FLASHBACK: EL QUÉ Y EL CÓMO

13 noviembre, 2011
Por Guionista Hastiado

Hay una creencia extendida dentro de la industria cultural que personalmente siempre me ha resultado un poco timo. Y tengo la sensación de que cada día que pasa está más asumida, tanto entre diletantes como entre curtidos profesionales. Se trata de la fe en las ideas geniales. Me refiero a la aventurada promesa de que algún día se te ocurrirá esa idea perfecta que te hará rico y reputado; esa premisa para el mejor guión que a nadie se le ha ocurrido nunca; ese intrincado detonante que te dará la mejor serie o ese personaje que catapultará tu carrera hacia lo más alto del olimpo de los creadores. Tu “Tesis”, tu “Pepi, Luci, Boom”, tu “Diablo sobre ruedas”… expresados en unas pocas palabras.

Supongo que no se trata de algo extraño en éste país nuestro tan amigo de pelotazos, donde se considera que el que no se hace rico de la noche a la mañana es porque no ha sido muy listo. Así, los que no somos muy listos debemos conformarnos con creer en el futurible de las loterías, los milagros, o las ideas geniales que nos salvarán de la mediocridad.

En cierta ocasión conocí a un productor que me enseñó una lista de propuestas para series que se disponía a llevar a una cadena. Parecía que iba a echar la bonoloto. Era un listado de unas 30 ideas concentradas en un folio, del tipo “un joven descarriado se ve obligado a vivir con su hermano el responsable”. “Una familia de campo que se va a vivir a la ciudad por una herencia”. “Un chico estudia oposiciones para impresionar a la chica que le gusta”.

Vale, me las he inventado. Ya no las recuerdo. Pero sirven como ejemplo de lo que trato de explicar: que una idea para crear una historia, por sí misma, no es nada. Lo importante, y lo difícil, es cómo la llevas a cabo, cómo la conviertes en algo real. Es el “cómo” y no el “qué”, lo que hace de una ficción una obra de arte, un éxito de público, o un gran trozo de composta maloliente.

Las películas que nos emocionan, que nos atrapan, o aquellas que triunfan por todo el mundo, funcionan porque han sido llevadas a buen término por un equipo de profesionales que sabían lo que hacían. Son tantas las decisiones a tomar y tantos los errores susceptibles de cometerse a lo largo del complejo proceso de creación de un film, que es imposible acertar en todo por simple casualidad y atribuir todos los méritos a que “había un buen punto de partida”.

Hay quien le da mucha importancia a la originalidad de las propuestas. Y, por supuesto, no hay nada más agradecido y apetecible que salir del cine pensando que has visto algo distinto, algo nuevo. Pero la originalidad tiene que ver sobre todo con la manera de contar, con el estilo, con el punto de vista y los mecanismos narrativos empleados, más que con los temas. Partiendo de ideas originales se han hecho cosas maravillosas y grandes tonterías (rentables, pero tonterías). Y de la idea más sencilla del mundo se pueden lograr productos redondos y maravillosos como éste.

La originalidad temática es algo francamente difícil de valorar y encontrar, y su búsqueda exhaustiva lleva a cometer errores como ese afán mayúsculo de joven cortometrajista por impactar constantemente en cada plano, o por buscar de manera obsesiva “un final sorpresa”.

Convendrán conmigo en que el material fundamental del oficio de contar historias no es otro que el propio ser humano. Hablamos de nosotros porque es lo único que nos importa, así de egocéntricos somos. Se trata de un material inagotable, sí, pero no ofrece, en los grandes asuntos tratados, muchas variaciones. Los conflictos son siempre los mismos en esencia; de hecho son muchos los estudiosos de la narrativa que se han preocupado de numerar y catalogar los diferentes tipos de conflicto a los que puede enfrentarse un personaje (lo que resulta un ejercicio teórico interesante, pero quizá no demasiado útil a la hora de ponerse a escribir).

Contamos una y otra vez las mismas historias, pero cada creador aporta su visión y su manera personal de abordar esas historias. Los personajes, el contexto y el lenguaje narrativo (audiovisual) aportan la diferencia. Cojamos un titular cualquiera como, por ejemplo “un padre lucha por salvar a su hija de su novio asesino”. Imaginad las historias tan diferentes que resultarían si esa premisa la desarrollaran Almodóvar, Woody Allen o Ridley Scott. Sería ese proceso de desarrollo el que determinaría absolutamente la calidad, la personalidad y el mérito del producto final, y no la idea de partida.

Lo que pasa es que vivimos en un mercado audiovisual donde para muchos lo más importante no es hacer las cosas bien, sino venderlas.  Se trata de vender tu idea: tu guión, tu proyecto, tu serie, tu largo… Por eso la primera obsesión de aquellos que desarrollan una historia es llamar la atención, y ahí es donde la idea, como argumento de venta, cobra una importancia quizá excesiva.

Además, cuando entran en juego los condicionantes de mercado, el concepto de “idea” se prostituye, y ya no cuentan tanto los posibles valores narrativos que puede aportarnos la premisa inicial (¿es una historia con “chicha”?), sino las consideraciones externas: ¿Me darán subvención con este tipo de historia? ¿Puedo meter actores guapos? ¿Puedo meter desnudos? ¿Puedo ganar mucho gastando poco? ¿Puedo rodar en algún sitio paradisíaco donde tomar daiquiris? ¿Es un concepto suficientemente atractivo como para engañar al público y lograr que acuda al cine en masa las dos primeras semanas?

