SI NO FUERA POR ESOS MOMENTOS

13 diciembre, 2012

por Carlos López

IDEA

ESE MOMENTO de confusión entre sueño y despertar, cuando aún no estás seguro de si has tenido una idea o sólo la persigues, si es la misma de siempre o, por fin, algo original. En ese momento retrasas los compromisos, llegas tarde a todo porque puede ser la idea que estabas esperando, te obligas a no levantarte de la cama hasta darle forma, enunciado, un nombre y una línea de convicción. Y entonces, en ese momento, te vuelves a quedar dormido.

Y sabes que la idea, esa u otra, es la falsa liebre tras la que corres como un galgo de competición. Nunca consigues atraparla. Y el día que le das alcance, de golpe deja de gustarte. QUÉ OFICIO.

CAJONES

Luego vendrá ESE MOMENTO en el que, de pronto, todo te interesa. Cancelaron tu serie, prometieron llamarte pero pasan los días y no te llaman. Y tú buscas en el fondo de los cajones de tu mesa y en los de tu portátil. Recopilas historias, retomas proyectos, vuelves a ir al cine y a leer las noticias tomando notas. En cada titular ves la semilla de una historia y acumulas información que pronto se convierte en sinopsis. Empiezas a escribir tres guiones a la vez aunque sabes que difícilmente terminarás dos y es improbable que vendas uno.

En ese momento calculas cómo de deprisa han de ir las cosas para que tu cuenta bancaria registre el próximo ingreso (mandas el proyecto–te responden–te reúnes–les gusta–te lo encargan– negocias–firmas el contrato–escribes–entregas–facturas–cobras) y te das cuenta de que no llegarás vivo. Llama. Coge el teléfono y llama. Pregunta por aquel proyecto, ofrece uno nuevo, camufla tu impaciencia de entusiasmo y piensa con fuerza en la palabra dinero a ver si les llega el pensamiento por las ondas y así se apiadan de ti.

Descuelgas. Marcas. Soy yo. Hombre. Ya ves. Cómo está la cosa. Es que. Hay que. Por eso llamaba. Ya, pero es que justo ahora. No, si yo. Claro, claro. Pero pásate cuando quieras.

En ese momento ya es tarde para darte cuenta de que NO deberías haber llamado. Antes eras alguien a quien podían llamar. Ahora pasas al final de la lista. Tu llamada es una entre cien. Todos llaman. Sólo algunos son los llamados.

¿Por qué nadie nos dijo que el talento para venderse era
mucho más necesario que cualquier otro talento?

IMPOSTOR

ESE MOMENTO en el que tienes que estar a la altura de la sinopsis, vendida con pasión y entusiasmo, promesa de un deslumbrante guion que casi ni te atreves a escribir por miedo a decepcionar a todo el mundo. Vale, has traspasado la línea, les gusta tu idea y están esperando tu guion con impaciencia. En ese momento te dices, una vez más, que de esta vez no pasa, que esta vez te descubren, ésta no les engañas, sabrán que tú estás aquí de milagro y que por mucho que presumas, por muchos cursos que impartas y muchos artículos que escribas NO TIENES LA FÓRMULA. Eres un impostor. Todos los guionistas somos impostores.

En ese momento te das cuenta de que en esta profesión poco importa que lleves uno o veinte guiones a la espalda, que seas novato o vieja gloria: todos igual de indefensos ante la pantalla en blanco, que es la única verdad absoluta, con miedo a no acertar, a no gustar, a no gustarte, a no hacerlo bien, a no superar la prueba. Todos los guionistas somos estudiantes en examen constante.

Y para rebajar la presión buceas en google como si la inspiración tuviera página web. En ese momento tropiezas con algo inesperado, fuera de lo común o quizá tan común que a todos puede interesar: el posible argumento de otra historia. Aún no has terminado un guion y preferirías estar escribiendo otro. Todos los guionistas somos infieles, engañamos a nuestras ideas con otras.

¿Por qué la experiencia sirve de tan poco cuando empiezas a escribir un nuevo guion?

La postura vital de un guionista.

La postura vital de un guionista.

SUDOKU

ESE MOMENTO en el que acaba la maratoniana reunión de trabajo y todos se relajan menos tú, porque a ti te toca convertir las notas en guion. Al primer repaso te das cuenta de que hay que rehacerlo de arriba abajo, y eso que todo el mundo decía que le gustaba, que eran cuatro cambios de nada, que no te iba a costar y que por eso, claro, tendrías que tenerlo listo para el lunes. Otro fin de semana con las manos sobre el teclado.

