SON MALOS TIEMPOS PARA SER AUTÉNTICO.

16 abril, 2018
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Por Juanjo Ramírez Mascaró.

¿Son malos tiempos para la libertad de expresión?

Supongo que sí.

En los últimos años hemos soportado, atados – o cruzados – de pies y manos cómo la gente iba a la cárcel por contar chistes. Hemos consentido difamaciones de unos a otros y de otros a unos, hemos visto carreras políticas y reputaciones sociales truncadas por falacias que finalmente, cuando el foco mediático ya no estaba tan centrado en ellas, desembocaron en absoluciones, refutaciones o disculpas a las que pocos concedieron voz.

Esta clase de fascimos amparados en la chapuza (y chapuzas amparadas en el fascismo) hacen que los internautas se indignen on line con lágrimas de cocodrilo y se lamenten increpando al sistema (ergo a sí mismos) y haciéndolo responsable de una AUTOCENSURA que les impide escribir sobre cualquier cosa “en las redes”.

De repente aparece una horda de individuos que acusa a nuestro establishment social de obligarnos a vivir en una “dictadura” que nos impide expresarnos y realizarnos como quisiéramos, porque el linchamiento al que nos veríamos sometidos en redes sociales a causa de ello, nos haría trizas.

Les entiendo, pero…

… tengo la sensación de que el 80% de la gente que se queja de esa “autocensura” impuesta por la tiranía de las redes sociales” es gente que jamás se ha obsesionado con una idea en su puta vida. Gente que nunca ha apostado por transmitir un mensaje que considere realmente importante: uno por el que estuviese dispuesto a pagar con su integridad, con la cárcel o con cualquier cosa más jodida que perder cien putos likes.

 ¿Qué nos han hecho, joder? ¿Qué nos han hecho?

Tengo la sensación de que empieza a estar en peligro de extinción esa clase de artista realmente comprometido, que lo es casi en contra de su propia voluntad o incluso a pesar de ella; de que el nuevo rinoceronte blanco a extinguir es ese “dejarse cosquillear por la musa“, esa locura febril, esa inquietud que antaño llevaba a algunos, de repente, a poner sus entrañas sobre el tablero,  SÍ o SÍ,  pasara lo que pasara. Esa maldición de comulgar con toda esa dinamita interior tan potente que casi preferirías morir o perder tu libertad antes que dejar de compartirla con el mundo.

Hace tiempo le leí a Javier Krahe una declaración que más o menos venía a decir (con palabras mejores que las mías) que “no es cuestión de no querer venderse, sino de no saber hacerlo.”

Cada vez conozco a más autores que emprenden proyectos “triunfales”. Te explican el concepto de lo que se traen entre manos, te hacen el pitch… y tú concluyes que “es un win”, que han encontrado un “caballo ganador” y es lógico que tanto ellos como las puertas que se les abren apuesten por algo así. “¡Esto lo va a petar!” Han descubiero un filón, han esbozado un plan de mercado, de venta, de ataque tan hábil que no hay nada que reprochar en su estrategia. No voy a restar un ápice de mérito a quienes descubren esos “filones” y comercian con ellos. Son los Pizarros, los Hernán Corteses del presente. Se labran un trono de oro invirtiendo sudor y piel en ello. Pero, ¿y la sangre? Hablo de personas con actitudes y aptitudes dignas de elogio. Ojalá algún día pudiera yo imitarles. Su labor es igual de necesaria (o más) que la de cualquier vehemente con ínfulas de genio.
Pero…
… dales 100 tweets en su contra, endíñales un par de acusaciones de incorrección política… y a algunos de ellos los verás de pronto varados en las cunetas del qué dirán.
Yo echo de menos a los otros: A los que no tienen miedo de callar lo que piensan, a pesar de esta censura “de juguete” que tan infamemente medra; a los que vomitan lo que a veces no hay más remedio que expulsar, llueva lo que llueva, nieve lo que nieve y truene lo que truene.

No sé vosotros, pero al menos en mi caso, las obras con las que más satisfecho me siento salieron a la luz A PESAR DE LO QUE PUDIERAN PENSAR LOS DEMÁS.

Cada vez que alguien me pregunta cuál es el primer paso para tener éxito en la escritura, le digo que el ritual más importante consiste en asegurarte de que estás dispuesto a publicar algo que escandalizaría A TU PROPIA FAMILIA: Coge lo más abyecto e incómodo que hayas escrito y dáselo a leer a tu madre, a tu padre, a tus tíos, a tus primos, a tus sobrinos. (O en otras palabras: Agrégales a Facebook) Informa a tu subconsciente de que ya estás preparado para que cualquier persona acceda a lo más hondo de tus negruras. Haz partícipe a tu círculo más próximo de que no temes que nadie acceda a ese rincón sagrado que no es sano ni negociable silenciar.

El mundo sería menos interesante si – por poner el primer ejemplo que me viene a la cabeza – Sánchez Dragó midiese sus palabras por temor a lo que pudiésemos opinar de él.