Los empresarios de la industria tienden a considerar que la mejor idea es las menos arriesgada, es decir, aquella que ya ha sido testada previamente, y que lo único que hay que hacer es repetir fórmulas con algún elemento supuestamente original de fondo, o darle “una vuelta de tuerca” a lo de siempre.

Al final, es el “cómo” el que suele salir perdiendo. Podemos ser Calatravas del guión y hacer ambiciosas propuestas de historias perfectas dibujadas sobre el aire, pero si tenemos algún interés en que el resultado no decepcione, tendremos que ponernos manos a la obra y empezar a construir, y demostrar con hechos que somos capaces de llevar a buen término todo eso que prometíamos. Y ahí es donde vendrá la originalidad, la distinción, el talento. Si los hay.

Igual es sólo cosa mía, pero sigo asombrándome cuando descubro la existencia de proyectos como éste o este otro. No se me ocurre una idea más sencilla que la de “Cheers”: un grupo de empleados y clientes habituales de un bar que comparten sus miserias diarias a ambos lados de la barra. Si “Cheers” es una de las mejores sitcoms que han existido no es por ese planteamiento de partida, es por su trabajo de composición de personajes, por el talento y el mimo con los que se escribieron sus guiones, por la oportunidad del momento y el lugar en el que se hizo (en el que se apostó por volver a lo cotidiano y pequeño después de una década de “grandes asuntos” como la guerra de Vietnam), por el acierto en el cásting y en la dirección de actores y, en definitiva, por cómo todo ello confluyó en una obra audiovisual exquisita.

Aquí somos muy de copiar la superficie. No nos preocupamos por aprehender los sistemas de trabajo, la manera de afrontar el conflicto, de equilibrar personajes, de enfocar el cásting, de pulir los gags, de rodar, y de construir las tramas horizontales… No, aquí copiamos el encabezado, porque queda bonito y llamativo.

Incluso utilizando exactamente los mismos guiones que el producto primigenio, ningún actor podrá estar a la altura de los protagonistas originales, porque esos personajes ya existen y no se pueden reinventar sin que pierdan en la comparación. La idea de resucitar a Sam Malone puede llamar la atención del público que conoció al primigenio Sam Malone, pero ese público es exactamente el mismo que se va a decepcionar al encontrarse con una burda imitación del original.

(Y eso que a mí San Juan me parece un actor muy potable… pero es que no es Sam Malone)

Pero  lo importante, claro, es vender el proyecto; ése es el verdadero propósito de una productora: vender proyectos. Y es un objetivo comprensible, esto es un negocio. El problema está, quizá, en quienes compran y en los motivos que les llevan a confiar en este tipo de apuestas. Últimamente tengo la impresión de que ya no se demandan historias, sino envoltorios, titulares llamativos, taglines apabullantes, frasecillas curiosas en las portadas de los proyectos, lametones de ingenio desparramados en folios sueltos o, directamente, un par de nombres de actores famosos que “han mostrado interés en el proyecto”.

En este mundillo vuelan las anécdotas de guiones que se vendieron con unas pocas frases impresas en una página y deslizadas sobre la mesa entre cubata y cubata. Esos proyectos siempre van acompañados de grandes intenciones que prometen historias trepidantes, divertidas, de sutil inteligencia y capaces de enganchar al espectador desde el primer minuto, todo a la altura de los grandes éxitos del momento. Gran parte de ellos fueron, y serán, sonoros fracasos.

Vender es importante. Si no se venden los proyectos, no se hacen. Pero luego hay que arremangarse y poner el acento en el proceso que viene después, y trabajar en profundidad en el desarrollo, en la escritura, en la elección de un cásting adecuado y no acomodaticio, en la persistente dirección de actores, en la creación de un buen equipo técnico y artístico, en elaborar un presupuesto dándole a cada cosa el valor adecuado, en el ensamblaje coordinado y adecuado de todos y cada uno de los procesos de la producción…

Tener ideas es la parte fácil del proceso. Cualquier persona por la calle le podrá dar rápidamente diez ideas para hacer series o películas. “Una película sobre mi tío que es muy gracioso”. “Una serie de bomberos”. “Una chica que trabaja en una peluquería como yo y ve a gente muy curiosa todo el rato y es muy divertida”. Es posible que se crucen también con algún personaje nervioso que les asegurará que él tuvo mucho tiempo antes la idea para hacer “Médico de Familia” o “El orfanato”, y que la vida es injusta porque le robaron su gallina de los huevos de oro, que era suya porque se le ocurrió primero. A lo mejor, incluso, se trata de un guionista.

Mi consejo, si quieren escribir y llegar a vivir de sus guiones, es que no se obsesionen demasiado con las ideas; las ideas vendrán solas. Preocúpense, sobre todo, por aprender a escribirlas bien, porque de eso va realmente este trabajo.

(Publicado originalmente en Bloguionistas el 11 de marzo de 2011)


CHEERS Y EL I+D

14 octubre, 2011

Por Guillermo Zapata

Son las tres menos diez de la madrugada. Llevo media hora intentando escontrar otro tema sobre el que escribir. Cualquier cosa que no sea ésta. Lo que sea. Y todo me suena manido, imbécil o directamente soporifero (Probablemente por mi propio sueño)

Hace una semana me parecía importante escribir algo sobre el despido de los guionistas de Cheers, sin embargo, según los días iban pasando y “la noticia” dejaba de ser noticia a mi se me iban quitando las ganas. ¿El motivo? Muy sencillo. No conozco a las personas despedidas. No conozco el proyecto. Camino campo minado. No tengo ni puta idea de lo sucedido. Solo puedo hacer suposiciones. Así que me digo… “Pues nada, a otra cosa”

Lo que pasa es que… Hay algunas cosas que no son de recibo.

