RODRIGO RIVAS: “CONTAR MOTIVACIONES, EXPRESAR SENTIMIENTOS Y HACERLO INTERESANTE ES NUESTRO TRABAJO COMO GUIONISTAS”

21 abril, 2017

Por Àlvar López y Carlos Muñoz Gadea

Garantía Personal es la primera película de Rodrigo Rivas. Coescrita junto a Julio Rivas, el film se enmarca en el contexto de la crisis para profundizar en unos personajes que son incapaces de adaptarse a las condiciones económicas y políticas actuales. El largometraje, definido por Rodrigo Rivas como un film Neo-Noir, llega hoy a los cines españoles. Aprovechando el estreno hemos tenido la oportunidad de charlar con Rodrigo en profundidad sobre el guión de la película. A continuación os dejamos la entrevista.

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¿Cómo nace el guión de Garantía Personal?

Garantía Personal es un concepto bancario. Quiere decir que, cuando firmas, en la letra pequeña pone que avalas con todos tus bienes presentes y futuros. Nos apoyamos en esta idea cuando empezamos a escribir la película porque nos parecía una metáfora, mas bien un símbolo, que se podía aplicar a la ficción de un guión cinematográfico. En la película, esta idea trabaja como detonante para que los personajes, al verse atrapados en la amalgama de bancos, préstamos, acreedores, tuvieran un motivo más para equivocarse en sus decisiones. Fruto de esas “malas” decisiones, los personajes se ven avocados a un final trágico.

Garantía Personal nace de la necesidad de hacer un cine periférico y provincial, de contar las vidas de los habitantes de este país que viven y padecen en ciudades de provincia más o menos pequeñas. Del empresario medio, del que tiene una Pyme, en fin, del tejido que compone la mayoría social.

A lo largo de la película afloran muchos temas y reflexiones sobre el amor, sobre los límites que estamos dispuestos a cruzar o sobre el poder del dinero. ¿Hay alguno que, para vosotros, fuera el nuclear a la hora de escribir? Es decir, ¿qué es de lo que más os interesaba hablar cuando escribisteis el guión?

En el fondo los temas son siempre los mismos: el sexo, el dinero, etc. Para Julio y para mí, estos temas o la crisis económica que está presente en toda la película no son más que “el ruido de fondo”. Lo que nos interesaba contar es cómo reaccionan los personajes a estos estímulos que vienen del exterior. Todos decimos, “¡ah! Yo nunca haría tal o cual cosa”, pero tendríamos que vernos en una situación límite para ver en realidad qué haríamos y eso, creo yo, es nuestra esencia. Nos gusta llamarlo personas normales en problemas extraordinarios. No hay nada que sea totalmente blanco o totalmente negro, los matices del gris de cada ser humano son la auténtica razón de ser de esta película. Por eso no hay, salvo el personaje de Ana que quizás es el personaje más blanco, ningún personaje “bueno”, todos tienen sus miserias y estas van saliendo según avanza la película. Por eso digo que esta película es “Neo-Noir”: temas clásicos, que incluyen hasta una “femme fatale”, pero tratados bajo un contexto plenamente actual.

Por lo que hemos podido documentarnos, Garantía Personal es el primer largometraje que escribís, o, al menos, que se rueda. ¿Por qué es importante para vosotros estrenaros con este guión y no con otro?

La película es el segundo capitulo de una trilogía, el primero, Carta de Ajuste, nunca se llegó a rodar, aunque hubo un momento en el que teníamos gran parte de la financiación asegurada mediante subvención, pero llegó la crisis y se lo llevó por delante. Bueno, esa es otra historia, pero quizás ayudara a que Garantía Personal se haya hecho realidad. En cuanto a la pregunta, creo que es una mezcla de suerte o quizás de alineación de astros, no sé. Esta película casi se viene abajo tres o cuatro veces en los diferentes procesos. Por eso digo siempre que su razón de existir es un acto de fe, las matemáticas, los planes de rodaje, el presupuesto, etc. siempre dijeron que no era posible hacerla, pero la hicimos.

¿Cómo ha sido el proceso de venta de vuestro primer guión?

Venta del guión como tal nunca hubo. Somos una familia, una gran familia que rema junta para conseguir una meta. No teníamos que satisfacer a ningún productor, ya que somos los dueños de la película. De hecho, íbamos modificando alguna escena según se nos venía el tiempo y el presupuesto encima. La película ha tenido sus ayudas y sus televisiones, pero siempre ha sido entendida como un paquete, un proyecto completo. Bueno, contractualmente los derechos los tiene Derivas Films, pero estamos abiertos a que alguien los pueda comprar para hacer un remake, entiéndase la ironía.

Resulta interesante destacar que estamos delante de un thriller que no ocurre en Madrid y que, además, explotáis los personajes, profesiones y acentos de la zona. ¿Qué os añadía esto desde el punto de vista de la escritura?

A nivel de guión creo que no mucho. Fue más bien después, cuando tuvimos que trabajar con actores de diferentes regiones, Andalucía, Castilla y León, Extremadura, etc. Intentamos que los que tuvieran un acento más marcado lo llevaran a un terreno más neutro pero tampoco fue una obsesión. Creímos oportuno que hablaran como la gente normal y forzar demasiado hubiera quedado impostado y artificial. Creo que nadie se ha quejado de que algún diálogo no se entienda y es más, creo que lleva la película a un terreno más real y cercano.

Tampoco creo que se pueda encajar la película dentro del género del thriller. Tiene drama, comedia negra, mucho de cine negro… Es difícil de expresar, pero si hay que ponerle una etiqueta quizás es “thriller social con suspense”, o cine “Neo-Noir”, o simplemente cine negro.

Del mismo modo, ¿qué os aporta contextualizarlo en la situación actual de crisis económica?

La crisis económica ha creado una nueva realidad. Lo que nos ha aportado el cambio de paradigma son frases tan típicas como “ya nada será como antes” y cosas por el estilo. Y hay mucho de verdad, ahora todo es distinto. El adaptarse a los cambios, navegar y sobrevivir en un mundo nuevo no es fácil. La historia comienza con uno de los protagonistas al borde del suicidio porque no puede soportar que su mundo se venga abajo. Él, que era un empresario solvente, casado de segundas con una bella mujer, no se permite a sí mismo fracasar. Ella, protagonista de su vida, con su pequeña tienda de ropa, no se puede creer que lo vaya a perder todo y, cuando le toca decidir, toma la peor de las decisiones, con lo que las consecuencias se vuelven imprevisibles. El Policía Local, guapo, campeón de su portal, no está dispuesto a tirar toda su carrera y su estabilidad familiar por la borda. Cuando se encuentra metido hasta el cuello en un problema que no era suyo, trata de salvarse primero. Lo que tienen en común estos personajes es su incapacidad para adaptarse a la nueva realidad marcada por la crisis.

¿Qué elementos (escaleta, tres actos) utilizasteis durante el proceso de escritura para poder armar la estructura del film?

Normalmente trabajamos en actos. La estructura clásica de principio, nudo y desenlace. Tenemos una gran pizarra y en ella escribimos normalmente un principio y un final sin desarrollar. Tenemos una vaga idea de lo que tienen que hacer los personajes, lo que les motiva y también tenemos claro el tema, por así decirlo. También hay una o dos escenas que son lo que en un arco clásico llamaríamos la clave o piedra angular sobre las que se sujeta la película. Es en este momento cuando hacemos lo que se llama un tratamiento o un argumento, de diez a veinte páginas, contando la historia a groso modo. Luego, Julio trabaja el guión por su cuenta desarrollando escenas que van encajando en la estructura y las ponemos en común. Yo, por mi parte, voy perfilando el look visual y metiendo las transiciones, las morcillas propias del autor, cosas que den una unidad al tipo de cine que quieres hacer en ese momento y en el futuro. Cuando ya hay algo armado, que se sujete, trabajamos con el programa de escritura de guión y vamos rematando, quitando y poniendo hasta que un día decides dejarlo ahí, darlo por terminado.

