CÓMO ESCRIBIR UNA BUENA ESCALETA (Y PARA QUÉ)

14 mayo, 2015

por Sergio Barrejón.

Una escaleta es un compendio resumido de las escenas que compondrán un futuro guión audiovisual.

Sirve para contemplar a vista de pájaro la estructura de la historia, y de la ruta a seguir para escribir el guión. En una palabra, la escaleta es el mapa del guión.

The Analyst escaleta

Escaleta de largometraje – The Analyst

Como cualquier mapa, la escaleta no puede ofrecer una visión detallada del terreno. Sólo sus características principales. Lo importante aquí no es el detalle, sino la posibilidad de otear toda tu historia en un vistazo.

¿Y cómo se escribe una escaleta? Pues así:

1. UNA ESCENA, UNA TARJETA: Diseñar la estructura es el trabajo más laborioso (y rentable) que vas a acometer en todo el proceso de escribir tu guión. Te encontrarás muchas veces sustituyendo escenas, cambiándolas de lugar, injertando parte de una escena en otra… Todo esto es más fácil y agradecido de hacer si organizas cada escena dentro de una tarjeta que luego podrás mover, eliminar o sustituir.

2. APAGA EL ORDENADOR. Casi cualquier software de guión te ofrece la posibilidad de organizar cada escena en una “tarjeta”. Celtx o Scrivener, incluso, nos muestras las tarjetas sobre un fondo que representa un corcho. ¿Por qué no usar un corcho de verdad? La escaleta nos sirve para observar la estructura de un vistazo. Si hay que hacer scroll ya no es lo mismo. Además, todos sabemos lo que va a ocurrir si haces esto en el ordenador: cuando completes cuatro o cinco tarjetas, te sentirás tan bien que correrás a contarlo en Facebook. Luego chequearás un momentito el email, un vistazo rápido a Twitter, ver un par de trailers… Y antes de que te des cuanta será la hora de cenar. No hagas eso. Apaga el ordenador. Baja a la papelería y compra tarjetas. (Como decía Blake Snyder, ¡así podrás perder bastante tiempo!) Usa el procesador de textos más antiguo del mundo (más conocido como lápiz) para escribir cada escena en un post-it, o una tarjetita, que luego irás clavando en un corcho, sujetando con imanes, pegando en la puerta o simplemente colocando en una mesa. Una tarjeta, una escena.

“Califa”. Una miniserie que no salió. No he vuelto a escaletar en una mesa.

3. DOS FRASES. No estás escribiendo el guión. Éste no es un documento que otros deban entender. La escaleta es para ti. Sintetiza cada escena en sus líneas maestras. Sólo tienes una tarjeta por escena. No redactes bonito. Escribe simple. No narres. No intentes contar la historia en la escaleta. Para eso está la sinopsis, que es un formato literario. Y el guión, que es un formato dramático. La escaleta sólo es el mapa. Sólo la quieres para ayudarte a recordar el camino cuando estés metida hasta el cuello en el segundo acto, por ejemplo. Intenta no usar más de dos frases simples para cada escena. Recuerda: sólo estás dejando miguitas para marcar el camino. “Julia pide explicaciones a Marta” o “Diana encuentra la pistola de Héctor” son frases más que suficientes para recordar en qué recodo del camino estás. Ya habrá tiempo para montar el mecanismo porque el que Diana decide mirar dentro del altillo del armario de Héctor. Olvídate ahora de los detalles. Lo importante para la historia es que Diana descubre que Héctor escondía una pistola. Confía en tu talento para hallar más tarde una manera natural y lógica de que eso ocurra. Tampoco pasa nada si tienes que usar tres frases (o diez) para una escena en concreto. Es un documento para ti, no va a venir la policía del guión a multarte. Pero como gimnasia mental, mantenerse por debajo de las dos frases, ayuda mucho a ser sintético. Y si no vas a ser sintético, ¿para qué haces una escaleta?

4. USA DATOS. Igual que los mapas informan de su escala, de dónde está el norte y de qué significa cada icono, conviene que tu escaleta contenga datos básicos para cada escena: INT./EXT., localización, DÍA/NOCHE, e incluso una breve lista de los personajes que intervienen en la escena (si no son evidentes por el contenido de la escena).

5. PUEDES USAR DIÁLOGO. En principio, la escaleta no es territorio para el diálogo, pero quizá haya tres o cuatro sitios donde tienes clarísimo qué van a decir los personajes. A veces una determinada réplica sintetiza la escena mejor que dos frases explicativas. Adelante con ella. Pero no lo conviertas en norma.

Catedral colores

“La catedral del mar”, cap. 3. Bandas metálicas e imanes, mi sistema preferido.

6. ANTE LA DUDA, APÚNTALO. ¿Tienes una idea para una escena pero no sabes dónde encajaría? ¿Se te ha ocurrido la circunstancia perfecta para que Diana decida mirar en el altillo de Héctor? ¿Has pensado en una línea de diálogo a la que no quieres renunciar? Perfecto. Apúntala brevemente en una tarjeta y deja la tarjetita en un montón aparte, o clávala en un rincón solitario del corcho. Ya llegará el momento de encontrarle su lugar (aunque sea la papelera). Aún falta mucho para ponerse a escribir, no te angusties. Es normal que algunas piezas no encajen en el puzzle a la primera.

7. USA VARIOS COLORES. Estás organizando tu escaleta en tarjetas de papel para poder observar en un solo vistazo el conjunto de la historia. Esto te resultará más fácil si usas dos o tres colores distintos. Por ejemplo, puedes usar un color determinado para las escenas en las que aparece Fulanito. Otro para los flashbacks. Otro para los EXT./NOCHE. Otro para esas ideas sueltas del punto 6, que aún no sabes dónde van. Así, cuando tengas todo tu puzzle de tarjetas completo, sabrás de un vistazo si te has olvidado de Fulanito durante todo el segundo acto, si te estás pasando con los flashbacks o si tienes demasiados EXT./NOCHE. (Como norma general, siempre tienes demasiados EXT./NOCHE. Y si no, pregunta a Producción).

8. INVIERTE VARIOS DÍAS. Estás dibujando el mapa del tesoro. Los planos de la catedral. No intentes hacerlo rápido. Si hay un lugar donde no debes ahorrar esfuerzo, es aquí. Una escena mal dialogada se arregla en una tarde. Una estructura chapucera te dará problemas durante meses. Si tu escaleta está bien construida, repensada y perfeccionada, escribir será un placer. Incluso cuando decidas hacer cambios sobre la marcha, los harás con seguridad, sabiendo qué puedes eliminar y qué necesitas conservar.

Cuando, dentro de varios meses, estés discutiendo sobre la tercera versión de guión con tu productor, sabrás sin tener que pensarlo qué cosas son intocables. Podrás explicarlo con autoridad y seguridad. Y quien te escuche pensará “vaya, esta tía sabe de lo que habla”. Pero para eso necesitas sudar delante de los papelitos. Necesitas echarle horas, días y semanas. Dejarlos reposar un fin de semana y replantearte las cosas de nuevo el lunes. Mirarlos, mirarlos, mirarlos… Hasta odiarlos.

9. HAZLES FOTOS. Cuando tengas la estructura completa, hazle fotos con tu móvil. No hablo de planos generales del “tetris” de tarjetitas como los que ilustran este post (aunque luego son muy útiles para presumir en Facebook). Saca planos cercanos. Que llegado el momento puedas leerlas sin problema. Guarda estas fotos en tu Dropbox o envíatelas por email. O las dos cosas. Por un lado, eso te permitirá llevarlas encima y trabajar en ellas donde quieras. Pero sobre todo, son una copia de seguridad. Aunque no te lo parezca, ya has hecho la mitad del trabajo. No te expongas a perderlo todo por culpa de algún imponderable.

10. NO LAS PASES A LIMPIO. Haz y rehaz las tarjetas todas las veces que quieras. Si están llenas de tachaduras y se hacen ilegibles, puedes rehacerlas a ordenador. Pero siempre sintetizando. Intentando mantenerte dentro de las dos frases mágicas. A no ser que alguien te pague por redactar un documento razonado con esas tarjetas… no lo hagas. Todo tu esfuerzo de síntesis se irá al traste. Durante el tiempo en que has trabajado la estructura, has ido acumulando ganas de escribir. De contar la puñetera historia. De dialogar. Pues… ¡haz eso! Pasar a limpio sólo se hace por obligación: si la escaleta es un ejercicio de escuela, o si tienes un productor esperándola (y pagándola). En caso contrario, es procrastinación. Vértigo. Miedo a dar el siguiente paso. Acepta ese miedo sin avergonzarte. Lo tenemos todos, y es para toda la vida. No se trata de vencerlo. Basta con no dejar que te venza él a ti. Simplemente, ponte al teclado y escribe el guión. No lo demores más con formatos intermedios. Planta tus manos en las teclas y disfruta escribiendo acciones y diálogos. Recuerda: en este punto, ya has hecho la mitad del trabajo. La mitad más dura. Ahora todo es placer.