Yo, por mi parte, me planteo continuamente a cuántos artistas u opinadores estaré considerando unos payasos simplemente porque no soy capaz de percibir la autenticidad que destilan. Ahí es donde entra en juego esa otra cara de la moneda: La tan cacareada – e indispensable – libertad de expresión, la defensa encarnizada del derecho de cualquier payaso a decir lo que le venga en gana y a permitir que otros le aplaudan, le desprecien y le malinterpreten.

Echo de menos esa poesía suicida, ese temperamento kamikaze, ese cruzarme con gente que, en lugar de decirme “hemos dado con un concepto ganador que nos va abrir todas las puertas”, me diga: “Llevo dos semanas desvelado con una idea que es imposible, que nadie aceptaría ni finaciaría a día de hoy… pero es que si no la materializo, si no me la saco de la cabeza, me va a devorar por dentro y voy a pasarme otras dos semanas sin poder dormir.” Echo de menos ese sonido de tambores persistentes, esas obsesiones que bombean en los cráneos con más fuerza que cualquier somnífero. Echo de menos personas que no podrán descansar hasta lograr plasmar algo que, según la lógica del tiempo en el que viven, es poco menos que inceptable e imposible.

Probablemente podréis citarme ahora mismo decenas de ejemplos contemporáneos de ese tipo de gente: más de los que pueda yo contar con los dedos de las manos, y probablemente tengáis razón. Pero me seguirán pareciendo pocos.

 

 


VIVA ZAPATA

15 junio, 2015

Yo quiero un concejal de cultura que sepa lo que es el humor negro. Que sepa decodificar una ironía. Que distinga un chiste de lo que no lo es. Que distinga entre ficción y realidad.

Quiero un concejal de cultura que sepa escribir, que sea capaz de explicarse en público con esa velocidad, con esa templanza, con ese estilo.

Quiero un concejal de cultura que desconcierte, que moleste, que ofenda a la gente que no distingue entre porque, por que, porqué y por qué. Esa gente vive en un estado de estupor tal, que sólo mediante un shock de incorrección podrá recobrar una mínima alerta.

“El humor negro no puede ser cruel”, ha dicho Manuela Carmena. Error. El humor negro TIENE que ser cruel. Y usted, alcaldesa, no debería comentar en televisión las acusaciones que se le hacen a su equipo si todavía no dispone de toda la información. Apúntese esta frase, alcaldesa: “Todavía no dispongo de la suficiente información para comentar este asunto”. Apúntese esta otra: “Todas las historias tienen dos versiones“. Dar esas respuestas en una entrevista no es escurrir el bulto: es negarse a que un periodista manipulador marque el ritmo de tu discurso.

Y recuerde esto, alcaldesa: si no molesta a alguien, no es humor. Y si no escandaliza a muchos, no es humor negro. Comprendo que por sus circunstancias vitales y profesionales no ha estado usted muy en contacto con lo que viene siendo el humor. Pero para eso tiene usted en su equipo concejales de cultura: para no tener que meterse en jardines que no controla.

Los supuestos chistes racistas de Guillermo Zapata eran citas en una conversación sobre los límites del humor. Citar a Hitler no te convierte en nazi. Y hasta Irene Villa hace chistes de Irene Villa. Si no entiendes esto, es TU problema. Un problema de comprensión lectora. No es tu CULPA, pero sí es TU problema: te falta educación. ¿Sabes por qué?

Porque llevamos demasiados años sufriendo a los otros concejales de cultura. A los que no hacen chistes racistas… sino que SON racistas.

Carmen González, viceconsejera de Educación de Esperanza Aguirre, cuando ésta era Presidenta de la Comunidad de Madrid, dijo esto: “el niño gitano lo que quiere es ir con su padre con la fregoneta al mercado a vender fruta”.

 

En Torrejón de Ardoz, el gobierno municipal del PP alteró la normativa de empadronamiento para dificultar a los inmigrantes registrarse como residentes.

 

En los ochenta, siendo ya diputado, Rajoy escribía artículos en prensa hablando en contra de la igualdad de los hombres, diciendo lindezas que es un hecho objetivo que los hijos de “buena estirpe” superan a los demás.

Y bueno, ni Botella ni Esperanza Aguirre han dicho jamás nada en contra de ese campo de concentración que hay en Plaza Elíptica. CIE le llaman. Ahí hay gente detenida e incomunicada durante 60 días, sin habeas corpus y sin estar -atención- acusada de ningún delito. Si luchar contra el racismo fuera censurar chistes en Twitter la vida sería muy fácil.

Todo mi apoyo a Guillermo Zapata. Sólo es la primera víctima de la guerra sucia que la caverna bipartidista lleva preparando desde el 25 de mayo por la mañana. Este tipo de manipulación informativa la vamos a estar viendo durante todo lo que dure la legislatura. Cesar a Guillermo Zapata ahora sería como tirar el fusil al oír el primer tiro.

Y en cuanto a los límites del humor: si alguien los encuentra, que me diga dónde están, que voy corriendo a cagarme en ellos.

Sergio Barrejón.


FLASHBACK: LA EDAD DEL MELODRAMA

11 agosto, 2011

por Sergio Barrejón.

Más tarde o más temprano, a algún guionista de este país le encargarán escribir una tv-movie sobre el caso de Dorel Marcu, más conocido en España como el asesino de la webcam. Probablemente la tv-movie nunca se llegue a emitir, pero casi con toda seguridad llegará a haber un guión.

Y el guionista al que el toque el marrón tendrá que hacer un ejercicio básico en esta profesión: meterse en la piel de cada personaje. No hablo de documentarse. No hablo de investigar cómo se movía, cómo hablaba tal o cual personaje. Hablo de hacer un esfuerzo por pensar como él.

Adoptar el punto de vista de cada personaje es un ejercicio básico porque permite al guionista anticipar la respuesta a una pregunta muy peligrosa que a veces se forma en la cabeza del espectador: ¿Por qué hace esto este tío? Un espectador piensa eso muy pocas veces durante una buena película. De hecho, la mayor parte de las veces que piensa eso, el pensamiento siguiente es: esta peli no es muy buena.

Y es que una de las maneras más rápidas de perder la atención del espectador es forzar a los personajes a decir o hacer cosas que, en la vida real, no harían. Respetar la motivación del personaje es una norma sagrada. Eso lo sabe cualquier buen guionista (y cualquier buen actor). Pero veces se nos olvida. Por ejemplo, porque nos empeñamos en “dejar algo claro al espectador”. En una serie chunga de policías, por ejemplo, no es raro encontrar escenas en que un agente le dice a otro cosas del tipo: “no podemos entrar en esa casa sin una orden de registro. Sería allanamiento de morada”. Como si alguien pudiera llegar a policía sin saber esas cosas.

Otras veces faltamos a la norma sagrada porque no queremos hacer demasiado antipático a un personaje, o por lo contrario: porque estamos escribiendo sobre un asesino, y queremos que quede claro que es una mala persona. El problema, claro, es que la mayor parte de las malas personas no se ven a sí mismas como tales. Y por lo general, su motivación para hacer lo que hacen no es “voy a matar a este fulano porque soy malo que te cagas”. Normalmente tienen razones para hacer las cosas. Al menos, eso creen ellos. La responsabilidad del guionista, aquí, es la misma que la del psicólogo: debe esforzarse por entenderle. Es la única manera de escribir guiones decentes, en vez de panfletos baratos.

Contrariamente a lo que creen los moralistas y los demagogos y los críticos mierder, el cine no es un medio para hacer manifiestos. Las películas contienen muchos menos “mensajes” de lo que se cree. Como decía Billy Wilder: “si quieres enviar un mensaje, ve a Western Union”.

Billy Wilder

Un buen drama, una buena tragedia, no es un mensaje, ni un panfleto, ni una declaración de principios, ni un manifiesto de ningún tipo. Es la representación de un dilema, de un conflicto que no tiene una solución fácil. O mejor aún, que no tiene solución. ¿Qué solución tiene el conflicto de “Edipo Rey”? Sacarse los ojos era lo mínimo, por así decirlo. Pero ni aun así se resuelve el conflicto.

Una buena tragedia no afirma. Al contrario, pregunta. Mira al público y le pregunta “¿Qué habrías hecho tú?”. Y si es una tragedia de las buenas, el espectador no tiene respuesta fácil. Al menos, un espectador decente. ¿Propugna “Edipo Rey” que los monarcas incestuosos deben arrancarse los ojos para expiar sus culpas? Sólo un moralista, un demagogo o un crítico mierder puede pensar eso.

Un melodrama sí es un manifiesto. “Princesas”, por ejemplo, es un melodrama. “Juno” es un melodrama. La respuesta al dilema está en la misma sinopsis de la película. Una visión dignificadora de la prostitución. Una mirada esperanzada al embarazo adolescente. Mejor que abortar, darlo en adopción. Las prostitutas se merecen un respeto.

¿Cuál es el objeto de películas como ésas? Masajear al espectador. Reconfortarle en su superioridad moral. Lo mismo que la telebasura, vaya. Al final de “Princesas”, el espectador (suponiendo que haya conseguido vencer el sueño), sale reconfortado, pensando “las putas también son personas, ya lo había pensado yo alguna vez”. En Juno sales del cine pensando “han elegido bien. Mola que la vida les dé otra oportunidad a estos chicos tan majetes”.

Comparemos esas sensaciones con las que te deja una tragedia decente como “4 meses, 3 semanas y 2 días”.

Vivimos en la edad del melodrama. Vivimos bajo el yugo del moralismo, la demagogia y la crítica mierder. Y no hablo sólo del cine y la televisión, que también. Hoy en día, hasta los periódicos son melodramáticos. Y lo terrible es que, por debajo de su aspecto de corrección y progresismo, el melodrama esconde un dogmatismo extremo.

Recuerden: la tragedia presenta un conflicto terrible, y te pregunta qué harías tú en esa situación. El melodrama te dice lo que debes hacer. No hay opciones. Esto es “lo bueno”, y punto. Y por extensión, todo lo demás es “lo malo”. En la edad del melodrama, la libertad de expresión pierde cada vez más terreno. Una vez que está claro qué es lo bueno y qué es lo malo, ¿qué sentido tiene debatir sobre nada? ¿Se han fijado en que cada vez hay más talk-shows en los que todos los contertulios están de acuerdo?

