ARIADNA Y EL FIN DEL MUNDO

22 noviembre, 2011

Por David Muñoz

La semana pasada leí este libro:

Básicamente se trata de una denuncia del pensamiento positivo y la filosofía positiva, que, para quien no lo conozca, consiste en creer que nuestra forma de pensar, de enfrentarnos a los problemas, determina el rumbo de nuestras vidas. Y no parcialmente (cosa quizá discutible), sino totalmente.

Para los entusiastas del pensamiento positivo, si quieres algo, tienes que desearlo con todas tus ganas, imaginar que lo tienes, y tarde o temprano lo tendrás (sea lo que sea, desde un coche nuevo a una pareja); y además te permite interpretar todo lo que te ocurra, por horrible que sea, en clave positiva. Un cáncer puede ser “lo mejor que me ha pasado en la vida” (como dijo el ciclista Lance Armstrong) porque, en palabras de una mujer que Barbara Ehrenreich también cita en el libro, te puede “abrir los ojos a la alegría de vivir”; y  que te despidan del trabajo es “una oportunidad de empezar de nuevo”.

Lo importante no es lo que pasa, sino cómo lo encajas.

En opinión de la autora, la filosofía positiva es una milonga basada en pseudo ciencia, defendida por unos caraduras que se forran escribiendo manuales de autoayuda, dando seminarios y asesorando a grandes empresas. Una milonga que encima tiene el efecto perverso de generar a largo plazo más desdicha que alegría,  ya que hace recaer toda la responsabilidad sobre su futuro en las víctimas de unas circunstancias que les sobrepasan y contra las que no pueden hacer nada por mucho que dediquen diez horas al día a visualizar un día mejor.

Si crees en el pensamiento positivo y las cosas no te van bien, sólo hay una razón: lo estás haciendo mal, no deseas que tu vida mejore con la suficiente fuerza. ¿Qué no te has curado del cáncer y vas a morir? Pues haber tenido una actitud más positiva (ya lo sabes, ¡la gente feliz no se pone enferma!). ¿Qué tu empresa te ha despedido después de 15 años y no eres capaz de encontrar otro trabajo? ¡La culpa no es de la crisis y de los bancos que la han provocado! ¡No! ¡La culpa es tuya por no creer en ti mismo!

Y encima, en plena apoteosis del pensamiento positivo, no solo no somos más felices, sino que, de acuerdo a varias estadísticas que se citan en el libro, nos sentimos más tristes y angustiados. Al final, “el pensamiento positivo no elimina la necesidad de estar siempre alerta, lo único que cambia es que uno ha de estar alerta hacia sí mismo. En vez de estar preocupándonos por si se derrumba el tejado o por si nos despiden del trabajo, el pensamiento positivo nos anima a preocuparnos por las propias expectativas negativas, sometiéndolas a revisión constante. Al final, nos impone un tipo de disciplina mental exacta a la del calvinismo, y exige, como dice el historiador Donald Meyer, “una repetición constante de ideas para levantar el ánimo, una alerta constante contras las perspectivas de que algo será imposible, una supervisión constante para que nuestro cuerpo y nuestra mente no se rebelen ante tanto control”.

Vamos, que no me extraña que estemos todos deprimidos.

Además, el pensamiento positivo tiene otro efecto perverso que no solo daña a los individuos sino a la sociedad al completo: estigmatizar a aquellos que se atreven a hacer predicciones negativas sobre el futuro de su entorno (ya sea una empresa o una familia), a los que se trata como aguafiestas o pájaros de mal agüero y se larga a la mínima oportunidad. Son las Casandras de hoy en día. Y ya sabemos lo que les pasó a los Troyanos por no escucharla.

Según Ehrenreich, esa fue una de las razones de la actual crisis económica:

“Un escritor especializado en temas de economía, Michael Wilson (…) intentó encontrar a personas de este mundillo que hubieran previsto el desastre y, como era de imaginar, algunas de esas personas habían aguantado durante muchos años todo tipo de presiones para que mejoraran su actitud. (…) Otro analista bancario experto, Steve Eisman, fue criticado por darle una puntuación baja a una compañía, cuyas acciones recomendó vender, porque, según le cita Lewis, “era una mierda. Yo no sabía que no se podía recomendar la venta. (…)”. Este hombre era, en  otras palabras, un anacronismo de aquellos tiempos en que los negocios se llevaban de forma racional, cuando el trabajo de los cargos intermedios no era simplemente tranquilizar o hacer la pelota a los de arriba. Lewis cuenta que a Eisman “le presionaban siempre para que fuera un poco más alegre (…). Yo hablé por teléfono con Eisman (…) y me dijo que el sector financiero había estado “apilando unas ideas preconcebidas encima de otras”-ideas como la de que el precio de las casas no baja- y que “nadie veía motivo alguno para ponerlas en cuestión”. Y había además una buena razón para callarse la boca ante aquella escalada de locuras: “A quien expresara ideas negativas en voz alta le despedían”.

