LA ROPA

14 marzo, 2012

Por Chico Santamano.

Lourdes había nacido para coser. Desde pequeña jugaba con el costurero de su madre y creaba con un poco de hilo, aguja y trapos de cocina vestidos de princesas y brujas. Siempre supo que ESO era lo suyo, pero no veía sus vestidos en pasarelas o escaparates. La moda le provocaba una profunda indiferencia, con lo que Lourdes soñaba era con ver sus vestidos, sus chaquetas, sus trajes perfectamente cortados en la gran pantalla.

Durante años se preparó para ello y en cierta forma consiguió cumplir su sueño. Sus trajes no llenaban de color y texturas las pantallas de cine, pero sí lo hacían en la tele. Comenzó como ayudante y acabó siendo la máxima responsable de los atuendos que caracterizaban a cada uno de los personajes de la serie.

El ritmo de la tele era diabólico. Casi no tenía tiempo para coser detalles que contarán “algo más”, ni presupuesto para comprar las mejores telas. Sin tiempo ni dinero, acababa comprando una vez tras otra en las mismas tiendas donde compraban el común de los mortales. ¿Qué le iba a hacer? Ella no podía luchar contra los elementos. Aún así, Lourdes era muy buena y conseguía auténtica magia combinando unas prendas con otras, tiñendo, cosiendo y descosiendo… Ese era el auténtico reto y ella lo superaba con tanto orgullo como resignación.

Luego estaban los actores, claro. Lourdes se hartaba de escuchar una y otra vez que si “esto me hace gorda”, “esto no se lo pondría mi personaje”, “esta camisa ya huele”… Lidiar con las estrellas nunca ha sido fácil, pero nuestra protagonista era paciente y con una sonrisa y un poco de verborrea engañabobos conseguía ceder lo justo e ignorarles lo suficiente como para no tener que estar cambiando el vestuario de todo el reparto día tras día.

Con todo y con eso, Lourdes disfrutaba con su trabajo. Excepto un día clave que se repetía por cada nuevo capítulo al que se debía enfrentar. Lo peor que llevaba Lourdes era el pase de vestuario. Los jefes de equipo se sentaban alrededor de una mesa; arte, maquillaje, producción… No faltaba nadie. Es importante que todos los departamento sepan cómo van a lucir los protagonistas. El ayudante de dirección, junto al director de ese capítulo, iba repasando una por una cada prenda que aparecería en ese capítulo. Lourdes iba poniendo el vestido sobre la mesa y todos comentaban como si ella no estuviera delante. Como si toda esa ropa hubiera salido de la nada y no fuera fruto de su esfuerzo y el de su equipo. El ayudante de dirección no perdía la oportunidad de destacar alguna costura o el típico botón que por las prisas se había quedado un poco suelto. Todos reían. Lourdes también… no quería quedar como una siesa, claro. De repente, el director y su comentario de siempre… “Otra vez ese color”. Lourdes era consciente de la repetición, pero qué haces cuando tienes tantos personajes a los que vestir y llevas tantos capítulos a tus espaldas. Es difícil no reincidir. Como siempre, el jefe de producción se echaba las manos a la cabeza y la hacía sentir culpable por haber usado telas caras. ¿Qué culpa tenía ella de tener que vestir a personajes ricos?

Con el tiempo, Lourdes se fue acostumbrando. Sabía que no lo hacían con maldad ninguna. Cuando se trabaja durante mucho tiempo en una misma serie la ilusión deja paso al cinismo y todo el mundo necesita reírse un poco de la ropa para no caer en el tedio. Además… ¿Qué podía hacer ella? Era evidente que todos sabían más que Lourdes sobre vestuario. Todos tenían un figurinista dentro. Posiblemente el mejor figurinista de todos los tiempos.

Todos se creían con derecho a opinar y sobre todo a señalar y a hacer bromas sobre las carencias del esfuerzo de Lourdes. La figurinista siempre se lamentaba de que no hubiera mesa de planes de rodaje, desgloses de producción o pases de peluquería. Ella también quería hacer bromas del trabajo ajeno. Pero a Lourdes le había tocado ser el centro de atención en el único momento del proceso donde todos sus compañeros se reunían. Y aunque todos ellos fueran conscientes del poco tiempo que tenía para preparar el capítulo, puesto que también eran víctimas de esas condiciones de trabajo, sus compañeros no podían evitar reírse del guión… perdón, de la ropa de Lourdes.


EL EPISODIO QUE VA ANTES DEL SEGUNDO

14 abril, 2010

Por Chico Santamano.

En los últimos meses he estado escribiendo en una serie. Las otras veces en las que había currado para la tele llegué con el proyecto en marcha y habiéndome librado del marrón de arrancar y meterle mano a ese temido primer episodio. Pero esta vez, me incorporé al principio de los principios y por lo tanto no pude escapar de ese trance.