Lo que ocurre es que durante el proceso de rodaje y sobre todo de montaje la película varia mucho. A veces debido a un problema técnico, otras por disponibilidad de fechas de los actores o simplemente te das cuenta en montaje que una escena no funciona. El guión, tengo que decir, era un tanto ambicioso y quizás también optimista. De hecho hubo escenas, que ni siquiera se rodaron y que hubieran transformado la película totalmente. No lo llamaría errores, serían avatares del proceso creativo, pero está claro que modifican tu manera de trabajar en el guión de cara a proyectos futuros y a ese aprendizaje solo llegas “equivocándote” una y otra vez.

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¿Hubo alguna escena que tuvierais clara cuando empezasteis a escribir (el final, el primer punto de giro, etc.)?

Quizás la escena de la cocina, el nudo de la película, pero no la puedo contar por que la destrozo para el espectador. Es una escena larga y con mucha tensión y nos marcaba el tono del discurso. Curiosamente hay una escena de diez o doce páginas de guión que marcaba el tono de comedia negra y que nunca se llegó a rodar. Era una escena que definía la película pero que estructuralmente era suprimible. Le tengo mucho cariño a esa escena, pero se me hubiera ido de madre el metraje de la película y, si me hubiera empeñado en hacerla (porque además era una escena muy cara de producir), a lo mejor no hubiera podido rodar el final. Son decisiones que tomas en rodaje y no vale la pena lamentarse por ellas.

¿Hasta qué punto fue importante la documentación para poder contextualizar toda la información bancaria?

No nos hizo mucha falta, el guión tiene mucho de autobiográfico. Uno escribe de lo que conoce, de lo que sabe y en este caso, Julio se ha enfrentado a los problemas que tiene el personaje de Alberto más de una vez. Tratas de que todo tenga una base real, pero lo trasladas al mundo de la ficción. Seguro que esto mismo le ha ocurrido a muchísima gente en este país, que se han visto arrastrados por la crisis y por la vileza legalista con la que actúan los bancos. Pero esto, por sí mismo está carente de emoción, es una triste realidad pero no es material fílmico. Tienes que ver e identificarte con los personajes, con su realidad, con sus problemas, con sus miserias y llegar a ponerte en su piel. Porque la gente no va al cine a ver lo mal que te ha ido en la vida, no nos interesa la gente normal a no ser que la llenemos de emociones y de suspense. Si el espectador no se está preguntando constantemente ¿y ahora, qué va a hacer fulano o mengano?… Truffaut habló mucho con el maestro de todo esto, y de esta manera interpreto yo el cine también.

¿Os habéis nutrido de casos reales?

Sí, aunque solo para el contexto y la parte social de la película. El resto es ficción.

¿Hasta qué punto creéis que es sencillo llegar hasta donde llegan los personajes una vez te ves arrastrado por los acontecimientos?

Lo típico de que la realidad supera a la ficción es cierto en parte. Estamos hartos de ver en las noticias casos en los que el “final” es trágico. El problema es el canal de comunicación, si nos lo cuenta el reportero sacando la información de los medios policiales que llevan la investigación, la historia es estándar. Sabemos el principio y el final de una historia carente de sentimientos y motivaciones. Contar motivaciones, expresar sentimientos y hacerlo interesante es nuestro trabajo como guionistas y como cineastas. Puede que no sea sencillo que un personaje llegue a matar, pero si comprendemos por qué lo hace, puede que incluso lleguemos a identificarnos con él. Y para eso existe el cine, para darte el gusto de matar al malo sin tener problemas morales, remordimientos, juicios, y sin consecuencias, porque es un mundo ficticio. Si es verosímil y encaja en la ficción, vale.

También resulta interesante ver cómo habéis planteado ciertos personajes que solo están detallados, pero de los cuales es fácil hacerse una idea de qué tipo de personajes son (como por ejemplo el dueño del Club). ¿Escribisteis mucha perfilación de trama y personajes que no salga en la versión final del guión?

Se escribió mucho guión que no sale en la película, diría yo. El dueño del Club tenía dos o tres escenas más en las que se definía un poco más el tipo de personaje que es. Un tipo muy Cohen pero a la española, que se enrolla y que le gusta tener el control de la situación. Un personaje de profesión asquerosa que nos resulta simpático porque siempre está hablando de actores de cine famosos y comparándolos con los que tiene enfrente. Una especie de metalenguaje que ha sido interpretado por un actor sin experiencia en cine pero que ha estado toda la vida subido en los escenarios de teatro y con mucho reconocimiento. Intentamos, a la hora de escribir el guión, que cada personaje tenga su mundo, un mundo propio que le dé carácter y herramientas para contraponerse a otros personajes. También escribimos una historia de vida de cada uno, en algunos, según su importancia, se desarrolla más y en otros es un poco mas esquemática y arquetípica.

¿Cómo buscáis la originalidad dentro de un género (el thriller) del que se hacen tantos largometrajes a día de hoy?

Pues intentamos que no sea un thriller al uso, hemos querido hacer una película, como decía al principio, que ocurra en la periferia de las grandes ciudades. Tampoco éramos conscientes de que estuviéramos haciendo un thriller, esta inclusión en el género viene después, cuando tienes que vender la película y todo tiene que encasillarse y definirse bajo un patrón. Pienso que esta película tiene una mezcla de géneros. Por eso me gusta llamarlo nuevo cine negro y creo que ya se considera un subgénero vigente con muchos autores de prestigio que lo respaldan.

¿Tuvisteis algunas referencias en mentes a la hora de escribir el proyecto?

Siempre tienes maestros de cabecera y referencias a la hora de enfrentarte a un proyecto. Lo que pasa es que intentas que no te influyan directamente. Todo lo que vas viendo, leyendo, escuchando, va conformando tu imaginario personal. Luego, dentro de la película hay mucho de lo que te gusta de una manera inconsciente, creo yo. Que “está todo inventado” es verdad, pero siempre hay un punto de vista nuevo, otra forma de ver las cosas, de narrar… Lo de hacer listas de directores o películas que te han influido es injusto porque, aunque la opinión colectiva conforma el discurso, te dejas muchas obras maestras por el camino, y aunque no sean obras totales muchas veces puedes rescatar la interpretación de un actor, el tratamiento musical, la luz de una escena… no sé, es infinito. Intento aprender hasta de lo que no me gusta para saber cómo no tengo que hacer las cosas. A veces descartando te vas encontrando con lo que sí vale y es con eso con lo que te quedas. Lo que sí hemos intentado es que sea cine español, y decirlo con orgullo, porque tenemos una de las cinematografías mundiales más ricas y variadas. Además es el cine que más me toca, el más cercano, el que habla de mis problemas y de mi vida.

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¿Y sobre nuevos proyectos que estéis escribiendo, podéis contarnos algo?

Hace unos días registramos un nuevo guión de nombre El Conseguidor, que tenemos la esperanza de llevar a cabo en estos años. Os puedo adelantar una breve sinopsis:

“Ante el cambio de panorama político y social en la España de la corrupción, el intermediario de los contratos con los que mercadea la clase política se verá atrapado entre el empresario sin escrúpulos y el político que intenta salir indemne de sus amaños en las concesiones públicas.

“El Conseguidor”, incapaz de sacar a flote su vida personal, obligado a caminar por la cuerda floja, tendrá que jugar peligrosamente haciendo de bisagra para salvar su vida.”


¿CUÁNTO DAÑO HA HECHO LA CRISIS A LOS GUIONISTAS?

4 diciembre, 2014

Por Carlos García Miranda.