A partir de aquí pido disculpas a el equipo de guión de Cheers por las imprecisiones de mi texto. Voy a intentar escribir de la forma menos directa posible. No conozco las circustancias. No conozco el proceso. No tengo ni la más absoluta idea de lo sucedido.

Lo que si sé, porque eso son datos es lo siguiente:

Los guionistas de Cheers no se levantaron una mañana y fueron a una productora (o a una cadena) a rogarle que se hiciera un remake de Cheers. Aunque solo sea porque como que uno no se mete en camisas de once varas cuando hay adquisiciones de derechos de por medio.

No. El camino normalmente es la revés. Alguien con poder para hacer algo (Esto es, no un guionista) decide hacer algo. Busca a gente para hacerlo y entonces lo hacen.

Sin embargo, cúando esa idea no funciona bien todo el mundo sabe a quién tiene que culpar. Para las culpas es bastante fácil identificar el objetivo: los guionistas.

“Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. ¿Les suena? Bueno, pues la próxima vez que quieran medir la responsabilidad de un guionista sobre una serie, atiendan primero a su poder. Digamos que no somos spiderman, precisamente.

En segundo lugar, cúando una serie se redefine no es necesario despedir a nadie. Lo que es necesario es que la serie se redefina. Sorpresa increíble: Los guionistas sabemos escribir en más de un tono, sabemos escribir historias diferentes. Es más, les sorprenderá, pero nos dedicamos a eso. A cambiar de tono, a contar otras cosas.

Tristemente, trabajamos en una industria que nos ha ido acostumbrado a los cambios, los despidos y la movilidad. Es “lo que se supone que pasa” “Así son las cosas”. Y no me refiero solo a los equipos de guión, es un poco generalizado. “Oye, la chica esta de vestuario que…” “No, ya no está.” “Ah”. “Oye, el cámara que…” “No, es que surgió un problema”. Pero tampoco es como si la movilidad estuviera bien distribuída.

Digamos que los despidos son inversamente propocionales al poder de decisión. Más poder de decisión sobre el producto, menos posibilidades de ser despedido. Menos poder de decisión sobre el producto, más posibilidades de despido.

Si ese es el escenario, por favor, que nadie nos pida, además, que estemos sonrientes, creativos y motivados.

Estoy completamente deacuerdo en que los guionistas tenemos una responsabilidad con respecto al producto final. Estoy incluso dispuesto a asumir (con la boca pequeña) que es algo mayor que otros departamentos. Pero la única manera de que sintamos realmente esa responsabilidad sobre las series es tener mayores márgenes de libertad creativa, mayor nivel de control sobre el proceso.

La apuesta es sencilla: Mas control creativo, más libertad. Más libertad, mayor responsabilidad. Más responsabilidad, mayor disfrute. Mayor disfrute, más creatividad. Más creatividad, series mejores. Mejores series, más audiencia.

Es tan sencillo como eso.

Pero incluso aunque nos equivocaramos en alguna ocasión (porque recuerdo la vieja máxima del William Goldman: “Nadie sabe Nada”) vivimos en una industria que tiene que asumir los fracasos como parte del proceso, porque es muy muy muy muy muy rentable a pesar de los fracasos.Porque cada serie que funciona soporta dos o tres series que no lo hacen. Porque no sabemos lo que va a funcionar. A eso en cualquier otra industria se le llama I+D+I. En ciencia la posibilidad del fracaso es la base de cualquier nuevo descubrimiento.

Lo que no necesita son despidos. Lo que no necesita es usar el empleo de la gente como herramienta para hacer notas de prensa y vender renovaciones de contenido.


SI SE HICIERA UN REMAKE DE “THE OFFICE” EN ESPAÑA…

21 septiembre, 2011

Por Chico Santamano.

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…se titularía “The Office”.

…tardaríamos 20 años en verlo.

…los fans se rasgarían las vestiduras por semejante sacrilegio.

…los que nunca la vieron también se indignarían mucho.

…y todos olvidarían que “The Office” ya era un remake.

…compraríamos los guiones para hacer lo que nos saliera del nabo.

…y a todos nos parecería fatal (aunque los yanquis hubiesen hecho lo mismo con la serie original).

…sus guionistas aceptarían el encargo con cierto orgullo.

…una vez estrenada, sus guionistas preguntarán a otros guionistas cómo se puede borrar un crédito en imdb.

…los ejecutivos comprarían los derechos aún creyendo que hay que cambiarlo todo porque el espectador español es un mongólico en potencia.

…y se dedicarían a cargarse todo aquello que hacía de “The Office” una serie mítica.

…Michael Scott se llamaría Miguel Sánchez.

…Dwight se traduciría como Gero.

…para darle cierto caché, lo protagonizaría un actor que renegase de la tele por toda la basura imperante.

…y se emitiría en Telecinco para humillarle aún más.

…todas las interpretaciones estarían muy arriba. Bordearían casi el género chico.

…aunque fuera los mismos, los chistes sobre gays de Michael Scott sonarían realmente ofensivos.

…Dwight Schrute sería Javivi.

