LA VERGÜENCICA

22 noviembre, 2013

Por Natxo López

Vergüencica

Cuando tenía unos 16 años participé en la organización de las “fiestas colegiales” de mi colegio, un evento anual en el que los alumnos de los últimos cursos se juntaban para montar actuaciones teatrales, musicales, concursos y festividades varias… Un grupo de colegas que tocaban distintos instrumentos decidieron organizar un pequeño concierto de rock. Tenían dos guitarras eléctricas, un bajo, teclista y batería. Sólo les faltaba un cantante. Y me propusieron a mí hacerlo. Yo no había cantado delante de ningún tipo de público en mi vida, pero siempre he sido muy de apuntarme a un bombardeo y dije que SÍ. A lo loco.

Teníamos que prepararnos cuatro o cinco canciones. Elegimos temas de Guns´n Roses, Queen, AC/DC… Sí, tal y como estáis pensando, todos ellos muy FÁCILES DE CANTAR. Tras dos o tres ensayos rápidos (porque un exceso de ensayos puede matar la creatividad), allí nos plantamos dispuestos a emular a nuestros ídolos del rock delante de los alumnos del colegio, no más de dos mil chavales en esas edades en las que eres tan comprensivo con los demás.

No recuerdo casi nada del concierto, aparte de que no salió tan bien como habíamos imaginado en nuestra cabeza. Lo que sí recuerdo es que cuando terminamos, yo descendí tranquilamente del escenario y, sin que nadie me viera -espero-, me escondí debajo de una pila de abrigos que la gente había amontonado detrás del escenario. Y permanecí allí sumergido durante una media hora. Efectivamente: con 16 años me escondí debajo de un montón de abrigos para ahuyentar dentro de lo posible la sensación de bochorno que me invadía.

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En mis primeros años de universidad solía escribir pequeños relatos que a veces enviaba a concursos. Nunca ganaba ninguno, seguramente porque los miembros de los distintos jurados no tenían la categoría suficiente como para comprender la complejidad de mi prosa. Pero yo seguía insistiendo, tenía diskettes enteros llenos de pequeñas historias transgresoras e incisivas a la altura del mejor Chandler. Como yo quería que alguien las leyera para que mi talento recibiera el reconocimiento que merecía, tuve una revelación y decidí autopublicarme.

Empecé a fotocopiar los escritos a doble página y los grapaba por el medio para crear un pequeño fancine que titulé “Historias del Desconcierto”. Y se lo vendía a mis amigos por 200 pesetas. Sí, se lo vendía a mis amigos. Por 200 pesetas. Y algunos de ellos me los compraban. Doy por hecho que la lástima no tenía nada que ver en ello.

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Mis escarceos con la música no quedaron ahí. Además de unas tímidas pero briosas aproximaciones al universo de los cantautores, durante unos años formé parte de un coro de música folk-religiosa. Junto con dos compañeros (que hoy siguen siendo mis mejores amigos), decidimos montar un grupo por nuestra cuenta. Un grupo de música “A Capella”. Buscamos dos miembros más y empezamos a ensayar temas “Doo Wop” y a hacer arreglos vocales. Sí, en ese plan de los típicos negros cantando alrededor de un cubo con una hoguera encendida. Decidimos llamarnos “Harlem” (el nombre fue propuesta mía). Yo intentaba evitar ser el solista, aunque a veces me tocaba. Y otras veces me responsabilizaba de hacer los falsetes o los ruiditos de batería con la boca. Nos fue relativamente bien, hicimos algunos conciertos en bares e incluso fuimos invitados a algunos conocidos programas radiofónicos nacionales. Nos hicimos insparables. Estuvimos a punto de grabar un disco. Discutimos. Nos separamos. No grabamos disco. En aquella época, mi aspecto era éste:

Natxo en Harlem

Sí, llevaba tirantes. Y sí, creo que no hace falta ahondar mucho más en el asunto.

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Hace unos diez años me ofrecieron trabajo en un programa que se llamaba “¡Uau!”. No, no se trata del programa de Santi Millán en Cuatro, sino de uno anterior que consistía básicamente en emitir concursos de habilidad de perros, de esos en los que tienen que saltar y correr y agacharse y dirblar siguiendo un circuito cerrado. ¿Que por qué necesitaban guionistas? Porque cada cinco minutos, entre carrera y carrera, se intercalaban breves sketches en los que se mostraba a dos o tres perros sobre un sofá que hacían chistes. Sí, oíamos sus voces “en off” haciendo chistes sobre las carreras que acabábamos de ver, en plan “ese acaba de meter la pata”. “Ya te digo, qué vida más perra”. Pues así me casqué más de 200 chistes a lo largo de dos temporadas, después de visionar horas y horas de imágenes de distintos perros sobre sofás, con el fin de encontrar los momentos en los que hacían algún gesto divertido que pudiera considerarse “acting gracioso”.

