PASCAL RAMBERT VUELVE AL PAVÓN KAMIKAZE CON ‘HERMANAS’

14 enero, 2019

¿Qué es el lenguaje? ¿Un puente que nos conecta, o una frontera que nos separa?

Ése es el dilema que parece alentar la nueva obra de Pascal Rambert, titulada HERMANAS, y estrenada la semana pasada en el Pavón Kamikaze de Madrid.

La frase ‘como se suele decir’, que apostilla varias veces el diálogo de los dos únicos personajes de la obra; las alusiones a la necesidad de ampliar el lenguaje para ampliar los conocimientos: las sentencias como ‘si destruyo tu lenguaje, destruyo tu mundo’ nos sugieren que las hermanas del título son en realidad una metáfora de la naturaleza dual de la sociedad occidental, partida en dos mitades enfrentadas, condenadas a convivir pero incapaces de entenderse… porque hablan lenguas distintas.

Bárbara, trabajadora social, voluntaria que ayuda a refugiados y víctimas de la guerra. Irene, periodista mediática que escribe sobre asuntos banales. Ambas acaban de perder a su madre. Irene se presenta en el trabajo de Bárbara poco antes de que ésta pronuncie una conferencia sobre alguna emergencia social, para reprocharle que no la haya avisado de la inminente muerte de su madre tras una larga enfermedad.

El enfrentamiento es torrente verbal velocísimo, incontenible, que desarma al espectador con su intensidad… pero que no lleva a las hermanas a ningún entendimiento. Un millón de palabras no valen nada cuando no hay un lenguaje compartido. Al igual que ocurre en las redes sociales, el debate no sirve a las hermanas para llegar a una mejor comprensión del punto de vista de su interlocutora, sino para agudizar el conflicto y agrandar la separación.

© Manuel Naranjo

Tanto la Teoría de la Relatividad como la mecánica cuántica son consideradas correctas. El problema es que son contradictorias. Algo parecido ocurre con los puntos de vista de Bárbara e Irene. La primera tiene una conciencia global. Ha visto y comprendido los problemas de los refugiados, y es capaz de exponerlos con una claridad arrebatadora, dolorosa e innegable. “¡Despertad, moved el culo!”, grita con rabia en el momento álgido de la obra, tras una brutal diatriba en la que Bárbara Lennie, quizá la mejor actriz de su generación, dejó sin aliento al público que llenaba la sala.

Sin embargo, esa conciencia para lo global contrasta con su incapacidad de comunicar a su hermana algo tan sencillo como ‘mamá está muy mal, se va a morir, ven’. Irene, que vive de ironizar y airear trivialidades, que jamás ha publicado una palabra sobre la labor social de su hermana, que se mofa de la superioridad moral que late tras su activismo, es sin embargo quien más tiempo estuvo al lado de su madre enferma, soportando incluso que ésta la confundiese con Bárbara, claramente la hija preferida.

Rambert parece decirnos que mirar demasiado a lo alto nos hace olvidarnos de quien tenemos al lado. Y al revés, que para centrarnos totalmente en lo cercano necesitamos negar lo global. Y ninguno de los dos puntos de vista es correcto ni incorrecto, porque ninguno es completo. Y el lenguaje necesario para expresar un punto de vista, es incompatible con el otro.

La obra pone en escena de forma muy hábil ese muro invisible, distribuyendo el diálogo en largas y violentas diatribas, contrapunteadas con momentos de diálogos más breves, pero que siempre acaban en interrupciones e incluso en agresiones físicas. El único momento de cercanía llega, paradójicamente, cuando ambas callan y comparten unos auriculares para escuchar la misma canción. Sólo la música funciona como un lenguaje común y da una breve tregua en la interminable batalla dialéctica.

© Manuel Naranjo

Una brillante forma de expresar que estamos condenados a no entendernos si no hacemos el esfuerzo de aprender el lenguaje del otro, si no cedemos terreno para encontrar un lenguaje común.

La obra arrancó algo lastrada por una discutible decisión de dirección: retirar los paneles laterales de la caja escénica, aunque contribuye a la estética desnuda de la obra -mínima escenografía, hiriente luz blanca sin sombras ni matices- provoca que las voces de las actrices pierdan proyección, y dificulta la entrada del espectador en la historia en los primeros minutos.

Además, Hermanas carece de una trama como tal, y eso personalmente me impidió disfrutarla plenamente. No hay un clímax, no hay una conclusión. Uno sabe que la obra ha terminado porque la luz permanece apagada hasta que empiezan los aplausos.

Aplausos que fueron largos e intensos y acabaron en ovación de pie. Merecida, sobre todo por la gran interpretación de Bárbara Lennie e Irene Escolar. Un trabajo de memorización titánico. Un trabajo de dicción y proyección de voz atlético. Y momentos de pura emoción verdaderamente impagables.

Apenas dos pequeñas sombras en un trabajo por lo demás brillante, que deja al espectador tocado, que invita a la reflexión y que pone de manifiesto una vez más el enorme talento de sus dos actrices protagonistas.

Sergio Barrejón.


‘LA ISLA MÍNIMA’ Y ‘MAGICAL GIRL’: LO MÁS FEROZ DEL AÑO

27 enero, 2015

Por Alberto Pérez Castaños. 

Fotos de Héctor Beltrán. 

Tan sólo dos ediciones le han hecho falta a los Premios Feroz para ganarse el respeto de todos. La gala del pasado domingo, escrita por Eva Merseguer y Tomás Fuentes, dirigida por la propia Eva y presentada por la actriz Bárbara Santa-Cruz, fue divertida, entretenida y, lo que más se agradece a este tipo de actos: rápida. El mismo Raúl Arévalo lo dijo antes de abandonar el escenario junto a todo el equipo de ‘La isla mínima’ tras recibir el Feroz a la Mejor película dramática: “Gracias por una gala tan divertida y maravillosa”. Los periodistas cinematográficos, responsables de organizar y entregar los premios, tendrán un buen sabor de boca, sin dudas.

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La directora y co-guionista de la gala Eva Merseguer.

El año pasado los Feroz se caracterizaron por dar la campanada, por nominar y galardonar lo que nadie esperaba. La humilde ‘Stockholm’ se llevó el premio al Mejor drama; ‘Tres bodas de más’, Mejor comedia por encima de la favorita ‘Vivir es fácil con los ojos cerrados’; Antonio de la Torre, Mejor actor en lugar de Javier Cámara, que luego se llevó el Goya… Así que, este año se esperaba alguna sorpresa… Y así fue. Aunque las sorpresas empezaron ya con las nominaciones. Para empezar, la segunda película más taquillera del año pasado, ‘El niño’, se quedaba fuera de las principales nominaciones –algo que en los Goya no ha ocurrido: 16 en total– para dar paso a películas con menos repercusión como ‘10.000 Km’, ‘Hermosa Juventud’ o ‘Loreak’. Ya sólo por eso se podía llegar a pensar que no había favoritos: ¿premiarían los periodistas el cine low cost como en la anterior edición? ¿Seguirían la estela del Festival de San Sebastián y su amor a ‘Magical Girl’ o se decantarían por las marismas de ‘La isla mínima’? ¿Qué pasaría en la categoría a Mejor comedia?

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Aitor Arregi, José Mari Goenaga y Jon Garaño, guionistas de Loreak.

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El equipo de ‘10.000 Km’ al completo en la alfombra roja.

De todas estas posibles sorpresas, quizás la más llamativa fue ‘Carmina y Amén’ como vencedora del Premio Feroz a la Mejor comedia por encima de ‘Ocho apellidos vascos’, a priori la favorita por aquello de ser la película más taquillera de la historia de nuestro cine. La película de Paco León obtuvo buenas críticas, se llevó el premio al Mejor guión en el Festival de Málaga y recaudó una taquilla bastante aceptable, pero la apisonadora vasca escrita por Borja Cobeaga y Diego San José aplastó a todas sus competidoras en el género, al menos a nivel popular, y Carmina Barrios y su familia terminaron pasando más o menos desapercibidas.