…Jim sería Martín Rivas.

…Pam sería Beatriz Montañez.

…Angela sería Anabel Alonso.

…la india sería gitana.

…se le pondría letra al tema de la cabecera.

…lo interpretaría Raquel del Rosario.

…y lo cantaría con voz de pena, aunque lo que diga la letra sea divertido.

…Michael Scott estaría obligado a trabajar con una exmujer por aquello de la tensión sexual no resuelta.

…por supuesto ambos se enterarían de que están obligados a trabajar juntos en el primer episodio.

…ella estaría en sujetador (se acaba de tirar un café en la blusa).

…él estaría vestido, pero tartamudearía mucho al enterarse.

…los chicos del almacén currarían sin camiseta.

…en el almacén habría una barra de bar.

…detrás de la barra del bar habría un modesto apartamento donde viviría Jim.

…Jim nunca iría a trabajar a otra delegación durante una temporada. No habría dinero para construir otro decorado, ni para pagar a más actores.

…las paredes de la oficina estarían pintadas con agradables color pastel.

…el negocio iría muy mal. Si son unos perdedores, ¿cómo es posible que vendan tanto papel?

…el actor que interpretase a Michael Scott se iría antes de la tercera temporada y después de pagar su piso por la zona de Velázquez.

…las secuencias tendrían un montón de música de libería. ¿Momento de misterio? Música de misterio. ¿Un chino entra por la puerta? Música oriental. Y así todo el rato.

…no tardarían en tener importantes cameos como el de Vicky Martín Berrocal o Jaime Peñafiel.

…los protagonistas irían de promoción a “El Hormiguero”.

…Pablo Motos haría un espectacular experimento con cientos de post-its.

…Pablo Motos se quitaría la camisa.

…Pablo Motos se quedaría con las frases de niños más graciosas y le daría a los protas las peores.

…los ejecutivos presumirían de que Ricky Gervais está a tope con los guiones de la adaptación.

…los ejecutivos ocultarían que esos guiones no fueron los que finalmente se grabaron.

…las críticas estarían escritas una semana antes de empezar el rodaje.

…#theofficespain sería trending topic mundial la noche de su estreno.

…todos los twitteros se creerían más ingeniosos que los guionistas de la serie.

…un gran porcentaje de twitteros sacaría a colación el final de “Los Serrano”.

…otros usarían los términos “tetacinco” o “telecirco”.

…Vertele haría un reportaje recogiendo los mejores chistes en twitter.

…Vertele haría un spoiler del último episodio.

…y Javivi se subiría a “La Noria”.

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El FesTVal de Vitoria

9 septiembre, 2011

Por Guionista Hastiado

La semana pasada tuvo lugar la tercera edición del Festival de Radio y Televisión de Vitoria, un evento que en tan poco tiempo se ha convertido en un referente para la industria televisiva nacional. Parte del éxito se debe a una adecuada mezcla de estrenos, ruedas de prensa, actuaciones, charlas y mesas redondas, que ofrecen un apretado calendario con el que es imposible aburrirse. Yo estuve allí desde el jueves por la noche, y me he traído un montón de buenas impresiones que paso a resumirles.

Estrenos, premieres, eventos, avances…

“Homicidios”

Eduardo Noriega, en la alfombra naranja del festival

Se estrenó el capítulo piloto de esta nueva serie de Telecinco. Una acogida algo fría para un producto bien ejecutado, con algunas buenas ideas de guión y con una factura más que notable. Mis dudas planean sobre la labor de Noriega, poco cálido en el difícil papel de un psicólogo experto en asesinos en serie. El capítulo no me enganchaba al principio, aunque va mejorando a lo largo del metraje, así que habrá que esperar a las siguientes entregas para hacerse una idea de por dónde irán los tiros. Personalmente abomino de la manía de coger a jovencitos y jovencitas guapísimos y jovencísimos para interpretar a duros policías. Me cantó un poco también que al protagonista lo llamaran “Sóller”, que suena exactamente igual que “Sawyer”. ¿Qué necesidad?

“El Barco”

Primer capítulo de la segunda temporada, aque ayer jueves se estrenó en televisión, seguro que con buena audiencia. Vuelve la serie de Globomedia con más fuerza que nunca, con un capítulo pantagruélico donde parece imposible que sucedan más cosas. Un ritmo frenético, conflictos potentes y un gran esfuerzo de producción y guión. Además pudimos ver imágenes de lo que depara la segunda temporada, con la aparición estelar de Belén Rueda. A mí personalmente lo que me cuesta más de la serie son  las escenas adolescentes de amor desmedido (pornografía sentimental, que la llamo yo), pero claro, es que uno, además de ser un navarro rancio, ya no tiene 16 años. Éxito asegurado.

