DAVID BRONCANO: “SI BUSCANDO HACER COMEDIA DE ALGÚN TEMA PASAS POR UN CAMINO ESPINOSO, HAY QUE HACERLO IGUALMENTE”

30 abril, 2018

Por Àlvar López y Carlos Muñoz Gadea

La resistencia se ha convertido, tres meses después de su estreno, en uno de los formatos de comedia referentes en la parrilla española. El programa, que sigue el formato de los late night, se emite en directo cuatro días a la semana, así que hemos querido preguntarle a David Broncano, codirector y presentador, cómo funciona el proceso de guionización del programa y, ya de paso, sobre su manera de entender la comedia.

David Broncano - La Resistencia.jpg

David Broncano en el plató de La resistencia. © #0 de Movistar+

Cuando la gente ve La resistencia, la sensación que muchas veces se percibe es que gran parte del contenido parece fruto de la improvisación y, sin embargo, como todo programa -sobre todo tratándose de uno diario con un tiempo limitado de emisión-, la escaleta y el guión juegan un papel importante.

Así como en La vida moderna sí que jugamos mucho más con la improvisación, La resistencia sí cuenta con un equipo de guión de puta madre. Claro que hay un guión, se nota sobre todo en ciertas partes como el monólogo inicial, vital para un formato así, y que efectivamente viene guionizado de manera literal. Para el resto de secciones, como por ejemplo la entrevista que es lo que más tiempo tiende a ocupar, trabajamos más con una documentación. Yo no hago preguntas literales, sino que trato de encadenar los distintos temas partiendo de esa documentación que se elabora cada día en la sala de guionistas, enfocando los aspectos de la vida del entrevistado a posibles chistes. Por otro lado, las secciones de colaboradores, como la de Jorge Ponce o Ricardo Castella, las suelen escribir ellos mismos. Lo que en mi opinión mola del formato es que es una mezcla entre un guión al uso y sus posibles salidas hacia la improvisación.

Imaginamos que precisamente la posibilidad de improvisar surge de esa estructura previa de guión, a partir de la cual podéis pactar entre vosotros y jugar en la medida de lo posible con los tiempos.

Sí. Lo que yo hago es jugar con el contenido concebido por los guionistas y los tiempos de cada sección. Me van dando indicaciones en directo sobre el tiempo que llevamos y yo trato de jugarlo a partir de esas premisas. Es la eterna pelea entre la dirección y la realización y en este caso yo como presentador. Pero es difícil medir con exactitud todo. Ocurre mucho, como decía, con la entrevista, en la que a pesar de tener el tiempo indicado antes de empezar, muchas veces puedes considerar que merece la pena seguir un poco, por el contenido o quizá porque quieras acabarla de otra manera. Y evidentemente eso tiene consecuencias sobre el resto de secciones, por lo que necesitamos de esa flexibilidad.

La resistencia como programa ha sido concebido para permitir esas idas y venidas. Forma parte de la idea misma del programa y vamos muy de cara con ello. Si un día queda menos tiempo o hemos alargado una sección, no tenemos ningún problema en decírselo directamente a la audiencia. De hecho, yo juego mucho con Ricardo Castella, que ejerce de director del programa, con toda esta chorrada de cuánto tiempo queda. La conversación que normalmente se tiene de manera interna o que se hace a través de órdenes, nosotros la explicitamos como parte del contenido mismo del programa, lo que considero que aporta comedia y ayuda a reforzar esa sensación de directo que queremos transmitir de cara al espectador.

Precisamente, y es interesante hablar de ese aspecto. Puede intuirse que hay una parte de pantomima, pero al final las órdenes y los tiempos se respetan dentro de esa flexibilidad. Ricardo ejerce de director pero también interactúa contigo y los entrevistados en directo. ¿Cuánto de real y cuánto de comedia hay en esa relación director/presentador?

Pues en realidad, todo lo que hablamos sobre aspectos internos del programa en directo es real al cien por cien. Nosotros no falseamos nada. Luego, a su vez, hay un monitor de órdenes, que de hecho está justo detrás de Ricardo, que también nos ayuda a poder medir los tiempos y seguir cierto orden durante la emisión. Y al mismo tiempo, durante el directo, Ricardo también se comunica con lo distintos actores de dirección y realización. Es algo que hacemos sistemáticamente y que forma parte de nuestras intenciones cada vez que hacemos el programa. Tratamos de hacer la menor pantomima posible, de falsear lo mínimo posible. Todo lo que dice Ricardo en directo como director del programa son órdenes tal cual, solo que nosotros hacemos a la audiencia partícipe de estas indicaciones. Nunca se genera un sketch ficcionando esas indicaciones técnicas.

