RODANDO

21 marzo, 2011

Por Daniel Castro (Guionista en Chamberí)

Tengo una caja de 25 dormidinas en la mesilla de la derecha. Y una en mi cuerpo. Ahora, mientras escribo esto, la imagino, azul pastel, descendiendo por mi esófago. Aposentándose en mi estómago. Empezando a hacer lo que hagan los antihistamínicos cuando se aposentan en el estómago de un tipo que teclea en un portátil, a las 9:36 de la mañana, sentado en su cama. Tal vez su efecto sea instantáneo y el tipo no pueda llegar a completar este post. Ójala.

Con el  post incompleto, el tipo faltaría a su cita del lunes en Bloguionistas. Pero sería capaz de dormir, por fin, más de cinco horas en una noche.

El tipo siente que un dedo duro le presiona los ojos, hacia el fondo, hacia la calavera.

El tipo siente que la frase anterior le ha quedado algo tremendista. Como arrancada de los apocalípticos diarios de rodaje de Álex de la Iglesia.

Arrepentido, decide aligerar el tono. Volver a la primera persona puede ayudar.

Como ya os conté en algunos posts anteriores, estoy empezando el rodaje de algo que será un pequeño largometraje.

Las cosas van bien. Muy bien.

Bárbara Santa – Cruz ha grabado ya casi todas sus escenas. En cuanto nos ha abrazado para despedirse la hemos empezado a echar de menos. Se la recomendaría a cualquier director que busque a una actriz inteligente, divertida, profesional y muy paciente. Quien busque a una diva caprichosa puede dirigirse a otra.

Más o menos, vamos cumpliendo el plan previsto. Algunas secuencias han cobrado vida en el rodaje. Otras, en cambio, se han revelado, como el ratón muerto que siempre fueron. Lo colocas sobre la mesa de disección y, simplemente, lamentas no haberte dado cuenta de que ese corazón nunca ha latido. Que hubieras hecho un favor a mucha gente dándote cuenta de esto antes. Supongo que esa es una de las lecciones que un guionista puede sacar de un rodaje: lo que no funciona en guión, no funciona en la película. Y, con lo que cuesta grabarlo, merece mucho la pena auscultar antes el corazón de cada una de las secuencias. Sólo si hay algo que late ahí abajo, sólo entonces, merece la pena rodarla.

Acabo de bostezar. Tal vez llegue el sueño, por fin.Voy a abrirle la puerta. Os dejo.

Hasta el próximo lunes.


UNA PEQUEÑA DIGRESIÓN

16 febrero, 2011

Por Daniel Castro (Guionista en Chamberí)

Voy a mover la 17.

Sí.

Aquí, antes de la 25.

Es cojonudo, así todo encaja. Él viene de aquí: feliz y … se encuentra con la gran sorpresa, de noche, al volver a casa.

Genial. Creo que he dado con la clave. No, si cuando me pongo a ello, centrado, soy cojonudo. ¿Cómo no lo había visto antes?

Pero… ahora que lo pienso, esto afecta a esto otro: la 25 no puede ser noche. Tiene que ser día otra vez. Maldita sea. No pueden hacer el amor en un coche, al aire libre, de día. Es el párking del Mercadona. Nadie folla de día en el párking del Mercadona.

Posiblemente tampoco follen de noche, pero… es más posible. Ni siquiera he ido a un Mercadona en los últimos cinco años. Tal vez no tengan ni párking. Tal vez debería ir a documentarme. A ver si hay parkings en los Mercadonas. A ver si hay gente que los aprovecha para…

No tengo ni coche. ¿Cómo me voy a un párking de un Mercadona de noche? ¿Y, caso de llegar hasta allá, me pasearé entre los coches, mirando si hay parejas que…?

Joder. Esto de documentarse da pereza. Y suena peligroso y pervertido.

Voy a imaginar que la gente copula en los Mercadona, de noche. La gente copula donde puede, siempre que puede.

El problema real no es ese. Lo que de verdad importa es cómo hacer esa transición. De la noche del martes a la del miércoles.

Hay que meter algo de día. Lo que sea. Un desayuno, una jornada laboral… ¿Invento una nueva? Puedo poner una en la que se explica su historia de amor. Vamos, el matiz exhibicionista. Ella habla con su compañera de trabajo sobre el fetichismo de su novio: sólo hace el amor en aparcamientos de grandes superficies de alimentación. Que lo hablen. Sí, eso puede funcionar.

No. Nunca funciona una escena en la que “hablan”. Tiene que avanzar la historia. Tiene que ir a alguna parte. Por ejemplo, la compañera de trabajo la previene: cuidado con ese tipo, parece rarito y peligroso. ¿Se pone a vigilar la compañera de trabajo a su amiga, para evitar que vuelva a recaer con el follador de los aparcamientos? ¿le presenta a otro tipo que parece más normalito que su pareja actual? ¿Y si luego resulta que al “normalito” sólo le gusta copular en establecimientos de pompas fúnebres?

Suena divertido.

Sí, suena divertido pero… no sé, no sé. Esto lleva la trama por otros derroteros. No me acaba de interesar esta compañera de trabajo ni el loco de las pompas fúnebres. ¿Me voy a poner a inventar una trama para que una secuencia no sea de relleno?

No.