Dicen los que mandan en España que los brotes verdes ya están dando flores porque hemos salido de la crisis. Igual es trola, que las Municipales están cerca y hay que vender el color de la esperanza, pero la realidad es que los centros comerciales vuelven a estar llenos, en los restaurantes no hay mesas libres, y las productoras producen de nuevo. Las cadenas que estrenaron series al inicio de la temporada han renovado las que van bien, y ya tienen adquiridos nuevos proyectos para el próximo año. También se ha puesto en marcha otra vez la maquinaria de la industria cinematográfica, en las carteleras se encuentran títulos de pata negra. Todo vuelve a ser como antes.

Bueno, casi.

La realidad es que las cosas distan mucho de ser como antes, al menos para los guionistas. La crisis llegó a nosotros como una ola que nos sumergió, arrastró y, al romper, nos pegó una buena hostia. Fuimos muchos los que nos tuvimos que pasar una época en barbecho, hasta que el mercado audiovisual se reactivó. Desde hace cosa de un año, vuelve a haber trabajo en tele. Pero lo que no hay es trabajo para todos.

Un grupo que se ha visto muy afectado por esta reducción de plantilla es el de los que quieren empezar en esto del guion. Hubo un tiempo en el que, los que estudiaban un Master, hacían prácticas en las productoras con las que las universidades tenían los convenios. Los alumnos que destacaban, acababan con un contrato de becario y, si todo iba bien, luego con uno de guionista. Bueno, pues ahora los estudiantes aprovechan al máximo sus prácticas y, después, se ponen a buscar trabajo de otra cosa, porque lo normal es que no les contraten. En las productoras no hay sitio para gente sin experiencia, ni gente con tiempo para enseñar a los que están empezando. Y esto es, más que nada, porque no hay mucha gente. Los equipos de guion han menguado considerablemente por culpa de la crisis. No pasa en todas las producciones, pero, en algunas, lo que antes escribían tres guionistas, ahora lo tiene que escribir sólo uno.

Hay otros que también se han quedado fuera por culpa de la debacle económica: los que cobraban mucho. La burbuja televisiva hizo que algunos de los que ocupaban los escalones más altos en las producciones como guionistas tuvieran nóminas de varios ceros. Con la llegada de la crisis, los que están aún más arriba en la pirámide, pusieron el grito en el cielo por esos sueldos, como si los guionistas no merecieran cifras cercanas a las de los productores ejecutivos por su trabajo. Llegaron entonces las rebajas, muchos de esos guionistas top vieron sus nóminas rebanadas; muchos otros se vieron en la calle, y con una edad, que para llegar hasta esos puestos hace falta tener una trayectoria laboral de años. Y, claro, tal y como están las cosas, no es fácil encontrar un cargo similar al de la época de abundancia televisiva. Lamentablemente, algunos de los que pusieron en marcha las producciones del pasado, éxitos de la televisión con los que crecimos muchos de los que trabajamos en esto, se encuentran forzosamente prejubilados.

Y luego estamos los que, antes del batacazo económico, sólo éramos guionistas con sueldos normales. La mayoría, ahora tenemos salarios reducidos, algunos incluso a la mitad. Los presupuestos de las cadenas para las series ya no son lo que eran, y lo que las productoras te pagan por escribir un capítulo, o trabajar en plantilla, tampoco. Además, los contratos fijos se han convertido en ciencia ficción; a lo más que puedes aspirar es a ser fijo discontinuo. Con ese tipo de contrato se supone que, una vez terminada la producción, te vuelven a llamar para la siguiente, o para otro proyecto en el que encajes. Pero, a veces, el teléfono no vuelve a sonar, que igual la serie no renueva o lo siguiente que hacen no está dentro de tus competencias. Entonces, la productora se lava las manos y se quedan con tu finiquito, el que no te pagaron porque tu contrato de fijo discontinuo les eximía de hacerlo. Si lo pides te lo dan, pero te dicen que entonces no te llamarán cuando salga algo que sí sea más para ti porque renuncias a tu contrato con ellos. Algunos incluso te dicen, como me dijeron a mí, que “por ley” no pueden volver a llamarte en un periodo de dos años si cobras tu finiquito.

Pero la crisis no sólo ha apaleado a los guionistas, que los espectadores también se han llevado lo suyo… Se cuentan a montones las series canceladas en estos años por sus presupuestos, los retrasos entre temporadas o las producciones en la nevera (series que si las cadenas emitían en plena crisis no iban a recuperar en publicidad todo lo que había invertido). Además, se lleva lo de comprar ficciones baratas. Pueden parecer caras, pero no serlo, porque de lo contrario no se producirían. Con lo que antes se hacía un capítulo, ahora hay que sacar tres.

Todas estas cosas son la cara negativa de cómo ha afectado la crisis a los guionistas. Pero, como en todo, también hemos sacado cosas positivas. La realidad es que los escritores de ficción televisiva y cine hemos espabilado bastante en los tres últimos años. Son pocos los guionistas que, ahora mismo, se dedican en exclusiva a los encargos de las productoras, en los que un día estamos y, al otro, a saber. Este tiempo de frío nos ha dado la oportunidad de hacer lo que nosotros llamamos “nuestras cosas”. Desde entonces, han aparecido montones de novelas, obras de teatro, microteatros, series y webseries de gente que ya estaba colocada en la rueda del audiovisual profesionalmente. Cosas que, igual no nos dan mucho dinero, pero sí puede darnos proyección y, sobre todo, pueden hacernos sentirnos más realizados. Laboralmente, los guionistas somos lo que producimos, para otros y para nosotros mismos.

La crisis también ha hecho que los guionistas nos unamos más en el sindicato ALMA, y que se haya aprobado la voluntad de entrar en un convenio que no nos deje en pañales frente a los abusos. También nos ha hecho más conscientes del valor de nuestro trabajo. Pero hay una cosa que aún nos queda por hacer: no permitir que esto vuelva a ocurrir.


UN GUIÓN EN 25 HORAS

18 febrero, 2013

Por Daniel Castro

El origen

Hace poco más de un mes, Juanjo Ramírez Mascaró, uno de esos amigos con los que uno intercambia cientos de “me gustas”, comentarios y retweets en las redes sociales pero con los que apenas ha tomado cinco cañas, se puso a sí mismo un reto divertido y desquiciado: se comprometió a escribir un largometraje en 24 horas. Sí, entero. Juanjo, para que quedara clara la autenticidad de su gesta pidió que sus contactos en Twitter y Facebook le propusieran premisas. Natxo López, de Bloguionistas, le hizo llegar por twitter una propuesta convenientemente impertinente.

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Y, como había prometido, Juanjo escribió un largo (de 70 páginas) basándose en ella. Podéis leerlo aquí. (Natxo escribió brevemente sobre este asunto aquí).

Como no hay idea descabellada que me sea ajena y ahora tengo algo de tiempo libre, me animé a hacer lo mismo. En mi caso, establecí algunas condiciones. Yo, con todo el cariño para Natxo, no quería escribir un largo sobre algo demasiado desquiciado. Además, si pedía a mis contactos que me propusieran ellos sus ideas, podría verme obligado a escribir sobre algo que no me interesara en lo más mínimo. Entiendo que tal vez esto formara parte del reto original. Pero mi quijotismo, siendo exagerado, no es comparable al de Juanjo.

Desde hace cierto tiempo tenía una idea que nunca había llegado a escribir en papel. Sin embargo, en mi cabeza estaban el principio de la historia y una idea aproximada de su desarrollo y desenlace. También sabía cómo debían evolucionar las relaciones entre algunos personajes. Casi nada más.

Como la fase de estructurar la historia, de darle forma, es la que más me cuesta y, a veces, las horas de dar vueltas a la escaleta acaban, incluso, con mis ganas de escribir la historia, esta vez decidí aprovechar las condiciones de Juanjo para hacer un tratamiento de choque: la estructura y los diálogos se escribirían a la vez. Una primera versión de escaleta y diálogos al mismo tiempo. En un día. Luego, si la historia merecía la pena, la rescribiría con más calma.

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El desarrollo

Empecé a las 12 del mediodía del jueves 7 y escribí la última palabra aproximadamente a las 13 horas del viernes 8. Necesité una hora más de lo previsto para escribir 71 páginas.