Y para ello, seguramente necesitéis una buena preparación de la documentación y de los contenidos generados durante la fase de guión. Sin eso, es difícil explicar la rapidez y la naturalidad con la que fluyen los chistes en cada programa.

Efectivamente. Y a veces es complicado. Siguiendo con la figura de Ricardo Castella como director, que además participa de los chistes en directo, intento siempre que me preguntan resaltar su papel. El hecho de que Ricado dirija y al mismo tiempo actúe de verdad creando chistes me parece impresionante. Cuando lo probábamos, antes de que el programa se emitiese por primera vez vimos que tenía mucho de comedia que dirigiese, actuase y además tocase el piano al mismo tiempo. Requiere ser un genio, ser Ricardo Castella, para poder hacer eso. No sé cuanta gente existe que pueda hacer eso. Debe ser él y dos más. Ya de por sí, su figura como apoyo para la comedia ya es complicada, porque tienes que medir cuándo metes o no los chistes, cuándo metes una mano y cuándo te callas. Y a eso súmale que Ricardo está dando órdenes. De verdad que cada día que pasa me sigue sorprendiendo que lo haga tan guay, porque es una mezcla dificilísima que yo al menos no he visto nunca.

Desde luego, en este tipo de programas influye mucho la selección de todo el personal, incluidos por supuesto los cómicos. Tanto ellos, como el resto de personas que forman el equipo creativo, tienen que ser muy complementarios contigo, ¿verdad?

Yo siempre intento que el programa sea muy conversacional, que sea real en todos los aspectos. Pongamos el caso de Jorge Ponce, que es quien tiene su propia sección de manera más continua. Evidentemente, él parte de un guión elaborado previamente, aunque no siempre es un guión literal, sino más bien apuntes para saber por dónde va a tirar. Además, yo siempre pido no saber de qué van a hablar el resto de los cómicos, porque contribuye a esa mezcla de guión y calor del momento que aporta frescura al programa. Para ello, es necesario que exista muy buen rollo entre todas las personas que participan del proceso creativo del programa. Todos los que trabajamos aquí somos amigos, o nos llevamos muy bien, lo que sumado al hecho de que son grandes profesionales ayuda a que el contenido sea muy entretenido y ágil sin perder frescura. Esa mezcla puede ser peligrosa a veces, porque requiere una química que de no existir puede hacer que el resultado quede muy deslavazado, pero creo que en La resistencia funciona bastante bien.

Y sin duda es fruto de una cantidad de trabajo fuera de la hora que dura el programa, del que quizá la gente no es del todo consciente. ¿Qué podrías contarnos sobre cómo se organiza y prepara una emisión de La resistencia?

Desde el punto de vista de los contenidos, es el equipo de guión el que inicia la creación de los contenidos de cada programa. En La resistencia, contamos con cinco guionistas (Javi Valera, Fernando Moraño, Helena Pozuelo, Denny Horror y Borja Sumozas) y un coordinador de guión (Jose Molins). Ellos cinco se reúnen todas las mañanas, en torno a las diez. A esa reunión, como suelen recordarme muchas veces durante el programa, no suelo asistir (ríe). Creo que he ido una vez, pero me consta que la hay. Y básicamente, consiste en ir sacando temas interesantes, que muchas veces ya traen pensados cada uno de ellos.

IMG-20180426-WA0000.jpg

De izda. a dcha., y con mucho sueño a las 8 de la mañana, Javi Valera, Fernando Moraño, Helena Pozuelo, Denny Horror, Borja Sumozas y Jose Molins.

A esa reunión asiste normalmente Ricardo Castella como director -o codirector, junto conmigo- y también Jorge Ponce, que es un caso distinto porque abarca en general todos los procesos del programa. Creo que figura oficialmente como subdirector en los créditos, pero en realidad da para mucho más. Yo tengo tanta confianza en Jorge, y creo que es tan bueno, que ya cuando le propuse participar le comenté que su función sería la de estar atento a todos los aspectos del programa, opinar de todos ellos y ser escuchado. Y la verdad es que no ha dado una idea mala en todo este tiempo, vamos. Podríamos decir que es transversal a todos los aspectos del programa, además de hacer su sección.

