DENTISTAS Y MEJILLONES: PARA QUÉ SIRVE EL ARTE.

22 marzo, 2017

Por Juanjo Ramírez Mascaró.

Mi novia me ha hecho el mejor regalo de cumpleaños del mundo. Compró entradas para ver en directo a Faemino y Cansado. Mañana.

Llevo un par de días rememorando uno de mis números favoritos de ese dúo prodigioso: El comúnmente conocido como PELUCHOS MEJILLONIMUS:

Si nunca lo habéis visto os recomiendo que lo hagáis, aunque no es indispensable para entender este post.

Yo, además de troncharme de risa con ese sketch, encuentro algo poderosísimo en él. Algo que sólo os puedo explicar espoileándolo. No os preocupéis: por mucho que os espoilee, lo vais a disfrutar igual.

PELUCHOS MEJILLONIMUS trata sobre un tipo al que se le queda enganchada en una muela ese típico alga… esa pelambrera que llevan incorporada algunos mejillones. El tipo en cuestión, para solucionarlo, acude al dentista.

Y aquí empieza lo bueno:

Cuando el tipo (Faemino) llega al dentista, se produce una inversión de roles. Normalmente es el paciente quien llega a la consulta del dentista intimidado, acojonado. AQUÍ NO. En Peluchos Mejillonimus el paciente entra comiéndose el mundo, “muy sobrao”, humillando al dentista. Y el resultado no sólo es hilarante: ¡Es liberador!

Porque ésa es una de las funciones más cojonudas del arte: Desmitificar, restarle poder – ingenio mediante – a todas las cosas que nos dan miedo o nos hacen sufrir.

Faemino y Cansado lo consiguen con algo tan cotidiano como ir a la consulta del dentista (a más de una persona… a más de dos… les he recomendado ver el Mejillonimus cuando estaban nerviosas porque al día siguiente tenían que ir a hacerse una endodoncia) pero podemos aplicar los mismos parámetros a temas bastante más jodidos:

Cáncer.
Muerte.
Maltrato.
Pedofilia.
Terrorismo.
Infanticidio.
Sida.

Cualquier tema, por lúgubre que sea, se puede transmutar en algo ¿constructivo? gracias a la ficción. Catarsis, y todas esas cosas que comentaba el griego loco aquél.

Ficcionar una realidad apacigua sus monstruos: los convierte en algo que podemos procesar, nos permite observar el asunto desde una perspectiva distinta e incluso nos ayuda a empatizar con puntos de vista que no estaríamos dispuestos a asumir si no nos desarmasen las entrañas con ese juego de lo ficcionado.

Desde el punto de vista del drama, me viene a la cabeza (por reciente) la serie Fauda, descubierta gracias a la recomendación de Ángela Armero. Se trata de un thriller israelí que juega en la liga de Homeland/24, sobre la lucha de las fuerzas especiales de Israel contra el grupo palestino Hamas. A pesar de ser una serie abiertamente “judía” con protas judíos, se percibe un esfuerzo por presentar a los palestinos como PERSONAS, con sus motivos, con sus sentimientos, con sus argumentos. Yo veía la serie y me parecía maravilloso que en Israel se hubiese apostado por una narración en la que no se demoniza al mundo islámico. Esa clase de cosas son las que cambian el mundo, a base de cambiar las percepciones de la gente.

(Inciso off topic: Los capítulos de Fadua duran menos de 40 minutos. Mientras los veía llegaba a la conclusión de que si a la serie El Príncipe le hubiesen permitido tener esa duración, sería igual de buena que Fadua, o incluso mejor)

Pero es que en comedia ocurre lo mismo, ¡e incluso más!

¿Quieres insultar a alguien en Twitter, o desearle la muerte? Pues hazlo de la manera más seria y enfadada posible, sin atisbo de ironía. ¡Ay de ti como se te ocurra hacerlo con un chiste, o de forma imaginativa! Entonces es posible que te metan en la cárcel. Porque el humor y la imaginación dan miedo. Cualquier cosa que nos haga más lúcidos o nos ayude a ver las cosas desde otra perspectiva… aterra a ciertas personas, o a ciertos organismos sociales.

Yo soy de los que piensan que parte del mérito de la extinción de ETA, aunque sea una pequeñísima parte, se la debemos a Vaya Semanita. Y creo que lo digo con cierta objetividad, porque aunque yo haya sido guionista de ese programa, cuando me incorporé a la plantilla esa batalla ya estaba ganada. Yo no viví aquello en su momento álgido, pero me consta que fue un tremendo impacto en la sociedad vasca: Que de repente se empezase a hablar (y a humorizar) en la tele sobre cosas que hasta entonces eran tabú.

A veces las grandes inmundicias de la sociedad proliferan porque nadie se atreve a pronunciarse sobre ellas. Entonces, de repente, alguien pone el asunto sobre el tablero de la mesa y la “mayoría silenciosa” descubre que no está sola.

La ficción es ese mecanismo pasivo-agresivo que se ha inventado la civilización para sacar a la luz los trapos sucios.

Y cuando los trapos sucios salen a la luz… la luz los limpia… o nos damos cuenta de que dan asco y tenemos que tirarlos a la basura.

Gracias a esos importunos que tiran la primera piedra con sus ficciones, todos nos sentimos más acompañados, ya sea en un diagnóstico de cáncer, o en una amenaza terrorista, o en nuestros trabajos de mierda, o en nuestros matrimanios fallidos, o en nuestra visita a la consulta del dentista.