En ese momento te parece una tarea imposible. No sólo porque no vas a llegar a tiempo sino porque no hay manera de hacer caso a todo y a todos a la vez. Tienes delante los informes de todo el mundo y, por supuesto, defienden propuestas contrarias. Quieren violencia sin sangre, amor sin sexo, intriga sin misterio. Algo potente que no moleste a nadie. Todo fácil de digerir, que el público no trabaje. A cambio, a ti te piden un sudoku que no hay manera de cuadrar, porque además acabas de enterarte de que van a suprimir personajes, que hay menos exteriores y que tienes que contar lo mismo con menos tiempo, dinero y preparación.

Maldices mientras escribes, echar la culpa a los demás inyecta creatividad, tanto límite impuesto te hace sentir menos responsable del resultado y escribes a chorro, única posibilidad, por otra parte, de acabar el guión en tres días. Te gusta: a ver si al final van a tener razón.

En ese momento descubres que los calendarios son un fuelle que actúa por libre, que a estas alturas ya deberían estar rodando y tú, ya ves, tienes entre manos la décima versión. Qué ganas tienes de terminar, de que salga en vídeo, de que la pasen por la TDT. Ya está. Se acabó.

Y entonces te entra el pánico: cuando acabes no sabes qué será lo siguiente. ¿Y si este es tu último proyecto? Tienes prisas por acabarlo y a la vez miedo a que acabe. Reconócelo: no es la situación ideal para escribir chistes.

Justo en ese momento suena el teléfono: la grabación se retrasa porque la actriz, que siempre fue la más entusiasta del proyecto, acaba de firmar por otro. Hay que reescribirlo todo.

¿Por qué escribir guiones es un bucle infinito, en el que
toda palabra impresa es siempre provisional?

BLANCO

ESE MOMENTO en el que relees lo escrito el día anterior y te das cuenta de que es mucho peor de lo que recordabas. Y tú que confiabas en que hoy, por fin, ibas a pasar de la página treinta, vas a emplear una jornada de diez horas en revisar, repensar, retocar, rehacer, reinventar, reescribir. Una jornada en RE.

En el momento del café te tomas una pausa y el zapping recala en una película mil veces vista que ahora te atrae como un imán: esa escena es exactamente la que tú estás escribiendo. Te dicen que sucede con las embarazadas, que sólo ven bombos cuando salen a pasear, pero no le encuentras ninguna gracia a la analogía. Porque esa película la han visto muchos como tú, es la prueba del delito. ¿Vas a decir que es un homenaje, un plagio consciente de fan? Venga, hombre, tú siempre lo has criticado. Pero es que cuando escribes, todas las escenas son tu escena, todas las películas hablan de ti, te sientes un loro de repetición, un cine de reposiciones. Todo está inventado. Copiamos mal lo peor de los demás. Donde otros fallaron tú te empeñas en ser el próximo. Buena suerte.

Terminas la jornada con las piernas sobre la mesa, la mirada en el techo, la mente en blanco. Lo dijiste: blanco. La palabra maldita. ¿Y si alguna vez me quedo vacío? ¿Y si llega un momento en que no se me ocurre nada y ese momento ya es para siempre?

¿Hasta cuándo seguiremos siendo capaces de inventar
algo nuevo cada día?

CRÉDITO

ESE MOMENTO en que se te ocurre pasarte por el rodaje en plan amistoso, a mostrar tu buen carácter, no vayan a decir que, además de friqui, eres un ermitaño. Te presentas sin avisar, mala idea, y cuando llegas no reconoces tu guion, ni sabes a qué mano se deben esos diálogos que los actores están interpretando con la cámara en REC. Desconcierto. Ganas de hacerte minúsculo. Quieres salir corriendo pero eres lento, enseguida te llevan al catering, te adulan, te amansan. Lo que más te duele no es que lo hagan, lo que no entiendes es por qué nadie te lo ha dicho.

Te recuerda a ese momento vivido en la oscuridad de una proyección, un pase para el equipo o puede que el mismísimo estreno. Ahora es costumbre que todos los rótulos aparezcan al final, sabes que lucen menos pero ahí quedan para siempre, así que los lees de corrido esperando a que aparezca tu nombre. Es el peor momento para una sorpresa que a veces ocurre: tu nombre aparece mal escrito; o al director le ha dado por firmar también el guion; o sales en el rodillo de agradecimientos, ahí, sepultado en una cascada de apellidos.