Volviendo al trabajo de los guionistas en esa primera reunión, como te decía, lo que se hace es principalmente ir sacando los temas, sobre todo para al monólogo inicial que yo hago al empezar el programa. También se lanzan ideas para los momentos que salimos a la calle a preguntar a la gente, o sobre posibles preguntas al público. Y lo mismo ocurre con las entrevistas, que no tienen por qué tener una parte de sketch en sí, pero que de tener ya empieza a elaborarse por la mañana.

Y tras esa reunión se reparte el trabajo creativo que acabará una vez salgas tú en directo.

Una vez concluida la reunión, los guionistas ya se ponen a desarrollar las ideas hasta yo diría que las tres de la tarde, al menos in situ. De hecho, ellos envían una versión de guión un poco antes de esa hora. Esa versión la coordina Jose Molins y la revisan Ricardo Castella y Jorge Ponce para realizar los cambios ya definitivos. Y ya finalmente, a mí me llega como una hora y media antes de empezar el programa, que es cuando voy yo a plató. Lo que hago entonces es darle un último filtro, reescribiendo alguna frase para acomodarla a cómo lo diría yo o cambiando alguna cosilla de última hora.

Por lo tanto, la sala de guionistas tiene que tener todo listo a primera hora de la tarde, para que luego dé tiempo a hacer las distintas revisiones. Eso implica mucha inmediatez y agilidad para sacar el trabajo adelante.

Efectivamente, y sobre todo por la mañana su trabajo es más intenso. Hacia el mediodía tienen que tener ya muy claros los contenidos, y haber avanzado bastante en la escritura. Por suerte, el equipo de guión de La resistencia está formado por personas muy capaces, gente muy rápida. De todos modos, creo que hemos conseguido crear una rutina que favorece que el trabajo se saque a tiempo. Hay una parte que consiste en sacar adelante los contenidos más inmediatos, los del día mismo, pero luego cuando ellos se van a casa continúan lanzando ideas, ya no para la emisión de esa noche, sino para próximos programas ya previstos o para las distintas secciones, ya sean las consolidadas o las nuevas propuestas que puedan plantearse.

Una rutina así, con plazos tan cortos para sacar el trabajo adelante, precisa de mucha complicidad entre todos los que se encargan de las labores creativas. ¿Sueles trabajar siempre con equipos parecidos?

En cierto modo sí. Por ejemplo, cuando pasamos de hacer LocoMundo a hacer La resistencia, como yo estaba muy contento con el trabajo del equipo de guión, me llevé conmigo a varios de los que estaban allí. Y es algo que creo que es muy guay, y que ayuda mucho a mejorar la calidad del programa. Cuando gente que ya se conoce personal y profesionalmente, y que además ya sabe trabajar un tipo de contenido muy similar al que nosotros queremos para La resistencia, lo normal es querer seguir trabajando con esa gente. Y eso que el estilo de guión de LocoMundo es muy distinto al que precisamos ahora mismo, ya que es un programa que sí es orfebrería total del guión, donde el guión literal se utiliza prácticamente en la totalidad del programa debido a su periodicidad semanal, que permite más trabajo de escritura y de revisión.

Una revisión más concienzuda que ya no podéis permitiros, aunque no por ello renunciáis en La resistencia a tratar todo tipo de temas . Queríamos preguntarte precisamente por los límites el humor. Uno de tus monólogos en LocoMundo hablaba precisamente de eso, así que creo que la posición de La resistencia al respecto está clara. Aun así, vistos los problemas que mucha gente está teniendo, incluido tú mismo en algunos de tus programas, ¿crees que la gente puede llegar a autocensurarse inconscientemente?