Todo el mundo es consciente de la importancia de tener un piloto potente; los productores, la cadena, el reparto, tu prima Angustias… Todos te cargan sobre la espalda la responsabilidad de que ese primer episodio debe de ser acojonante. Tiene que hacerte reír, llorar, estremecerte y dejarte con “ganas de más” (las tres palabras más oídas durante esos meses de sufrimiento). Tienes que conseguir que todo el mundo se enamore de los personajes. Ojo, de sus encantadores protagonistas, pero de los antipáticos también. Tienes que fijar total y absolutamente el tono. Tienes que hacerle al espectador la promesa firme de que si le han gustado las tramas del primer episodio, con las del segundo va a flipar. En definitiva, presentar, vender y convencer en un solo capítulo. Ahí es nada.

Advertencia. Si llegados a este tercer párrafo, algún lector del blog espera que explique cómo escribir el piloto perfecto, lo lleva claro. Este es un post de desahogo absoluto, un grito en la oscuridad. No tiene NADA de didáctico. Eso sí, ruego que si alguien conoce las claves, las cuente en los comments a la voz de YA.

Continúo. Cuando estás embarcado en esa difícil misión, los jefes (como es lógico) no entienden de excusas. Tal y como están las cosas, todos sabemos que el primer episodio puede suponer debut y despedida en la parrilla. Pero esas excusas que a todos nos vienen a la cabeza no son menos ciertas. Repasamos unas cuantas…

LA EXCUSA DE LA PRESENTACIÓN

Generalmente, los pilotos suelen ir lastrados por un exceso (en ocasiones) necesario de información. De  la pericia de los guionistas y la confianza de los productores depende que esa información sea salpicada de manera natural y que no obstruya demasiado las tramas. Como todo el mundo sabe, la ONU ha reconocido a España como uno de los países donde peores primeros episodios se han perpetrado. Cosas como echar mano de una voz en off que nunca más volverá a aparecer (¿Se acuerdan del arranque de “Compañeros”?) o el exceso de expresiones antinaturales como “hermanito” o “eres mi tía divorciada preferida” ayudan a contar las cosas, pero… qué mal, ¿no?

Hay que grabarse a fuego que si tenemos más de media docena de personajes fijos no hay por qué presentarlos exhaustivamente a todos. En la segunda temporada de “Mad Men” aún seguíamos conociendo a alguno de sus secundarios.

LA EXCUSA DE “NO ES FÁCIL ELEGIR TRAMAS”

Los productores te dicen “queremos tramas tan divertidas como las del capítulo 9”, pero no se dan cuenta de que las del capítulo 9 funcionan, no porque sean mucho mejores, sino porque ya hay un conocimiento previo de los personajes. ¿Nos haría la misma gracia si aquella trama de “Friends” en la que Ross recuperaba su teclado eléctrico hubiera sido la primera? Nos habría parecido un pobre patán sin dos dedos de frente. Y nada más lejos… (si no tenemos en cuenta el poco tino a la hora elegir a sus múltiples esposas, claro).

LA EXCUSA DE
“EL PRIMER EPISODIO SIEMPRE ES EL PEOR”

Puedes gritar a tus jefes: “¡El primer episodio siempre es el peor! No puedo hacerlo mejor”, pero ellos no querrán asumir esa verdad relativa.

Recuperando el ejemplo de “Friends”… ¿Han visto recientemente su piloto? Hay una presentación estupenda de personajes, pero todo lo demás es bastante demencial. ¡Ese momento “mirando por la ventana” de Ross y Rachel! Viendo ahora ese capítulo, cuesta creer que, episodio tras episodio, se convertiría en la sitcom más popular, recordada y plagiada año tras año.

El insulso piloto de “Cómo conocí a vuestra madre” no hace justicia al prodigio narrativo en el que se convertiría la serie con el tiempo. Por no hablar de todas aquellas series que arrancan de verdad al quinto o sexto episodio. ¿Cuántas veces nos hemos sorprendido diciéndole a un colega “el principio es un poco bluf, pero luego te va a flipar”?

También está el caso contrario. Primeros capítulos hinchados a base de apabullantes promesas. En algunos casos, el globo se acaba desinflando como “Flashforward” o “V” y en otros siguen arrastrando masas seis temporadas después como “Lost”.

¿Es esta excusa un “mal de muchos consuelo de tontos”? Vamos… No les quepa la menor duda.

Así que, si a los factores antes expuestos, le sumas la prisa de la cadena por tener el piloto en sus manos y a un equipo de guionistas menos rodado, todo se hace mucho mucho MUCHO más complicado.

Moraleja: la próxima vez que veamos un primer episodio seamos más condescendientes. Todo es mejorable hasta que el capítulo dos demuestre lo contrario.


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