SOBRE STAR WARS. SIN SPOILERS. SIN NOSTALGIA. SIN SANGRE.

6 enero, 2016

yoda

Por Juanjo Ramírez Mascaró.

El último tramo del 2015 ha sido realmente convulso, lleno de desencuentros, una prueba de que en pleno S. XXI sigue habiendo dos Españas enfrentadas y dos tipos de ser humano, en general. Me refiero, evidentemente, a las polémicas sobre si el Episodio 7 de Star Wars ha sido bueno o malo.

A mí personalmente no me ha convencido la nueva entrega de la saga, pero no he venido aquí a despedazarla. Escribo en son de paz. La opinión de los defensores del Episodio 7 me parece tan respetable como la mía y me producen urticaria esos artículos pedantes que ponen la peli a parir, mirando por encima del hombro a los fans (y a la propia saga) con esa condescendencia odiosa del perdonavidas frustrado.

Me quedo con la otra cara de la moneda, con el “reverso luminoso”: La controversia que acompaña al producto de Abrams ha llenado internet de debates interesantísimos que van más allá de la propia película.

Llevo varias semanas dejándome enredar en discusiones que empiezan con El Despertar de la Fuerza y acaban convirtiéndose en tertulias apasionantes sobre construcción de guiones.

Así pues, como os decía, mi intención aquí no es criticar la película, sino comentar algunas conclusiones generales a las que he llegado analizando fallos y aciertos de los episodios 4 y 7.

En estos días me ha sucedido más de una vez lo que contaba el bloguionista David Muñoz en su twitter: Cada vez que saco a relucir algún problema de El Despertar de la Fuerza, el fan empedernido replica que el Episodio 4 de George Lucas era igual de fallido y presentaba esos mismos problemas. Sostienen que en su día te gustó la peli original porque eras un niño sin capacidad crítica y te reprochan que no sepas contemplar esta nueva entrega con la misma actitud infantil y con la misma falta de criterio.

Si entramos en esas arenas movedizas, hay que dejar un par de cosas claras:

1- Los niños tienen un criterio distinto al de un adulto, pero no se tragan cualquier cosa que les eches. Yo cuando era crío percibía que las pelis de los ewoks eran más chungas que las de Star Wars. También sabía que si me acercaba demasiado a la peli de Masters del Universo podría contraer el sida, como poco.

2- Star Wars siempre me gustó mucho, pero nunca fui fan acérrimo. A mí me dolió más lo que hicieron con Indy 4 que todas las precuelas del joven Annakin. Por eso mismo me considero capaz de analizar la primera peli de Star Wars sin dejarme contaminar por la nostalgia.

Y tras marear la perdiz durante tropecientos párrafos, quizá haya llegado el momento de contaros de qué demonios pretendo hablar aquí:

Los personajes.

Cuando digo que el personaje de Rey (episodio 7) me parece plano, desprovisto de carencias y de evolución, me replican que Luke era aún más plano y mucho más soso.

Si digo que el personaje de Kylo Ren me parece ambiguo en el mal sentido, poco claro… replican que Vader era peor personaje, que ni siquiera estaba construido y lo aceptábamos “porque sí”.

Yo creo que en una historia las cosas no se aceptan “porque sí”. Simplemente se aceptan o no se aceptan, y por algo será, aunque no nos demos cuenta.

Ya dije que no era mi intención arremeter contra la peli nueva. Lo que pretendo más bien es reflexionar sobre por qué me funcionaba la antigua.

Yo personalmente creo que acepto a Luke, a Vader, a Solo o a Kenobi en la primera peli porque son arquetipos y no intentan renegar de ello.

Con el estreno de esta película el ciberespacio se ha llenado de disertaciones sobre los arquetipos, el monomito, el viaje del héroe… A Jung y a Campbell le deben estar pitando los oídos, allá donde estén.

Los personajes arquetípicos se desplazan por la trama como los astros por el cielo: con trayectorias incuestionables, inmutables. Acaso tienen más de engranaje de relojería que de persona.

Por eso en las primeras pelis nadie cuestiona por qué Luke hace esto o deja de hacer lo otro. Por eso nadie necesita saber demasiadas cosas sobre el pasado de los personajes para aceptarlos.