Dormí unas cuatro horas y comí varios platos de pasta al pesto y sándwiches mixtos siempre frente a la pantalla del ordenador (con la pantalla en colores invertidos, para evitar que se me cansara la vista por el brillo).

Durante casi todo el tiempo escuché una playlist de Spotify seleccionada por un amigo. Nunca he escuchado tanta pachanga sobrio.

Al final, el artefacto tiene 71 páginas. Las fui publicando por entregas en este precario blog que creé en el momento. Cada parte era de unas 13 páginas, aproximadamente. Algunos amigos las iban leyendo conforme las colgaba, de forma que se iban “enganchando” a algo que yo estaba escribiendo en ese mismo instante. Esta sensación de inmediatez es una de las más curiosas que he experimentado recientemente.

Si queréis leer lo que escribí, aquí está el guión completo y, si preferís hacerlo por entregas, podéis verlas tal y como fui colgándolas, en el blog.

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Algunas conclusiones

¿Qué conclusiones saqué de una escritura tan acelerada? Vamos allá.

1.  La primeras es obvia: escribir un guión de largo en 24 horas (25 en mi caso) no es demasiado conveniente. Por unos cuantos motivos, pero, principalmente, porque uno tiene que ir muy rápido. Las consecuencias son las obvias: los diálogos no se revisan, las primeras ideas se llevan a cabo sin mucha crítica, el cansancio va haciendo mella… Sin embargo…

2. Escribir un guión de largo en 24 horas (25 en mi caso) es bastante conveniente. Obviamente, por otros motivos diferentes: contribuye a desatascar una idea que no has trabajado durante un tiempo, la urgencia te lleva a no detenerte en cuestiones estériles y, en algunos casos, a inventar soluciones que no se te hubieran ocurrido en otras condiciones. Si el guión no queda bien, no habrás perdido en él más que un día de intenso trabajo. Si el guión queda decente, o, al menos, inventas algo, habrás sacado de ese día más de lo que uno obtiene de una jornada normal de trabajo.

3. Escribir un guión de largo en 24 horas es muy jodido. Incluso si uno no duerme ni una sola hora (cosa difícil) y escribe un largo de sólo 70 páginas (muy corto para el estándar), debe producir casi tres páginas por hora. No es mucho para un guionista experimentado que trabaje con una escaleta clara y cerrada. Pero es demasiado si no se cumple algunas de estas condiciones.

Otro elemento positivo de esta experiencia es que, al ser un trabajo hecho en unas condiciones tan extraordinarias, al menos en mi caso, estoy mucho más abierto a escuchar opiniones ajenas y a modificar el guión y su estructura.

Por eso os quería pedir a quienes lo leáis que me digáis sin ningún tipo de escrúpulos (pero con cierta educación) qué os parece, qué secuencias os gustan, cuáles no, qué cambios haríais, etc. Os prometo tener vuestros comentarios muy en cuenta.

La moraleja

Son malos tiempos. Muchos creen que nunca van a trabajar en lo que les gusta. Algunos ya están buscándose la vida en otros sectores o países mientras esperan que las cosas vuelvan a ser como fueron. Pero casi todos imaginamos que eso no va a suceder. Para bien o para mal. Sabíamos escribir guiones para series de televisión. Algunas tenían éxito. Pero ahora ni siquiera las series de éxito lo tienen. Nuestras armas parecen oxidadas y son las únicas que tenemos.

Trabajar es lo único que nos puede salvar del desánimo. Rodar una película en un sólo día como los de #littlesecretfilm o, tal vez más fácil para nosotros los guionistas, escribir un cuento, una webserie, una saga épica o, ¿por qué no?, un guión de largometraje en 24 horas. Mandarle al mundo, y a ti mismo, una prueba de que estás vivo. De que sigues teniendo dos o tres cosas que contar. De que te has lanzado a una estúpida y peligrosa laguna y has llegado vivo a la otra orilla. Y de que, cuando quieras, puedes volver a hacerlo.


Hipermetropía

6 junio, 2012

Llevo gafas desde los tres años. No sé ver la vida si no es con unos cristales cerquita de mis ojos. Nací con hipermetropía, lo que me ha permitido siempre ver muy bien de lejos y un poco peor de cerca. Hasta tal punto tenía una buena visión a larga distancia que cuando me saqué el carnet de conducir nadie me puso en mi expediente que necesitara gafas para conducir. Es decir, necesitaba gafas para todo menos para conducir. Como soy bastante prudente al volante, no se me ha ocurrido nunca conducir sin las gafas puestas. Mi madre dice que no opuse resistencia ninguna a llevarlas, muy al contrario que otros niños. Tengo el recuerdo de tener grandes llantinas cuando me las quitaban por la noche para dormir. Creía que sin gafas vería borrosos mis sueños.
Siempre fui reacia a ponerme lentillas, me parecía una manera de tener siempre a un mourihno metiéndome un dedo en el ojo. Creo que no me casé por la Iglesia con un bonito vestido de organza, porque nunca he asistido a una boda en la que la novia llevara gafas y velo. Entiendo que haya cierta incompatibilidad entre los dos elementos. Y si tenía que elegir, estaba claro que las gafas ganaban por goleada al velo.
Creo que aprendí a leer y escribir muy pronto porque llevaba gafas. Una fuerza superior a mí me llevaba a los libros y creo que eso tiene que ver, como en los cuentos, con un objeto mágico. Si para Arturo Excalibur era su identidad, para mí eran mis gafotas. Una espada tiene el poder de convertir a una persona en rey y unas gafas a una promesa del baloncesto femenino en una guionista.
Cuando mis amigas de primaria me recriminaban que los libros que yo leía eran auténticos peñazos, yo no podía entender nada. Eran maravillosos, llenos de aventuras, de otros mundos, de historias que no nos pasarían nunca, pero que podíamos vivir en primera persona. Estaba claro que todas necesitaban gafas para que les entrara el gusanillo de la lectura. Gracias a mi hipermetropía yo podía ver otras vidas entre líneas. Era una chica con suerte.
Con el tiempo la necesidad de crear mis propios mundos se convirtió en un eje fundamental de mi vida. En realidad quería ser novelista, una novelista de éxito, claro. Lo de ser guionista vino después y un poco por casualidad. Mi cabeza fue creciendo, lo atestigua la colección de gafas que mi madre guarda en su casa. Es toda una experiencia ponerlas todas seguidas. Las gafas de mi vida colocadas en una extraña hilera que evidencia como mi cabecita de los tres años se ha convertido con el paso de los años en una cabeza bastante considerable. Ojalá mi capacidad craneal albergue un cerebro del mismo tamaño que se adivina.
Mi ateísmo me ha llevado a tener creencias de toda índole, más cerca de la superstición que de la idea de Dios. Siempre he creído que si soñaba que alguien se moría, se iba a morir al poco tiempo; que si iba a una boda y los novios se mostraban excesivamente felices, el divorcio llegaría en menos de un año, mientras que si los veía serios podían llegar a durar hasta unos tres años; que si no podía pelar la naranja sin que se me rompiera la piel, una mala noticia me estaría esperando a las puertas de mi casa; que si un productor te da golpecitos en la espalda a modo de reconocimiento y de alabanza, estás a punto de ser despedido… Estas y otras tonterías estructuran mi vida, pero quizás la que más sea el sentir que la hipermetropía me ha hecho siempre ver la lejanía con claridad. ¿Y qué es un guionista más que un tipo que lleva la realidad siempre unas cuantas baldosas más allá?
Donde los demás mortales ven una noticia del periódico, los guionistas (hipermétropes o no) ven una miniserie. Cuando la gente está disfrutando de una comida en familia en un restaurante populoso, nosotros discutimos con nuestra pareja porque nos ha pillado por enésima vez escuchando la conversación de la mesa de al lado. Y no sólo eso, lejos de disculparnos por no prestarle la atención debida, nos empeñamos en contarles la conjetura que hemos hecho con los cuatro diálogos que hemos escuchado. Si hemos oído: “mañana no sé si llegaré a casa pronto”, nosotros lo llevamos al territorio de thriller: “seguro que el tipo ha quedado con su amante para matar a su marido”. Seguro que el hombre llega tarde a su casa porque se va con los amigotes a beberse un par de cañas. Eso lo vería cualquiera. Yo con mis gafas, veo al asesino y por ver al asesino es por lo que al final me contratan para escribir series.
Supongo que, como diría mi madre, he sabido hacer del defecto una virtud. Me gustaría que la hipermetropía se instalara en otros campos, quizás así pudiéramos ver mejor el futuro, con más claridad y no nos dejáramos corromper por el presente borroso.