“Cheers”

No pude asistir al estreno, aunque recabé algunas opiniones. La sensación general es de corrección, aunque nadie parecía excesivamente impresionado. Un cásting acertado que parece haberse visto algo lastrado por la dirección (de maneras más cinematográficas que televisivas) de Gómez-Pereira. Estuve hablando con alguno de los guionistas de la serie, que me decía que confiaba en que la cosa fuera bien siempre que la cadena tuviera paciencia las primeras sermanas, porque poco a poco los capítulos iban mejorando. Habrá que ver si la apuesta por el remake funciona mejor que con “Las chicas de oro” o “Matrimonio con hijos”, pero yo al menos le daré una oportunidad. Eso sí, cuando se hace una adaptación hay que asumir los riesgos. Como éste que no me resisto a adjuntar por si a alguien se le ha pasado:

Paramount Comedy

La cadena mostró un avance de algunos de sus próximos proyectos. “Chic-as”, una serie de sketchs sobre el universo femenino en cuyos inicios tuve el honor de colaborar hace un tiempo. Cuatro actrices sobresalientes bajo la batuta de Yllana para un producto modesto pero con grandes virtudes. También pudimos ver un avance de “Il Divo”, una divertida serie de Carlos Clavijo que entra en ese grupo de ficciones televisivas que intentan apostar por una comedia diferente a la que llevamos años haciendo en este país (una renovación que sí estamos viendo en otros géneros). Y, por supuesto, también hubo espacio para los cómicos de Paramount, auténticos adalides del monologuismo patrio. El especial “10 cómicos 10 es sin duda el mejor programa de Stand-up nacional que podemos disfrutar ahora mismo.

“El tiempo entre costuras”.

Una de las grandes apuestas de ficción de Antena 3, basada en el best-seller del mismo título. Pudimos ver un par de montajes de unos cinco minutos, en los que era palpable la gran cantidad de medios con los que han contado y una factura sin fisuras. En la rueda de prensa explicaron que han “estirado” el libro con nuevas tramas para poder llegar a hacer 11 capítulos en total. Y por lo visto la autora del libro se ha involucrado directamente en la escritura de los guiones supervisando todo el proceso de escritura, lo que, por qué no decirlo, me llama bastante la atención.

“Gran Hotel”

Los protagonistas de "Gran Hotel"

Mis compañeros de Bambú presentaron su nueva apuesta para Antena 3 con un avance bien empaquetado y muy prometedor, demostrando una vez más que saben hacer las cosas bien. No pude asistir a la rueda de prensa, pero las vibraciones que me han llegado son muy buenas. Hablaron de referentes como “Sherlock” y “Agatha Christie”, aunque las comparaciones con “Downton Abbey” y “Gran Reserva” son inevitables para muchos (una por imagen, otra por temática). Tiene toda la pinta de ser una de las revelaciones de la temporada, como ya lo fueron en su día “Gran Reserva” e “Hispania”.

Encuentro de guionistas “de Turno de Oficio a Gran Reserva”

Mi visita al festival se debía fundamentalmente a mi participación en esta mesa redonda organizada con la ayuda del sindicato ALMA, en la que cuatro guionistas hablamos sobre la evolución de las series españolas en los últimos tiempos. Fue un honor compartir mesa con Alberto Macías, Iván Escobar y Yolanda García Serrano.

Como siempre que un grupo de guionistas se juntan para hablar de la profesión, nos quejamos un poco del mundo y mostramos nuestro deseo de que las series nacionales ganen en calidad dramática y que los procesos creativos se profesionalicen todavía más permitiendo una mayor libertad creativa a los autores, aunque también hubo espacio para la autocrítica y cierto optimismo de cara al futuro. Respecto a temas tabú en la tele, me quedo con dos de los que salieron: la “tele sobre la tele” (por gafe) y la política, como asunto con el que todavía son pocos los que se atreven.

Jornadas “Branducers”

Una sesión maratoniana destinada a debatir sobre el “Branded Content”, una forma de producción audiovisual cuya llegada parece inevitable pero que, por diversos motivos, no acaba de cuajar en España. Básicamente, consiste en que las propias marcas produzcan y financien contenidos y los ofrezcan a las televisiones o medios de distribución. Las jornadas estaban organizadas por Aftershare.tv, productora de Risto Mejide, y, paradójicamente, aunque no se consiguieron resultados concretos, todo el mundo coincidió en que fueron un éxito. Por primera vez alguien colocó cara a cara a marcas importantes (Telefónica, BBVA, Danone…) frente a los responsables de las cadenas y a las productoras, para que discutieran entre ellos (con la moderación de Risto) sobre sus propósitos, sus peticiones y sus reservas acerca del Branded Content.

Yo poco entiendo de estos asuntos, pero lo que me ha llegado es que a las grandes cadenas les cuesta aceptar un cambio de modelo de negocio que, de momento, les funciona bastante bien. Puede que económicamente el “branded content” parezca una buena propuesta, pero ellas creen que perderían el control sobre el producto, algo que consideran irrenunciable. Tiempo al tiempo.

Algunos de los asistentes echaron en falta la opinión de los creadores (los guionistas) y de hecho alguien me comentó la posibilidad de participar en las jornadas del año que viene como ponente. No sé si yo tendría mucho que aportar, pero desde luego me resultaría interesante debatir sobre las posibilidades reales de escribir una serie para Coca Cola, por ejemplo, y convencer a los responsables de la firma de que el resultado no debería ser un truño complaciente y blandengue.

Uno de los ejemplos de “Brand Content” que más entusiasmaron a todo el mundo, fue el caso de “Sólo se vive una vez”, un largometraje de Bollywood en el que Tourespaña decidió invertir para dar a conocer nuestro país en la india. Trata de un grupo de amigos que deciden viajar a la península en la despedida de soltero de uno de ellos. El film se ha convertido en un éxito absoluto de taquilla en su país y ha logrado llevar nuestra imagen a millones de hindús, además de recuperar, con mucho, la inversión inicial. Aquí tienen una interesante entrevista donde hablan de ello.

