SOLO UN METRO DE DISTANCIA: ¿SE PUEDE SUPERAR UN TRAUMA?

29 enero, 2020

¿Alguna vez te has sentido como un mero espectador de tu vida? Sigue leyendo: no estás solo.

Si googleamos “despersonalización”, encontraremos definiciones como “alteración de la percepción o la experiencia de uno mismo, de tal manera que uno se siente separado de los procesos mentales o de su cuerpo, como si fuese un observador externo a ellos”.

Vamos, lo que en términos más coloquiales resumiríamos con un “estar, pero no estar”. Eso es precisamente lo que les ocurre a las cuatro protagonistas de la obra… que en realidad son sólo una. Tranquilo, ahora te lo explico.

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Inma es una espectadora dentro de su propia vida. Vive cada instante sintiéndose a un metro de distancia de sí misma. Ese metro de distancia también la separa de su pareja, familia, amigos… pero la relación con todos ellos cambiará drásticamente a raíz de un descubrimiento. Mientras da un paseo por la playa, recibe una llamada de su hermana pequeña, que la sorprende con una feliz noticia: ¡está embarazada de una niña! Justo en ese instante, los recuerdos de Inma caen sobre ella como un jarro de agua fría. Por primera vez es consciente de una verdad aterradora: su padre la violó cuando era pequeña. Lo que en otro tipo de obra sería la revelación final, aquí se utiliza como punto de partida. No importa tanto el descubrimiento, sino el qué pasa después.

Antonio C. Guijosa ya había dirigido la estupenda Iphigenia en Vallecas y Liturgia de un asesinato, pero ésta es la primera vez que toma las riendas de un texto firmado por él. Guijosa arriesga y decide que, para profundizar en el trauma y en esa despersonalización en la que se refugian muchas víctimas de abusos, va a romper con la identificación entre actriz y personaje.

Eso significa que, dependiendo de la escena, Inma será interpretada por Beatriz Grimaldos, Muriel Sánchez, Camila Viyuela o Ana Mayo. A veces, incluso por dos de ellas. O por tres. O por las cuatro a la vez. Lo que durante los primeros minutos puede resultar confuso para el espectador, al final de la representación se le antoja como la única forma posible de contar una historia como esta. La escisión en cuatro piezas de un mismo personaje que no es capaz de vivir su vida en primera persona.

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A la hora de abordar un tema tan delicado como el de los abusos sexuales en la infancia (que afectan, según datos de Save the children, al 24% de las mujeres y al 10% de los hombres españoles) entran en juego multitud de preguntas que la protagonista se formulará a sí misma, pero también al público.

¿Por qué a mí? ¿Podía haber hecho algo para evitarlo? ¿Debería odiar a mi padre? No, eso es imposible, las hijas quieren a los padres. Pero si el deber de los padres es cuidar de sus hijas, ¿por qué ocurrió aquello? ¿Tiene algún sentido?

Habría sido relativamente sencillo utilizar al personaje del padre para tratar de dar respuesta a alguno de esos interrogantes, pero entonces el texto podría caer en la tentación de convertirlo o bien en un monstruo sin sentimientos, o en un enfermo por el que acabar sintiendo algo parecido a la lástima.

En lugar de eso, ante la imposibilidad de empatizar con un agresor sexual, Guijosa toma la decisión de reducir su presencia al mínimo y poner el foco en el resto de personajes a los que Inma tendrá que hacer frente para lograr recuperarse. Por ejemplo, esa hermana embarazada que se resiste a creer que su padre, tan bueno y cariñoso con ella, fuera capaz de cometer semejante atrocidad delante de sus narices.

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Con una puesta en escena sobria y elegante y unas actrices absolutamente comprometidas con lo que están contando, Solo un metro de distancia no cae en el melodrama facilón y nos abre una puerta a la esperanza: los traumas pueden superarse. Hablar es necesario si se quiere hacer frente a lo ocurrido. Y para eso, cuatro voces suenan con más fuerza que una.

“Solo un metro de distancia” estará de jueves a sábado a las 21:00, en la Sala Cuarta Pared hasta el 1 de febrero.

Beatriz Arias es guionista. Graduada en el Máster de Guión de Ficción para Cine y Televisión de la Universidad Pontificia de Salamanca, en 2014 forma parte del equipo de guión del programa de humor ‘Ciento y la madre’. En 2015 se incorpora a Tuiwok Estudios (el departamento digital de Endemol Shine Iberia). Actualmente es guionista en SKAM España.


