IPHIGENIA EN VALLECAS, EL SACRIFICIO INESPERADO

10 julio, 2019

por Carlos Crespo

“Toda nuestra patria tiene su mirada puesta en mí. Si muero, evitaré todas estas atrocidades y mi fama por haber liberado Grecia será dichosa. Padre, aquí me tienes. Por el bien de mi patria y por el bien de toda la tierra helena, me entrego de buen grado a quienes me conduzcan al altar para el sacrificio”.

En la mitología griega, Ifigenia es una de las hijas del rey Agamenón y Clitemnestra. La flota del monarca navega de camino a Troya para participar en la guerra, pero al llegar a Áulide el viento se detiene y los barcos quedan inmóviles, incapaces de seguir avanzando. Es la venganza de la diosa Artemisa por una afrenta pasada del rey, a quien exige el sacrificio de su hija Ifigenia a cambio de que los vientos le sean de nuevo favorables.

Eurípides cuenta este mito en “Ifigenia en Áulide”, una de las últimas tragedias que escribió antes de morir. En ese texto clásico se basa “Iphigenia in Splott”, de Gary Owen, Premio al Mejor Texto en el Festival de Edimburgo 2015. María Hervás no es solo la actriz protagonista de la versión española que el Teatro Pavón Kamikaze reestrenó el pasado 4 de julio, sino que además se ha encargado de traducir y adaptar la obra británica a la realidad y la idiosincrasia de nuestro país.

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La Iphigenia de 2019 es una chica muy joven que malvive en un barrio marginal de Madrid. Una zona sin recursos donde las consecuencias de los recortes traídos por las políticas austeras de los últimos años afectan de manera más grave al día a día de sus habitantes, donde se cierran y derriban polideportivos y bibliotecas públicas en favor de la construcción en esos mismos terrenos de nuevas viviendas que ninguna chavala o chaval del barrio podrán permitirse comprar jamás.

La función comienza con Iphigenia hablando cara a cara con el público asistente, nos dice que esa noche estamos todos allí para darle las gracias porque cada uno de nosotros está en deuda con ella. Más que hablarnos nos increpa. Y empieza un estallido de alaridos, paseos hiperactivos, insultos y palabrotas que nos llevan a querer observarla desde un sitio más apartado, a salvo de sus agresiones, nos gustaría poder abrir el plano y mirarla desde lejos. Iphigenia se nos presenta como un personaje movido por una rabia invisible que usa la fuerza y la intimidación para hacer lo que le da la gana y conseguir lo que quiere todo el tiempo. Y pobre de aquel a quien no le parezca bien y quiera llevarle la contraria, porque Ifi no respeta nada ni a nadie, ni siquiera a una madre con varios hijos cuando le afea la conducta.

Su vida transcurre sin rumbo entre alcohol, sexo, drogas y noches de discoteca; sin estudiar, sin trabajar, sin mayores sueños que evadirse de una realidad en blanco y negro y pasar como pueda los días de resaca en espera de un nuevo subidón. Ifi es agresiva, malhablada y provocadora; es una eterna buscadora de conflicto y por eso nadie se atreve a sostenerle la mirada, porque ella es capaz de pegarse con quien sea por lo que sea cuando sea y nadie quiere meterse en ese tipo de problemas. Y por eso quienes se cruzan en su camino la juzgan con inmediata superioridad moral en menos de un segundo: quinqui de mierda. 

Una noche, estando de fiesta con su novio, Iphigenia se fija en un chico que la mira desde el otro lado de la pista. La mira y no le quita ojo. Se atreve a no quitarle ojo. A no evitar su mirada. A no tenerle miedo. Y encima está buenísimo. Así que ella se acerca. Empieza así un encuentro que cambia su vida. Él se llama Fer y es un exmilitar que perdió la pierna estando de servicio. Pasan la noche juntos y tras ese encuentro Ifi se enamora de él como nunca antes se ha enamorado de otro hombre. Ella, que es fuerte y no necesita a nadie, conoce el amor verdadero por primera vez y su vida termina para que empiece una nueva en la que vivir solo para cuidar de Fer, para besarle las cicatrices y curarle las heridas. Él está roto por fuera y ella está rota por dentro, pero ya nunca volverá a sentirse sola, porque a partir de hoy ella sabe que él le dará a su alma el cariño y los cuidados que ella le dará a su cuerpo mutilado.

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“Iphigenia en Vallecas” es un monólogo, sí, pero está salpicado de pequeños diálogos entre ella y los distintos personajes, todos interpretados por María Hervás. Y aquí llegamos al punto fuerte de la función: la actriz. Para dar vida a las personas del mundo de la protagonista -Enrique, su yaya, Silvina, Fer, Carlos- María elige inteligentemente dos o tres rasgos certeros que describen cada personaje de un golpe de vista o sonido, de una pincelada exacta: un gesto, una forma de caminar, un acento, un tic, una muletilla… la actriz usa el imaginario común sabiamente para ubicarnos con rapidez frente al tipo de personaje que tenemos delante. Y lo hace tan bien, que en mi recuerdo tengo la sensación de haber visto varias escenas de dos personajes: Ifi discutiendo con su yaya que tanto protesta por esto y lo otro; Ifi por la calle con su noviete Enrique, un cachitas de gimnasio no demasiado espabilado dueño de un perro patada; Ifi de risas en casa con su amiga Silvina; Ifi cuando se reúne con Carlos… pero sobre todo, recuerdo a Ifi en la discoteca, atravesando despacio la pista de baile, abriéndose paso entre la gente bajo los focos de colores y la música para acudir al encuentro de Fer, que la espera sin moverse al otro lado, viéndola acercarse sin apartar la mirada. Con la misma destreza con que un buen narrador de novela nos describe personajes, María nos presenta a los secundarios de esta historia para que podamos verlos en nuestra mente y completar el relato. 