Hubo muchos otros eventos a los que no pude asistir y de los que no tengo  información de primera mano: el curso de Stand-up comedy, el estreno de la segunda temporada de “La República”, el coloquio surrealista sobre el humor en televisión, el estreno de “El corazón del océano”, el taller de “Museo Coconut”, el interesante espacio “Pilotos”… Casi todos ellos tendrán continuidad en la cuarta edición, que, sinceramente, me gustaría no perderme.

LA GALA

(Actualización, aquí pueden ver la gala completa, si les interesa)

El Festival de Vitoria entrega una serie de premios elegidos por un jurado compuesto únicamente por críticos de televisión. Conocí a varios de ellos y he de decir que me causaron muy buena impresión y que me pareció que tenían una mezcla ponderada entre una visión crítica de la televisión y una atracción indisimulada por un medio que, de hecho, les apasiona. Me parece un acierto de cara a un festival de televisión que la crítica tenga, también, su espacio.

Bueno, de hecho también es un festival de radio, pero ya se ha anunciado que a partir del año que viene este medio se queda fuera, fagocitado por el éxito y la atención mediática que suscita la tele, y que es más que suficiente para sustentar el festival por muchos más años.

La gala empezó tarde, como casi todo en el festival, por culpa de los paseíllos de alfombra en los que había que compensar las largas esperas de las fans. Pero, una vez empezada, todo el mundo se lo pasó muy bien. Sentido del humor, ritmo, y un magnífico presentador al que le cayeron loas de todo el mundo: Luis Larrodera. Ya podían aprender los organizadores de los Goya o de los ATV.

Luis del Olmo recogió uno de los primeros premios y se arrancó a cantar una improvisada ranchera, “Sigo siendo el rey”. A partir de ahí,  varios de los premiados y presentadores, como Matías Prats (“Te quiero vida mía”) o Josep María Mainat, animaron a imitarle, aportando bastante buen rollo y diversión a una gala que ya de por sí funcionaba bastante bien.

Ana Pastor agradeció su premio compartiéndolo con todo su equipo y asegurando que a ella nadie le dice cómo debe hacer su trabajo, y que piensa seguir haciéndolo igual pase lo que pase el 20N.

Los responsables de “La que se avecina” agradecieron el primer premio que recibían después de varios años en antena, y aprovecharon para postularse como ejemplo de que cuando las cadenas tienen paciencia con un producto, éste puede llegar a remontar y a convertirse en un éxito.

También fue el primer premio que recogió desde su estreno el equipo de “Hispania”. Hubo agradecimientos y buenas palabras para las cadenas, los actores, los equipos de rodaje… en fin, para todo el mundo… excepto para el equipo de guión de la serie, del cual, como ustedes saben, yo era responsable. Qué se le va a hacer, los guionistas ya tenemos asumido que nunca nadie se acuerda de nosotros.

Crematorio” se llevó el premio a “lo mejor del año”, en un reconocimiento merecidísimo, en mi opinión, a las intenciones y los resultados de un producto que hasta hace pocos años era inimaginable en la ficción televisiva nacional. Me enteré hace unos días que la van a emitir en La Sexta. Yo no tuve paciencia y me compré el dvd.

También hubo un justo premio para “La mitad invisible”, uno de esos programas de la 2 que casi nadie conoce, pero que destaca por su calidad, su buen humor, y su valor cultural.

Quizá con el único premio que personalmente no comparte es que le dieron a Ana Rosa Quintana (que no deja de ser una profesional con años de experiencia, pero que hace una televisión que ni me interesa, ni me gusta, ni me parece premiable). Y me dejó también algo indiferente el galardón al concurso “Atrapa un millón”, que a mí, ni fu ni fa.

EL FESTIVAL

Si en algo estuvieron de acuerdo todos los asistentes al festival, tanto profesionales como medios de comunicación, es en el magnífico trabajo realizado por la organización. En estos tiempos de crisis es admirable ver cómo los recursos se invierten inteligentemente, y cómo una buena gestión puede lograr magníficos resultados sin necesidad de grandes fastos.

Los invitados al festival fuimos mimados, en el mejor sentido del término. Un hotel excelente, servicios de transporte numerosos y eficientes y, quizá lo más llamativo, todos los días nos llevaban a comer y a cenar a restaurantes que podrían competir sin ruborizarse por una estrella Michelín. En el norte se come bien, todos lo sabemos, y en el festival de Vitoria han querido que todo el mundo se vaya con la sensación de que no hay una ciudad en el mundo donde se coma mejor. Ustedes pensarán que todo esto es puro hedonismo de mercadillo, pero detrás hay una estrategia calculada que ha logrado en pocos años, sencillamente,  que todo el mundo quiera volver. Al fin y al cabo, el éxito de un festival depende, en gran medida, de la afluencia de estrellas y profesionales del medio, y eso de momento ya lo tienen ganado.

Otro de los aspectos más llamativos de las jornadas ha sido la afluencia masiva de fans histéricas a la caza del famoso. Había visto alguna cosa parecida en festivales de cine, pero creo que nunca con tanta intensidad. Las fans (porque eran mayoritariamente chicas, para qué nos vamos a engañar), pasaban días enteros esperando, bajo la lluvia a ratos, cogiendo sitio en primera fila para poder ver de cerca de sus ídolos de la televisión, tanto en las alfombras de los estrenos de las series (“Cheers”, “Homicidios”, “El barco”) como en la entrada del hotel, donde se veía gente apostada a todas horas, incluso de madrugada. He visto ataques de nervios, lloros y gritos histéricos que, les aseguro, se quedarán grabados en mi memoria durante mucho tiempo.