Eso no significa que sean menos interesantes. El personaje “complejo” y el arquetípico son igualmente apasionantes, pero a lo mejor están hechos para encajar en distintos tipos de historia. Quizá todo dependa de si buscamos un mayor calado psicológico o una grandeza de resonancias mitológicas.

Así mismo, un personaje de psicología compleja será útil para ahondar en terrenos vedados para el arquetipo puro y duro, pero entorpecerá en otro tipo de historias, desentonando como un tío vestido de esmoquin en una playa nudista.

El problema de los personajes del Episodio 7, siempre desde mi opinión personal e intransferible, es que intentan partir de los arquetipos originales… pero maquillándolos con un ápice de profundidad barata, como el tipo que se rocía con desodorante porque lleva varios días sin ducharse. Intentan inflar el arquetipo con unos retazos de trasfondo, con conflictos más complejos… pero la cosa se queda a medio cocinar, o quizá se nota demasiado que esos intríngulis de los personajes no han surgido desde el corazón de la propia historia, sino que han sido injertados a posteriori como hormonas a un pollo. Insisto: Es sólo mi opinión. No pretende ir a misa. Pero así es como veo personalmente a los personajes de la nueva entrega: un intento de hacer crecer el arquetipo para que parezca “algo más serio”, a pesar de que pocas cosas me parecen más serias que un arquetipo, y a pesar de que… algo me dice que el intento se les ha quedao a medio camino, y ya lo decía Yoda en mi episodio favorito de la saga: “Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes.”

Confieso que me cabrea eso de que se mire por encima del hombro al personaje arquetípico. Creo que en gran parte sucede porque en muchas ocasiones acabamos confundiendo “arquetipo” con “estereotipo”.

Tal y como yo lo veo (y a riesgo de que Jung se revuelva en su tumba) los arquetipos serían algo así como rutas hacia las regiones más delicadas y poderosas de nuestro sistema operativo. El estereotipo, en cambio, sería más bien el icono que tenemos en el escritorio del ordenador, para acceder a esos rincones con un solo click. Un icono cuyo diseño puede ser más sofisticado o más hortera.

Así pues, el cliché, lo estereotípico… no es tanto un problema de recurrir al mismo arquetipo una y otra vez como un problema de qué disfraz le eliges para presentarlo en sociedad.

El arquetipo huye de las jaulas del cliché recurriendo a argucias formales. Luke reinventa al rey Arturo porque su espada Escalibur no es de metal, sino de láser. Diseñar un mago mentor como Merlín o Gandalf te hará caer en el cliché en una sociedad acostumbrada a los cuentos de hadas, pero si lo diseñas negro, calvo y con gabardina como el Morfeo de Matrix, o viejo verde libidinoso como el Maestro Tortuga de Dragon Ball, o cruel como el Pai Mei de Kill Bill

A veces se innova simplemente presentando al personaje con adornos distintos, otras veces la clave está en el ángulo desde el que enfocamos al arquetipo. Suelen tener dos caras: una más amigable y otra más hostil. El mismo Dios que te cuida, destruye tus cosechas si le pillas en un mal día.

Estamos sometidos a fuerzas invisibles que no podemos controlar, y a veces pienso que despreciamos a los personajes arquetípicos precisamente por eso: Porque contar tu historia con arquetipos implica renunciar al control. Los personajes arquetípicos son espejos, jarrones vacíos que cada lector llena con sus propios anhelos. En cierto modo, la mitad de una historia arquetípica la escribe el espectador, completándola con sus propias carencias o sus situaciones vitales concretas.

Creo que en muchas ocasiones necesitamos enturbiar al arquetipo para hacerlo “más carne”, más “nosotros”. Es difícil identificarse hasta la médula con un solo arquetipo, porque las personas reales solemos estar definidas por el influjo de más de un arquetipo, o más de dos, o más de tres. Somos cócteles.