Poco a poco, a medida que vamos conociendo detalles de su mundo, nos damos cuenta de que a lo mejor su actitud es solo un escudo y que bajo múltiples capas de palabrotas, gestos amenazantes y un constante aluvión de gritos, se esconde una chica que lo que quiere, simplemente, es no sentirse sola. Ella misma dice que “somos criaturas frágiles, es tan fácil herirnos…”.  Y voluntariamente nos vamos aproximando a ella hasta acabar la función con la sensación de estar viendo un primer plano.

María Hervás deja al público clavado a la butaca con una construcción de personaje soberbia. Tomando como base la imagen típica de una choni de barrio, una nini de libro, una protagonista de cualquier episodio de Hermano Mayor, María crea un ser humano frágil y lleno de ternura que se ilusiona, que alimenta su esperanza y que se rompe muy a su pesar cuando menos se lo espera. El espectador empieza la función juzgando al personaje y encontrando casi imposible la empatía con ella por su actitud ante los demás, pero poco a poco se va acercando a ella y la va entendiendo, descubriendo su enorme humanidad, hallando elementos comunes con ella, sufriendo juntos la injusticia de su situación y llorando con ella su mala suerte. María encuentra el equilibrio perfecto entre las dos Iphigenias -la que ataca y la que sufre, la egoísta y la que se sacrifica desinteresadamente en favor de los demás- y demuestra una vez más un talento extraordinario que ya ha dejado más que claro en otras funciones como “Confesiones a Alá” o “Jauría”.  

La actriz maneja de manera extraordinaria los matices de su voz, trabaja el cuerpo y el movimiento con un control absoluto del descontrol, el exceso de energía y la represión de los impulsos; emociona con cada gesto y cada mirada con una habilidad que está solo en poder de unas pocas profesionales de la interpretación.

Aquí utiliza en ocasiones un recurso que en mi opinión le va fenomenal al texto, y es que a veces parece hablar con la grandilocuencia pausada de los actores de las tragedias griegas, tiene uno la sensación de estar ante el mensajero de estos textos clásicos, ese que suele ser el portador de noticias terribles que traen grandes desgracias. Aquí mezclado con la forma de hablar de Ifi, el efecto que se produce recuerda en algo a los colaboradores de un programa de telebasura a punto de lanzar una exclusiva increíble… justo antes de cortar a publicidad.

Es cierto que la función termina con un subrayado algo excesivo del mensaje y el final es algo precipitado, de forma que el sacrificio de esta Iphigenia de hoy en día aparece como de repente y puede quedar poco explicado o que resulte complicado entender los motivos de la protagonista para aceptar el reto que tiene ante ella, pero… ¿por qué no? ¿No sería maravilloso que en una sociedad individualista y clasista como la nuestra en la que nos han hecho creer que casi todos somos clase media sin serlo, en la que gran parte de la clase trabajadora se avergüenza de sí misma y es retratada por el neoliberalismo como una panda de vagos que aspira a vivir de las ayudas gubernamentales, en la que se han perdido el valor y la importancia de la lucha obrera que quien nos salvara a todos fuera una nini malhablada con la integridad, el valor, la bondad y la generosidad suficientes como para renunciar a su bienestar personal en favor del bien común?

Iphigenia en Vallecas es muchas cosas, pero sobre todo, es un llamamiento a la solidaridad, a la lucha y a la acción. Porque vivimos en un mundo en el que los poderes establecidos siguen oprimiendo -cada vez más- a la mayor parte de la población para favorecer solamente a unos pocos sin que opongamos la menor resistencia. Porque estamos dormidos. Porque estamos ahogados hasta decir basta. Y a lo mejor ha llegado el momento de decir justo eso.

Basta.

“Iphigenia en Vallecas”, dirigida por Antonio C. Guijosa, podrá verse en el Teatro Pavón Kamikaze hasta el próximo 26 de julio. 


EFÍMERAS, LA ESENCIA DEL TEATRO

23 mayo, 2019

Cincuenta propuestas teatrales que van desde lo textual a lo gestual pasando por la creación musical y lo multidisciplinar se reparten por casi veinte salas de la capital para conformar la VI Muestra de Creación Escénica Surge Madrid 2019, que comenzó el 8 de mayo y terminará el 2 de junio.

En la Sala AZarte estuvo Efímeras (una plácida vida tranquila), de José Manuel Carrasco, los días 17, 18 y 19 de mayo.

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Según Aristóteles, “las efímeras son animales sin sangre y muchos pies que vuelan o andan” pero que son conocidas, sobre todo por la duración de su existencia. Un insecto cuyo ciclo vital es de 24 horas y cuya peculiaridad (si se puede considerar peculiaridad a lo efímero de su existencia) nos inspira a hablar sobre la fugacidad de la VIDA con humor, descaro, gotas de ternura y mucha neurosis.

Una sala pequeña. Un escenario modesto de paredes negras y desnudas, luces blancas,  cuatro sillas viejas, dos puertas simétricas en la pared del fondo. De una de ellas sale Pilar Bergés y de la otra Aitor Merino. Rompen la cuarta pared con el desparpajo de quienes saludan a los colegas que vienen a ver un ensayo para dar feedback. Sin música, sin apagón previo, sin telón. El público llega, se sienta, conversa, y cuando da la hora y empieza a callarse, salen la actriz y el actor y con esa misma guasa con la que nos dan las buenas tardes empiezan a jugar y a actuar -qué bien los anglosajones usando ‘play’ para referirse a ambas cosas- y, con la excusa de hablar de esos bichitos que son las efímeras, a reflexionar sobre la brevedad de la vida de las personas y contarnos la historia de sus personajes, María y Miguel.

María es actriz y Miguel es profesor de literatura en un instituto. Se conocen en una fiesta. Empiezan a salir y durante un tiempo les va bien. Yo aquí podría compartir algo más de la trama porque pasan más cosas, pero como a mí me gusta ir al teatro sabiendo lo menos posible del espectáculo que voy a ver, prefiero no decir nada más.

