ARTHUR MILLER: PONER PRECIO A LOS RECUERDOS

31 octubre, 2018

por Sergio Barrejón.

El teatro Pavón Kamikaze (Madrid) tiene en cartel una de las grandes obras de uno de los grandes dramaturgos norteamericanos. Dirigida por Silvia Munt y protagonizada por Tristán Ulloa, Gonzalo de Castro, Eduardo Blanco y Elisabet Gelabert, EL PRECIO, de Arthur Miller estará en el Pavón hasta el próximo 6 de enero.

En El Precio, un Miller ya en la madurez (post caza de brujas, post Marilyn) abunda sobre los temas que le obsesionan: la alargada sombra de la figura paterna y el aplastante peso de las circunstancias económicas sobre la dignidad del ciudadano norteamericano.

La acción se desarrolla en tiempo real en el desván de una casa brownstone de Manhattan pendiente de demolición. Antes de que la casa sea derribada, dos hermanos deben fijar un precio para la venta de los viejos muebles familiares y acordar un reparto del dinero obtenido.

Pero ese precio resulta ser para uno de los hermanos más metafórico que real. Se trata de Victor, el hermano que renunció a su carrera para quedarse a vivir con (y cuidar de) su padre, un antiguo hombre de negocios arruinado tras la crisis del 29. Aunque Victor realmente necesita el dinero, prefiere aprovechar la oportunidad para echar otro tipo de cuentas: las que tiene pendientes con Walter, el hermano que triunfó profesionalmente quizá a costa de que Victor se quedase en casa cuidando del padre.

Como tercera pata del taburete está Gregory Salomon, el tasador que debe negociar con ellos el precio de la venta y para quien todas estas disputas sólo son ruido. El ruido de una vieja construcción que se viene abajo. Gregory es el pescador de ese río revuelto de emociones, tan importantes para los que las viven, tan nimias para quien las contempla desde fuera, a la espera de revolver en los escombros a ver qué puede sacar de provecho.

Como tantas veces ocurre en Miller, el personaje femenino, Esther, es meramente un satélite de su esposo Victor. Apenas aporta nada a la obra más que una “pared” para que Victor pueda tener diálogos brillantes. Un machismo muy de la época, por otro lado.

El montaje que en su día hizo Terry Kinney en Broadway, con Mark Ruffalo, Tony Shalhoub, Danny DeVito y Jessica Hecht debió de ser memorable, y sin duda fue su éxito lo que motivó que el revival de esta obra de 1968 aterrizase poco después en España. Pero su directora Silvia Munt afirma no haber visto la obra nunca en escena, y asegura que “se enamoró del texto” leyéndolo. A mí me ha pasado lo contrario: aunque soy muy fan de Miller y he leído muchas de sus obras, esta no la conocía.

Antes de estrenar en Madrid, Silvia Munt ya había montado El Precio en Barcelona y en catalán con gran éxito de crítica y público. La traducción al castellano suena convincente y el montaje tiene un ritmo muy ágil, alejado de la solemnidad con que algunos directores tratan a veces a clásicos como Miller. Contribuye a no dar respiro el excelente trabajo de todo el elenco, en el que destacan la interpretación enérgica de Gonzalo de Castro, soberbio en el papel de Walter, y la enternecedora composición del anciano Solomon por el siempre brillante Eduardo Blanco, quien no hace esfuerzos por disfrazar su acento argentino, lo cual es de agradecer.

Es plausible también la decisión de Munt de no actualizar la obra, que transcurre en 1968. En declaraciones a EFE, Silvia Munt afirmaba que en un principio pensó “vamos a actualizarlo, porque estamos en una crisis y podríamos adaptarlo a lo que ocurre hoy día”. Sin embargo finalmente decidió confiar en la inteligencia del público para comprender la vigencia de la obra y los posibles paralelismos de la época original con el momento actual. Un acierto.

Silvia Munt consigue así una carambola a tres bandas: reeditar un éxito de Broadway, montar a uno de los grandes clásicos modernos con una obra cargada de significación social y alcance poético, y a la vez ofrecer al gran público un montaje perfectamente comercial.

Este montaje madrileño es una excusa perfecta para recordar otras de las grandes obras de Arthur Miller. Además del crepuscular guión de la película Misfits (Vidas rebeldes), Miller es autor de algunas de las obras fundamentales del teatro norteamericano del siglo XX, muchas de ellas adaptadas (con mayor o menor fortuna) a la televisión y el cine. Mis favoritas:

La muerte de un viajante

Todos eran mis hijos

Las brujas de Salem

Panorama desde el puente

Incidente en Vichy

En todas ellas apreciamos la que quizá es la característica que convierte a Miller en un genio: la capacidad para reflexionar ‘en directo’ sobre la época en la que está viviendo, componiendo dramas que perduran en el tiempo sin perder vigencia a lo largo de las décadas. Quizá el gran secreto para lograr esa lucidez histórica cuando aún se carece de la perspectiva del tiempo es una enorme empatía hacia sus personajes (al menos los masculinos), la capacidad de meterse en sus zapatos y sentir lo que están sufriendo en cada momento.

Donde más evidente se hace esa genialidad es en el caso de Las brujas de Salem. En plena caza de brujas de McCarthy, y en mitad de un agrio enfrentamiento personal con su gran amigo Elia Kazan por sus posturas ante el Comité de Actividades Antiamericanas, Arthur Miller escribe un drama histórico sobre una caza de brujas real ocurrida siglos atrás en su país, cuya trama reproduce paso por paso la histeria anticomunista que se está viviendo en ese momento en Estados Unidos.

Hablando de carambolas a tres bandas, Las brujas de Salem logra la carambola definitiva: no sólo es una tragedia sobrecogedora por derecho propio, sino que además presenta una escalofriante crónica de unos hechos históricos muy relevantes, y encima funciona de manera brillante como lectura metafórica del momento político en que fue escrita. Una obra fundamental de un autor fundamental.


UNA CARTA PARA HACER (ALGO DE) JUSTICIA

23 febrero, 2012

por Fernando Navarro.

De repente apareció aquel senador, el tal McCarthy.

Y le dio por perseguir comunistas en los Estudios de Cine (desde el llamado Comité de Actividades Antiamericanas) como quién persigue conejos en una cacería. Y buscando, además, el enfrentamiento interno, favoreciendo la delación, presionando, tocando los cojones.

La Caza de Brujas americana permanece en la memoria como uno de los momentos más bajos y bochornosos de la historia de Hollywood. Elia Kazan delatando a sus ex-compañeros -y haciendo una película, “La Ley del Silencio”, para justificarse-, Gary Cooper diciendo que había que ir a muerte con ellos -y haciendo una película, “Solo Ante el Peligro” para justificarse- o Bogart, ahí el tío, saliendo a la calle para decir que no contaran con él -habiendo hecho “Casablanca”-.

Pero no todo el mundo agachaó la cabeza. Hubo un pequeño grupo de cineastas (casi todos guionistas) que se negaron a participar en esa infamia. Les costó caro: perdieron su trabajo y fueron encarcelados. Se les llamó Los Diez de Hollywood, y entre ellos estaba el guionista mejor pagado en el momento: Dalton Trumbo.

Esta bonita carta que el hijo de uno de los guionistas (acreditados) de “Vacaciones en Roma” envió al Sindicato americano pretendía se revisara el crédito de la película y se recuperara el que consideraban perdido: el del propio Trumbo.

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Publicado originalmente en “Written By” Volume 16/No.1 January 2012.
Traducción de Fernando Navarro

58 años después de su estreno, esta carta enviada al WGAW restauró los créditos de “Vacaciones en Roma”:

HISTORIA DE DALTON TRUMBO

GUIÓN DE DALTON TRUMBO Y IAN McLELLAN HUNTER y JOHN DIGHTON

11 de Enero de 2011

John Wells, Presidente, WGAW

Querido Sr. Wells:

Escribo en mi propio nombre y en el de Chris Trumbo, que murió el 8 de Enero, a propósito del crédito de guión de “Vacaciones en Roma”.

El crédito de Historia Original de este guión de Dalton Trumbo ganador de un Oscar del 1953 fue restaurado, como sabe, en 1975. Pero aún se mantiene el problema del crédito de guión, que permanece atribuido a mi padre Ian McLellan Hunter y a John Dighton, el guionista inglés que se trajo William Wyler antes de que comenzara el rodaje para hacer una versión final de producción.

Durante la última tanda de restauraciones de créditos en el WGA de la época de la caza de brujas, en el año 2000, Chris Trumbo propuso que en el crédito debería leerse “Guión de Dalton Trumbo, Ian McLellan, y John Dighton”. El problema es que en aquella época aún existían algunas dudas sobre el origen del guión.

Como un archivista esporádico nunca me ha hecho especial ilusión ver desaparecer las marcas visibles de la historia. El crédito existente en la pantalla (como tantos otros) mantiene viva, de alguna manera, la era de la Caza de Brujas para las generaciones venideras, que no quieren saber nada del asunto o que simplemente quieren olvidar. Para mí, además, es una muestra tangible de la amistad, un símbolo en celuloide de muchas amistades y la manifestación de un pacto entre amigos en tiempos de persecución política1.

Sin embargo, creo que Dalton Trumbo escribió la primera versión del guión, y de acuerdo con la política del WGA y su tradición, Chris y yo pensamos que se debería restaurar su nombre en el guión al igual que ya lo está en los créditos de Historia Original.

La sabiduría popular atribuía a Trumbo un tratamiento completo pero no una primera versión del guión, y la propia familia Trumbo declaraba esto en público bien entrados los 70. Según Chris, el guión nunca fue encontrado entre las posesiones de Trumbo después su muerte. Chris me dijo, quizá siendo amable, que esto significaba que mi padre, Ian, seguramente escribió la primera versión.

Aparentemente el acuerdo era que Ian hiciera la versión que requería el Estudio, así que hizo una reescritura del guión original, la cual seguramente sobrevivió como la versión de Paramount, que encontré en los archivos de Ian (tenía dos copias) y que yo deposité en la biblioteca de la Academia, el guión más antiguo que se ha podido encontrar. Este es, probablemente, el original de Trumbo que Ian pulió pero no lo sé con seguridad y puede que en realidad se trate de la primera versión de Trumbo.

Con respecto a la contribución de Ian, solo se que mi madre, Alice, que trabajó de story editor para Irene Lee (Diamond) en Warner Brothers, siempre decía que mi padre puso mucho trabajo en el guión y que la película podía ser vista como el reflejo de la inteligencia de Ian y de su inconfundible encanto.

Ian, muy inglés, siempre mantuvo el pico cerrado sobre todo este asunto, jamás habló de él; realmente yo no creo que le apenara dar la cara por Trumbo pero en cualquier caso tampoco disfrutó de aquella experiencia una vez estaba ocurriendo.

Sin reparar en cuanto colaboró o no en “Vacaciones en Roma”, nunca contó quién hizo qué en ninguno de los guiones, más que nada por principios y a mí (un chico que, por otra parte, ya sabía bastante de la Caza de Brujas) no me dijo nunca jamás una palabra.

Trumbo vino a Nueva York una semana o así antes del estreno de “Espartaco”, en 1960 y me llevó a dar un paseo (yo tenía 13 años) donde me contó que él había escrito “Vacaciones en Roma”. Fue lo suficientemente educado y siento que claramente era algo que sentía que tenía que hacer (después de esto me trajo la banda sonora de “Espartaco” y nos fuimos a ver “El General de la Rovere” al cine Paris). No dijo nada sobre el trabajo que Ian pudo haber hecho en el guión, aunque si comentó, divertido, que fue a mi padre a quién se le ocurrió el título.

Después de que Chris sacara a relucir todo el asunto en el 2000, quise confirmarlo todo en la medida de lo posible, así que llamé a Ring Lardner Jr., por aquel entonces muy enfermo, pero que siempre era increíble con los detalles y las fechas (especialmente en cuanto a los trabajos de los demás y cuándo se había unido la gente al Partido2). Con respecto a si el material original de Trumbo había sido un tratamiento o un guión, Ring dijo: “No, realmente hubo un guión”. Creo que esta es una clara evidencia de que Trumbo escribió la primera versión y tendría, como conclusión, que tener la primera posición en el crédito de guión.

Ian y Dalton y Ring permanecieron siento íntimos hasta el final. Los echo mucho de menos enormemente.

Obviamente, fue importante para Chris Trumbo saber antes de morir que el crédito de su padre sería restaurado, y bajo esas circunstancias accedí de buen gusto a hacer todo lo posible porque eso fuera así. Murió la semana pasada sabiendo que estoy intentándolo. De qué manera se “arbitren”3 los créditos es, por supuesto, cosa vuestra y sois vosotros los que tenéis que decidir si mi padre conserva el suyo. En aquellos días Historia y Guión eran juzgados de manera un poco distinta a como lo son ahora.

Por favor, permitidnos saber (a mí y a la Familia Trumbo) lo que opináis una vez que habías revisado todo este asunto.

Con los mejores deseos, suyo siempre,
Tim Hunter
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1Se refiere al pacto que hacían compañeros guionistas ara aparecer en créditos en lugar de los autores originales, perseguidos por el Senador McCarthy. (Nota del traductor)

2Por el Partido, Hunter se refiere al Partido Comunista. (N del T.)

3Las comillas son de Hunter. (N del T.)


EL FESTIVAL ONÍRICO DE RING LARDNER JR.

23 abril, 2010

por Ángela Armero

Acabo de leer “Me odiaría cada mañana”, una autobiografía de Ring Lardner Jr., quizá el miembro más notable de los “Diez de Hollywood” después de Dalton Trumbo. Ganó dos Oscars, uno por escribir en 1942 “La Mujer del Año” junto a Michael Kanin, y otro en 1971 por M*A*S*H, ampliamente superado ya el nefasto período de la Caza de Brujas. Lardner, al ser interrogado por el Comité de Actividades Antiamericanas sobre si pertenecía o había pertenecido al partido comunista, dijo “Podría darle la respuesta que espera, pero si lo hiciera, me odiaría cada mañana”.