DYSTOPIA, TECNOLOGÍA DE LAS EMOCIONES

27 marzo, 2019

por Carlos Crespo.

¿Hasta qué punto conocemos nuestra propia realidad? ¿Qué margen de error hay entre la realidad y lo que recordamos de ella? ¿Qué haces cuando crees vivir en un presente que no es el que te pertenece? De estas y otras preguntas nace Dystopia, el nuevo proyecto de la compañía PanicMap a cargo del dramaturgo y director Juan Pablo Mendiola, que se estrenó el pasado jueves 21 en la Sala Cuarta Pared.

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Una página en blanco sobre la que alguien desconocido necesita a toda costa escribir cualquier cosa; cualquier palabra, la que sea, válida o no, es preferible a ese vacío en el papel. Será una pregunta -o más bien dos- la que rompa el bloqueo: ¿Quién es ella y cómo ha llegado hasta aquí? 

Así arranca Dystopia, una propuesta inclasificable y sorprendente que combina diferentes lenguajes y soportes expresivos para ponerlos al servicio de una narración no lineal que transporta al espectador a un lugar desconocido en el que el pasado es tan cambiante como subjetiva es la memoria. Ella no recuerda cómo ha llegado hasta allí, y nosotros tampoco.  “Allí”, además, cambia de ubicación y de aspecto; en “allí” las paredes se revisten de recuerdos y envejecen, la habitación se desnuda y es otra, la misma ventana muestra vistas diferentes a medida que cambian los recuerdos y se construyen posibles futuros. Personajes que hablan con su autor, autores que se convierten en personajes, un mismo encuentro que se repite de formas diferentes traicionado por los caprichos de la memoria.

En esta mezcla hay una compleja dramaturgia que abarca varios niveles narrativos disfrazada de situaciones sencillas; hay momentos de palabra y diálogos naturales magistralmente lanzados por los intérpretes, Cristina Fernández y Àngel Fígols; hay piezas de danza y expresión corporal que narran poéticamente sensaciones abstractas que la palabra quizás no sería capaz de transmitir de manera tan certera; hay proyecciones de vídeo en vivo -qué bien la familiaridad de volver una y otra vez a la conversación nocturna en el coche- y hay, sobre todo, vídeo mapping. El vídeo mapping es la estrella. 

 

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Podría caer en la tentación de decir que la verdadera protagonista del espectáculo es la tecnología, pero no quiero que nadie piense que estamos ante una función vacía de contenido en la que actores y texto son meros títeres al servicio de lo técnico. Muy al contrario. El uso que el director hace de la tecnología es excepcional porque su prioridad no es que visualmente sea toda una experiencia -que lo es-, sino porque hace de ella una potente herramienta al servicio de la creatividad y de la emoción. Mendiola consigue integrar esos recursos como una parte más -muy destacable- de esa amalgama deliciosamente desordenada y sin puntos cardinales que es su texto. Nada en la parte técnica es un alarde gratuito ni un despliegue innecesario. Y la sensación que queda al final es la de que el director ha sabido elegir muy bien qué contar con palabras, qué contar con el cuerpo y qué contar con el apoyo de la tecnología. Voy a insistir y lo voy a decir otra vez: el uso del vídeo mapping en Dystopia es impresionante, visualmente y narrativamente.

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Juan Pablo Mendiola, autor y director

Minuto uno y la personita cabal y precavida que llevamos dentro ya querrá encontrar respuestas, una especie de explicación, algún punto de racionalidad al que agarrarse para poder seguir el relato cómodamente. Por suerte, no lo va a encontrar. Recomiendo encarecidamente disfrutar Dystopia con el corazón y no con la cabeza. La tendencia del ser humano es intentar comprenderlo todo, darle al mundo una forma y una dimensión manejables, figure things out. Pero en el universo propuesto por Dystopia es preferible rendirse al caos, abandonar todo amago de análisis racional y dejarse hacer sin miedo por Fernández, Fígols y Mendiola para viajar con ellos a un lugar que no aparece en ningún mapa.

Dystopia puede verse de jueves a sábado en la Sala Cuarta Pared hasta el próximo 30 de marzo. 