Nosotros intentamos no hacerlo. Es complicado algunas veces, cuando se te pasa un chiste por la cabeza puedes llegar a pensar sí te van a caer o no las hostias, sobre todo de un tiempo a esta parte, después de los problemas que hemos tenido con algunos chistes. Pero es que, claro, en programas como La vida moderna o La resistencia, que generan varias horas de contenido diario, se acaban diciendo muchas cosas, y no todas vienen escritas y revisadas por guión. Tienes una décima de segundo para pensar y al final tienes que hacer un poco el ejercicio de no dar marcha atrás ni autocensurarte tú mismo. Hay días que cuesta más que otros, sobre todo después de haberla liado mucho justo antes, y más que nada porque ninguno queremos estar siempre con contenciosos que son un coñazo. Al final hay que intentar mantener el tipo en ese aspecto.

Claro. Además, en cierto modo, hacer comedia implica estar cerca de esos límites sobre lo que es correcto y lo que no. De no ser así, seguramente el programa se convertiría en algo más blanco que no gustaría tanto.

Hay muchos tipos de humor y muchos tipos de comedia. La hay muy neutra que es la hostia sin tener que tocar temas susceptibles de herir ninguna sensibilidad. Y en realidad nosotros no buscamos ofender, para nada, aunque a veces sucede sin ser nuestra intención. De hecho, yo siempre intento evitar que parezca que queremos provocar. Es lo que más rabia me da. Tratar de tener una pose que diga “mira qué provocadores somos” es algo que odio. Como cómico he tenido una época, sobre todo cuando empezaba, en la que buscaba eso en mis monólogos, para que la gente viera que era un punki. Pero con el tiempo todo eso pasa, y te das cuenta que ese postureo provocador tampoco va a ningún lado. Ahora ya, si buscando hacer comedia de algo pasas por un camino espinoso, considero que hay que hacerlo igualmente. Eso es lo que intentamos hacer nosotros. Luego es lo que te comentaba antes. Hay muchos momentos de los programas en los que no decimos ninguna barbaridad y hacemos buena comedia con eso, pero solo los chistes que ofenden a alguien son los que causan revuelo.

Sobre todo tratándose en algunos casos de programas como LocoMundo, enfocado a la actualidad, y que por lo tanto precisa de cierta crítica con respecto a lo que sucede en el mundo.

Desde luego. Ese es un poco el caso paradigmático. Cuando tratas un tema actual que además pique un poco, porque esa es la idea de la crítica, siempre tienes que transitar esos caminos. Si hubiésemos hecho un LocoMundo hablando de las lámparas victorianas, el programa se la hubiese sudado a todo el mundo. Cuando hablas de religión, o de veganismo, o de feminismo, o de cualquier tema que esté un poco más presente en la sociedad actual, tienes que apretar un poco y dar caña desde el guión, en nuestro caso a través de la comedia. Y que se ofenda alguien es inevitable. Si no, no tendría ningún sentido.

En definitiva es lo que se espera de un late night, o de cualquier otro programa adulto de comedia. Y es una lástima que la gente se ofenda tan rápido con algunos temas, cuando son tratados desde el prisma del humor.

Muchas veces, la gente debería distinguir un poco más entre realidad y ficción. Muchas veces, tú puedes utilizar un chiste, un concepto o un tópico para hacer una broma y eso no debería confundirse con hacer aquello que cuentas en la vida real. O sea, estás utilizándolo casi como una figura literaria.

Sobre lo que comentabas de que la gente se ofende enseguida, creo que hay gente que se ofende demasiado rápido, pero también que hay mucha más gente que no se ofende, pero tampoco protesta. Cuando hay una polémica por algo que alguien ha dicho en un contexto cómico, luego te das cuenta de que el porcentaje de personas ofendidas con respecto al total de la población no es tan amplio. Nadie ve un sketch o escucha un chiste de humor negro un poco duro y se mete en Internet a decir “qué poco ofendido estoy”.

Nos llamó especialmente la atención las declaraciones de cierto político, que la tomó con vosotros por hacer chistes sobre Huelva en La vida moderna.

En ese caso concreto, aunque no comparta muchas veces lo que nos dicen a nosotros, entiendo más a un señor que no conoce el programa, en este caso un señor de Huelva, que ve un extracto de un minuto en el Facebook de su primo en el que decimos “joder, qué fea es Huelva” y en un momento dado piense que somos unos cabrones porque Huelva es preciosa, que a los políticos que tratan de dar una respuesta institucional. Yo no reaccionaría como ese señor, pero puedo entender el mecanismo interno que le lleva a reaccionar así. Me cuesta mucho más aceptar, porque precisamente entiendo por qué lo hacen, que alguien que esté en la esfera pública y conozca cómo funcionan estos resortes, como un político, se haga el ofendido para avivar la llama y rascar cuatro votos.