Pero… qué queréis que os diga… He escrito este artículo en el móvil, tecleando desde un par de bares, y durante el tiempo que he tardado en escribirlo se han encaramado a la barra cuatro tíos distintos, dándole la brasa al camarero. Los típicos parroquianos de bar, todos hablando igual de alto, igual de borrachos, dando las mismas palmaditas en la barra, como intentando negarnos a los demás el derecho a ignorarles, como si temiesen dejar de existir si los demás dejamos de prestarles atención, como temen las hadas de los cuentos de ídem. Cuatro tíos distintos, pero todos soltando las mismas frases hechas al son de la misma música…

Os juro que eran cuatro personas distintas, pero si las interpretase el mismo actor nadie notaría la diferencia. Parecen escritos por el mismo guionista. Quizá esos personajes que llamamos “reales”, esos personajes tan de carne, tan complejos… son más artificiales que el dichoso cliché. Quizá lo que realmente abunda es ese rebaño diseñado para encajar en el arquetipo, dócilmente. Estamos cortados por los mismos patrones.

Mientras tecleo esto aún tengo a uno de esos cuatro parroquianos arquetípicos perforándome el tímpano. Y aunque sé que no lo haré, fantaseo con la idea de matarle para poder incluir en este post: “ALERTA. SPOILER. MUERE ALGUIEN.”

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¿NOS PODEMOS CAGAR EN LO SAGRADO?

29 enero, 2015

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Por Juanjo Ramírez Mascaró.

Terminé mi post anterior diciendo que escribiría una continuación en breve. Odio ser tan predecible, pero aquí está la continuación.

Hablábamos sobre el poder de los símbolos, sobre su carácter sagrado y planteábamos una pregunta a raíz del funesto atentado de Charlie Hebdo y los consiguientes – y cansinos – debates acerca de si deben o no existir límites para la libertad de expresión.

Si aceptamos que los símbolos tienen ese poder casi mágico, que nos permiten conectar con otros mundos que están incluso por encima de lo humano… podríamos pensar que cometemos un pecado muy jodido cuando nos burlamos de esos símbolos con mayúsculas: ésos que sustentan las creencias y las religiones más arraigadas en nuestro planeta.

Nos referimos a símbolos que se consideran sagrados en sus respectivas culturas.

Pero, ¿realmente lo son?

Yo suelo hacer una distinción que, una vez más, es totalmente personal:

Por una parte está el arquetipo: Eterno, inmutable, probablemente existiendo en alguna dimensión inmaterial incluso antes que la propia Humanidad. Los arquetipos nos definen de una manera muy atávica, están en otra liga. Ni siquiera podemos comprenderlos y asimilarlos en su totalidad.

Por otra parte está el símbolo: Tal y como yo lo veo, el símbolo es un disfraz transitorio, una piel de serpiente con la que el arquetipo se disfraza para encajar y hacerse comprensible para las mentes concretas de un determinado período, una determinada geografía, un determinado contexto.

Del mismo modo en que un Dios puede encarnarse en un Cristo para mostrarse más accesible y más útil para ciertas mentes en ciertas circunstancias, creo que un arquetipo (eterno e inmutable) puede encarnarse en un símbolo transitorio para ser comprendido también por “ciertas mentes en ciertas circunstancias”.

Así pues: ¿Qué diferencia hay entre cagarse en un símbolo y cagarse en un arquetipo?

En mi opinión, el arquetipo está más allá de nosotros y no podríamos corromperlo aunque quisiéramos.

En cuanto al símbolo… creo que tenemos la capacidad e incluso EL DEBER de corromperlo.

Los tiempos cambian, el ser humano cambia, las civilizaciones cambian… Aunque el arquetipo siga vigente, creo que los símbolos pueden quedar obsoletos, e incluso se agradece que exista gente que se dedique a fiscalizarlos y ponerlos continuamente a prueba. Algo me dice que los símbolos (al igual que los políticos) no deben acomodarse en el trono durante demasiado tiempo; algo me dice que deben demostrar continuamente que están en condiciones de seguir reinando. Un símbolo, en mi opinión, debe ser como un león preparado para que cada día vengan otros leones a disputarle el liderazgo de la manada.

Me viene a la memoria un ensayo de Carl Gustav Jung en el que diseccionaba todos los símbolos del ritual de la misa cristiana y explicaba a qué arquetipo aludía cada fase del proceso, y de qué simbologías paganas provenía. Eso no desacredita los ritos cristianos. Todo lo contrario: Demuestra que brotan de un manantial muy poderoso, aunque al mismo tiempo sugiere que los símbolos de cualquier religión son un idioma más entre muchísimos otros. Lo sagrado no entiende de idiomas, ni de contratos de exclusividad.

