¿ESTÁ BIEN VISTO CAGARSE EN LOS LÍMITES DEL HUMOR O ES MEJOR “HACER CAQUITA”?

15 octubre, 2014

it

por Juanjo Ramírez Mascaró

Son tiempos siniestros. Todos estamos trastocados por el ébola, ya sea pandemia, cortina de humo o ambas cosas. Hace poco publiqué un estado en Twitter y Facebook; una adaptación contemporánea de un chiste clásico:

– ¿Cuántos negros hacen falta para pintar una pared de rojo?

– En Liberia sólo hace falta un niño, pero no saldrá en las noticias.

Nadie se ha mostrado ofendido. Nadie ha dejado “replies” indignados. Nadie me ha hecho ningún unfollow hasta el momento. En Facebook incluso he conseguido algunos “Me gusta”, concedidos por gente que suele apoyar las causas justas.

Quizá me equivoque, pero creo que habría recibido insultos y lapidaciones virtuales – no sería la primera vez – si hubiese escrito exactamente el mismo tweet, pero suprimiendo las palabras: “pero no saldrá en las noticias.” En ese caso, el mensaje habría sido el siguiente:

– ¿Cuántos negros hacen falta para pintar una pared de rojo?

– En Liberia sólo hace falta un niño.

Existe una diferencia, ¿verdad? El primero es un alegato con crítica social. El segundo es un chiste cruel.

Personalmente creo que una mente lúcida sabría detectar la crítica social en la versión “recortada”.

Personalmente creo que una mente lúcida sabría detectar un utilitarismo frívolo en la versión “extendida”.

Personalmente creo que si aún quedan mentes lúcidas en estos tiempos convulsos, probablemente estén brindando con cianuro para no seguir soportándonos durante mucho tiempo.

El lenguaje humano es cojo, ciego y sordomudo. Y nosotros imbéciles.

Ser imbéciles tiene sus ventajas: Si no lo fuésemos no seguiríamos aquí. Nos habríamos marchado, o habríamos impedido que todo esto se convirtiese en “aquí”.

Pero estamos AQUÍ. Las cosas no son perfectas, y si intentamos arreglarlas obedeciendo el manual de instrucciones notaremos que nos sobran tres arandelas y cinco mil tornillos. En casos como éste me acuerdo de esa cita de Samuel Beckett que leí en una novela de Alex de la Iglesia:

Cuando tenemos la mierda hasta el cuello, sólo nos queda cantar.

En otras palabras, imbéciles: Este post va a tratar sobre los límites del humor

… o va a “tratar de tratar” sobre ellos porque el imbécil número uno soy yo, y confieso que tengo más opiniones quebradizas sobre el tema que argumentos potentes.

Llevo década y media dedicándome a esto de escribir. No es mucho tiempo, pero sí el suficiente para fabricar unas cuantas convicciones, cagarme en ellas, esculpir convicciones nuevas con la mierda resultante y volver a sentir – de repente – unas ganas incontrolables de cagar.

En esos años me he especializado sobre todo en dos géneros:

Comedia y terror.

Y a menudo la comedia y el terror se me juntan en un mismo proyecto, porque lo bueno del terror es que es como el color negro: que pega con todo…

… y también porque, en cierto modo, terror y comedia son el principio y el final de un mismo círculo. Ambos nacen de situaciones extremas, de circunstancias en las que ya nadie aguanta más.

En pocas palabras:

Risa histérica.

Reír por no llorar.

Llorar de risa.

Creo que el humor, al igual que el miedo o cualquier otro comportamiento humano visceral, está inscrito en nuestro ADN por una cuestión de pura supervivencia darwinista.

Así a priori estamos todos de acuerdo con eso, ¿verdad? “¡El humor es una válvula de escape!” “¡Al mal tiempo buena cara!” “¡Si la vida te manda pesadillas, devuélvele sonrisas!” “Jejejeje”

El problema llega cuando alguien hace un chiste sobre un tema que a ti te afecta de forma personal. De repente ese chiste es cruel, inhumano, desconsiderado, poco apropiado. “¡Una cosa es reírse y otra es tener mal gusto!

Podría termina este post justo aquí, en esta frase, si alguien me mostrase un barómetro objetivo para medir el sentido del humor y el sufrimiento humanos.

¿Alguien lo tiene?

¿Quién?

¿Nadie?

¡No! ¡Todos a la vez no, por favor!

Está bien, continúo:

Si trabajas en comedia para televisión, teniendo que hacer chistes todos los días sobre todos los temas, es muy probable que, de vez en cuando, te veas obligado a idear bromas sobre temas que, en ese momento concreto de tu vida, te afectan de manera muy directa.