Con esto quiero decir que todo el mundo tiene derecho a ofenderse, que yo lo entiendo y lo respeto, pero que eso es algo muy distinto a subir el tono de la manera en que suele subirse en estos casos. Sobre todo tratándose de un político, que decide ocuparse de este tema, en lugar de prestar atención a otros muchos, que son más importantes. Eso me parece lamentable.

Captura de pantalla 2018-04-29 a las 16.29.43.png

Creo que, además, si uno entiende que es un programa de humor, ya no puede darle esa seriedad. Es una cuestión de código. Seguramente no haríais un chiste, si de verdad pensaseis que una región estuviese realmente en una situación muy complicada.

Bueno, es que es un tema delicado. Incluso si yo lo pensase, debería tener derecho a hacer el chiste. Para mí, si es gracioso vale. Lo único que no debería valer es lo que no es gracioso, pero entiendo que muchas veces es difícil decidir qué es gracioso y qué no es. Como cómico, tu objetivo debe ser que todo lo que digas sea gracioso. Dicho esto, es evidente que fuera de un contexto de comedia, no puedas ir a reírte en la cara de un señor en concreto que está en la mierda. Eso sería ser un cabrón. Pero cuando tú haces un chiste en un medio, sin un oyente cara a cara, y lo haces para una audiencia global, debería estar claro que tu objetivo no es ofender a alguien en concreto. Y al mismo tiempo, el objetivo de la comedia tampoco es no ofender. No se puede pensar antes de crear un chiste que el requisito sea que no ofenda a nadie, porque eso es por definición imposible.


GUIONISTA EN UN JARDÍN

16 mayo, 2017

Escribo este post a raíz de un debate surgido en Twitter por un texto publicado aquí (no lo enlazo porque el autor expresó que no quería que se le diera más repercusión). Un debate que versó sobre los límites del humor. Creo que siendo guionistas es un tema que nos afecta directamente. Sobre todo, claro, a los que escribimos comedia. Así que voy a aprovechar mi oportunidad. Voy a dar mi opinión. Me voy a meter en ese jardín. Que no nos pase ná…

Empezaré diciendo que mi opinión sobre los límites del humor es la misma que expresó muy bien David Broncano aquí:

No creo que existan esos límites. Pienso que se pueden hacer chistes sobre cualquier tema. Cualquiera. Porque, si hay que poner límites en el humor, la pregunta clave no es dónde ponerlos, es quién los pone. ¿Tú, yo, el gobierno, las ONG, la Iglesia, un juez (esto no nos está funcionando bien, por lo que sea)? Así que sí, aguantemos las ofensas. Como se dice en el video, si te ofende un chiste, te tienes que joder.

Creo firmemente que soportar que nos ofendan las ideas de los demás es el precio que pagamos para que los demás tengan que soportar que les ofendan las nuestras. Creo que así es como funciona la verdadera libertad de expresión. En dos direcciones. Siempre. Por supuesto, se puede criticar cualquier chiste, cualquier idea, cualquier cosa, siempre que no se entre en la descalificación, el insulto o el acoso, justo como no se está haciendo por todos los bandos imaginables en las redes sociales. (La izquierda, la derecha, da igual. Todos organizan sus cacerías contra lo ofensivo) Sí, se puede criticar cualquier idea. También las nuestras. También las tuyas. También esas que, cuando alguien las critica, tanto te molesta. Esas que te parecen incuestionables.
Para la comedia no existen ideas sagradas que se deban respetar. Ninguna. Porque la comedia es precisamente lo opuesto a lo sagrado. Lo opuesto a lo solemne. La comedia (creo) debe ser libre siempre. Y todo lo incómoda que se quiera cuando se quiera. Aunque a los que incomode sea a nosotros. A mí.