Supongo que la cosa se complica cuando ciertos símbolos se manchan de connotaciones político-económicas. Cuando el dinero y el poder entran en juego, la manipulación no tarda en llegar. Quizá somos más susceptibles con algunos símbolos porque nos han condicionado como a perros de Paulov para que los respetemos de manera incondicional. Premio – castigo. Estímulo – respuesta.

Personalmente creo que tan válida es la virgen (a nivel simbólico) como la venus de Willendorf, tan válido Alá como la rueda del karma, tan válido el Cristo que resucita como el Fénix que resurge de sus propias cenizas o el Super Mario que continuamente muere para volver a jugar su fase una y mil veces.

También creo que quienes nos dedicamos a contar historias tenemos, en cierto modo, la responsabilidad de mantener a los símbolos entrenaos, en forma: contribuir a que no se estanquen, a que se renueven en lugar de pudrirse.

¿Nos legitima eso para cagarnos en Dios, mearnos en la virgen, escupir sobre Alá?

Allá cada cuál.

Personalmente opino que una cosa es no respetar un símbolo y otra muy distinta no respetar a las personas que creen en dicho símbolo.

Como ya dije en este otro post, es casi imposible hacer humor sin molestar.

Actualmente trabajo en un programa que pretende hacer reír sin ofender a nadie. Es bonito comprobar que puede hacerse, y es un reto bastante estimulante. Aun así, creo que no todo el humor debe ser así. Es más: Os aseguro por experiencia propia que el hecho de no querer ofender no es garantía de que no vayas a ofender.

A pesar de ello, no simpatizo con esa gente que se dedica a “ofender por ofender“; no simpatizo con aquéllos que se regodean haciendo daño a otras personas con sus palabras, con sus chistes.

Yo tengo la tendencia – incluso la necesidad – de ser iconoclasta, bruto… Tengo, por llamarlo de algún modo, la necesidad de provocar.

Sin embargo pienso que existe – no me preguntéis por qué – una sutil diferencia entre “ofender” y “provocar”.

“Provocar” es una palabra que puede tener connotaciones positivas. Una palabra relacionada con “inducir a un cambio”, con ayudar a producir un vómito necesario. La provocación, aunque molesta, puede albergar una intención constructiva, incluso filantrópica.

Cuando ofendo a alguien con mis palabras no me siento bien al respecto. Eso no significa que me reprima. Me callo pocas cosas cuando escribo. Pero si a alguien le sienta mal algo de lo que digo procuro disculparme y hacerle entender que no tenía intención de molestarle. He de decir que en algunas ocasiones es esa otra persona la que no atiende razones y está más dispuesta a ofenderme a mí que a escuchar mis explicaciones. En esos casos, creo que lo suyo es seguir recurriendo al sentido del humor. Para que una persona atienda a razones, primero debe querer atender a razones, y muchas veces disfrazamos de actitud racional nuestra necesidad de escupir serpientes por la boca. Nos vanagloriamos de ser seres civilizados, pero seguimos teniendo mucho de animales pre-racionales. Nuestra civilización es un castillo de naipes cimentado en ese “horror” del que hablaba Joseph Conrad en El Corazón de las Tinieblas.

Somos criaturas contradictorias, complicadas. Por eso en lo que a relaciones humanas se refiere creo más en el mundo de las intenciones que en el frío mundo de las causas y efectos.

Yo me solivianto cuando alguien insulta a Steven Spielberg del mismo modo en que algunos se soliviantan cuando alguien se burla de Cristo o de Mahoma, pero sé que, en la mayoría de los casos, la intención no es dañina. “Perdónalos, Spielberg, porque no saben lo que dicen.

Y con respecto al poder de los símbolos, ¿qué los hace poderosos? Quizá las miserias y las grandezas humanas, quizá el hecho de que exista gente capaz de morir y matar por dichos símbolos, quizá una cuerda floja aterradora con un extremo atado en ese “horror” de Joseph Conrad que nos convierte en animales y con el otro extremo anudado en las aspas de los molinos de Cervantes, que giran y luchan – desesperada, infatigablemente – por convertirnos en humanos.