Verónica Fernández


CARTA A LOS JASPP (Jóvenes aunque sobradamente pre-parados)

18 mayo, 2012
Por Natxo López

Estimados chavales,

os estáis convirtiendo en adultos mientras este país se desmonta. Como si la adolescencia no fuera ya, de por sí, bastante jodida, os toca lidiar con esta crisis de la que no sois responsables, gestada cuando no erais más que unos críos.

Tenéis tan pocas ganas de estudiar como las que tuvimos todos, pero además os han arrebatado ese estímulo que venía a decir que educarse es construir tu futuro. Entiendo que ahora mismo penséis que educarse es hacer el gilipollas. Y eso si te puedes permitir educarte. La cosa está chunga. Sé que no veis muchas salidas aparte de la de cruzar la frontera, salir en Gran Hermano o lanzaros a la delincuencia.

Sin embargo yo os envidio.

Ya sé, ya sé. “¿Y éste gilimemo acomodado, envidia a santo de qué?”. Os prometo que soy consciente de vuestras penurias, vuestros miedos, de tantas trabas e hijoputeces que os están imponiendo. Pero creo, sinceramente, que también sois afortunados en muchos aspectos.

Yo no formo parte de ningún gran colectivo. Soy un poco medianía: ni viejo ni joven, ni rico ni pobre, ni una eminencia en nada ni un total analfabeto en todo. A mis 35 años voy a ser padre por primera vez, de una niña. Entre su generación y la mía estaréis vosotros, ahí encajonados. Y sé que de lo que hagáis dependerá, en gran parte, cómo será su vida, cómo será el mundo en el que crezca. Porque, sinceramente, si tengo que confiar en mi propia generación, vamos apañados.

Os envidio porque vosotros sí estáis dispuestos a pelear. Porque vais a ser mejores que nosotros. Porque vuestras aspiraciones irán más allá de estar a la última, adquirir un coche de gama alta o comprarse un piso con terraza para poder cerrarla y ganar metros al salón.

Envidio que, en vuestros corrillos, aquel que hable de política o de justicia social no sea el friki, el idiota, el loco. De hecho muchos de vuestros corrillos se forman precisamente para hablar de política y de justicia social.

Envidio que salgáis a la calle para cambiar el mundo.

Envidio que sepáis que hay un mundo. Que os importe lo que pasa en otros países, a otras gentes, que podáis comunicaros con ellos convencidos de que son iguales que vosotros.

Envidio que sepáis idiomas. Que viajéis tanto y con tanto ahínco. Que aceptéis a gente que nació lejos de vuestro hogar, con culturas y formas de ver la vida muy distintas.

Envidio que tengáis internet. Yo, en uno de mis primeros trabajos, tuve que llevarme un módem de 56K de casa y conectarlo al teléfono del despacho porque no veían la utilidad de instalarme esa cosa de la WWW. Era un curro de documentalista. Imaginaos.

Envidio que tengáis cámaras ligeras y fiables con las que fotografiar, grabar, documentar y denunciar. Ordenadores baratos que sirven para editar, retocar, crear, reconstruir, contar vuestra historia de mil maneras diferentes.

Envidio que podáis ser cineastas con tan poco, casi con un móvil. Y también que podáis ser espectadores de cualquier cosa y en cualquier parte. Yo si a vuestra edad llego a ver un Smartphone hubiera creído que llegaban los marcianos.

Envidio que seáis todos un poco periodistas. Que contéis lo que pasa en vuestro entorno. Que tengáis dónde publicarlo y lanzarlo a los cuatro vientos.

Y que podáis descubrir la verdad si realmente os interesa, que tengáis acceso a ella, sin tener que limitaros a medios oficiales, “anti” o “pro” gubernamentales. La verdad está ahí fuera. En nuestra época sólo era el lema de una serie.

Me da envidia pensar, también, que viviréis en un sistema donde los políticos corruptos serán un poco más conscientes de los riesgos de sus tropelías. Seguirán existiendo, sí, pero quizás actúen con más tiento, con menos desfachatez. Yo a vuestra edad ni siquiera era consciente de hasta qué punto estaban metiendo la mano en la caja.

Envidio que para tantos de vosotros “banquero” o “ministro” sea un insulto peor que “negro” o “marica”. En mis tiempos no era así. Todavía queda mucho imbécil que no entiende esto, pero ahí estáis vosotros para hacérselo entender, poco a poco. Lo vais a conseguir.

Envidio que vayáis a crecer sin ETA. Sé que ahora suena a cosa viejuna y coñazo, pero no sabéis hasta qué punto para nosotros el terrorismo fue un dolor, un miedo y una vergüenza constantes, especialmente para quienes crecimos en el norte, a quienes nuestras madres nos repetían que nunca diéramos una patada a una caja en la calle por si había una bomba dentro, y que sufríamos los porrazos cocainómanos de los nacionales sólo porque salíamos de copas por el centro de Pamplona. Mira, en eso no somos tan diferentes.

Envidio que seáis solidarios, que no cedáis por completo esa parte de vuestra vida a organizaciones y beneficiencias. Eso no iba con nosotros, eso era cosa de Unicef y Cáritas. Como mucho, alguna vez echábamos una moneda en un bote.

Envidio que sepáis lo que fue la dictadura franquista mejor que yo a vuestra edad, que seáis conscientes de los peligros, reales, de ceder terreno a los extremismos. A nosotros no nos hablaron de eso. Nadie exhumaba nada, nadie recordaba demasiado. Por supuesto, no había nada que criticar a la transición, había sido un proceso perfecto, impecable. Había que pasar página.

Envidio que valoréis la posibilidad de que la monarquía no sea un sistema ni justo ni útil. De hecho, estoy convencido de que viviréis en una república a una edad mucho más temprana de lo que lo haré yo. Al menos lo celebraremos juntos.

Envidio que vayáis a presenciar –y posibilitar- parte de la limpia, que vayáis a encontraros unos cuantos menos de esos genuflexientes inútiles de carrera a los que también me dirigí hace poco tiempo.

Me provoca envidia de la mala que para vuestra generación vayan a ser más decisivos que nunca el talento, la imaginación y el esfuerzo, mucho más que el oportunismo, el nepotismo o el pelotazo cañí, que están perdiendo lustre por momentos.

Me da tirria que vayáis a salir de esta crisis mucho más fortalecidos, preparados, inteligentes y valerosos que nosotros. Y que lo vayáis a hacer con un sistema político y social más ecuánime, un sistema que vais a decidir y construir vosotros. Podéis hacerlo como queráis. Sí, podéis; sólo depende de vosotros.

En mi época el más moderno, el más guay, era el que más drogas consumía. En los 80 eso creó grandes estragos entre la gente de vuestra edad. Hoy vuestra droga es vuestro cabreo. También vuestra fuerza. Cada vez veo a más de vosotros desentendiéndose de modas impuestas y nihilismos de pose. Hoy los que moláis sois los más viajados, los más activos, los que peleáis por encontraros a vosotros mismos, con vuestro estilo y vuestra manera de pensar y de errar.