Volvamos a la esencia. ¿Por qué estoy contando esta mierda de historia? ¿A quién le interesa una pareja que se ve los miércoles sólo para copular en diferentes aparcamientos? ¿Dice esto algo sobre el mundo actual? ¿Si unos extraterrestres rescataran esta película de un holocausto nuclear, podrían sacar algo en claro sobre el tiempo en el que fue escrita? ¿Se refleja en esta historia la crisis actual? ¿Refleja mi mundo interior, caso de que tal cosa exista? ¿Si alguien se empeñara, podría hacer una tesis doctoral sobre ella? ¿Y si se empeñara mucho mucho?

Creo que es momento de dar una vuelta para airearse, ya estoy pensando en extraterrestres. Voy a andar un buen rato.

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Sí, señor comisario, es un varón. Complexión normal. Nariz grande, más bien alto. Tampoco mucho. Ojeras pronunciadas. No, no nos suena de nada. No llevaba cámara de fotos ni vídeo… pero sí tenía un móvil y ya sabe que ahora con eso… No, parece buen chico. Tiene tarjetas a su nombre. Incluso de la biblioteca municipal. No, la cremallera la tenía cerrada. No nos hemos fijado en el momento, pero, desde luego, desde que está en comisaría no le hemos visto que tenga signos de erección. Muy bien, comisario. Buenas noches.

Ochoa, dile al muchacho que por esta vez puede pirarse, pero que, como le volvamos a ver agazapado entre coches en el párking del Mercadona, se le va a caer el pelo.

Por cierto, Ochoa, ¿te pasa algo? ¿De verdad? ¿Era el coche de tu novia? Joder. No, no me estoy riendo. De verdad que no… ¿estás seguro? Joder, enterarse así debe de ser un buen palo.


CONSULTORIO: ¡¡THRILLER!!

1 noviembre, 2010

Por Daniel Castro (Guionista en Chamberí)

Hola, estoy tratando de escribir el guión de un policiaco. A pesar de haber escrito algún guión de televisión de este género, me doy cuenta de que tengo dificultades para manejarme con este tipo de tramas.
Hay momentos en los que me pierdo en el laberinto de mi propia historia, y otros en los que temo ser demasiado simple. ¿Me podéis recomendar alguna lectura que me de claves para hacer mi historia mejor construida y más convincente? Y con esto no pretendo que nadie me de una “fórmula”, sino principios a tener en cuenta en este tipo de historias.
Bueno, nada más, y gracias por vuestro tiempo.

C.

Hola, C., a pesar de que no soy un especialista en thriller, cuando llegó esta consulta a la espaciosa sala de correo de Bloguionistas, di un respingo. El Pianista, estaba cargando su arma recortada para salir a emprender una de sus excursiones de castigo por la ciudad, Chico Santamano repasaba un vídeo con los mejores momentos de Gran Hermano… así que, con cierta rapidez, aproveché su despiste para robar tu carta y traérmela a  casa para contestarla.

¿Por qué tenía ganas de responder?

Por que yo he estado ahí.

Hace unos años, acababa de escribir un guión de largo para un productor, que quedó bastante satisfecho. Era una historia de amor. Me preguntó, con esta informalidad de los productores, que creen que un guionista siempre acarrea un saco lleno de ideas, si tenía “algo” para una TV movie. La verdad era que sí. Por una vez estaba preparado para esa pregunta. Unos meses antes un compañero de piso, redactor de sucesos en una radio local me había contado cierto suceso truculento y había empezado a documentarme sobre el asunto. No sé ni cómo pero… logré escribir un tratamiento inspirado en este hecho real que gustó tanto al productor y a las teles implicadas que, de pronto, el proyecto dejó de ser una TV movie y pasó a ser una película de cine.

Hasta ahora, excepto por el pequeño detalle, intrascendente aquí, de que el productor no era ejemplar en el asunto de los pagos, todo parece una estupenda historia de éxito profesional.

¿Qué pasó entonces?

Que me encontré, yo solo, intentando escribir un guión de largometraje basado en aquél tratamiento no excesivamente detallado.

Por no ser demasiado dramático, diré que simplemente fue horrible, espantoso, apocalíptico. La historia se me escapaba por todas partes. Intentaba atar unos cabos y éstos se desataban por otro lado. Llegué a creer que me estallaba la cabeza. Peor aún, pensé que nunca iba a poder escribir aquello.

Imagino que, más o menos, estás ahí, C.

Esta sensación sólo me ha ocurrido trabajando en thriller.  He escrito comedias, dramas, historias con elementos fantásticos, estoy preparando un musical sobre varios relatos de Los Hollister…  pero sólo escribiendo aquél thriller me he sentido como un niño manco nadando en un mar lleno de tiburones. Es una impresión personal, pero creo que hay algo en este género que lo hace particularmente complicado. Al menos según mi experiencia, escribir algo de género claramente fantástico es menos complicado. Una historia de fantasmas, por ejemplo, una vez definidas las maneras en que se realizan estas manifestaciones sobrenaturales, te da un marco claro de lo admisible o no dentro de la película.

Pienso que el thriller, en cambio, hace que el guionista se plantee constantemente si el público se “creerá”  o no la historia. Lo mismo ocurre con el propio autor, cuyas fases de crisis suelen ser porque él mismo no se cree que esa gente esté matando por un “Objeto que Cambiará el Mundo” (y que, evidentemente no es más que un McGuffin) o que no sabe cómo evitar que el protagonista vaya de una vez a la comisaría de policía y ponga, de una vez, todo ese lío en manos de profesionales. Uno puede llegar a ponerse muy estricto en cuanto a la verosimilitud (y esto puede bloquearle) o demasiado indulgente (y su guión puede resultar una sucesión de secuencias que resulten caprichosas y, por lo tanto, poco interesantes).