Ya está. No tiene más misterio. Cualquiera puede hacerlo. Leticia Dolera usa cuadraditos. Dustin Lance Black se pasa semanas encorvado frente a una mesa. Blake Snyder en Salva el gato aseguraba que al final del proceso sólo se permitía tener 40 tarjetas, ni una más. Cada uno tiene sus manías.

Puedes hacerlo en una mesa, en una ventana, en un corcho con chinchetas, en una pizarra con imanes, en bandas metálicas en la pared… A tu gusto. Pero lo cierto es que sólo te hace falta un bolígrafo, un taco de tarjetas y un sitio amplio donde disponerlas.

Bueno, eso… y una historia que contar, claro.

Y ahora que sabemos CÓMO se escribe una escaleta, hablemos de sus peligros. Que los tiene, y muchos. De hecho, el título de este post es engañoso, porque no existen las buenas escaletas.

Hay dos tipos de escaletas: las que escribes para ti, como documento interno de trabajo que te permite trazar un camino, y te evita perder el Norte durante la redacción de un guión; y las que te encargan a cambio de dinero. Las primeras pueden ser muy útiles, pero como tal documento de trabajo no serán “buenas” en términos literarios. Las segundas son VENENO. Y me explico:

La mayor parte de las veces que te compran una escaleta lo hacen bien porque no tienen dinero para pagar un guión completo, o bien porque no terminan de fiarse de tu trabajo y quieren ver algo intermedio antes de soltar la pasta.

Mi consejo sería: no aceptes. Pelea porque el encargo incluya el guión. ¿Por qué? En primer lugar, redactar una escaleta no ahorra una cantidad significativa de trabajo. Es un documento que ya te requiere el 75% del esfuerzo que te requeriría redactar directamente el guión. Porque antes de eso, tienes que haber concebido la estructura de la historia, tienes que haberla tramado, tienes que haberla subdividido en escenas, aunque cada escena se reduzca a un post-it.

Tienes que haber cimentado y estructurado todo el edificio. Sólo te falta poner las paredes, las ventanas y unas pocas tejas. Elementos imprescindibles para entrar a vivir en el edificio, sí. Imprescindibles, pero no estructurales.

Con todo ese trabajo previo, tu cuerpo te estará pidiendo ya que te lances a escribir el guión. Es lo lógico, y lo deseable.

Redactar una escaleta es como coger esa sólida y admirable estructura… y ponerle un tejado de lona y unas paredes de corchopán. ¿Y para qué? ¿Sólo para que un ejecutivo en un despacho “se haga una idea” de cómo va a quedar?

Ya te digo yo cómo va a quedar. Va a quedar de culo. Porque la sólida y admirable estructura… no se va a ver. Nadie la va a admirar. Todo el mundo va a ver las paredes endebles y el tejado que baila con el viento.

Tu escaleta va a ser la peor pieza de narrativa que ese ejecutivo va a leer ese día. Porque la mejor escaleta del mundo… es un coñazo de leer. La escaleta tiene todo lo malo de la prosa y todo lo malo del guión… sin nada de lo bueno.

Tienes que ceñirte al maldito presente de indicativo. Porque estás contando un guión, al fin y al cabo. Puedes meter un poco de literatura aquí y allá, pero serán meros parches. También puedes colar alguna línea de diálogo suelta, pero más en plan decorativo que otra cosa.

En el fondo, lo que estás haciendo es poner las acciones y contar los diálogos. No hay una manera brillante y entretenida de hacer eso. Simplemente, no puede hacerse.

Trata de escaletar esta escena:

Necesitarás siete páginas para explicar todos los matices de la personalidad de Rick, sin que parezca un gilipollas sin escrúpulos o directamente un sociópata con problemas de logopedia.

Pero si gastas mucha tinta en matices, no podrás reflejar el ritmo endiablado que quieres darle a los diálogos. Y ese ritmo cortante y sincopado es parte fundamental de la forma de ser de Rick. Y de Renault. Sin eso, no se entenderá el final.

Pero si intentas poner algún ejemplo de los diálogos, no funcionará porque estarán fuera de contexto. Y todo el mundo sabe que los chistes, fuera de contexto, no tienen gracia.

borja-diego-escaleta

Una buena escaleta es un oxímoron.