 


CATÁSTROFE, UNA OBRA LÍQUIDA

12 febrero, 2019

‘Catástrofe’ es la nueva propuesta del dramaturgo Antonio Rojano, que vuelve a la cartelera madrileña tras el gran éxito en el Teatro Español de su anterior trabajo, ‘Furiosa Escandinavia’. Este nuevo texto se estrenó el pasado 7 de febrero en la Sala Cuarta Pared.

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La obra, de 105 minutos, nace de un proceso de investigación y creación colectiva de la mano de la compañía La Caja Flotante. Los cuatro actores Ion, Irene, Jota y Mikele, el director Íñigo Rodríguez-Claro y Antonio Rojano, el autor, trabajaron durante semanas en torno al concepto de “catástrofe” y rigiéndose por un formato que ellos mismos denominaron “estructuras abismadas”: ficciones que se desbordan en otras ficciones que a su vez se desbordan en otras nuevas y que se van desarrollando en espacios distintos, en distintos tiempos, con otros personajes…

Durante ese proceso de creación, autor y director lanzaban distintas propuestas a los actores y a partir de improvisaciones, el dramaturgo iba creando el texto, redirigiendo la acción, reorganizando el relato. Un texto, por tanto, que no nace en la habitual soledad de la mesa de trabajo del escritor.

La función comienza con la proyección de un vídeo en el que los cuatro actores conversan relajadamente sobre distintos temas sentados en unas butacas que al mismo tiempo ya vemos colocadas, vacías sobre el escenario. Desde el momento en que el elenco entra en escena al terminar esta proyección, empiezan a desdibujarse las líneas que separan a cada uno de ellos de los múltiples personajes que interpretan y la sensación de no saber en qué momentos hablan unos u otros ni qué partes de la historia son ciertas y cuáles no ya no abandona al espectador hasta el final.

Se hacen también borrosos el tiempo y el espacio gracias a los “conductos de la ficción” y el resultado es una pieza que mezcla esa ficción con lo onírico, la realidad y la autoficción para hablar del pasado, de lo que pudo ser y no fue, de nuestros arrepentimientos, nuestras torpezas, los sueños no cumplidos, el amor, la memoria, la valentía -o la ausencia de- y las catástrofes de todo tipo: naturales, artificiales y personales.

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Es esta una función líquida que cambia de forma y de género a cada momento; atrapa al espectador para hacerle reír unas veces, agobiarle otras y emocionarle momentos después. El uso de la técnica es inteligente, limpio y sencillo; el director emplea infinidad de recursos visuales para poner en pie un texto brillante y hace un acertadísimo uso de cada uno de ellos, especialmente de las proyecciones de vídeo -tanto grabado como en directo-, las maquetas en miniatura y, en mi opinión, las torres de galletas -y sus migas-escombro- creando imágenes que el espectador se lleva consigo al abandonar la sala.

Los actores, con los que se empatiza desde el minuto cero, son ellos mismos y al mismo tiempo son los “ellos mismos que nunca fueron y ya no serán”, los que quisieron ser y no pudieron, los que decidieron no ser… y están fabulosos los cuatro. Ya sea haciendo de sí mismos o como personajes secundarios en las (no) ficciones de sus compañeros, su trabajo vocal, corporal y emocional es realmente destacable y es un placer dejar que te agarren de la mano y te lleven de viaje con ellos.

Se me hace muy difícil destacar una trama o una historia lineal en esta función inteligentemente desordenada y caótica y además creo que es mejor que cada uno la descubra por sí mismo. Esta propuesta merece ser disfrutada sin saber mucho acerca de ella de antemano y dejarse llevar por su dinamismo, su potencia narrativa y su mensaje.

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Antonio Rojano, autor de Catástrofe

El resultado final es una pieza con un gran empaque en la que reman en una misma dirección actores, director y autor, al igual que el resto del equipo técnico y artístico. Se aprecia que el proceso de creación fue un trabajo colectivo porque cada elemento tiene su razón de ser y está en perfecta armonía con el resto. Como dice su director, “Catástrofe es la intersección de los mundos imaginarios de cuatro cerebros desorbitados, ordenados y contados por otros dos cerebros desorbitados”.

Es innegable que sobre el escenario esos cuatros cerebros desorbitados de los actores se lo pasan fenomenal. Y en el patio de butacas, nosotros también.

‘Catástrofe’ estará en la Sala Cuarta Pared de jueves a sábado hasta el próximo 23 de febrero.

Carlos Crespo


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