Escribiendo un thriller te ves obligado a “cerrar puertas”, eliminar las opciones que cualquier persona normal seguiría, para conducir a tu protagonista a través de una sucesión imparable de situaciones tensas que cualquier ser humano corriente trataría de evitar.

En cierto sentido, diría que es el género más “tramposo” o, por decirlo de manera menos hiriente, tal vez el género en el que el guionista tiene que usar todos sus trucos. Incluso en los clásicos del género se pueden encontrar saltos lógicos poco defendibles.

En mi caso, parece que me había quedado sin suficientes trucos para completar aquél guión.

¿Qué hice entonces?

Llamé a un amigo.

Le pedí que escribiera conmigo el guión. Afortunadamente, además de ser amigo, era un estupendo guionista que ahora se dedica casi exclusivamente a la novela. Caso de ser un amigo mecánico de automóviles tal vez las cosas no hubiera ido tan bien.

Lo que era una tortura a solas se convirtió en una serie de hilarantes desayunos en el Vips de Fuencarral en los que, además, nuestro guión avanzaba considerablemente.

Juntos escribimos nuestra versión definitiva (aunque luego, el director, sin contar con nosotros, hizo una última), de la que quedamos bastante satisfechos. Cobramos tarde, pero bien, la película se hizo, con presupuesto mínimo, y se estrenó en Zabaltegi y, después, tuvo una carrera comercial breve y discreta. Pero ésa es otra historia.

He preguntado a mis compañeros de Bloguionistas por algún libro especializado en guión de thriller. David Muñoz y Ángela Armero me han citado este de Andre Jute (que, por cierto, está dedicado a la escritura de novelas de este género, no específicamente a guiones) pero no me lo han recomendado con gran entusiasmo. Una búsqueda en Amazon arroja unos cuantos resultados, pero tampoco parece haber mucha literatura especializada en guión cinematográfico. Robert McKee, en su seminario sobre el Género dedica un día al thriller. Le estuve viendo en Lisboa y fue bastante interesante. Anunció un libro dedicado a este género pero… por lo que veo en su tienda online no ha sido publicado todavía.

Dejando de lado los libros, otra opción es ver unas cuantas películas de un género parecido al tuyo e “inspirarte” en ellas. A partir de cierto grado de inspiración el asunto puede dejar de ser moral. A partir de otro grado más, dejará incluso de ser legal. Pero, de todos modos, con frecuencia, siendo conscientes o no, usamos un recurso visto en otra película y muchas veces nadie lo nota. Al adaptarlo a otra historia, al variar las circunstancias, el recurso imitado queda tan camuflado que nadie lo reconocería.

Sin embargo, creo que, por útiles que sean, ni libros ni charlas ni películas pueden hacer la función que haría un colaborador. Según mi experiencia, escribir un thriller es como fabricar un coche blindado. Cada poco rato tienes que salir y… disparar contra lo que acabas de inventar, sometiéndolo a la prueba de la credibilidad. Uno puede hacerlo solo, pero creo que algo de compañía se agradece. Muchas veces uno necesita a una persona que escuche las propuestas, las critique y aporte algunas posibles soluciones. Y lo haga en tiempo real, replicando a lo que uno acaba de proponer. Eso no lo hace un libro. No lo hace una peli “inspiradora”. Ni siquiera lo hace McKee.

Entiendo que todos solemos tener reticencias a la hora de contar con otro guionista (por orgullo, por pereza, por voluntad de control sobre la historia y, sobre todo, me temo, por la pasta, que habrá que repartir) pero, al menos en mi caso, fue una decisión de la que nunca me he arrepentido y por eso quería compartirla contigo.

Por supuesto, hay soluciones intermedias entre escribir solo y coescribir con otra persona: recurrir a alguien que haga de “frontón” escuchando de vez en cuando tu historia, buscar a un story editor profesional (puedo darte algunos nombres, si los necesitas),  asaltar a diferentes amigos para que lean las sucesivas versiones de tu trabajo y te ayuden a decidir si conservar o no esa escena en la que la banda de los Moldavos se lleva el uranio enriquecido…

Ése es mi consejo, basado en mi experiencia, pero… cada uno encuentra las fórmulas que funcionan en su caso. Te deseo toda la suerte del mundo. Y me gustaría que nos contaras cómo y cuando saliste del atasco. Porque, de eso no hay duda, de estos líos siempre logramos salir.

Un saludo y gracias por tu consulta.

 

ACTUALIZACIÓN (día 2, 17h30)

En la entrada original cometí el error de identificar “policiaco” con “thriller” ya que era éste el término usado por C. en el “asunto” de su mail, pero no en el propio mensaje. Sin ser un gran experto en categorías y géneros, diría que, en general, un policiaco suele estar englobado dentro del thriller. Lo contrario, en cambio, no es cierto (hay muchos thrillers que no pueden calificarse de policiacos. “Con la muerte en los talones”, “El Fugitivo” y muchos otros).

La respuesta original estaba más pensada para este tipo de thrillers en los que el punto de vista no está en los investigadores que tratan de esclarecer un misterio.