También escribí, algún tiempo después, para otra productora, un piloto de encargo sobre los trabajadores de un Acuario, cuya trama principal contaba que un delfín se ponía muy enfermo y todos temían por su vida… hasta que descubrían que no estaba enfermo, sino triste. Gracias a dios, al final conseguían salvarlo buscándole a una delfina guapa. El piloto, de hecho, llegó a rodarse -en el Oceanografic de Valencia, cómo no- y a presentarse en algunas cadenas.

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¿Por qué les cuento todo esto? Porque son algunas de las cosas que he hecho en mi vida que más vergüencica me provocan cuando echo la vista atrás, junto con algunos guiones y textos que he escrito y que por suerte nadie podrá leer nunca. Pero en realidad no es una vergüenza mala. En la mayoría de los casos -excepto quizá en el de la montaña de abrigos- se trata de un pundonor a posteriori, fruto del paso de los años y del cambio de perspectiva. Las cosas, vistas con distancia, pueden resultarnos aterradoramente infantiles, pueriles e hirientes para nuestra sensibilidad adulta. Pero, al mismo tiempo, todas esas indignidades forman parte de nuestro bagaje personal y de nuestra formación como profesionales. Todas, incluso las más idiotas o fallidas.

Cualquier chavalín o chavalina que quiera dedicarse a un oficio como el de la escritura de guiones debe asumir que tiene que empezar por algún sitio. Y lo normal -a no ser que uno sea un Mozart del Final Draft- es que uno empiece por escribir mierda, por malcopiar, por equivocarse mucho, por narrar desde el egocentrismo y el desconocimiento o desprecio de las normas más elementales de la lógica narrativa. No conozco a nadie que haya escrito un primer guión brillante. Pero sí conozco a muchos -incluido yo mismo- que, en el momento de escribirlo, estaban convencidos de haber creado una obra maestra.

No pasa nada, forma parte del proceso. Sin esa locura e inconsciencia de los primeros años en los que se forma un creador, nadie se atrevería nunca a intentar nada, porque es imposible aguantar la comparación con los genios consagrados. Hay que quitarse el miedo a no gustar o a fracasar. Hay que lanzarse a la arena y hay que hacerlo aunque uno no tenga ni puta idea de cómo enfrentarse a los leones de la mediocridad. Sólo así se aprende, se mejora, se supera uno a sí mismo.

Como muchos de los comentarios de este blog han dejado claro, algunas de las preguntas que nos llegan al consultorio de Bloguionistas por parte de jóvenes aspirantes adolecen de un exceso de osadía mezclado con una dosis fuerte de arrogancia y con un evidente desconocimiento del oficio. Pero no creo que sea para tanto. Lejos de provocarme ningún tipo de enojo, me resulta algo muy reconocible y lógico. Hay que esforzarse por ser comprensivo con la gente que está empezando, porque sus errores, sus primeros pasos torpes, casi siempre tienen más que ver con la juventud y la inexperiencia que con la falta de talento.

Y lo creo, sobre todo, porque yo fui uno de ellos. Y de los peores. Y, en cierto modo, uno siempre lo sigue siendo. Igual que lo han sido cualquiera de los mejores guionistas, escritores, músicos, artistas o creadores de cualquier condición a los que ustedes admiren. Todos empezaron por la mierda. Pero, por suerte, algunos de ellos sacaron la cabeza de entre la mugre y acabaron llegando a algún sitio interesante. Lo importante no es dónde empiezas, sino el proceso que haces, el camino que recorres. Incluso más que el lugar al que te diriges (¿La fama? ¿La riqueza? ¿Qué debería importar eso cuando tienes la fortuna de haber elegido un oficio que te apasiona?).

Hay que asumirlo. Si nos dedicamos a estos menesteres, vamos a pasar lacha de la buena. Rememoraremos experiencias embarazosas, releeremos viejos textos vergonzosos y nos descubriremos en fotos antiguas haciendo el canelo, creyéndonos los reyes del mambo cuando no éramos más que los tíos más cutres, borrachos, ridículos y malvestidos del karaoke.

Pero, a fin de cuentas, eso es lo bonito, ¿no?  Ya saben, todo lo de la oruga y la mariposa y el patito feo y esas cosas. ¿No es un proceso maravilloso? Pues sí, lo es.

Venga, ¿quién se atreve a contar sus mejores vergüenzas?


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