Bien pensado, peor si los rótulos hubieran sido al principio: habrías pasado toda la película mascando con rabia cuál va a ser tu respuesta al desaguisado. Está muy feo pegarse por un rótulo, es verdad, pero te dices que más feo es quedarse callado y dejar que te pisen. Vamos allá, valiente.

Cuando se encienden las luces ya te has convencido de que en el fondo te da igual, que lo mejor es no decir nada y que te supongan enfadado. Al llegar a casa escribes una protesta que piensas enviar con tu firma pero en nombre de toda la profesión. Un mail incendiario que guardas en la carpeta de borradores y que, meses después, arrastras a la papelera como si no fueras tú quien lo estuviera haciendo.

Algún día la pasarán por la tele. Eres un masoca y esperarás a ver el rótulo para recordar aquella indignación. Te tragas media película y cuando llega el final, la cadena corta a publicidad en cuanto sale el primer rótulo. Chasco. Ya ni indignarte puedes, ni siquiera con carácter retroactivo.

¿Por qué tenemos una relación tan extraña con
las películas y series que hemos escrito?

¿El guionista? Sí, aquel de la última butaca de la última fila.

¿El guionista? Sí, aquel de la última butaca de la última fila.

ROJO

En ESE MOMENTO te juraste a ti mismo que no volverías a un estreno. A los tuyos, para evitar sorpresas. A los demás, porque allí no hay sorpresas, con lo cual para qué. Los estrenos son para caras conocidas, las que pueden reconocer los fotógrafos, una definición manga ancha del concepto de famoso en la que nunca caben los guionistas. Ni falta que hace. Lo que no quiere decir que quizá podrían esforzase un poquito en darte mejores entradas que la última fila del gallinero, literalmente la última butaca de la última fila, unos cuantos estrenos te has visto desde allá arriba, ¿se creen que los guionistas no sufrimos de vértigo?

Justo en ese momento caes en la cuenta de que tu entrada no tiene punto rojo. Eso aparta la posibilidad de que todo haya sido fruto del azar, del sistema informático, de tu retraso en pedirlas. No. Hay premeditación. El punto rojo. El que tú no tienes.

A la salida, en el vestíbulo, alguien te pregunta si vas a tomar una copa. Tú respondes que mejor no, que estás cansado y mañana curras. Es verdad, pero es que no te han dado entrada para la fiesta, ni con punto rojo ni sin él. Así que vas al servicio y allí coincides con ese actor que has visto en plató pero nunca te presentaron, le has escrito páginas y páginas de diálogo pero cuando evacuáis cara a la pared no os dirigís la palabra. Miras de reojo y compruebas que en el bolsillo de su chaqueta asoma un tarjetón con un punto rojo del tamaño de una ficha de parchís. Y el actor te devuelve la mirada arqueando la ceja: yo creo que se está pensando lo que no es. Estaba mirando el punto rojo, le digo. Ya me he dado cuenta, me dice él.

De vuelta a casa, te alegras de no haber sido invitado a la fiesta: sabes positivamente que media hora después te habría arrinconado un amigo de un familiar de alguien del equipo, que copa en mano estaría contándote la historia de su vida año por año, porque eso sí que es una película.

¿Por qué formamos parte de un espectáculo
que se empeña en olvidarse de nosotros?

CRASH

ESE MOMENTO en que tu ordenador hace crash. La tragedia con mayúsculas. Ni siquiera ha llegado a encenderse, se te ha ido sin avisar, por primera vez lo miras como a un objeto sin vida. Y te sientes un idiota porque cumples a rajatabla la ley de Murphy: anoche no hiciste copia de seguridad, no lo mandaste a la nube, ni siquiera un correo a ti mismo, ni un duplicado en un pen. Nada.

En ese momento te sabes sentenciado, por eso no te extraña que en el servicio técnico te digan que no hay ninguna seguridad de que puedan recuperar los datos y de que, en cualquier caso, van a tardar una semana. ¿Una semana? Pero si el ordenador es una placa más pequeña que una tableta de chocolate, ¿cuántas cosas se pueden hacer con algo así en una semana? ¿Van a hurgar en mi privacidad, van leerse el guion y opinar sobre él? Seguro que me echan la culpa del desastre: mire usted, tío pedante, el ordenador ha hecho crash porque escribe usted cosas muy malas. Y encima le hemos visto que pidió una subvención.