Este asunto de los límites del humor ha vuelto a resurgir con fuerza gracias a lo que se ha dado en llamar la cultura de lo políticamente correcto. El fenómeno se basa en gran medida (hasta donde yo sé, sin ser experto en lingüística, conste) en la hipótesis de Sapir- Whorf, que establece que existe una relación directa entre el lenguaje y pensamiento. Resumido: así hablas, así piensas. Con el tiempo esta correlación se ha aceptado también para el resto de la cultura, que ya no se ve sólo como fruto de la sociedad de la que nace, sino como un factor decisivo para la conformación de esa misma sociedad. Según esta visión los chistes racistas, por ejemplo, no son sólo el reflejo de una sociedad racista, sino uno de los mecanismos de ésta para apuntalarse. Y hay quien llega a afirmar que, de ser eliminados con las demás muestras culturales de racismo, la sociedad dejaría de ser racista en algún momento.

Bien, esta teoría es respetable. Plausible incluso. Pero es una teoría. No está demostrado en absoluto que el lenguaje condicione todo nuestro pensamiento. Ni que, cambiando la cultura, cambie la sociedad. Y el motivo fundamental por el que lo políticamente correcto está afectando a la libertad de expresión es porque no considera que su hipótesis de partida sea eso, una opinión. Lo considera una verdad firme. Así, se cree, sin lugar a dudas, que un chiste machista propaga el machismo. Que un chiste homófobo apuntala la homofobia. Que un chiste sobre el Holocausto colabora con el anti semitismo. Sin matices, sin tener en cuenta al emisor del chiste (ni a su receptor) porque es el lenguaje (el chiste en sí mismo) el que lleva la carga opresora en su ADN. Siempre y en todo contexto ese chiste es nocivo. La gran cantidad de casos polémicos que hemos visto últimamente (Guillermo Zapata, Cassandra Vera, César Strawberry, Dani Rovira, Pérez Reverte, etc.) siguen todos este mismo patrón de pensamiento. Opino que afirmar que un chiste racista refuerza el racismo no es diferente a afirmar que un chiste sobre Irene Villa refuerza a ETA. Pero la gente tiende a ofenderse cuando pisan su jardín, no el de los demás.

Cómicos como John Cleese o Jerry Seinfeld han declarado que ya no van a actuar a las universidades anglosajonas porque es imposible hacer comedia sin arriesgarse a algún tipo de boicot. Y, si lo pienso bien, entiendo a la gente que quiere boicotear a estos cómicos. Si piensas que un chiste que no te gusta no es malo sin más, malo por no hacerte reír, malo porque te ofende, malo porque es rancio, sino que es malo porque es perjudicial para el conjunto de la sociedad, porque subyuga a la gente débil, porque perpetua opresiones, es normal que te enfurezcas al escucharlo o leerlo. Es normal que no quieras que exista ese chiste. Igual si a mí me aseguras al cien por cien que al eliminar los chistes sobre una injusticia vamos a acabar con ella, pero seguro al cien por cien, puede que te diga: adelante. Merece la pena. Ni un sólo chiste más sobre eso. Pero las cosas no funcionan así. No hay pruebas irrefutables de que eliminando esos chistes vayamos a vivir en un mundo mejor. Es una opinión. Una hipótesis. Y cada vez más gente le dice a los demás lo que deben o no deben decir basándose en algo de lo que no pueden estar seguros.

Porque sí, siguiendo esta línea de pensamiento, se le dice a los demás que deben decir. Y es que, si ciertos tipos de chiste están mal, el que los hace es responsable de la injusticia que transmiten, aunque no lo quiera o no lo sepa. Y, si es así, tengo derecho a entrar en Twitter y llamar al que los ha hecho opresor o decirle que lo que hace es injusto, que es culpable de algo terrible. Incluso puede que se me escape algún insulto. Porque sí, estoy enfadado. Porque lo que ha dicho no es sólo un chiste, no es sólo el reflejo de una parte de nuestra sociedad que no me gusta. Lo que ha dicho perpetúa la injusticia. Es un peligro. ¿Y sabéis qué clase de cultura tiende a pensar que existen ideas que son peligrosas? La censora.

Creo que la censura no se ejerce sólo desde arriba. También viene del grupo. De la tribu. Si hago un chiste y al día siguiente tengo a dos mil personas insultándome públicamente, igual me lo pienso antes de hacer el siguiente. Y es muy posible que me lo piense no porque crea que esas dos mil personas tengan razón. Me lo pensaré porque tengo miedo.

