VENCE EL BLOQUEO CREATIVO CAMBIANDO TU FORMA DE ESCRIBIR

2 mayo, 2018

por Sergio Barrejón.

Hace un par de años viví mi primer bloqueo. Después de una década larga trabajando como guionista, había empezado a pensar que eso del bloqueo creativo era una leyenda sin base real. Y de pronto, zas. Me atasqué a mitad de un guión de largo.

Era la adaptación de una novela. Tenía un argumento muy potente, un personaje protagonista maravilloso, me había documentado como dios manda y me había currado un outline muy majo, con mis tarjetitas dispuestas ordenadamente en mi panel magnético.

Y lo más importante: tenía una fecha de entrega en tres semanas. Eso suele ser el mejor acicate. Pero en este caso nada funcionó. Me sentaba al ordenador y me pasaba horas procrastinando.

Al principio me decía a mí mismo que estaba profundizando en la documentación. Pero llegó un día en que tuve que afrontar la realidad. Llevaba semanas sin avanzar. Por primera vez en mi carrera iba a tener que escribir a la productora y disculparme por no poder entregar a tiempo. El Mayor Pecado que puede cometer un guionista.

Entonces recordé algo que había leído en el libro “Correr, comer, vivir” de Scott Jurek. El tipo, un atleta de primera, sufrió una rotura de ligamentos a mitad de un ultramaratón de 100 millas. A pesar de ello, siguió corriendo, y no sólo ganó, sino que mejoró su marca personal. ¿Cómo lo consiguió? Atacando el problema en cuatro sencillos pasos:

  1. Permitirse a sí mismo sentirse mal y triste ante la inminente derrota.
  2. Analizar la situación. ¿Iba a morirse? ¿Podía apoyar peso en el pie? ¿Se lo había fracturado?
  3. Preguntarse qué acciones podía tomar.
  4. Separar las emociones de las acciones. El miedo, la vergüenza, todo eso… Fuera. Actuar, actuar, actuar.

Decidí aplicar la técnica de Jurek. Me permití a mí mismo decirme que era un puto fracasado, que por fin se iba a descubrir lo que yo ya sabía: que no valgo para guionista, que soy un fraude, que he tenido suerte durante unos años, pero que a la hora de la verdad… Blablabla. Después analicé la situación y decidí que la cosa se reducía a esto:

“Me siento al ordenador y, en lugar de escribir, me bloqueo y me paso las horas en Internet”.

¿Qué acciones podía tomar al respecto? No tenía ni idea de lo que debía cambiar para solucionar mi problema, pero siempre podía cambiar alguna cosa al azar, a ver qué pasaba. Como suelo decirles a mis alumnos del Máster de Guión de Salamanca: si no consigues escribir un buen guión, escribe uno malo de momento.

Como lo del bloqueo no podía cambiarlo, decidí cambiar la otra parte de la frase: decidí no volver a sentarme al ordenador. Traté de apartar de mi mente la angustia y la vergüenza, metí la SIM de mi móvil en un viejo Nokia sin conexión a Internet, agarré un bloc y una pluma y me largué a un bar a escribir. A mano.

En poco más de una hora conseguí garabatear una escena completa. La releí. Era una escena de mierda. Y sin embargo, era la solución al bloqueo. Porque al escribirla cobré perspectiva sobre el problema: el outline era una basura. Había que tirar a la papelera todo el segundo acto. Estaba llevando al protagonista por un camino completamente equivocado.

Por eso no conseguía avanzar. Ésa era la esencia del bloqueo: en el fondo de mi mente, de una forma inconsciente y que no era capaz de articular, yo sabía que no debía avanzar, porque el camino era equivocado. Cuanto más avanzase en ese desastre de segundo acto, más perdido estaría.

Volví a la pizarra, reorganicé el segundo acto, creé nuevas escenas y todo cobró sentido de repente. Y decidí escribir el resto del guión a mano. No es que me pareciese una solución mágica, pero había sido la llave para cambiar el chip, así que me parecía sensato mantenerme alejado del ordenador -ese invento del diablo que concentra ocio, vicio y negocio en el mismo recuadro iluminado- y escribir de la forma en la que aprendí a escribir de niño.