Nadie te presta un ordenador, así que pasas una semana a dieta absoluta. Si estás en una producción, te acercas a la oficina a escribir en donde haga falta. Si estás en casa, pasas el mono como puedes. En ese momento te das cuenta de hasta qué punto eres un yonqui del teclado. Eres como Adrian Brody en El pianista: denme un tablón de madera y moveré mis dedos como si mecanografiase. Como no encuentras el tablón, al rato entra un amigo en casa y te pilla abriendo una lata de melocotón con el abrigo puesto. A ver cómo se lo explicas.

¿Qué ordenador tendría Shakespeare, Apple o Pc?

SUSPIRO

ESE MOMENTO en que un SMS te anuncia un share del nueve o una recaudación por copia que roza lo miserable, que da tristeza imaginarte a los espectadores desperdigados por la sala. En ese momento vuelves a ser consciente de que todo tu trabajo casi siempre desemboca en poco menos que nada, una traca que hace pum y se apaga. Meses y a veces años de dedicación para un suspiro. Y nadie sabe cómo se hace, por fortuna y por desgracia, tú menos que nadie: lo que te gusta fracasa y lo que detestas es alabado y hace caja.

Todo por un suspiro. ¿Merece la pena?

Justo en ese momento te puede dar por preguntarte si de verdad tienes talento. Si tú servías para esto o si todo se reduce a que eres un cabezota, a que te empeñas en ser algo que en realidad no eres. Eres un impostor.

En ese momento de bajón, no sabes cómo, acabas en una web en la descubres que la tesis doctoral de Sigmund Freud trataba de los testículos de anguila. Tenía veintiún añitos. El trabajo se titulaba: “Observaciones sobre la configuración y estructura fina de los órganos lobulados de anguilas descritos como testículos”. Es decir, los cojones de las anguilas, que, al parecer, existían teóricamente pero nunca habían podido ser analizados. Con el único propósito de encontrar los cojones a las anguilas, el joven Sigmund viajó a Trieste y allí, después de diseccionar cuatrocientos ejemplares, fue consciente de su fracaso. Como suena: fracaso. Una nulidad científica.

¿Superó Sigmund Freud el fracaso de no haber encontrado los testículos de las anguilas? (Freud en "Un método peligroso")

¿Superó Sigmund Freud el fracaso de no encontrar los testículos de las anguilas? (Viggo Mortensen es Freud en “Un método peligroso”)

Supongo que el joven Sigmund Freud pasaría, al menos, una mala noche. Una crisis. A punto estaría, quizá, de tirarlo todo por la borda, a la mierda, me cago en la madre que parió a las anguilas, para qué soñar, si yo no valgo para la ciencia, ya lo decía mi madre. Se acabó: abro una tienda de zapatos. O ingreso en el Ejército, que hay paga y comida.

Se echaría a dormir. Y a la mañana siguiente, en ESE MOMENTO de confusión entre sueño y despertar, cuando aún no estás seguro de si has tenido una idea o solo la persigues… el joven Sigmund se convirtió en el doctor Freud.

Merece la pena seguir porque la idea que estabas esperando
siempre está a punto de llegar.

Quién sabe para qué estás dotado, si para las anguilas o el psicoanálisis, quizá todo sea cuestión de ponerle ganas. El éxito está a la vuelta de la esquina, más cerca de lo que uno supone. El fracaso es la primera etapa del éxito. Todo este asunto –la vocación, el talento, el esfuerzo y la recompensa– será, con total seguridad, objeto de un futuro post.

Y así llegas a ESTE MOMENTO en el que caes en la cuenta de que hoy pensabas huir de tus acostumbrados posts largos como anguilas, que no querías ese tono de academia nocturna de guion sino un post simpático y ligerito. Y mira lo que te ha salido, una paja mental que ya supones que nadie leerá, o peor aún, van a decir que les gusta sin haberla leído, abundarán felicitaciones y, entre ellas, algún comentario destemplado al que responderás con rabia innecesaria. Como si las palabras fueran a cambiar el mundo.

Y entonces, pensando en Freud, EN ESTE MISMO MOMENTO te fuerzas a ser optimista y concluyes que de algo sirven las palabras. Puede que a otros no, pero a ti, de momento, el desgaste del teclado te está ahorrando una pasta en terapias.


LA CARTA DE BIENVENIDA

12 septiembre, 2012

Por Chico Santamano.

Querido Leopoldo González Echenique (nuevo Presidente de RTVE),
Querido Ignacio Corrales (nuevo Director de RTVE),
Queridos los dos,

…no soy un hombre de la casa, aunque he trabajado para ella, y desde mi modesta posición de guionista quiero daros la más sincera bienvenida al cargo. En serio, no me gustaría estar en vuestro lugar. Tenéis un marrón de los gordos y os deseo la mayor de las suertes.