NOS DEDICAMOS A LA MAGIA Y NI NOS DAMOS CUENTA

19 enero, 2015

mago

Por Juanjo Ramírez Mascaró.

El mundo de los dioses, el país de las hadas, el Cielo y el Infierno, la realidad neuménica, el inconsciente colectivo.

Filósofos, profetas, alquimistas, chamanes de todos los rincones del planeta. Todos ellos hablan de lo mismo,  quizá con distintas palabras, quizá con distintos enfoques: Existe un mundo misterioso, sobrenatural, puede que invisible, puede que dentro de nosotros,  puede que fuera o puede que en ambos sitios a la vez.

Se trata, en todos los casos, de un mundo al que los humanos no pueden acceder con plenos derechos debido a sus mentes mortales, limitadas, contingentes. Y, también en todos los casos, se propone que los humanos nos comuniquemos con ese mundo sobrenatural a través de la misma clase de puentes:

Los símbolos.

En eso coinciden, aun a regañadientes, aun casi sin saberlo… alquimistas y psicólogos, párrocos y chamanes.

Y es por ello que cuando digo – y lo digo muy a menudo – que los escritores hacemos magia, no lo digo por decir. Hacemos magia. Combinamos unos extraños dibujos que llamamos letras y con ellos invocamos símbolos: cabinas de teleportación, ventanas para vislumbrar ese país de las hadas, ese inconsciente insondable (hay términos para todos los gustos)

Hacemos magia.

Y es una magia poderosa, arcana,  maravillosa, puede que peligrosa. Dos o tres símbolos plantados en las cabezas adecuadas pueden despertar demasiadas cosas.

Y a pesar de ello, muy pocas veces me encuentro con guionistas que hablen sobre símbolos. En muchas ocasiones incluso me miran raro si hablo yo de ello. Eso no quiere decir que no trabajen con símbolos. Trabajamos con símbolos aunque no queramos, o aunque no lo sepamos.

El humano es un ser simbólico. Está en nuestra naturaleza.

Del mismo modo en que no necesitamos saber cómo funciona un átomo para vivir a base de interacciones de átomos, creo que no necesitamos conocer los símbolos para emanarlos, ni para que nos afecten de ciertas formas.

A pesar de ello, creo que un escritor que no sea consciente del poder de los símbolos es algo así como un niño con una pistola cargada.

Creo que cualquier historia gana mucho si plantamos los símbolos adecuados en los lugares adecuados. Si tu prota tiene que golpear a su antagonista en tu peli,  no hagas que le golpee con cualquier cosa. Busca un objeto con carga simbólica. Imagina, por ejemplo, que el personaje golpea a alguien con una estatuilla de la torre Eiffel. Se trata de un monumento con muchas connotaciones. Para empezar,  remite a París (imagínate la carga emocional que supondría para el personaje de Rick en Casablanca) y según el contexto de la peli o el público al que te dirijas, esa torre podrá representar a su vez los valores de la Revolución Francesa, la Revolución Industrial o incluso (hilando muy fino) convertirse en simbología masónica.

Otro ejemplo: El final de “La Jungla de Cristal” no sería tan potente si la manera elegida para matar al malo no fuese la de Holly desprendiéndose del reloj que le han regalado en su empresa por ser la mejor trabajadora. Al principio de la película, ese reloj adquiere una carga simbólica. Representa la vida de la Holly que se aleja de John McClaine, representa todo aquello que los separa, representa un mundo artificial y pretencioso en el que el prota no encaja.

Si nos ponemos finos, incluso podemos establecer analogías entre la torre Nakatomi y la torre de Babel.

En los dos ejemplos anteriores nos referimos a símbolos “en minúscula”. Símbolos que han surgido de la propia dinámica interna de la historia, a base relacionar unos elementos con otros. O símbolos que surgen a causa de convenciones sociales. Estoy seguro de que esta clase de símbolos tienen un nombre más apropiado y ortodoxo, pero yo no soy semiótico, soy mago.

No obstante, existen otra clase de símbolos más antiguos, quizá más poderosos y más crípticos, que se infiltran en todas las historias (y en todos los aspectos de nuestra vida) lo queramos o no.