Uno de estos mártires (…) fue Mike Gelband, que dirigió la división inmobiliaria de Lehman Brothers. A finales de 2006, Gelband se empezó a poner nervioso ante lo que le iba pareciendo una burbuja inmobiliaria. “El mundo está cambiando”, le dijo al presidente del banco, Richard Fuld, cuando se reunió con él para recibir su bonus de ese año, “tenemos que plantearnos nuestro modelo de negocio”. Fuld lo despidió casi en el acto, por elemento disolvente. Dos años más tarde, Lehman quebró (…)  ”.

Aunque “Sonríe o muere” está escrito pensando en los lectores norteamericanos, por desgracia España no se libra del pensamiento positivo. Divulgadores de prestigio como Eduard Punset insisten una y otra vez en que la felicidad depende sólo de nosotros mismos y que no importa ni nuestra situación económica ni nuestra posición social. Y mientras, él con sus anuncios de consolas y de pan Bimbo, que supongo habrá hecho gratis, claro.  Pero, según Ehrenreich, “el mayor obstáculo para la felicidad es la pobreza. (…) Algunos estudios recientes demuestran que, dentro de cada país, la gente más rica tiende a ser más feliz (…). En 2009, New York Times hizo una encuesta sobre los barrios de su ciudad y halló que las zonas más felices eran también las más acomodadas, que coincidían como era de esperar con aquellas que disponían de más cafés, asociaciones ciudadanas, cines y lugares para la interacción social. El vecindario menos feliz era una parte del Bronx llena de edificios abandonados y montones de basura sin recoger, con la tasa de desempleo más alta de la ciudad”.

Pero todo esto no tiene nada que ver con defender el “pensamiento negativo” (o sea, el pesimismo). La autora del libro lo deja claro, para ella es tan absurdo el pensamiento positivo como enfocar la realidad constantemente de forma negativa (salvo que uno esté deprimido, con lo que se trataría de un problema médico y no de un posicionamiento filosófico)* * *. Ambas posturas fomentan la pasividad. El positivo no hace nada porque cree que solo le hace falta pensar positivamente para conseguir lo que desea, y el negativo tampoco mueve un dedo para mejorar su vida porque total, si todo es una mierda y no va a conseguir nada por mucho que haga, para que va a desperdiciar tiempo y energía. De acuerdo a Ehrenreich, ambas posturas son una renuncia suicida a lo que nos ha permitido prosperar como especie: la capacidad para analizar problemas y aplicar soluciones prácticas para resolverlos. Si los primeros cazadores hubieran optado por defenderse de los leones con el poder de sus mentes, no creo que estuviera ahora escribiendo estas líneas. Y tampoco si se hubieran sentado a esperar la muerte.

Bueno, dejo de hablar del libro, que se me van los folios sin decir lo que quería comentar hoy, y al fin y al cabo este es un blog de guionistas.

El asunto es que mientras leía el libro no podía dejar de pensar que la mayor parte de las películas que vemos pueden interpretarse como vehículos de propaganda del pensamiento positivo. “Si quieres, puedes” es el mensaje de la mayor parte de las películas comerciales. La diferencia con el pensamiento positivo es que la narración cinematográfica obliga a la acción. Los personajes deben hacer cosas. Pero incluso así, son muchas las películas donde lo que importa es que el protagonista cambie de actitud frente a la vida (y frente a si mismo). Lo demás llega solo. Primero se cambian ellos, luego cambian su mundo.

En otras, ni siquiera eso.

Luke Skywalker observa con gesto melancólico como se ponen los dos soles de Tattoine. En ese momento, nosotros sabemos que está deseando con todas sus fuerzas tener la oportunidad de convertirse en piloto de caza al servicio de los rebeldes que combaten al imperio. Entonces, la “suerte” se pone de su parte y comienza su viaje del héroe. En el clímax de la película, logra su sueño multiplicado por cien. No solo es piloto, sino el héroe que destruye la terrible Estrella de la Muerte. Y lo consigue dejándose siendo más “él” que nunca. Porque en lo fundamental Luke Skywalker no ha cambiado. Simplemente las circunstancias le han permitido desarrollar su verdadero potencial. Solo tuvo que entrenar para abrir su mente.

Durante mucho tiempo, yo he pensado que no había nada de malo en escribir ese tipo de historias. Que es un alivio creer de vez en cuando que las cosas pueden salir bien incluso cuando no hay ninguna razón para que así sea. Pero ahora no lo tengo tan claro. Sobre todo cuando la mayor parte de las historias del cine comercial son así y aquellas en las que el protagonista renuncia a su objetivo vencido por las circunstancias se cuentan cada año con los dedos de una mano. Por cada Superman Returns* *, hay quince fábulas positivas.

Fábulas que, mediante su presencia masiva, contribuyen a conformar nuestro pensamiento y allanan el terreno a ideologías que a mí por lo menos me dan miedo a la vez que me repugnan.