Veamos tres ejemplos de lo que representa la edad del melodrama:

1. Hace unas semanas, Nacho Vigalondo fue expulsado de la sección de blogs de El País por publicar una broma en su Twitter:

“Ahora que tengo más de cincuenta mil followers y me he tomado cuatro vinos podré decir mi mensaje: ¡El Holocausto fue un montaje!

Después de una cadena de reacciones que iban desde la sonrisa de los que entendimos que era un chiste hasta el cinismo de los que, entendiéndolo también, decidieron sacar partido de ello, el director de El País canceló el blog de Vigalondo aduciendo que ese chiste ofendía “a cualquier persona decente”. Zas. Ahí está el dogmatismo. Javier Moreno traza la línea a partir de la cual dejas de ser decente, y por tanto, es mejor no hablar contigo. Se le cierra el blog. ¿Se entiende la gravedad del asunto? No se le piden explicaciones al autor. Se le impide hablar. ¡NO LE ESCUCHÉIS!

2. Hace unos meses, en Las Mañanas de Cuatro, un grupo de ignorantes sobrepagados “debatía” sobre la exhibición de “A Serbian Film” en el festival de Sitges (en realidad, pedían censura a gritos). E invitaron a defenderse al propio director del festival, Ángel Sala.

Lo más descorazonador de todo el vídeo, a mi modo de ver, es que ni siquiera Sala, director de un festival de cine fantástico, acertó a decir en su defensa que la puta película no es más que una ficción. Hace poco semanas, Sala fue imputado por un supuesto delito de exhibición de pornografía infantil por un juez de Vilanova i la Geltrú.

3. Hace pocos días, Salvador Sostres publicó una entrada en su blog del diario El Mundo diciendo que el asesino de la webcam no era un monstruo, sólo un chico normal. La columna, probablemente el texto menos provocador que Sostres ha publicado en su vida, provocó también una cadena de reacciones que condujo a Pedro J. Ramírez a censurar la entrada. Poco después, la redacción de El Mundo escribió una carta colectiva pidiendo a Pedro J. que prescindiese de Sostres. (¡No le escuchéis!)

Salvador Sostres

Desde hace unos días, me parece como si yo fuera la única persona en el mundo que piensa que todas estas censuras son igual de graves. Me ha sorprendido muchísimo ver cómo compañeros guionistas, gente inteligente y ecuánime (escritores, por el amor de Dios), se mostraban de acuerdo con la censura a Sostres.

Recuerdo que, cuando era niño, en mi colegio, mi hermano y yo fuimos dos de los primeros críos que eligieron “Ética” en lugar de “Religión”. Esto generó desconcierto y rechazo en muchos compañeros. Muchos, pero muchos de ellos me preguntaron agresivamente: “¿Tú qué eres, musulmán o qué?”. 25 años después, sigo viendo la misma actitud en gente a quien presuponía mucho más inteligente, mucho más madura y mucho más liberal que mis compañeros de E.G.B.

Si criticas a Zapatero, te preguntan si defiendes a Rajoy. Si te dedicas al cine, dan por hecho que apoyas a Zapatero. En la edad del melodrama, parece que el 90% de los licenciados universitarios (y probablemente el 99% del resto de la población) necesita que la gente se posicione radicalmente en determinadas cuestiones. Hay, naturalmente, temas más delicados que otros. Algunos de los más delicados son:

– Racismo
– Homosexualidad
– Religión
– Terrorismo
– Violencia machista

Cualquier ambigüedad o mínima separación entre las posturas individuales de una persona y la versión oficial de lo moralmente correcto en estos ámbitos es percibida no ya como sospechosa, sino directamente como reprobable, e incluso posiblemente delictiva, al decir de ciertos fiscales y jueces, probablemente más ávidos de fama que de justicia.

El caso de Sostres, precisamente porque no comparto en absoluto su postura política, me parece el más interesante. Un montón de gente le acusa de justificar el crimen de Dorel Marcu. Sin embargo, Sostres escribió claramente en el post “censurado” (que, naturalmente, circula por Internet con más popularidad de la que jamás habría tenido de no haber sido censurado) que ni justificaba ni creía que se pudiera justificar el crimen. (No importa, “no le escuchéis”.)

¿Cuál es, entonces, el resorte que ha disparado esta polémica? Sería simplista pensar que todo tiene que ver con la política. Algo hay, sin duda. Los medios de izquierdas se cebaron con Sostres igual que los de derechas se cebaron con Vigalondo y Ángel Sala (que, al ser “del cine”, son sospechosos de sociatas). Pero la plantilla de El Mundo también arremetió contra Sostres. Y mucha más gente de derechas. Eso no es política. Eso es hipocresía. Eso se llama rasgarse las vestiduras. Y la mayor parte de la gente que se indignó por el artículo ni siquiera sabe qué parte del mismo le indignó realmente. (Por supuesto, la mitad de los demagogos ni siquiera ha leído el puto artículo, pero hablo de la otra mitad).