Seguro que estaréis algo aturullados ante la perspectiva de abrir la puerta del despacho cada día y encontraros con esa multitud que pregunta “qué hay de lo mío”.

La verdad es que durante meses los profesionales del sector hemos vivido angustiados creyendo que RTVE no apostaría más por la ficción. Las torpes palabras del Ministro de Hacienda no calmaron precisamente los ánimos. Al menos ahora parece que se ha desbloqueado la salida de productos de la nevera.

¡Por fin se estrenó Isabel! ¡Y qué buen dato de audiencia! La Primera ha recuperado el brillo en el prime time con un producto de calidad del que sentirse orgullosa. Ha sido un soplo de optimismo que nos ha permitido pensar que no seríais capaces de dejar morir esta industria de la misma forma que Kate Winslet abandonó a su suerte a Leonardo di Caprio en Titanic.

Yo no sé mucho sobre gestión de cadenas. Pero a lo largo de los años que llevo currando como guionista he ido observando algunas cosas que lo mismo os es útil para manejar esta locura denominada “el Ente”. Voy a ejercer el papel del pobre iluso de oficina que cuando llega un nuevo jefe, libre de prejuicios y malos hábitos adquiridos, corre a venderles cuatro o cinco obviedades. Trivialidades que de verdad cree que harían mucho bien al funcionamiento interno de la oficina. Voy a ser un poco Dwight Schrute.

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PRIMERA OBVIEDAD. Entiendo que las series son caras. Lo son y algunas muy mucho. La mayoría de las productoras que trabajan para vosotros han accedido a rebajar presupuestos en los últimos años y posiblemente estarían dispuestas a renegociar aún más si con eso pueden seguir manteniendo su producto en antena y evitar que un centenar de familias se vaya a la calle.

Si las superestrellas (y todos sabemos de los protagonistas de qué superserie hablamos) no acceden a bajarse sus supercachés no sería ningún drama. Chapemos la serie de la misma manera que se ha hecho en USA toda la vida de Dios aunque estuvieran en pleno éxito de audiencia.  ¿El presupuesto se dispara? ¿La serie no es rentable? ¿Cargarnos a sus protas desvirtuaría el producto? Pues nada. Una serie dejará paso a otra más barata. Posiblemente a DOS más baratas. De esta forma la supervivencia estará garantizada. Y si aún así la ficción en general os sigue pareciendo un producto prohibitivo entonces tendremos que ir a por la segunda obviedad.

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SEGUNDA OBVIEDAD. ¡Coño, que vuelva la publicidad! Siendo una tele PÚBLICA la audiencia no debería importaros un pimiento, pero si os pica (con razón) el amor propio de no querer hundir el canal y os da miedo la bajada de share… no temáis. Telecinco tiene muchos anuncios y os supera en una cantidad considerable de franjas.

Si no queréis ser recordados como los tíos que trajeron de nuevo una invasión de anuncios a la parrilla, recuperadlos aunque sea sólo para el prime time. Con las tarifas por spot que se gastan en la hora de máxima audiencia, aliviaríais el coste de todo un capítulo con tan sólo un corte y un patrocinio bien puesto. Y si Vasile se enfada, que se enfade. Total… se enfada todo el rato.

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TERCERA OBVIEDAD. Las series de TVE viven un momento dorado. Cuéntame, Gran Reserva, Aguila Roja, Los Misterios de Laura, Amar en tiempos revueltos… no sólo tienen audiencias millonarias sino que cosechan premios y prestigio para la cadena y el país allá donde van. Las estanterías de Cuéntame tienen que haber sido reforzadas con cemento armado para soportar el peso de sus múltiples premios. Gran Reserva ha lucido en festivales más allá de nuestras fronteras con, entre otros, un premio de bronce en el Festival de Televisión de Nueva York y una nominación a mejor Drama en el de Seúl. La ya perdida Amar en tiempos revueltos (¡qué cojonacos habéis tenido, coño!) tuvo el honor de ser la primera serie española en emitirse en USA en español…

Estos reconocimientos, y muchos más, deberían hacernos entender que las series pueden ser rentables también en sus ventas internacionales. TVE es un maravilloso escaparate para un trabajo espléndido de cientos de profesionales y en el extranjero nos ven cada vez con mejores ojos. Si nuestras series tienen la suerte de hablar español al igual que 500 millones de personas en este santo planeta… ¿Por qué no sacamos más provecho económico de eso y vendemos como el Dios catódico manda nuestro producto?