Durante las tres siguientes semanas, escribí el segundo y el tercer acto a mano en ese mismo bloc, en ese mismo bar y con esa misma pluma. Gasté media docena de recambios de tinta, pero taché muy poco y no arrugué más de ocho o diez páginas.

En otros dos o tres días lo pasé todo a limpio y entregué el guión con menos de un mes de retraso. La vergüenza tardó algo más en irse. Ayudó a conseguirlo que el productor se retrasó más de seis meses en pagarme las putas facturas. Pero eso es otro problema para el que de momento no he encontrado solución…

Si estás bloqueado con tu guión, te sugiero que pruebes a cambiar la forma en la que escribes. Yo lo hice pasándome al lápiz y el papel, pero conozco otras técnicas. El novelista y guionista de Vis a vis Jesús Cañadas, por ejemplo, trabaja en un viejo portátil que tiene estropeado el wifi. No hay forma de conectarlo a Internet. A todos los efectos, es como una máquina de escribir.

El novelista Juan José Millás, en su libro El Mundo (Premio Planeta 2007), cuenta que todas sus novelas las ha escrito en ayunas:

Me levanto pronto, sobre las seis de la mañana, y me siento a la mesa de trabajo sin tomar nada hasta las nueve. Considero como mío, y para mí, lo que escribo durante ese tiempo.

Lo que escribo después del desayuno está contaminado por las miserias laborales, por el imperativo de ganarse la vida. Mis novelas, así como los trabajos periodísticos que más aprecio, están escritos entre las seis y las nueve de la mañana.

Y el polifacético Mark Duplass tiene una técnica absolutamente maravillosa para dialogar sus guiones a base de grabadora y sprints por el campo:

Un bloqueo es como un tronco de árbol gigante caído en mitad del camino. El tronco te impide pasar. Pero ¿es el tronco el problema o es el síntoma del problema? Dado que tanto el tronco como el camino son imaginarios, es obvio que el tronco lo has puesto tú. Es una forma de decirte “no sigas por ese camino”. Así que la solución no es intentar rodear el tronco, pasar por encima de él ni traer una imaginaria grúa gigante para retirarlo. Lo que hay que hacer es imaginar un camino distinto.

Y para conseguirlo, a veces basta con algo tan tonto cambiar de postura, de herramienta… o de dieta.

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TRUCOS PARA RENDIR BIEN A PESAR DE SER VAGOS

8 octubre, 2014

Por Juanjo Ramírez Mascaró

lebowskiQuienes nos dedicamos a escribir estamos hartos de pronunciar la palabra “PROCRASTINAR”.

Quizá porque la procrastinación es uno de los “males” endémicos de la profesión. Quizá porque el 90% de los escritores somos unos vagos….

… quizá porque en nuestro oficio es muy difícil precisar dónde termina el trabajo y dónde comienza la procrastinación, o viceversa. Ponerse a ver una peli o leer un libro puede equivaler a “voy a documentarme para mi guión”. Bajarse a tomar una caña al bar se puede maquillar con un “voy a escuchar a la gente, a escrutar la realidad, palpar la calle en busca de ideas”. Incluso irnos a la cama puede llegar a convertirse en una sesión de brainstorming con nuestro propio inconsciente. A veces las mejores ideas nos las susurra la almohada.

Todo eso es precioso, pero entraña un peligro – como casi todas las cosas preciosas –. Cuando la frontera entre trabajo y ocio está tan poco definida se convierte en terreno fértil para las EXCUSAS.

Es difícil defenderse de algo cuyos límites ni siquiera sabemos precisar. Es difícil analizar la anatomía del monstruo del Lago Ness cuando sólo disponemos de fotos borrosas. Quizá lo único que podemos hacer es compartir los trucos concretos para escapar del laberinto que nos funcionan a cada uno.

Ésa es la intención de este post: Compartir experiencias personales sobre el tema, técnicas que me han funcionado hasta ahora, sin ningún ánimo de sentar cátedra, por si a alguien le resultan útiles o por si hacerlo motiva a otros a compartir las suyas en los comentarios.