Todo el mundo repite como loros que Sostres ha justificado el crimen, cuando repetidamente dice lo contrario. Todo el mundo repite como loros que Sostres ha dicho que la violencia machista es normal, cuando eso no se dice en ningún momento en ese artículo. Todo el mundo habla sobre “el daño que hace” un post como éste, pero nadie es capaz de dar un ejemplo de ese supuesto daño.

Y todo el mundo coincide en que habría que impedir que gente como Sostres escribiese en periódicos. (No le escuchéis.)

¿Qué es lo que molesta realmente a estos hipócritas? Lo que les molesta es el uso de la palabra “violencia” en el artículo. Sostres escribe:

“Porque hay muchas formas de violencia, y es atroz la violencia que el chico recibió al saber que iban a dejarle y que el niño que creía esperar no era suyo.”

Sin ese párrafo, el artículo habría pasado desapercibido. Porque hay mil maneras de decir que el chico no era un monstruo. Pero no se puede jugar con las etiquetas de la corrección. Ésas son intocables. Repasen la lista de más arriba: la violencia machista está en el top-5 de temas que, en la edad del melodrama, exigen un posicionamiento radical, inconfundible y, lo más importante, literal.

Uno puede ir a un programa de televisión y decir “la violencia machista es una lacra para la sociedad, pero hace falta ser muy zorra para quedarse preñada de otro y tardar cinco meses en decírselo“, y tampoco pasará gran cosa. Pero que a nadie se le ocurra decir “esto no es violencia machista, esto es otra cosa”, porque lo linchan.

El pensamiento no importa. Lo que importa es lucir bien la etiqueta. Para ser “correcto”, tienes que decir clara y literalmente, sin ambages, que rechazas la violencia machista porque es una lacra para la sociedad. Cualquier agresión de un hombre hacia una mujer debe ser etiquetado como “violencia machista” y colocado en la estadística correspondiente. No te atrevas a intentar ver matices, o serás automáticamente acusado de hacer apología de la violencia machista.

Porque, en la edad del melodrama, hemos rechazado el pensamiento. Hemos rechazado el debate. Lo hemos cambiado por una burda etiqueta. Hemos convertido nuestro cerebro en una red cuadriculada en la que no caben formas distintas, no existen los matices. Hacer una mínima variación en la formulación de una idea es percibido mayoritariamente como una formulación en contra de la idea.

“O estás conmigo, o estás contra mí.”
“Dirá lo que quiera, pero lo que está pensando es…”
“No deberían dejar que esta gente fuese por ahí diciendo esas cosas.”

(No le escuchéis.)

Salvador Sostres, por si alguien no se ha dado cuenta, es un profesional de la provocación. La indignación de los “correctos” no es fruto de un error de cálculo. Al contrario, es un efecto buscado. Su despliegue retórico en el programa de Isabel San Sebastián, el ritmo de su monólogo, el tema elegido… denotan una enorme habilidad para la provocación.

Y la provocación es algo sano. Muchos no querrán darse cuenta, pero Salvador Sostres, con una sola columna, y encima censurada, ha generado más reflexión y debate sobre la violencia machista que año y medio de trabajo del extinto Ministerio de Igualdad.

Pero Sostres hace algo aparte de trastear con la etiqueta de la violencia machista. Sostres, como haría un buen guionista, se pone en la piel del asesino e intenta comprenderlo. Y tiene el valor de mencionar algo que todos hemos pensado muchas veces ante un crimen como éste:

“Espero que si algún día me sucede algo parecido disponga del temple suficiente para reaccionar quemándome por dentro sin que el incendio queme a nadie más (…) Quiero pensar que no tendría su reacción, como también lo quieres pensar tú. Pero ¿podríamos realmente asegurarlo? Cuando todo nuestro mundo se desmorona de repente, cuando se vuelve frágil y tan vertiginosa la línea entre el ser y el no ser, ¿puedes estar seguro de que conservarías tu serenidad, tu aplomo?,  ¿puedes estar seguro de que serías en todo momento plenamente consciente de lo que hicieras?”

Antes de pedir que censuren a nadie por exhibir una opinión escandalosa, conviene pensar si no estaremos repitiendo por inercia una conducta aprendida. Si realmente nos han ofendido, o sólo reaccionamos porque alguien se burla de un mantra vacuo que nos aporta cierta seguridad cuando lo repetimos una y otra vez.

Pensemos un poco antes de juzgar. Juzgar es fácil. Por eso lo hace todo el mundo. Por eso Twitter, y Facebook, y demás versiones virtuales de la charla de barra de bar, están llenos de indignados efímeros, que se rasgan las vestiduras en las primeras veinticuatro horas y luego se olvidan del asunto.

En lugar de repetir mantras como si significasen algo, en lugar de pedir (vergüenza para un escritor) que se censure una película, una columna o un blog, recuperemos la buena costumbre de argumentar. Al menos, hagámoslo los que vivimos de nuestra capacidad para ponernos en la piel de otros.

(Publicado originalmente en Bloguionistas el 14 de abril de 2011)


LA EDAD DEL MELODRAMA

14 abril, 2011

por Sergio Barrejón.

