LA CULPA: BERNABÉ RICO ADAPTA A MAMET

4 febrero, 2019

The Penitent‘ es una de las últimas obras del dramaturgo ganador del Pulitzer (y guionista nominado al Oscar) David Mamet. Titulada ‘La culpa’ en la adaptación de Bernabé Rico y dirigida por Juan Carlos Rubio, se presentó en el teatro Bellas Artes de Madrid el pasado 8 de enero, tras haber tenido su estreno absoluto el 28 de noviembre de 2018 en el Palacio Valdés de Avilés.

Una obra de noventa minutos, con sólo cuatro personajes, en la que Mamet trata algunos de los temas habituales en el último tramo de la obra: la religiosidad, la hipocresía que esconde la solemnidad, la miseria moral que se disfraza de férreos principios morales.

La trama cuenta el dilema de Charles, psiquiatra acusado de negligencia después de que uno de sus pacientes haya cometido un asesinato. Tras negarse a declarar para la defensa del criminal, éste acusa públicamente a Charles de ser un homófobo: no quiere hablar en favor de un gay.

El psiquiatra argumenta que es el juramento hipocrático lo que le impide declarar, pues para hacerlo tendría que revelar el contenido de sus sesiones con uno de sus pacientes. Su moral profesional y su orgullo personal le impiden doblegarse ante lo que él piensa que es una campaña de difamación. En sus propias palabras: ‘La prensa necesita historias con una víctima y un monstruo. Ayer el monstruo era mi paciente, pero eso ya no es noticia. Ahora él es la víctima y yo el monstruo’.

Desoyendo los consejos de su abogado y las súplicas de su esposa, que le insisten en que declare para la defensa, el psiquiatra se cierra en banda, sufriendo por ello un descrédito que no sólo hace mella en su vida profesional, sino que también destroza los nervios de Kath, su esposa. Kath llega a intentar suicidarse, hecho que más tarde descubriremos que tiene más motivos que los relacionados con el proceso legal.

Pero no hagamos spoilers.

Como es habitual en Mamet, La culpa despliega un diálogo ágil, cortante, musical. Es interesante leer The Penitent en su versión original, por la peculiar forma en que Mamet desafía las normas de puntuación buscando el matiz preciso, consiguiendo ser muy certero en el énfasis de cada frase.

Salvando las distancias lógicas en una traducción, la adaptación de Bernabé Rico consigue mantener gran parte de ese brío. La dirección de Juan Carlos Rubio también contribuye a que la obra sea rápida, directa. Destaca entre las interpretaciones la de Miguel Hermoso. Cómodo en su papel de abogado de Charles, Hermoso capta y hace suyas cada inflexión de diálogo, cada sarcasmo, cada puya. Completan el elenco Pepón Nieto en el papel protagonista, Ana Fernández y una breve pero determinante intervención de Magüi Mira.

Lo que me impidió disfrutar de la obra fue el diseño de la trama. Mamet pone en escena las partes menos dramáticas de la historia y elude escenas que podrían haber sido un filón. El combustible dramático de esta historia parece ser el dilema entre respetar los propios principios a costa de destruir a mi esposa, o salvar mi familia y mi prestigio a costa de hipotecar mis principios. Sin embargo, Charles no vive un verdadero dilema. Nunca duda. El protagonista arranca la obra con la decisión ya tomada, y en ella se planta obstinadamente durante los 90 minutos que dura la representación. Mamet articula la trama como un acoso y derribo a su empeño, descubriéndonos que tras él late una sucia mentira. Es más una obra de tesis que de trama.

Me quedó la sensación de que la obra habría ganado mucho si hubiera estado protagonizada no por el psiquiatra, sino por Kath. La persona cuyo mundo se desmorona por el quijotismo de su marido. La persona que intenta sostener todas las piezas de un mecanismo que se cae en pedazos. Pero Mamet se empeña en poner el foco en un personaje cuyo único objetivo tiene forma negativa. Charles no emprende acción ninguna. Y su resistencia numantina a hacer público el contenido de sus sesiones hace quizá previsible el final de la obra, que inevitablemente pasa por una revelación de ese contenido. Pero esa revelación no cobra forma de anagnórisis. No hay catarsis. Al contrario, Mamet comete lo que para mí es uno de los pecados capitales: el deus ex machina. La revelación llega en el último instante y suena a ‘sacada de la manga’. No está sembrada. Es una pieza que no pertenecía al puzzle. Mamet suele decir que la conclusión de una obra o un guión debe ser a la vez sorprendente e inevitable. El final de La culpa es ninguna de las dos cosas.

La obra me dejó, sin embargo, reflexiones interesantes. Me recordó que, tras los golpes de pecho y el rasgado de vestiduras, muy frecuentemente se esconde un vulgar embuste. Que es estupendo tener una ética y unos principios, pero que ni una ni otros valen nada si no estamos dispuesto a reconocer nuestros errores y afrontar sus consecuencias. Y que cuando uno tiene una imagen pública, debe ser muy cuidadoso en la forma en que enarbola sus principios, porque si los usa como escudo para tapar sus miserias, al final no sólo acabará pagando por lo que ha hecho (tarde o temprano todos lo hacemos), sino que por el camino puede haber contribuido a propagar aún más el cinismo imperante en la sociedad.

En conjunto, la función convence por su tema actual y universal, por la refrescante agilidad del diálogo de Mamet y por un trabajo interpretativo solvente en general, y excelente en el caso particular de Miguel Hermoso.

La culpa estará en cartel en el Teatro Bellas Artes de Madrid hasta el próximo 24 de marzo.

Sergio Barrejón.


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