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Paco León con su Feroz por ‘Carmina y Amén’.

Pero hay que recordar que estos premios los da la prensa especializada, a la que nunca le convenció ‘Ocho apellidos vascos’ y enseguida le colgaron el dichoso cartel de “es mala pero te ríes”, mientras que la mayoría ensalzó el salto de calidad de Paco León como narrador cómico desde su debut. Teniendo en cuenta que tampoco se llevó ninguno de los premios a la interpretación a los que optaba, podríamos decir que ‘Ocho apellidos vascos’ fue la gran perdedora de la noche, pero calificar de “perdedor” semejante fenómeno sería una idiotez como la copa de un pino, y por ahí hay 57 millones de euros para demostrarlo.

Más que sorpresa, lo de Carlos Vermut fue una confirmación. ‘Magical Girl’ ya pegó el pelotazo en el Festival de San Sebastián llevándose los premios a Mejor película y director, y desde entonces la bola de nieve no ha dejado de crecer. Los críticos la pusieron por las nubes. Almodóvar, también. Luego llegaron las nominaciones a los Goya: un total de siete. Ese atrevimiento de los Feroz a la hora de premiar del que hablábamos al principio llevaba a pensar que algo gordo se llevaría el madrileño y, finalmente, fueron un total de cuatro premios: Mejor actriz para Bárbara Lennie, Mejor actor de reparto para José Sacristán y Mejor cartel y guión para Carlos Vermut.

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Carlos Vermut posa con su premio al Mejor guión por ‘Magical Girl’.

El Feroz por su guión hizo creer por momentos que la rendición de los periodistas por ‘Magical Girl’ iba a ser total, pero los galardones a Mejor director para Alberto Rodríguez y Mejor película dramática para ‘La isla mínima’ confirmaron un justo reparto de premios entre dos historias diferentes pero igual alucinantes. Ahora bien, ¿se atreverán los académicos a repetir premios con ese criterio? Últimamente el Goya al Mejor guión va emparejado al de Mejor película y Mejor director. La última vez que esto no ocurrió así fue en 2007: ‘La soledad’ ganó Mejor película y Jaime Rosales, Mejor director, pero Sergio G. Sánchez se llevó el Goya al Mejor guión por ‘El Orfanato’.

Premiado o no, el guión que han escrito Rafael Cobos y Alberto Rodríguez para ‘La isla mínima’ es una verdadera joya. De hecho, la semana pasada se presentó su edición a cargo de 70 Teclas en la Librería Ocho y Medio de Madrid, donde ya se puede adquirir. Si eres guionista ya deberías tener tu ejemplar. Es una lectura obligatoria.

Además, Cobos y Rodríguez fueron los protagonistas junto al resto de nominados a Mejor guión de un divertido sketch en el que, tras leer una críticas anónimas, tenían que acertar a qué película pertenecían. Una idea que demuestra que esta gala está dispuesta a hacer cosas diferentes, a alejarse del tono didáctico y grandilocuente de los Goya y que no está ceñida al tradicionalismo ni las exigencias de una cadena.

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El equipo de ‘La isla mínima’ momentos antes de la gala.

En resumen, se podría decir que, mientras el año pasado los premios fueron más repartidos y sorprendieron en las dos principales categorías, este año no han sido tan “feroces” y la fiera se ha amansado un poco; que ‘La isla mínima’ y ‘Magical Girl’ son las dos películas españolas del año en la cosecha de premios; que académicos y periodistas piensan que ‘Ocho apellidos vascos’ ya se ha llevado suficientes alegrías y que, definitivamente, los Premios Feroz han llegado para quedarse.


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