antojo. En el otro bando, no sólo el Caballero sino también otros personajes, normalmente relegados a encarnar arquetipos más mundanos, colaborando con el prota para ganar una partida que, en el fondo, NOS INCUMBE A TODOS.

Y después de esas “risas y juegos”, llega un PRIMER PUNTO DE GIRO que en pelis más ortodoxas correspondería a un MIDPOINT. Entramos pues en el segundo acto, donde:

El Caballero decide jugar FUERA DEL TABLERO DE AJEDREZ.

Se produce aquí un salto casi cuántico en las inquietudes del Caballero: Cesa de prestar atención a lo accidental y se concentra en lo substancial. Renuncia a las apariencias y, como diría Natch, deja de obnubilarse con la belleza del tapiz y accede a su reverso, que no es tan bonito, pero puedes ver cómo están dispuestos los hilos.

¿Cómo reacciona nuestra antagonista (la Muerte) cuando este postmoderno Prometeo se niega a seguir las normas de su tablero de juego? Pues de la única manera en que un arquetipo como la Muerte podría reaccionar: De ninguna manera.

Los arquetipos son como los astros: Reinan en esferas remotas, imperturbables. El libre albedrío de un mortal no puede torcer rígidos itinerarios trazados con esa sagrada determinación de lo que se graba en piedra.

Llegados a este punto, y a modo de atípico MIDPOINT…

… se invierten los roles:

La Muerte “cazadora” se convierte en presa, y el Caballero se convierte en “cazador”.

Es, en cierto modo, la actitud del INICIADO:

Intentar desentrañar misterios que te rehuyen, aun a costa de esfuerzos desmesurados y ordalías muy jodidas. Más jodidas, si cabe, que las soportadas en el PRIMER ACTO, cuando el prota las recibía de forma pasiva en vez de ir a buscarlas.

Lo que no tiene en cuenta el Caballero en esta segunda búsqueda es que ahora está jugando en un terreno del tablero cuyas normas le trascienden. Lo que en el mundo “zona de confort” se antojaban monstruos abarcables, asequibles, en esta segunda mitad de peli no son grano de arena, sino montaña.

Llegamos así a los umbrales del tercer acto con un anticlímax en el que el Caballero se ve sobrepasado (con un dramatismo acentuado por el hecho de que, a estas alturas de peli, el blanco y negro no está justificado, y tiene más de artificio que de víscera)

El Caballero supera la última prueba cuando exorciza sus propios demonios y descubre que, lejos de constituir una entidad individual, su propia búsqueda le ha convertido en una suerte de embajador de toda su especie. Se salva a sí mismo a raíz de salvar a quienes (en teoría) no son él.

Tras ello, y a modo de colofón, encontramos una especie de “noche oscura del alma”. El Caballero ha esquivado a la Muerte, pero advierte, con resignación pesimista, que no ha sido capaz de derrotarla.

Es en esa fase cuando el Caballero descubre que la Muerte le ha dado un bote de aspirinas donde figura la dirección de su escondite. El Caballero viaja hasta el Hades, derrota a la muerte y luego llama por teléfono a su mujer, para reconciliarse con ella.

Porque, si vosotros también sois iniciados, os habréis dado cuenta de que no estoy hablando de Ingmar Bergman, sino de ESTO:

Jungla de cristal. La venganza

 

ANÁLISIS DE PELÍCULAS: LA ISLA MÍNIMA

12 junio, 2017

Por Pablo Bartolomé.

Hace ya unos meses, hablando con Sergio Barrejón mientras bebíamos cervezas, coincidíamos en que era una pena que no hubiera más análisis de guiones en el blog. Los posts que en su día hicieron Carlos López o Dani Castro eran muy visitados y muy bien recibidos. Al fin y al cabo, darle vueltas a aquello que hemos visto e intentar analizar las claves de por qué creemos que funciona una historia o no, es algo que a todos nos gusta leer; compartir y sobre todo rebatir. Pedí otra ronda más y en un alarde de no sé muy bien qué, asumí la responsabilidad de retomar yo (el primero de) esos posts.

Pensamos que sería buena idea analizar una película que no estuviera en cartel, por aquello de los spoilers. Por eso y porque soy yo el que escribe, he elegido “La Isla Mínima“.

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“La Isla Mínima” es una película de 2014 dirigida por Alberto Rodríguez, que también firma el guión junto a Rafael Cobos (aquí hay una entrevista a Rafael Cobos en donde habla sobre la película).