Incluso aquellos guionistas que se dicen apolíticos (aunque dudo que alguien pueda realmente serlo) están creando historias que si bien puede que no sean directamente ideológicas, sí que contribuyen a generar la coartada moral y filosófica sobre la que se apoyan las ideologías. Es el abono del campo de cultivo del pensamiento. Y que en el caso del pensamiento positivo, parece que llevado a su extremo conduce indefectiblemente al neoliberalismo.

Y nosotros somos los cómplices. Estamos luchando en el lado oscuro y no lo sabemos.

Ah, quiero dejar claro que no tengo problemas con el cine de derechas. De hecho, aunque en muchos aspectos soy el típico progre de izquierdas, hay muchos cineasta de derechas a los que admiro, como David Mamet o John Milius. Dónde esté Conan el bárbaro que se quiten todas las películas de Ken Loach (pese a que me gustan bastante varias películas suyas). Pero tanto Mamet como Milius saben muy bien lo que hacen. Tienen claro que no están limitándose a entretener (pese a que ese sea su objetivo principal).

No, lo que me preocupa es que sin darnos cuenta estemos haciendo algo que nunca haríamos siendo conscientes de ello.

La semana siguiente seguiré hablando de política y trataré de seguir desarrollando este tema.

Pero antes de bajar la persiana, quiero volver a la filosofía positiva y a la creencia (que yo también creo falsa) de que ella y sus expresiones artísticas nos ayudan a vivir mejor. Y esta vez voy a usar un ejemplo cinematográfico para explicar porque no tiene que ser necesariamente así.

Melancolía, la última película del genio loco danés Lars Von Trier, es una historia sobre la depresión y el fin del mundo. La protagonista es una depresiva que está arruinando la vida de todos aquellos que la quieren y que solo encuentra una cierta paz cuando descubre que un planeta gigante va a colisionar con la Tierra. Solo la tranquiliza pensar en el final de todo.

Y no me importa naaada...

A mí Melancolía me pareció una obra maestra, pero no voy a hablar de sus valores cinematográficos ni de su magnífico guión, sino de en qué lugar te deja emocionalmente cuando termina.

En Melancolía no hay lugar para la esperanza. Todo acaba mal, pero muy mal (y no es un spoiler; se descubre en los diez primeros segundos). No hay redención posible ni para la protagonista ni para la especie humana.

Sin embargo, yo salí del cine conmovido, algo aturdido por la intensa experiencia emocional y estética que me había supuesto la película, pero también aliviado. Por fin veía una película en la que te decían que a veces, por mucho que luches, por mucho que te esfuerces, las cosas no van a cambiar, no pueden cambiar. Por fin también, una película que trataba la enfermedad mental sin edulcorarla, pero también sin hacer pornografía de la locura; en la que el enfermo no mejora gracias al cariño de los suyos, ni compensa su problema con un talento extravagante o con una forma de ser simpática y entrañable.

Pero hablando con ella con dos alumnos míos, me dijeron que Melancolía no les había llegado a convencer porque era demasiado tremebunda, porque era desesperanzada.

Y no sé… puede ser la edad, pero a mí esa tarde me sentó muy bien una historia que más o menos me venía a decir: “Está bien… ya no hace falta que sigas luchando. Has hecho todo lo que has podido y en algún momento hay que asumir la derrota. Y no eres tú. No te sientas culpable. Ni siquiera hay culpables. Es el momento que te ha tocado vivir”.

“Puedes descansar”.

*Según dos investigadores citados en el libro, la razón por la que se tolera la desigualdad o las subidas de impuestos a los ricos, es porque la mayoría cree que algún día “ganará más que la media (a pesar de que eso sea una imposibilidad matemática)”.

**El objetivo de Superman es volver a ser la pareja de Lois Lane, y no lo consigue por mucho que se “visualice” con ella. Él lo intenta… pero el novio de Lois no desaparece.

***Muchas veces, el pesimismo va acompañado de la exaltación de pasados idealizados donde todo fue siempre mejor. Ese tiempo en el que la gente tenía modales, iba a lo suyo (en vez de ir a manifestarse a la Puerta del Sol), sabían respetar a los mayores (y los poderosos), y no tenían las comodidades de hoy en día pero eran más felices, simpáticos “hobbits” de una era preindustrializada en la que las cosas eran más sencillas y mejores. Nostalgia de un pasado que nunca existió. Porque, como dijo recientemente Woody Allen hablando de su última película, “Cuando uno piensa que vivir en una época anterior sería preferible, olvida que se iba al dentista sin novocaína. Y es que pensamos en las cosas encantadoras, pero no pensamos en todas esas mujeres que morían al dar a luz en aquellos tiempos; que no había remedio para la tuberculosis, y la gente se moría de esto, y de sífilis”. Y precisamente la editorial Anagrama ha publicado recientemente un libro que habla de este tema, “El intelectual melancólico”, de Jordi Gracia (ahí vienen citadas parcialmente las declaraciones anteriores de Woody Allen). Pero aunque lo que cuenta es interesante, me ha parecido demasiado deslavazado y caótico como para recomendarlo.


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