El escritor, militante del partido comunista, perdió a un hermano que combatía con las brigadas internacionales en la guerra civil española y fue condenado a un año de cárcel. Durante los oscuros años del Maccarthismo, siguió escribiendo bajo seudónimo, en EEUU y en Europa, sin delatar a ningún compañero, hasta que en 1960 la caza de Brujas llegó a su fin cuando Otto Preminger, que estaba empleando clandestinamente a Dalton Trumbo para el guión de “Éxodo“, decidió sacar a éste del armario.

La de Lardner fue una vida comprometida, exitosa y apasionante, repleta de brillantez, conflicto y tenacidad, y al mismo tiempo no tan diferente a la de muchos que escribimos hoy en día. Me explico: salvando las lógicas distancias, aparte de sus aventuras, de su relación con Trumbo, con Lillian Hellman y Katherine Hepburn, David Selznick o Darryl F. Zanuck y tantos otros, hay algo que menta Lardner que sigue siendo el pan nuestro de cada día: la nostalgia, casi romántica, por los proyectos destinados a criar polvo en un cajón.

“Para todo guionista es tentador fantasear sobre la posibilidad de que sus obras no filmadas pudieran haberse convertido en películas mucho más originales y provocativas que las sometidas al implacable veredicto de los espectadores, pero un repaso somero de los archivos bastaría en mi caso para desengañarme (…) En definitiva, a la frase “lo mejor se halla en la estantería” convendría añadir “y lo peor también.” Aún así quedaría suficiente género del primer tipo para organizar un pequeño pero gratificante festival de cine.”

Ahí está, Ring Lardner Jr. soñando con la ejecución de sus guiones. ¿Quién no lo ha hecho? ¿Quién no ha imaginado el cartel de su peli en una marquesina en la Gran Vía, con un reparto fantástico en el cartel? ¿Quién no se ha imaginado, camuflado en una oscuridad de espectadores satisfechos, escuchando sus propios diálogos? Puede que ese momento no llegue nunca, pero todos necesitamos caramelos, reales o imaginarios, de vez en cuando. Sigue Lardner:

“El mayor atractivo de ese festival imaginario sería la brillante fidelidad con que mis guiones se habrían llevado al celuloide”.

Otra fantasía casi irreal: directores respetuosos que filman lo que está escrito, sin tocar… el texto. En el libro, el guionista hace un repaso de sus proyectos frustrados. Uno hablaba del alcoholismo, antes de que Brackett y Wilder escribieran “Días sin Huella”. “La protagonista soñada continuaría siendo Carole Lombard pues fue ella quién adoptó apasionadamente el guión y lo paseó de estudio en estudio para oír en todo ellos que el tema era inaceptable”. También habla de “The Fishermen of Beaudrais”, inspirado por un relato de Ira Wolfert, que escribió junto a Dalton Trumbo, sobre un vagabundo reclutado por la resistencia francesa contra los alemanes en la Segunda Guerra Mundial que se alistaba como mártir a cambio de comida y alojamiento, sin sentir ninguna preferencia por ninguno de los dos bandos. Entre otros títulos, en su festival ocupaba un lugar honorífico “The Volunteer” (El Voluntario), guión inspirado por la participación y la muerte de su hermano Jim Lardner en la Guerra Civil Española. “Para quienes alcanzamos la mayoría de edad en la década de 1930, no hubo acontecimiento más crucial y polémico que la Guerra Civil Española (…) Esta vez parecía que ningún obstáculo iba a interponerse en el camino de lo que prometía ser mi película favorita”.

Pero, como pasaba antes y pasa ahora, razones que no tienen nada que ver con el trabajo en sí mismo obstaculizaron el proyecto: un cambio en la dirección de la productora (la Columbia) acabó con el guión. A los nuevos responsables el texto les parecía “detestable”. “Pese a tan contundente opinión, se trataba seguramente del mejor guión que he escrito nunca, aunque sólo sea visible en el quinto pase de mi onírico festival.”

Todos tenemos festivales oníricos, con los guiones vendidos que jamás llegaron a rodarse, con los que no logramos vender. La vida de los guionistas está continuamente condicionada por acontecimientos que no tienen nada que ver con nuestro trabajo, que no dependen en absoluto de nosotros. Pero al menos existe un orgullo, una pequeña satisfacción al recordar esos guiones que completamos sobre el papel y que vimos proyectados en nuestra cabeza. Muchísimas decisiones escapan a nuestro control, pero nadie podrá decir que nosotros no hicimos nuestro trabajo, ni que no tuvimos al menos un espectador entregado: nosotros mismos.


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