Envidio la felicidad que vais a tener, que estará menos hipotecada a necesidades pasajeras y materiales. Los chalés, los coches deportivos, la comparación constante con el vecino. No tendréis más remedio que renunciar a mucho de eso. Sé que parece que saldréis perdiendo, pero no será así, confío en que se reavive el gusto por otros lujos: los de la amistad, el amor, la familia entendida como estructura amplia, multiposibilista.

Y la cultura. Envidio que la cultura sea una parte importante de vuestro mundo. Cultura abierta, gigante, desde un cómic manga hasta un Van Der Weyden o un tuit. Y que sea, además, una cultura compartida, compartible, flexible y divertida.

No digo que todo esto vaya a compensar tanta penuria y maldad  a la que os están sometiendo, pero sí que creo que tenéis oportunidades y, por supuesto, futuro. Evidentemente, todo depende de cada uno de vosotros, porque cada uno de vosotros es único y debe encontrar su propio destino.

Pero lo cierto es que, en conjunto, me gusta más vuestra generación que la mía, que se ha quedado un poco muerma, aterrorizada frente a una amenaza nueva que desconoce, ante la que no sabe cómo reaccionar. Nos echamos la culpa los unos a los otros mientras caminamos de rodillas para no perder el trabajo, y rogamos a dios que los bancos no se fundan nuestros ahorros. Ojalá mi hija aprenda más de vosotros que de mí y los míos, la verdad. Sois vosotros los que vais a levantar esto, sois vosotros los que sabréis cómo hacerlo, los que os llevaréis los méritos, y con razón.

Os envidio tanto que me gusta, a veces, engañarme y sentirme un poco como uno de vosotros. Por eso también salgo, también grito, también pienso y también escribo. Y me gustaría creer que con este triste escrito solicito, informalmente, que me admitáis como miembro de vuestra generación, a pesar de las canas y la barriguilla y la tendencia al sermón cebolleta.

Muchas gracias por permanecer despiertos.

Atentamente,

Natxo López
Guionista

PD- Este post no habla, estricta o únicamente, de guión o guionistas. Pero en una semana como esta última, no me salía de las tripas publicar algo, como tenía previsto, sobre escaletas y puntos de giro. Para eso siempre hay tiempo. Gracias por la comprensión.


LOS CUERNOS QUE LE DIBUJÉ A LA REINA

27 abril, 2012
Por Natxo López

Como ustedes saben, hace ya unos cuantos años trabajé en “7 Vidas”. Fue uno de mis primeros empleos como guionista, permanecí allí varios años, escribí muchos capítulos, y aprendí casi todo lo que sé del oficio, gracias a magníficos compañeros y profesionales que, en muchos casos, siguen siendo algunos de mis mejores amigos.

“7 Vidas” fue una de las pocas series nacionales de la última década (si no la única), donde había una cierta referencia a la actualidad política. Era una presencia hasta cierto punto moderada; aunque algunas de sus tramas giraban en torno a conflictos relacionados con el tema (sobre todo en lo que a Sole respectaba), por lo general esas alusiones ideológicas o políticas se circunscribían principalmente a los chistes de texto. No eran, en absoluto, el centro de la serie. Pero ahí estaban.

Una de las ventajas de trabajar en aquella producción, en la que malacostumbré tanto, era que Telecinco nunca metía mano en los guiones. El productor ejecutivo en aquella época peleaba con ahínco para mantener la independencia creativa del equipo de guionistas, y plantaba los cojones encima de la mesa cada vez que en la cadena querían meterle mano a guiones cerrados. Al fin y al cabo, lo importante es que la serie funcionara. Y lo hacía. Así que escribíamos con bastante libertad, y nosotros éramos, por lo general, nuestros propios censores y quienes establecíamos los límites.

Sin embargo, en el tiempo que yo estuve allí, recuerdo una única ocasión en la que la cadena nos pidió que retiráramos un chiste. Coincide que fue un chiste que escribí yo. Era del capítulo 120, en una trama en el que el personaje de Diana, por aquel entonces con novia, sufría el acoso de una sexy Esther Arroyo. Y decía esto:

“Es que estoy muy nerviosa, que yo los únicos cuernos que he puesto en mi vida fueron unos que le dibujé a la reina en una revista”.

No es un chiste especialmente brillante, creo (yo renegaba mucho de esa necesidad de que los personajes soltaran chistes en cada línea). Y a mí me parecía que no era tampoco demasiado “atrevido”. Al fin y al cabo, no decíamos que la reina fuera una cornuda, sino que un personaje de la serie le había dibujado unos cuernos… Algo que se podría hacer por mero aburrimiento.

Pero es evidente que había cierta carga de mala leche que aquel que quisiera podría ver, y desde la cadena nos pidieron amablemente que lo cambiáramos. Aunque sí habíamos hecho muchos chistes a costa del rey, ellos adujeron que “nunca nos habíamos metido con la reina”. La verdad es que era una petición hasta cierto punto comprensible, y no nos importó nada cambiar un triste chiste, que finalmente quedó así:

“…que yo los únicos cuernos que he puesto en mi vida fueron unos que le dibujé a Ágata Ruiz de la Prada en una revista.”

Este guión fue escrito en Octubre de 2002. Todos creíamos por aquel entonces que España era un país cada vez más moderno, democrático y abierto al mundo. Y, sin embargo, y pese a lo que la lógica parecía indicar por aquel entonces, durante la siguiente década la vida privada de la monarquía siguió siendo un tema absolutamente tabú en los medios de comunicación.

Sin embargo, hace unos días se publicaba esto.

Y esto.

Y esto.

Recientes acontecimientos (especialmente los relacionados con todas las mangorrerías del señor Urdangarín) han hecho que la censura institucional sobre la corona se resquebraje. Sigue ahí, no se ha esfumado, en gran parte porque es una cuestión de costumbre, de autocensura instalada en la programación cuántica de los periodistas. Pero se ha abierto una grieta en un dique que, antes o después, va a desparramarse (sobre todo cuando esa legión de infantes tróspidos empiecen a llegar a la pubertad, predigo).

Ojo, entiéndanme ustedes, a mí me la bufa que el señor Juan Carlos se ventile a las señoritas que le dé la gana, esas cosas pasan hasta en las mejores familias, y nada me interesa menos que un posible, futuro –yo creo que inevitable- “Royal Sálvame”. El cutrecaspismo cotilleador español en esencia pura viento en popa a toda vela.

Pero sí abogo por la supresión de un privilegio (el de la inmunidad informativa) que ha blindado hasta ahora a una institución fundamentada, precisamente, en valores familiares, piedra angular del mecanismo sucesorio nada menos que de la jefatura de estado. Y eso es cosa de todos.

Lo llamativo de todo esto es comprobar, una vez más, que la comedia funciona como punta de ariete en asuntos, digamos, de difícil difusión, especialmente en lo televisivo. Podríamos resumirlo en la frase: “No vamos a hablar de esto en plan serio, pero igual no pasa nada si vamos haciendo algún chascarrillo campechano”.

Hay que comprender que la televisión es, por naturaleza, un medio esencialmente conservador, que intenta mantenerse “lejos de los problemas”. Su propósito no es cambiar ni reflejar el mundo, sino ganar dinero. Los años 60, en EEUU, fueron una época social y políticamente convulsa (guerra de Vietnam, lucha por los Derechos Civiles, liberación femenina…). La televisión, sin embargo, adoptó una postura escapista, que huía de cualquier confrontación con la realidad, con producciones como “Star Trek”, “Batman”, “Bonanza”, “Addams Family”, “Los Picapiedra”, “Superagente 86”, “Embrujada”… Eran series maravillosas, pero desde una maravillosidad absolutamente fuera de la realidad.

No fue hasta los 70 cuando todos esos acontecimientos sociales encontraron su hueco en la ficción de la pequeña pantalla, en producciones como “All in the family”, “Mary Tyler Moore”, “M.A.S.H.”, o la sátira irreverente de “Saturday Night Live”.