Como metáfora de todo el asunto de la fama, me quedo con una frase que un colega colega monologuista y yo escuchamos cuando, a eso de las cinco de la mañana, llegábamos al hotel. Al ver acercarse un taxi, varias de las “grupis” apostadas se levantaron del suelo esperando encontrarse a algún famoso que compensara tantos sacrificios. Cuando nos vieron bajar del coche, una de ellas exclamó en alto, sin ningún ánimo de disimular su decepción: “apaga la cámara, que no es nadie”.


EL QUÉ Y EL CÓMO

11 marzo, 2011
Por Guionista Hastiado

Hay una creencia extendida dentro de la industria cultural que personalmente siempre me ha resultado un poco timo. Y tengo la sensación de que cada día que pasa está más asumida, tanto entre diletantes como entre curtidos profesionales. Se trata de la fe en las ideas geniales. Me refiero a la aventurada promesa de que algún día se te ocurrirá esa idea perfecta que te hará rico y reputado; esa premisa para el mejor guión que a nadie se le ha ocurrido nunca; ese intrincado detonante que te dará la mejor serie o ese personaje que catapultará tu carrera hacia lo más alto del olimpo de los creadores. Tu “Tesis”, tu “Pepi, Luci, Boom”, tu “Diablo sobre ruedas”… expresados en unas pocas palabras.

Supongo que no se trata de algo extraño en éste país nuestro tan amigo de pelotazos, donde se considera que el que no se hace rico de la noche a la mañana es porque no ha sido muy listo. Así, los que no somos muy listos debemos conformarnos con creer en el futurible de las loterías, los milagros, o las ideas geniales que nos salvarán de la mediocridad.

En cierta ocasión conocí a un productor que me enseñó una lista de propuestas para series que se disponía a llevar a una cadena. Parecía que iba a echar la bonoloto. Era un listado de unas 30 ideas concentradas en un folio, del tipo “un joven descarriado se ve obligado a vivir con su hermano el responsable”. “Una familia de campo que se va a vivir a la ciudad por una herencia”. “Un chico estudia oposiciones para impresionar a la chica que le gusta”.

Vale, me las he inventado. Ya no las recuerdo. Pero sirven como ejemplo de lo que trato de explicar: que una idea para crear una historia, por sí misma, no es nada. Lo importante, y lo difícil, es cómo la llevas a cabo, cómo la conviertes en algo real. Es el “cómo” y no el “qué”, lo que hace de una ficción una obra de arte, un éxito de público, o un gran trozo de composta maloliente.

Las películas que nos emocionan, que nos atrapan, o aquellas que triunfan por todo el mundo, funcionan porque han sido llevadas a buen término por un equipo de profesionales que sabían lo que hacían. Son tantas las decisiones a tomar y tantos los errores susceptibles de cometerse a lo largo del complejo proceso de creación de un film, que es imposible acertar en todo por simple casualidad y atribuir todos los méritos a que “había un buen punto de partida”.

Hay quien le da mucha importancia a la originalidad de las propuestas. Y, por supuesto, no hay nada más agradecido y apetecible que salir del cine pensando que has visto algo distinto, algo nuevo. Pero la originalidad tiene que ver sobre todo con la manera de contar, con el estilo, con el punto de vista y los mecanismos narrativos empleados, más que con los temas. Partiendo de ideas originales se han hecho cosas maravillosas y grandes tonterías (rentables, pero tonterías). Y de la idea más sencilla del mundo se pueden lograr productos redondos y maravillosos como éste.

La originalidad temática es algo francamente difícil de valorar y encontrar, y su búsqueda exhaustiva lleva a cometer errores como ese afán mayúsculo de joven cortometrajista por impactar constantemente en cada plano, o por buscar de manera obsesiva “un final sorpresa”.

Convendrán conmigo en que el material fundamental del oficio de contar historias no es otro que el propio ser humano. Hablamos de nosotros porque es lo único que nos importa, así de egocéntricos somos. Se trata de un material inagotable, sí, pero no ofrece, en los grandes asuntos tratados, muchas variaciones. Los conflictos son siempre los mismos en esencia; de hecho son muchos los estudiosos de la narrativa que se han preocupado de numerar y catalogar los diferentes tipos de conflicto a los que puede enfrentarse un personaje (lo que resulta un ejercicio teórico interesante, pero quizá no demasiado útil a la hora de ponerse a escribir).

Contamos una y otra vez las mismas historias, pero cada creador aporta su visión y su manera personal de abordar esas historias. Los personajes, el contexto y el lenguaje narrativo (audiovisual) aportan la diferencia. Cojamos un titular cualquiera como, por ejemplo “un padre lucha por salvar a su hija de su novio asesino”. Imaginad las historias tan diferentes que resultarían si esa premisa la desarrollaran Almodóvar, Woody Allen o Ridley Scott. Sería ese proceso de desarrollo el que determinaría absolutamente la calidad, la personalidad y el mérito del producto final, y no la idea de partida.

Lo que pasa es que vivimos en un mercado audiovisual donde para muchos lo más importante no es hacer las cosas bien, sino venderlas.  Se trata de vender tu idea: tu guión, tu proyecto, tu serie, tu largo… Por eso la primera obsesión de aquellos que desarrollan una historia es llamar la atención, y ahí es donde la idea, como argumento de venta, cobra una importancia quizá excesiva.