Una escaleta es un híbrido indeseable, un error de la naturaleza. Un monstruo nacido de la unión contra natura de un guionista perezoso y un ejecutivo inseguro.

El ejecutivo está inseguro porque está depositando un montón de responsabilidad (o sea, de dinero) en manos ajenas. Le cuesta confiar en el guionista. Tal vez ni siquiera confía en su propia decisión a la hora de contratar guionistas.

El guionista es perezoso porque intuye que el ejecutivo no le va a entender. Porque ya piensa en la maraña de reuniones que le esperan, explicando una y otra vez cada una de sus decisiones. Como si su trabajo fuera saber por qué escribe cada maldita palabra, y tener preparado un memorando para explicárselo al enésimo ayudante del ejecutivo de desarrollo.

Así que ambos llegan a un compromiso de mínimos. La escaleta. Que es como un guión, pero más corto, más pronto y más barato.

Y oh sorpresa, cuando el ejecutivo se lee la escaleta, encuentra que muchas situaciones no están justificadas. Que los chistes no tienen gracia. Que los personajes no son atractivos. Que la trama no engancha. Y que los giros son previsibles.

En otras palabras, que las paredes no aíslan y que el tejado hace aguas.

¿Y en qué posición te deja eso? ¿Cómo te defiendes? No puedes decir que las paredes y el tejado son una mierda, porque, bueno… las has puesto tú. Tampoco te puedes escudar en lo sólida que es la estructura, porque no está a la vista.

William Goldman decía que las películas son estructura. Todo el mundo, si lo piensa un poco, reconoce que lo más importante es la estructura, pero luego NADIE obra en consecuencia. Sólo un arquitecto admira la estructura de la catedral de Salamanca. El resto del mundo sólo se fija en la rana y el astronauta.

De manera que, escribiendo tu escaleta, habrás hecho el 75% del esfuerzo… para que tu sólida y admirable estructura acabe dinamitada porque todo el mundo le achacará defectos que no son de la estructura, sino de la decoración. Esa decoración que pusiste deprisa y corriendo, por la inseguridad de un ejecutivo y por tu propia pereza.

Siempre que puedas, huye de la escaleta.

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FLASHBACK: UNA RECOMENDACIÓN

27 septiembre, 2011

por David Muñoz

“Escribir guiones es lidiar con la tensión permanente entre una megalomanía aplastante y una seguridad tan profunda que se requieren años de terapia sólo para ser capaz de decir en voz alta: «Soy escritor»”.

Blake Snyder

La recomendación es que leáis el libro “¡Salva al gato!” (Alba editorial, 2010). No creo que, como dice en la portada, sea “el libro definitivo para la creación de un guión”, pero sí que es una lectura bastante interesante y divertida que, incluso aunque lleves años escribiendo, te ayuda a ver los problemas de siempre (y sus posibles soluciones) de otra manera. Y no creo que pueda pedírsele más a un manual sobre escritura de guiones.

Lo tenía por casa desde hace un par de meses y aún no lo había leído (me daba pereza, por las razones que ya comenté aquí), pero después de que alguien hablara de él en los comentarios de la entrada que he linkeado ahí atrás, me animé a hacerlo. Y mira, resulta que realmente merece la pena. Encima, es cortito y va al grano. Dos requisitos que, como dije también creo que en la misma entrada, me parecen imprescindibles para leer un nuevo libro teórico.

Su autor, Blake Snyder, era un veterano guionista de cine y televisión. Y este “¡Salva el gato!”, editado en Estados Unidos en 2003, funcionó tan bien que Snyder terminó escribiendo dos “secuelas” que creo que aún no están publicadas en España.

Y he dicho “era” porque el pobre Snyder falleció en 2009 de una embolia pulmonar, con solo 52 años. Algo que, como lo descubrí después de pasar más de 200 páginas leyéndole (entablando ese diálogo silencioso que siempre se establece entre lector y autor cuando lees un ensayo; sin querer te encuentras discutiendo o refrendando sus teorías mientras pasas las páginas), al echar un vistazo a la solapa del libro, me he quedado helado. Uno no se espera que el autor de un libro que cita películas que se estrenaron prácticamente hace cuatro días ya haya fallecido.

No quiero convertir esta entrada en un resumen del libro, pero para los que estéis dudando si leerlo o no, me gustaría destacar los aspectos que más me han llamado la atención, o que al menos me parece que le diferencian de otros libros en apariencia similares.

-“¡Salva al gato!” es muy práctico. Lo que hace Snyder es básicamente explicar todo lo que ha aprendido tras años de escritura y cómo lo ha ido aplicando a la escritura de sus propios guiones hasta desarrollar un método que le funciona.