La película transcurre en 1980, en plena transición, en un pequeño pueblo andaluz cerca de las marismas del Guadalquivir, donde han desaparecido dos chicas adolescentes. Para resolver el caso, envían desde Madrid a dos detectives: Juan (Javier Gutiérrez) y Pedro (Raúl Arévalo) que pronto descubrirán que las chicas han sido asesinadas y están relacionadas con otras desapariciones, todas siguiendo el mismo patrón. 

La investigación de los dos policías revela un ecosistema basado en el silencio, donde se sustentan las estructuras de poder del pueblo.

Los personajes principales, los dos detectives, son motor de la narración y quienes soportan el peso de la trama, por lo tanto protagonistas. Aunque en mi opinión, es Pedro (Raúl Arévalo) quien lleva el peso de la tesis sobre la que trabaja la película, y con quien hacia el final del metraje acaba empatizando el espectador.

Aun así, ambos comienzan compartiendo objetivo: encontrar a las niñas y resolver el caso, motivados ambos porque entienden, cuando el caso empieza a crecer, que es su oportunidad para enmendar su posición con respecto a sus superiores y volver a Madrid, ya que ambos han sido enviados allí como castigo de ciertos comportamientos comprometidos (cada uno por motivos distintos, es más, se podría decir que antagónicos).

Para revolver el caso no existe un antagonista definido, corpóreo, de hecho ese es uno de los temas de la película (que desarrollaré más adelante). Solo al final sabremos quién es el culpable o el autor intelectual de la trama, pero este no ha actuado como antagonista porque no ha hecho nada que como espectadores veamos, para impedir la investigación. Hasta ese momento, más que antagonistas, Pedro y Juan lo que se van encontrando son obstáculos -el mismo entorno, los habitantes del pueblo, el juez Andrade (Juan Carlos Villanueva)- que impiden a nuestros personajes revolver el caso.

Esos obstáculos son, según yo lo veo, oponentes metafóricos para los dos policías, pero esto no responde a una lógica común, no actúan como entes organizados, sino más bien son una representación estratificada de una sociedad española en la que se pone el foco y se analiza en la película. Es decir, todos esos elementos son la traducción narrativa de un ecosistema sobre el que se sostiene un contrato social demasiado delicado y que con la entrada de nuestros protagonistas, se tambalea y hace lo posible por perpetuarse.

Pese a todo esto, es una película bastante más sencilla, a nivel estructural, de lo que puede parecer en un primer visionado. Es cierto que se complejiza hacia el final pero en la mayoría del metraje responde a un esquema más o menos clásico:

La historia se detona con la llegada de los policías.

Tiene un primer giro, cuando se descubre que las chicas están muertas y que hay más desapariciones.

Un punto medio, en el que los detectives dan con los supuestos implicados y empiezan a asumir la magnitud que puede tener el caso.

Un segundo giro, cuando descubren que el autor “intelectual” es el hombre del sombrero, Don Alfonso, pero que el Juez Andrade les impide detener.

Y un final o epílogo, en el que se “resuelve” el caso de aquella manera. Una manera en la que todos (protagonistas y antagonistas) están contentos.

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Es cierto que cuando se estrenó la película hubo un cierto “run run” en relación al final de la película. Parece que la manera de cerrar la trama no generó una gran acogida, puesto que parecía no quedar resuelto el caso. Incluso la gente seguía debatiendo a posteriori, generando teorías sobre los posibles implicados en los asesinatos. Pero voy a intentar analizar y explicar por qué, para mí, esos debates son estériles.

Creo que la trama de la película se resuelve de esta manera:

Las chicas eran seducidas por Quini (Jesús Castro) que las llevaba hasta la casa de campo, donde Don Alfonso (Alberto Gónzalez) les hacía fotos teniendo relaciones (consentidas o no). Las chicas eran amenazadas con publicar las fotos si contaban algo de lo ocurrido, lo que actuaba como detonante para que las chicas quisieran huir del pueblo. Ante esta situación, el guardés (Manuel Salas) se aprovechaba para hacer creer a las chicas que les podía conseguir un trabajo fuera de allí y con este pretexto las secuestraba, las torturaba y finalmente las asesinaba.   

Todo esto es algo que se deduce de la película, que los personajes señalan y resuelven, pero es algo que quizá intencionadamente no se subraya porque, en mi opinión, la intención de la película no es tanto construir un whodunit, sino una reflexión o análisis político de un contexto social concreto.