La ficción, si está bien hecha y es honesta, es como afrontar a la parca y orinarle en la cara.


SALVA AL PERRO

1 febrero, 2017

sprocket

Por Juanjo Ramírez Mascaró.

El otro día coincidí con el guionista Jorge Naranjo y estuvimos conversando sobre algo que nos define a ambos: Lo mucho que amamos a los perros.

No tengo nada contra los gatos, pero yo soy de perros. Crecí con perros, jugué con perros, añoré, añoro y añoraré a perros. Le comentaba el otro día a Jorge que mi novia y yo estamos deseando adoptar uno si algún día nos lo podemos permitir: Si algún día vivimos en una casa adecuada para ello, si algún día tenemos unos horarios y unas condiciones de vida que lo permitan, unas circunstancias que garanticen la felicidad del chucho en cuestión. La contestación de Jorge podría resumirse en algo así:

– Nunca es el momento adecuado para tener un perro. Si esperas esas circunstancias idílicas, nunca llegarán. Hay que lanzarse a la piscina y meter al animal en tu vida a pesar de todo. Entonces, poco a poco, tu vida se irá adaptando a esa nueva situación o, dicho de otra manera: Te irás adaptando tú a ello.

Bueno, él lo dijo con otras palabras y con acento sevillano, pero espero haber sido fiel al concepto.

¿Por qué os cuento esto en un blog sobre guión? Porque creo que lo que acabáis de leer sobre “el mejor amigo del hombre” puede aplicarse también a ese guión de largometraje que queréis escribir “cuando llegue el momento adecuado“, o a esa novela que deseáis trasladar de vuestra cabeza al papel “cuando las circunstancias os lo permitan“, o a ese proyecto tan bonito que ojalá algún día podáis permitiros desarrollar, cuando tengáis la tranquilidad y el tiempo necesarios.

Ya sea por miedo a enfrentarse al monstruo cara a cara, ya sea por agotamiento físico y moral… nos sucede en última instancia lo mismo que con el perro. Nos decimos a nosotros mismos que ya empezaremos esa obra tan personal cuando nuestro trabajo alimenticio deje de absorbernos; o cuando vivamos en una casa mejor, con más luz, con más intimidad, con más silencio; o cuando – pelis, libros y series mediante – estemos mejor documentados sobre el tema que pretendemos abordar…

Nos pasamos la vida postponiendo adoptar al puto perro y mientras tanto alguien se nos adelanta y lo adopta en nuestro lugar, o una voz sombría en nuestra perrera interior nos susurra que estamos hartos de él y hay que sacrificarlo.

Estoy acostumbrado a escuchar a guionistas quejándose porque esa nueva peli o esa nueva serie que de repente lo está petando “se les ocurrió antes a ellos”. A mí también me sucede constantemente: Se estrenan historias que pisan ideas que ya llevaban años macerándose en mi cabeza.

Creo que nos lo merecemos, por haber remoloneado a la hora de escribirlas.

Siempre podremos justificarnos pensando que, aunque hubiésemos escrito nuestra obra, no habríamos tenido los medios o los contactos necesarios para convertirla en un éxito de crítica o de público. Justificación de cobardes, bálsamo de adictos al autosabotaje.

No obstante, la justificación favorita de los inmovilistas tiene más enjundia, incluso más sentido: “Esta historia es distinta a las demás. No puedo tomármela a la ligera. No me puedo permitir escribirla mal”.

A nadie le apetece que su hijo tenga que nacer en un pesebre.

Cuando mis circunstancias personales dificultan mi implicación en esas criaturas que realmente me apetece escribir, me viene a la memoria algo que dijo una vez una muy buena actriz que conozco, Belén López Valcárcel:

– Haz todos los días algo que te acerque un poco más a tu sueño, aunque sea únicamente comprar el sello de correos que necesitas para enviar tu videobook.

Ese sello de correos no deja de ser una metáfora de otras muchas cosas. A mí me funciona pensar en ello, incluso en los días más ajetreados: ¿Qué sello de correos compro hoy?

En el submundo del escritor ese “sello de correos” puede consistir en anotar una o dos ideas para tu historia, o en buscar en Google información para documentarte sobre algún detalle relacionado con tu obra o, si estás mejor de tiempo o de energías, escribir una única secuencia, o un par de diálogos.

Hoy, por ejemplo, entre la escritura de este post y otras obligaciones, he dado un paseo en el que he imaginado cómo le vendería a un director el guión en el que estoy trabajando ahora. Gracias a esa conversación imaginaria han surgido ideas que han hecho crecer bastante el la historia.

En otros momentos del proceso “comprar el sello” podrá equivaler literalmente a comprar el sello (o su versión más postmoderna y económica, que es enviar un mail)

Le veo dos importantes ventajas a esta actitud vital de comprar el sello:

1- Es una forma efectiva de no olvidar lo que deseas hacer, incluso en días en los que no le puedes dedicar más de 5 minutos. Y todos sabemos lo fácil que resulta olvidar lo que queremos, e incluso por qué lo queríamos.

2- A veces sólo necesitamos ese “comprar el sello”, ese empujoncito inicial para no poder parar. Escribir algo que nos ilusiona es como empezar a comer pipas. De repente ese tiempo que no teníamos aparece como por arte de magia (simplemente era tiempo que teníamos defragmentado, disperso, embargado en ratos muertos, en divagaciones sin rumbo), o de repente esas fuerzas que nos faltaban aparecen como por arte de magia, porque igual lo que nos faltaba no eran las fuerzas, sino precisamente eso: El arte y la magia.


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