Más tarde o más temprano, a algún guionista de este país le encargarán escribir una tv-movie sobre el caso de Dorel Marcu, más conocido en España como el asesino de la webcam. Probablemente la tv-movie nunca se llegue a emitir, pero casi con toda seguridad llegará a haber un guión.

Y el guionista al que el toque el marrón tendrá que hacer un ejercicio básico en esta profesión: meterse en la piel de cada personaje. No hablo de documentarse. No hablo de investigar cómo se movía, cómo hablaba tal o cual personaje. Hablo de hacer un esfuerzo por pensar como él.

Adoptar el punto de vista de cada personaje es un ejercicio básico porque permite al guionista anticipar la respuesta a una pregunta muy peligrosa que a veces se forma en la cabeza del espectador: ¿Por qué hace esto este tío? Un espectador piensa eso muy pocas veces durante una buena película. De hecho, la mayor parte de las veces que piensa eso, el pensamiento siguiente es: esta peli no es muy buena.

Y es que una de las maneras más rápidas de perder la atención del espectador es forzar a los personajes a decir o hacer cosas que, en la vida real, no harían. Respetar la motivación del personaje es una norma sagrada. Eso lo sabe cualquier buen guionista (y cualquier buen actor). Pero veces se nos olvida. Por ejemplo, porque nos empeñamos en “dejar algo claro al espectador”. En una serie chunga de policías, por ejemplo, no es raro encontrar escenas en que un agente le dice a otro cosas del tipo: “no podemos entrar en esa casa sin una orden de registro. Sería allanamiento de morada”. Como si alguien pudiera llegar a policía sin saber esas cosas.

Otras veces faltamos a la norma sagrada porque no queremos hacer demasiado antipático a un personaje, o por lo contrario: porque estamos escribiendo sobre un asesino, y queremos que quede claro que es una mala persona. El problema, claro, es que la mayor parte de las malas personas no se ven a sí mismas como tales. Y por lo general, su motivación para hacer lo que hacen no es “voy a matar a este fulano porque soy malo que te cagas”. Normalmente tienen razones para hacer las cosas. Al menos, eso creen ellos. La responsabilidad del guionista, aquí, es la misma que la del psicólogo: debe esforzarse por entenderle. Es la única manera de escribir guiones decentes, en vez de panfletos baratos.

Contrariamente a lo que creen los moralistas y los demagogos y los críticos mierder, el cine no es un medio para hacer manifiestos. Las películas contienen muchos menos “mensajes” de lo que se cree. Como decía Billy Wilder: “si quieres enviar un mensaje, ve a Western Union”.

Billy Wilder

Un buen drama, una buena tragedia, no es un mensaje, ni un panfleto, ni una declaración de principios, ni un manifiesto de ningún tipo. Es la representación de un dilema, de un conflicto que no tiene una solución fácil. O mejor aún, que no tiene solución. ¿Qué solución tiene el conflicto de “Edipo Rey”? Sacarse los ojos era lo mínimo, por así decirlo. Pero ni aun así se resuelve el conflicto.

Una buena tragedia no afirma. Al contrario, pregunta. Mira al público y le pregunta “¿Qué habrías hecho tú?”. Y si es una tragedia de las buenas, el espectador no tiene respuesta fácil. Al menos, un espectador decente. ¿Propugna “Edipo Rey” que los monarcas incestuosos deben arrancarse los ojos para expiar sus culpas? Sólo un moralista, un demagogo o un crítico mierder puede pensar eso.

Un melodrama sí es un manifiesto. “Princesas”, por ejemplo, es un melodrama. “Juno” es un melodrama. La respuesta al dilema está en la misma sinopsis de la película. Una visión dignificadora de la prostitución. Una mirada esperanzada al embarazo adolescente. Mejor que abortar, darlo en adopción. Las prostitutas se merecen un respeto.

¿Cuál es el objeto de películas como ésas? Masajear al espectador. Reconfortarle en su superioridad moral. Lo mismo que la telebasura, vaya. Al final de “Princesas”, el espectador (suponiendo que haya conseguido vencer el sueño), sale reconfortado, pensando “las putas también son personas, ya lo había pensado yo alguna vez”. En Juno sales del cine pensando “han elegido bien. Mola que la vida les dé otra oportunidad a estos chicos tan majetes”.

Comparemos esas sensaciones con las que te deja una tragedia decente como “4 meses, 3 semanas y 2 días”.

Vivimos en la edad del melodrama. Vivimos bajo el yugo del moralismo, la demagogia y la crítica mierder. Y no hablo sólo del cine y la televisión, que también. Hoy en día, hasta los periódicos son melodramáticos. Y lo terrible es que, por debajo de su aspecto de corrección y progresismo, el melodrama esconde un dogmatismo extremo.

Recuerden: la tragedia presenta un conflicto terrible, y te pregunta qué harías tú en esa situación. El melodrama te dice lo que debes hacer. No hay opciones. Esto es “lo bueno”, y punto. Y por extensión, todo lo demás es “lo malo”. En la edad del melodrama, la libertad de expresión pierde cada vez más terreno. Una vez que está claro qué es lo bueno y qué es lo malo, ¿qué sentido tiene debatir sobre nada? ¿Se han fijado en que cada vez hay más talk-shows en los que todos los contertulios están de acuerdo?