En el subgénero policiaco, en cambio, el punto de vista está casi siempre en el investigador, sea cuál sea su condición. Lo que conduce la historia es esta investigación y el final lo determina la resolución (satisfactoria o no) del caso. Como me apunta mi amigo y excelente guionista JM Ruiz Córdoba, en el caso de este tipo de tramas (tipo whodunit) lo primero que suele pensar el guionista es quién cometió el crimen y cómo lo hizo. En el caso del famoso relato de Roald Dahl, el ama de casa mató a su marido con una pata de cordero congelada que luego ofrece para comer al policía que investiga el crimen.

Una vez que uno tiene esa brillante idea el resto del trabajo suele consistir en cubrir las huellas, es decir, en llenar la historia de falsos culpables, arenques rojos y obstáculos para que el investigador tarde 90 minutos en ver aquello que, habitualmente, suele tener delante de sus ojos.


CURRANDO DURO EN STARBUCKS

28 junio, 2010

Por Daniel Castro (Guionista en Chamberí)

Ahora mismo estoy escribiendo un largometraje basado en una experiencia personal.

Y me está costando horrores.

Por ahora mis jornadas consisten en pasar mucho rato emborronando papeles en el Starbucks de la calle Fuencarral mientras escucho a Teenage Fanclub a todo volumen en mi mp3.

Hasta la fecha he escrito más de diez largos, casi todos en solitario. La mitad de ellos está en un cajón donde no puede hacer daño a nadie. Otros se rodaron. No hago esta presentación para presumir de nada, sólo para ilustrar la inmensa frustración que siento al darme cuenta de que este pequeño guión, cuya idea principal se me ocurrió durante una noche en una litera de un albergue de Pekín, el verano pasado, esté tardando tanto en cobrar forma.

En mi descargo, debo decir que no he estado todo este tiempo exclusivamente dedicado a este guión. Trabajé unos meses en una serie aún no estrenada y dediqué mucho tiempo a este videoblog, todas las semanas, también paso unas buenas horas escribiendo una entrada lo más presentable posible para este sitio en el que me estáis leyendo.

Aún así, es mucho tiempo el que ha pasado. Demasiado para no tener ni siquiera un tratamiento de guión sólido y convincente.

Tampoco puede decirse que esté atascado. Casi todos los días tengo buenas ideas que llevan mi guión en una nueva y prometedora dirección. Casi todos los días imagino un gran secundario, un par de gags que creo memorables…

Sin embargo, son retazos, algunos brillantes, creo, de una historia que insiste en escapárseme.

Como imaginaréis, he dedicado cierto tiempo a tratar de averiguar también cuáles son las razones por las que se está produciendo este fenómeno tan novedoso como doloroso.

En cuanto acabe el guión, voy a intentar dirigirlo y protagonizarlo. Sí, será un proyecto de muy bajo presupuesto, que irá en la línea de estas pequeñas piezas que he ido grabando en mi casa en los últimos tiempos. (Aquí la primera de estas piezas, el corto After Shave)

¿Será que la perspectiva de dirigir mi primer largometraje me bloquea y me hace pensar en cosas que un guionista no suele plantearse?

¿Será que el imaginarme como protagonista me impide escribir con libertad?

Es cierto que algo de esto está ocurriendo: cada vez que pienso que una música sería apropiada para acompañar cierta escena, calculo los años desde la muerte del autor, la vigencia o no de los derechos de autor. Lo mismo ocurre cada vez que imagino una escena en un tren, un restaurante de lujo o una manifestación pro-vida. ¿Cómo carajo haré esto de manera digna? ¿Podré meter la cámara en el tren sin pedir permiso?

Por otra parte, cada vez que se me ocurre una secuencia desgarradora en la que la intensa mirada del protagonista nos revela el drama que esconde en su interior, me imagino a mí mismo siendo ese protagonista y…  suelo acabar desechando la climática escena.

Siendo estos obstáculos importantes, sin embargo, creo que el mayor es otro.

Cuando uno escribe un guión no basado en hechos reales, es decir, cuando se trata de “pura” ficción, el proceso suele ser más o menos así: uno tiene una idea de lo que quiere contar que, normalmente tiene que ver con la trama, aunque en algunos casos surge de un personaje. Esa idea suele ser una especie de raspa que uno va desarrollando, a la que uno va dotando de carne. El proceso, habitualmente, consiste en ir añadiendo a esa pequeña trama. ¿Quién es el protagonista? ¿Cómo habla? ¿De dónde viene y qué pretende? ¿Qué le ocurre ahora que conoce a esta chica? ¿Cómo es ella, por cierto, de dónde viene? Evidentemente, muchas veces estos detalles, estas caracterizaciones, acaban alterando esa trama inicial, pero esto no provoca demasiados problemas: uno ha inventado la trama y puede modificarla todo lo que quiera.