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CUARTA OBVIEDAD. Nuestros capítulos son largos como un día sin pan. Cualquiera que haya tenido que ir a festivales internacionales a vender nuestras series sabe que ni el tato nos compra nada porque nuestro formato no encaja en sus parrillas. ¿Sitcoms de 60 minutos? ¿Dramas de 70/80 minutos? ¿Estamos locos? Vale que tengamos un prime time más largo que el resto. Vale que ya se hayan testado sitcoms de media hora y no han funcionado (claro, que… vaya series). Vale que si un capítulo acaba a las 22:50 no hay efecto arrastre y la gente huye a otras cadenas, pero a TVE eso debería importarle poco o nada. Repitamos esto una y otra vez:

“¿Somos una tele pública? SÍ. ¿Queremos gustar a la audiencia? SÍ. ¿La audiencia es lo primero? NO”.

Y si de verdad nos preocupa perder audiencia a las 22:50 pues poned otro capítulo de estreno, otro repetido o la enésima reposición de “Españoles por el mundo: Nueva York”. Las productoras que saben lo que es bueno para su producto quieren hacer capítulos más cortos y temporadas más largas, los guionistas soñamos con hacer capítulos con “duración yanki” y los actores se frotan las manos ante la perspectiva de cobrar por un capítulo de 45 minutos lo mismo que cobraban por uno de 80. Claro, ahí habrá que pararles los pies… como siempre. Y no se conseguirá… como siempre, también.

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Y QUINTA OBVIEDAD. La ficción española gusta. Hay una parte importante de la sociedad peleada con el cine español. De eso no hay duda, pero más allá de esa pelea hay ejemplos claros de profesionales, de ese y otros campos, que están viendo reconocido su esfuerzo y talento a través de sus productos.

A pequeña escala, la semana pasada laSexta3 programó cortos españoles en la sobremesa. El lunes empezaron con 45.000 espectadores. La audiencia no dejó de subir día tras día hasta alcanzar el viernes los 89.000 espectadores con el corto “G” de Diego Puertas. El cual aumentó en tres décimas el dato de esa misma franja una semana antes. ¿Qué hubiera pasado si el experimento se hubiera prorrogado durante unas semanas más? ¿Podría hacer TVE algo así? DEBERÍA.

Las citadas “Cuéntame” y “Gran Reserva” han visto cómo sus tramas eran susceptibles de múltiples remakes en otros países del mundo. También Albert Espinosa y sus “Pulseras rojas” hablan de tú a tú con Spielberg para producir la versión yanki.

“Gran Hotel” se ha vendido al mercado francés y ruso. Además de lograr CUATRO nominaciones (incluida mejor Drama) en los premios del Festival de Mónaco.

Es raro el año que no tenemos un español nominado a los Oscars y en la última década hemos tenido más nominaciones a mejor película de habla no inglesa que otras cinematografías más protegidas y prestigiosas.

Rodrigo Cortés, los hermanos Pastor, Nacho Vigalondo, Jaume Collet Serra, Javier Aguirresarrobe… multitud de profesionales españoles están ahora mismo bajo el objetivo de Hollywood.

Hace unos meses se anunció el remake de “Promoción Fantasma” por parte de la productora de Will Smith. Así como Paul Haggis pretende hacer lo mismo con “Celda 211”.

La “Blancanieves de Pablo Berger” y “Lo Imposible” de J.A. Bayona están cosechando ovaciones en el Festival de Toronto esta misma semana.

“Tadeo Jones” ha conseguido atravesar la difícil frontera de China y asegurarse allí su exhibición.

David Victori y su corto “La Culpa” se hizo con un premio de medio millón de dólares en el primer festival internacional de cortos de Youtube.

La mayoría de estos éxitos recientes habrían sido imposibles sin el apoyo del público, pero también sin el APOYO PÚBLICO. Sin instituciones que de una u otra forma consigan junto a los productores que esta maquinaria esté activa y sea rentable para todos. Para vosotros que exhibís nuestro trabajo, para nosotros que intentamos vivir cada de día de él y para el país en general y esa cosa llamada “MARCA ESPAÑA” en particular…

Que no sólo de Copas del Mundo y Zaras vive la imagen exterior de un país.

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Un abrazo y mucha suerte, Sr. Presidente y Sr. Director.


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