El humor, se nos dice ahora, tiene que ir de abajo a arriba. Es decir, siempre contra el que está en posición de privilegio, nunca al revés. Me parece fantástico reírse de los privilegiados. Pero me asusta ese “tiene”. Esa obligación moral que se le impone al que hace el chiste. Ese “si no haces este tipo de humor, perpetuas la opresión”. No sólo me parece injusto. Además me parece mentira. Reírse de quien sufre más que nosotros es un mecanismo tan básico del humor que me da incluso vergüenza tener que explicarlo. Nos reímos de quien pisa una piel de plátano y se cae. Nos reímos de quien es más pobre y lo pasa mal. Nos reímos del oprimido. Nos reímos del que está enfermo. Nos reímos del que muere. Nos reímos de todo eso porque lo necesitamos. Porque tenemos miedo de que nos pase lo mismo y nos alivia no ser nosotros quienes lo sufrimos. ¿Es rastrero y miserable? Puede. Pero en eso consiste una parte muy importante del humor. Y decir que el humor “tiene” que ser siempre hacia arriba, que “tiene” que estar a favor de una causa noble, es negar una parte fundamental del mismo.

Odio la desigualdad, el machismo, el racismo, las relaciones capitalistas de poder… Y mis ideas no han cambiado en su esencia a pesar de que me he reído de los que luchan contra la desigualdad, el machismo, el racismo y las relaciones capitalistas de poder. Porque hacer un chiste, y esto es lo fundamental, no significa suscribir el mensaje de ese chiste.

“Claro, dices que es humor y así todo vale”, suelen argumentarme cuando hablo de este asunto. Y sí. Es exactamente eso. En la ficción, tiene que valer todo. Hasta lo que nos repugna. Si no, no estamos viviendo en un estado democrático con libertad de pensamiento y expresión. Claro que hay obras de ficción que tienen un mensaje que me asquea, que me parecen mierda absoluta. Y claro que se pueden criticar chistes, novelas, películas o lo que sea. Se pueden poner a caer de un burro sin problema. Eso es libertad de expresión. Pero una cosa es criticar y otra muy diferente esforzarse para que desaparezcan todas las obras que expresen opiniones que nos repelan y nos ofendan. Eso no es criticar. Eso es intolerancia.

La mejor manera, creo, de lidiar con un autor o autora cuya obra nos ofende, es no prestar atención a lo que hace. No consumir lo que produce. Intentar forzarle mediante presión social o boicots a que deje de hacerlo no es criticar. Es censura. Lo haga quien lo haga. Por muy noble que sea la causa que defienda.

No hemos llegado a ese momento de censura total todavía, pero el camino se está andando. Las redes sociales se están conformando como un espacio de presión social hacia las ideas de los demás. Desde que existen, cada vez nos exponemos menos a opiniones contrarias, opuestas a las nuestras. Seguimos a quien piensa como nosotros. Escogemos el confort de la conformidad. Y me parece que hemos perdido la costumbre de sentirnos ofendidos. Que saltamos a la mínima disensión, al mínimo desafío a nuestras ideas. Y eso, creo, nos está empobreciendo como sociedad y está minando nuestra cultura democrática.

En los años ochenta Martes y Trece tenían un famoso sketch sobre la violencia machista. Hoy ese sketch sería inemitible. Ya no nos hace gracia. La sociedad, afortunadamente, ha cambiado. Pero lo ha hecho no porque en su momento se les dijera a los humoristas que no estaba bien hacer ese tipo de humor, que ese humor perpetuaba la violencia, que lo dejaran. La sociedad no cambió desde el chiste hacia su base. No quitamos el chiste primero. Hemos tenido que cambiar la sociedad antes para que cambien los chistes después. No a la inversa. Porque si lo que quieres curar es una enfermedad, es poco práctico atacar los síntomas.

Por supuesto, este es un tema complejo, porque, como en el dilema del huevo y la gallina, nadie puede demostrar si viene antes la injusticia o su representación cultural o es a la inversa. Tampoco yo. Por eso es un tema tan polémico, que suscita tanto debate. Así que todo lo que he dicho aquí no ha sido sino mi opinión, meditada durante bastante tiempo, sí, pero mi opinión nada más.
Por supuesto, podéis reíros de ella.


A %d blogueros les gusta esto: