YERMA: HISTORIA DE UNA MUJER SECA

10 febrero, 2020

Por Carolina Daza León.

“Han pasado 80 años desde el asesinato de Federico García Lorca y sus huesos aún no han sido encontrados”.

Así comienza, en el ambigú del Teatro Pavón Kamikaze de Madrid, la adaptación que Marc Chornet ha realizado de Yerma, el clásico de Federico García Lorca.

Yerma narra la historia de una mujer casada, de nombre Yerma, cuyo mayor sueño es ser madre. Encerrada en un matrimonio infértil, Yerma se pierde en una nostalgia y una obsesión que la encaminan a un final trágico. Esta obra de teatro, escrita en 1934, pertenecía a una trilogía junto a Bodas de Sangre (1933) y Las hijas de Loth, que nunca llegó a escribirse a causa del asesinato de Lorca en 1936. Yerma fue estrenada por primera vez el 29 de diciembre de 1934.

Pero volviendo a la representación que nos ocupa: se hace la luz y nos encontramos con un escenario formado por pocos elementos (pero muy claves) entre los que destacan una cama de matrimonio y dos montonones de tierra. Un escenario tan funcional como simbólico, pues ¿qué puede representar mejor a Yerma que una tierra baldía y una cama de matrimonio en la que solo una figura dormita? Sobre este lecho se despierta nuestra protagonista, interpretada por Neus Pàmies.

La obra se mantiene fiel al texto original en todo momento, con hermosos diálogos que suenan a versos y que recuerdan a un pasado no tan lejano. Sin embargo, son la escenografía y el vestuario los que marcan el tono contemporáneo de una historia tristemente atemporal, y es justamente ese el mensaje principal: la tragedia de Yerma es tan actual hoy como lo fue en 1934. En el mismo programa, Chornet nos invita a reflexionar sobre la fecundidad en nuestros tiempos, a imaginarnos a Yerma caminando entre nosotros, a su marido Juan en la oficina, a Víctor en el bar, a María empujando el cochecito.

Estos personajes son víctimas y verdugos, en ocasiones ambas cosas al mismo tiempo, y nosotros como espectadores no podemos evitar compadecerlos, juzgarlos o darles la razón en distintos momentos de la historia. Entendemos el dolor de Yerma, pero nos frustra su obcecación. Nos enfada que Juan no haga nada para aliviar la desesperación de Yerma, pero entendemos su descontento e incluso su distanciamiento. Y las vecinas, tan buenas consejeras como crueles chismosas, son un triste reflejo de nuestra sociedad que se siente aliviada ante el dolor ajeno, pues no es el propio. La creación de estos personajes tan humanos es mérito de Lorca, pero también de los actores que los encarnan y de la puesta en escena que nos permite estar tan cerca que vemos sus lágrimas y olemos el humo de sus cigarrillos.

Una de las diferencias más evidentes de la creación de Marc Chornet con la obra en su concepción original es que se aleja del pudor propio de 1934 con una Yerma que se viste y se desviste frente a nosotros, enseñándonos sus telarañas (y sin caer en ningún momento en la vulgaridad). Y mientras nos llora o nos canta, nosotros no podemos apartar la mirada.

Así los espectadores observamos con cierta impotencia cómo el anhelo por tener un hijo conduce a Yerma hasta la obsesión y la locura. Y como ocurre después de todas las tragedias, la pregunta que nos ronda en la cabeza al abandonar la sala es: ¿Quién tiene la culpa? ¿La sociedad por imponerle a la mujer un rol tan estricto? ¿Las habladurías de una comunidad de vecinos que actúan como jueces? ¿El marido por ignorar el dolor de su esposa y agrandar su soledad? ¿O la propia Yerma por apostar toda su felicidad en un único sueño? Quizá la culpa sea un poco de todos.

Otra pregunta que nos surge durante la obra de Lorca es: ¿Quién es infértil, Yerma o Juan? Y la respuesta poco importa pues Yerma está atada a él por matrimonio, y “por honra”. Poco importa porque es ella la única de los dos que desea un hijo con tanta fuerza, mientras él se muestra indiferente. Es justamente eso lo que la maldice, ya que ni siquiera puede compartir esa pena con su marido. La infertilidad no es el único demonio que ahoga a Yerma, otros temas también la acosan: las habladurías del pueblo con sus perniciosos rumores; la presencia de Víctor, un amor de la adolescencia que representa ese camino que podría haber elegido en el pasado y que le habría brindado más felicidad (y quizá hijos), y la jaula asfixiante que es un matrimonio concertado en el que no hay amor.

Yerma, la mujer seca, la mujer encerrada, la mujer que espera un milagro, la mujer desesperada, la mujer que no se siente mujer… ¿es tan diferente a una mujer de ahora? Nos gustaría pensar que sí, que hemos evolucionado, que ahora a la mujer se le considera más que una primera cuna, pero de alguna forma ella nos sigue pareciendo familiar y cercana. Y empatizamos con sus deseos y sus pesares con sorprendente facilidad.

Yerma es una obra clásica tan nuestra que debería representarse por muchos años más en los teatros españoles. Por ahora, el Teatre Akadèmia y Project Ingenu nos presentan esta versión contemporánea que estará en el Teatro Pavón Kamikaze de Madrid del 8 al 23 de febrero de 2020. Es un merecido homenaje a Federico García Lorca más de 80 años después de su muerte y 122 años después de su nacimiento.

Carolina Daza León estudió Comunicación Audiovisual en el CEADE de Sevilla, realizó el curso Entertainment Development de UCLA Extension en Los Ángeles y cursó el Máster de Guión de la Universidad Pontificia de Salamanca. Ha hecho prácticas como guionista en Globomedia y ha trabajado en la productora El Cañonazo Transmedia.


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