En cambio, cuando uno está trabajando con hechos reales que no puede (o quiere) alterar sustancialmente, el proceso es casi el inverso. Los acontecimientos están ahí; concretos, exhaustivos… pero no ordenados. Si uno trata de hacer una película sobre el Solitario, el grotesco y sanguinario atracador que tuvo en jaque a la Guardia Civil durante casi catorce años, puede saberlo casi todo sobre él. Un poco de investigación le permitirá conocer todos los detalles: el primer banco que atracó (en Adamuz, Córdoba), los detalles del tiroteo a los guardias civiles que trataron de detenerle en la Ribera de Navarra (en junio de 2004), uno puede incluso ir a visitar a sus antiguos vecinos e interrogarles sobre su comportamiento… En principio, suena como una gran facilidad para un guionista: la documentación suple a la imaginación. No tengo que inventar cómo es la ex mujer del individuo: es una tal Anita Sharrock y tal vez pueda entrar en contacto con ella por Facebook.

Sin embargo, aunque pueda parecer lo contrario, tratar de elaborar un guión directamente a partir de hechos reales es, al menos para mí, un esfuerzo muy considerable. Parte del problema viene de que la realidad es mucho más compleja que las historias, más desordenada y mucho más hermética. ¿Cuántas veces tomamos decisiones y… ni siquiera nosotros conocemos porqué? ¿Cómo averiguar cuáles fueron los motivos reales por los que El Solitario tiró del gatillo aquella noche en Castejón y pasó de ser un atracador a un asesino? Sin embargo, sabemos que tal cosa ocurrió en junio de 2004 y así tenemos que contarlo.

Tras la labor de documentación, llega un trabajo muy complicado que es el de buscar lógica en los acontecimientos: ¿debo presentar la infancia del personaje, ya que tal vez fue ahí cuando se decidió que él fuera atracador? ¿O estoy así justificando al delincuente, con un argumento psicologista más bien barato? ¿Hago lo contrario? ¿Presento como única causa de su carrera delictiva la crisis económica? ¿Es esto justo con el personaje? ¿Y con los demás, que se las arreglan para sobrevivir en el paro sin ser delincuentes?

Creo que establecer cuáles son las causas reales, las aparentes y las profundas de los acontecimientos es una labor casi detectivesca. Además, una vez extraídas las posibles causas, deben plasmarse en el guión de la manera adecuada y en las proporciones justas.

Trabajar con hechos reales, además, pone a prueba la integridad del guionista. Tal vez me fuera útil dramáticamente enfatizar la difícil infancia del delincuente (tal vez inventar un padre tiránico lo solucionaría todo), sin embargo así, en cierto modo, cualquier acción que el protagonista realizara posteriormente parecería casi justificada. Tal vez obtuviera un guión más compacto pero… tal vez no sería demasiado honesto con la realidad a la que me refiero (sí, esta es básicamente mi crítica a La cinta blanca”)

Investigar honesta y profundamente los hechos, establecer sus consecuencias,  descartar lo accesorio y plasmar lo importante de manera equilibrada es, os lo aseguro, un trabajo ímprobo.

Y luego, con todo esto… hay que escribir un buen guión, que se vea como si fuera pura ficción.

Si alguna vez me veis en el Starbucks de Fuencarral y parece que sólo estoy mirando pasar a las guapas pijas que frecuentan la zona, no os fiéis, tras esa apariencia distraída hay un guionista trabajando. Muy duro.

Deseadme suerte.


CARTA A UN GUIONISTA EN PARO O NADANDO EN LA TORMENTA PERFECTA (II)

15 febrero, 2010

(Por Daniel Castro, Guionista en Chamberí).

Os decía en mi post anterior que me ocurrió algo al ver “Up in the air”.

Ya sabéis que la peli va de un hombre, interpretado por George Clooney, que se gana la vida despidiendo a gente de ciudad en ciudad de Estados Unidos. La película ha sido muy oportuna, al tratar un asunto que está en las portadas de todos los periódicos del mundo actualmente: crisis, despidos, subsidios de desempleo… Muchos de los despedidos que aparecen en pantalla son personas que han pasado por esa experiencia recientemente y mencionan al final que, después de todo, hay otros aspectos de su vida que son mucho más importantes que ese empleo que acaban de perder y que, sin ellos, sí que se encontraría perdidos o… en el aire.

Esas entrevistas son emocionantes, sí, pero, creo que lo que de verdad me tocó vino más tarde, sobre los títulos de crédito. De pronto, después de una (en mi opinión) poco memorable canción de Graham Nash, comienza a sonar el típico ruido propio de una (muy mala) grabación doméstica. Luego, la voz de un tipo que se presenta, en inglés, y dice algo tipo: “Hola, Jason (por Reitman, el director de la película), me llamo Kevin Renick, me han despedido hace poco y he grabado esta canción, a ver si puedes meterla en tu peli. Se titula “Up in the air” (En el aire)”. A partir de entonces, comienza a tocar esta canción.

No me parece una gran canción – repite tres acordes todo el rato y se hace un tanto larga – pero creo que hay algo muy conmovedor en ella, al menos lo hubo para mí. Tal vez sea la voz, tal vez la letra, tan expresiva y tan sencilla. La historia que cuenta el tal Renick trata de un hombre que ha perdido su empleo e intenta lidiar con la incertidumbre, con la precariedad de su exterior, pero también la de su interior.

Me imaginé a ese tipo de St Louis que, perdido su trabajo, graba una canción y se va con una grabación cutre a ver un coloquio con el director de moda y a colocarle, al final de todo, la cinta, el CD o lo que sea, con la vana esperanza de que la meta en una película. Todo esto me hizo pensar en un concepto psicológico que había escuchado hace tiempo: la plasticidad.