En algunas no me detendré demasiado porque, si mal no recuerdo, ya las han tratado otros en este blog (mucho mejor de lo que yo sabría hacerlo).

TRUCO NÚMERO 1:

Dejar de marear la perdiz e ir al grano de una puñetera vez para que el post no sea interminable. Dicho esto, vamos con el siguiente truco:

IMPONERSE HORARIOS FIJOS, ESCRIBIR TODOS LOS DÍAS A LAS MISMAS HORAS Y BLA, BLA, BLA.

A mí no me funciona. Eso no quiere decir que sea un mal truco, simplemente es muy frustrante para quienes tendemos al caos. Cuando he hecho el esfuerzo de mantener una disciplina así de férrea los resultados han sido magníficos. ¡Doy fe! Pero rara vez he logrado mantener dicha disciplina durante más de dos o tres días seguidos, a menos que coescribiese con otros o tuviese que adaptarme a una dinámica de trabajo impuesta desde fuera.

Envidio a la gente capaz de asumir “horarios de oficina” aunque trabaje en casa. No obstante, muchos nos sentimos más cómodos creando a partir del desorden. ¡Que no cunda el pánico! Existen distintas maneras de afrontar el proceso creativo y no son excluyentes entre sí.

COMER Y DORMIR BIEN.

Sí… a mí también me da bastante pereza este apartado, pero cada vez estoy más convencido de que mente y cuerpo son indisociables. Nuestro estado físico influye muchísimo no sólo en nuestra capacidad de rendimiento, sino en el modo en que interpretamos las cosas.

Descansar mal es la forma más efectiva de convertir en montañas los granos de arena. Todo nos parece inafrontable cuando estamos físicamente agotados. Nuestras ganas de luchar se reducen drásticamente, resulta más difícil encontrarle sentido a las cosas, la brújula emocional se nos estropea.

Si te notas más negativo de lo habitual, más desmotivado… es probable que necesites dormir más o mejor. En caso de que te las puedas permitir, unas horitas de sueño hacen milagros. Es algo tan evidente que a veces lo olvidamos. Si sufres de insomnio, internet está lleno de consejos para ayudarte a dormir. Algunos te funcionarán, otros no. Cada persona es un mundo. Prueba hasta encontrar los que mejor se adapten a ti. En su día propuse algunos remedios para el insomnio en este otro post.

Todo lo que hemos comentado sobre el sueño se puede aplicar igualmente al tema de la alimentación. Una mala nutrición implica un bajón energético: eso afecta al estado de ánimo y hace que el diablillo de la procrastinación resulte más tentador.

Sobra decir que ambos conceptos están relacionados: Una alimentación adecuada ayuda a tener buen sueño, y hacer un poco de ejercicio contribuye a su vez a ambas cosas.

También conviene dejar claro que, a pesar de esos mitos que nos encandilan, a pesar de esos artistas bohemios que creaban bajo el influjo del opio y la absenta, a pesar de los Hemingways y los José Alfredos agotando las existencias de los bares, a pesar de las canciones emblemáticas con retrogusto a cocaína o LSD… es probable que rindas mejor estando sobrio.

Conozco a creadores que afirman lo contrario. Es una opinión respetable. Imagino que cada organismo funciona de una forma distinta y cada uno debe escucharse a sí mismo para saber lo que le sienta bien. Beber es uno de mis hobbies favoritos. Mataría a Billy Wilder por una cerveza. Pero cuando me pongo a teclear, casi siempre prefiero hacerlo sobrio. ¿He dicho “casi siempre”? Bueno… ejem… hay excepciones… Aunque normalmente la única droga que uso cuando escribo es el té.

¡Voy a cambiar ya de tema, porque no quiero parecer una enfermera en lugar de un guionista! Y porque si sigo insistiendo en esto podría sentirme obligado a predicar con el ejemplo.

LA FILOSOFÍA DEL BARRENDERO BEPPO.

No es la primera vez que hablo de este truco que heredé de un profesor de la universidad. Beppo es un personaje de la novela Momo de Michael Ende.