Según la lógica planteada más arriba, los crímenes no eran consecuencia de una sola mente, sino de una concatenación de sucesos que desembocaban en tragedia. Todos estaban al corriente de lo que ocurría, pero nadie hablaba porque sabían que era lo que había que hacer si querían seguir disfrutando de ese “juego” de poder con respecto a las chicas.

No obstante, sí que había un “autor intelectual” de los crímenes, aquel que provocaba que todo ocurriese. Este es Don Alfonso, el hombre del sombrero.

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Cuando los protagonistas descubren esto e intentan detenerle, se encuentran con que el Juez Andrade se lo impide. Don Alfonso es alguien importante y mucho más en ese momento, con una huelga de jornaleros y una situación de escasez agrícola. No, Don Alfonso es intocable, no se le puede detener.

Cuando Juan y Pedro detienen a Sebastian, el guardés, el Juez le carga con los crímenes y compra el silencio de los policías con el reconocimiento público por haber cerrado el caso y devolviéndoles sus antiguos puestos en Madrid. 

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Tenemos por tanto a una población civil que mira para otro lado ante los crímenes de Don Alfonso. A una institución local que protege al terrateniente con tal de mantener el orden social establecido y también tenemos a los dos protagonistas que acatan las órdenes del Juez, asumiendo la impunidad de Don Alfonso y que lejos de oponerse a ella, se benefician. Esto es fundamental para la historia, porque pone de manifiesto una gran construcción de los dos personajes protagonistas. Ambos están escritos de manera especifica para la trama y viceversa. No solo eso, la definición de cada uno de los dos personajes protagonistas permiten hacer una traducción que trasciende a la película: Juan es un policía que perteneció la antigua Brigada político-social, es decir, un personaje que pertenece a la vieja España. Pedro, por su parte, es un joven progresista que ha entrado en la policía con la llegada de la democracia y que reclama la limpieza y democratización del cuerpo. Por lo tanto, una representación de la nueva España. Siendo así, ese momento en que ambos policías acatan las órdenes del Juez Andrade, dejando a Don Alfonso impune, se puede entender como metáfora de una sociedad que se encontraba en un proceso de transición construido sobre la impunidad de una sociedad criminal y opresora, una vieja España que agoniza pero que no acaba de morir (recordemos ese estado insalubre de Juan durante todo el metraje, que parece anticipar una muerte que no acaba de llegar) y sobre la aceptación y silencio comprado de una nueva sociedad emergente y progresista. Una nueva España que se veía a sí misma en los ojos de la vieja España que quería derrocar. La parte por el todo.

Es cierto que la película ha manejado ese simbolismo durante todo el metraje -¿son los pájaros que se presentan ante Juan en sus momentos más críticos como señal de que ha llegado la hora de irse, de emigrar, una analogía del simbolismo franquista?-, pero creo que esto no se revela hasta el final -el último diálogo de la película es de Juan hacia Pedro: “¿Todo en orden?”, una expresión que certifica aún más si cabe, ese pacto tácito de las dos Españas-. Solo entonces se entiende que el motivo de esta película nace de intentar trasladar esta tesis y no tanto de un juego de enigma sobre el auténtico asesino.

Por eso creo que generó tantas dudas cuando se estrenó. Parte de esa “resistencia” a aceptar el final planteado, puede venir porque desde mi punto de vista se rompe el pacto que establece la película con el espectador, puesto que cuando la tesis toma el control de la película se olvida por completo de la resolución de la trama. Quiero decir, durante el primer y segundo acto, la película sí que sigue un esquema clásico de cine policiaco o de investigación con un enigma. Un esquema que el espectador conoce y le es cómodo, donde cree establecer un contrato con la película que le permite “jugar” a ser él el detective. Cuando llegamos al tercer acto, con las cartas ya sobre la mesa, la película cambia ese lenguaje, hasta ahora más narrativo basado en la peripecia y se empieza a mover en un terreno más reflexivo. El espectador ya no puede anticiparse a nada, ya no puede participar. Se le han cambiado las reglas del juego de golpe y eso genera confusión.

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Espero no haber sido muy obtuso. Creo que la película funciona y es coherente. Si el único problema que se le puede acusar es que ha generado debate, pues qué suerte, ojalá siempre haya películas que nos permitan debatir o hacer post como estos.


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