España atraviesa, igualmente, una de las épocas más difíciles de los últimos tiempos, como bien se encargan de recordarnos cada día. Sin embargo, los estrenos televisivos que hemos visto últimamente nos hablan de otras épocas y otros conflictos. Romanos, plataformas futuristas, hombres lobo, piratas, cataclismos del fin del mundo. Las televisiones consideran –tienen sus estudios, ojo- que el público no quiere sentarse frente a la tele a ver las mismas desgracias que sufre a diario, sino que espera poder evadirse, pensar en otra cosa más molona. Es una valoración absolutamente comprensible, aunque considero un error dar por hecho que ésa es la única opción válida. Hay un hueco evidente para crear, también, ficción cercana a la realidad, comprometida y beligerante. Porque la gente lo pide, lo desea. Incluso desde un punto de vista estrictamente comercial, creo que es un error no abrir ese jugoso melón que está esperando a que alguien le hinque el diente.

Ahora mismo sólo algunas comedias se atreven a hablar de lo que pasa en la calle. “Aída” o “Con el culo al aire” hablan, con distinto tono y de diferente manera, de la crisis y sus efectos en la gente de a pie, lejos de grandes conspiraciones políticas, sin grandilocuencias y sin convertirlo en su propósito último, pero con mordacidad, cercanía e inteligencia. De la misma manera que lo hacen algunos programas de humor. Resulta asombroso comprobar cómo Jordi Évole, por medio de ese subterfugio que parece tan sencillo de “voy a hacerme un poco el gracioso”, ha construido uno de los mejores y más incisivos programas periodísticos del espectro televisivo. Nadie más hace las preguntas que hace él, y todo porque no se presenta como “un periodista serio”. Sin embargo, la mayor parte de los supuestos “periodistas serios” no tienen arrestos para hacer el trabajo que se supone que deberían hacer.

No trato con este post de hacer ningún alegato político-guionístico (¡los cómicos debemos salvar la democracia!). Me limito a hacer una torpe reflexión sobre los tiempos que corren y la forma en la que nos afectan como profesionales. En un gremio donde tantas veces se denuesta la comedia, es conveniente reivindicar no sólo su dificultad (mucho mayor que la de otros géneros), sino también su valor como medio de expresión y su atrevimiento. Mientras hacemos producciones históricas o fantásticas melifluas y escapistas (y que, en muchas ocasiones, tampoco funcionan comercialmente), las comedias están cogiendo el timón de la historia social y del activimo narrativo. No está de más reivindicarlo. Más en este país, de antiquísima tradición satírica (y pronto podremos decir, también, que twittera).


VESTIR EL NEGRO

6 abril, 2012

Por Natxo López

Soy cinturón negro de Judo. Hace ya un porrón de años que no ejerzo y mis manos no son, ni mucho menos, armas mortales, no al menos si no estoy jugando a los dardos. Fui un niño tocapelotas y un poco bruto, y a mis padres les recomendaron que me dejaran desfogarme haciendo deporte. Yo encantado, claro, lo mío era correr, saltar, escalar y putear al personal. Me apuntaba a cualquier tipo de especialidad y competición que tuviera a tiro. Fútbol, balonmano, natación, ajedrez, tenis, patinaje, hockey… Incluso me inscribí en el equipo de baloncesto del colegio, a pesar de ser el niño más bajito de la clase. Cuando el entrenador me vio allí el primer día se echó a reír en mi cara, lo que dolió un poco, he de decir. Hijoputa. El tipo dio por hecho que aquel iba a ser mi primer y último día en el equipo, pero yo juré por mi honor que volvería al día siguiente. Y lo hice. Después de esa segunda clase, ya, dejé el equipo. Con mi honor intacto.

El único deporte que practiqué durante años con regularidad fue el Judo. Creo que porque me lo pasaba teta. Tenía buenos amigos y encima se me daba bien. Me apodaban “el rompehuesos” porque, en mi enérgico afán, había dislocado consecutivamente, en tres campeonatos, la muñeca, el codo y el hombro de tres contrincantes. Mi profesor era un tipo medio español medio asiático que infundía bastante respeto, de esos que te dejan las frases a medias, en plan misterioso, rollo místico. Le hacía gracia mi ímpetu un poco falto de técnica. Era un buen profesor.

Para conseguir el cinturón negro –creo que fue con 16 años- debías pasar un examen teórico de katas, pero antes era necesario obtener cierta cantidad de puntos en un campeonato que se celebraba anualmente. El día que me tocó pelear por mis puntos gané sin dificultad a varios contrincantes. Para mí era un juego y no me supuso una especial satisfacción. Pero entonces mi profesor se acercó a mí y dijo “López…”. No hacía falta más, entendí la mirada de “vamos a hablar en serio tú y yo”. Me llevó aparte y me echó un sermón, uno de los pocos que me han echado en mi vida. Me dijo que ese día yo había vencido a buenos judokas, chavales que se esforzaban y entrenaban duro para conseguir lo que yo había logrado con tanta facilidad. Y sin embargo yo lo consideraba un hobby, una diversión. Era injusto. “Si lo vas a hacer, hazlo bien”, me dijo. Tenía razón.

El profesor quería un pupilo vencedor y me convenció para tomármelo en serio, lo que significaba entrenamiento diario, además de ir a correr por las mañanas, sesiones de pesas, controlar la dieta… Lo que viene siendo el comienzo de una carrera deportiva profesional.

Pero el destino es caprichoso y le gusta llevar la contraria. Unos meses después unos amigos me llamaron para ir a jugar un partido de fútbol de un campeonato local. Era sábado. Les faltaba un jugador. Yo era un futbolista pésimo, pero corría mucho y peleaba cada pelota. Y además no tenían a nadie más.

En aquel partido me jodí la rodilla. Corriendo tras un balón imposible noté un “crack” y caí al suelo. Recuerdo al padre de uno de los chicos del otro equipo riéndose de mí porque decía que estaba haciendo teatro. “Tu puta madre”, pensaba yo retorciéndome de dolor en el suelo. Cojeando, llamé desde una cabina a mi padre, que me recogió y me llevó al hospital. Me hicieron una radiografía. Tenía rotos los ligamentos. Me operaron a las pocas semanas y estuve tres meses con unos hierros incrustados en mi pierna. Después, un año de rehabilitación (en aquella época esas operaciones eran más jodidas).

Así que tuve que dejar el Judo, para disgusto de mi Profesor. Era una lesión que se reproduciría fácilmente en un deporte tan fuerte. No tuve más remedio que olvidarme de una actividad que empezaba a convertirse en parte fundamental de mi vida. Mi rodilla nunca quedó bien, y de hecho con los años he tenido que volver a operarme, de ambas rodillas. Mis talones de Aquiles.

Tras aquello, de pronto me encontré con un montón de tiempo libre y un gran vacío por delante. Durante un año no pude hacer deporte. Pero yo seguía teniendo energía que canalizar (ya que en Pamplona, lo que es follar, más bien poco). Así que empecé a probar otras cosas. Me apunté a un coro. Formé un grupo de música a capella. Dibujé comics, caricaturas. Rodé cortos. Hice teatro. Y empecé a escribir.

Y la escritura se convirtió en una costumbre y una diversión, heredada de mi afición por la lectura que debo agradecer al empeño de mis padres por comprarme libros como si les fuera la vida en ello. Empecé a pergeñar relatos que fotocopiaba, encuadernaba y vendía a mis amigos (sí, yo también siento vergüenza ajena al pensarlo). Empecé a considerar el cine como algo más que una simple afición, gracias a los clásicos que mi padre grababa en video y almacenaba como un tesoro. Más de 300 cintas VHS grabadas en LP, con las que aprendí a mirar la pantalla de otra manera.