Era barrendero. Su trabajo consistía en barrer la ciudad entera, y era una ciudad enorme. Demasiados kilómetros cuadrados de hojas muertas. Pensar en la totalidad de la tarea desanimaría a cualquiera. Esto es lo que hacía Beppo, según sus propias palabras que son las de Michael Ende:

“Nunca se ha de pensar en toda la calle de una vez, ¿entiendes? Sólo hay que pensar en el paso siguiente, en la inspiración siguiente, en la siguiente barrida. Nunca nada más que en el siguiente.”

Me parece una manera simbólica y hermosa de recordar lo que todos sabemos: Que rendiremos más y mejor si fragmentamos el trabajo y nos ponemos metas asequibles. Si Jack el Destripador no se hubiese centrado en matar a las prostitutas de una en una se habría desmoralizado antes de empezar.

 beppo

HAY QUE ACOJONAR AL FOLIO EN BLANCO.

¿Qué es eso de tenerle miedo al folio en blanco? ¡Haz que te tema él a ti! Quizá el truco consista en disparar primero. No permitas que permanezca blanco durante demasiado tiempo. Mánchalo de estupideces. Ya habrá tiempo más adelante de rebuscar, de ordenar, de descubrir que has vomitado un par de perlas sin querer, que sólo hay que reubicarlas y pulirlas.

Creo que endiosamos nuestra profesión. Respetamos demasiado el acto de escribir y el dichoso folio en blanco. Por supuesto que la escritura es importante, por supuesto que merece ser mimada. Para mí la escritura tiene un carácter sagrado, como todos los juegos.

Recuerdo un proverbio taoísta que afirmaba: “El hombre sabio se ama, pero no se aprecia.” Yo tunearía esa frase para aplicarla a nuestra labor:

Ama la escritura, pero no la respetes.

Mi triquiñuela favorita para lanzarme al folio en blanco sin veneración paralizante consiste en convencerme a mí mismo de que nada de lo que escribo es definitivo, nada de ello se va a cincelar en piedra. Ni siquiera lo va a tener que leer otra persona a menos que yo lo decida. “ES SÓLO UNA PRIMERA VERSIÓN”. Dicho así parece fácil, pero no lo es. Porque no te tienes que convencer a ti mismo, sino a tu subconsciente.

Inciso: Poco después de terminar el borrador de este post (que “sólo era una primera versión”) vi este vídeo en el que Neil Gaiman decía exactamente lo mismo. Así pues, no lo digo sólo yo. ¡Lo dice Neil Gaiman!

A mí a veces me resulta útil escribirle un mail a algún amigo para contarle la historia que tengo entre manos. Eso me desbloquea por dos razones:

En primer lugar, porque no escojo un amigo al azar, sino a alguien que creo que es público objetivo de la clase de historia que estoy escribiendo. Cuando le escribo a ese amigo, le estoy escribiendo a mi espectador ideal.

En segundo lugar, contarlo en un mail me exime de formatos rígidos, de courier 12, de convenciones ortodoxas. Escribo con la comodidad de no sentirme obligado a ser profesional. Estoy contando la historia, pero no es una sinopsis, ni un guión, ni un tratamiento. Puedo ir hacia atrás y hacia adelante cuando me dé la gana, puedo usar un lenguaje coloquial, puedo comparar mi historia con otras pelis u otras novelas. Sin casi darme cuenta, esa conversación la estoy teniendo también con mi propio inconsciente, y estoy obligándome a mí mismo a buscar sobre la marcha soluciones concretas para cosas que tenía menos claras de lo que yo creía. Todo ello sin presión alguna, con la confianza y la distensión de una conversación en la barra de un bar.

Esto guarda alguna relación con el último “truco” que quiero compartir. ¡Sí, el último, enseguida me callo!

ENAMÓRATE DEL PROYECTO.

En última instancia, todos o casi todos los bloqueos son emocionales. Llegan cuando el amor da un paso atrás en favor de otra clase de emociones.

¿La historia en la que trabajas empezó entusiasmándote pero ahora ya no sientes esas maripositas en el estómago? Tal vez por la erosión, por el desgaste de haberla mareado durante tantos meses. Tal vez porque la historia ya no es la misma que al principio de la relación, o tú no eres el mismo, o ambas cosas.