Según leo en la Wikipedia, la plasticidad neuronal viene a ser la capacidad que tiene las neuronas de cambiar sus interconexiones dependiendo de los estímulos externos. Estas conexiones, y su huella, son las que configuran la cosmovisión, la visión del mundo, que tiene cada individuo.

Cuando un individuo sufre un cambio profundo en su vida, de pronto, el exterior le somete a un desafío. Tiene que tratar de adaptarse a unas condiciones que, bruscamente, son otras. Su antigua cosmovisión resulta inútil y sus neuronas tienen que volver a conectarse, de otra manera, tratando de llegar a un nuevo equilibrio, a una situación que permita al individuo forjarse nuevas herramientas para comprender el nuevo entorno en el que está, es decir, llegar a una nueva cosmovisión.

Esta crisis nos está arrojando a muchos a un terreno de incertidumbre. Valores que se tenían por seguros, que configuraban nuestra visión del mundo hasta ahora, se tambalean: ¿realmente alquilar es tirar el dinero? ¿es la compra de una casa realmente una inversión segura? ¿es lógico que los ahorros que tardamos una vida en amasar vayan a invertirse en productos financieros que, ni siquiera los gestores saben exactamente en qué consisten? ¿no debería haber gastado mi dinero en un viaje en lugar de invertirlo en aquellos sellos teóricamente tan rentables? ¿Se ajustan los pagos mensuales y regulares que tendré que hacer durante veinte años para pagar esta casa con el inestable trabajo de guionista con el que pretendo ganarme la vida? ¿Debo prescindir de lo primero o de lo segundo? ¿Qué puedo hacer ahora que ya no hay marcha atrás, ahora que no tengo curro y… está entrando por la puerta el piano de cola que encargué cuando me dijeron que renovábamos?

Creo que esta crisis nos va a cambiar la manera de ver el mundo. Posiblemente ya lo está haciendo. Creo que esta crisis nos va a arrojar a un lugar que podemos llamar… Argentina.

Sí – con el debido respeto – en mis viajes a Argentina me ha dado la impresión de que ese país vive instalado en una crisis permanente, si me permitís la contradicción. Las cosas no acaban de funcionar allá, la burocracia es penosa y las empresas siempre parecen al borde de la bancarrota. Pero, junto a todos esos desastres, está la vida, la gracia, la creatividad más desbordante y el ingenio más pícaro. Parece que no hay argentino que no lo conozca todo, que no tenga una sociedad limitada a su nombre, siete proyectos teatrales, una columna de opinión en una prestigiosa revista y capacidad para escribirte un guión en un fin de semana, todo eso, sin dejar de arreglarte la lavadora por sólo unos pesos.

Esta precariedad en la que vamos a instalarnos durante unos años, va a sacar nuestro lado más ingenioso, va a hacer que espabilemos y que tomemos decisiones drásticas que, tal vez, llevábamos cierto tiempo aplazando. Ahora podemos permitirnos ser más valientes porque… ahora tenemos mucho menos que perder.

Por hablaros de mi caso, desde que estoy en el paro, me he puesto con la posproducción de ese corto a medio acabar, también he aclarado las cuentas respecto a su financiación y me he llevado alguna sorpresa, me he aventurado en el hasta ahora desconocido supermercado DIA de la calle Trafalgar, me he informado sobre la evolución de ese juicio contra el portero que por poco me mata, esperando cobrar una indemnización de una vez, he empezado un videoblog que me está ocupando más tiempo del previsto pero, a la vez, me está haciendo aprender unas cuantas cosas, me he preinscrito en un taller de cine impartido por Albert Serra, me he presentado a dos ayudas públicas, estoy escribiendo un guión de largometraje y… he vuelto a sacar un libro de la biblioteca pública (eso sí, no he sido capaz de leer más allá de la mitad). Además, gracias al paro, estoy teniendo el tiempo de poder escribir estos extensísimos posts en un sitio que tiene siete veces más visitas que mi propio blog.

Kevin Renick tomó la guitarra, persiguió a un director con una grabación muy cutre, yo me he puesto a escribir un largo y a denunciar a un portero . Posiblemente tú estés escribiendo un corto, leyendo guiones de tus amigos, dibujando un story o haciendo un curso de After Effects. A nuestra manera, posiblemente patética, todos estamos intentando adaptarnos a las nuevas condiciones. A toda velocidad, nuestras neuronas están estableciendo diferentes conexiones, buscando nuevas fuentes de ingresos, resucitando proyectos que aparcamos por “poco prácticos”, cuestionando valores que nos fueron transmitidos por las anteriores generaciones… Estamos renunciando a cosas que valorábamos y dándonos cuenta de que podemos incluso comprar en el DIA sin sufrir por ello secuelas irreparables. Todos estamos intentando ser plásticos. Esperando que llegue nuestra oportunidad, pero, a la vez, creando las condiciones para que ésta llegue. Poco a poco, seremos capaces de mirar a la incertidumbre que nos rodea con más curiosidad y menos miedo. Cada vez veremos más clara la rendija por la que podemos introducirnos, el hueco en el que podemos estar cómodos. Por que esa es nuestra gran ventaja: somos inteligentes, es decir, podemos cambiar.

(P.D.: Siento el retraso en publicar esta entrada. Anoche estuve viendo una lección práctica de adaptación inteligente y plástica a la crisis: sí, esta edición de los premios Goya).