Diré, eso sí, que el autor y director José Manuel Carrasco (El Diario de Carlota, Haloperidol) ha conseguido crear dos personajes extraordinariamente reales. Es emocionante ver algo así en el teatro. María y Miguel dejan de ser personajes desde el minuto uno para convertirse en amigos tuyos; en personas que viven, sienten, sufren, se ríen, disfrutan, conversan… ¡Ay, las conversaciones! Hablan de todo: del amor, el desamor, el miedo, la muerte, el sexo, los sueños… A juzgar por las sonrisas constantes de los asistentes y las carcajadas frecuentes, al público le resultaba familiar lo que estaba viendo y se reconocía sin problemas en los personajes y sus contradicciones. El autor explora sin miedo esos rinconcitos del alma, esas inseguridades, esas comeduras de tarro, ese miedo a no ser nosotros al 100% y a que nos descubran como impostores en el amor, esos arrepentimientos que todos llevamos dentro y solo con quien más queremos -y no siempre- nos atrevemos a mostrar. 

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José Manuel Carrasco, autor y director

María tiene una labia y una actitud ante la vida que hace que se meta al público en el bolsillo y sigamos la historia desde su punto de vista -al menos quien aquí escribe-. Miguel es más tímido, más inexperto, se deja llevar por la fuerza arrolladora y la determinación de María y despierta una simpatía instantánea.

Decía que es emocionante ver algo así en el teatro porque estos personajes tan auténticos nacen sobre el papel tras largas horas de trabajo en solitario por parte del autor, pero crecen y ven la luz en los ensayos cuando ese autor se convierte en director y se encuentra con dos seres generosos y frágiles -como son los buenos actores- que se dejan vaciar y llenar de nuevo siguiendo sus indicaciones. Pilar Bergés como María es una cosa impresionante. Bergés es ya un mito del off madrileño, es realeza del mundo de la interpretación para quienes frecuentamos las salas pequeñas. Pero es que aquí está mejor que nunca. Ignoro si José Manuel escribió el texto pensando en ella pero apostaría mi dinero a que sí, porque es imposible saber dónde acaba Pilar y dónde empieza María -también desde dirección se ha marcado que así sea, indicándole cuándo romper la cuarta pared ocasionalmente con una sensibilidad y un timing bárbaros-. Pilar/María hipnotiza con la rapidez de sus respuestas, engancha con las miradas cómplices al público y emociona con la fragilidad de sus enfados, lanzando el texto con autenticidad y naturalidad -tremendo el monólogo de “El Coloso en Llamas”-.

Su pareja de juego, Aitor/Miguel no se queda atrás. Hacía tiempo que yo no veía nada suyo y oye, qué bien. Su retrato del profesor tímido y responsable es verosímil y acertado. Aitor demuestra su amplia experiencia y hace un gran trabajo con el cuerpo y la gestualidad. Su temple y serenidad son el complemento perfecto para el personaje de María y es una auténtica gozada verles juntos, dándose la réplica tan bien dirigidos los dos. 

Los personajes tienen éxito y generan empatía porque están llenos de contradicciones. Miguel, por ejemplo, es un hombre heterosexual que en un momento de la función cuenta que tuvo una experiencia sexual con otro hombre mientras estudiaba en la Universidad. Nada es blanco o negro en Efímeras: todo es gris, como la vida en el mundo real. Ellos, su historia, lo que les pasa, nada es nunca del todo bueno o del todo malo. Esto no es una comedia, pero hay risas. No es un drama, pero hay lágrimas. No es una historia romántica, pero hay amor. 

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Aitor Merino y Pilar Bergés, actor y actriz

Yo a ratos estaba convencido de que el mensaje era “vive al máximo, aprovecha cada momento porque nuestra vida es efímera también”, luego pensaba “busca el amor verdadero, no te conformes nunca con quien no sea la persona adecuada”, después “cuidado con el piso 81, Carlitos, que todos tenemos uno”… Pues no, señores. Como dice María, vale ya de ir al teatro buscando un mensaje, qué pereza por Dios, “venir al teatro esperando encontrar una respuesta”. Y sin embargo, salí de ver Efímeras con la sensación de haber aprendido, sentido y reflexionado. Con muchas preguntas nuevas, sí, pero también con respuestas y con las cosas un poquito más claras. 

Esta función -que sinceramente espero que anuncie muy pronto más fechas en cartel- demuestra que lo primordial en el teatro es un buen texto, una buena dirección y unos buenos actores y actrices. Es una pieza que ha sido desnudada de todo efecto de luz, escenografía y música -la única que suena proviene de un móvil-; una pieza conscientemente reducida a lo esencial -por esencial me refiero por un lado a “imprescindible” y por otro a “conjunto de características permanentes e invariables que determinan una cosa, en este caso el teatro”- que encuentra en la sencillez y la ausencia de artilugios su verdadera fuerza. El contenido del texto es tan sólido y está tan bien interpretado y dirigido que al final lo de menos es la peripecia y la función se convierte así en una ficción casi invulnerable a los spoilers porque su valor no depende en absoluto del “¿qué pasará? ¿Cómo acabará todo?” Y eso, en estos tiempos de tronos de hierro y grandes batallas con dragones -de los que también soy fan, ojo, una cosa no quita la otra- es algo refrescante y hermoso. Resulta gratificante comprobar cómo las pequeñas historias, todavía a día de hoy, siguen siendo las más grandes. 

En cualquier caso, lo más importante de todo lo dice Pilar Bergés -o María, yo ya no sé- mirando al público, tras una breve pausa, con una entonación adorablemente cómplice justo antes de terminar: “qué bien se está en el teatro”.

Cuánta razón. 


ANDREA PIXELADA: CAMBIAR LA FICCIÓN PARA CAMBIAR EL MUNDO

26 abril, 2019

por Carlos Crespo

El Pavón Teatro Kamikaze de Madrid, la Sala Beckett de Barcelona y el Teatro Principal de Palma coproducen este texto de Cristina Clemente dirigido por Marianella Morena e interpretado por Roser Vilajosana, Àsun Planas, Borja Espinosa y Mima Riera.

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Andrea es joven, dinámica, nerviosa, habla deprisa y con mucha energía, sus gestos son enormes y exagerados, a menudo señala en el aire cosas que no están ahí, está muy arriba todo el rato. Claro, es que Andrea no se está dirigiendo a nosotros directamente, sino a través de la cámara de su ordenador. Una vez editados los vídeos, sus pausas aparentemente vacías quedarán llenas de contenido, sus ademanes histriónicos y su repertorio de inflexiones buenrolleras adquirirán un sentido. Andrea tiene 18 años y es una booktuber con 300.000 seguidores en el canal en el que habla de libros y en el que recomienda especialmente “My friend Carol”, la novela de su admirada escritora Anne Jeremy.

Este es el punto de partida -con el momento youtubero puesto en pie de manera muy acertada- de “Andrea Pixelada”, que se estrenó ayer en Madrid en el Pavón Teatro Kamikaze tras su paso por la Sala Beckett de Barcelona.

Cuando apaga el ordenador, Andrea da clases de literatura y escritura creativa a adultos que vienen a su casa, donde vive con su madre y cuida de su hermana con diversidad funcional. La novedad en la clase de hoy se produce cuando una de sus alumnas le anuncia que ha ganado un premio de novela. En principio, eso debería ser motivo de alegría para todo maestro, pero Andrea ha leído la novela en cuestión y no le ha gustado; de hecho, sus sentimientos hacia el manuscrito de su alumna son tan fuertes que decide cambiar el contenido de la clase para discutir en grupo sobre la novela y sus fallos. A partir de este punto, los actores abren una dimensión de ficción nueva escenificando varios de los capítulos del texto para dar vida a la familia protagonista, que no tarda en parecerse sospechosamente a la familia real de Andrea.

“Andrea Pixelada” es una historia construida sobre muchas capas superpuestas de realidad y ficción. Más que superpuestas, entrelazadas. Aquí la ficción y la realidad no son universos separados, sino que se retroalimentan, se influyen mutuamente la una a la otra en todo momento, se mezclan. Primero conocemos a la Andrea que graba un vídeo para su canal; luego pasamos de la ficción de la web a la supuesta realidad de su vida y descubrimos a una Andrea muy parecida pero algo diferente: es la Andrea que ella quiere ser delante de los alumnos; más tarde, aparecerá la Andrea de la novela ganadora del premio; luego la Andrea incapaz de aceptar la nueva relación de su madre contradiciendo así sus propios consejos literarios y vitales…

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En cada una de esas capas de ficción, los demás personajes, igual que ella, también mienten, incorporan ficciones a su realidad fingiendo ser quienes no son -¿no lo hacemos todos, dependiendo del momento y el lugar, construyendo diferentes personajes para adaptarnos a diferentes situaciones?- y maquillan su vida para que parezca que es lo que les gustaría que fuera.  Precisamente, en estas contradicciones es donde los personajes de esta función encuentran su verdadera fuerza narrativa y se hacen más interesantes. La autora, Cristina Clemente, les hace enfrentarse a situaciones inesperadas que les obligan a despojarse de sus disfraces y sus mentiras, en especial a Andrea, quien se ve obligada a descubrir bruscamente si es capaz de afrontar con coherencia sus conflictos propios.

Un texto inteligente que nace de una premisa original y tira del hilo con sabiduría para enredarnos en un mundo desconocido y confuso pero al mismo tiempo familiar; a ratos un drama desconcertante y a ratos una comedia pasadísima que tiene hasta un deje policiaco -el desternillante momentazo casi al final en que la alumna revela un importante secreto-. Todo eso es “Andrea Pixelada”. El texto la verdadera estrella de la función, aunque uno termina echando de menos saber más de los personajes, conocer mejor sus antecedentes y su evolución, así como un desarrollo más completo de algunas cuestiones planteadas al comienzo.

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Cristina Clemente, la autora

Cristina Clemente, además, es coautora del guión de la película “Eva” y el año pasado se proclamó ganadora del VIII Torneo de Dramaturgia Catalana de Temporada Alta. 

Los niños aprenden las normas de nuestro mundo gracias a los cuentos, se dice en un momento de la función. La ficción educa. La ficción construye y modifica. La ficción nos afecta en nuestra forma de ver el mundo. Si cambiamos la ficción, podemos cambiar el mundo. Y a medida que cambia el mundo, cambia también la ficción. Pero, ¿no es la ficción el reflejo de la realidad que nos rodea? ¿Qué fue primero, el huevo o la gallina?

“Andrea Pixelada” estará en el Pavón Teatro Kamikaze hasta el domingo 12 de mayo.


DYSTOPIA, TECNOLOGÍA DE LAS EMOCIONES

27 marzo, 2019

por Carlos Crespo.

¿Hasta qué punto conocemos nuestra propia realidad? ¿Qué margen de error hay entre la realidad y lo que recordamos de ella? ¿Qué haces cuando crees vivir en un presente que no es el que te pertenece? De estas y otras preguntas nace Dystopia, el nuevo proyecto de la compañía PanicMap a cargo del dramaturgo y director Juan Pablo Mendiola, que se estrenó el pasado jueves 21 en la Sala Cuarta Pared.

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Una página en blanco sobre la que alguien desconocido necesita a toda costa escribir cualquier cosa; cualquier palabra, la que sea, válida o no, es preferible a ese vacío en el papel. Será una pregunta -o más bien dos- la que rompa el bloqueo: ¿Quién es ella y cómo ha llegado hasta aquí? 

Así arranca Dystopia, una propuesta inclasificable y sorprendente que combina diferentes lenguajes y soportes expresivos para ponerlos al servicio de una narración no lineal que transporta al espectador a un lugar desconocido en el que el pasado es tan cambiante como subjetiva es la memoria. Ella no recuerda cómo ha llegado hasta allí, y nosotros tampoco.  “Allí”, además, cambia de ubicación y de aspecto; en “allí” las paredes se revisten de recuerdos y envejecen, la habitación se desnuda y es otra, la misma ventana muestra vistas diferentes a medida que cambian los recuerdos y se construyen posibles futuros. Personajes que hablan con su autor, autores que se convierten en personajes, un mismo encuentro que se repite de formas diferentes traicionado por los caprichos de la memoria.

En esta mezcla hay una compleja dramaturgia que abarca varios niveles narrativos disfrazada de situaciones sencillas; hay momentos de palabra y diálogos naturales magistralmente lanzados por los intérpretes, Cristina Fernández y Àngel Fígols; hay piezas de danza y expresión corporal que narran poéticamente sensaciones abstractas que la palabra quizás no sería capaz de transmitir de manera tan certera; hay proyecciones de vídeo en vivo -qué bien la familiaridad de volver una y otra vez a la conversación nocturna en el coche- y hay, sobre todo, vídeo mapping. El vídeo mapping es la estrella. 

 

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Podría caer en la tentación de decir que la verdadera protagonista del espectáculo es la tecnología, pero no quiero que nadie piense que estamos ante una función vacía de contenido en la que actores y texto son meros títeres al servicio de lo técnico. Muy al contrario. El uso que el director hace de la tecnología es excepcional porque su prioridad no es que visualmente sea toda una experiencia -que lo es-, sino porque hace de ella una potente herramienta al servicio de la creatividad y de la emoción. Mendiola consigue integrar esos recursos como una parte más -muy destacable- de esa amalgama deliciosamente desordenada y sin puntos cardinales que es su texto. Nada en la parte técnica es un alarde gratuito ni un despliegue innecesario. Y la sensación que queda al final es la de que el director ha sabido elegir muy bien qué contar con palabras, qué contar con el cuerpo y qué contar con el apoyo de la tecnología. Voy a insistir y lo voy a decir otra vez: el uso del vídeo mapping en Dystopia es impresionante, visualmente y narrativamente.

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Juan Pablo Mendiola, autor y director

Minuto uno y la personita cabal y precavida que llevamos dentro ya querrá encontrar respuestas, una especie de explicación, algún punto de racionalidad al que agarrarse para poder seguir el relato cómodamente. Por suerte, no lo va a encontrar. Recomiendo encarecidamente disfrutar Dystopia con el corazón y no con la cabeza. La tendencia del ser humano es intentar comprenderlo todo, darle al mundo una forma y una dimensión manejables, figure things out. Pero en el universo propuesto por Dystopia es preferible rendirse al caos, abandonar todo amago de análisis racional y dejarse hacer sin miedo por Fernández, Fígols y Mendiola para viajar con ellos a un lugar que no aparece en ningún mapa.

Dystopia puede verse de jueves a sábado en la Sala Cuarta Pared hasta el próximo 30 de marzo. 

 


EL ESPINOSO DILEMA DE “JOSÉ K, TORTURADO”

4 marzo, 2019

José K, terrorista, ha escondido una bomba en la Gran Plaza de la capital de su país y la ha programado para que estalle durante el evento principal de la fiesta nacional más importante, al que asistirán las principales figuras del panorama político junto con decenas de miles de personas.

Pero José K ha sido arrestado. La Policía dispone de muy poco tiempo para conseguir que él confiese dónde está colocado el artefacto. ¿Sería lícito, en un caso así, torturar al detenido si al hacerle hablar fuera posible evitar la masacre?

Este dilema es el punto de partida de “José K, torturado”, un polémico texto de Javier Ortiz que se estrenó en el Teatro de la Abadía el pasado 21 de febrero.

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Al entrar en la sala, cuatro potentes focos iluminan la zona central del patio de butacas dejando el escenario sumido en total oscuridad. No hay telón, no hay paneles, no hay nada. Solo luz de un lado y el oscuro más absoluto del otro.

Poco después de apagarse las luces, un violento golpe de sonido sobresalta al espectador. A medida que el escenario se va iluminando despacio, en su centro empiezan a intuirse las líneas de una caja cúbica de metacrilato en cuyo interior hay un hombre desnudo sentado en un retrete con las manos a la espalda, esposado. En último término, será proyectado hasta el final de la función un enorme primer plano de su cara.

El protagonista empieza repitiéndose a sí mismo varias veces “Me llamo José. José K. Mi apellido no importa. He sido torturado”. El estado lamentable de su cara ensangrentada parece confirmarlo. Durante los aproximadamente 70 minutos que dura la función, se recordará su nombre de nuevo mientras recuerda su pasado, a sus numerosas víctimas, a las personas que se han cruzado en su camino…

Las tenues luces que apenas iluminan el interior del cubo transparente en que se encuentra retenido por las fuerzas de seguridad marcan el pegajoso paso del tiempo y la crueldad de su tortura con varios cambios de color e intensidad: a veces son blancas y muy brillantes y le ciegan; otras son azules y suaves; en momentos puntuales, incluso se apagan por completo y le dejan sumido en oscuridad y silencio.

José recuerda cómo fue captado, habla de la soledad de su vida como terrorista y de su desconfianza al conocer a personas nuevas. Explica sus porqués. Defiende la destrucción de un sistema que califica como nocivo y contaminado. Y se muestra decidido a aguantar cualquier tipo de tortura el tiempo necesario para que la bomba explote y su misión sea un éxito.

El dilema planteado es incómodo. ¿Está justificado torturar a un ser humano si así se consigue salvar las vidas de decenas de personas y evitar una tragedia? ¿Vale menos la vida de un terrorista? ¿Tiene razón José K y todos somos cómplices con nuestro silencio de las crueldades que él denuncia? ¿Es lícito que este tipo de torturas sigan teniendo lugar todavía hoy en países desarrollados? ¿El fin siempre justifica los medios?

A José K le da vida el actor Iván Hermes, cuya interpretación del terrorista supone un reto físico notable y un duro viaje emocional en el que su cuerpo tiene que trabajar con técnica teatral casi de espaldas al público y su rostro, ceñido al reducido espacio del primer plano del cine, debe responder a las exigencias de la interpretación ante la cámara. Iván consigue, además, que en ocasiones entendamos las motivaciones de José K para hacer lo que hace y que comprendamos por qué defiende lo que defiende. José dice que es necesario destruir primero para poder construir después. Dice que la violencia es la comadrona de la Historia. Y responsabiliza a la sociedad, al poder establecido, al mundo del hecho de haberse visto obligado a matar a inocentes como parte inevitable de su lucha. Sin llegar a sentir culpa, sí reconoce -recordando un poco a Macbeth- que los primeros muertos fueron los peores, “los primeros muertos se te aparecen; luego todos los muertos son ya el mismo muerto”.

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El origen del texto está en una intervención de Javier Ortiz en las Jornadas “Diez años contra la tortura”, organizadas por la Asociación Contra la Tortura en el Centro Cultural Conde Duque, en Madrid, el 29 de marzo de 1996. El periodista planteó al público presente la hipotética situación con la que arranca esta función. ¿El resultado? Varios de los asistentes decidieron abandonar la sala indignados y algunos incluso le insultaron.

El espectáculo, sin duda, pone el dedo en la llaga. Es un montaje potente de cuidada sencillez y visualmente impactante en el que la utilización de los recursos técnicos y la disposición del espacio son magníficas. Y las elecciones del director, Carles Alfaro, muy acertadas.

Es una pieza dura, incómoda, difícil. Y al mismo tiempo, altamente disfrutable. En la mente del espectador se desata una batalla interior en la que a ratos se encontrará luchando consigo mismo por condenar los métodos utilizados por las fuerzas de seguridad y a ratos, sin embargo, se tendrá que esforzar para no darle demasiada razón a un terrorista aterradoramente cuerdo.

“José K, torturado” estará en cartel en el Teatro de La Abadía hasta el próximo 10 de marzo.

Por Carlos Crespo


CATÁSTROFE, UNA OBRA LÍQUIDA

12 febrero, 2019

‘Catástrofe’ es la nueva propuesta del dramaturgo Antonio Rojano, que vuelve a la cartelera madrileña tras el gran éxito en el Teatro Español de su anterior trabajo, ‘Furiosa Escandinavia’. Este nuevo texto se estrenó el pasado 7 de febrero en la Sala Cuarta Pared.

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La obra, de 105 minutos, nace de un proceso de investigación y creación colectiva de la mano de la compañía La Caja Flotante. Los cuatro actores Ion, Irene, Jota y Mikele, el director Íñigo Rodríguez-Claro y Antonio Rojano, el autor, trabajaron durante semanas en torno al concepto de “catástrofe” y rigiéndose por un formato que ellos mismos denominaron “estructuras abismadas”: ficciones que se desbordan en otras ficciones que a su vez se desbordan en otras nuevas y que se van desarrollando en espacios distintos, en distintos tiempos, con otros personajes…

Durante ese proceso de creación, autor y director lanzaban distintas propuestas a los actores y a partir de improvisaciones, el dramaturgo iba creando el texto, redirigiendo la acción, reorganizando el relato. Un texto, por tanto, que no nace en la habitual soledad de la mesa de trabajo del escritor.

La función comienza con la proyección de un vídeo en el que los cuatro actores conversan relajadamente sobre distintos temas sentados en unas butacas que al mismo tiempo ya vemos colocadas, vacías sobre el escenario. Desde el momento en que el elenco entra en escena al terminar esta proyección, empiezan a desdibujarse las líneas que separan a cada uno de ellos de los múltiples personajes que interpretan y la sensación de no saber en qué momentos hablan unos u otros ni qué partes de la historia son ciertas y cuáles no ya no abandona al espectador hasta el final.

Se hacen también borrosos el tiempo y el espacio gracias a los “conductos de la ficción” y el resultado es una pieza que mezcla esa ficción con lo onírico, la realidad y la autoficción para hablar del pasado, de lo que pudo ser y no fue, de nuestros arrepentimientos, nuestras torpezas, los sueños no cumplidos, el amor, la memoria, la valentía -o la ausencia de- y las catástrofes de todo tipo: naturales, artificiales y personales.

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Es esta una función líquida que cambia de forma y de género a cada momento; atrapa al espectador para hacerle reír unas veces, agobiarle otras y emocionarle momentos después. El uso de la técnica es inteligente, limpio y sencillo; el director emplea infinidad de recursos visuales para poner en pie un texto brillante y hace un acertadísimo uso de cada uno de ellos, especialmente de las proyecciones de vídeo -tanto grabado como en directo-, las maquetas en miniatura y, en mi opinión, las torres de galletas -y sus migas-escombro- creando imágenes que el espectador se lleva consigo al abandonar la sala.

Los actores, con los que se empatiza desde el minuto cero, son ellos mismos y al mismo tiempo son los “ellos mismos que nunca fueron y ya no serán”, los que quisieron ser y no pudieron, los que decidieron no ser… y están fabulosos los cuatro. Ya sea haciendo de sí mismos o como personajes secundarios en las (no) ficciones de sus compañeros, su trabajo vocal, corporal y emocional es realmente destacable y es un placer dejar que te agarren de la mano y te lleven de viaje con ellos.

Se me hace muy difícil destacar una trama o una historia lineal en esta función inteligentemente desordenada y caótica y además creo que es mejor que cada uno la descubra por sí mismo. Esta propuesta merece ser disfrutada sin saber mucho acerca de ella de antemano y dejarse llevar por su dinamismo, su potencia narrativa y su mensaje.

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Antonio Rojano, autor de Catástrofe

El resultado final es una pieza con un gran empaque en la que reman en una misma dirección actores, director y autor, al igual que el resto del equipo técnico y artístico. Se aprecia que el proceso de creación fue un trabajo colectivo porque cada elemento tiene su razón de ser y está en perfecta armonía con el resto. Como dice su director, “Catástrofe es la intersección de los mundos imaginarios de cuatro cerebros desorbitados, ordenados y contados por otros dos cerebros desorbitados”.

Es innegable que sobre el escenario esos cuatros cerebros desorbitados de los actores se lo pasan fenomenal. Y en el patio de butacas, nosotros también.

‘Catástrofe’ estará en la Sala Cuarta Pared de jueves a sábado hasta el próximo 23 de febrero.

Carlos Crespo


PON LA TECNOLOGÍA AL SERVICIO DE LA ESCRITURA

2 diciembre, 2015

por Carlos Crespo

Jenna Avery tiene una interesante web titulada “Called to write“en la que pueden encontrarse muchos recursos para guionistas. Eso sí, está en inglés.

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Hoy os traducimos un artículo que la autora publicó hace unas semanas en ScriptMag, y cuya versión original en inglés podéis encontrar en el siguiente enlace:

http://www.scriptmag.com/features/get-a-new-story-7-ways-to-turn-technology-into-writing-productivity

UNA NUEVA HISTORIA: 7 FORMAS DE PONER LA TECNOLOGÍA AL SERVICIO DE LA ESCRITURA. Por Jenna Avery.

En la era de las distracciones y la multitarea, es muy fácil culpar a la tecnología de apartarnos de nuestra escritura y arruinar nuestra productividad.

Veo escritores que se lamentan de que Facebook y Twitter les distraen. Y es cierto que pueden distraerte. Pero toda forma de tecnología -incluso las redes sociales- pueden convertirse en herramientas poderosas si se usan correctamente.

Puesto que el tipo de interfaz que usamos hoy en día mientras escribimos nos tienta a entrar en ese mundo online que tan fácilmente nos distrae (ordenadores de mesa, portátiles, tablets, incluso teléfonos), nos corresponde a nosotros aprovechar las tecnologías online y offline para no salirnos del recto camino de nuestra labor de escritura.

Quizás sea incluso más importante, ya que el gran sueño de escribir puede disparar la resistencia, la procrastinación y cantidades ingentes de inseguridad, encontrar soluciones y pequeños trucos para seguir escribiendo en lugar de distrayéndonos. A veces, son las pequeñas cosas las que lo cambian todo.

Aquí tienes siete formas de hacer de la tecnología la herramienta que debe ser:

1. Bloquea las distracciones de internet. 

Unos de mis trucos tecnológicos preferidos es el uso de algún tipo de software bloqueador para minimizar otras distracciones online o del escritorio.

-El mejor en mi opinión es un programa que se llama Isolator (Mac), que bloquea absolutamente todo lo demás en mi escritorio, de modo que nunca hay otras ventanas que me distraigan. Cuando lo usas, no puedes ver ningún otro programa en funcionamiento. Hay incluso una opción para ocultar también el dock, aunque personalmente no lo encuentro necesario.

-Otra alternativa para los escurridizos evasores del deber es un programa llamado Concentrate (Mac), que te permite crear tareas, como Escribir, de modo que puedes restringir el acceso únicamente a determinados programas como Final Draft o Diccionario y bloquear el acceso a cualquier aplicación no incluida en la tarea Escribir para ese periodo de tiempo, como el software de tu navegador o tu aplicación de correo electrónico.

-Otra manera de limitar completamente el acceso a internet es usar una app llamada Freedom (PC y Mac) que bloqueará todo acceso a internet durante 8 horas cada vez que la uses.

-Como alternativa, puedes probar también Anti-Social (Mac), una app que te permite editar una lista personal de redes sociales que bloquear durante el periodo de tiempo específico que tú elijas.

-¿La forma algo menos tecnológica de hacer esto mismo? Desactiva temporalmente tu conexión a internet desenchufando o apagando el router y trabaja con el ordenador sin conexión a internet o trabaja en un lugar en el que no tengas conexión a internet.

Y ya que estás, apaga también el teléfono, bloquea las alertas de email, desactiva las notificaciones de Twitter y/o ponlas en silencio. Apaga las alertas de sonido de tu móvil y ponlo boca abajo para que tampoco veas las notificaciones en la pantalla.

Siguiendo con el tema del email, de acuerdo con un estudio de la Universidad de Loughborough tardas 64 segundos en recuperar la concentración cada vez que te interrumpe un correo nuevo en tu bandeja de entrada. Si apartas la vista de tu escritura aunque sea 5 minutos a la hora, ya estarás perdiendo 42 minutos de concentración por cada jornada de trabajo de 8 horas. Una barbaridad.

2. Bloquea las otras distracciones además de internet. 

Me encanta oír hablar de esos guionistas que escuchan bandas sonoras de películas mientras escriben sus guiones. Joss Whedon (La cabaña del bosque, Los Vengadores, Serenity), entrevistado recientemente en Preguntas y Respuestas con Jeff Goldsmith con motivo del estreno de Los Vengadores, hablaba de la necesidad de llevar siempre puestos los cascos como forma de bloquear y evitar distracciones offline.

“Suelo escribir mucho en restaurantes. Voy a restaurantes más a menudo con un portátil que con una persona. Allí lo único que puedes hacer es quedarte sentado, no puedes levantarte para ir a la nevera o abrir internet; bueno, ahora ya sí se puede, pero yo no lo hago. Y encima te traen buena comida y vino, que nunca viene mal, o café si es temprano. Así que resulta ser un espacio tranquilo que invita a la concentración y yo siempre llevo puestos mis auriculares. Si no los llevo me entran los temblores, es muy triste. Y antes de tener auriculares, cuando caminábamos seis kilómetros por la nieve para ir a hacer una película, solía irme a un restaurante con literalmente diez CDs y un discman porque no sabía qué banda sonora iba a necesitar. Y es que tienes que tener bandas sonoras de películas porque la persona en la mesa de al lado va a (pone un tono irritante) “hablar de su hermana y no creo que ella supiera que era mi cumpleaños hasta después de que yo…” y entonces tú te desesperas -por eso tienes que tener puestos auriculares todo el tiempo. Y la música de películas es la mejor forma de escribir películas porque evita que te oxides”.

Así que carga el reproductor mp3 con bandas sonoras y lleva los auriculares contigo cada vez que salgas a la calle.

Y si escribes desde casa cierra puertas y ventanas, apaga los teléfonos y no abras la puerta. Crea tu propio mundo… para crear tu propio mundo.

3. Nunca pierdas una idea. 

¿Sabes ese momento en que estás por ahí fuera y te viene una idea flotando como un diente de león en una brisa de verano? Mientras algunos valientes escritores siempre llevan una libreta, muchos de nosotros hombres de la nueva era, no.

¿La alternativa? Captura esa idea de forma rápida y fácil con la grabadora de voz de tu móvil (gracias a Jamie Livington, también conocido como Jamie Lee Scott por ese truco).

En mi iPhone uso la app de Evernote y dictado de voz para convertir mis ideas en una lista que puedo consultar cuando quiera -sin tener que reproducir una y otra vez la nota de voz-. Muchos teléfonos hoy en día vienen ya con grabadora de voz y software para guardar documentos y notas. Ya sé que podría utilizar Notas o Recordatorios, pero prefiero Evernote porque lo puedo sincronizar fácilmente con el resto de mis dispositivos.

Desde hace poco tiempo, uso también Things para llevar un seguimiento de mis proyectos y cosas pendientes por hacer -de nuevo sincronizados en todos mis dispositivos- de forma que puedo rápidamente añadir un nuevo ítem sin perder comba. Y también uso la función de dictado por voz y así no pierdo tiempo.

La clave para mantener todo esto es tener un sistema. No tiene que ser especialmente molón, basta con que sea consistente.

4. Usa un temporizador. 

Cuando escribes haciendo un sprint -porque estás haciendo sprints, ¿verdad?- prueba a usar un temporizador. Te mantendrá concentrado y en el tajo, con muchas menos posibilidades de que te escabullas y empieces a hacer otras cosas.

Muchas veces, si veo que le estoy dando largas al momento de ponerme a escribir, me pongo en marcha simplemente centrándome en poner el temporizador. Una vez en funcionamiento, entro en acción abriendo Final Draft o mi procesador de texto y me pongo a trabajar.

Aquí tienes algunas posibilidades para usar el temporizador:

-Seguro que tu teléfono viene con temporizador. Tengo el mío personalizado con un sonido de público que aplaude y así celebro el final de mis sprints. Y no falla, siempre me hace sonreír.

-La aplicación Insight Timer para iPhone es un temporizador para hacer meditación, pero me encanta usarlo porque tiene un sonido de cuenco tibetano precioso.

-Aquí tenéis un temporizador online que uso sobre la marcha (pero claro, no funciona cuando bloqueas el acceso a internet). http://www.online-stopwatch.com/countdown-timer/

-Focus Booster tiene ambos: un temporizador online y un temporizador para descargar, basados en la técnica Pomodoro, que funciona estableciendo bloques de trabajo de 25 minutos con 3-5 minutos de descanso entre ellos.

5. Apunta tu tiempo. 

Un ayudante poderoso a la hora de hacer sprints es apuntar el tiempo que pasas escribiendo. En mi Cïrculo de Escritores online tenemos un registro donde apuntamos el tiempo que pasamos escribiendo cada día. Puedes hacer lo mismo usando una hoja de cálculo (preferiblemente una que se sincronice en todos tus dispositivos y que puedas editar desde cualquiera de ellos, como Google Docs). También existen apps y programas de registro que te pueden ayudar con esto, como Get Harvest Time Tracker (Mac y PC) o TrackTime (Mac).

Lo más útil de apuntar tus tiempos es que te ayuda a no perder de vista tu objetivo y la consecución de tus metas y también a mantener la concentración. Cuando sabes que estás cronometrando un sprint de escritura y que además vas a apuntar tus tiempos en alguna parte, es mucho más probable que cumplas esos tiempos que te has propuesto en lugar de dejarte distraer por otras cosas.

Y es además una manera excelente de reconocer y celebrar tu trabajo y ver cómo poco a poco estás cada vez más cerca de completar la tarea. Son motivadores psicológicos muy sencillos pero muy potentes que te ayudan a mantener la motivación a largo plazo y te dan sensación de logro -herramientas imprescindibles para la productividad en proyectos de escritura a largo plazo como un guión o una novela.

6. Escribe en la nube

¿Te acuerdas de aquellos tiempos en que había que pasar los archivos de un ordenador a otro? Escribir en la nube es una forma fantástica de tener nuestros archivos de texto guardados en otro sitio. Y además sincronizados entre dispositivos.

Me encanta usar Dropbox para guardar y acceder a mis archivos desde mis ordenadores y dispositivos. Una ventaja enorme de Dropbox es que funciona como una carpeta de tu ordenador, así que puedes acceder al contenido incluso estando offline (aunque tienes que tenerlo todo sincronizado previamente con conexión a internet). Y cuando vuelves a estar online tus archivos se actualizan en un momento.

7. Utiliza las redes sociales como herramienta y como recompensa. 

Las redes sociales, ya lo hemos hablado, pueden ser una distracción terrible que te aparta de escribir. Pero, como todo en esta vida, pueden usarse para el bien si se hace un uso correcto.

En lugar de permitir a las redes absorber todo el tiempo que tienes para escribir, úsalas como recompensa por cumplir con tus metas diarias. Plantéate no usarlas hasta que no hayas cumplido tu objetivo de trabajo para ese día -o al menos parte de ese objetivo-.

Al fin y al cabo, las redes sociales son también una forma eficaz de conectar con otros escritores -algo que necesitamos hacer a menudo para ayudar a combatir el aislamiento del escritor- así como hacer networking con directores, actores y productores y estar al tanto de lo que se mueve en la industria. Simplemente utiliza el sentido común para usarla como una herramienta profesional y sé consciente del impacto que el empleo que hagas de las redes tendrá en tu marca como escritor.

Recuerda que hasta el próximo 10 de diciembre puedes participar en el sorteo de seis ejemplares del libro Objetivo Writers’ Room. Las aventuras de dos guionistas españoles en Hollywood. Sólo tienes que rellenar este formulario:

(Participar en esta promoción supone que has leído y aceptas lo que se dice en nuestro disclaimer sobre Protección de Datos personales.)


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