Además, cuando entran en juego los condicionantes de mercado, el concepto de “idea” se prostituye, y ya no cuentan tanto los posibles valores narrativos que puede aportarnos la premisa inicial (¿es una historia con “chicha”?), sino las consideraciones externas: ¿Me darán subvención con este tipo de historia? ¿Puedo meter actores guapos? ¿Puedo meter desnudos? ¿Puedo ganar mucho gastando poco? ¿Puedo rodar en algún sitio paradisíaco donde tomar daiquiris? ¿Es un concepto suficientemente atractivo como para engañar al público y lograr que acuda al cine en masa las dos primeras semanas?

Los empresarios de la industria tienden a considerar que la mejor idea es las menos arriesgada, es decir, aquella que ya ha sido testada previamente, y que lo único que hay que hacer es repetir fórmulas con algún elemento supuestamente original de fondo, o darle “una vuelta de tuerca” a lo de siempre.

Al final, es el “cómo” el que suele salir perdiendo. Podemos ser Calatravas del guión y hacer ambiciosas propuestas de historias perfectas dibujadas sobre el aire, pero si tenemos algún interés en que el resultado no decepcione, tendremos que ponernos manos a la obra y empezar a construir, y demostrar con hechos que somos capaces de llevar a buen término todo eso que prometíamos. Y ahí es donde vendrá la originalidad, la distinción, el talento. Si los hay.

Igual es sólo cosa mía, pero sigo asombrándome cuando descubro la existencia de proyectos como éste o este otro. No se me ocurre una idea más sencilla que la de “Cheers”: un grupo de empleados y clientes habituales de un bar que comparten sus miserias diarias a ambos lados de la barra. Si “Cheers” es una de las mejores sitcoms que han existido no es por ese planteamiento de partida, es por su trabajo de composición de personajes, por el talento y el mimo con los que se escribieron sus guiones, por la oportunidad del momento y el lugar en el que se hizo (en el que se apostó por volver a lo cotidiano y pequeño después de una década de “grandes asuntos” como la guerra de Vietnam), por el acierto en el cásting y en la dirección de actores y, en definitiva, por cómo todo ello confluyó en una obra audiovisual exquisita.

Aquí somos muy de copiar la superficie. No nos preocupamos por aprehender los sistemas de trabajo, la manera de afrontar el conflicto, de equilibrar personajes, de enfocar el cásting, de pulir los gags, de rodar, y de construir las tramas horizontales… No, aquí copiamos el encabezado, porque queda bonito y llamativo.

Incluso utilizando exactamente los mismos guiones que el producto primigenio, ningún actor podrá estar a la altura de los protagonistas originales, porque esos personajes ya existen y no se pueden reinventar sin que pierdan en la comparación. La idea de resucitar a Sam Malone puede llamar la atención del público que conoció al primigenio Sam Malone, pero ese público es exactamente el mismo que se va a decepcionar al encontrarse con una burda imitación del original.

(Y eso que a mí San Juan me parece un actor muy potable… pero es que no es Sam Malone)

Pero  lo importante, claro, es vender el proyecto; ése es el verdadero propósito de una productora: vender proyectos. Y es un objetivo comprensible, esto es un negocio. El problema está, quizá, en quienes compran y en los motivos que les llevan a confiar en este tipo de apuestas. Últimamente tengo la impresión de que ya no se demandan historias, sino envoltorios, titulares llamativos, taglines apabullantes, frasecillas curiosas en las portadas de los proyectos, lametones de ingenio desparramados en folios sueltos o, directamente, un par de nombres de actores famosos que “han mostrado interés en el proyecto”.

En este mundillo vuelan las anécdotas de guiones que se vendieron con unas pocas frases impresas en una página y deslizadas sobre la mesa entre cubata y cubata. Esos proyectos siempre van acompañados de grandes intenciones que prometen historias trepidantes, divertidas, de sutil inteligencia y capaces de enganchar al espectador desde el primer minuto, todo a la altura de los grandes éxitos del momento. Gran parte de ellos fueron, y serán, sonoros fracasos.

Vender es importante. Si no se venden los proyectos, no se hacen. Pero luego hay que arremangarse y poner el acento en el proceso que viene después, y trabajar en profundidad en el desarrollo, en la escritura, en la elección de un cásting adecuado y no acomodaticio, en la persistente dirección de actores, en la creación de un buen equipo técnico y artístico, en elaborar un presupuesto dándole a cada cosa el valor adecuado, en el ensamblaje coordinado y adecuado de todos y cada uno de los procesos de la producción…

Tener ideas es la parte fácil del proceso. Cualquier persona por la calle le podrá dar rápidamente diez ideas para hacer series o películas. “Una película sobre mi tío que es muy gracioso”. “Una serie de bomberos”. “Una chica que trabaja en una peluquería como yo y ve a gente muy curiosa todo el rato y es muy divertida”. Es posible que se crucen también con algún personaje nervioso que les asegurará que él tuvo mucho tiempo antes la idea para hacer “Médico de Familia” o “El orfanato”, y que la vida es injusta porque le robaron su gallina de los huevos de oro, que era suya porque se le ocurrió primero. A lo mejor, incluso, se trata de un guionista.

Mi consejo, si quieren escribir y llegar a vivir de sus guiones, es que no se obsesionen demasiado con las ideas; las ideas vendrán solas. Preocúpense, sobre todo, por aprender a escribirlas bien, porque de eso va realmente este trabajo.


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