A los dos meses de empezar ingeniería de Telecomunicaciones les dije a mis progenitores que la dejaba, que no me gustaba, y que quería estudiar Comunicación Audiovisual, una carrera mucho menos prometedora y muchísimo más cara (en Pamplona sólo se impartía en la universidad privada). Se trataba de un cambio de rumbo que me haría perder todo un año académico. Nunca podré agradecerles suficientemente que me apoyaran y que comprendieran lo que entonces podría haber parecido una pataleta inconsistente.

Con el tiempo, aquel capricho de la narrativa se convirtió en mi oficio. Eso sí, tuve que retomar el sermón de mi entrenador y tomármelo en serio. “Si lo vas a hacer, hazlo bien”. Me obligué a mí mismo a no abandonarme, a dedicarle trabajo, empeño, a sobrellevar los sinsabores, pero casi siempre con ese espíritu de diversión que me había permitido tiempo atrás ganar combates (y que no experimenté, ni por asomo, estudiando una ingeniería).

Perdonen el coñazo nostálgico, pero ustedes saben que a los guionistas nos gusta hablar del mundo contando historias. Y he querido recurrir a ésta porque me acojonan un poco, como a todo el mundo, los tiempos que vivimos. Y me preocupa la gente joven que no ve nada claro el futuro. Gente con la que hablo en los cursos, en los trabajos, gente que nos escribe a bloguionistas buscando soluciones, casi mendigándolas.

Sobre todo, veo mucha gente desconcertada. Gente que se había trazado un recorrido en su cabeza, que ahora se ha roto. Son muchos los jóvenes aspirantes a guionistas que planteaban su carrera con esquemas parecidos a estos:

1- Estudio la carrera.
2- Hago un máster que me permita entrar en una gran productora.
3- Dentro de la productora, voy escalando puestos.
4- Consigo convertirme en productor ejecutivo, y hago mi gran serie.
5- Me forro.

O bien:

1- Escribo cortos. Los dirijo porque si no nadie lo hará.
2- Gano el Notodofilmfest.
3- Después doy el salto al largo.
4- Después de dos o tres largos exitosos, salto el charco y dirijo en Hollywood.
5- Me follo a Scarlett Johansson.

O también:

1- Escribo un blog satírico en internet.
2- Empiezo a hacerme popular en las redes. Dedico gran cantidad de mi tiempo a twitear y postear.
3- Un productor epatado por mi talento cómico me contrata para hacer un programa de televisión.
4- A partir de ahí todo viene rodado. Hago tele, cine, de todo.
5- Me forro.

Bien, todos estos esquemas –obviamente paródicos e inexactos- tienen algo de razonable. Hay gente que ha tomado caminos parecidos. Pero ése es, a la vez, uno de sus principales problemas: son recorridos ajenos, son intentos de imitar las carreras de otras personas. Cada trayectoria profesional es diferente, fruto de mil azares, búsquedas, deseos , contratiempos, y talentos variopintos. Uno debe encontrarse con las rodillas rotas, los mentores místicos, los contrincantes aviesos y los fracasos encadenados. No todo el mundo puede ser productor ejecutivo, ni todo el mundo puede ser Rodrigo Cortés.

Además, éstas son hipótesis construidas a partir del convencimiento de un discurrir invariable de las cosas. Pero es que ha llegado la crisis. El godzilla. El armagedón económico. Y muchos planes se han venido al traste. Ya no se sabe qué pasa con las subvenciones, ya no es tan fácil –tampoco lo era antes- entrar a trabajar en una productora, en una serie, vender un guión de largometraje. Todo el mundo es muy gracioso en twitter, todo el mundo escribe pruebas, o hace cortos resultones, o tiene largos en el cajón, y parece que no hay sitio para todos, que el Notodo ya no es lo que era y que sólo unos pocos elegidos van a conseguir follarse a Scarlett Johansson, al menos en un futuro cercano. Empiezo a sospechar que no me encuentro entre ellos.

La crisis nos ha descolocado a todos y estamos un poco como cervatillos deslumbrados por los faros, esperando que el coche nos dé la hostia que nos mande al otro barrio. No sabemos qué hacer, dónde ir, a qué puerta llamar. Es jodido de cojones.

Pero, amigos, a riesgo de sonar condescendiente y un poco hostiable, quiero decir que precisamente éste es el momento de descubrirse a sí mismo. La crisis nos pone a prueba, sí. Hay que reinventarse, hay que doblarse como el junco (la planta, no el cantante), hay que mirar alrededor, buscar la mejor salida, clavar los talones en la tierra, con decisión, y salir corriendo para evitar el atropello. Ya no sirven los mismos esquemas. El Notodo, la beca, el máster, el compadreo, el concurso, la medrada piramidal… siguen siendo válidos y necesarios, claro, pero no son la única respuesta. Más que nunca, nuestras respectivas carreras, estén en el punto que estén, deben encontrar nuevas direcciones. Las hay, aunque ahora parezca difícil verlas.

Nada más lejos de mi ánimo que acercarme a vacuos y justificatorios discursos de esta derecha que nos gobierna, pero sí creo en esa difícil máxima que dice que los tiempos de crisis son, también, tiempos de oportunidades. Hay huecos, hay rendijas, y hay mucha gente acojonada que no se atreve a meter la cabeza ni siquiera para ver qué se vislumbra. Es el momento de los valientes, de la gente con iniciativa, con talento, con ganas y, también, con capacidad de sufrimiento. Hay que echarle cojones, vestir el negro, e irse a luchar al muro y curtirse mientras dure el invierno, aunque dé miedito.

No quiero tampoco parecer negativo, ni dar la impresión de que estoy animando a los diletantes a que renuncien a convertirse en guionistas (aunque intuyo que algunos lo harán antes o después, aplastados por las dificultades y el pesimismo), pero hay que tener los pies en la tierra, y si se te jode la rodilla debes aceptar que no podrás ser un judoka profesional. Y si mides 1,65 no podrás jugar en la NBA. A lo mejor sí, pero, a priori, es complicado, y no tiene demasiado sentido empeñarse en ello.

Porque, oh, sí, esto del guión te tiene que gustar. No es fácil, no es glamuroso y te caen mamporros por todos los lados. Te tienes que divertir bastante escribiendo, o no vas a aguantar, no vas a tener tanta paciencia porque el camino es largo y el futuro incierto. Si no te gusta de verdad de la buena, puedes redirigir tus esfuerzos hacia la dirección, la producción, o tantas otras disciplinas de la industria, no pasa nada. O incluso probar en otras industrias. Porque además es que hay que rebajar expectativas. Nada de follarse a la Scarlett y forrarse y ser el nuevo Sorkin. Eso no va a pasarte mañana ni pasado mañana. Si es lo que esperas, sólo vas a conseguir frustración, desilusión. El próximo reto es muy sencillo. Está delante de ti, y es tu próxima página de guión.

¿Que cuál es el camino? Yo creo que ahora lo interesante y lo complicado es que cada uno debe encontrar su propio camino. Puede estar en los recorridos tradicionales, pero también en Internet, en la autoproducción, en la especialización, en las nuevas tecnologías, en el extranjero, en la cooperación, la experimentación, el estudio, la reivindicación, el mediometraje, el documental, el teatro… Pero, al menos para un guionista, siempre tendría que estar relacionado con la búsqueda de la propia voz como narrador, con el aprendizaje y con el compromiso con el trabajo y la escritura incansable.

Hay que escribir. Es la única cosa que no nos pueden quitar. Escribir proyectos propios, ajenos, buenos, malos, mediocres y brillantes. Hay que escribírselo todo y comerse el mundo antes de que el mundo se nos coma a nosotros. Habrá que atravesar los años malos, sí. Pero pasarán, y estoy convencido de que después nos encontraremos con una de las generaciones de guionistas más brillantes, curtidas y llenas de proyectos que hemos tenido en este país. El hambre, el deseo, la rabia y la lucha joden, pero también estimulan. Siempre y cuando, claro, uno se ponga a escribir. Ahora mismo. Ya. Sin parar.

Corran.


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