CARTA A UN GUIONISTA EN PARO (I) O NADANDO EN LA TORMENTA PERFECTA

8 febrero, 2010

Por Daniel Castro (Guionista en Chamberí)

Querido amigo imaginario, sé que estás en paro porque hemos intercambiado mensajes últimamente. Tú me comentabas que habían cancelado tu serie y pedías, con humor, que te tuviera en cuenta si me enteraba de alguna oferta de trabajo. Yo te contesté, también intentando un par de chistes malos, que te tendría en cuenta, por supuesto, pero que… yo también estaba en paro desde hace unos meses y que, realmente, no tenía perspectiva alguna de encontrar trabajo.

Las cosas no están del todo bien en nuestro sector. No lo están en ninguno. Vivimos en una época algo revuelta. El paro crece hasta niveles espectaculares y nadie parece tener claro qué hay que hacer para arreglarlo. Casi todos los que ofrecen soluciones han tenido mucho que ver en la creación de los problemas.

Los medios de comunicación, con su tendencia a informar, sobre todo, de los hechos más espectaculares y negativos, amplifican las malas noticias con algo que se parece sospechosamente al regodeo. Esta semana se hablaba del impresionante desplome de nuestra bolsa. De la posibilidad de que nuestro país entrara algo llamado el ojo del Huracán, donde, al parecer ya está Grecia.

Además del aumento del paro, en los últimos meses se han desplomado prácticamente todos los mercados, financieros o no. Da igual dónde hayas metido el dinero, ahora mismo es difícil que puedas recuperar lo invertido. Los guionistas, como casi todos los que trabajamos en este sector, alternamos periodos de trabajo con épocas de paro bastante largas. Acostumbrados a estos vaivenes, tal vez estamos un poco mejor preparados que los trabajadores de otros sectores para afrontar la incertidumbre pero, lamentablemente, esta crisis ha penalizado a los más prudentes y ahorradores. Si invertimos el dinero que ganamos en aquella serie en comprar acciones, vendiéndolas ahora mismo posiblemente obtendríamos mucha menos pasta de la que metimos en su momento. Si, en vez de en acciones, la invertimos en pagar parte de una casa, seguramente tenemos la impresión de que esa vivienda tardará muchísimo tiempo en volver a costar lo que estamos pagando por ella. Esto se llama efecto pobreza (contrario del efecto riqueza): no es que tengamos menos dinero que antes, pero, eso sí, tenemos la sensación de que, para recuperar esa cantidad tendremos que esperar mucho tiempo.  Esta percepción nos condiciona en nuestros gastos incluso aunque las condiciones objetivas de nuestra vida apenas hayan cambiado (por ejemplo, si seguimos manteniendo nuestro empleo con el mismo sueldo).

Si la situación es grave en todos los sectores, en el audiovisual, hay, si cabe, una sensación de aún mayor precariedad. Han coincidido una serie de factores propios casi de una tormenta perfecta.

Empecemos por la tele. Ahora mismo, el modelo de televisión privada que, desde hace 20 años, y pese a muchísimos defectos, ha permitido impulsar la ficción nacional y, de paso, la profesión de guionista hasta unos niveles nunca vistos en España, está en crisis. La crisis económica general (con la caída de ingresos publicitarios), el inminente apagón analógico y la introducción de la TDT además de la eliminación de la publicidad en la televisión pública, han convulsionado el status quo.

Las audiencias de las cadenas privadas, que ya iban a la baja, se han resentido con la competencia de esta nueva TVE sin publicidad, afectando a su valor en bolsa y haciendo cada vez menos rentables las producciones de ficción propia. En audiencia, las grandes beneficiadas por este doble movimiento han sido la televisión pública y las cadenas de TDT. Sin embargo, por el recorte presupuestario de la primera y el pequeño tamaño de las segundas, estas cadenas apenas van a producir  series de ficción próximamente, al menos no series como las que se han realizado en los últimos años.

Por si hiciera falta añadir algo más de incertidumbre al conjunto, las cadenas privadas, debido en gran parte a la crisis económica (caída de ingresos publicitarios) y las desmesuradas inversiones realizadas en tiempos de bonanza, han entrado en un frenético proceso de fusiones y cambios de directivos. Por asentada que esté la serie en la que estés trabajando, seguramente ya te está tocando sufrir las consecuencias de todo esto. Pero aún hay más, la súbita decisión de eliminar la publicidad de TVE se “paga” con un canon cobrado a las empresas de telecomunicaciones. Pues bien, este modelo de financiación está siendo investigado por la Comisión Europea. Es decir, que existe la posibilidad de que, cuando estemos acostumbrándonos a un nuevo modelo… éste vuelva a tambalearse. Toma incertidumbre.

Si el panorama televisivo suena mal, el del cine es aún peor. A la ya clásica dificultad de muchas películas españolas para conectar con el público, es decir, a financiarse por la taquilla, se unen unos cuantos problemas más. Vamos por partes: la orden ministerial que desarrolla la ley del Cine está siendo muy discutida ya que, según los críticos, pone en peligro la subsistencia de la “clase media” del cine español. Las quejas sobre la financiación obligatoria del cine por parte de las cadenas de televisión privadas siguen cuestionadas por éstas. Si le sumamos además la proliferación de descargas de Internet (cada vez más rápidas y más alejadas del “intercambio de archivos”), las dudas sobre la nueva ley que tratará de regularlas y la puesta en cuestión casi diaria de los derechos de autor, de su modelo de su gestión y de las entidades que los gestionan, nos encontraremos con que prácticamente todas las vías de ingresos del cine español y sus profesionales están estranguladas o a punto de estarlo.