O peor todavía: ¿En realidad nunca te ha enamorado el proyecto? ¿Lo has aceptado por obligación? Pues entonces, una de dos: O lo abandonas o… ¡si no tienes pasión, te jodes y te la inventas!

Supongo que hay cien maneras ortopédicas de inducir al enamoramiento, pero muchas de ellas requieren de tiempo, de perspectiva, de dejar el material en barbecho… y no siempre podremos permitirnos esos lujos, porque últimamente todo el mundo quiere las cosas “para ayer”.

Mi truco favorito en esa clase de situaciones está relacionado, como decía, con el apartado anterior. Si te cuesta enamorarte de tu proyecto, enamórate de tu público. Cuando nos enamoramos de alguien somos así. Por amor a una chica puedes llegar a creer que te gusta la discografía de Maná. Por contentar al chico de tus sueños eres capaz de decidir que quieres ser vegetariana. Por ello insisto: Escribe teniendo siempre en la cabeza a tu espectador ideal. Ponle nombre y cara. Elige a una persona (o dos, o tres) que conozcas realmente: personas que te encanten, personas a las que te gustaría hacer disfrutar.

Si te gusta la cocina puede que te parezca humillante preparar un vulgar plato de espaguetis con tomate. Eres capaz de cosas mejores: delicias con las que disfrutarías mucho más como gourmet y como autor. Pero si amas a tus niños con locura y resulta que a ellos sólo les gustan los espaguetis con tomate, el amor hará que disfrutes cocinándolos. Durante unos minutos, esa chorrada de plato se convertirá en tu capilla sixtina.

No obstante a veces, cuando intentamos currar, no nos viene a la cabeza ese espectador idílico que ama lo que hacemos, sino esa persona que nos ha encargado el trabajo, ese ejecutivo que tiene que dar el visto bueno, que en lugar de motivarte te coarta, que te pone peros, que te condiciona con cifras de audiencia, que trata tu trabajo como material de charcutería. Me temo que esa clase de personas son necesarias en la industria audiovisual. Ellos también hacen su trabajo lo mejor que pueden y es conveniente que estén ahí. Entrégales el resultado final, sométete a sus designios inescrutables…

… pero no pienses en ellos mientras escribes. Piensa en los niños que se van a comer los espaguetis.


BERLÍN NO EXISTE

31 enero, 2012

Por David Muñoz

“Cuando consiga X, por fin me pondré a escribir ese guión en el que llevo pensando varios años y que hasta ahora no he sido capaz ni de empezar”.

Seguro que todos hemos dicho (o pensado)  esa frase alguna vez.

“X” puede ser muchas cosas: un trabajo que te deje las tardes libres, estabilidad económica, estabilidad sentimental, una casa nueva, un ordenador nuevo, etc. Casi cualquier cosa vale.

Llevo muchos años dando clase (y teniendo amigos guionistas) y he escuchado mil variantes de X; mil excusas para justificar que pasen los meses, que pasen los años, y ese guión maravilloso que juras estar deseando escribir nunca se haga realidad.

Al final “X” es solo una excusa que no solo les cuentas a los demás sino que te cuentas a ti mismo para poder seguir hablando de tu maravilloso proyecto sin que se te caiga la cara de vergüenza.

No quiero trivializar el asunto. Hay muchas razones de peso para no poder trabajar (y si tu subsistencia depende de ello, puede ser un asunto grave), pero es raro que tengan que ver con ese “X”, con esa condición externa cuya consecución esperamos nos ponga por fin en la pista de salida.

Casi siempre el problema somos nosotros.

En realidad, en la mayor parte de las ocasiones, cuando mis alumnos me cuentan alguna historia de este tipo (y sé que no me mienten, que son sinceros, se la creen), basta que hable un rato con ellos para darme cuenta de que lo que ocurre es otra cosa.

Más concretamente, les aqueja una de estas “enfermedades” (o varias a la vez):

-Falta de disciplina. Muchas veces hay que obligarse a escribir. Para llegar al estado mental en el que todo empieza a fluir con naturalidad, a menudo hay que pasar varias horas combatiendo las ganas de levantarse de la silla para hacer otra cosa que te lleve menos esfuerzo, que te resulte más fácil.