-Como he dicho antes, Snyder no era un teórico sino un guionista. Habla desde la experiencia. Y se nota. Su método no sirve solamente para analizar las películas que ya han escrito otros, sino para escribir las tuyas.

-Snyder tiene claro que el objetivo de cualquiera que eche mano de su libro debe ser escribir un guión que resulte lo más atractivo posible desde el punto de vista comercial. Para ello, cree que antes de lanzarse a escribir, el guionista debe asegurarse de que su idea contiene el potencial necesario para convertirse en un guión que pueda servir de base para un largometraje cuyo engranaje narrativo funcione a la perfección de acuerdo a los parámetros definidos por años y años de cine. Su forma de conseguirlo es responder una serie de preguntas y no comenzar a redactar el guión hasta que las respuestas son lo suficientemente satisfactorias. Y lo que más simpático me ha resultado del planteamiento de Snyder es que aún teniendo claro que la razón está de su parte y demostrándolo una y otra vez con todo tipo de ejemplos, sabe que muchos lectores percibirán sus recomendaciones como “recetas” facilonas, y más de una vez se dirige a ese lector escéptico (yo, por Ej.) respondiendo de una manera bastante certera las dudas que en ese momento se le están pasando por la cabeza.

-Snyder aborda problemas de los que sólo eres consciente si te dedicas a escribir y tienes que sufrirlos día a día. Por Ej. el terrible “agujero negro” del segundo acto.

-La terminología que utiliza es creación suya. Y resulta mucho más fácil de recordar que la de casi todos los manuales que he leído antes. Por Ej., a la siempre complicada parte del guión que transcurre entre más o menos la página 30 y la 55, le llama “juegos y risas” porque “es la parte en la que nos preocupa menos la progresión de la trama (…) que divertirnos un poco. La sección de «Juegos y risas» responde a las preguntas: ¿por qué he venido a ver esta película? ¿Qué es lo que mola de esta premisa, de este cartel, de la idea de esta película? Cuando el ejecutivo de desarrollo pide más secuencias cómicas y de acción, es aquí donde las meto. En «Juegos y risas»”.

Además, explica las cosas de una forma muy clara y rotunda. Por Ej. este es el ejercicio que propone para que nos demos cuenta de lo mal que queda siempre que un personaje se dedique a contar en voz alta la trama de la película, su motivación o sus circunstancias (lo que a veces llamamos “verbalizar”): “Probad a «largar la trama» en la vida real. En serio. Cuando vayáis a una fiesta u os reunáis con un grupo de amigos, empezad a decir cosas del estilo de «¡Cuánto me alegro de ser un guionista de Valladolid!*» o «¡Que fuerte, hace veinte años que somos amigos, desde que íbamos juntos al instituto!», a ver qué reacciones provoca este tipo de diálogo”.

Más claro, el agua.

-Snyder era un guionista de comedias familiares, muchas de ellas producidas por Disney. Por eso, a la hora de poner ejemplos para demostrar la eficacia de sus teorías, prefiere desglosar la escaleta de “Miss Agente Especial” (alabando su eficacia) que yo qué sé… la de “El padrino”. Cosa que a mí me ha resultado muy refrescante. Después de leer no sé cuántos libros sobre escritura de guiones, me había encontrado con decenas análisis de los clásicos indiscutibles de siempre, pero nunca de “Elf”.

Pues sí, también pueden aprenderse cosas de películas así.

-El capítulo 6, “Las leyes inmutables de la física del guión”, que reúne las reglas básicas que pueden ayudarte a solucionar los problemas más habituales con los que te encuentras cuando escribes un guión, puede convertirse en el mejor amigo de cualquier guionista en crisis.

La única pega que puede ponérsele al libro es que además de hablar de escritura, también dedica muchas páginas a la faceta industrial del asunto. Y claro, para Snyder eso es sinónimo de tratar de ganarse la vida como guionista en Los Angeles trabajando para los grandes estudios. Algo que puede resultar más o menos interesante (aunque en este caso sí que Snyder no cuenta nada que no hayamos leído antes decenas de veces) pero que desde luego no va a resultarle demasiado útil a todos los guionistas que lean la edición española del libro.  Por Ej. según Snyder la pregunta que más a menudo le hacían en los cursos de guión es. “¿Cómo puedo conseguir un agente?”, mientras que en España es: ”¿Cómo puedo vender mi guión?”. Es otro mundo, otras reglas.