Bien, hasta aquí el repaso del negro panorama, de la tormenta perfecta.

Como imagináis, no estoy escribiendo este post para conseguir que mi imaginario colega en paro se lance al vacío desde el Viaducto. No es mi intención conseguir un puesto de trabajo por eliminación de todos los demás guionistas. Lo que he escrito hasta ahora es un diagnóstico de la situación, tremendo pero no tremendista. Creo que cualquier colega razonablemente informado puede llegar a conclusiones parecidas a las que acabo de exponer.

Sin embargo, este viernes, después de escuchar a Juan José Millás quejarse en la radio del mensaje catastrofista de los medios y, sobre todo, después de ver la película “Up in the air” de Jason Reitman, me pareció ver un poquito de luz en todo este negro panorama. Me gustaría hablaros sobre esto la semana que viene. Espero que todos sigáis ahí, que nadie haya decidido acabar con su vida antes de que publique la continuación de este post. Aunque sólo sea por leerme, por favor, aplazad momentáneamente esa decisión. Creo que merecerá la pena.


CONSULTORIO: ENVÍO DE GUIONES Y ATAQUE DE PÁNICO

20 diciembre, 2009

J.S.G., desde Uruguay, escribe:

Hola como estan?

acabo de conocer su blog  gracias a la pagina www.lashorasperdidas.com
les cuento que tengo 22 años y hace 1 año termine mi formacion en una escuela de cine.
y en los 3 años y medio de formacion nunca tuve 1 sola clase que valiera la pena de guion, todo lo que se ( que es muy poco) lo aprendi mirando peliculas, leyendo libros y pidiendo consejos a mi mejor amigo (proyecto de cineasta igual que yo).
pero me alegra encontrar un blog en el que puede plantear mis dudas y experiencias.
por ahora les cuento que en este momento me encuentro escribiendo un guion de cortometraje y me interesaria saber si luego de terminado se lo podria mostrar a ustedes para que me dieran su opinion y criticas constructivas.
muchas gracias.
saludos desde Uruguay.
El pequeño proyecto de guionista.
pd: hace poco sucedio algo muy inusual aqui en Uruguay ( para el mundo en general, no es algo que pasa seguido), un joven de 30 años realizo un “cortometraje” llamado “Ataque de Panico” y luego de estar posteado 2 semanas en youtube, lo llamaron desde Hollywood. Todo termino en que ahora va a escribir y dirigir una pelicula de ciencia ficcion de 40 millones de dolares de presupuesto con total libertad creativa, producido por Sam Raimi.
¿vieron el corto? ¿Se puede definir como tal? ¿Que les parecio? ¿Opinan que es el fiel reflejo de la vacuidad creativa por la que esta pasando la  industria del cine?

Lamentablemente, no podemos recibir tu guión. Nuestros respectivos trabajos nos ocupan ya tanto tiempo que apenas podemos leer los guiones de los amigos. Andando el tiempo, tenemos la intención de abrir un servicio de análisis de guiones. Algunos de nosotros hemos trabajado profesionalmente como analistas, y todos tenemos la formación y la experiencia necesarias (habrá que ver si encontramos también el tiempo) para ser analistas. Pero será un servicio de pago. Hasta ese día, no podemos aceptar guiones no solicitados.

Sobre “Ataque de Pánico” te diré que me parece un trabajo técnicamente excelente. No me extraña que haya atraído la atención de la industria norteamericana. Demuestra un gran conocimiento de la gramática de las escenas de acción, y una gran capacidad para explotar los efectos especiales al servicio de la espectacularidad. Es cierto que carece de historia y de personajes, por lo que no se puede decir que demuestre capacidad narrativa por parte del guionista. Pero yo tampoco diría que “es el fiel reflejo de la vacuidad creativa por la que esta pasando la industria del cine”.

De hecho, yo ni siquiera diría que exista esa “vacuidad creativa”. Las crisis de ideas no existen. Siempre habrá gente creativa. Otra cosa es que logre triunfar en la industria del cine. Y es que esa industria está en manos de gente no creativa. Está en manos de financistas. Tener ideas es gratis, pero convertirlas en películas es caro y arriesgado. Por eso, en momentos de incertidumbre económica, o cuando los sistemas de financiación son inestables, las grandes empresas tienden a minimizar riesgos (o eso creen ellos) buscando supuestas garantías de éxito. Por supuesto, las garantías de éxito no existen, pero los débiles mentales necesitan agarrarse a un sistema de axiomas inamovibles, y así nos va. Una de esas presuntas garantías es usar materiales argumentales ya testados con éxito. De ahí la avalancha de remakes y adaptaciones, y la reticencia a usar materiales originales, o que desafíen las reglas del marketing.

En cualquier caso, todo esto no es nuevo. Adaptaciones las ha habido desde el mismo nacimiento del cine, y los remakes también son muy, muy antiguos.

No sé si se podrá denominar cortometraje. La verdad es que los archivos digitales no tienen metraje. Lo que sí tengo claro es que, con esa cantidad de faltas de ortografía, vas a tener que esforzarte mucho antes de denominarte guionista.

Pianista en un Burdel


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