Entraríamos en el terreno de lo que Jung bautizó como arquetipos. Patrones que configuran nuestra mente en un sentido atávico, puede que de manera innata. Patrones que ya eran poderosos antes de que existiese el ser humano, casi en la misma liga que las ideas platónicas o las categorías kantianas. Entidades abstractas que se concretan en símbolos.  Símbolos tan poderosos, tan “universales” que producen efectos similares en todas las culturas del planeta.

Lo más unívoco y reduccionista sería quedarnos con la interpretación freudiana, según la cuál la torre Nakatomi y la estatuilla de la torre Eiffel serían símbolos fálicos. Y algo de eso hay, al menos en mi opinión. Creo que en nuestra mente hay una especie de clítoris conceptual que se activa cuando tiene un falo símbolo delante. Es quizá el mismo resorte mental que invoca úteros y energías femeninas cada vez que aparece una gruta con un tesoro, una ostra con una perla o un recipiente en el que se da de beber al sediento.

Yo,  por mi parte (soy consciente de que esta frase suena un poco odiosa, pero tengo aficiones odiosas) me considero más de Jung que de Freud. Creo que la simbología sexual es omnipresente, pero no es la única. En cualquier historia encontramos otros arquetipos igual de poderosos. A mí a veces incluso me resulta claustrofóbico no poder escapar de ciertos patrones recurrentes, como la montaña y la pirámide como símbolos de ascensión, de iniciación… o el hecho de que cada vez que uses un sótano en tu historia estarás aludiendo al subconsciente, o resignarse a que el 80% de las veces, lo quieras o no,  tu prota va a seguir el itinerario que le marquen los viajes del héroe de los Voglers y Campbells de turno.

Algunos dirán que todo esto son chorradas, que ellos escriben pelis y disfrutan de pelis sin necesidad de contemplar estas masturbaciones mentales. A lo mejor tienen razón, pero yo opino – como decía al principio – que quien no observa los símbolos los transmite sin saberlo, como una enfermedad venérea… y quien ignora los símbolos es más susceptible de ser influido por ellos.

Creo que muchas películas nos calan hasta el tuétano debido a su carga simbólica, aunque no nos hayamos detenido a analizarla. No voy a hablar de Hitchcock y Buñuel,  porque ya debéis estar hasta las narices de que os hablen de Hitchcock y Buñuel. Hablaré de pelis que golpearon de lleno a mi generación:

Cuando vimos “Dentro del Laberinto” no sabíamos que estábamos viendo una metáfora sobre la pubertad.

Cuando vimos “Tron” no sospechábamos que ahí había una alegoría de Jesucristo.

Quizá nunca nos planteamos por qué era más poderoso que el nombre de Bitelchús tuviese que pronunciarse tres veces (no dos,  ni cuatro o cinco).

Quizá una parte de nosotros sabía sin saberlo que cuando Rocky ascendía por los peldaños de la escalinata del Museo de Arte de Philadelphia estaba subiendo algo más que una escalera.

Quizá cuando veíamos de pequeños aquella película de Spielberg creíamos que trataba solamente de un pez grande que mataba gente.

Pero había un poder muy visceral en todas esas pelis (y en muchas otras) que nos removía a un nivel profundísimo. Hay símbolos tan atávicos que incluso un niño los acusa aunque no los entienda de manera consciente.

Es por ello que siempre recomiendo a cualquiera que se dedique a contar historias que preste un mínimo de atención a los símbolos. No sé… leer un par de cositas de Jung, tener unas nociones básicas de mitología (europea, o china, o maya, o jopi o la que sea) o yo qué sé… familiarizarse un poco con los arcanos del tarot.

Yo no soy un experto en ninguna de esas cosas, y nunca lo seré… pero me parece interesante picotear en las trastiendas mentales.

Como suele ocurrirme, este post se ha alargado demasiado. Pensaba continuarlo hablando sobre el funestísimo (escalofriante) atentado de Charlie Hebdo. ¿Hasta qué punto los símbolos son sagrados? ¿Tienen razón el Papa y los terroristas – perdón por mencionarlos en la misma frase – cuando dicen que no debemos defecar en lo sagrado?

Creo que ya dejé clara mi postura sobre los límites del humor en este otro post,  pero los sucesos de los últimos días merecen un segundo artículo que, a lo mejor,  escribo en breve.


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