Pero son pegas muy menores a las que no merece la pena darle más importancia.

A partir de ahora en mis clases, aparte de recomendar este libro, voy a recomendar también el de Snyder.

Ah… ¿por qué un libro sobre cómo escribir guiones se llama “¡Salva al gato!”.

Pues para saberlo… tendréis que leerlo.

*Obviamente lo de “Valladolid” es una licencia de Ignacio Villaro, el traductor de la edición española del libro. Esto de cambiar las referencias locales por las del país donde se edita el texto no acaba de convencerme demasiado. Pero bueno, por otra parte el libro se lee muy bien y salvo por algún detalle de lenguaje “guionístico”, está bastante bien traducido.

(Publicado originalmente en Bloguionistas el 22 de marzo de 2010)


BREVES

26 abril, 2011

por David Muñoz.

1-El momento más difícil.

Hace tiempo un alumno me preguntó en clase cuál era el peor momento por el que pasaba un guionista cuando estaba trabajando en un proyecto, y creo que, medio en broma, medio en serio, le contesté algo así como “cuando el productor no te paga”.

Pero en realidad no creo que ese sea la ocasión en la que más sufrimos de verdad los guionistas.

No, creo que el momento en el que más sufrimos es cuando abrimos nuestra cuenta de correo y descubrimos que nos han llegado las notas sobre nuestra última versión del guión del director/productor/editor para el que estamos trabajando.

Y da igual que las notas sean positivas o negativas, que te ayuden a mejorar lo que has escrito o que te metan en un callejón sin salida. Sean como sean, saber que están ahí, esperándote, suele dejarte por los suelos. Sobre todo porque siempre quieren decir que vas a tener que darle “otra vuelta” al guión. Y después de pasarte semanas, quizá meses*, trabajando en él, invirtiendo toda tu energía en rematarlo, tras entregarlo te sentiste… no sólo agotado… sino drenado. Por otra parte, aunque no te importa que cuando escaletas una historia no seas prácticamente capaz de pensar en otra cosa, llega un momento en que tú cerebro te pide a gritos que en vez de estar obsesionado con cómo cerrar en alto el segundo acto, le permitas… yo qué sé… canturrear una canción.

Lo de “darle otra vuelta” es como si a un futbolista le pidieran repetir el partido que acaba de jugar cuando en lo único en lo que puede pensar es en pegarse una ducha y echarse a dormir,

Pero, aunque no sabes de dónde va a salir el remanente de energía que te va a permitir abordar la nueva reescritura**, al final, te “arremangas”, abres el documento y te pones a escribir. Y a veces, hasta consigues entusiasmarte de nuevo. Pero no resulta nada fácil. Para encontrar una nueva permutación de una historia que ya has escrito (sobre todo si la versión anterior te ha resultado satisfactoria) tienes que enfrentarte a ella con una distancia que no suele permitir el poco tiempo del que casi siempre dispones para escribirla.

Tu vida como “el día de la marmota”.

Quizá por eso me gusta tanto dar clase, o hacer de vez en cuando otros tipos de trabajos.

Nadie te llama después de terminar una clase para pedirte que la repitas “dándole una vuelta”.

*Yo llevo desde Diciembre reescribiendo el mismo capítulo de una serie de televisión. Os prometo que ya soy capaz de recitar los diálogos de memoria…

**Y tampoco puedes decir aquello que dijo el guionista William Goldman al abandonar el proceso de escritura de un guión: “Soy demasiado viejo y demasiado rico para tolerar tanta estupidez. Me voy”. Yo me temo que aunque espero llegar a viejo, nunca seré rico.

2-Aprendiendo.

Hace poco escribí aquí una entrada recomendando el libro ¡Salva al gato! de Blake Snyder, y, en los comentarios, hubo varios lectores de este blog a los que les pareció fatal que recomendara un libro escrito por un guionista de películas familiares de Disney que además se “atrevía” a atacar películas como “Memento”.

Pero, como intenté explicar en una respuesta a alguno de dichos comentarios, creo que es un error pensar que solo podemos aprender de aquellos que comparten con nosotros gustos, predilecciones narrativas y/o estéticas, etc.  En mi caso, la vez que más he aprendido sobre la escritura de guiones de cine, estaba trabajando con un tutor cuyos gustos como espectador eran diametralmente opuestos a los míos. Porque lo que uno aprende de otros cuando lee un libro o trabaja en un guión con un tutor no es a valorar más un género u otro, o a preferir un tipo de cine sobre los demás. No, todo eso lo llevas tú ya “puesto” de casa. Lo que aprendes son herramientas narrativas, estrategias, estructuras, que luego tú puedes aplicar cómo te dé la gana para escribir el tipo de película que te apetezca. Y obviamente, puedes aprender muchas cosas de ¡Salva el gato! y luego usarlas para escribir el guión de una película mucho más experimental incluso que “Memento”.