-Falta de capacidad de trabajo. Escribir puede ser extenuante. Mucha gente se cansa antes de llegar a tener un resultado que les compense por el esfuerzo.

-Falta de confianza en si mismos. “Todo lo que escribo es una mierda”. Con un “Pepito Grillo” malvado encima del hombro recordándote que por mucho que te esfuerces no vas a ser nunca tan bueno como Paul Schrader no hay manera de escribir nada. Si tú tienes uno, haz que calle para siempre. Mátalo.

-Perfeccionismo. “Cada frase que escriba debe ser buena, sino, no paso de la página 1”. Ese perfeccionismo y sus variantes, casi siempre paraliza. Uno se exige más de lo que puede dar, no se pasa ni una, y así no hay manera de trabajar. Suele ser la “enfermedad” de los muy cinéfilos o los muy puestos en teoría guionística. Pero para escribir (al menos un primer borrador) a veces es mejor olvidarse de lo que se sabe, de cuadrar lo que se está inventando en una plantilla, y dejarse llevar, abandonándose al proceso creativo de una forma más instintiva y mucho menos racional que lo que sugiere la lectura de los manuales. Ya habrá tiempo luego de hacer todas las correcciones que hagan falta.

Precisamente he leído hace poco una entrada en GuionistasVLC que habla de esto mismo y con la que coincido bastante.

-Una aflicción que yo llamo el “davidlynchismo”. “¡Dios mío, no puede ser, todo lo que se me ocurre es como de Berlanga y yo quiero ser como Lynch!”. En su primera fase lleva a la parálisis creativa, y cuando se cronifica produce infelicidad permanente.

-El infantilismo. “¿Por qué nadie quiere comprar mi guión si es mejor que casi todos los que se ruedan?”, “¿Por qué no me dan una oportunidad?”, “¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?”. Se trata de un síndrome que aqueja sobre todo a aquellos que habiendo vendido un guión (o habiendo participado en su primera serie de televisión), luego se pasan varios años viéndolas venir. También afecta a aquellos guionistas que aun vendiendo proyectos, no llegan nunca a verlos hechos realidad. El infantil es un frustrado que después de trabajar mucho durante años corre peligro de quemarse.

-La megalomanía conspirativa. “Soy el nuevo Stanley Kubrick, lo sé yo, lo saben ellos. Entonces, ¿por qué no se rinde el mundo a mis pies? Pues yo te lo digo: porque hay una conspiración en mi contra”.  El conspirativo cree que todos los premios y todas las subvenciones están ya dadas antes de que salga la convocatoria, que existen decenas de directores sin talento pero tan, tan “conectados” (sea lo que sea eso), que los productores no tienen otra que impulsar sus proyectos una y otra vez, etc. El conspirativo raramente se para a pensar que tal vez su material no es tan atractivo como él cree, o que quizá ese guión que lleva moviendo diez años no es ni siquiera producible.

Hay más aflicciones paralizadoras, pero creo que con las anteriores os podéis hacer una idea de por dónde van los tiros.

Pero hay maneras de combatir todas estas “enfermedades” que llevan al bloqueo. De hecho, pienso dedicarles varias entradas en un futuro próximo.

Yo, como supongo que todos los guionistas, he estado ahí, he sido incapaz de escribir (mi “enfermedad” ha sido el infantilismo) y me he inventado todo tipo de excusas para no afrontar lo que me pasaba. Afortunadamente me di cuenta de lo que me estaba ocurriendo antes de tener que ponerme a aprender otro oficio, pero he visto a muchos alumnos y también a compañeros desperdiciar su talento, atascados en un estado mental que les impedía ser lo que querían ser.

Y, os preguntaréis… ¿qué tiene que ver todo esto con el título de esta entrada?

Lo de Berlín es porque se me ocurrió escribirla viendo “From the Sky Down”, el documental de David Guggenheim que cuenta cómo fue la grabación (¡ya hace 20 años!) del que para mí es el mejor disco de U2: “Achtung Baby”.