Veamos tres ejemplos de lo que representa la edad del melodrama:

1. Hace unas semanas, Nacho Vigalondo fue expulsado de la sección de blogs de El País por publicar una broma en su Twitter:

“Ahora que tengo más de cincuenta mil followers y me he tomado cuatro vinos podré decir mi mensaje: ¡El Holocausto fue un montaje!

Después de una cadena de reacciones que iban desde la sonrisa de los que entendimos que era un chiste hasta el cinismo de los que, entendiéndolo también, decidieron sacar partido de ello, el director de El País canceló el blog de Vigalondo aduciendo que ese chiste ofendía “a cualquier persona decente”. Zas. Ahí está el dogmatismo. Javier Moreno traza la línea a partir de la cual dejas de ser decente, y por tanto, es mejor no hablar contigo. Se le cierra el blog. ¿Se entiende la gravedad del asunto? No se le piden explicaciones al autor. Se le impide hablar. ¡NO LE ESCUCHÉIS!

2. Hace unos meses, en Las Mañanas de Cuatro, un grupo de ignorantes sobrepagados “debatía” sobre la exhibición de “A Serbian Film” en el festival de Sitges (en realidad, pedían censura a gritos). E invitaron a defenderse al propio director del festival, Ángel Sala.

Lo más descorazonador de todo el vídeo, a mi modo de ver, es que ni siquiera Sala, director de un festival de cine fantástico, acertó a decir en su defensa que la puta película no es más que una ficción. Hace poco semanas, Sala fue imputado por un supuesto delito de exhibición de pornografía infantil por un juez de Vilanova i la Geltrú.

3. Hace pocos días, Salvador Sostres publicó una entrada en su blog del diario El Mundo diciendo que el asesino de la webcam no era un monstruo, sólo un chico normal. La columna, probablemente el texto menos provocador que Sostres ha publicado en su vida, provocó también una cadena de reacciones que condujo a Pedro J. Ramírez a censurar la entrada. Poco después, la redacción de El Mundo escribió una carta colectiva pidiendo a Pedro J. que prescindiese de Sostres. (¡No le escuchéis!)

Salvador Sostres

Desde hace unos días, me parece como si yo fuera la única persona en el mundo que piensa que todas estas censuras son igual de graves. Me ha sorprendido muchísimo ver cómo compañeros guionistas, gente inteligente y ecuánime (escritores, por el amor de Dios), se mostraban de acuerdo con la censura a Sostres.

Recuerdo que, cuando era niño, en mi colegio, mi hermano y yo fuimos dos de los primeros críos que eligieron “Ética” en lugar de “Religión”. Esto generó desconcierto y rechazo en muchos compañeros. Muchos, pero muchos de ellos me preguntaron agresivamente: “¿Tú qué eres, musulmán o qué?”. 25 años después, sigo viendo la misma actitud en gente a quien presuponía mucho más inteligente, mucho más madura y mucho más liberal que mis compañeros de E.G.B.

Si criticas a Zapatero, te preguntan si defiendes a Rajoy. Si te dedicas al cine, dan por hecho que apoyas a Zapatero. En la edad del melodrama, parece que el 90% de los licenciados universitarios (y probablemente el 99% del resto de la población) necesita que la gente se posicione radicalmente en determinadas cuestiones. Hay, naturalmente, temas más delicados que otros. Algunos de los más delicados son:

– Racismo
– Homosexualidad
– Religión
– Terrorismo
– Violencia machista

Cualquier ambigüedad o mínima separación entre las posturas individuales de una persona y la versión oficial de lo moralmente correcto en estos ámbitos es percibida no ya como sospechosa, sino directamente como reprobable, e incluso posiblemente delictiva, al decir de ciertos fiscales y jueces, probablemente más ávidos de fama que de justicia.

El caso de Sostres, precisamente porque no comparto en absoluto su postura política, me parece el más interesante. Un montón de gente le acusa de justificar el crimen de Dorel Marcu. Sin embargo, Sostres escribió claramente en el post “censurado” (que, naturalmente, circula por Internet con más popularidad de la que jamás habría tenido de no haber sido censurado) que ni justificaba ni creía que se pudiera justificar el crimen. (No importa, “no le escuchéis”.)

¿Cuál es, entonces, el resorte que ha disparado esta polémica? Sería simplista pensar que todo tiene que ver con la política. Algo hay, sin duda. Los medios de izquierdas se cebaron con Sostres igual que los de derechas se cebaron con Vigalondo y Ángel Sala (que, al ser “del cine”, son sospechosos de sociatas). Pero la plantilla de El Mundo también arremetió contra Sostres. Y mucha más gente de derechas. Eso no es política. Eso es hipocresía. Eso se llama rasgarse las vestiduras. Y la mayor parte de la gente que se indignó por el artículo ni siquiera sabe qué parte del mismo le indignó realmente. (Por supuesto, la mitad de los demagogos ni siquiera ha leído el puto artículo, pero hablo de la otra mitad).