Estaba pensando en todas estas cosas cuando me encontré un artículo en el último número de la revista Classic Rock en el que Vinnie Paul, el batería del grupo del desaparecido grupo de heavy metal Pantera hablaba de sus influencias como compositor. Y no citaba a Metallica (por poner un Ej. de grupo anterior con el que sea fácil relacionarle). No, mencionaba a Kiss, un grupo de rock cuya música aparentemente no tiene nada que ver con la de Pantera.  “Pantera eran una banda tan heavy que nunca lo habrías adivinado, pero Kiss fueron una influencia enorme en la manera en la que eventualmente escribí mis propias canciones”, decía el batería. ¿Y en qué se fijaba Vinnie Paul? Pues en la estructura de la canciones, en las melodías y en los ritmos.

Así que…

…con las mismas “herramientas” puedes escribir una canción así:

O así:

Y, si no eres músico sino guionista, leer a Blake Snyder y aprender de él no quiere decir que solo puedas escribir el tipo de películas que él escribía.


UNA RECOMENDACIÓN

22 marzo, 2011

por David Muñoz

“Escribir guiones es lidiar con la tensión permanente entre una megalomanía aplastante y una seguridad tan profunda que se requieren años de terapia sólo para ser capaz de decir en voz alta: «Soy escritor»”.

Blake Snyder

La recomendación es que leáis el libro “¡Salva al gato!” (Alba editorial, 2010). No creo que, como dice en la portada, sea “el libro definitivo para la creación de un guión”, pero sí que es una lectura bastante interesante y divertida que, incluso aunque lleves años escribiendo, te ayuda a ver los problemas de siempre (y sus posibles soluciones) de otra manera. Y no creo que pueda pedírsele más a un manual sobre escritura de guiones.

Lo tenía por casa desde hace un par de meses y aún no lo había leído (me daba pereza, por las razones que ya comenté aquí), pero después de que alguien hablara de él en los comentarios de la entrada que he linkeado ahí atrás, me animé a hacerlo. Y mira, resulta que realmente merece la pena. Encima, es cortito y va al grano. Dos requisitos que, como dije también creo que en la misma entrada, me parecen imprescindibles para leer un nuevo libro teórico.

Su autor, Blake Snyder, era un veterano guionista de cine y televisión. Y este “¡Salva el gato!”, editado en Estados Unidos en 2003, funcionó tan bien que Snyder terminó escribiendo dos “secuelas” que creo que aún no están publicadas en España.

Y he dicho “era” porque el pobre Snyder falleció en 2009 de una embolia pulmonar, con solo 52 años. Algo que, como lo descubrí después de pasar más de 200 páginas leyéndole (entablando ese diálogo silencioso que siempre se establece entre lector y autor cuando lees un ensayo; sin querer te encuentras discutiendo o refrendando sus teorías mientras pasas las páginas), al echar un vistazo a la solapa del libro, me he quedado helado. Uno no se espera que el autor de un libro que cita películas que se estrenaron prácticamente hace cuatro días ya haya fallecido.

No quiero convertir esta entrada en un resumen del libro, pero para los que estéis dudando si leerlo o no, me gustaría destacar los aspectos que más me han llamado la atención, o que al menos me parece que le diferencian de otros libros en apariencia similares.

-“¡Salva al gato!” es muy práctico. Lo que hace Snyder es básicamente explicar todo lo que ha aprendido tras años de escritura y cómo lo ha ido aplicando a la escritura de sus propios guiones hasta desarrollar un método que le funciona.

-Como he dicho antes, Snyder no era un teórico sino un guionista. Habla desde la experiencia. Y se nota. Su método no sirve solamente para analizar las películas que ya han escrito otros, sino para escribir las tuyas.