Tras el éxito de “The Joshua Tree”, que fue el disco que les convirtió en un grupo capaz de llenar estadios, los irlandeses grabaron “Rattle and Hum”, la banda sonora de una película documental centrada en sus intentos de empaparse de la músicas norteamericanas “de raíz” (blues, góspel, rock and roll, folk, etc.). El proyecto no solo fue mal recibido sino que les sumió en una fuerte crisis de identidad que estuvo a punto de terminar con ellos. Después de muchas vueltas y revueltas, decidieron incorporar a su sonido elementos de la música de pop bailable que se estaba haciendo en Manchester, y dejar Irlanda para grabar en los estudios Hansa de Berlín, donde habían trabajado anteriormente David Bowie o Iggy Pop. Allí, lejos de casa, esperaban encontrar la inspiración perdida.

Pero Berlín no les dio lo que esperaban. Tal y como explican en el documental, el viaje fue interesante (llegaron justo cuando acababa de ser derribado el muro), pero por más que lo intentaron no consiguieron “desatascarse” creativamente. Ninguna de las ideas que se les ocurrían les mostraba el rumbo a seguir.

Hasta que por fin, después de muchos ensayos, de mucho trabajo, Edge, el guitarrista de la banda, llegó un día con los primeros acordes de la canción “One” y todo empezó a tener sentido. “Eso” era lo que querían hacer.

¿Y dónde terminaron de grabar el disco? En Irlanda.

¿Les vino bien ir a Berlín? Sí, porque les obligó a enfrentarse a los problemas que les estaban causando el bloqueo, que por supuesto no tenían nada que ver con vivir en Dublín o en Berlín. Pero los estudios Hansa no obraron ningún milagro. La “circunstancia externa X” de la que hablaba al principio de esta entrada era solo un escenario que podía ser intercambiado por otro. Lo importante estaba pasando por dentro (y entre ellos).

Por eso decía que “Berlín” no existe.  El lugar mágico donde todos los sueños se hacen realidad solo existe en los cuentos de hadas. De los bloqueos creativos no te saca el atrezzo.

Si se tiene claro lo que se quiere escribir, y se sabe cómo hacerlo, lo demás no importa. Se puede escribir en casi cualquier circunstancia. A ratos, en el metro, en una libreta, en medio de una depresión, después de una fiesta… Cuando estás en lo que los americanos llaman “la zona”, es muy difícil que te puedan sacar de ella.

En una escena del documental de U2*, se ve a Bono haciendo algo que tiene que ver con una de las maneras en las que creo que podemos enfrentarnos a los bloqueos creativos. En vez de llegar al local de ensayo con una melodía y una letra trabajadas previamente en su casa, Bono empieza a cantar lo primero que se le ocurre sobre el borrador de canción que toca Edge. Y al principio, en vez de palabras de verdad, dice cosas sin sentido, pero poco a poco, va encontrando frases que le gustan, frases que van apuntando un sentido, una narrativa.

De una manera parecida, los guionistas debemos ser capaces también de abandonarnos al proceso creativo, a nuestra imaginación, y empezar a escribir (o solo a inventar; muchas veces no hay ni que apuntar lo que se nos está pasando por la cabeza), sin saber a dónde nos va a llevar. Si lo conseguimos, si realmente nos entregamos, lo sorprendente es que al final casi siempre hay una historia. A lo mejor no es la mejor que podemos escribir, pero seguro que nos ayuda a recuperar la confianza en nosotros mismos.

Porque creo que, resumiendo todo lo anterior, al final es casi siempre un problema de confianza.

La  pregunta que sintetiza todas las preguntas posibles que se hace uno cuando está bloqueado es:“¿Y si no soy capaz?”.

Pero sí eres capaz. Lo único que no sabes es cómo. Y a veces, aunque lo sepas, te da pereza intentarlo.

*Algunos estaréis pensando: “¿Qué tendrán que ver mis problemas con los de un cantante multimillonario?”. Pues tienen que ver, y mucho. Delante de una hoja en blanco (o de una guitarra) da igual todo el dinero que tengas en el banco. Estás en igualdad de condiciones.


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