Todo el mundo repite como loros que Sostres ha justificado el crimen, cuando repetidamente dice lo contrario. Todo el mundo repite como loros que Sostres ha dicho que la violencia machista es normal, cuando eso no se dice en ningún momento en ese artículo. Todo el mundo habla sobre “el daño que hace” un post como éste, pero nadie es capaz de dar un ejemplo de ese supuesto daño.

Y todo el mundo coincide en que habría que impedir que gente como Sostres escribiese en periódicos. (No le escuchéis.)

¿Qué es lo que molesta realmente a estos hipócritas? Lo que les molesta es el uso de la palabra “violencia” en el artículo. Sostres escribe:

“Porque hay muchas formas de violencia, y es atroz la violencia que el chico recibió al saber que iban a dejarle y que el niño que creía esperar no era suyo.”

Sin ese párrafo, el artículo habría pasado desapercibido. Porque hay mil maneras de decir que el chico no era un monstruo. Pero no se puede jugar con las etiquetas de la corrección. Ésas son intocables. Repasen la lista de más arriba: la violencia machista está en el top-5 de temas que, en la edad del melodrama, exigen un posicionamiento radical, inconfundible y, lo más importante, literal.

Uno puede ir a un programa de televisión y decir “la violencia machista es una lacra para la sociedad, pero hace falta ser muy zorra para quedarse preñada de otro y tardar cinco meses en decírselo“, y tampoco pasará gran cosa. Pero que a nadie se le ocurra decir “esto no es violencia machista, esto es otra cosa”, porque lo linchan.

El pensamiento no importa. Lo que importa es lucir bien la etiqueta. Para ser “correcto”, tienes que decir clara y literalmente, sin ambages, que rechazas la violencia machista porque es una lacra para la sociedad. Cualquier agresión de un hombre hacia una mujer debe ser etiquetado como “violencia machista” y colocado en la estadística correspondiente. No te atrevas a intentar ver matices, o serás automáticamente acusado de hacer apología de la violencia machista.

Porque, en la edad del melodrama, hemos rechazado el pensamiento. Hemos rechazado el debate. Lo hemos cambiado por una burda etiqueta. Hemos convertido nuestro cerebro en una red cuadriculada en la que no caben formas distintas, no existen los matices. Hacer una mínima variación en la formulación de una idea es percibido mayoritariamente como una formulación en contra de la idea.

“O estás conmigo, o estás contra mí.”
“Dirá lo que quiera, pero lo que está pensando es…”
“No deberían dejar que esta gente fuese por ahí diciendo esas cosas.”

(No le escuchéis.)

Salvador Sostres, por si alguien no se ha dado cuenta, es un profesional de la provocación. La indignación de los “correctos” no es fruto de un error de cálculo. Al contrario, es un efecto buscado. Su despliegue retórico en el programa de Isabel San Sebastián, el ritmo de su monólogo, el tema elegido… denotan una enorme habilidad para la provocación.

Y la provocación es algo sano. Muchos no querrán darse cuenta, pero Salvador Sostres, con una sola columna, y encima censurada, ha generado más reflexión y debate sobre la violencia machista que año y medio de trabajo del extinto Ministerio de Igualdad.

Pero Sostres hace algo aparte de trastear con la etiqueta de la violencia machista. Sostres, como haría un buen guionista, se pone en la piel del asesino e intenta comprenderlo. Y tiene el valor de mencionar algo que todos hemos pensado muchas veces ante un crimen como éste:

“Espero que si algún día me sucede algo parecido disponga del temple suficiente para reaccionar quemándome por dentro sin que el incendio queme a nadie más (…) Quiero pensar que no tendría su reacción, como también lo quieres pensar tú. Pero ¿podríamos realmente asegurarlo? Cuando todo nuestro mundo se desmorona de repente, cuando se vuelve frágil y tan vertiginosa la línea entre el ser y el no ser, ¿puedes estar seguro de que conservarías tu serenidad, tu aplomo?,  ¿puedes estar seguro de que serías en todo momento plenamente consciente de lo que hicieras?”

Antes de pedir que censuren a nadie por exhibir una opinión escandalosa, conviene pensar si no estaremos repitiendo por inercia una conducta aprendida. Si realmente nos han ofendido, o sólo reaccionamos porque alguien se burla de un mantra vacuo que nos aporta cierta seguridad cuando lo repetimos una y otra vez.

Pensemos un poco antes de juzgar. Juzgar es fácil. Por eso lo hace todo el mundo. Por eso Twitter, y Facebook, y demás versiones virtuales de la charla de barra de bar, están llenos de indignados efímeros, que se rasgan las vestiduras en las primeras veinticuatro horas y luego se olvidan del asunto.

En lugar de repetir mantras como si significasen algo, en lugar de pedir (vergüenza para un escritor) que se censure una película, una columna o un blog, recuperemos la buena costumbre de argumentar. Al menos, hagámoslo los que vivimos de nuestra capacidad para ponernos en la piel de otros.


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