-Snyder tiene claro que el objetivo de cualquiera que eche mano de su libro debe ser escribir un guión que resulte lo más atractivo posible desde el punto de vista comercial. Para ello, cree que antes de lanzarse a escribir, el guionista debe asegurarse de que su idea contiene el potencial necesario para convertirse en un guión que pueda servir de base para un largometraje cuyo engranaje narrativo funcione a la perfección de acuerdo a los parámetros definidos por años y años de cine. Su forma de conseguirlo es responder una serie de preguntas y no comenzar a redactar el guión hasta que las respuestas son lo suficientemente satisfactorias. Y lo que más simpático me ha resultado del planteamiento de Snyder es que aún teniendo claro que la razón está de su parte y demostrándolo una y otra vez con todo tipo de ejemplos, sabe que muchos lectores percibirán sus recomendaciones como “recetas” facilonas, y más de una vez se dirige a ese lector escéptico (yo, por Ej.) respondiendo de una manera bastante certera las dudas que en ese momento se le están pasando por la cabeza.

-Snyder aborda problemas de los que sólo eres consciente si te dedicas a escribir y tienes que sufrirlos día a día. Por Ej. el terrible “agujero negro” del segundo acto.

-La terminología que utiliza es creación suya. Y resulta mucho más fácil de recordar que la de casi todos los manuales que he leído antes. Por Ej., a la siempre complicada parte del guión que transcurre entre más o menos la página 30 y la 55, le llama “juegos y risas” porque “es la parte en la que nos preocupa menos la progresión de la trama (…) que divertirnos un poco. La sección de «Juegos y risas» responde a las preguntas: ¿por qué he venido a ver esta película? ¿Qué es lo que mola de esta premisa, de este cartel, de la idea de esta película? Cuando el ejecutivo de desarrollo pide más secuencias cómicas y de acción, es aquí donde las meto. En «Juegos y risas»”.

Además, explica las cosas de una forma muy clara y rotunda. Por Ej. este es el ejercicio que propone para que nos demos cuenta de lo mal que queda siempre que un personaje se dedique a contar en voz alta la trama de la película, su motivación o sus circunstancias (lo que a veces llamamos “verbalizar”): “Probad a «largar la trama» en la vida real. En serio. Cuando vayáis a una fiesta u os reunáis con un grupo de amigos, empezad a decir cosas del estilo de «¡Cuánto me alegro de ser un guionista de Valladolid!*» o «¡Que fuerte, hace veinte años que somos amigos, desde que íbamos juntos al instituto!», a ver qué reacciones provoca este tipo de diálogo”.

Más claro, el agua.

-Snyder era un guionista de comedias familiares, muchas de ellas producidas por Disney. Por eso, a la hora de poner ejemplos para demostrar la eficacia de sus teorías, prefiere desglosar la escaleta de “Miss Agente Especial” (alabando su eficacia) que yo qué sé… la de “El padrino”. Cosa que a mí me ha resultado muy refrescante. Después de leer no sé cuántos libros sobre escritura de guiones, me había encontrado con decenas análisis de los clásicos indiscutibles de siempre, pero nunca de “Elf”.

Pues sí, también pueden aprenderse cosas de películas así.

-El capítulo 6, “Las leyes inmutables de la física del guión”, que reúne las reglas básicas que pueden ayudarte a solucionar los problemas más habituales con los que te encuentras cuando escribes un guión, puede convertirse en el mejor amigo de cualquier guionista en crisis.

La única pega que puede ponérsele al libro es que además de hablar de escritura, también dedica muchas páginas a la faceta industrial del asunto. Y claro, para Snyder eso es sinónimo de tratar de ganarse la vida como guionista en Los Angeles trabajando para los grandes estudios. Algo que puede resultar más o menos interesante (aunque en este caso sí que Snyder no cuenta nada que no hayamos leído antes decenas de veces) pero que desde luego no va a resultarle demasiado útil a todos los guionistas que lean la edición española del libro.  Por Ej. según Snyder la pregunta que más a menudo le hacían en los cursos de guión es. “¿Cómo puedo conseguir un agente?”, mientras que en España es: ”¿Cómo puedo vender mi guión?”. Es otro mundo, otras reglas.

Pero son pegas muy menores a las que no merece la pena darle más importancia.

A partir de ahora en mis clases, aparte de recomendar este libro, voy a recomendar también el de Snyder.

Ah… ¿por qué un libro sobre cómo escribir guiones se llama “¡Salva al gato!”.

Pues para saberlo… tendréis que leerlo.

*Obviamente lo de “Valladolid” es una licencia de Ignacio Villaro, el traductor de la edición española del libro. Esto de cambiar las referencias locales por las del país donde se edita el texto no acaba de convencerme demasiado. Pero bueno, por otra parte el libro se lee muy bien y salvo por algún detalle de lenguaje “guionístico”, está bastante bien traducido.


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