Cuando la gente se sienta en el sofá, cuando hace zapping en busca de miserias que le hagan reír porque no son las suyas propias… a veces dichas miserias están escritas por alguien que sí las está viviendo en primera persona. No es raro que un guionista de comedia se vea obligado a escribir chistes de funerales cuando acaba de morírsele alguien. No es raro que tenga que escribir sobre anorexia cuando tiene un familiar cercano sufriendo dicha situación. No es raro tener que buscarle la comedia al cáncer mientras esperas los resultados de una biopsia (tuya o de un ser querido) o mientras tu hipocondría personal te susurra que quizá deberías hacerte una.

En esa clase de situaciones, un escritor consagrado al humor nunca te dirá que “de ese tema no hay que reírse”. En todo caso dirá: “Oye, hoy yo no estoy de humor para hacer chistes sobre esto. No quiero removerlo. Hacedlo vosotros. Ya os cubriré yo a vosotros cuando estéis en esta misma situación con cualquier otro asunto.

No obstante, también es habitual que la persona más afectada por algo sea la más dispuesta a hacer bromas sobre ello, la que propone los chistes más brillantes, ésos tan afilados que llegan hasta el tuétano porque provienen del tuétano. Lo hablaba el otro día con Daniel Castro: La comedia más auténtica proviene del dolor, de la indignación y de la rabia.

¡Y coño! Porque si algo tenemos en común quienes nos consagramos al humor es que no existe ningún tema del que no necesitemos reírnos. Siempre habrá bajas colaterales, por supuesto. Si algo no es susceptible de ofender a nadie, no es humor.

Cuando trabajaba en Vaya Semanita aprendí mil cosas. Una de ellas: Es casi imposible prever a quién vas a ofender con tus chistes. En ocasiones nos agarrábamos a la barandilla de la montaña rusa pensando que habíamos emitido algo que cabrearía a un montón sensibilidades… y no pasaba nada. En otras ocasiones, sin embargo, emitíamos algo que considerábamos relativamente inocente… y nos llovían quejas e incluso amenazas de denuncia.

Si hiciésemos comedia intentando no ofender a nadie seríamos mariposas incapaces de volar por miedo a provocar un terremoto en San Francisco.

Curiosamente, las personas más útiles en los velatorios son las que, a pesar de las circunstancias, consiguen hacer reír a los dolientes, quitándole hierro al asunto, apartándolos de su tormento durante algunos segundos. Esas personas me parecen héroes, o cuñaos, o vete a saber qué… Yo no sé hacer eso, a pesar de que me paguen por ello, muchas veces, a pesar de tener que hacerlo  en salas más deprimentes que cualquier tanatorio.

En cierta ocasión escuché a la humorista Raquel Sastre decir que, ante las quejas de muchos que pusieron el grito en el cielo sobre un chiste que Raquel publicó sobre Irene Villa… la propia Irene se pronunció sobre esa clase de chistes, e incluso especificó cuáles eran sus favoritos.

Lo decía más arriba y lo repito a riesgo de parecer cansino: Humor y miedo. Si reniegas del uno, asegúrate de que no estás condicionado por el otro.

Y donde digo miedo digo bilis, dolor, rencor, valle de lágrimas.

Propongo un experimento: Que dos personas transmitan un mismo mensaje: uno con seriedad, el otro con humor. Muchos se sentirán inclinados a crucificar al humorista. Porque no nos quieren libres: Nos prefieren con miedo.

Por supuesto que hay chistes de mal gusto, pero no siempre lo son por culpa del humorista en cuestión. Normalmente el cómico no sabe quiénes van a recibir su chiste, y si ése fuese un factor de peso para él, no existirían los cómicos.

Y si desapareciesen los cómicos ocurriría lo mismo que si desapareciesen las abejas: La Humanidad se iría al carajo.

El único código deontológico al que puede aspirar un profesional del humor es el sentido común. Y quizá también la convicción de que aunque el humor no esté por encima de todo… sí que está por encima de tropecientas cosas:

El humor tiene el poder de convertir los dragones en lagartijas.

El humor tiene el poder de convertir a Hitler en payaso.

El humor tiene el poder de aguar los licores amargos, los rencores…

El humor tiene el poder de que lo rígido se convierta en lo flexible…

… de que la lucha se convierta en baile.

La prota de Dentro del Laberinto derrotaba a su demonio personal diciéndole, muy convencida: “¡No tienes poder sobre mí!

A cualquier persona que esté ahora mismo en unas circunstancias desgarradoras yo le diría:

Cariño, hoy te ha tocado a ti. Vamos a sacarte una muestra de sangre y de tejidos y la vamos a usar para hacer chistes, porque la gente lo necesita y tú lo sabes. El día en que me toque a mí estar tan jodido como tú, aceptaré que hagáis lo mismo conmigo. Hoy por ti, mañana por mí. (…) Sí… tienes razón… es mejor cuando lo explica Eric Idle:


A %d blogueros les gusta esto: